Confesiones
Libro VII

Capítulo 7 · 43 min de lectura · 55 min de escucha

Libro VII

Capítulo I

Muerta estaba ya aquella mi adolescencia mala y abominable, y entraba yo en la primera juventud; tanto más manchado de vanidades cuanto más crecía en años, yo que no podía imaginar sustancia alguna sino la que suele verse con estos ojos. No te pensaba, oh Dios, bajo la figura de un cuerpo humano; desde que empecé a oír algo de sabiduría, siempre huí de esto, y me alegraba de haber hallado lo mismo en la fe de nuestra madre espiritual, tu Iglesia católica. Pero qué otra cosa pensar de ti, no lo sabía. Y yo, hombre, y tal hombre, procuraba concebirte a ti, sumo, único y verdadero Dios; y en lo más íntimo de mi alma creía que eras incorruptible, e inviolable, e inmutable; porque, aun sin saber de dónde ni cómo, veía claramente, y estaba cierto, que lo que puede corromperse es inferior a lo que no puede; lo que no podía ser dañado lo anteponía sin vacilar a lo que podía recibir daño; lo inmutable, a lo sujeto a mudanza. Clamaba mi corazón con vehemencia contra todos mis fantasmas, y con este solo golpe procuraba ahuyentar de los ojos de mi mente toda aquella turba inmunda que zumbaba en torno suyo. Y he aquí que, apenas apartada, en un abrir y cerrar de ojos volvía a agolparse espesa sobre mí, se lanzaba contra mi rostro y lo anublaba; de modo que, aunque no bajo la forma del cuerpo humano, me veía forzado a concebirte a ti (aquello incorruptible, inviolable e inmutable, que yo anteponía a lo corruptible, violable y mudable) como algo situado en el espacio, ya infundido en el mundo, ya difundido infinitamente fuera de él. Porque todo cuanto concebía privado de este espacio me parecía nada, sí, absolutamente nada, ni siquiera un vacío, como cuando se quita un cuerpo de su lugar y el lugar queda vacío de todo cuerpo, de tierra y de agua, de aire y de cielo, y sin embargo sigue siendo un lugar vacío, una especie de nada espaciosa.

Yo, pues, tan torpe de corazón, y ni aun para mí mismo claro, todo lo que no se extendía por ciertos espacios, ni se difundía, ni se condensaba, ni se hinchaba, o no recibía ni podía recibir alguna de estas dimensiones, lo juzgaba absolutamente nada. Porque por las formas que suelen recorrer mis ojos, por esas mismas andaba entonces mi corazón; y no veía que esta misma operación de la mente, con la que formaba yo aquellas imágenes, no era de esa clase, y sin embargo no habría podido formarlas si ella misma no fuera algo grande. Así también me esforzaba por concebirte a ti, Vida de mi vida, como algo vasto, que por espacios infinitos penetrabas por todas partes la mole entera del universo, y más allá de ella, en todas direcciones, por espacios inmensos y sin término; de suerte que la tierra te tuviese, te tuviese el cielo, te tuviesen todas las cosas, y ellas tuviesen su término en ti, y tú no lo tuvieses en parte alguna. Pues así como el cuerpo de este aire que está sobre la tierra no impide que la luz del sol pase a través de él, y ella lo penetra, no rompiéndolo ni cortándolo, sino llenándolo por entero, así pensaba yo que el cuerpo no solo del cielo, del aire y del mar, sino también de la tierra, te era penetrable, de modo que en todas sus partes, las mayores como las menores, admitiese tu presencia, que por una secreta inspiración, dentro y fuera, gobierna todas las cosas que has creado. Así lo conjeturaba, solo porque no podía concebir otra cosa; pues era falso. Porque de este modo una parte mayor de la tierra contendría una porción mayor de ti, y una menor, una menor; y todas las cosas estarían llenas de ti de tal suerte que el cuerpo de un elefante contendría más de ti que el de un gorrión, tanto más cuanto mayor es y más lugar ocupa; y así harías presentes las diversas porciones de ti mismo a las diversas porciones del mundo, por fragmentos, grandes a lo grande, pequeñas a lo pequeño. Pero tú no eres así. Mas todavía no habías iluminado mis tinieblas.

Capítulo II

Me bastaba, Señor, contra aquellos engañados engañadores y habladores mudos, pues tu palabra no resonaba en ellos; me bastaba aquello que hacía mucho, estando aún nosotros en Cartago, solía proponer Nebridio, y que dejaba atónitos a cuantos lo oíamos: «Aquella supuesta nación de las tinieblas, que los maniqueos suelen oponerte como una mole adversa, ¿qué habría podido hacerte si tú te hubieses negado a luchar con ella? Porque si respondían: “Te habría causado algún daño”, entonces estarías sujeto a daño y corrupción; pero si decían: “No podía hacerte daño alguno”, entonces no se aducía razón alguna para que lucharas con ella; y para luchar de tal manera que alguna porción o miembro tuyo, o vástago de tu misma Sustancia, se mezclase con potencias contrarias y con naturalezas no creadas por ti, y fuese por ellas corrompido y mudado a peor hasta el punto de verse trocado de la felicidad en miseria, y necesitar auxilio con que ser liberado y purificado; y que este vástago de tu Sustancia era el alma, a la cual, esclavizada, manchada y corrompida, socorrería tu Verbo, libre, puro e íntegro; siendo, sin embargo, ese mismo Verbo corruptible, puesto que era de una y la misma Sustancia. Así pues, si afirmaban que tú, seas lo que fueres, es decir, tu Sustancia por la cual eres, eres incorruptible, entonces todas estas afirmaciones eran falsas y execrables; y si corruptible, el solo enunciado mostraba ya que era falso y abominable». Bastaba, pues, este argumento de Nebridio contra aquellos que merecían ser vomitados por entero del estómago repleto; porque no tenían escapatoria sin horrible blasfemia de corazón y de lengua, al pensar y hablar así de ti.

Capítulo III

Pero yo, aunque sostenía y estaba firmemente persuadido de que tú, Señor nuestro, Dios verdadero, que hiciste no solo nuestras almas sino también nuestros cuerpos, y no solo nuestras almas y cuerpos, sino a todos los seres y todas las cosas, eras incontaminable e inalterable, y en ningún grado mudable, todavía no entendía con claridad y sin dificultad la causa del mal. Y, sin embargo, fuese cual fuese, comprendía que había que buscarla de tal manera que no me obligase a creer mudable al Dios inmutable, no fuera que yo mismo me convirtiese en aquel mal que andaba buscando. La buscaba, pues, libre hasta ahí de inquietud, seguro de la falsedad de lo que sostenían aquellos de quienes me apartaba con todo mi corazón; porque veía que, por indagar el origen del mal, se habían llenado de maldad, pues preferían pensar que tu sustancia padecía el mal antes que la suya lo cometía.

Y me esforzaba por comprender lo que entonces oía decir: que el libre albedrío es la causa de que obremos el mal, y tu justo juicio, de que lo padezcamos. Pero no era capaz de discernirlo con claridad. Así, esforzándome por sacar la mirada de mi alma de aquel profundo abismo, volvía a hundirme en él, y esforzándome muchas veces, otras tantas me hundía de nuevo. Pero me elevaba un poco hacia tu luz el saber que tenía voluntad tan ciertamente como que vivía: cuando quería o no quería algo, estaba segurísimo de que no era otro sino yo quien quería y no quería; y casi veía que allí estaba la causa de mi pecado. Pero lo que hacía contra mi voluntad, veía que más bien lo padecía que lo hacía, y lo juzgaba no culpa mía, sino castigo; por lo cual, teniéndote por justo, confesaba al punto que no era castigado injustamente. Pero de nuevo decía: ¿Quién me hizo? ¿No fue mi Dios, que no solo es bueno, sino la bondad misma? ¿De dónde, pues, me vino querer el mal y no querer el bien, de modo que así se me castigue con justicia? ¿Quién puso esto en mí, e injertó en mí esta planta de amargura, siendo yo todo hechura de mi dulcísimo Dios? Si el autor es el diablo, ¿de dónde viene ese mismo diablo? Y si también él, por su propia voluntad perversa, de ángel bueno se hizo diablo, ¿de dónde, a su vez, le vino aquella mala voluntad por la cual se hizo diablo, siendo así que toda la naturaleza de los ángeles fue hecha por aquel Creador sumamente bueno? Con estos pensamientos volvía a hundirme y a ahogarme; pero no era arrastrado hasta aquel infierno del error (donde nadie te confiesa) que consiste en pensar que eres tú quien padece el mal, antes que el hombre quien lo comete.

Capítulo IV

Pues de tal manera me esforzaba por hallar lo demás, como quien ya había hallado que lo incorruptible es necesariamente mejor que lo corruptible; y por eso a ti, fueras lo que fueses, te confesaba incorruptible. Porque jamás hubo ni habrá alma capaz de concebir algo que sea mejor que tú, que eres el bien sumo y óptimo. Y puesto que con toda verdad y certeza lo incorruptible es preferible a lo corruptible (como yo ya lo prefería), si tú no fueras incorruptible, habría podido llegar con el pensamiento a algo mejor que mi Dios. Allí, pues, donde veía que lo incorruptible es preferible a lo corruptible, allí debía buscarte y averiguar «dónde está el mal mismo»; es decir, de dónde viene la corrupción, por la cual tu sustancia no puede en modo alguno ser menoscabada. Porque la corrupción no menoscaba en manera alguna a nuestro Dios; ni por voluntad alguna, ni por necesidad alguna, ni por caso imprevisto alguno: porque él es Dios, y lo que quiere es bueno, y él mismo es ese bien; pero ser corrompido no es bueno. Ni tampoco eres forzado contra tu voluntad a cosa alguna, porque tu voluntad no es mayor que tu poder. Mayor sería si tú mismo fueras mayor que tú mismo. Porque la voluntad y el poder de Dios es Dios mismo. ¿Y qué puede ser imprevisto para ti, que conoces todas las cosas? Ni hay naturaleza alguna en las cosas que tú no conozcas. ¿Y qué más diremos sobre «por qué aquella sustancia que es Dios no es corruptible», si, de serlo, no sería Dios?

Capítulo V

Y buscaba «de dónde viene el mal», y lo buscaba mal; y no veía el mal que había en mi misma búsqueda. Ponía ante la vista de mi espíritu toda la creación, cuanto en ella podemos ver (como el mar, la tierra, el aire, los astros, los árboles, los seres mortales), y también cuanto en ella no vemos, como el firmamento del cielo, y además todos los ángeles y todos sus moradores espirituales. Pero aun a estos seres, como si fueran cuerpos, los distribuía mi fantasía en lugares, e hice de tu creación una sola gran mole, distinguida según los géneros de cuerpos: unos, cuerpos verdaderos; otros, los que yo mismo había fingido en lugar de espíritus. Y a esta mole la hice enorme, no cuan grande era (lo cual no podía saber), sino cuan grande me pareció conveniente, aunque finita por todas partes. A ti, en cambio, oh Señor, te imaginaba rodeándola y penetrándola por todas partes, pero infinito en todas direcciones: como si hubiera un mar por doquier, y por todos lados, a través de un espacio inmenso, un solo mar sin límites, y contuviese dentro de sí una esponja, enorme, pero limitada; esa esponja habría de estar, en todas sus partes, llena de aquel mar inmenso. Así concebía yo tu creación, finita en sí misma, llena de ti, el Infinito; y decía: He aquí a Dios, y he aquí lo que Dios ha creado; y Dios es bueno, sí, poderosísima e incomparablemente mejor que todas estas cosas; pero él, el Bueno, las creó buenas; y mira cómo las rodea y las llena. ¿Dónde está, pues, el mal, y de dónde, y por dónde se ha deslizado hasta aquí? ¿Cuál es su raíz y cuál su semilla? ¿O es que no tiene ser alguno? ¿Por qué, entonces, tememos y evitamos lo que no es? Y si lo tememos en vano, ese mismo temor es ya un mal, por el cual el alma es aguijoneada y atormentada en vano; y un mal tanto mayor cuanto que no hay nada que temer, y sin embargo tememos. Por tanto, o existe el mal que tememos, o el mal es que temamos. ¿De dónde viene, pues, si Dios, el Bueno, creó buenas todas estas cosas? Él, ciertamente, el Bien mayor y supremo, creó estos bienes menores; pero, con todo, Creador y criaturas, todos son buenos. ¿De dónde viene el mal? ¿O había alguna materia mala de la cual hizo, formó y ordenó la creación, pero dejó en ella algo que no convirtió en bien? ¿Y por qué así? ¿Acaso no tenía poder para volverla y mudarla toda, de modo que no quedase en ella mal alguno, siendo él Todopoderoso? En fin, ¿por qué quiso hacer de ella cosa alguna, y no más bien, con esa misma omnipotencia, hacer que no existiese en absoluto? ¿O podía ella existir contra su voluntad? Y si era eterna, ¿por qué consintió que así fuese durante espacios infinitos de tiempos pasados, y tuvo a bien tanto tiempo después hacer algo de ella? O si de pronto quiso ahora obrar algo, más bien debía el Todopoderoso haber hecho que esta materia mala no existiese, y que él solo fuese el Bien entero, verdadero, sumo e infinito. O si no estaba bien que quien era bueno no formase y crease también algo bueno, entonces, quitada y reducida a nada aquella materia mala, podía formar una materia buena de la cual crear todas las cosas. Porque no sería Todopoderoso si no pudiera crear algo bueno sin la ayuda de aquella materia que él mismo no había creado. Estas cosas revolvía yo en mi mísero corazón, agobiado por cuidados roedores, con el temor de morir antes de haber hallado la verdad; pero la fe de tu Cristo, Señor y Salvador nuestro, profesada en la Iglesia católica, estaba firmemente arraigada en mi corazón; en muchos puntos, ciertamente, informe todavía y fluctuante fuera de la norma de la doctrina; con todo, mi mente no la abandonaba, sino que antes bien cada día se empapaba más y más de ella.

Capítulo VI

Por este tiempo había rechazado también las mentirosas adivinaciones y los impíos desvaríos de los astrólogos. Que también por esto te confiesen tus misericordias desde lo más íntimo de mi alma, oh Dios mío. Porque tú, solo tú (pues ¿quién otro nos llama de la muerte de todos los errores, sino la Vida que no puede morir, y la Sabiduría que, sin necesitar luz, ilumina las mentes que la necesitan, y por la cual se gobierna el universo, hasta las hojas que el viento arremolina en los árboles?), tú proveíste contra mi obstinación, con la que yo porfiaba contra Vindiciano, anciano agudo, y contra Nebridio, joven de admirable talento; afirmando aquel con vehemencia, y diciendo este a menudo (aunque con alguna duda), «que no había tal arte para prever las cosas futuras, sino que las conjeturas de los hombres eran una especie de lotería, y que de las muchas cosas que decían que habían de suceder, algunas sucedían en efecto, sin saberlo los que las decían, que acertaban a fuerza de hablar mucho». Me proporcionaste entonces un amigo, consultor nada negligente de los astrólogos, aunque no muy versado en aquellas artes, sino (como dije) consultor curioso de ellos, y que sabía, no obstante, algo que decía haber oído a su padre, y que no sabía hasta qué punto servía para derribar la estima de aquel arte. Este hombre, pues, llamado Firmino, que había recibido una educación liberal y estaba bien instruido en la retórica, me consultó, como a quien le era muy querido, qué pensaba yo, según sus llamadas constelaciones, acerca de ciertos asuntos suyos en los que habían crecido sus esperanzas mundanas; y yo, que en esto había empezado ya a inclinarme hacia la opinión de Nebridio, no me negué del todo a conjeturar y a decirle lo que se le ocurría a mi mente indecisa; pero añadí que ya estaba casi persuadido de que aquellas cosas no eran sino necedades vanas y ridículas. Entonces él me contó que su padre había sido muy curioso de tales libros, y que tenía un amigo tan aficionado a ellos como él mismo, y que con estudio y conversación comunes avivaban la llama de su afición a estas bagatelas, hasta el punto de observar el momento en que parían aun los animales mudos que se criaban en sus casas, y de notar entonces la posición relativa del cielo, para hacer así nuevas experiencias en este llamado arte. Dijo, pues, que había oído a su padre que, al tiempo en que su madre estaba para darle a luz a él, Firmino, una sierva de aquel amigo de su padre estaba también encinta, cosa que no pudo escapar a su amo, que cuidaba con la más exacta diligencia de saber hasta los partos de sus cachorros. Y así sucedió que (observando el uno a su esposa y el otro a su sierva con la más cuidadosa atención, contando días, horas y aun las más pequeñas divisiones de las horas) ambas dieron a luz en el mismo instante; de modo que ambos se vieron obligados a asignar las mismas constelaciones, hasta en los puntos más mínimos, el uno a su hijo y el otro a su esclavo recién nacido. Pues en cuanto las mujeres comenzaron a estar de parto, se avisaron el uno al otro de lo que ocurría en sus casas, y tenían dispuestos mensajeros para enviárselos mutuamente tan pronto como supiesen del nacimiento mismo, cosa de la que fácilmente se habían provisto, cada uno en su propio dominio, para dar aviso al instante. Así pues, los mensajeros de una y otra parte se encontraron, aseguraba él, a tan igual distancia de ambas casas que ninguno de los dos pudo hallar diferencia alguna en la posición de los astros ni en ningún otro de los puntos más mínimos; y, sin embargo, Firmino, nacido en alta condición en la casa de sus padres, corría por los caminos dorados de la vida, crecía en riquezas y era elevado a honores; mientras que aquel esclavo seguía sirviendo a sus amos, sin alivio alguno de su yugo, según me contó Firmino, que lo conocía.

Al oír y creer estas cosas, contadas por persona de tanto crédito, toda aquella resistencia mía cedió; y primero procuré apartar al mismo Firmino de aquella curiosidad, diciéndole que, al examinar sus constelaciones, yo, para predecir con verdad, habría debido ver en ellas padres eminentes entre sus vecinos, una familia noble en su propia ciudad, nacimiento ilustre, buena crianza, letras liberales. Pero si aquel siervo me hubiera consultado sobre las mismas constelaciones, puesto que eran también las suyas, habría debido a mi vez (para decirle también a él la verdad) ver en ellas un linaje de lo más abyecto, una condición servil y todo lo demás enteramente opuesto a lo anterior. De donde, si decía la verdad, habría de decir cosas diversas a partir de las mismas constelaciones, o, si decía lo mismo, habría de decir falsedad; de ahí se seguía con toda certeza que cuanto se decía con verdad, tras considerar las constelaciones, se decía no por arte sino por azar; y cuanto se decía con falsedad, no era por ignorancia del arte, sino por fallo del azar.

Abierta así una brecha, y rumiando conmigo mismo cosas semejantes, para que ninguno de aquellos desvariados (que vivían de tal oficio, y a quienes yo ansiaba atacar y refutar con escarnio) pudiera objetarme que Firmino me había informado falsamente, o su padre a él, puse mi pensamiento en los que nacen gemelos, que por lo general salen del seno materno tan cerca el uno del otro que el pequeño intervalo (por mucha fuerza que en la naturaleza de las cosas se pretenda que tiene) no puede ser notado por la observación humana, ni expresarse en modo alguno en aquellas figuras que el astrólogo ha de examinar para pronunciar con verdad. Pero no pueden ser verdaderas: porque, mirando las mismas figuras, habría debido predecir lo mismo de Esaú y de Jacob, siendo así que no les sucedió lo mismo. Por tanto, habría de hablar falsamente; o, si con verdad, entonces, mirando las mismas figuras, no habría de dar la misma respuesta. No por arte, pues, sino por azar hablaría con verdad. Porque tú, oh Señor, justísimo Gobernador del universo, sin que lo sepan consultantes ni consultados, obras por tu oculta inspiración que el que consulta oiga lo que, según los ocultos merecimientos de las almas, debe oír, desde el abismo insondable de tu justo juicio; a ti nadie te diga: ¿Qué es esto? ¿Para qué aquello? No lo diga, porque es hombre.

Capítulo VII

Ya entonces, oh ayudador mío, me habías librado de aquellas ataduras; y buscaba «de dónde procede el mal», y no hallaba salida. Pero no permitías que ninguna fluctuación del pensamiento me arrastrase lejos de la fe por la cual creía que tú eres, y que tu sustancia es inmutable, y que tienes cuidado de los hombres y los juzgarás, y que en Cristo, tu Hijo, Señor nuestro, y en las santas Escrituras, que la autoridad de tu Iglesia católica me encarecía, habías puesto el camino de la salvación del hombre hacia aquella vida que ha de venir después de esta muerte. Puestas a salvo estas cosas y asentadas inconmoviblemente en mi mente, buscaba con ansiedad «¿de dónde viene el mal?». ¡Qué dolores de parto los de mi corazón preñado, qué gemidos, oh Dios mío! Y aun allí estaban abiertos tus oídos, y yo no lo sabía; y cuando en silencio buscaba con vehemencia, aquellas calladas contriciones de mi alma eran grandes clamores a tu misericordia. Tú sabías lo que yo padecía, y ningún hombre lo sabía. Porque ¿qué era lo que de allí, por medio de mi lengua, se destilaba en los oídos de mis amigos más íntimos? ¿Llegaba hasta ellos todo el tumulto de mi alma, para el cual no bastaban ni el tiempo ni la palabra? Mas todo subía a tus oídos, todo lo que yo bramaba a causa de los gemidos de mi corazón; y delante de ti estaba mi deseo, y la luz de mis ojos no estaba conmigo; porque ella estaba dentro, y yo fuera; ni estaba ella encerrada en lugar alguno, pero yo atendía a las cosas que se contienen en un lugar, y no hallaba allí lugar de reposo, ni ellas me acogían de modo que pudiera decir: «Basta», «está bien»; ni me dejaban tampoco volver adonde me fuera suficientemente bien. Porque yo era superior a estas cosas, pero inferior a ti; y tú eres mi verdadero gozo si estoy sujeto a ti, y tú me habías sujetado a mí lo que creaste por debajo de mí. Y este era el justo temple y la región media de mi salvación: permanecer en tu imagen y, sirviéndote a ti, señorear el cuerpo. Pero cuando me alcé soberbiamente contra ti, y corrí contra el Señor con la cerviz, con la espesa prominencia de mi escudo, aun estas cosas inferiores se pusieron sobre mí y me oprimían, y en ninguna parte había respiro ni espacio para tomar aliento. Me salían al encuentro por todos lados, a montones y en tropel, ante la vista; y en el pensamiento se me presentaban sin buscarlas sus imágenes cuando quería volver a ti, como si me dijeran: «¿Adónde vas, indigno e inmundo?». Y estas cosas habían brotado de mi herida; porque tú «humillaste al soberbio como a un herido», y por mi propia hinchazón estaba yo separado de ti; sí, mi rostro hinchado de soberbia me cerraba los ojos.

Capítulo VIII

Pero tú, Señor, permaneces para siempre, y no para siempre te enojas con nosotros; porque te compadeces de nuestro polvo y ceniza, y te plugo, a tus ojos, reformar mis deformidades; y con aguijones interiores me inquietabas, para que no hallase sosiego hasta que te manifestaras a mi vista interior. Así, por la mano secreta de tu medicina, iba bajando mi hinchazón, y la vista turbada y oscurecida de mi mente se iba sanando de día en día con el colirio punzante de saludables dolores.

Capítulo IX

Y tú, queriendo mostrarme primero cómo resistes a los soberbios y das gracia a los humildes, y con cuán grande obra de tu misericordia habías trazado a los hombres el camino de la humildad, en que tu Verbo se hizo carne y habitó entre los hombres, me procuraste, por medio de cierto hombre hinchado de monstruosísima soberbia, algunos libros de los platónicos, traducidos del griego al latín. Y allí leí, no ciertamente con estas mismas palabras, pero sí en el mismo sentido, y apoyado con muchas y diversas razones, que en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios; este era en el principio con Dios; todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada fue hecho; lo que fue hecho por él es vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no la comprendieron. Y que el alma del hombre, aunque da testimonio de la luz, no es ella misma la luz; sino que el Verbo de Dios, siendo Dios, es la luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. Y que en el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no le conoció. Pero que a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre, esto no lo leí allí.

Leí también allí que Dios Verbo no nació de carne ni de sangre, ni de voluntad de varón, ni de voluntad de carne, sino de Dios. Pero que el Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros, no lo leí allí. Porque hallé en aquellos libros, dicho de muchas y diversas maneras, que el Hijo, siendo en forma del Padre, no tuvo por usurpación ser igual a Dios, porque por naturaleza era la misma sustancia. Pero que se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y hallado en la condición como hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios le ensalzó de entre los muertos, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que en la tierra, y de los que debajo de la tierra, y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre: esto no lo tienen aquellos libros. Porque que antes de todos los tiempos y por encima de todos los tiempos permanece inmutable tu Hijo unigénito, coeterno contigo, y que de su plenitud reciben las almas para ser bienaventuradas, y que por participación de la sabiduría que permanece en ellas se renuevan para ser sabias, eso sí está allí. Pero que a su tiempo murió por los impíos, y que no perdonaste a tu Hijo unigénito, antes le entregaste por todos nosotros, eso no está allí. Porque escondiste estas cosas de los sabios y las revelaste a los niños, para que los trabajados y cargados vinieran a él y él los hiciera descansar, porque es manso y humilde de corazón; y encamina a los humildes por el juicio, y enseña a los mansos sus caminos, mirando nuestra humildad y nuestro trabajo, y perdonando todos nuestros pecados. Pero los que se levantan sobre el coturno de una ciencia que se tiene por más sublime no le oyen cuando dice: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Los cuales, habiendo conocido a Dios, no le glorifican como a Dios, ni le dan gracias, sino que se desvanecen en sus discursos, y su necio corazón es entenebrecido; diciéndose ser sabios, se hicieron necios.

Y por eso leí también allí que habían trocado la gloria de tu naturaleza incorruptible en ídolos y diversas figuras, en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de bestias, y de serpientes; es decir, en aquella comida egipcia por la cual Esaú perdió su primogenitura, pues tu pueblo primogénito adoró en lugar de ti la cabeza de un cuadrúpedo, volviéndose con el corazón hacia Egipto, e inclinando tu imagen, su propia alma, ante la imagen de un becerro que come heno. Estas cosas hallé allí, pero no me alimenté de ellas. Porque te plugo, oh Señor, quitar de Jacob el oprobio de la disminución, para que el mayor sirviera al menor; y llamaste a los gentiles a tu heredad. Y yo había venido a ti de entre los gentiles, y puse mi atención en el oro que quisiste que tu pueblo sacara de Egipto, porque tuyo era, dondequiera que estuviese. Y a los atenienses dijiste por medio de tu apóstol que en ti vivimos, y nos movemos, y somos, como también habían dicho algunos de sus poetas. Y en verdad aquellos libros procedían de allí. Pero no puse mi atención en los ídolos de Egipto, a los cuales servían con tu oro los que mudaron la verdad de Dios en mentira, y honraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador.

Capítulo X

Y amonestado por ello a volver a mí mismo, entré en lo íntimo de mí, guiándome tú; y pude hacerlo, porque te habías hecho mi ayudador. Entré, y vi con el ojo de mi alma, comoquiera que fuese, por encima de ese mismo ojo de mi alma, por encima de mi mente, la luz inmutable. No esta luz ordinaria, que toda carne puede mirar, ni otra mayor del mismo género, como si esta brillara muchísimo más y con su grandeza ocupara todo el espacio. No era así aquella luz, sino otra, sí, muy distinta de todas estas. Ni estaba sobre mi alma como el aceite sobre el agua, ni como el cielo sobre la tierra, sino que era superior a mi alma, porque ella me hizo; y yo inferior a ella, porque fui hecho por ella. Quien conoce la verdad conoce qué es esta luz; y quien la conoce, conoce la eternidad. El amor la conoce. ¡Oh verdad, que eres eternidad! ¡Y amor, que eres verdad! ¡Y eternidad, que eres amor! Tú eres mi Dios; por ti suspiro noche y día. Cuando te conocí por primera vez, tú me levantaste, para que viera que había algo que ver, y que yo aún no era capaz de verlo. Y rechazaste la flaqueza de mi vista, lanzando sobre mí con gran fuerza tus rayos de luz, y temblé de amor y de temor; y me hallé lejos de ti, en la región de la desemejanza, como si oyera tu voz desde lo alto: «Soy manjar de adultos; crece y me comerás; y no me transformarás tú en ti, como al manjar de tu carne, sino que tú serás transformado en mí». Y conocí que con castigos por la iniquidad corriges al hombre, e hiciste que mi alma se consumiera como una araña. Y dije: «¿Acaso la verdad no es nada, porque no está difundida por el espacio, ni finito ni infinito?». Y tú me clamaste desde lejos: «Antes bien, YO SOY EL QUE SOY». Y lo oí como se oye en el corazón, y no me quedaba lugar para dudar; antes dudaría de que vivo que de que exista la verdad, que se echa de ver, siendo entendida por las cosas que son hechas. Y miré las demás cosas que están por debajo de ti, y vi que ni son absolutamente ni absolutamente no son: son, porque proceden de ti; y no son, porque no son lo que tú eres. Porque verdaderamente es lo que permanece inmutable. Bueno es, pues, para mí allegarme a Dios; porque si no permanezco en él, tampoco podré permanecer en mí; pero él, permaneciendo en sí mismo, renueva todas las cosas. Y tú eres el Señor mi Dios, porque no tienes necesidad de mis bienes.

Capítulo XI

Y miré las demás cosas que están por debajo de ti, y vi que ni son absolutamente ni absolutamente no son. Son, en efecto, porque proceden de ti; pero no son, porque no son lo que tú eres. Porque verdaderamente es lo que permanece inmutablemente. Bueno es, pues, para mí adherirme a Dios, porque si no permanezco en él, tampoco permaneceré en mí; pero él, permaneciendo en sí mismo, renueva todas las cosas. Y tú eres el Señor mi Dios, porque no tienes necesidad de mis bienes.

Capítulo XII

Y se me manifestó que son buenas las cosas que se corrompen; las cuales no podrían corromperse ni si fueran sumamente buenas ni si no fueran buenas: porque si fueran sumamente buenas serían incorruptibles, y si no fueran buenas en absoluto, no habría en ellas nada que pudiera corromperse. Porque la corrupción daña, y si no disminuyera el bien, no dañaría. O bien, pues, la corrupción no daña, lo cual no puede ser; o bien, lo cual es certísimo, todo lo que se corrompe es privado de algún bien. Mas si fueran privadas de todo bien, dejarían de ser. Porque si siguieran siendo y ya no pudieran corromperse, serían mejores que antes, puesto que permanecerían incorruptiblemente. ¿Y qué cosa más monstruosa que afirmar que las cosas se vuelven mejores perdiendo todo su bien? Por tanto, si fueran privadas de todo bien, ya no serían en absoluto. Luego mientras son, son buenas; luego todo lo que es, es bueno. Así pues, aquel mal cuyo origen yo buscaba no es sustancia alguna; porque si fuera sustancia, sería buena. Pues o bien sería una sustancia incorruptible, y por tanto un gran bien, o una sustancia corruptible, la cual, si no fuera buena, no podría corromperse. Vi, pues, y se me hizo manifiesto, que tú hiciste buenas todas las cosas, y que no hay en absoluto sustancia alguna que tú no hayas hecho; y porque no hiciste iguales todas las cosas, por eso todas ellas son; porque cada una es buena, y todas juntas muy buenas, porque nuestro Dios hizo todas las cosas buenas en gran manera.

Capítulo XIII

Y para ti no hay absolutamente nada malo; y no solo para ti, sino tampoco para tu creación en su conjunto, porque no hay nada fuera de ella que pueda irrumpir y corromper el orden que le has impuesto. Pero en sus partes algunas cosas, por no armonizar con otras, se tienen por malas; y sin embargo esas mismas cosas armonizan con otras, y son buenas, y en sí mismas son buenas. Y todas estas cosas que no armonizan entre sí armonizan, no obstante, con la parte inferior que llamamos tierra, la cual tiene su propio cielo nuboso y ventoso que armoniza con ella. Lejos de mí, pues, decir: «Estas cosas no deberían existir»; porque aunque no viera más que estas, desearía ciertamente otras mejores, pero aun por estas solas debería alabarte; porque que tú eres digno de alabanza lo muestran desde la tierra los dragones y todos los abismos, el fuego, el granizo, la nieve, el hielo y el viento de tempestad, que ejecutan tu palabra; los montes y todos los collados, los árboles de fruto y todos los cedros; las bestias y todo animal, los reptiles y las aves; los reyes de la tierra y todos los pueblos, los príncipes y todos los jueces de la tierra; los mancebos y las doncellas, los viejos y los niños alaben tu nombre. Y cuando también desde los cielos te alaban, cuando te alaban a ti, Dios nuestro, en las alturas todos tus ángeles, todos tus ejércitos, el sol y la luna, todas las estrellas y la luz, los cielos de los cielos y las aguas que están sobre los cielos alaban tu nombre, ya no deseaba cosas mejores, porque las abarcaba todas con el pensamiento; y con juicio más sano comprendía que las cosas superiores son mejores que estas inferiores, pero que todas juntas son mejores que las superiores solas.

Capítulo XIV

No hay sanidad en aquellos a quienes desagrada algo de tu creación, como no la había en mí cuando me desagradaban muchas cosas que tú has hecho. Y como mi alma no se atrevía a que le desagradara mi Dios, no quería tener por tuyo lo que le desagradaba. De ahí había ido a parar a la opinión de las dos sustancias, y no hallaba reposo, sino que hablaba vanamente. Y volviendo de allí, se había fabricado un dios extendido por los espacios infinitos de todo lugar, y pensó que eras tú, y lo colocó en su corazón, y se había convertido de nuevo en templo de su propio ídolo, abominable para ti. Pero después que, sin saberlo yo, aliviaste mi cabeza y cerraste mis ojos para que no viesen la vanidad, dejé de ser un poco lo que era, y se adormeció mi locura; y desperté en ti, y te vi infinito, pero de otro modo; y esta visión no procedía de la carne.

Capítulo XV

Y volví la vista a las demás cosas, y vi que te deben su ser a ti, y que todas están contenidas en ti, pero de otro modo: no como en un espacio, sino porque tú lo sostienes todo en tu mano con tu verdad; y todas las cosas son verdaderas en cuanto son, ni hay falsedad alguna sino cuando se piensa que es lo que no es. Y vi que todas las cosas armonizan no solo con sus lugares, sino también con sus tiempos. Y que tú, el único eterno, no comenzaste a obrar después de innumerables espacios de tiempo transcurridos; porque todos los espacios de tiempo, tanto los que han pasado como los que pasarán, ni se van ni vienen sino por ti, que obras y permaneces.

Capítulo XVI

Y comprendí, y no me pareció extraño, que el pan que es agradable al paladar sano es repugnante al enfermo, y que a los ojos enfermos les es odiosa la luz que a los sanos deleita. También tu justicia desagrada a los malvados; cuánto más la víbora y los reptiles, que tú creaste buenos, acomodados a las partes inferiores de tu creación, a las cuales se acomodan también los mismos malvados, y tanto más cuanto más desemejantes son a ti; pero se acomodan a las criaturas superiores en la medida en que se vuelven más semejantes a ti. Y busqué qué era la iniquidad, y hallé que no es sustancia alguna, sino la perversión de la voluntad, desviada de ti, oh Dios, la suma sustancia, hacia estas cosas inferiores, arrojando sus entrañas e hinchándose por fuera.

Capítulo XVII

Y me admiraba de que ya te amaba a ti, y no a un fantasma en lugar de ti. Y sin embargo no me detenía en gozar de mi Dios, sino que era arrebatado hacia ti por tu hermosura, y pronto apartado de ti por mi propio peso, cayendo con dolor en estas cosas inferiores. Este peso era la costumbre carnal. Pero quedaba conmigo el recuerdo de ti; y no dudaba en modo alguno de que existía Aquel a quien debía adherirme, sino de que yo aún no era capaz de adherirme a ti; porque el cuerpo que se corrompe apesga el alma, y la morada terrena oprime la mente que piensa muchas cosas. Y estaba certísimo de que tus cosas invisibles se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas, aun tu eterna potencia y divinidad. Porque examinando de dónde procedía que yo admirase la hermosura de los cuerpos celestes o terrestres, y qué me ayudaba a juzgar rectamente de las cosas mudables y a sentenciar: «Esto debe ser así, esto no»; examinando, digo, de dónde procedía que así juzgara, puesto que así juzgaba, había hallado la inmutable y verdadera eternidad de la verdad por encima de mi mente mudable. Y así, por grados, pasé de los cuerpos al alma, que siente por medio de los sentidos del cuerpo; y de allí a su facultad interior, a la cual los sentidos corporales anuncian las cosas exteriores, y hasta donde alcanzan las facultades de las bestias; y de allí, a su vez, a la facultad racional, a la cual se remite para ser juzgado lo que se recibe de los sentidos del cuerpo. La cual, hallándose también ella mudable en mí, se elevó hasta su propia inteligencia, y apartó mi pensamiento de la fuerza de la costumbre, sustrayéndose a aquellas turbas de fantasmas contradictorios, para hallar cuál era aquella luz que la rociaba cuando, sin duda alguna, clamaba «que lo inmutable había de preferirse a lo mudable»; de donde conoció también aquello mismo inmutable, pues si de algún modo no lo hubiera conocido, de ningún modo lo habría antepuesto con certeza a lo mudable. Y así, en el relámpago de una mirada temblorosa, llegó a AQUELLO QUE ES. Y entonces vi tus cosas invisibles, entendidas por medio de las cosas que son hechas. Pero no pude fijar en ellas la mirada; y rechazada mi flaqueza, fui devuelto a mis costumbres habituales, no llevando conmigo sino un recuerdo amoroso y el anhelo de aquello cuyo aroma, por así decirlo, había percibido, pero que aún no podía comer.

Capítulo XVIII

Buscaba yo entonces un camino para adquirir la fuerza suficiente para gozarte, y no lo hallaba, hasta que me abracé a aquel Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, que está sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos, que me llamaba y me decía: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, y que mezcló con nuestra carne aquel alimento que yo era incapaz de recibir. Porque el Verbo fue hecho carne, para que tu Sabiduría, por la cual creaste todas las cosas, se hiciera leche para nuestra infancia. Pues yo no me asía a mi Señor Jesucristo, humillado yo al Humilde, ni sabía aún adónde había de conducirnos su flaqueza. Porque tu Verbo, la Verdad eterna, muy por encima de las partes más altas de tu creación, eleva hasta sí a los que se le someten; pero en este mundo inferior se edificó con nuestro barro una humilde morada, para abatir por ella, apartándolos de sí mismos, a los que habían de ser sometidos, y atraerlos a sí; curando su hinchazón y fomentando su amor, a fin de que no siguieran adelante confiados en sí mismos, sino que consintieran más bien en hacerse débiles, viendo ante sus pies a la Divinidad hecha débil por haber tomado nuestras túnicas de pieles; y para que, cansados, se arrojaran sobre ella, y ella, al levantarse, los levantara consigo.

Capítulo XIX

Pero yo pensaba de otro modo: concebía a mi Señor Cristo solamente como a un hombre de sabiduría eminente, al que nadie podía igualarse; sobre todo porque, nacido maravillosamente de una virgen, parecía haber alcanzado, en conformidad con ello y por el cuidado divino hacia nosotros, aquella gran eminencia de autoridad, para darnos ejemplo de despreciar las cosas temporales a fin de obtener la inmortalidad. Pero qué misterio encerraban aquellas palabras: «El Verbo fue hecho carne», ni siquiera podía imaginarlo. Solo había aprendido, por lo que de él nos ha sido transmitido por escrito, que comió y bebió, durmió, anduvo, se regocijó en espíritu, se entristeció, conversó; que la carne no se unió a tu Verbo por sí sola, sino junto con un alma y una mente humanas. Esto lo sabe todo el que conoce la inmutabilidad de tu Verbo, que yo ya conocía en cuanto me era posible, y de la cual no dudaba en absoluto. Porque mover ora los miembros del cuerpo por la voluntad, ora no; ser movido ora por algún afecto, ora no; pronunciar ora sabias sentencias por medio de signos humanos, ora guardar silencio, son cosas propias de un alma y de una mente sujetas a mudanza. Y si estas cosas se hubieran escrito falsamente de él, todo lo demás correría también el riesgo de ser tachado de falso, y no quedaría en aquellos libros ninguna fe salvadora para el género humano. Y puesto que fueron escritas con verdad, yo reconocía en Cristo a un hombre completo; no solo el cuerpo de un hombre, ni, con el cuerpo, un alma sensitiva sin la racional, sino un verdadero hombre; al cual, no solo por ser una forma de la Verdad, sino por cierta gran excelencia de la naturaleza humana y una participación más perfecta de la sabiduría, juzgaba yo digno de ser preferido a los demás. Alipio, en cambio, imaginaba que los católicos creían a Dios revestido de carne de tal modo que, fuera de Dios y de la carne, no había en Cristo alma alguna, y no pensaba que se le atribuyera una mente humana. Y como estaba bien persuadido de que las acciones que de él se refieren solo podían ser realizadas por una criatura dotada de vida y de razón, avanzaba con más lentitud hacia la fe cristiana. Pero, al comprender después que aquel era el error de los herejes apolinaristas, se alegró en la fe católica y se conformó a ella. Yo, en cambio, lo confieso, aprendí algo más tarde cómo, en aquella palabra: El Verbo fue hecho carne, la verdad católica se distingue de la falsedad de Fotino. Porque el rechazo de los herejes hace resaltar con mayor claridad lo que sostiene tu Iglesia y lo que es la sana doctrina. Pues preciso es que haya también herejías, para que los que son probados se manifiesten entre los débiles.

Capítulo XX

Pero entonces, después de leer aquellos libros de los platónicos, y aleccionado por ellos a buscar la verdad incorpórea, vi tus cosas invisibles, entendidas por las cosas que son hechas; y aunque rechazado hacia atrás, percibí qué era aquello que las tinieblas de mi alma me impedían contemplar, y quedé cierto de «que tú eras, y eras infinito, y sin embargo no difundido por el espacio, finito ni infinito; y que verdaderamente eres tú, el que eres siempre el mismo, sin variar en parte alguna ni por movimiento alguno; y que todas las demás cosas proceden de ti, por esta sola razón firmísima: que son». De estas cosas estaba cierto, pero demasiado inseguro para gozarte. Parloteaba como muy entendido; pero, si no hubiera buscado tu camino en Cristo, nuestro Salvador, no habría resultado perito, sino que habría perecido. Porque ya había empezado a querer parecer sabio, lleno de mi propio castigo, y sin embargo no lloraba, antes bien me engreía, hinchado por la ciencia. Porque ¿dónde estaba aquella caridad que edifica sobre el fundamento de la humildad, que es Cristo Jesús? ¿O cuándo me la habrían enseñado aquellos libros? Creo que por eso quisiste que diera con ellos antes de estudiar tus Escrituras, para que quedara grabado en mi memoria cómo me habían afectado; y para que después, cuando mi ánimo se hubiera amansado con tus libros y mis heridas hubieran sido tocadas por tus dedos sanadores, supiera discernir y distinguir entre la presunción y la confesión; entre los que veían adónde había que ir, pero no veían el camino, y el camino que conduce no solo a contemplar, sino a habitar la patria bienaventurada. Porque si primero me hubiera formado en tus Santas Escrituras, y tú te me hubieras hecho dulce en su trato familiar, y después hubiera dado con aquellos otros volúmenes, quizá me habrían apartado del sólido fundamento de la piedad; o bien, si hubiera perseverado en aquella disposición saludable que de allí había bebido, habría podido pensar que también se alcanzaba con el solo estudio de aquellos libros.

Capítulo XXI

Me apoderé, pues, con suma avidez de los venerables escritos de tu Espíritu, y sobre todo del apóstol Pablo. Y se desvanecieron aquellas dificultades por las que en otro tiempo me había parecido que se contradecía a sí mismo, y que el texto de su discurso no concordaba con los testimonios de la Ley y los Profetas. Y se me mostró uno y el mismo el rostro de aquella palabra pura, y aprendí a alegrarme con temblor. Así comencé; y cuanto de verdadero había leído en aquellos otros libros, lo hallé aquí en medio de la alabanza de tu gracia; para que el que ve no se gloríe como si no hubiera recibido, no solo lo que ve, sino también el ver mismo (pues ¿qué tiene que no haya recibido?); y para que no solo sea exhortado a contemplarte a ti, que eres siempre el mismo, sino también sanado para poseerte; y para que el que no puede ver de lejos ande, sin embargo, por el camino por el cual llegue, y te vea, y te posea. Porque, aunque el hombre se deleite en la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará con aquella otra ley en sus miembros, que se rebela contra la ley de su espíritu y lo lleva cautivo a la ley del pecado que está en sus miembros? Porque justo eres tú, oh Señor, pero nosotros hemos pecado, hemos hecho iniquidad, hemos obrado impíamente, y tu mano se ha agravado sobre nosotros, y con justicia hemos sido entregados a aquel antiguo pecador, el rey de la muerte; porque persuadió a nuestra voluntad a hacerse semejante a la suya, por la cual no permaneció en tu verdad. ¿Qué hará el hombre miserable? ¿Quién lo librará del cuerpo de esta muerte, sino solo tu gracia, por Jesucristo Señor nuestro, a quien engendraste coeterno contigo y formaste en el principio de tus caminos, en quien el príncipe de este mundo no halló nada digno de muerte, y sin embargo le dio muerte; y fue borrada la cédula que nos era contraria? Esto no lo contienen aquellos escritos. Aquellas páginas no presentan el semblante de esta piedad, las lágrimas de la confesión, tu sacrificio, el espíritu atribulado, el corazón contrito y humillado, la salvación del pueblo, la Ciudad Esposa, la prenda del Espíritu Santo, el Cáliz de nuestra redención. Nadie canta allí: ¿No estará sujeta mi alma a Dios? Pues de él viene mi salud. Porque él es mi Dios y mi salud, mi amparo; no resbalaré más. Nadie oye allí al que llama: Venid a mí todos los que estáis trabajados. Desdeñan aprender de él, porque es manso y humilde de corazón; pues escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Porque una cosa es ver desde la cumbre agreste de un monte la patria de la paz y no hallar camino hacia ella, y empeñarse en vano por parajes intransitables, entre asaltos y emboscadas de fugitivos y desertores, bajo su capitán, el león y el dragón; y otra mantenerse en el camino que conduce allá, guardado por la hueste del Caudillo celestial, donde no saquean los que desertaron del ejército celestial, porque lo evitan como un verdadero tormento. Estas cosas se me entrañaban de modo maravilloso cuando leía al más pequeño de tus apóstoles, y había meditado tus obras, y me estremecía en gran manera.

Capítulo 7 completado

Libro VII

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