Las cartas de Ignacio y la historia de su vida
Carta a los magnesios

Capítulo 7 · 7 min de lectura · 10 min de escucha

Carta a los magnesios

Ignacio, llamado también Teóforo, a la que ha sido bendecida por la gracia de Dios Padre en Cristo Jesús nuestro Salvador, en quien saludo a la iglesia que está en Magnesia del Meandro, y le deseo abundante saludo en Dios Padre y en Jesucristo.

Cuando supe del extraordinario buen orden de vuestro amor en los caminos de Dios, me alegré, y decidí dirigirme a vosotros en la fe de Jesucristo.

Porque, habiendo sido tenido por digno de llevar un nombre sumamente divino, en estas cadenas que llevo conmigo canto las alabanzas de las iglesias; y ruego que haya en ellas unión de la carne y del espíritu, que son de Jesucristo, nuestra vida que nunca falla, y unión de la fe y del amor, al cual nada se prefiere, y —lo que es más que todo— unión con Jesús y con el Padre, en quien, si soportamos con paciencia todos los ultrajes del príncipe de este mundo y escapamos de ellos, alcanzaremos a Dios.

Puesto que, pues, se me concedió veros en la persona de Damas, vuestro piadoso obispo, y de vuestros dignos presbíteros Baso y Apolonio, y de mi consiervo el diácono Zoción, de quien quisiera gozar, porque está sujeto al obispo como a la gracia de Dios, y al presbiterio como a la ley de Jesucristo:—

Sí, y también os conviene no abusar de la juventud de vuestro obispo, sino, conforme al poder de Dios Padre, tributarle toda reverencia, así como he sabido que también los santos presbíteros no se han aprovechado de su condición aparentemente juvenil, sino que le ceden el lugar como a quien es prudente en Dios; y no a él, sino al Padre de Jesucristo, al Obispo de todos.

Así pues, para honra de aquel que os ha querido, conviene que obedezcáis sin fingimiento. Porque no es tanto que uno engañe a este obispo que se ve, cuanto que defrauda a aquel otro que es invisible; y en tal caso no ha de dar cuentas a la carne, sino a Dios, que conoce las cosas ocultas.

Conviene, pues, que no solo nos llamemos cristianos, sino que también lo seamos; así como algunos tienen en los labios el nombre del obispo, pero en todo obran al margen de él. Tales hombres no me parece que guarden una buena conciencia, puesto que no se reúnen legítimamente conforme al mandamiento.

Puesto que, pues, todas las cosas tienen un fin, y estas dos, la vida y la muerte— se nos presentan juntas, y cada uno ha de ir a su propio lugar; porque así como hay dos monedas, la una de Dios y la otra del mundo, y cada una de ellas lleva impreso su propio cuño, los incrédulos el cuño de este mundo, y los fieles en el amor el cuño de Dios Padre por Jesucristo, por medio de quien, si no aceptamos por nuestra libre elección morir para participar en su pasión, su vida no está en nosotros:—

Puesto que, pues, en las personas antes mencionadas contemplé con fe a todo vuestro pueblo y lo abracé, os aconsejo: esforzaos por hacer todas las cosas en la concordia de Dios, presidiendo el obispo a semejanza de Dios, y los presbíteros a semejanza del consejo de los apóstoles, junto con los diáconos, para mí queridísimos, a quienes se ha confiado el diaconado de Jesucristo, que estaba con el Padre antes de los siglos y se manifestó al final de los tiempos.

Procurad, pues, todos, conformaros a Dios y reverenciaros unos a otros; y que nadie mire a su prójimo según la carne, sino amaos siempre unos a otros en Jesucristo. Que no haya entre vosotros nada que tenga poder para dividiros, sino estad unidos con el obispo y con los que os presiden, como ejemplo y enseñanza de incorruptibilidad.

Así pues, como el Señor nada hizo sin el Padre, [estando unido con él], ni por sí mismo ni por medio de los apóstoles, así tampoco vosotros hagáis nada sin el obispo y los presbíteros. Y no intentéis tener por bueno nada que sea solo vuestro, aparte de los demás; sino que haya en común una sola oración, una sola súplica, un solo pensamiento, una sola esperanza, en el amor y en el gozo irreprochable, que es Jesucristo, mejor que el cual no hay nada.

Apresuraos a reuniros todos vosotros como en un solo templo, que es Dios; como ante un solo altar, que es un solo Jesucristo, el cual salió de un solo Padre, y está con uno solo, y a uno solo volvió.

No os dejéis seducir por doctrinas extrañas ni por fábulas anticuadas, que no aprovechan para nada. Porque si hasta el día de hoy vivimos según el judaísmo, confesamos que no hemos recibido la gracia:

porque los divinos profetas vivieron según Cristo Jesús. Por esta causa fueron también perseguidos, siendo inspirados por su gracia, a fin de que los desobedientes quedaran plenamente convencidos de que hay un solo Dios, que se manifestó por medio de Jesucristo su Hijo, que es su Palabra salida del silencio, el cual en todo agradó al que le había enviado.

Si, pues, los que habían andado en las prácticas antiguas llegaron a una nueva esperanza, no guardando ya los sábados, sino viviendo según el día del Señor, en el cual también nuestra vida amaneció por él y por su muerte, que algunos niegan —misterio por el cual llegamos a creer, y por esta causa soportamos con paciencia, para ser hallados discípulos de Jesucristo, nuestro único maestro—,

si esto es así, ¿cómo podremos vivir separados de él? pues aun los profetas, siendo discípulos suyos, lo esperaban como a su maestro por el Espíritu. Y por esta causa, aquel a quien con justicia aguardaban, cuando vino, los resucitó de entre los muertos.

No seamos, pues, insensibles a su bondad. Porque si él nos imitara conforme a nuestras obras, estaríamos perdidos. Por esta causa, ya que hemos llegado a ser sus discípulos, aprendamos a vivir como corresponde al cristianismo. Porque quien se llama con otro nombre fuera de este, no es de Dios.

Desechad, pues, la levadura vil, que se ha puesto vieja y agria, y pasaos a la nueva levadura, que es Jesucristo. Sed salados en él, para que ninguno de vosotros se corrompa, ya que por vuestro olor seréis juzgados.

Es monstruoso hablar de Jesucristo y practicar el judaísmo. Porque el cristianismo no creyó en el judaísmo, sino el judaísmo en el cristianismo, en el cual toda lengua creyó y fue congregada para Dios.

Ahora bien, os digo estas cosas, amados míos, no porque haya sabido que alguno de vosotros piense así; sino que, siendo menor que cualquiera de vosotros, quisiera que os pusierais en guardia a tiempo, para que no caigáis en los lazos de la vana doctrina; antes bien, estad plenamente convencidos del nacimiento, de la pasión y de la resurrección, que tuvieron lugar en tiempos del gobierno de Poncio Pilato; porque estas cosas fueron hechas verdadera y ciertamente por Jesucristo nuestra esperanza; de la cual ojalá ninguno de vosotros llegue a apartarse.

Ojalá pueda gozar de vosotros en todas las cosas, si es que soy digno. Porque, aunque estoy encadenado, no soy comparable a ninguno de vosotros que estáis libres. Sé que no estáis envanecidos, porque tenéis a Jesucristo en vosotros mismos. Y cuando os alabo, sé que solo sentís más vergüenza; como está escrito: el justo es acusador de sí mismo.

Esforzaos, pues, por ser confirmados en las ordenanzas del Señor y de los apóstoles, para que prosperéis en todo cuanto hagáis en la carne y en el espíritu, por la fe y por el amor, en el Hijo y el Padre y en el Espíritu, en el principio y en el fin, junto con vuestro venerado obispo, y con la bien trenzada corona espiritual de vuestro presbiterio, y con los diáconos que andan según Dios.

Sed obedientes al obispo y los unos a los otros, como Jesucristo lo fue al Padre [según la carne], y como los apóstoles lo fueron a Cristo y al Padre, para que haya unión tanto de la carne como del espíritu.

Sabiendo que estáis llenos de Dios, os he exhortado brevemente. Acordaos de mí en vuestras oraciones, para que alcance a Dios; y acordaos también de la iglesia que está en Siria, de la cual no soy digno de ser llamado miembro. Porque tengo necesidad de vuestra oración unánime y de vuestro amor en Dios, para que se conceda a la iglesia que está en Siria ser refrescada por el rocío de vuestra ferviente súplica.

Os saludan los efesios desde Esmirna, de donde también os escribo. Están aquí conmigo para gloria de Dios, como también lo estáis vosotros; y me han confortado en todo, junto con Policarpo, obispo de los esmirniotas. Sí, y todas las demás iglesias os saludan en la honra de Jesucristo. Que os vaya bien en la concordia de Dios, y poseed un espíritu firme, que es Jesucristo.

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