Las cartas de Ignacio y la historia de su vida
Carta a los tralianos

Capítulo 8 · 6 min de lectura · 8 min de escucha

Carta a los tralianos

Ignacio, llamado también Teóforo, a la que es amada por Dios, Padre de Jesucristo; a la santa iglesia que está en Tralles de Asia, elegida y digna de Dios, que tiene paz en la carne y en el espíritu por la pasión de Jesucristo, que es nuestra esperanza por nuestra resurrección en él; iglesia a la que también saludo en la plenitud divina, a la manera apostólica, y a la que deseo abundante saludo.

He sabido que tenéis un ánimo irreprochable e inquebrantable en la paciencia, no por costumbre, sino por naturaleza, según me informó Polibio, vuestro obispo, quien por la voluntad de Dios y de Jesucristo me visitó en Esmirna; y tanto se alegró conmigo en mis cadenas en Cristo Jesús, que en él contemplé a toda vuestra multitud.

Habiendo, pues, recibido de sus manos vuestra benevolencia según Dios, di gloria, porque os había hallado imitadores de Dios, tal como había sabido.

Porque cuando obedecéis al obispo como a Jesucristo, me resulta evidente que no vivís según los hombres, sino según Jesucristo, que murió por nosotros, para que, creyendo en su muerte, escapéis de la muerte.

Es necesario, pues, como ya acostumbráis, que no hagáis nada sin el obispo; sino obedeced también al presbiterio, como a los apóstoles de Jesucristo, nuestra esperanza; porque si vivimos en él, también seremos hallados en él.

Y asimismo los que son diáconos de los misterios de Jesucristo deben agradar a todos en todo. Porque no son diáconos de comidas y bebidas, sino servidores de la Iglesia de Dios. Es justo, pues, que se guarden de toda censura como del fuego.

De igual modo, respeten todos a los diáconos como a Jesucristo, así como deben respetar al obispo como figura del Padre, y a los presbíteros como el consejo de Dios y el colegio de los apóstoles. Sin ellos no hay ni siquiera nombre de iglesia.

Y estoy persuadido de que así pensáis vosotros en cuanto a estas cosas; porque recibí la muestra de vuestro amor, y la tengo conmigo, en la persona de vuestro obispo, cuyo mismo porte es una gran lección, mientras que su mansedumbre es poder: un hombre a quien creo que aun los impíos reverencian.

Porque os amo, os trato así con miramiento, aunque podría escribir con más severidad en su favor; pero no me creí capacitado para esto: para daros órdenes como si fuera un apóstol, siendo yo un condenado.

Tengo muchos pensamientos profundos en Dios; pero me mido a mí mismo, no sea que perezca por mi jactancia. Porque ahora debo temer más y no prestar atención a los que quieren envanecerme; pues los que me dicen estas cosas son para mí un azote.

Porque, aunque deseo padecer, no sé si soy digno; pues la envidia del diablo, ciertamente, no la ven muchos, pero contra mí hace una guerra más feroz. Necesito, pues, mansedumbre, por la cual el príncipe de este mundo es reducido a nada.

¿Acaso no puedo escribiros de cosas celestiales? Pero temo causaros daño, siendo vosotros niños. Así que tened paciencia conmigo, no sea que, no pudiendo asimilarlas, os atragantéis.

Pues yo mismo, aunque estoy en cadenas y puedo comprender las cosas celestiales, y las jerarquías de los ángeles y las formaciones de los principados, las cosas visibles y las invisibles, yo mismo no soy todavía, por eso, discípulo. Porque nos faltan muchas cosas, para que no nos falte Dios.

Os exhorto, pues, no yo, sino el amor de Jesucristo: tomad solo alimento cristiano, y absteneos de hierba extraña, que es la herejía;

porque estos hombres mezclan incluso veneno con Jesucristo, engañando a otros con apariencia de honradez, como quienes administran una droga mortal con vino endulzado con miel, de modo que el que no lo sabe, sin temer nada, bebe la muerte con un placer funesto.

Guardaos, pues, de tales hombres. Y así será ciertamente, si no os envanecéis y si sois inseparables de [Dios] Jesucristo, y del obispo, y de las ordenanzas de los apóstoles.

El que está dentro del santuario es puro; pero el que está fuera del santuario no es puro; es decir, el que hace algo sin el obispo, el presbiterio y los diáconos, ese no es puro en su conciencia.

No es que haya sabido de tal cosa entre vosotros, sino que velo por vosotros de antemano, como amados míos, porque preveo los lazos del diablo. Armaos, pues, de mansedumbre y renovaos en la fe, que es la carne del Señor, y en el amor, que es la sangre de Jesucristo.

Que ninguno de vosotros guarde rencor contra su prójimo. No deis ocasión a los gentiles, no sea que por causa de unos pocos insensatos sea blasfemada la multitud piadosa; porque: Ay de aquel por quien mi nombre es blasfemado en vano ante algunos.

Sed, pues, sordos cuando alguien os hable sin Jesucristo, que fue del linaje de David, que fue Hijo de María, que verdaderamente nació, y comió y bebió, verdaderamente fue perseguido bajo Poncio Pilato, verdaderamente fue crucificado y murió a la vista de los que están en los cielos, y de los que están en la tierra, y de los que están debajo de la tierra;

que además verdaderamente resucitó de entre los muertos, habiéndolo resucitado su Padre, quien de igual manera nos resucitará también a nosotros, los que creemos en él (su Padre, digo, nos resucitará), en Cristo Jesús, fuera del cual no tenemos la vida verdadera.

Pero si fuera, como dicen ciertos impíos, es decir, incrédulos, que padeció solo en apariencia, siendo ellos mismos pura apariencia, ¿por qué estoy yo encadenado? ¿Y por qué deseo también luchar con fieras? En tal caso muero en vano. Verdaderamente, entonces, miento contra el Señor.

Huid, pues, de esos retoños malignos que engendran un fruto mortífero, del cual, si alguno gusta, al instante muere. Porque estos no son plantío del Padre:

porque si lo fueran, se mostrarían como ramas de la cruz, y su fruto sería incorruptible; la cruz por la cual él, mediante su pasión, nos llama a nosotros, que somos sus miembros. Ahora bien, no puede hallarse una cabeza sin miembros, puesto que Dios promete la unión, y esta unión es él mismo

Os saludo desde Esmirna, junto con las iglesias de Dios que están presentes conmigo; hombres que me han confortado en todo, tanto en la carne como en el espíritu.

Os exhortan mis cadenas, que llevo por causa de Jesucristo, pidiendo alcanzar a Dios: perseverad en vuestra concordia y en la oración unos con otros. Porque os conviene a cada uno, y especialmente a los presbíteros, reanimar el alma de vuestro obispo para honra del Padre [y para honra] de Jesucristo y de los apóstoles.

Ruego que me escuchéis con amor, no sea que, por haberos escrito así, sea yo un testimonio contra vosotros. Y orad también por mí, que necesito de vuestro amor en la misericordia de Dios, para que se me conceda la suerte que anhelo alcanzar, a fin de no ser hallado reprobado.

Os saluda el amor de los esmirniotas y de los efesios. Acordaos en vuestras oraciones de la iglesia que está en Siria; de la cual [también] no soy digno de ser llamado miembro, siendo el último de ellos.

Que os vaya bien en Jesucristo, sometiéndoos al obispo como al mandamiento, y asimismo al presbiterio; y amaos cada uno de vosotros unos a otros con corazón indiviso.

Mi espíritu se ofrece por vosotros, no solo ahora, sino también cuando alcance a Dios. Porque todavía estoy en peligro; pero el Padre es fiel en Jesucristo para cumplir mi petición y la vuestra. Que seamos hallados irreprochables en él.

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