Capítulo 6 · 12 min de lectura · 16 min de escucha
Carta a los efesios
Ignacio, llamado también Teóforo, a la que ha sido bendecida en grandeza por la plenitud de Dios Padre; a la que ha sido predestinada antes de los siglos a ser para siempre y para una gloria permanente e inmutable, unida y elegida en una pasión verdadera, por la voluntad del Padre y de Jesucristo nuestro Dios; a la iglesia que está en Éfeso [de Asia], digna de toda felicitación: abundante saludo en Cristo Jesús y en gozo irreprochable.
Al acoger en Dios vuestro nombre tan amado, que lleváis por derecho natural [en un ánimo recto y virtuoso], por la fe y el amor en Cristo Jesús nuestro Salvador —siendo imitadores de Dios, y teniendo vuestros corazones encendidos en la sangre de Dios, habéis cumplido perfectamente la obra que os es connatural—
pues cuando oísteis que yo venía de Siria, encadenado por causa del Nombre y de la esperanza comunes, y que esperaba, gracias a vuestras oraciones, lograr luchar con las fieras en Roma, para que, lográndolo, pudiera ser discípulo, os apresurasteis a visitarme—
puesto que, pues, en el nombre de Dios he recibido a toda vuestra muchedumbre en la persona de Onésimo, cuyo amor sobrepasa toda palabra y que es además vuestro obispo [en la carne], ruego que lo améis según Jesucristo y que todos vosotros seáis semejantes a él; porque bendito sea el que os concedió, conforme a vuestro merecimiento, tener un obispo así.
En cuanto a mi consiervo Burro, que por la voluntad de Dios es vuestro diácono, bendito en todas las cosas, ruego que permanezca conmigo para honra vuestra y de vuestro obispo. Y también Croco, digno de Dios y de vosotros, a quien recibí como ejemplo del amor que me tenéis, me ha aliviado en todo —así lo reconforte también el Padre de Jesucristo—, junto con Onésimo, Burro, Euplo y Frontón; en ellos os vi a todos vosotros con los ojos del amor.
Ojalá pueda gozar siempre de vosotros, si es que soy digno de ello. Conviene, pues, que de todas las maneras glorifiquéis a Jesucristo, que os ha glorificado; para que, perfectamente unidos en una misma sumisión, sometiéndoos a vuestro obispo y al presbiterio, seáis santificados en todas las cosas.
No os doy órdenes como si yo fuera alguien. Porque, aunque estoy encadenado por el Nombre, todavía no he llegado a la perfección en Jesucristo. [Pues] ahora comienzo a ser discípulo, y os hablo como a mis condiscípulos. Porque yo debería ser preparado por vosotros para la lucha en la fe, en la exhortación, en la paciencia, en la longanimidad.
Pero, como el amor no me permite callar acerca de vosotros, por eso me he adelantado a exhortaros a que corráis en armonía con el pensamiento de Dios; porque también Jesucristo, nuestra vida inseparable, es el pensamiento del Padre, así como los obispos establecidos en los confines de la tierra están en el pensamiento de Jesucristo.
Por tanto, os conviene correr en armonía con el pensamiento del obispo, cosa que ya hacéis. Porque vuestro honorable presbiterio, digno de Dios, está concertado con el obispo como las cuerdas con la lira. Por eso en vuestra concordia y en vuestro amor armonioso se canta a Jesucristo.
Y vosotros, cada uno y todos, formad un coro, para que, armoniosos en la concordia y tomando de Dios la nota, cantéis al unísono con una sola voz por Jesucristo al Padre, a fin de que él os escuche y os reconozca, por vuestras buenas obras, como miembros de su Hijo. Os es, pues, provechoso estar en una unidad irreprochable, para que también participéis siempre de Dios.
Porque si yo, en poco tiempo, tuve tal trato con vuestro obispo, que no fue al modo de los hombres sino en el Espíritu, ¡cuánto más os felicito a vosotros, que estáis estrechamente unidos a él como la Iglesia lo está a Jesucristo y como Jesucristo lo está al Padre, para que todas las cosas sean armoniosas en la unidad!
Que nadie se engañe. Si alguno no está dentro del recinto del altar, se ve privado del pan [de Dios]. Porque, si la oración de uno o dos tiene tanta fuerza, ¡cuánto más la del obispo y la de toda la Iglesia!
Así pues, el que no acude a la asamblea muestra con ello su soberbia y se ha separado a sí mismo; porque está escrito: Dios resiste a los soberbios. Procuremos, pues, no resistir al obispo, para que por nuestra sumisión nos entreguemos a Dios.
Y cuanto más vea uno que su obispo guarda silencio, tanto más debe temerle. Porque a todo aquel que el Señor de la casa envía como administrador de su propia casa, debemos recibirlo como al que lo envió. Está claro, pues, que debemos mirar al obispo como al Señor mismo.
Ahora bien, Onésimo por sí mismo alaba mucho vuestro buen orden en Dios, porque todos vivís conforme a la verdad y ninguna herejía tiene morada entre vosotros; antes bien, ni siquiera escucháis a nadie que hable de otra cosa que no sea de Jesucristo en verdad.
Porque algunos suelen, con perverso engaño, ir pregonando el Nombre mientras hacen otras cosas indignas de Dios. A esos debéis evitarlos como a fieras; porque son perros rabiosos que muerden a escondidas, de los cuales debéis guardaros, pues son difíciles de curar.
Hay un solo médico, carnal y espiritual, engendrado e ingénito, Dios en el hombre, Vida verdadera en la muerte, Hijo de María e Hijo de Dios, primero pasible y luego impasible, Jesucristo nuestro Señor.
Que nadie, pues, os engañe, como en verdad no os dejáis engañar, ya que pertenecéis por entero a Dios. Porque cuando no se ha asentado en vosotros ningún deseo capaz de atormentaros, entonces vivís de verdad según Dios. Me ofrezco por vosotros, y me consagro como ofrenda por la iglesia de vosotros, los efesios, famosa por todos los siglos.
Los que son de la carne no pueden hacer las cosas del Espíritu, ni los que son del Espíritu las cosas de la carne; así como la fe no puede hacer las cosas de la infidelidad, ni la infidelidad las de la fe. Más aún, incluso lo que hacéis según la carne es espiritual, porque todo lo hacéis en Jesucristo.
Pero he sabido que pasaron por ahí ciertas personas venidas de allá, trayendo una mala doctrina; a las cuales no permitisteis sembrar entre vosotros, pues os tapasteis los oídos para no recibir la semilla que ellos sembraban; puesto que sois piedras de un templo, preparadas de antemano para un edificio de Dios Padre, elevadas a lo alto por la grúa de Jesucristo, que es la Cruz, sirviéndoos del Espíritu Santo como cuerda; vuestra fe es vuestro torno, y el amor es el camino que sube hasta Dios.
Así pues, sois todos compañeros de camino, llevando a vuestro Dios y vuestro santuario, a vuestro Cristo y vuestras cosas santas, adornados de pies a cabeza con los mandamientos de Jesucristo. Y también a mí, que tomo parte en la fiesta, se me concede acompañaros por carta y alegrarme con vosotros, porque no ponéis vuestro amor en nada según la vida común de los hombres, sino solo en Dios.
Y orad también sin cesar por el resto de los hombres (porque hay en ellos esperanza de arrepentimiento), para que hallen a Dios. Permitidles, pues, que aprendan al menos de vuestras obras.
Ante sus arrebatos de ira, sed mansos; ante sus palabras soberbias, sed humildes; a sus injurias oponed vuestras oraciones; ante sus errores, permaneced firmes en la fe; ante su fiereza, sed apacibles. Y no tengáis afán de imitarlos devolviéndoles lo mismo.
Mostrémonos hermanos suyos por nuestra paciencia; pero tengamos afán de ser imitadores del Señor, compitiendo a ver quién sufre mayor injusticia, quién es despojado, quién es despreciado; para que no se halle entre vosotros ninguna hierba del diablo, sino que en toda pureza y templanza permanezcáis en Cristo Jesús, con vuestra carne y con vuestro espíritu.
Estos son los últimos tiempos. En adelante, tengamos reverencia; temamos la longanimidad de Dios, no sea que se nos convierta en juicio. Porque, o temamos la ira venidera, o amemos la gracia presente —lo uno o lo otro—, con tal que seamos hallados en Cristo Jesús para la vida verdadera.
Que nada brille ante vuestros ojos fuera de él, en quien llevo mis cadenas, mis perlas espirituales, con las cuales quisiera resucitar gracias a vuestra oración, de la que ojalá me toque siempre participar, para ser hallado en la compañía de aquellos cristianos de Éfeso que además estuvieron siempre de acuerdo con los apóstoles en el poder de Jesucristo.
Sé quién soy y a quiénes escribo. Yo soy un condenado, vosotros habéis recibido misericordia; yo estoy en peligro, vosotros estáis afianzados.
Vosotros sois el camino de paso de los que van a morir para Dios. Sois copartícipes en los misterios con Pablo, que fue santificado, que obtuvo buen testimonio, que es digno de toda felicitación; tras cuyas huellas quisiera ser hallado cuando alcance a Dios; él, que en cada una de sus cartas hace mención de vosotros en Cristo Jesús.
Esforzaos, pues, por reuniros con más frecuencia para dar gracias a Dios y para su gloria. Porque cuando os reunís con frecuencia, los poderes de Satanás son derribados, y su obra de destrucción queda deshecha en la concordia de vuestra fe.
No hay nada mejor que la paz, en la cual queda abolida toda guerra de los seres celestiales y de los terrenales.
Nada de esto se os oculta si sois perfectos en vuestra fe y en vuestro amor hacia Jesucristo, porque estos son el principio y el fin de la vida —la fe es el principio, y el amor es el fin—, y los dos, unidos en uno, son Dios, mientras que todo lo demás les sigue en orden hacia la verdadera nobleza.
Nadie que profesa la fe peca, y nadie que posee el amor odia. Por el fruto es conocido el árbol; así, los que profesan ser de Cristo se darán a conocer por sus obras. Porque la Obra no es ahora cosa de profesión, sino que se ve cuando uno es hallado en el poder de la fe hasta el fin.
Es mejor callar y ser, que hablar y no ser. Bueno es enseñar, si el que habla practica lo que dice. Ahora bien, hay un solo maestro, que dijo, y fue hecho; y aun las cosas que ha hecho en silencio son dignas del Padre.
El que posee verdaderamente la palabra de Jesús puede también escuchar su silencio, para ser perfecto; para que por su palabra obre y por su silencio sea conocido.
Nada se le oculta al Señor, sino que aun nuestros secretos están cerca de él. Hagamos, pues, todas las cosas como sabiendo que él habita en nosotros, a fin de que seamos templos suyos y él mismo esté en nosotros como nuestro Dios. Así es, y así se manifestará ante nuestros ojos por el amor que justamente le profesamos.
No erréis, hermanos míos. Los que corrompen las casas no heredarán el reino de Dios.
Si, pues, los que hacen estas cosas según la carne son castigados con la muerte, ¡cuánto más si alguno corrompe con mala doctrina la fe de Dios, por la cual Jesucristo fue crucificado! Un hombre así, habiéndose contaminado, irá al fuego inextinguible; y del mismo modo también el que lo escucha.
Por esto recibió el Señor ungüento sobre su cabeza: para infundir incorrupción a la Iglesia. No os dejéis ungir con el mal olor de la doctrina del príncipe de este mundo, no sea que os lleve cautivos y os despoje de la vida que tenéis por delante.
¿Y por qué no andamos todos con prudencia, recibiendo el conocimiento de Dios, que es Jesucristo? ¿Por qué perecemos en nuestra necedad, desconociendo el don de gracia que el Señor verdaderamente ha enviado?
Mi espíritu es ofrecido como desecho por la Cruz, que es tropezadero para los incrédulos, pero para nosotros salvación y vida eterna. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el disputador? ¿Dónde está la jactancia de los que se llaman prudentes?
Porque nuestro Dios, Jesús el Cristo, fue concebido en el seno de María según una dispensación, de la simiente de David pero también del Espíritu Santo; y nació y fue bautizado para purificar el agua con su pasión.
Y al príncipe de este mundo le quedaron ocultos la virginidad de María y su parto, y asimismo la muerte del Señor: tres misterios que habían de ser proclamados a gritos, los cuales se obraron en el silencio de Dios. ¿Cómo, pues, fueron manifestados a los siglos?
Una estrella brilló en el cielo por encima de todas las estrellas; su luz era inefable, y su novedad causaba asombro; y todas las demás constelaciones, junto con el sol y la luna, formaron un coro en torno a la estrella; pero la estrella misma sobrepasaba a todas con su brillo; y había perplejidad por saber de dónde venía aquella extraña aparición, tan distinta de ellas.
Desde entonces quedó deshecha toda hechicería y todo encantamiento, desapareció la ignorancia de la maldad, fue derribado el antiguo reino, cuando Dios se manifestó en semejanza de hombre para novedad de vida eterna; y lo que había sido perfeccionado en los designios de Dios comenzó a cumplirse. Desde entonces todas las cosas se conmovieron, porque se emprendía la abolición de la muerte.
Si Jesucristo me considera digno por vuestra oración, y si es la voluntad divina, en mi segundo escrito, que me propongo escribiros, os expondré más ampliamente la dispensación de la que he comenzado a hablar, relativa al hombre nuevo Jesucristo, que consiste en la fe en él y en el amor a él, en su pasión y resurrección,
sobre todo si el Señor me revela algo. Reuníos en común, todos y cada uno de vosotros, hombre por hombre, en gracia, en una sola fe y en un solo Jesucristo, que según la carne era del linaje de David, que es Hijo del Hombre e Hijo de Dios, a fin de que obedezcáis al obispo y al presbiterio con mente indivisa; partiendo un mismo pan, que es la medicina de la inmortalidad y el antídoto para no morir, sino vivir para siempre en Jesucristo.
Me ofrezco por vosotros y por aquellos que, para honra de Dios, enviasteis a Esmirna; desde donde también os escribo dando gracias al Señor, amando a Policarpo como os amo también a vosotros. Acordaos de mí, así como deseo que también Jesucristo se acuerde de vosotros.
Orad por la iglesia que está en Siria, de donde soy llevado prisionero a Roma —yo, el último de los fieles de allí—, según fui tenido por digno de ser hallado para honra de Dios. Que os vaya bien en Dios Padre y en Jesucristo, nuestra esperanza común.
Capítulo 6 completado
Carta a los efesios