Noche tras noche
Diciembre

Capítulo 12 · 56 min de lectura · 1 h 12 min de escucha

Diciembre

1 de diciembre

«Alaben la misericordia del Señor, y sus maravillas para con los hijos de los hombres». (Salmo 107:8)

Si nos quejáramos menos y alabáramos más, seríamos más felices, y Dios sería más glorificado. Alabemos a Dios cada día por las misericordias comunes; comunes, como a menudo las llamamos, y sin embargo tan inestimables que, cuando nos vemos privados de ellas, estamos a punto de perecer. Bendigamos a Dios por los ojos con que contemplamos el sol, por la salud y la fuerza para salir a caminar, por el pan que comemos, por el vestido que llevamos. Alabémosle porque no estamos arrojados entre los que no tienen esperanza, ni encerrados entre los culpables; démosle gracias por la libertad, por los amigos, por los lazos y las comodidades del hogar; alabémosle, en fin, por todo lo que recibimos de su mano generosa, porque merecemos poco y, sin embargo, se nos ha dotado con la mayor abundancia. Pero, amados, la nota más dulce y más fuerte de nuestros cánticos de alabanza debe ser la del amor redentor. Los actos redentores de Dios hacia sus escogidos son por siempre los temas favoritos de su alabanza. Si sabemos lo que significa la redención, no retengamos nuestros sonetos de acción de gracias. Hemos sido redimidos del poder de nuestras corrupciones, levantados de lo profundo del pecado en que estábamos sumidos por naturaleza. Hemos sido llevados a la cruz de Cristo; los grilletes de nuestra culpa han sido rotos; ya no somos esclavos, sino hijos del Dios vivo, y podemos anticipar el momento en que seremos presentados ante el trono sin mancha ni arruga ni cosa semejante. Aun ahora, por la fe, agitamos la palma y nos envolvemos en el lino fino que ha de ser nuestro atavío eterno, ¿y no daremos gracias sin cesar al Señor nuestro Redentor? Hijo de Dios, ¿puedes callar? ¡Despertad, despertad, herederos de la gloria, y llevad cautiva vuestra cautividad, mientras clamáis con David: «Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre»! Que el mes nuevo comience con cánticos nuevos.

2 de diciembre

«He aquí, todo ello es vanidad». (Eclesiastés 1:14)

Nada puede satisfacer al hombre entero sino el amor del Señor y el Señor mismo. Los santos han intentado anclar en otras radas, pero han sido expulsados de esos refugios fatales. A Salomón, el más sabio de los hombres, se le permitió hacer experimentos por todos nosotros, y hacer por nosotros lo que no debemos atrevernos a hacer por nuestra cuenta. He aquí su testimonio con sus propias palabras: «Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol». «Vanidad de vanidades, todo es vanidad». ¡Cómo! ¿Todo ello vanidad? Oh monarca favorecido, ¿no hay nada en toda tu riqueza? ¿Nada en ese vasto dominio que se extiende desde el río hasta el mar? ¿Nada en los gloriosos palacios de Palmira? ¿Nada en la casa del bosque del Líbano? En toda tu música y tus danzas, tu vino y tus lujos, ¿no hay nada? «Nada», dice, «sino aflicción de espíritu». Este fue su veredicto después de haber recorrido todo el círculo del placer. Abrazar a nuestro Señor Jesús, morar en su amor y tener plena seguridad de la unión con él: esto es el todo en todo. Querido lector, no necesitas probar otras formas de vida para ver si son mejores que la del cristiano: aunque recorras el mundo entero, no verás nada comparable a la vista del rostro del Salvador; aunque pudieras tener todas las comodidades de la vida, si perdieras a tu Salvador serías un desdichado; pero si ganas a Cristo, entonces, aunque te pudrieras en un calabozo, lo hallarías un paraíso; aunque vivieras en la oscuridad o murieras de hambre, aun así estarías saciado de favor y lleno de la bondad del Señor.

3 de diciembre

«El Señor, el poderoso en batalla». (Salmo 24:8)

Bien puede nuestro Dios ser glorioso a los ojos de su pueblo, puesto que ha obrado tales maravillas por ellos, en ellos y por medio de ellos. Por ellos, el Señor Jesús en el Calvario derrotó a todo enemigo, haciendo pedazos todas las armas del adversario con su obra consumada de obediencia satisfactoria; por su triunfante resurrección y ascensión trastornó por completo las esperanzas del infierno, llevando cautiva la cautividad, exhibiendo públicamente a nuestros enemigos y triunfando sobre ellos en su cruz. Toda flecha de culpa que Satanás pudiera habernos disparado está rota, porque ¿quién acusará a los escogidos de Dios? Vanas son las agudas espadas de la malicia infernal y las perpetuas batallas de la simiente de la serpiente, porque en medio de la iglesia los cojos arrebatan la presa, y los guerreros más débiles son coronados.

Bien pueden los salvados adorar a su Señor por sus conquistas en ellos, puesto que las flechas de su enemistad natural están quebradas y las armas de su rebelión, rotas. ¡Qué victorias ha ganado la gracia en nuestros malos corazones! ¡Cuán glorioso es Jesús cuando la voluntad es sometida y el pecado destronado! En cuanto a nuestras corrupciones que aún quedan, sufrirán una derrota igualmente segura, y toda tentación, toda duda y todo temor serán destruidos por completo. En el Salem de nuestros corazones pacificados, el nombre de Jesús es grande sin comparación: él ha ganado nuestro amor, y lo llevará como corona. Con igual seguridad podemos esperar victorias por medio de nosotros. Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Derribaremos las potestades de las tinieblas que hay en el mundo por nuestra fe, nuestro celo y nuestra santidad; ganaremos pecadores para Jesús, derribaremos sistemas falsos, convertiremos naciones, porque Dios está con nosotros, y nadie podrá hacernos frente. Esta noche, que el guerrero cristiano entone el canto de guerra y se prepare para la lucha de mañana. Mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo.

4 de diciembre

«Nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo». (Romanos 8:23)

Este gemido es universal entre los santos: en mayor o menor grado todos lo sentimos. No es el gemido de la murmuración o de la queja: es más bien la nota del deseo que la de la angustia. Habiendo recibido unas arras, deseamos la totalidad de nuestra porción; suspiramos porque todo nuestro ser, en su trinidad de espíritu, alma y cuerpo, sea librado del último vestigio de la caída; anhelamos despojarnos de la corrupción, la debilidad y la deshonra, y envolvernos en incorrupción, en inmortalidad, en gloria, en el cuerpo espiritual que el Señor Jesús concederá a su pueblo. Anhelamos la manifestación de nuestra adopción como hijos de Dios. «Gemimos», pero es «dentro de nosotros mismos». No es el gemido del hipócrita, con el cual quisiera hacer creer a los hombres que es un santo porque es desdichado. Nuestros suspiros son cosas sagradas, demasiado santas para que las pregonemos. Guardamos nuestros anhelos solo para nuestro Señor. Luego el apóstol dice que estamos «esperando», con lo cual aprendemos que no hemos de ser impacientes, como Jonás o Elías cuando dijeron: «Déjame morir»; ni hemos de lloriquear y suspirar por el fin de la vida porque estemos cansados del trabajo, ni desear escapar de nuestros sufrimientos presentes hasta que se haya cumplido la voluntad del Señor. Hemos de gemir por la glorificación, pero hemos de esperarla con paciencia, sabiendo que lo que el Señor dispone es lo mejor. Esperar implica estar preparado. Hemos de estar a la puerta, aguardando que el Amado la abra y nos lleve consigo. Este «gemido» es una prueba. Puedes juzgar a un hombre por aquello por lo que gime. Algunos hombres gimen por riquezas: adoran a Mamón; otros gimen continuamente bajo las aflicciones de la vida: son simplemente impacientes; pero el hombre que suspira por Dios, que no tiene sosiego hasta ser hecho semejante a Cristo, ese es el hombre bienaventurado. Que Dios nos ayude a gemir por la venida del Señor y por la resurrección que él nos traerá.

5 de diciembre

«Me mostró luego el Señor cuatro carpinteros». (Zacarías 1:20)

En la visión descrita en este capítulo, el profeta vio cuatro cuernos terribles. Embestían hacia un lado y hacia otro, derribando a los más fuertes y poderosos; y el profeta preguntó: «¿Qué son estos?». La respuesta fue: «Estos son los cuernos que dispersaron a Israel». Vio ante sí una representación de aquellos poderes que habían oprimido a la iglesia de Dios. Había cuatro cuernos, porque la iglesia es atacada por todos los flancos. Bien podría el profeta haberse sentido consternado; pero de repente aparecieron ante él cuatro carpinteros. Preguntó: «¿Qué vienen estos a hacer?». Estos son los hombres que Dios ha hallado para hacer pedazos aquellos cuernos. Dios siempre hallará hombres para su obra, y los hallará en el momento oportuno. El profeta no vio primero a los carpinteros, cuando no había nada que hacer, sino primero los «cuernos» y luego los «carpinteros». Además, el Señor halla hombres suficientes. No halló tres carpinteros, sino cuatro; había cuatro cuernos, y tenía que haber cuatro obreros. Dios halla a los hombres adecuados; no cuatro hombres con plumas para escribir, ni cuatro arquitectos para trazar planos, sino cuatro carpinteros para hacer el trabajo rudo. Tened por seguro, vosotros que tembláis por el arca de Dios, que cuando los «cuernos» se vuelvan molestos, se hallarán los «carpinteros». No tenéis que inquietaros por la debilidad de la iglesia de Dios en ningún momento; quizá esté creciendo en la oscuridad el valiente reformador que sacudirá a las naciones: pueden surgir Crisóstomos de nuestras escuelas para niños pobres, y Agustines de las más densas tinieblas de la pobreza de Londres. El Señor sabe dónde hallar a sus siervos. Tiene emboscada una multitud de valientes, y a su palabra se levantarán para la batalla; «porque del Señor es la batalla», y él se alzará con la victoria. Permanezcamos fieles a Cristo, y él, en el momento oportuno, levantará para nosotros una defensa, ya sea en el día de nuestra necesidad personal, ya en la hora de peligro para su Iglesia.

6 de diciembre

«Ceñido por el pecho con un cinto de oro». (Apocalipsis 1:13)

«Uno semejante al Hijo del Hombre» se apareció a Juan en Patmos, y el discípulo amado observó que llevaba un cinto de oro. Un cinto, porque Jesús nunca estuvo desceñido mientras estuvo en la tierra, sino siempre dispuesto para el servicio, y ahora, ante el trono eterno, no suspende su santo ministerio, sino que, como sacerdote, está ceñido con «el cinto de obra primorosa del efod». Bien nos va que no haya dejado de cumplir sus oficios de amor por nosotros, puesto que una de nuestras más escogidas salvaguardas es que él vive siempre para interceder por nosotros. Jesús nunca está ocioso; sus vestiduras nunca están sueltas, como si sus oficios hubieran terminado; él lleva adelante con diligencia la causa de su pueblo. Un cinto de oro, para manifestar la excelencia de su servicio, la realeza de su persona, la dignidad de su estado, la gloria de su recompensa. Ya no clama desde el polvo, sino que intercede con autoridad, Rey a la vez que Sacerdote. Bien segura está nuestra causa en manos de nuestro Melquisedec entronizado.

Nuestro Señor da a todo su pueblo un ejemplo. Nunca debemos desatarnos el cinto. Este no es tiempo de tumbarse a descansar; es la hora del servicio y de la guerra. Necesitamos ceñir cada vez más fuerte el cinto de la verdad alrededor de nuestros lomos. Es un cinto de oro, y así será nuestro más rico adorno, y lo necesitamos grandemente, porque un corazón que no está bien sujeto con la verdad tal como está en Jesús, y con la fidelidad que obra el Espíritu, se enredará fácilmente en las cosas de esta vida y tropezará en los lazos de la tentación. En vano poseemos las Escrituras si no las ceñimos a nosotros como un cinto que rodee toda nuestra naturaleza, que mantenga en orden cada parte de nuestro carácter y dé firmeza a todo nuestro ser. Si en el cielo Jesús no se desciñe, mucho menos podemos hacerlo nosotros en la tierra. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad.

7 de diciembre

«A todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos». (1 Corintios 9:22)

El gran objetivo de Pablo no era solamente instruir y mejorar, sino salvar. Cualquier cosa por debajo de esto le habría decepcionado; él quería que los hombres fueran renovados en su corazón, perdonados, santificados; en una palabra, salvos. ¿Han apuntado nuestras labores cristianas a algo inferior a esta gran meta? Entonces enmendemos nuestros caminos, porque ¿de qué servirá en el último gran día haber enseñado y moralizado a los hombres, si comparecen ante Dios sin ser salvos? Rojas de sangre estarán nuestras faldas si a lo largo de la vida hemos buscado objetivos inferiores y hemos olvidado que los hombres necesitaban ser salvos. Pablo conocía la ruina del estado natural del hombre, y no intentó educarlo, sino salvarlo; veía a los hombres hundiéndose en el infierno, y no hablaba de refinarlos, sino de salvarlos de la ira venidera. Para lograr su salvación, se entregó con celo incansable a proclamar el evangelio, a amonestar y suplicar a los hombres que se reconciliaran con Dios. Sus oraciones eran insistentes y sus labores incesantes. Salvar almas era su pasión devoradora, su ambición, su vocación. Se hizo siervo de todos, afanándose por su raza, sintiendo un ¡ay! dentro de sí si no anunciaba el evangelio. Dejaba a un lado sus preferencias para evitar prejuicios; sometía su voluntad en las cosas indiferentes, y con tal de que los hombres recibieran el evangelio, no suscitaba cuestiones sobre formas o ceremonias: el evangelio era para él el único asunto de suprema importancia. Si podía salvar a algunos, se daba por contento. Esta era la corona por la que luchaba, la única y suficiente recompensa de todas sus labores y renuncias. Querido lector, ¿hemos vivido tú y yo para ganar almas con esta nobleza? ¿Nos posee el mismo deseo absorbente? Si no, ¿por qué no? Jesús murió por los pecadores, ¿no podemos nosotros vivir para ellos? ¿Dónde está nuestra ternura? ¿Dónde nuestro amor a Cristo, si no buscamos su honra en la salvación de los hombres? ¡Oh, que el Señor nos empapara de parte a parte con un celo inextinguible por las almas de los hombres!

8 de diciembre

«Por tu bondad, oh Dios, has provisto al pobre». (Salmo 68:10)

Todos los dones de Dios son dones preparados, guardados en reserva para necesidades previstas. Él se anticipa a nuestras necesidades; y de la plenitud que ha atesorado en Cristo Jesús, provee por su bondad al pobre. Puedes confiar en él para todas las necesidades que puedan presentarse, porque las ha conocido de antemano, infaliblemente, todas y cada una. Puede decir de nosotros en todas las circunstancias: «Sabía que serías esto y aquello». Un hombre emprende un viaje a través del desierto y, cuando ha avanzado una jornada y ha plantado su tienda, descubre que le faltan muchas comodidades y cosas necesarias que no ha traído en su equipaje. «¡Ah!», dice, «no previ esto: si tuviera que hacer de nuevo este viaje, traería conmigo estas cosas, tan necesarias para mi comodidad». Pero Dios ha observado con ojo previsor todas las necesidades de sus pobres hijos peregrinos, y cuando esas necesidades se presentan, la provisión está lista. Es bondad lo que él ha preparado para los pobres de corazón, bondad y solo bondad. «Bástate mi gracia». «Como tus días serán tus fuerzas».

Lector, ¿está pesado tu corazón esta noche? Dios sabía que lo estaría; el consuelo que tu corazón necesita está atesorado en la dulce seguridad del texto. Eres pobre y necesitado, pero él ha pensado en ti, y tiene guardada para ti exactamente la bendición que necesitas. Invoca la promesa, créela y obtén su cumplimiento. ¿Sientes que nunca has sido tan consciente de tu vileza como ahora? He aquí, el manantial carmesí sigue abierto, con toda su antigua eficacia, para lavar tu pecado. Nunca llegarás a una situación en que Cristo no pueda ayudarte. Nunca sobrevendrá en tus asuntos espirituales un aprieto en el que Jesucristo no esté a la altura de la emergencia, porque toda tu historia ha sido conocida de antemano y provista en Jesús.

9 de diciembre

«Mi pueblo habitará en tranquilos lugares de reposo». (Isaías 32:18)

La paz y el reposo no pertenecen a los no regenerados; son posesión peculiar del pueblo del Señor, y solo de él. El Dios de paz da completa paz a aquellos cuyo corazón se apoya en él. Cuando el hombre aún no había caído, su Dios le dio las floridas enramadas del Edén como sus tranquilos lugares de reposo; ¡ay!, cuán pronto el pecado marchitó la hermosa morada de la inocencia. En el día de la ira universal, cuando el diluvio barrió a una raza culpable, la familia escogida quedó tranquilamente a salvo en el lugar de reposo del arca, que la llevó a flote desde el viejo mundo condenado hasta la nueva tierra del arco iris y del pacto, figurando en esto a Jesús, el arca de nuestra salvación. Israel descansó seguro bajo las moradas rociadas de sangre en Egipto cuando el ángel destructor hirió a los primogénitos; y en el desierto, la sombra de la columna de nube y la roca que manaba agua dieron a los cansados peregrinos un dulce reposo. En esta hora descansamos en las promesas de nuestro Dios fiel, sabiendo que sus palabras están llenas de verdad y de poder; descansamos en las doctrinas de su palabra, que son el consuelo mismo; descansamos en el pacto de su gracia, que es un puerto de deleite. Más favorecidos somos que David en Adulam o que Jonás bajo su calabacera, porque nadie puede invadir ni destruir nuestro refugio. La persona de Jesús es el tranquilo lugar de reposo de su pueblo, y cuando nos acercamos a él en el partimiento del pan, en el oír la palabra, en el escudriñar las Escrituras, en la oración o en la alabanza, hallamos que toda forma de acercarnos a él es el regreso de la paz a nuestro espíritu.

«Oigo palabras de amor, contemplo la sangre,

veo el gran sacrificio, y tengo paz con Dios.

Es paz eterna, segura como el nombre de Jehová,

estable como su firme trono, por siempre la misma:

las nubes pueden ir y venir, y las tormentas barrer mi cielo,

esta amistad sellada con sangre no cambia; la cruz está siempre cerca».

10 de diciembre

«Cuyo corazón abrió el Señor». (Hechos 16:14)

En la conversión de Lidia hay muchos puntos de interés. Fue producida por circunstancias providenciales. Era vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, pero justo en el momento oportuno para oír a Pablo la hallamos en Filipos; la providencia, que es la sierva de la gracia, la condujo al lugar preciso. Además, la gracia estaba preparando su alma para la bendición: gracia que prepara para la gracia. No conocía al Salvador, pero, como judía, conocía muchas verdades que eran excelentes escalones hacia el conocimiento de Jesús. Su conversión tuvo lugar en el uso de los medios. En el día de reposo fue adonde solía hacerse la oración, y allí la oración fue oída. Nunca descuides los medios de gracia; Dios puede bendecirnos cuando no estamos en su casa, pero tenemos mayor razón para esperar que lo hará cuando estamos en comunión con sus santos. Observa las palabras: «Cuyo corazón abrió el Señor». Ella no abrió su propio corazón. No lo hicieron sus oraciones; no lo hizo Pablo. El Señor mismo tiene que abrir el corazón para que reciba lo que toca a nuestra paz. Solo él puede meter la llave por el agujero de la puerta y abrirla, y conseguir entrada para sí mismo. Él es el dueño del corazón, como es su hacedor. La primera evidencia exterior del corazón abierto fue la obediencia. Tan pronto como Lidia creyó en Jesús, fue bautizada. Es una dulce señal de un corazón humilde y quebrantado cuando el hijo de Dios está dispuesto a obedecer un mandamiento que no es esencial para su salvación, que no le impone un temor egoísta a la condenación, sino que es un simple acto de obediencia y de comunión con su Maestro. La siguiente evidencia fue el amor, que se manifestó en actos de agradecida bondad hacia los apóstoles. El amor a los santos ha sido siempre una marca del verdadero convertido. Los que nada hacen por Cristo ni por su iglesia dan una pobre evidencia de un corazón «abierto». Señor, dame siempre un corazón abierto.

11 de diciembre

«Al Señor Cristo servís». (Colosenses 3:24)

¿A qué selecta clase de dignatarios se dirigió esta palabra? ¿A reyes que se jactan orgullosamente de un derecho divino? ¡Ah, no! Con demasiada frecuencia se sirven a sí mismos o a Satanás, y olvidan al Dios cuya tolerancia les permite lucir su majestad de imitación durante su breve hora. ¿Habla entonces el apóstol a esos llamados «reverendísimos padres en Dios», los obispos, o a «los venerables arcedianos»? No, por cierto; Pablo nada sabía de estas meras invenciones humanas. Ni siquiera a los pastores y maestros, ni a los ricos y estimados entre los creyentes, se dirigió esta palabra, sino a los siervos, sí, y a los esclavos. Entre las multitudes que se afanan, los oficiales, los jornaleros, los sirvientes domésticos, los fregones de la cocina, el apóstol halló, como hallamos todavía, a algunos de los escogidos del Señor, y a ellos les dice: «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres; sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque al Señor Cristo servís». Esta palabra ennoblece la fatigosa rutina de los oficios terrenales y derrama una aureola en torno a las ocupaciones más humildes. Lavar pies puede ser cosa servil, pero lavar sus pies es obra real. Desatar la correa del calzado es un empleo pobre, pero desatar el calzado del gran Maestro es un privilegio principesco. ¡El taller, el granero, la trascocina y la herrería se convierten en templos cuando hombres y mujeres lo hacen todo para la gloria de Dios! Entonces el «servicio divino» no es cosa de unas pocas horas y de unos pocos lugares, sino que toda la vida se vuelve santidad al Señor, y cada lugar y cada cosa quedan tan consagrados como el tabernáculo y su candelero de oro.

«Enséñame, mi Dios y Rey, a verte en todas las cosas;

y lo que haga en cualquier cosa, a hacerlo como para ti.

Todo puede participar de ti; nada puede ser tan vil

que con este tinte, por amor de ti, no se vuelva brillante y limpio.

Un siervo, con esta cláusula, hace divina la faena;

quien barre una estancia como por tus leyes, hace hermosas la estancia y la acción».

12 de diciembre

«Contra el Señor obraron deslealmente». (Oseas 5:7)

¡Creyente, he aquí una triste verdad! Tú eres el amado del Señor, redimido por sangre, llamado por gracia, guardado en Cristo Jesús, aceptado en el Amado, en camino al cielo, y sin embargo, «has obrado deslealmente» con Dios, tu mejor amigo; deslealmente con Jesús, de quien eres; ¡deslealmente con el Espíritu Santo, por quien has sido vivificado para vida eterna! Cuán desleal has sido en el asunto de los votos y las promesas. ¿Recuerdas el amor de tus desposorios, aquel tiempo feliz, la primavera de tu vida espiritual? ¡Oh, cuán estrechamente te aferrabas entonces a tu Maestro!, diciendo: «Nunca me acusará de indiferencia; mis pies nunca se volverán lentos en el camino de su servicio; no permitiré que mi corazón vaya tras otros amores; en él está toda provisión de dulzura inefable. Lo dejo todo por amor de mi Señor Jesús». ¿Ha sido así? ¡Ay!, si la conciencia habla, dirá: «El que tan bien prometió ha cumplido muy mal. La oración ha sido muchas veces despachada a la ligera: ha sido corta, pero no dulce; breve, pero no ferviente. La comunión con Cristo ha sido olvidada. En lugar de una mente celestial, ha habido afanes carnales, vanidades mundanas y pensamientos malos. En lugar de servicio, ha habido desobediencia; en lugar de fervor, tibieza; en lugar de paciencia, irritación; en lugar de fe, confianza en un brazo de carne; y como soldado de la cruz ha habido cobardía, desobediencia y deserción, en un grado muy vergonzoso». «Has obrado deslealmente». ¡Deslealtad para con Jesús! ¿Qué palabras habrá para denunciarla? Las palabras sirven de poco: que nuestros pensamientos penitentes abominen del pecado que con tanta certeza está en nosotros. ¡Desleales a tus heridas, oh Jesús! ¡Perdónanos, y no nos dejes pecar otra vez! Qué vergonzoso es ser desleales a aquel que nunca nos olvida, sino que hoy mismo está ante el trono eterno con nuestros nombres grabados en su pectoral.

13 de diciembre

«Haré tus ventanas de ágatas». (Isaías 54:12)

La iglesia está simbolizada de manera muy instructiva por un edificio levantado por poder celestial y diseñado con divina pericia. Tal casa espiritual no debe estar a oscuras, porque los israelitas tenían luz en sus moradas; debe haber, pues, ventanas que dejen entrar la luz y permitan a los moradores mirar afuera. Estas ventanas son preciosas como ágatas: los medios por los que la iglesia contempla a su Señor y el cielo, y la verdad espiritual en general, han de tenerse en la más alta estima. Las ágatas no son las más transparentes de las gemas; en el mejor de los casos son solo semitranslúcidas:

«Pequeño es nuestro saber de aquella vida,

débil el ojo de nuestra fe».

La fe es una de estas preciosas ventanas de ágata, pero, ¡ay!, a menudo está tan empañada y nublada que vemos oscuramente, y nos equivocamos en mucho de lo que vemos. Con todo, si no podemos mirar a través de ventanas de diamante y conocer como somos conocidos, es cosa gloriosa contemplar al que es todo él codiciable, aunque el cristal sea turbio como el ágata. La experiencia es otra de estas ventanas tenues pero preciosas, que nos da una luz religiosa velada, en la cual vemos, a través de nuestras propias aflicciones, los sufrimientos del Varón de dolores. Nuestros ojos débiles no podrían soportar ventanas de cristal transparente que dejaran entrar la gloria del Maestro, pero cuando están empañados por el llanto, los rayos del Sol de justicia se templan y brillan a través de las ventanas de ágata con un suave resplandor, inefablemente sedante para las almas tentadas. La santificación, en cuanto nos conforma a nuestro Señor, es otra ventana de ágata. Solo en la medida en que nos volvemos celestiales podemos comprender las cosas celestiales. Los de limpio corazón ven a un Dios puro. Los que son semejantes a Jesús le ven tal como él es. Porque nos parecemos tan poco a él, la ventana no es más que ágata; porque nos parecemos algo a él, es ágata. Damos gracias a Dios por lo que tenemos, y anhelamos más. ¿Cuándo veremos a Dios y a Jesús, el cielo y la verdad, cara a cara?

14 de diciembre

«Con Cristo estoy juntamente crucificado». (Gálatas 2:20)

El Señor Jesucristo actuó en lo que hizo como gran persona pública y representativa, y su muerte en la cruz fue virtualmente la muerte de todo su pueblo. Entonces todos sus santos dieron a la justicia lo que se le debía, e hicieron expiación ante la venganza divina por todos sus pecados. El apóstol de los gentiles se deleitaba en pensar que, como uno del pueblo escogido de Cristo, él murió en la cruz en Cristo. Hizo más que creer esto como doctrina: lo aceptó con confianza, apoyando en ello su esperanza. Creía que, en virtud de la muerte de Cristo, había satisfecho la justicia divina y hallado reconciliación con Dios. Amados, ¡qué cosa tan bienaventurada es cuando el alma puede, por así decirlo, tenderse sobre la cruz de Cristo y sentir: «Estoy muerto; la ley me ha dado muerte, y por tanto estoy libre de su poder, porque en mi Fiador he llevado la maldición, y en la persona de mi Sustituto se ha ejecutado sobre mí todo lo que la ley podía hacer en materia de condenación, porque con Cristo estoy juntamente crucificado»!

Pero Pablo quería decir aún más que esto. No solo creía en la muerte de Cristo y confiaba en ella, sino que realmente sentía su poder en sí mismo, al causar la crucifixión de su vieja naturaleza corrompida. Cuando veía los placeres del pecado, decía: «No puedo disfrutar de esto: estoy muerto para ello». Tal es la experiencia de todo verdadero cristiano. Habiendo recibido a Cristo, es para este mundo como uno que está completamente muerto. Sin embargo, mientras tiene conciencia de su muerte al mundo, puede al mismo tiempo exclamar con el apóstol: «Y vivo». Está plenamente vivo para Dios. La vida del cristiano es un enigma sin igual. Ningún mundano puede comprenderla; ni siquiera el mismo creyente puede entenderla. ¡Muerto, y sin embargo vivo! ¡Crucificado con Cristo, y al mismo tiempo resucitado con Cristo en novedad de vida! La unión con el Salvador que sufre y sangra, y la muerte al mundo y al pecado, son cosas que alegran el alma. ¡Oh, gozar más de ellas!

15 de diciembre

«Y sobre zafiros te fundaré». (Isaías 54:11)

No solo lo que se ve de la iglesia de Dios, sino también lo que no se ve, es hermoso y precioso. Los cimientos están fuera de la vista y, mientras sean firmes, no se espera que sean valiosos; pero en la obra de Jehová todo es de una pieza, nada hecho a la ligera, nada mezquino. Los profundos cimientos de la obra de la gracia son como zafiros en preciosidad; ninguna mente humana es capaz de medir su gloria. Edificamos sobre el pacto de gracia, que es más firme que el diamante y tan duradero como las joyas, en las cuales el tiempo se desgasta en vano. Los cimientos de zafiro son eternos, y el pacto permanece mientras dure la vida del Todopoderoso. Otro cimiento es la persona del Señor Jesús, clara e inmaculada, eterna y hermosa como el zafiro, que funde en uno el azul profundo del océano siempre agitado de la tierra y el azul de su cielo que todo lo abarca. En otro tiempo podría haberse comparado a nuestro Señor con el rubí, cuando estaba cubierto de su propia sangre, pero ahora lo vemos radiante con el suave azul del amor, amor abundante, profundo, eterno. Nuestras esperanzas eternas están edificadas sobre la justicia y la fidelidad de Dios, que son claras y sin nubes como el zafiro. No somos salvos por un arreglo, por una misericordia que vence a la justicia o una ley que suspende su acción; no, desafiamos al ojo del águila a que descubra una falla en el fundamento de nuestra confianza: nuestro cimiento es de zafiro, y resistirá el fuego.

El Señor mismo ha puesto el cimiento de las esperanzas de su pueblo. Es asunto de grave examen si nuestras esperanzas están edificadas sobre tal base. Las buenas obras y las ceremonias no son un cimiento de zafiros, sino de madera, heno y hojarasca; ni tampoco las pone Dios, sino nuestra propia presunción. Todos los cimientos serán probados dentro de poco: ¡ay de aquel cuya altiva torre se venga abajo con estrépito por estar fundada sobre arena movediza! El que está edificado sobre zafiros puede esperar la tormenta o el fuego con serenidad, porque resistirá la prueba.

16 de diciembre

«Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído». (Isaías 48:8)

Es doloroso recordar que, en cierto grado, esta acusación puede imputarse a los creyentes, que con demasiada frecuencia son en alguna medida insensibles espiritualmente. Bien podemos lamentarnos de que nosotros no oímos la voz de Dios como deberíamos: «Sí, nunca lo habías oído». Hay suaves impulsos del Espíritu Santo en el alma que no atendemos; hay susurros de mandato divino y de amor celestial que pasan igualmente inadvertidos para nuestro torpe entendimiento. ¡Ay!, hemos sido ignorantes por descuido: «ni nunca lo habías conocido». Hay cosas dentro de nosotros que deberíamos haber visto: corrupciones que han avanzado sin ser notadas; dulces afectos que se marchitan como flores en la helada, sin que los cuidemos; vislumbres del rostro divino que podrían percibirse si no tapiáramos las ventanas de nuestra alma. Pero «no lo hemos conocido». Al pensarlo, nos humillamos hasta el más profundo abatimiento. ¡Cuánto debemos adorar la gracia de Dios al aprender por el contexto que toda esta necedad e ignorancia de nuestra parte era conocida de antemano por Dios, y que, a pesar de ese conocimiento previo, él se ha complacido en tratarnos con misericordia! ¡Admira la maravillosa gracia soberana que pudo escogernos aun viendo todo esto! ¡Asómbrate del precio que se pagó por nosotros cuando Cristo sabía lo que seríamos! El que colgó de la cruz nos vio de antemano incrédulos, reincidentes, fríos de corazón, indiferentes, descuidados, negligentes en la oración, y aun así dijo: «Yo el Señor, Dios tuyo, el Santo de Israel, soy tu Salvador... Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé; daré, pues, hombres por ti, y naciones por tu vida». ¡Oh redención, cuán maravillosamente resplandeces cuando pensamos cuán negros somos! ¡Oh Espíritu Santo, danos desde ahora el oído que oye y el corazón que entiende!

17 de diciembre

«Yo soy la puerta: el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos». (Juan 10:9)

Jesús, el gran YO SOY, es la entrada a la verdadera iglesia y el camino de acceso a Dios mismo. Al hombre que viene a Dios por medio de él le concede cuatro privilegios escogidos.

1. Será salvo. El homicida fugitivo cruzaba la puerta de la ciudad de refugio, y estaba a salvo. Noé entró por la puerta del arca, y estuvo seguro. Nadie que tome a Jesús como la puerta de la fe para su alma puede perderse. La entrada a la paz por medio de Jesús es la garantía de la entrada al cielo por la misma puerta. Jesús es la única puerta, una puerta abierta, una puerta ancha, una puerta segura; y bienaventurado el que apoya toda su esperanza de ser admitido en la gloria en el Redentor crucificado.

2. Entrará. Tendrá el privilegio de entrar en la familia divina, compartiendo el pan de los hijos y participando de todas sus honras y sus goces. Entrará en las cámaras de la comunión, en los banquetes del amor, en los tesoros del pacto, en los almacenes de las promesas. Entrará a la presencia del Rey de reyes en el poder del Espíritu Santo, y el secreto del Señor estará con él.

3. Saldrá. Esta bendición se olvida mucho. Salimos al mundo a trabajar y a sufrir, pero ¡qué misericordia es salir en el nombre y en el poder de Jesús! Somos llamados a dar testimonio de la verdad, a animar al desconsolado, a amonestar al descuidado, a ganar almas y a glorificar a Dios; y así como el ángel dijo a Gedeón: «Ve con esta tu fuerza», así también quiere el Señor que avancemos como mensajeros suyos en su nombre y en su fuerza.

4. Hallará pastos. El que conoce a Jesús nunca tendrá necesidad. Entrar y salir le serán igualmente provechosos: en la comunión con Dios crecerá, y al regar a otros, él mismo será regado. Habiendo hecho de Jesús su todo, hallará todo en Jesús. Su alma será como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan.

18 de diciembre

«Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cuidado por tus rebaños». (Proverbios 27:23)

Todo comerciante sabio hace de vez en cuando inventario: hace balance de sus cuentas, examina lo que tiene en existencia y averigua con certeza si su negocio prospera o decae. Todo hombre que es sabio en el reino de los cielos clamará: «Examíname, oh Dios, y pruébame»; y con frecuencia apartará tiempos especiales para el examen de sí mismo, a fin de descubrir si las cosas andan bien entre Dios y su alma. El Dios a quien adoramos es un gran escudriñador de corazones; y antiguamente sus siervos le conocían como «el Señor, que escudriña el corazón y prueba los riñones de los hijos de los hombres». Permíteme instarte en su nombre a hacer un examen diligente y una prueba solemne de tu estado, no sea que te quedes sin alcanzar el reposo prometido. Lo que todo hombre sabio hace, lo que Dios mismo hace con todos nosotros, te exhorto a hacerlo contigo mismo esta noche. Que el santo más anciano examine bien los fundamentos de su piedad, porque las cabezas canas pueden cubrir corazones negros; y que el joven que hace profesión de fe no desprecie la palabra de advertencia, porque el verdor de la juventud puede ir unido a la podredumbre de la hipocresía. De vez en cuando cae un cedro en medio de nosotros. El enemigo sigue sembrando cizaña entre el trigo. No es mi propósito introducir dudas y temores en tu mente; no, en verdad, sino que espero más bien que el viento áspero del examen propio ayude a ahuyentarlos. No es la seguridad, sino la seguridad carnal, lo que quisiéramos matar; no la confianza, sino la confianza en la carne, lo que quisiéramos derribar; no la paz, sino la falsa paz, lo que quisiéramos destruir. Por la preciosa sangre de Cristo, que no fue derramada para hacerte hipócrita, sino para que las almas sinceras anuncien su alabanza, te ruego que escudriñes y examines, no sea que al final se diga de ti: «Mene, Mene, Tekel: pesado has sido en balanza, y fuiste hallado falto».

19 de diciembre

«Y el mar ya no existía más». (Apocalipsis 21:1)

Difícilmente podríamos alegrarnos ante la idea de perder el glorioso y antiguo océano: los cielos nuevos y la tierra nueva no son en nada más hermosos para nuestra imaginación si, en efecto, literalmente no ha de haber un mar grande y ancho, con sus olas resplandecientes y sus playas de conchas. ¿No ha de leerse el texto como una metáfora, teñida del prejuicio con que la mente oriental miraba universalmente el mar en los tiempos antiguos? Es triste imaginar un mundo físico real sin mar: sería un anillo de hierro sin el zafiro que lo hacía precioso. Tiene que haber aquí un sentido espiritual. En la nueva dispensación no habrá división: el mar separa naciones y aparta a unos pueblos de otros. Para Juan en Patmos las aguas profundas eran como muros de cárcel que lo separaban de sus hermanos y de su obra: no habrá tales barreras en el mundo venidero. Leguas de olas agitadas se extienden entre nosotros y muchos parientes a quienes esta noche recordamos en oración, pero en el mundo resplandeciente al que vamos habrá comunión ininterrumpida para toda la familia redimida. En este sentido el mar ya no existirá. El mar es el emblema del cambio; con sus mareas, su lisura de cristal y sus olas como montañas, sus suaves murmullos y sus tumultuosos rugidos, nunca permanece mucho tiempo igual. Esclavo de los vientos veleidosos y de la luna cambiante, su inestabilidad es proverbial. En este estado mortal tenemos demasiado de esto; la tierra solo es constante en su inconstancia, pero en el estado celestial todo cambio doloroso será desconocido, y con él todo temor a la tormenta que naufrague nuestras esperanzas y ahogue nuestros gozos. El mar de vidrio resplandece con una gloria que ninguna ola interrumpe. Ninguna tempestad aúlla a lo largo de las apacibles orillas del paraíso. ¡Pronto llegaremos a esa tierra feliz donde las despedidas, los cambios y las tormentas habrán terminado! Jesús nos llevará allá. ¿Estamos en él, o no? Esta es la gran pregunta.

20 de diciembre

«Llama a los obreros y págales el jornal». (Mateo 20:8)

Dios es un buen pagador; paga a sus siervos mientras trabajan, y también cuando han terminado; y uno de sus pagos es este: una conciencia tranquila. Si has hablado fielmente de Jesús a una persona, cuando te acuestas por la noche te sientes feliz al pensar: «Hoy he librado mi conciencia de la sangre de ese hombre». Hay un gran consuelo en hacer algo por Jesús. ¡Oh, qué felicidad poner joyas en su corona y hacerle ver el fruto de la aflicción de su alma! ¡Hay también una recompensa muy grande en observar los primeros brotes de convicción en un alma! Decir de aquella muchacha de la clase: «Tiene un corazón tierno; espero de veras que haya en ella obra del Señor». ¡Ir a casa y orar por aquel muchacho que dijo algo por la tarde que te hizo pensar que debía de saber más de la verdad divina de lo que temías! ¡Oh, el gozo de la esperanza! ¡Pero en cuanto al gozo del éxito, es indecible! Este gozo, abrumador como es, es cosa hambrienta: anhelas más de él. Ser ganador de almas es lo más feliz del mundo. Con cada alma que traes a Cristo, obtienes un nuevo cielo en la tierra. Pero ¿quién puede concebir la dicha que nos espera arriba? ¡Oh, cuán dulce es aquella sentencia: «Entra en el gozo de tu Señor»! ¿Sabes cuál es el gozo de Cristo por un pecador salvado? Ese es precisamente el gozo que hemos de poseer en el cielo. Sí, cuando él suba al trono, tú subirás con él. Cuando los cielos resuenen con «Bien hecho, bien hecho», tú participarás de la recompensa; has trabajado con él, has sufrido con él, ahora reinarás con él; has sembrado con él, segarás con él; tu rostro se cubrió de sudor como el suyo, y tu alma se afligió por los pecados de los hombres como se afligió la suya; ahora tu rostro brillará con el esplendor del cielo como brilla su semblante, y ahora tu alma se llenará de gozos bienaventurados como se llena la suya.

21 de diciembre

«Te vestí de bordado, y te calcé de piel de tejón, y te ceñí de lino, y te cubrí de seda». (Ezequiel 16:10)

Mira con qué generosidad sin igual provee el Señor para el vestido de su pueblo. Están ataviados de tal modo que se ve a la pericia divina produciendo un bordado incomparable, en el que cada atributo tiene su parte y se revela cada belleza divina. No hay arte como el arte desplegado en nuestra salvación, ni obra primorosa como la que se contempla en la justicia de los santos. La justificación ha ocupado plumas eruditas en todas las épocas de la iglesia, y será tema de admiración en la eternidad. Dios en verdad la ha «labrado primorosamente». Con toda esta elaboración se mezclan la utilidad y la durabilidad, comparables a ser calzados con piel de tejón. No se sabe qué animal se quiere decir aquí, pero su piel cubría el tabernáculo y formaba uno de los cueros más finos y resistentes que se conocían. La justicia que es de Dios por la fe permanece para siempre, y el que está calzado con esta preparación divina pisará el desierto con seguridad, y aun podrá poner el pie sobre el león y el áspid. La pureza y la dignidad de nuestra santa vestidura se manifiestan en el lino fino. Cuando el Señor santifica a su pueblo, lo viste como a sacerdotes de blanco puro; ni la nieve misma los supera; a los ojos de los hombres y de los ángeles son hermosos de ver, y aun a los ojos del Señor están sin mancha. Entretanto, el ropaje real es delicado y rico como la seda. No se escatima gasto alguno, no se retiene belleza alguna, no se niega exquisitez alguna.

¿Y qué, entonces? ¿No se sigue nada de esto? Ciertamente hay gratitud que sentir y gozo que expresar. ¡Ven, corazón mío, no niegues tu aleluya de la noche! ¡Afina tus flautas! ¡Pulsa tus cuerdas!

«¡Maravillosamente, alma mía, estás vestida

por los Tres grandes y sagrados!

En dulcísima armonía de alabanza

concuerden todas tus potencias».

22 de diciembre

«La mancha de sus hijos». (Deuteronomio 32:5)

¿Cuál es esa mancha secreta, la señal que distingue infaliblemente al hijo de Dios? Sería vana presunción decidirlo según nuestro propio juicio; pero la palabra de Dios nos lo revela, y podemos pisar con seguridad donde tenemos la revelación por guía. Ahora bien, se nos dice acerca de nuestro Señor: «a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre». Entonces, si he recibido a Cristo Jesús en mi corazón, soy hijo de Dios. Esa recepción se describe en el mismo versículo como creer en el nombre de Jesucristo. Si, pues, creo en el nombre de Jesucristo, es decir, si sencillamente, de corazón, me confío al Redentor crucificado, pero ahora exaltado, soy miembro de la familia del Altísimo. Aunque me falte cualquier otra cosa, si tengo esto, tengo el privilegio de ser hecho hijo de Dios. Nuestro Señor Jesús lo expresa de otra forma: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen». He aquí el asunto en pocas palabras. Cristo se presenta como pastor a sus propias ovejas, no a otras. Tan pronto como aparece, sus ovejas lo perciben: confían en él, están dispuestas a seguirle; él las conoce, y ellas le conocen; hay un conocimiento mutuo, hay una relación constante entre ellos. Así, la única señal, la señal segura, la señal infalible de la regeneración y de la adopción es una fe sincera en el Redentor designado. Lector, ¿estás en duda, no tienes certeza de si llevas la señal secreta de los hijos de Dios? Entonces no dejes pasar una hora sobre tu cabeza sin haber dicho: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón». ¡No juegues con esto, te lo suplico! Si has de tomar algo a la ligera, que sea algún asunto secundario: tu salud, si quieres, o las escrituras de tu propiedad; pero en cuanto a tu alma, tu alma inmortal y sus destinos eternos, te ruego que lo tomes en serio. Asegúrate bien para la eternidad.

23 de diciembre

«Tuya también es la noche». (Salmo 74:16)

Sí, Señor, tú no abdicas de tu trono cuando se pone el sol, ni dejas el mundo, durante estas largas noches de invierno, para que sea presa del mal; tus ojos nos vigilan como las estrellas, y tus brazos nos rodean como el zodiaco ciñe el cielo. Los rocíos del sueño benigno y todas las influencias de la luna están en tu mano, y los sobresaltos y las solemnidades de la noche están igualmente contigo. Esto me es muy dulce cuando velo en las horas de la medianoche, o cuando me revuelvo de un lado a otro en angustia. Hay frutos preciosos que produce la luna, así como el sol: que mi Señor me haga participante favorecido de ellos.

La noche de la aflicción está tanto bajo la disposición y el gobierno del Señor del Amor como los luminosos días de verano en que todo es dicha. Jesús está en la tempestad. Su amor se envuelve en la noche como en un manto, pero para el ojo de la fe el negro ropaje apenas es un disfraz. Desde la primera vigilia de la noche hasta el despuntar del día, el Vigilante eterno observa a sus santos, y dispone las sombras y los rocíos de la medianoche para el mayor bien de su pueblo. No creemos en deidades rivales del bien y del mal que se disputan el dominio, sino que oímos la voz de Jehová que dice: «Yo formo la luz y creo las tinieblas; yo, el Señor, hago todo esto».

Las épocas sombrías de indiferencia religiosa y de pecado social no están exentas del propósito divino. Cuando los altares de la verdad son profanados y los caminos de Dios abandonados, los siervos del Señor lloran con amargo dolor, pero no deben desesperar, porque las eras más oscuras están gobernadas por el Señor, y llegarán a su fin cuando él lo ordene. Lo que a nosotros nos parece derrota puede ser victoria para él.

«Aunque envueltos en noche sombría

no percibamos rayo de luz,

ya que el Señor mismo está aquí,

no conviene que temamos».

24 de diciembre

«Se manifestará la gloria del Señor, y toda carne juntamente la verá». (Isaías 40:5)

Esperamos el día feliz en que el mundo entero será convertido a Cristo; en que los dioses de los paganos serán arrojados a los topos y a los murciélagos; en que el romanismo quedará desacreditado, y la media luna de Mahoma menguará para no volver a proyectar jamás sus funestos rayos sobre las naciones; en que los reyes se postrarán ante el Príncipe de Paz, y todas las naciones llamarán bienaventurado a su Redentor. Algunos desesperan de esto. Miran el mundo como un barco que se deshace y se hace pedazos, para no volver a flotar jamás. Sabemos que el mundo y todo lo que en él hay ha de ser quemado un día, y que después esperamos cielos nuevos y tierra nueva; pero no podemos leer nuestras Biblias sin la convicción de que…

«Jesús reinará dondequiera que el sol

recorra su carrera, día tras día».

No nos desanima la duración de sus demoras; no nos abate el largo período que asigna a la iglesia para luchar con poco éxito y mucha derrota. Creemos que Dios nunca permitirá que este mundo, que una vez vio derramada sobre él la sangre de Cristo, sea siempre la fortaleza del diablo. Cristo vino aquí para librar a este mundo del aborrecido dominio de las potestades de las tinieblas. ¡Qué clamor será aquel cuando hombres y ángeles se unan para gritar: «¡Aleluya, aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!»! ¡Qué satisfacción será en aquel día haber tenido parte en la lucha, haber ayudado a quebrar las saetas del arco y haber contribuido a ganar la victoria para nuestro Señor! ¡Dichosos los que se confían a este Señor vencedor y luchan a su lado, haciendo lo poco que pueden en su nombre y por su fuerza! ¡Qué desdichados los que están del lado del mal! Es un bando perdedor, y es un asunto en el que perder es perder y perderse para siempre. ¿De qué lado estás tú?

25 de diciembre

«Y acontecía que, habiendo pasado en turno los días del convite, Job enviaba y los santificaba, y se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos. Porque decía Job: Quizá habrán pecado mis hijos, y habrán blasfemado contra Dios en sus corazones. De esta manera hacía todos los días». (Job 1:5)

Lo que el patriarca hacía de mañana, después de las fiestas familiares, bien hará el creyente en hacerlo por sí mismo antes de descansar esta noche. En medio de la alegría de las reuniones de familia es fácil deslizarse hacia frivolidades pecaminosas y olvidar nuestro carácter declarado de cristianos. No debería ser así, pero así es: nuestros días de fiesta rara vez son días de gozo santificado, y con demasiada frecuencia degeneran en una alegría profana. Hay un modo de gozarse tan puro y santificador como si uno se bañara en los ríos del Edén: la santa gratitud debería ser un elemento tan purificador como el dolor. ¡Ay de nuestros pobres corazones, pues los hechos demuestran que la casa del luto es mejor que la casa del banquete! Ven, creyente, ¿en qué has pecado hoy? ¿Te has olvidado de tu alto llamamiento? ¿Has sido igual que los demás en palabras ociosas y conversaciones ligeras? Entonces confiesa el pecado y corre al sacrificio. El sacrificio santifica. La preciosa sangre del Cordero inmolado quita la culpa y limpia la contaminación de nuestros pecados de ignorancia y de descuido. Este es el mejor final para un día de Navidad: lavarse de nuevo en la fuente purificadora. Creyente, ven continuamente a este sacrificio; si es tan bueno esta noche, es bueno todas las noches. Vivir junto al altar es el privilegio del real sacerdocio; para ellos el pecado, por grande que sea, no es motivo de desesperación, puesto que se acercan una vez más a la víctima que expía el pecado, y su conciencia queda limpia de obras muertas.

Con gozo cierro este día de fiesta,

asido al santo cuerno del altar;

mis tropiezos y mis faltas son lavados:

el Cordero ha llevado toda mi transgresión.

26 de diciembre

«He aquí, yo estoy con vosotros todos los días». (Mateo 28:20)

El Señor Jesús está en medio de su iglesia; anda en medio de los candeleros de oro; su promesa es: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días». Está tan ciertamente con nosotros ahora como estuvo con los discípulos junto al lago, cuando vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan. No carnalmente, pero sí con verdad real, Jesús está con nosotros. Y bendita verdad es, porque donde está Jesús, el amor se inflama. De todas las cosas del mundo que pueden hacer arder el corazón, ¡no hay nada como la presencia de Jesús! Una vislumbre de él nos vence de tal modo que estamos a punto de decir: «Aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron». Aun el olor del áloe, de la mirra y de la casia que destilan sus vestidos perfumados hace que el enfermo y el desfallecido se fortalezcan. Basta un momento de reclinar la cabeza sobre aquel pecho lleno de gracia, y de recibir su amor divino en nuestros pobres corazones fríos, para que ya no estemos fríos, sino que ardamos como serafines, a la altura de todo trabajo y capaces de todo sufrimiento. Si sabemos que Jesús está con nosotros, toda facultad se desarrollará, y toda gracia se fortalecerá, y nos entregaremos al servicio del Señor con corazón, alma y fuerzas; por eso la presencia de Cristo ha de desearse por encima de todas las cosas. Su presencia la experimentarán más los que más se le parecen. Si deseas ver a Cristo, tienes que crecer en conformidad con él. Ponte, por el poder del Espíritu, en unión con los deseos, los motivos y los planes de acción de Cristo, y es probable que seas favorecido con su compañía. Recuerda que su presencia puede tenerse. Su promesa es tan verdadera como siempre. Él se deleita en estar con nosotros. Si no viene, es porque nosotros se lo impedimos con nuestra indiferencia. Se revelará a nuestras oraciones fervientes, y se dejará detener bondadosamente por nuestras súplicas y por nuestras lágrimas, porque estas son las cadenas de oro que atan a Jesús a su pueblo.

27 de diciembre

«El Señor te guiará de continuo». (Isaías 58:11)

«El Señor te guiará». No un ángel, sino Jehová te guiará. Él dijo que no iría por el desierto delante de su pueblo, sino que un ángel iría delante de ellos para guiarlos en el camino; pero Moisés dijo: «Si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí». Cristiano, Dios no te ha dejado en tu peregrinación terrenal a la guía de un ángel: él mismo va a la cabeza. Puede que no veas la columna de nube y de fuego, pero Jehová nunca te desamparará. Fíjate en el tiempo del verbo, en ese guiará: «El Señor te guiará». ¡Qué cierto lo hace! ¡Qué seguro es que Dios no nos desamparará! Sus preciosos «haré» y «será» valen más que los juramentos de los hombres. «No te desampararé, ni te dejaré». Observa luego el adverbio de continuo. No hemos de ser guiados solo algunas veces, sino que hemos de tener un consejero perpetuo; no hemos de ser dejados ocasionalmente a nuestra propia prudencia, y así extraviarnos, sino que hemos de oír de continuo la voz que guía del Gran Pastor; y si le seguimos pegados a sus talones, no erraremos, sino que seremos conducidos por camino derecho a ciudad habitable. Si tienes que cambiar de situación en la vida; si tienes que emigrar a costas lejanas; si sucediera que cayeras en la pobreza, o fueras elevado de repente a una posición de más responsabilidad que la que ahora ocupas; si te ves arrojado entre extraños o entre enemigos, no tiembles, porque «el Señor te guiará de continuo». No hay dilema del que no hayas de ser librado si vives cerca de Dios y tu corazón se mantiene encendido en santo amor. No va descaminado quien va en compañía de Dios. Como Enoc, camina con Dios, y no podrás equivocar el camino. Tienes una sabiduría infalible que te dirige, un amor inmutable que te consuela y un poder eterno que te defiende. «Jehová» —fíjate en la palabra— «Jehová te guiará de continuo».

28 de diciembre

«No he venido para traer paz a la tierra, sino espada». (Mateo 10:34)

El cristiano de seguro se ganará enemigos. Uno de sus propósitos será no tener ninguno; pero si hacer lo recto y creer lo verdadero le hace perder a todo amigo terrenal, lo tendrá por pequeña pérdida, puesto que su gran Amigo del cielo será aún más amigo suyo y se le revelará con más gracia que nunca. Oh vosotros que habéis tomado su cruz, ¿no sabéis lo que dijo vuestro Maestro? «He venido para poner en disensión al hombre contra su padre, y a la hija contra su madre; y los enemigos del hombre serán los de su casa». Cristo es el gran Pacificador; pero antes de la paz trae la guerra. Donde llega la luz, las tinieblas tienen que retirarse. Donde está la verdad, la mentira tiene que huir; o, si permanece, ha de haber un duro combate, porque la verdad no puede ni quiere arriar su bandera, y la mentira ha de ser pisoteada. Si sigues a Cristo, tendrás a todos los perros del mundo ladrándote a los talones. Si quieres vivir de modo que resistas la prueba del último tribunal, ten por seguro que el mundo no hablará bien de ti. El que tiene la amistad del mundo es enemigo de Dios; pero si eres veraz y fiel al Altísimo, los hombres se resentirán de tu inquebrantable fidelidad, puesto que es un testimonio contra sus iniquidades. Sin temor a ninguna consecuencia, debes hacer lo recto. Necesitarás el valor de un león para seguir sin vacilar un camino que convierta a tu mejor amigo en tu más feroz enemigo; pero por amor de Jesús has de tener ese valor. Arriesgar la reputación y el afecto por causa de la verdad es una hazaña tal que, para realizarla constantemente, necesitarás un grado de principio moral que solo el Espíritu de Dios puede obrar en ti; pero no vuelvas la espalda como un cobarde, sino pórtate varonilmente. Sigue con toda valentía las pisadas de tu Maestro, porque él recorrió antes que tú este camino áspero. Mejor una guerra breve y un descanso eterno que una paz falsa y un tormento eterno.

29 de diciembre

«¿Qué pensáis de Cristo?» (Mateo 22:42)

La gran prueba de la salud de tu alma es esta: ¿qué piensas tú de Cristo? ¿Es él para ti «el más hermoso de los hijos de los hombres», «señalado entre diez mil», «todo él codiciable»? Dondequiera que Cristo es estimado así, todas las facultades del hombre espiritual se ejercitan con energía. Juzgaré tu piedad por este barómetro: ¿está Cristo alto o bajo en tu estima? Si has pensado poco en Cristo, si te has contentado con vivir sin su presencia, si te ha importado poco su honra, si has descuidado sus leyes, entonces sé que tu alma está enferma: ¡Dios quiera que no sea enfermedad para muerte! Pero si el primer pensamiento de tu espíritu ha sido: ¿cómo puedo honrar a Jesús?; si el deseo diario de tu alma ha sido: «¡Quién me diera saber dónde hallarle!», te digo que podrás tener mil flaquezas, y aun apenas saber si eres siquiera hijo de Dios, y sin embargo estoy persuadido, más allá de toda duda, de que estás a salvo, puesto que Jesús es grande en tu estima. No me importan tus harapos: ¿qué piensas de su ropaje real? No me importan tus heridas, aunque sangren a torrentes: ¿qué piensas de sus heridas? ¿Son como rubíes resplandecientes en tu estima? No te tengo en menos aunque yazcas como Lázaro en el muladar y los perros te laman; no te juzgo por tu pobreza: ¿qué piensas del Rey en su hermosura? ¿Tiene él un trono glorioso y alto en tu corazón? ¿Lo pondrías más alto si pudieras? ¿Estarías dispuesto a morir si con ello pudieras añadir una trompeta más al himno que proclama su alabanza? ¡Ah, entonces te va bien! Pienses lo que pienses de ti mismo, si Cristo es grande para ti, pronto estarás con él.

«Aunque el mundo entero se burle de mi elección,

Jesús será mi porción;

pues ningún otro me complace:

él es el más hermoso de los hermosos».

30 de diciembre

«¿No sabes tú que el final será amargura?» (2 Samuel 2:26)

¡Oh lector mío! Si eres meramente alguien que profesa la fe que es en Cristo Jesús, y no alguien que la posee, las líneas siguientes son un retrato fiel de tu fin.

Eres un asistente respetable a un lugar de culto; vas porque otros van, no porque tu corazón esté bien con Dios. Este es tu comienzo. Supondré que durante los próximos veinte o treinta años se te concederá seguir como ahora, profesando religión con una asistencia exterior a los medios de gracia, pero sin poner el corazón en ello. Pisa con suavidad, porque tengo que mostrarte el lecho de muerte de uno como tú. Mirémosle con delicadeza. Un sudor frío y pegajoso cubre su frente, y despierta clamando: «Oh Dios, qué duro es morir. ¿Mandasteis a buscar a mi pastor?». «Sí, ya viene». Llega el pastor. «Señor, ¡temo que me estoy muriendo!». «¿Tiene usted alguna esperanza?». «No puedo decir que la tenga. Temo comparecer ante mi Dios; ¡oh, ore por mí!». Se ofrece por él la oración con sincero fervor, y el camino de la salvación se le presenta por diezmilésima vez, pero antes de que se haya asido de la cuerda, lo veo hundirse. Puedo poner mi dedo sobre esos párpados fríos, porque nunca más verán nada aquí. Pero ¿dónde está el hombre, y dónde están los verdaderos ojos del hombre? Escrito está: «En el infierno alzó sus ojos, estando en tormentos». ¡Ah! ¿Por qué no alzó antes sus ojos? Porque estaba tan acostumbrado a oír el evangelio que su alma se durmió bajo él. ¡Ay!, si tú alzaras allí tus ojos, ¡cuán amargos serían tus lamentos! Que las propias palabras del Salvador revelen el ay: «Padre Abraham, envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama». Hay un significado espantoso en esas palabras. ¡Que nunca tengas que deletrearlo a la luz roja de la ira de Jehová!

31 de diciembre

«Pasó la siega, terminó el verano, y nosotros no hemos sido salvos». (Jeremías 8:20)

¡No salvo! Querido lector, ¿es esta tu triste situación? Advertido del juicio venidero, exhortado a escapar por tu vida, y sin embargo en este momento no eres salvo. Conoces el camino de la salvación, lo lees en la Biblia, lo oyes desde el púlpito, te lo explican tus amigos, y sin embargo lo descuidas, y por eso no eres salvo. No tendrás excusa cuando el Señor juzgue a los vivos y a los muertos. El Espíritu Santo ha concedido más o menos bendición a la palabra que se ha predicado a tus oídos, y han venido tiempos de refrigerio de la presencia divina, y sin embargo estás sin Cristo. Todas estas épocas llenas de esperanza han venido y se han ido; tu verano y tu siega han pasado, y sin embargo no eres salvo. Los años se han ido sucediendo hacia la eternidad, y tu último año pronto llegará: la juventud se ha ido, la edad adulta se va, y sin embargo no eres salvo. Déjame preguntarte: ¿serás salvo alguna vez? ¿Hay alguna probabilidad de ello? Ya las épocas más propicias te han dejado sin salvación; ¿cambiarán tu condición otras ocasiones? Los medios han fracasado contigo, los mejores medios, usados con perseverancia y con el mayor afecto: ¿qué más puede hacerse por ti? La aflicción y la prosperidad igualmente han fracasado en impresionarte; lágrimas, oraciones y sermones se han desperdiciado en tu corazón estéril. ¿No están las probabilidades del todo en contra de que llegues a ser salvo? ¿No es más que probable que permanezcas como estás hasta que la muerte cierre para siempre la puerta de la esperanza? ¿Retrocedes ante esta suposición? Sin embargo, es de lo más razonable: el que no se lava en tantas aguas, con toda probabilidad irá inmundo hasta su fin. El momento oportuno nunca ha llegado; ¿por qué habría de llegar alguna vez? Es lógico temer que nunca llegará y que, como Félix, no hallarás ocasión oportuna hasta que estés en el infierno. ¡Oh, considera lo que es ese infierno, y la terrible probabilidad de que pronto seas arrojado a él!

Lector, supón que murieras sin ser salvo: ninguna palabra puede describir tu destino. Escribe tu terrible estado con lágrimas y sangre, habla de él con gemidos y crujir de dientes: serás castigado con eterna perdición, lejos de la gloria del Señor y de la gloria de su poder. La voz de un hermano quisiera sacudirte hasta que lo tomes en serio. ¡Oh, sé sabio, sé sabio a tiempo, y antes de que comience otro año, cree en Jesús, que puede salvar hasta lo sumo! Consagra estas últimas horas a la reflexión solitaria, y si nace en ti un profundo arrepentimiento, bien estará; y si te lleva a una humilde fe en Jesús, será lo mejor de todo. ¡Oh, procura que este año no pase quedando tú como un espíritu no perdonado! ¡Que las campanadas de la medianoche de Año Nuevo no resuenen sobre un espíritu sin gozo! Ahora, ahora, AHORA cree, y vive.

«ESCAPA POR TU VIDA;

NO MIRES TRAS TI,

NI PARES EN TODA ESTA LLANURA;

ESCAPA AL MONTE,

NO SEA QUE PEREZCAS».

Capítulo 12 completado

Diciembre

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