Noche tras noche
Noviembre

Capítulo 11 · 53 min de lectura · 1 h 9 min de escucha

Noviembre

1 de noviembre

«Y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos; así será también la venida del Hijo del Hombre». (Mateo 24:39)

Universal fue la condenación; ni ricos ni pobres escaparon: los sabios y los iletrados, los admirados y los aborrecidos, los religiosos y los profanos, los viejos y los jóvenes, todos se hundieron en una ruina común. Algunos sin duda se habían burlado del patriarca: ¿dónde están ahora sus alegres chanzas? Otros lo habían amenazado por su celo, que tenían por locura: ¿dónde están ahora sus jactancias y sus duras palabras? El crítico que juzgó la obra del anciano se ahoga en el mismo mar que cubre a sus burlones compañeros. Los que hablaban con aire condescendiente de la fidelidad del buen hombre a sus convicciones, pero no las compartían, se han hundido para no levantarse más, y los obreros que por paga ayudaron a construir el arca maravillosa también se han perdido todos. El diluvio se los llevó a todos, sin hacer una sola excepción. Así también, fuera de Cristo, la destrucción final es segura para todo hombre nacido de mujer; ningún rango, posesión ni carácter bastará para salvar a una sola alma que no haya creído en el Señor Jesús. Alma mía, contempla este juicio de tan vasto alcance, y tiembla ante él.

¡Qué asombrosa la apatía general! Todos estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta que amaneció la terrible mañana. No había un solo sabio sobre la tierra fuera del arca. La necedad engañó a toda la raza: necedad en cuanto a la propia preservación, la más necia de todas las necedades; necedad en dudar del Dios verdaderísimo, la más maligna de las locuras. Extraño, alma mía, ¿no es verdad? Todos los hombres descuidan sus almas hasta que la gracia les da razón; entonces dejan su locura y obran como seres racionales, pero no antes.

Todos, bendito sea Dios, estaban a salvo en el arca; ninguna ruina entró allí. Desde el enorme elefante hasta el diminuto ratón, todos estaban a salvo. La tímida liebre estaba tan segura como el valiente león, el indefenso conejo tan a salvo como el laborioso buey. Todos están a salvo en Jesús. Alma mía, ¿estás tú en él?

2 de noviembre

«Horror se apoderó de mí a causa de los impíos que dejan tu ley». (Salmo 119:53)

Alma mía, ¿sientes este santo estremecimiento ante los pecados de los demás? Porque si no, te falta santidad interior. Las mejillas de David estaban mojadas con ríos de agua a causa de la impiedad reinante; Jeremías deseaba que sus ojos fueran fuentes para lamentar las iniquidades de Israel; y Lot estaba abrumado por la conducta de los hombres de Sodoma. Aquellos sobre quienes se puso la señal en la visión de Ezequiel eran los que gemían y clamaban a causa de las abominaciones de Jerusalén. No puede sino entristecer a las almas llenas de gracia ver cuánto se esfuerzan los hombres por ir al infierno. Ellas conocen por experiencia el mal del pecado, y se alarman al ver a otros volar como polillas hacia su llama. El pecado hace estremecer al justo porque viola una ley santa, que es del más alto interés de todo hombre guardar; derriba las columnas de la comunidad. El pecado en otros horroriza al creyente porque le recuerda la bajeza de su propio corazón: cuando ve a un transgresor, exclama con el santo que menciona Bernardo: «Él cayó hoy, y yo puedo caer mañana». El pecado es horrible para un creyente porque crucificó al Salvador; ve en cada iniquidad los clavos y la lanza. ¿Cómo puede un alma salvada contemplar sin aborrecimiento ese pecado maldito que mató a Cristo? Di, corazón mío, ¿te unes sinceramente a todo esto? Es cosa terrible insultar a Dios en su propia cara. El Dios bueno merece mejor trato, el gran Dios lo reclama, el Dios justo lo tendrá, o dará el pago a su adversario en su propia cara. Un corazón despierto tiembla ante la audacia del pecado y queda alarmado al contemplar su castigo. ¡Qué cosa tan monstruosa es la rebelión! ¡Qué terrible condenación está preparada para los impíos! Alma mía, nunca te rías de las necedades del pecado, no sea que llegues a sonreírle al pecado mismo. Es tu enemigo, y el enemigo de tu Señor. Míralo con aborrecimiento, porque solo así podrás dar prueba de poseer la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

3 de noviembre

«Su oración llegó a la habitación de su santuario, al cielo». (2 Crónicas 30:27)

La oración es el recurso infalible del cristiano en todo caso, en todo apuro. Cuando no puedes usar tu espada, puedes acudir al arma de toda oración. Tu pólvora puede estar húmeda, la cuerda de tu arco puede estar floja, pero el arma de toda oración nunca necesita estar fuera de servicio. Leviatán se ríe de la jabalina, pero tiembla ante la oración. La espada y la lanza necesitan pulirse, pero la oración nunca se oxida, y cuando la creemos más roma es cuando mejor corta. La oración es una puerta abierta que nadie puede cerrar. Los demonios pueden rodearte por todos lados, pero el camino hacia arriba está siempre abierto, y mientras esa vía esté despejada, no caerás en manos del enemigo. Nunca podremos ser tomados por bloqueo, escalada, mina ni asalto, mientras los socorros celestiales puedan bajar a nosotros por la escalera de Jacob para aliviarnos en el tiempo de nuestras necesidades. La oración nunca está fuera de temporada: en verano y en invierno su mercancía es preciosa. La oración obtiene audiencia en el cielo en lo más profundo de la noche, en medio de los negocios, en el calor del mediodía, en las sombras de la tarde. En toda condición, sea de pobreza, o enfermedad, u oscuridad, o calumnia, o duda, tu Dios del pacto recibirá con agrado tu oración y la responderá desde su santo lugar. Tampoco es nunca la oración vana. La verdadera oración es siempre verdadero poder. Puede que no siempre obtengas lo que pides, pero siempre tendrás suplidas tus verdaderas necesidades. Cuando Dios no responde a sus hijos según la letra, lo hace según el espíritu. Si pides harina gruesa, ¿te enojarás porque te da la flor de harina? Si buscas salud corporal, ¿deberías quejarte si en lugar de ella hace que tu enfermedad se torne en sanidad de males espirituales? ¿No es mejor tener la cruz santificada que quitada? Esta noche, alma mía, no olvides presentar tu petición y tu ruego, porque el Señor está dispuesto a concederte tus deseos.

4 de noviembre

«En tu luz veremos la luz». (Salmo 36:9)

Ningunos labios pueden expresar al corazón el amor de Cristo hasta que Jesús mismo hable por dentro. Todas las descripciones resultan sosas y sin vida a menos que el Espíritu Santo las llene de vida y poder; hasta que nuestro Emanuel se revela por dentro, el alma no lo ve. Si quisieras ver el sol, ¿reunirías los medios comunes de iluminación y buscarías de ese modo contemplar el astro del día? No; el sabio sabe que el sol debe revelarse a sí mismo, y que solo por su propio resplandor puede verse esa poderosa lumbrera. Así sucede con Cristo. «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás», le dijo a Pedro, «porque no te lo reveló carne ni sangre». Purifica la carne y la sangre por cualquier proceso educativo que elijas, eleva las facultades mentales al más alto grado de poder intelectual; con todo, nada de esto puede revelar a Cristo. El Espíritu de Dios debe venir con poder y cubrir al hombre con sus alas, y entonces, en ese místico lugar santísimo, el Señor Jesús debe mostrarse al ojo santificado, como no lo hace a los cortos de vista hijos de los hombres. Cristo ha de ser su propio espejo. La gran masa de este mundo de ojos legañosos no puede ver nada de las glorias inefables de Emanuel. Él está delante de ellos sin parecer ni hermosura, como raíz de tierra seca, rechazado por los vanidosos y despreciado por los orgullosos. Solo donde el Espíritu ha tocado el ojo con colirio, ha vivificado el corazón con vida divina y ha educado el alma en un gusto celestial, solo allí se le comprende. «Para vosotros, pues, los que creéis, él es precioso»; para vosotros él es la principal piedra del ángulo, la Roca de vuestra salvación, vuestro todo en todo; pero para otros es «piedra de tropiezo y roca de escándalo». Dichosos aquellos a quienes nuestro Señor se manifiesta, porque su promesa para ellos es que hará morada con ellos. Oh Jesús, Señor nuestro, nuestro corazón está abierto; entra, y no salgas nunca más. ¡Muéstrate a nosotros ahora! Favorécenos con un atisbo de tus encantos que todo lo conquistan.

5 de noviembre

«Dadle gracias, bendecid su nombre». (Salmo 100:4)

Nuestro Señor quiere que todo su pueblo sea rico en pensamientos elevados y gozosos acerca de su bendita persona. Jesús no se contenta con que sus hermanos piensen pobremente de él; es su placer que sus desposados se deleiten en su hermosura. No hemos de considerarlo como una mera necesidad, como el pan y el agua, sino como un manjar exquisito, como un deleite raro y arrebatador. Con este fin se ha revelado como la «perla preciosa» en su belleza sin par, como el «manojito de mirra» en su fragancia refrescante, como la «rosa de Sarón» en su perfume duradero, como el «lirio» en su pureza inmaculada.

Como ayuda para tener pensamientos elevados de Cristo, recuerda la estima en que se tiene a Cristo más allá de los cielos, donde las cosas se miden con la medida correcta. Piensa cuánto estima Dios al Unigénito, su don inefable para nosotros. Considera lo que piensan de él los ángeles, que tienen por su más alto honor cubrirse el rostro a sus pies. Considera lo que piensan de él los lavados en la sangre, que día y noche sin cesar cantan sus bien merecidas alabanzas. Los pensamientos elevados de Cristo nos capacitarán para obrar de manera coherente con nuestra relación con él. Cuanto más alto veamos a Cristo entronizado, y cuanto más humildes seamos al inclinarnos ante el estrado del trono, tanto más verdaderamente estaremos preparados para desempeñar nuestro papel para con él. Nuestro Señor Jesús desea que pensemos bien de él, para que nos sometamos gozosamente a su autoridad. Los pensamientos elevados de él aumentan nuestro amor. El amor y la estima van juntos. Por tanto, creyente, piensa mucho en las excelencias de tu Señor. ¡Estúdialo en su gloria primigenia, antes de que tomara sobre sí tu naturaleza! ¡Piensa en el amor poderoso que lo hizo bajar de su trono para morir en la cruz! ¡Admíralo cuando vence a todos los poderes del infierno! ¡Míralo resucitado, coronado, glorificado! Inclínate ante él como el Admirable, el Consejero, el Dios fuerte, porque solo así tu amor por él será lo que debe ser.

6 de noviembre

«Diciendo: Esta es la sangre del testamento que Dios os ha mandado». (Hebreos 9:20)

Hay un poder extraño en el mero nombre de la sangre, y su vista siempre conmueve. Un corazón bondadoso no soporta ver sangrar a un gorrión, y a menos que esté acostumbrado por el uso, se aparta con horror ante la matanza de una bestia. En cuanto a la sangre de los hombres, es cosa consagrada: derramarla con ira es asesinato; malgastarla en la guerra es un crimen espantoso. ¿Se debe esta solemnidad al hecho de que la sangre es la vida, y su derramamiento la señal de la muerte? Así lo creemos. Cuando nos elevamos a contemplar la sangre del Hijo de Dios, nuestro temor reverente aumenta aún más, y nos estremecemos al pensar en la culpa del pecado y en la terrible pena que soportó el Portador del pecado. La sangre, siempre preciosa, no tiene precio cuando brota del costado de Emanuel. La sangre de Jesús sella el pacto de gracia y lo hace firme para siempre. Los pactos antiguos se hacían por sacrificio, y el pacto eterno fue ratificado de la misma manera. ¡Oh, el deleite de ser salvo sobre el fundamento seguro de compromisos divinos que no pueden deshonrarse! La salvación por las obras de la ley es una vasija frágil y rota cuyo naufragio es seguro; pero la nave del pacto no teme las tormentas, porque la sangre lo garantiza todo. La sangre de Jesús hizo válido su testamento. Los testamentos no tienen fuerza a menos que los testadores mueran. A esta luz, la lanza del soldado es una bendita ayuda para la fe, pues demostró que nuestro Señor estaba realmente muerto. Dudas sobre ese asunto no puede haber ninguna, y podemos apropiarnos con valentía los legados que él ha dejado a su pueblo. Dichosos los que ven su derecho a las bendiciones celestiales asegurado por un Salvador que murió. Pero ¿no tiene esta sangre voz para nosotros? ¿No nos manda santificarnos para aquel por quien hemos sido redimidos? ¿No nos llama a la novedad de vida y nos incita a una consagración completa al Señor? ¡Ojalá el poder de la sangre sea conocido y sentido en nosotros esta noche!

7 de noviembre

«Y me seréis testigos». (Hechos 1:8)

Para aprender a cumplir tu deber como testigo de Cristo, mira su ejemplo. Él está siempre dando testimonio: junto al pozo de Samaria o en el templo de Jerusalén; junto al lago de Genesaret o en la cumbre del monte. Da testimonio noche y día; sus poderosas oraciones son tan elocuentes ante Dios como sus servicios diarios. Da testimonio en todas las circunstancias; los escribas y fariseos no pueden cerrarle la boca; aun ante Pilato da testimonio de la buena profesión. Da testimonio tan clara y distintamente que no hay equívoco en él. Cristiano, haz de tu vida un testimonio claro. Sé como el arroyo en el que se puede ver cada piedra del fondo, no como la ensenada fangosa de la que solo se ve la superficie, sino claro y transparente, de modo que el amor de tu corazón a Dios y a los hombres sea visible para todos. No necesitas decir: «Soy sincero»; sé sincero. No te jactes de integridad; sé recto. Así tu testimonio será tal que los hombres no podrán dejar de verlo. Nunca, por miedo al hombre débil, retengas tu testimonio. Tus labios han sido calentados con un carbón tomado del altar; que hablen como deben hablar unos labios tocados por el cielo. «Por la mañana siembra tu semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano». No mires a las nubes, no consultes al viento; a tiempo y fuera de tiempo da testimonio del Salvador, y si acontece que por causa de Cristo y del evangelio has de soportar sufrimiento en cualquier forma, no retrocedas, sino regocíjate en el honor que así se te confiere, de ser tenido por digno de padecer con tu Señor; y gózate también en esto: que tus sufrimientos, tus pérdidas y persecuciones te servirán de plataforma desde la cual darás testimonio de Cristo Jesús con más vigor y mayor poder. Estudia a tu gran Ejemplo, y sé lleno de su Espíritu. Recuerda que necesitas mucha enseñanza, mucho sostén, mucha gracia y mucha humildad, si tu testimonio ha de ser para la gloria de tu Señor.

8 de noviembre

«El Maestro dice: ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos?». (Marcos 14:14)

Jerusalén, en el tiempo de la pascua, era una gran posada; cada dueño de casa había invitado a sus propios amigos, pero nadie había invitado al Salvador, y él no tenía morada propia. Fue por su propio poder sobrenatural como se halló un aposento alto en el cual celebrar la fiesta. Así sucede aún hoy: Jesús no es recibido entre los hijos de los hombres sino solo donde, por su poder y su gracia sobrenaturales, hace nuevo el corazón. Todas las puertas están bien abiertas para el príncipe de las tinieblas, pero Jesús tiene que abrirse paso por sí mismo o alojarse en la calle. Fue por el misterioso poder que ejerció nuestro Señor que el dueño de la casa no puso objeción alguna, sino que de inmediato, con alegría y gozo, abrió su aposento. Quién era y qué era, no lo sabemos, pero aceptó de buena gana el honor que el Redentor se proponía conferirle. De igual manera se descubre todavía quiénes son los escogidos del Señor y quiénes no; porque cuando el evangelio llega a algunos, luchan contra él y no quieren recibirlo; pero donde los hombres lo reciben dándole la bienvenida, es indicio seguro de que hay una obra secreta en el alma, y de que Dios los ha escogido para vida eterna. ¿Estás dispuesto, querido lector, a recibir a Cristo? Entonces no hay dificultad en el camino; Cristo será tu huésped; su propio poder obra en ti, haciéndote dispuesto. ¡Qué honor hospedar al Hijo de Dios! Los cielos de los cielos no lo pueden contener, y sin embargo se digna hallar casa dentro de nuestros corazones. No somos dignos de que entre bajo nuestro techo, pero ¡qué privilegio indecible cuando se digna entrar! Porque entonces hace un banquete y nos hace banquetear con él con manjares reales; nos sentamos a una mesa donde las viandas son inmortales y dan inmortalidad a quienes se alimentan de ellas. Bienaventurado entre los hijos de Adán es el que hospeda al Señor de los ángeles.

9 de noviembre

«Fortaleza de rocas será su lugar de refugio; se le dará su pan, y sus aguas serán seguras». (Isaías 33:16)

¿Dudas, oh cristiano, dudas de si Dios cumplirá su promesa? ¿Será tomada por asalto la fortaleza de rocas? ¿Fallarán los graneros del cielo? ¿Piensas que tu Padre celestial, aunque sabe que tienes necesidad de alimento y vestido, se olvidará de ti? Cuando ni un pajarillo cae a tierra sin tu Padre, y aun los cabellos de tu cabeza están todos contados, ¿desconfiarás y dudarás de él? Quizá tu aflicción seguirá sobre ti hasta que te atrevas a confiar en tu Dios, y entonces terminará. Muchísimos ha habido que fueron probados y duramente afligidos hasta que al fin, por pura desesperación, se vieron empujados a ejercer fe en Dios, y el momento de su fe fue el instante de su liberación; han visto si Dios cumpliría su promesa o no. ¡Oh, te lo ruego, no dudes más de él! No agrades a Satanás, ni te atormentes dando cabida por más tiempo a esos duros pensamientos acerca de Dios. No tengas por cosa ligera dudar del Señor. Recuerda que es un pecado; y no un pecado pequeño, sino criminal en el más alto grado. Los ángeles nunca dudaron de él, ni tampoco los demonios: solo nosotros, de todos los seres que Dios ha formado, lo deshonramos con la incredulidad y empañamos su honra con la desconfianza. ¡Vergüenza sobre nosotros por esto! Nuestro Dios no merece que se sospeche de él tan vilmente; en nuestra vida pasada lo hemos comprobado verdadero y fiel a su palabra, y con tantas muestras de su amor y de su bondad como hemos recibido y recibimos cada día de sus manos, es vil e inexcusable que permitamos que una duda se aloje en nuestro corazón. Que de aquí en adelante hagamos guerra constante contra las dudas acerca de nuestro Dios, enemigas de nuestra paz y de su honra; y con una fe que no vacila, creamos que lo que él ha prometido también lo cumplirá. «Señor, creo; ayuda mi incredulidad».

10 de noviembre

«Bástale al discípulo ser como su maestro». (Mateo 10:25)

Nadie discutirá esta afirmación, pues sería impropio que el siervo fuera exaltado por encima de su Señor. Cuando nuestro Señor estuvo en la tierra, ¿qué trato recibió? ¿Fueron reconocidos sus derechos, seguidas sus enseñanzas, adoradas sus perfecciones, por aquellos a quienes vino a bendecir? No; «Fue despreciado y desechado entre los hombres». Fuera del campamento estaba su lugar; llevar la cruz era su ocupación. ¿Le dio el mundo consuelo y descanso? «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza». Este país inhóspito no le ofreció refugio: lo echó fuera y lo crucificó. Tal debes esperar que sea, si eres seguidor de Jesús y mantienes un andar y una conducta coherentes y semejantes a los de Cristo, la suerte de aquella parte de tu vida espiritual que, en su desarrollo exterior, cae bajo la observación de los hombres. La tratarán como trataron al Salvador: la despreciarán. No sueñes que los mundanos te admirarán, ni que cuanto más santo y más semejante a Cristo seas, más pacíficamente se comportará la gente contigo. No apreciaron la gema pulida; ¿cómo habrían de valorar la joya en bruto? «Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto más a los de su casa?». Si fuéramos más como Cristo, seríamos más aborrecidos por sus enemigos. Triste deshonra sería para un hijo de Dios ser el favorito del mundo. Es muy mal presagio oír a un mundo malvado aplaudir y gritar «¡Bien hecho!» al hombre cristiano. Bien puede él empezar a examinar su carácter y preguntarse si no habrá estado obrando mal, cuando los injustos le dan su aprobación. Seamos fieles a nuestro Señor, y no tengamos amistad con un mundo ciego y vil que lo desprecia y lo rechaza. Lejos esté de nosotros buscar una corona de honor donde nuestro Señor halló una corona de espinas.

11 de noviembre

«Él escogerá nuestra heredad por nosotros». (Salmo 47:4)

Creyente, si tu heredad es humilde, deberías estar satisfecho con tu porción terrenal; porque puedes estar seguro de que es la más adecuada para ti. Una sabiduría infalible ordenó tu suerte y escogió para ti la condición más segura y mejor. Hay que subir un barco de gran tonelaje por el río; ahora bien, en una parte de la corriente hay un banco de arena; si alguien preguntara: «¿Por qué el capitán navega por la parte profunda del canal y se desvía tanto de la línea recta?», su respuesta sería: «Porque no lograría llevar mi barco a puerto si no me mantuviera en el canal profundo». Así, puede ser que tú encallaras y naufragaras si tu divino Capitán no te condujera a las profundidades de la aflicción, donde las olas de la tribulación se suceden rápidamente unas a otras. Algunas plantas mueren si reciben demasiado sol. Puede ser que estés plantado donde recibes muy poco; el amoroso Labrador te ha puesto allí porque solo en esa situación darás fruto hasta la perfección. Recuerda esto: si cualquier otra condición hubiera sido mejor para ti que aquella en que estás, el amor divino te habría puesto en ella. Dios te ha colocado en las circunstancias más adecuadas, y si tú tuvieras que escoger tu suerte, pronto clamarías: «Señor, escoge tú mi heredad por mí, porque por mi propia voluntad me he traspasado de muchos dolores». Conténtate con lo que tienes, ya que el Señor ha ordenado todas las cosas para tu bien. Toma tu propia cruz de cada día; es la carga que mejor se ajusta a tu hombro, y resultará la más eficaz para hacerte perfecto en toda buena palabra y obra, para la gloria de Dios. ¡Abajo, yo afanoso, e impaciencia orgullosa! No te toca a ti escoger, sino al Señor del Amor.

«Pruebas han de venir, y vendrán;

mas con fe humilde poder ver

el amor escrito en todas ellas,

esa es para mí la felicidad».

12 de noviembre

«En aquellos días él salió al monte a orar, y pasó toda la noche orando a Dios». (Lucas 6:12)

Si alguno nacido de mujer hubiera podido vivir sin oración, ese era nuestro Señor inmaculado y perfecto; ¡y sin embargo nadie estuvo jamás tanto en súplica como él! Tal era su amor a su Padre, que amaba mucho estar en comunión con él; tal su amor por su pueblo, que deseaba estar mucho en intercesión por ellos. El hecho de esta eminente vida de oración de Jesús es una lección para nosotros: nos ha dado ejemplo para que sigamos sus pisadas. El tiempo que escogió fue admirable: era la hora del silencio, cuando la multitud no lo molestaría; el tiempo de la inactividad, cuando todos menos él habían cesado de trabajar; y la hora en que el sueño hacía que los hombres olvidaran sus penas y dejaran de acudir a él en busca de alivio. Mientras otros hallaban descanso en el sueño, él se refrescaba con la oración. El lugar también fue bien escogido. Estaba solo, donde nadie lo importunaría, donde nadie podía observarlo; así estaba libre de la ostentación farisaica y de las interrupciones vulgares. Aquellos montes oscuros y silenciosos eran un oratorio apropiado para el Hijo de Dios. El cielo y la tierra, en la quietud de la medianoche, oyeron los gemidos y suspiros del Ser misterioso en quien ambos mundos se unían. La duración de sus súplicas es notable: las largas vigilias no eran demasiado largas; el viento frío no enfriaba su devoción; la densa oscuridad no oscurecía su fe, ni la soledad frenaba su importunidad. Nosotros no podemos velar con él una hora, pero él veló por nosotros noches enteras. La ocasión de esta oración es digna de notarse: fue después de que sus enemigos se habían llenado de furor, y la oración era su refugio y consuelo; fue antes de enviar a los doce apóstoles, y la oración era la puerta de su empresa, el heraldo de su nueva obra. ¿No deberíamos aprender de Jesús a recurrir a una oración especial cuando estamos bajo una prueba particular, o cuando contemplamos nuevos esfuerzos para la gloria del Señor? Señor Jesús, enséñanos a orar.

13 de noviembre

«Los hombres deben orar siempre». (Lucas 18:1)

Si los hombres deben orar siempre y no desmayar, mucho más los hombres cristianos. Jesús ha enviado a su iglesia al mundo con la misma misión con que él mismo vino, y esta misión incluye la intercesión. ¿Y si digo que la iglesia es el sacerdote del mundo? La creación es muda, pero la iglesia ha de ser su boca. Es el alto privilegio de la iglesia orar con aceptación. La puerta de la gracia está siempre abierta a sus peticiones, y estas nunca vuelven con las manos vacías. El velo se rasgó por ella, la sangre fue rociada sobre el altar por ella, Dios la invita constantemente a pedir lo que quiera. ¿Rehusará ella el privilegio que los ángeles podrían envidiarle? ¿No es ella la esposa de Cristo? ¿No puede entrar a su Rey a toda hora? ¿Permitirá que el precioso privilegio quede sin usar? La iglesia siempre tiene necesidad de orar. Siempre hay en medio de ella algunos que decaen o que caen en pecado manifiesto. Hay corderos por quienes orar, para que sean llevados en el seno de Cristo; los fuertes, no sea que se vuelvan presuntuosos; y los débiles, no sea que caigan en la desesperación. Si mantuviéramos reuniones de oración las veinticuatro horas del día, todos los días del año, nunca nos faltaría un motivo especial de súplica. ¿Nos faltan alguna vez los enfermos y los pobres, los afligidos y los vacilantes? ¿Nos faltan alguna vez quienes buscan la conversión de sus parientes, la restauración de los descarriados o la salvación de los depravados? No; con congregaciones que se reúnen constantemente, con ministros que siempre predican, con millones de pecadores que yacen muertos en delitos y pecados; en un país sobre el cual ciertamente descienden las tinieblas del romanismo; en un mundo lleno de ídolos, crueldades y obras del diablo, si la iglesia no ora, ¿cómo excusará su vil descuido del encargo de su amoroso Señor? Que la iglesia sea constante en la súplica; que cada creyente en lo privado eche su blanca de oración en el tesoro.

14 de noviembre

«Y Labán respondió: No se hace así en nuestra tierra, que se dé la menor antes de la primogénita». (Génesis 29:26)

No excusamos a Labán por su falta de honradez, pero no tenemos reparo en aprender de la costumbre que alegó como excusa. Hay cosas que deben tomarse por orden, y si queremos ganar la segunda debemos asegurarnos la primera. La segunda puede ser la más hermosa a nuestros ojos, pero la regla del país celestial ha de mantenerse, y la mayor ha de casarse primero. Por ejemplo, muchos hombres desean a la hermosa y bien parecida Raquel del gozo y la paz en el creer, pero primero tienen que casarse con Lea, la de ojos tiernos, del arrepentimiento. Todos se enamoran de la felicidad, y muchos servirían gustosos dos veces siete años por gozarla; pero según la regla del reino del Señor, la Lea de la verdadera santidad debe ser amada por nuestra alma antes de que pueda alcanzarse la Raquel de la verdadera felicidad. El cielo no está primero sino segundo, y solo perseverando hasta el fin podemos ganar una porción en él. Hay que llevar la cruz antes de poder llevar la corona. Debemos seguir a nuestro Señor en su humillación, o nunca descansaremos con él en la gloria.

Alma mía, ¿qué dices? ¿Eres tan vana que esperas quebrantar la regla celestial? ¿Esperas recompensa sin trabajo, u honra sin fatiga? Desecha esa vana expectativa, y conténtate con aceptar las cosas de mal parecer por amor del dulce amor de Jesús, que te lo recompensará todo. Con tal espíritu, trabajando y sufriendo, hallarás que lo amargo se vuelve dulce y lo duro fácil. Como a Jacob, tus años de servicio te parecerán unos pocos días por el amor que tienes a Jesús; y cuando llegue la amada hora del banquete de bodas, todas tus fatigas serán como si nunca hubieran existido: una hora con Jesús compensará siglos de dolor y trabajo.

Jesús, para ganarte a ti, tan hermoso,

tu cruz llevaré con gozo:

pues así lo ordenan las reglas del cielo,

con la primera me casaré para ganar la segunda.

15 de noviembre

«Confirma, oh Dios, lo que has obrado para nosotros». (Salmo 68:28)

Es nuestra sabiduría, tanto como nuestra necesidad, rogar continuamente a Dios que fortalezca lo que ha obrado en nosotros. Es por su descuido en esto por lo que muchos cristianos pueden culparse a sí mismos de aquellas pruebas y aflicciones del espíritu que nacen de la incredulidad. Es verdad que Satanás procura inundar el hermoso huerto del corazón y convertirlo en escena de desolación; pero también es verdad que muchos cristianos dejan abiertas ellos mismos las compuertas y dejan entrar el terrible diluvio por descuido y por falta de oración a su poderoso Ayudador. A menudo olvidamos que el Autor de nuestra fe debe ser también su Preservador. A la lámpara que ardía en el templo nunca se le permitía apagarse, pero había que reponerle cada día aceite nuevo; de igual manera, nuestra fe solo puede vivir sustentada con el aceite de la gracia, y este solo podemos obtenerlo de Dios mismo. Vírgenes insensatas resultaremos si no aseguramos el sustento necesario para nuestras lámparas. El que hizo el mundo lo sostiene, o este caería con un estruendo tremendo; el que nos hizo cristianos debe mantenernos por su Espíritu, o nuestra ruina será rápida y definitiva. Vayamos, pues, noche tras noche, a nuestro Señor en busca de la gracia y la fuerza que necesitamos. Tenemos un argumento poderoso que alegar, porque es su propia obra de gracia la que le pedimos que fortalezca: «lo que has obrado para nosotros». ¿Crees que dejará de proteger y sustentar eso? Solo deja que tu fe eche mano de su fuerza, y todos los poderes de las tinieblas, capitaneados por el archienemigo del infierno, no podrán arrojar una nube ni una sombra sobre tu gozo y tu paz. ¿Por qué desmayar cuando puedes ser fuerte? ¿Por qué sufrir la derrota cuando puedes vencer? ¡Oh! lleva tu fe vacilante y tus gracias decaídas a aquel que puede reavivarlas y reponerlas, y ora fervientemente: «Confirma, oh Dios, lo que has obrado para nosotros».

16 de noviembre

«Tus ojos verán al Rey en su hermosura». (Isaías 33:17)

Cuanto más conozcas a Cristo, menos te satisfarán las visiones superficiales de él; y cuanto más profundamente estudies sus transacciones en el pacto eterno, sus compromisos a tu favor como Fiador eterno y la plenitud de su gracia que resplandece en todos sus oficios, tanto más verdaderamente verás al Rey en su hermosura. Ocúpate mucho en tales contemplaciones. Anhela cada vez más ver a Jesús. La meditación y la contemplación son a menudo como ventanas de ágata y puertas de carbunclo, a través de las cuales contemplamos al Redentor. La meditación pone el telescopio ante el ojo y nos permite ver a Jesús de mejor manera que si hubiéramos vivido en los días de su carne. ¡Ojalá nuestra conversación estuviera más en el cielo, y estuviéramos más absortos en la persona, la obra y la hermosura de nuestro Señor encarnado! Con más meditación, la hermosura del Rey resplandecería sobre nosotros con mayor fulgor. Amados, es muy probable que tengamos una visión de nuestro glorioso Rey como nunca antes la tuvimos cuando lleguemos a morir. Muchos santos, al morir, han alzado la vista en medio de las aguas tempestuosas y han visto a Jesús andando sobre las olas del mar, y le han oído decir: «Yo soy; no tengáis miedo». ¡Ah, sí! Cuando la casa terrenal comienza a temblar y el barro se desprende, vemos a Cristo por las grietas, y entre las vigas entra a raudales la luz del sol del cielo. Pero si queremos ver cara a cara al «Rey en su hermosura», tenemos que ir al cielo para contemplarlo, o el Rey tiene que venir aquí en persona. ¡Oh, que viniera sobre las alas del viento! Él es nuestro Esposo, y estamos viudos por su ausencia; él es nuestro Hermano amado y hermoso, y estamos solos sin él. Densos velos y nubes se interponen entre nuestras almas y su verdadera vida: ¿cuándo apuntará el día y huirán las sombras? ¡Oh día tan esperado, comienza ya!

17 de noviembre

«El que corta leña, en ella peligrará». (Eclesiastés 10:9)

Los opresores pueden salirse con la suya con los pobres y necesitados tan fácilmente como parten troncos de leña, pero más les vale tener cuidado, porque es un oficio peligroso, y una astilla de un árbol ha matado muchas veces al leñador. Jesús es perseguido en cada santo agraviado, y él es poderoso para vengar a sus amados. El éxito en pisotear al pobre y al necesitado es cosa que debe hacer temblar: si no hay peligro para los perseguidores aquí, lo habrá, y grande, en el más allá.

Cortar leña es una tarea común de todos los días, y sin embargo tiene sus peligros; así pues, lector, hay peligros ligados a tu oficio y a tu vida diaria de los que te conviene estar advertido. No nos referimos a los riesgos por mar y por tierra, ni a la enfermedad y la muerte repentina, sino a peligros de índole espiritual. Tu ocupación puede ser tan humilde como partir troncos, y aun así el diablo puede tentarte en ella. Puedes ser sirviente doméstico, jornalero del campo o artesano, y puedes estar muy resguardado de las tentaciones de los vicios más groseros, y aun así algún pecado secreto puede hacerte daño. Los que viven en casa y no se mezclan con el mundo rudo pueden, no obstante, correr peligro por su mismo retiro. En ninguna parte está a salvo quien se cree a salvo. El orgullo puede entrar en el corazón de un pobre; la avaricia puede reinar en el pecho de un campesino; la impureza puede aventurarse en el hogar más tranquilo; y la ira, la envidia y la malicia pueden insinuarse en la morada más rústica. Aun al decir unas pocas palabras a un sirviente podemos pecar; una pequeña compra en una tienda puede ser el primer eslabón de una cadena de tentaciones; el simple hecho de asomarse a una ventana puede ser el principio del mal. ¡Oh Señor, cuán expuestos estamos! ¡Cómo seremos protegidos! Guardarnos a nosotros mismos es tarea demasiado dura para nosotros: solo tú mismo puedes preservarnos en semejante mundo de males. Extiende tus alas sobre nosotros, y nosotros, como pollitos, nos acurrucaremos bajo ti, ¡y nos sentiremos seguros!

18 de noviembre

«Tú eres eternamente». (Salmo 93:2)

Cristo es Eterno. De él podemos cantar con David: «Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre». Gózate, creyente, en Jesucristo, el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. Jesús siempre fue. El Niño nacido en Belén estaba unido al Verbo, que era en el principio, por quien todas las cosas fueron hechas. El título con que Cristo se reveló a Juan en Patmos fue: «El que es y que era y que ha de venir». Si él no fuera Dios desde la eternidad, no podríamos amarle con tanta devoción; no podríamos sentir que tuviera parte alguna en el amor eterno que es la fuente de todas las bendiciones del pacto; pero puesto que estuvo con el Padre desde toda la eternidad, remontamos la corriente del amor divino hasta él lo mismo que hasta su Padre y el bendito Espíritu. Así como nuestro Señor siempre fue, así también es por siempre. Jesús no está muerto; «vive siempre para interceder por nosotros». Acude a él en todos tus momentos de necesidad, porque él sigue esperando para bendecirte. Además, Jesús nuestro Señor siempre será. Si Dios te concede vida hasta cumplir tu día completo de setenta años, hallarás que su fuente purificadora sigue abierta y que su preciosa sangre no ha perdido su poder; hallarás que el Sacerdote que llenó la fuente sanadora con su propia sangre vive para limpiarte de toda iniquidad. Cuando solo te quede por librar tu última batalla, hallarás que la mano de tu Capitán vencedor no se ha debilitado: el Salvador vivo animará al santo moribundo. Cuando entres en el cielo, lo hallarás allí con el rocío de su juventud; y por toda la eternidad el Señor Jesús seguirá siendo el manantial perenne de gozo, de vida y de gloria para su pueblo. ¡Que saques aguas vivas de este pozo sagrado! Jesús siempre fue, siempre es, siempre será. Él es eterno en todos sus atributos, en todos sus oficios, en todo su poder y en su disposición a bendecir, consolar, guardar y coronar a su pueblo escogido.

19 de noviembre

«¡Quién me diera saber dónde hallarle!» (Job 23:3)

En su angustia más extrema, Job clamó al Señor. El ardiente anhelo de un hijo de Dios afligido es ver una vez más el rostro de su Padre. Su primera oración no es: «¡Ojalá fuera sanado de la enfermedad que ahora supura en cada parte de mi cuerpo!», ni siquiera: «¡Ojalá viera a mis hijos rescatados de las fauces del sepulcro, y mis bienes arrancados una vez más de la mano del despojador!», sino que el primer y supremo clamor es: «¡Quién me diera saber dónde hallarle, a él, que es mi Dios! ¡Yo iría hasta su silla!». Los hijos de Dios corren a casa cuando estalla la tormenta. Es el instinto, nacido del cielo, de un alma llena de gracia buscar refugio de todos los males bajo las alas de Jehová. «El que ha puesto a Dios por su refugio» podría servir de título a un verdadero creyente. El hipócrita, cuando Dios lo aflige, se resiente del castigo y, como un esclavo, quisiera huir del Amo que lo ha azotado; pero no así el verdadero heredero del cielo: él besa la mano que lo hirió, y busca refugio de la vara en el seno del Dios que lo miró con severidad. El deseo de Job de tener comunión con Dios se intensificó al fallarle todas las demás fuentes de consuelo. El patriarca se apartó de sus pobres amigos y alzó la vista al trono celestial, así como un viajero se aparta de su odre vacío y se dirige a toda prisa al pozo. Se despide de las esperanzas nacidas de la tierra y clama: «¡Quién me diera saber dónde hallar a mi Dios!». Nada nos enseña tanto lo precioso que es el Creador como cuando aprendemos el vacío de todo lo demás. Apartándonos con amargo desdén de las colmenas de la tierra, donde no hallamos miel sino muchos aguijones punzantes, nos gozamos en aquel cuya palabra fiel es más dulce que la miel y que la que destila del panal. En toda tribulación debemos procurar primero hacer real la presencia de Dios con nosotros. Con tal que gocemos de su sonrisa, podremos llevar nuestra cruz diaria con corazón dispuesto por amor de él.

20 de noviembre

«Los conejos, pueblo nada esforzado, y ponen su casa en la piedra». (Proverbios 30:26)

Conscientes de su natural indefensión, los conejos se refugian en madrigueras entre las rocas, y están a salvo de sus enemigos. Corazón mío, aprende de buena gana una lección de este pueblo débil. Eres tan débil y estás tan expuesto al peligro como el tímido conejo; sé igual de sabio para buscar un refugio. Mi mejor seguridad está dentro de las fortalezas de un Jehová inmutable, donde sus promesas inalterables se alzan como gigantescas murallas de roca. Te irá bien, corazón mío, si siempre puedes esconderte en los baluartes de sus gloriosos atributos, todos los cuales son garantía de seguridad para los que ponen su confianza en él. Bendito sea el nombre del Señor, así lo he hecho, y me he hallado, como David en Adulam, a salvo de la crueldad de mi enemigo; no tengo que descubrir ahora la dicha del hombre que pone su confianza en el Señor, porque hace mucho tiempo, cuando Satanás y mis pecados me perseguían, huí a la hendidura de la roca, Cristo Jesús, y en su costado abierto hallé un delicioso lugar de reposo. Corazón mío, corre a él de nuevo esta noche, sea cual sea tu dolor presente; Jesús se compadece de ti; Jesús te consuela; Jesús te ayudará. Ningún monarca en su fortaleza inexpugnable está más seguro que el conejo en su madriguera de roca. El dueño de diez mil carros no está ni un ápice mejor protegido que el pequeño morador de la hendidura del monte. En Jesús los débiles son fuertes y los indefensos están a salvo; no podrían ser más fuertes si fueran gigantes, ni estar más seguros si estuvieran en el cielo. La fe da a los hombres en la tierra la protección del Dios del cielo. Más no pueden necesitar, ni necesitan desear. Los conejos no pueden construir un castillo, pero se valen de lo que ya está allí: yo no puedo hacerme un refugio, pero Jesús lo ha provisto, su Padre lo ha dado, su Espíritu lo ha revelado, y he aquí que de nuevo esta noche entro en él, y estoy a salvo de todo enemigo.

21 de noviembre

«Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa juntamente con él». (Juan 12:2)

Es digno de envidia. Bueno era ser Marta y servir, pero mejor era ser Lázaro y tener comunión. Hay tiempo para cada cosa, y cada una es hermosa en su tiempo, pero ninguno de los árboles del huerto da racimos como la vid de la comunión. Sentarse con Jesús, oír sus palabras, observar sus hechos y recibir sus sonrisas fue un favor tal que debió de hacer a Lázaro tan feliz como los ángeles. Cuando nos ha cabido la dicha de banquetear con nuestro Amado en su sala de banquetes, no habríamos dado ni medio suspiro por todos los reinos del mundo, aunque tan poco aliento hubiera bastado para comprarlos.

Es digno de imitación. Habría sido cosa extraña que Lázaro no estuviera a la mesa donde estaba Jesús, pues había estado muerto, y Jesús lo había resucitado. Que el resucitado faltara cuando el Señor que le dio la vida estaba en su casa habría sido verdadera ingratitud. También nosotros estuvimos una vez muertos, sí, y como Lázaro hedíamos en la tumba del pecado; Jesús nos resucitó, y por su vida vivimos: ¿podemos contentarnos con vivir lejos de él? ¿Dejamos de recordarle en su mesa, donde él se digna banquetear con sus hermanos? ¡Oh, esto es cruel! Nos conviene arrepentirnos y hacer como él nos ha mandado, porque su menor deseo debería ser ley para nosotros. Haber vivido sin trato constante con aquel de quien los judíos dijeron: «Mirad cómo le amaba», habría sido vergonzoso para Lázaro; ¿es excusable en nosotros, a quienes Jesús ha amado con amor eterno? Haber sido frío con aquel que lloró sobre su cadáver sin vida habría revelado gran brutalidad en Lázaro. ¿Qué revela en nosotros, por quienes el Salvador no solo ha llorado, sino sangrado? Venid, hermanos que leéis esta porción, volvamos a nuestro celestial Esposo y pidamos su Espíritu para que vivamos en más íntima familiaridad con él, y en adelante nos sentemos a la mesa con él.

22 de noviembre

«El poder de su resurrección». (Filipenses 3:10)

La doctrina de un Salvador resucitado es preciosísima. La resurrección es la piedra angular de todo el edificio del cristianismo. Es la clave del arco de nuestra salvación. Haría falta un volumen para exponer todos los ríos de agua viva que fluyen de esta única fuente sagrada, la resurrección de nuestro amado Señor y Salvador Jesucristo; pero saber que él ha resucitado, y tener comunión con él como tal —tratando con el Salvador resucitado al poseer una vida resucitada—, verle salir de la tumba al salir nosotros mismos de la tumba de la mundanalidad, esto es todavía más precioso. La doctrina es la base de la experiencia, pero así como la flor es más hermosa que la raíz, así la experiencia de la comunión con el Salvador resucitado es más hermosa que la doctrina misma. Quisiera que creyeras que Cristo resucitó de los muertos, de tal modo que lo cantes, y que extraigas todo el consuelo que te sea posible sacar de este hecho tan bien comprobado y tan bien atestiguado; pero te ruego que no te des por satisfecho ni siquiera con eso. Aunque no puedas, como los discípulos, verle con los ojos, te exhorto a aspirar a ver a Cristo Jesús con el ojo de la fe; y aunque, como María Magdalena, no puedas «tocarle», puedes tener el privilegio de conversar con él y de saber que ha resucitado, estando tú mismo resucitado en él a novedad de vida. Conocer a un Salvador crucificado que ha crucificado todos mis pecados es un alto grado de conocimiento; pero conocer a un Salvador resucitado que me ha justificado, y darme cuenta de que me ha otorgado una vida nueva, haciéndome una nueva criatura por medio de su propia novedad de vida, esto es una noble clase de experiencia: nadie debería darse por satisfecho con menos. Ojalá llegues a «conocerle, y el poder de su resurrección». ¿Por qué han de llevar la mortaja de la mundanalidad y de la incredulidad las almas que han sido vivificadas con Jesús? Levántate, porque el Señor ha resucitado.

23 de noviembre

«Súbete sobre un monte alto». (Isaías 40:9)

Todo creyente debería tener sed de Dios, del Dios vivo, y anhelar subir al monte del Señor y verle cara a cara. No debemos contentarnos con las nieblas del valle cuando la cumbre del Tabor nos espera. Mi alma tiene sed de beber hondo de la copa reservada para los que alcanzan la cima del monte y bañan sus frentes en el cielo. ¡Cuán puros son los rocíos de las colinas, cuán fresco el aire de la montaña, cuán rico el sustento de los que moran en lo alto, cuyas ventanas dan a la Nueva Jerusalén! Muchos santos se contentan con vivir como hombres en minas de carbón, que no ven el sol; comen polvo como la serpiente cuando podrían gustar la comida celestial de los ángeles; se contentan con llevar el traje del minero cuando podrían vestirse con ropas de rey; las lágrimas desfiguran sus rostros cuando podrían ungirlos con aceite celestial. Estoy convencido de que muchos creyentes languidecen en un calabozo cuando podrían pasearse por la azotea del palacio y contemplar la buena tierra y el Líbano. ¡Despierta, oh creyente, de tu baja condición! Desecha tu pereza, tu letargo, tu frialdad, o cualquier cosa que estorbe tu amor casto y puro a Cristo, el Esposo de tu alma. Haz de él la fuente, el centro y la circunferencia de todo el ámbito de deleite de tu alma. ¿Qué te hechiza hasta llevarte a la locura de quedarte en un pozo cuando puedes sentarte en un trono? No vivas en las tierras bajas de la servidumbre ahora que se te ha concedido la libertad de las montañas. No te des ya por satisfecho con tus logros enanos, sino prosigue hacia cosas más sublimes y celestiales. Aspira a una vida más alta, más noble, más plena. ¡Arriba, hacia el cielo! ¡Más cerca de Dios!

«¿Cuándo vendrás a mí, Señor?

¡Oh, ven, mi Señor tan amado!

Acércate, más cerca, más cerca aún:

dichoso soy cuando estás cerca».

24 de noviembre

«Un poco de sueño, cabeceando otro poco, poniendo mano sobre mano otro poco para dormir: así vendrá tu pobreza como caminante, y tu necesidad como hombre armado». (Proverbios 24:33, 34)

El peor de los perezosos solo pide un poco de sueño; se indignaría si se le acusara de holgazanería completa. Un poco de cruzar las manos para dormir es todo lo que anhela, y tiene una multitud de razones para demostrar que esa indulgencia es muy apropiada. Sin embargo, con esos «pocos» el día se va escurriendo, el tiempo del trabajo se acaba del todo y el campo se cubre de espinos. Es con pequeñas dilaciones como los hombres arruinan sus almas. No tienen intención de demorarse años; unos pocos meses traerán la ocasión más oportuna; mañana, si quieres, se ocuparán de las cosas serias; pero la hora presente está tan ocupada y es en todo tan inoportuna, que ruegan que se les excuse. Como la arena de un reloj, el tiempo pasa, la vida se malgasta gota a gota y las ocasiones de gracia se pierden por pequeñas siestas. ¡Oh, ser sabios, atrapar la hora que vuela, aprovechar los momentos al vuelo! Que el Señor nos enseñe esta sabiduría sagrada, porque de otro modo nos espera una pobreza de la peor clase, una pobreza eterna que carecerá aun de una gota de agua y la mendigará en vano. Como un caminante que prosigue su viaje sin detenerse, la pobreza alcanza al perezoso, y la ruina derriba al indeciso: cada hora acerca más al temido perseguidor; él no se detiene en el camino, porque va a los asuntos de su amo y no debe tardar. Como un hombre armado entra con autoridad y poder, así vendrá la necesidad al ocioso y la muerte al impenitente, y no habrá escapatoria. ¡Ojalá los hombres fueran sabios a tiempo y buscaran con diligencia al Señor Jesús, antes que amanezca el día solemne en que será demasiado tarde para arar y sembrar, demasiado tarde para arrepentirse y creer! En la siega es vano lamentar que se descuidó el tiempo de la siembra. Todavía la fe y la santa decisión llegan a tiempo. Que las obtengamos esta noche.

25 de noviembre

«Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca». (Romanos 9:15)

En estas palabras el Señor reclama de la manera más clara el derecho de dar o retener su misericordia según su propia voluntad soberana. Así como la prerrogativa de la vida y de la muerte reside en el monarca, así el Juez de toda la tierra tiene derecho a perdonar o condenar al culpable, según le parezca mejor. Los hombres, por sus pecados, han perdido todo derecho ante Dios; merecen perecer por sus pecados, y si todos perecen, no tienen motivo de queja. Si el Señor interviene para salvar a algunos, puede hacerlo siempre que no se frustren los fines de la justicia; pero si juzga mejor dejar que los condenados sufran la justa sentencia, nadie puede citarle ante su tribunal. Necios e insolentes son todos esos discursos sobre el derecho de los hombres a ser puestos todos en el mismo pie; ignorantes, si no algo peor, son esas disputas contra la gracia que distingue, que no son sino las rebeliones de la orgullosa naturaleza humana contra la corona y el cetro de Jehová. Cuando se nos lleva a ver nuestra propia ruina total y nuestro mal merecimiento, y la justicia del veredicto divino contra el pecado, ya no ponemos reparos a la verdad de que el Señor no está obligado a salvarnos; no murmuramos si él decide salvar a otros, como si nos hiciera una injuria, sino que sentimos que, si se digna mirarnos, será un acto libre de su bondad inmerecida, por el cual bendeciremos su nombre para siempre.

¿Cómo adorarán suficientemente la gracia de Dios los que son objeto de la elección divina? No tienen lugar para la jactancia, porque la soberanía la excluye de la manera más eficaz. Solo la voluntad del Señor es glorificada, y la idea misma del mérito humano es arrojada a un desprecio eterno. No hay en la Escritura doctrina más humillante que la de la elección, ninguna que promueva más la gratitud y, por consiguiente, ninguna más santificadora. Los creyentes no deberían temerla, sino gozarse en ella con adoración.

26 de noviembre

«Se alegrarán, y verán la plomada en la mano de Zorobabel». (Zacarías 4:10)

Cosas pequeñas marcaron el comienzo de la obra en la mano de Zorobabel, pero nadie podía menospreciarla, porque el Señor había levantado a uno que perseveraría hasta que la piedra principal fuera sacada con aclamaciones. La plomada estaba en buenas manos. He aquí el consuelo de todo creyente en el Señor Jesús: por pequeña que sea en sus comienzos la obra de la gracia, la plomada está en buenas manos; un maestro de obras mayor que Salomón ha emprendido la edificación del templo celestial, y no se cansará ni desmayará hasta que se levante el más alto pináculo. Si la plomada estuviera en la mano de un ser meramente humano, podríamos temer por el edificio, pero la voluntad del Señor será prosperada en la mano de Jesús. Las obras no avanzaban de forma irregular y sin cuidado, porque la mano del maestro llevaba un buen instrumento. Si los muros se hubieran levantado deprisa sin la debida supervisión, podrían haber quedado fuera de plomo; pero la plomada la usaba el capataz escogido. Jesús vigila siempre la construcción de su templo espiritual, para que se edifique con seguridad y bien. Nosotros queremos prisa, pero Jesús quiere juicio. Él usará la plomada, y lo que esté fuera de línea tendrá que caer, piedra por piedra. De ahí el fracaso de muchas obras halagüeñas, el derrumbe de muchas profesiones relucientes. No nos toca a nosotros juzgar la iglesia del Señor, puesto que Jesús tiene mano firme y ojo certero, y sabe usar bien la plomada. ¿No nos alegra ver el juicio dejado en sus manos?

La plomada estaba en uso activo: estaba en la mano del constructor, señal segura de que él se proponía llevar adelante la obra hasta terminarla. ¡Oh Señor Jesús, cuánto nos alegraríamos en verdad si pudiéramos verte en tu gran obra! ¡Oh Sion, la hermosa, tus muros siguen en ruinas! Levántate, glorioso Constructor, y haz que sus desolaciones se regocijen con tu venida.

27 de noviembre

«El perdón de pecados según las riquezas de su gracia». (Efesios 1:7)

¿Podría haber en lengua alguna palabra más dulce que esa palabra, «perdón», cuando resuena en el oído de un pecador culpable como las notas de plata del jubileo para el israelita cautivo? ¡Bendita, por siempre bendita sea esa amada estrella del perdón que brilla en la celda del condenado y da al que perece un destello de esperanza en medio de la medianoche de la desesperación! ¿Es posible que el pecado, un pecado como el mío, pueda ser perdonado, perdonado del todo y para siempre? El infierno es mi porción como pecador; no hay posibilidad de que escape de él mientras el pecado permanezca sobre mí; ¿puede ser quitada la carga de la culpa, borrada la mancha carmesí? ¿Podrán alguna vez las piedras diamantinas de mi cárcel soltarse de sus junturas, o las puertas ser arrancadas de sus goznes? Jesús me dice que aún puedo quedar limpio. Bendita para siempre sea la revelación del amor expiatorio, que no solo me dice que el perdón es posible, sino que está asegurado a todos los que descansan en Jesús. He creído en la propiciación designada, es decir, en Jesús crucificado, y por tanto mis pecados están en este momento, y para siempre, perdonados en virtud de sus dolores y su muerte en mi lugar. ¡Qué gozo es este! ¡Qué dicha ser un alma perfectamente perdonada! Mi alma consagra todas sus facultades a aquel que, por su propio amor no comprado, se hizo mi fiador y obró para mí la redención por su sangre. ¡Qué riquezas de gracia muestra el perdón gratuito! ¡Perdonar, perdonar plenamente, perdonar gratuitamente, perdonar para siempre! He aquí una constelación de maravillas; y cuando pienso cuán grandes eran mis pecados, cuán caras las preciosas gotas que me limpiaron de ellos, y cuán lleno de gracia fue el modo en que el perdón fue sellado en mi corazón, me pierdo en un laberinto de afecto maravillado y adorador. Me inclino ante el trono que me absuelve, me abrazo a la cruz que me libra, y sirvo desde ahora todos mis días al Dios encarnado, por quien esta noche soy un alma perdonada.

28 de noviembre

«Procurando el bien de su pueblo». (Ester 10:3)

Mardoqueo era un verdadero patriota y, por eso, al ser exaltado a la más alta posición bajo Asuero, usó su eminencia para promover la prosperidad de Israel. En esto fue figura de Jesús, quien, sobre su trono de gloria, no busca lo suyo, sino que emplea su poder en favor de su pueblo. Bueno sería que todo cristiano fuera un Mardoqueo para la iglesia, esforzándose según su capacidad por su prosperidad. Algunos están puestos en posiciones de riqueza e influencia; que honren a su Señor en los lugares altos de la tierra y den testimonio de Jesús ante los grandes. Otros tienen lo que es mucho mejor, a saber, una íntima comunión con el Rey de reyes; que se aseguren de interceder a diario por los débiles del pueblo del Señor, los que dudan, los tentados y los desconsolados. Redundará en su honra si interceden mucho por los que están en tinieblas y no se atreven a acercarse al propiciatorio. Los creyentes instruidos pueden servir grandemente a su Maestro si emplean sus talentos para el bien común e imparten a otros su riqueza de saber celestial, enseñándoles las cosas de Dios. Aun el más pequeño en nuestro Israel puede por lo menos procurar el bien de su pueblo; y su deseo, si no puede dar más, será aceptable. Dejar de vivir para sí mismo es, a la vez, el camino más semejante a Cristo y el más feliz para un creyente. El que bendice a otros no puede dejar de ser bendecido él mismo. Por otra parte, buscar nuestra propia grandeza personal es un plan de vida perverso y desdichado; su camino será penoso y su fin, fatal.

Este es el lugar para preguntarte, amigo mío, si procuras con todas tus fuerzas el bien de la iglesia en tu vecindario. Confío en que no le estés haciendo daño con amargura y escándalo, ni debilitándola con tu descuido. Amigo, únete a los pobres del Señor, lleva su cruz, hazles todo el bien que puedas, y no perderás tu recompensa.

29 de noviembre

«Especias aromáticas para el aceite de la unción». (Éxodo 35:8)

Bajo la ley se hacía mucho uso de este aceite de la unción, y lo que este representa es de importancia primordial bajo el evangelio. El Espíritu Santo, que nos unge para todo santo servicio, nos es indispensable si queremos servir al Señor de modo aceptable. Sin su ayuda, nuestros servicios religiosos no son más que una ofrenda vana, y nuestra experiencia interior es cosa muerta. Siempre que nuestro ministerio carece de unción, ¡en qué cosa tan miserable se convierte! Y las oraciones, alabanzas, meditaciones y esfuerzos de los cristianos particulares no son ni un ápice superiores. Una santa unción es el alma y la vida de la piedad; su ausencia, la más penosa de todas las calamidades. Presentarse ante el Señor sin unción es como si un levita común se hubiera entrometido en el oficio del sacerdote: sus ministraciones habrían sido más bien pecados que servicios. Que nunca nos aventuremos a ejercicios santos sin unciones sagradas. Ellas descienden sobre nosotros desde nuestra gloriosa Cabeza; de su unción, nosotros, que somos como el borde de sus vestiduras, participamos de una abundante unción. Especias escogidas se combinaban con el arte más refinado del perfumista para formar el aceite de la unción, a fin de mostrarnos cuán ricas son todas las influencias del Espíritu Santo. Todas las cosas buenas se hallan en el divino Consolador. Consuelo sin igual, instrucción infalible, vivificación inmortal, energía espiritual y santificación divina se encuentran combinados, junto con otras excelencias, en ese sagrado colirio, el celestial aceite de la unción del Espíritu Santo. Imparte una fragancia deliciosa al carácter y a la persona del hombre sobre quien se derrama. Nada semejante puede hallarse en todos los tesoros de los ricos ni en los secretos de los sabios. No se puede imitar. Viene solo de Dios, y se da gratuitamente, por medio de Jesucristo, a toda alma que espera. Busquémoslo, porque podemos tenerlo, podemos tenerlo esta misma noche. Oh Señor, unge a tus siervos.

30 de noviembre

«Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaba el dragón y sus ángeles». (Apocalipsis 12:7)

La guerra siempre arreciará entre las dos grandes soberanías hasta que una u otra sea aplastada. La paz entre el bien y el mal es una imposibilidad; su mera apariencia sería, de hecho, el triunfo de las potestades de las tinieblas. Miguel siempre luchará; su alma santa se aflige por el pecado y no lo soportará. Jesús será siempre el enemigo del dragón, y no de manera pasiva, sino activa, vigorosa, con plena determinación de exterminar el mal. Todos sus siervos, sean ángeles en el cielo o mensajeros en la tierra, lucharán y han de luchar; nacieron para ser guerreros: al pie de la cruz entran en pacto de no hacer jamás tregua con el mal; son una compañía guerrera, firme en la defensa y feroz en el ataque. El deber de todo soldado en el ejército del Señor es luchar cada día, con todo su corazón, toda su alma y toda su fuerza, contra el dragón.

El dragón y sus ángeles no rehusarán la contienda; son incesantes en sus embestidas, sin escatimar arma alguna, limpia o sucia. Somos necios si esperamos servir a Dios sin oposición: cuanto más celosos seamos, más seguro es que seremos asaltados por los secuaces del infierno. La iglesia puede volverse perezosa, pero no así su gran adversario; su espíritu inquieto nunca permite que la guerra se detenga; aborrece la simiente de la mujer, y devoraría a la iglesia si pudiera. Los siervos de Satanás participan mucho de la energía del viejo dragón, y suelen ser una raza activa. La guerra arrecia por todas partes, y soñar con la paz es peligroso e inútil.

Gloria a Dios, conocemos el final de la guerra. El gran dragón será arrojado fuera y destruido para siempre, mientras que Jesús y los que están con él recibirán la corona. Afilemos esta noche nuestras espadas y pidamos al Espíritu Santo que dé vigor a nuestros brazos para el combate. Nunca hubo batalla tan importante, nunca corona tan gloriosa. ¡Cada hombre a su puesto, guerreros de la cruz, y que el Señor quebrante pronto a Satanás bajo vuestros pies!

Capítulo 11 completado

Noviembre

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