Respuestas a la oración
Apéndice B

Capítulo 4 · 7 min de lectura · 9 min de escucha

Apéndice B

LA LECTURA CUIDADOSA Y CONSECUTIVA DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS

Sobre este tema, el señor Müller dice: «Caí en la trampa en que caen tantos creyentes jóvenes: leer libros religiosos con preferencia a las Escrituras. Ya no podía leer novelas francesas y alemanas, como lo había hecho antes, para alimentar mi mente carnal; pero aun así no puse en lugar de aquellos libros el mejor de todos los libros. Leía folletos, revistas misioneras, sermones y biografías de personas piadosas. Este último tipo de libros me resultó más provechoso que los demás, y si hubieran estado bien escogidos, o si yo no hubiera leído demasiado de tales escritos, o si alguno de ellos hubiera tendido especialmente a hacerme amar las Escrituras, podrían haberme hecho mucho bien. —Nunca, en ningún momento de mi vida, había tenido la costumbre de leer las Sagradas Escrituras. Antes de cumplir quince años, leía de vez en cuando un poco de ellas en la escuela; después, el precioso libro de Dios quedó enteramente a un lado, de modo que nunca leí ni un solo capítulo de él, hasta donde recuerdo, hasta que agradó a Dios comenzar una obra de gracia en mi corazón. Ahora bien, el razonamiento conforme a las Escrituras habría sido este: Dios mismo se ha dignado hacerse autor, y yo ignoro ese precioso libro que su Espíritu Santo ha hecho escribir por medio de sus siervos, y que contiene lo que yo debo saber, cuyo conocimiento me llevará a la verdadera felicidad; por lo tanto, debo leer una y otra vez este preciosísimo libro, este libro de los libros, con todo empeño, con mucha oración y con mucha meditación; y en esta práctica debo perseverar todos los días de mi vida. Porque me daba cuenta, aunque lo leía poco, de que apenas sabía nada de él. Pero en lugar de obrar así, y de que mi ignorancia de la palabra de Dios me llevara a estudiarla más, la dificultad que tenía para entenderla y el poco gozo que hallaba en ella me hicieron descuidar su lectura (pues la lectura abundante y acompañada de oración de la Palabra no solo da más conocimiento, sino que aumenta el deleite que hallamos al leerla); y así, como muchos creyentes, en la práctica preferí, durante los primeros cuatro años de mi vida divina, las obras de hombres no inspirados a los oráculos del Dios vivo. La consecuencia fue que seguí siendo un niño, tanto en conocimiento como en gracia. En conocimiento, digo; porque todo conocimiento verdadero debe obtenerse, por el Espíritu, de la Palabra. Y como descuidé la Palabra, durante casi cuatro años fui tan ignorante que ni siquiera conocía con claridad los puntos fundamentales de nuestra santa fe. Y esta falta de conocimiento me impidió, de la manera más triste, andar con firmeza en los caminos de Dios. Porque es la verdad la que nos hace libres (Juan 8:31, 32), librándonos de la esclavitud de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida. La Palabra lo prueba. La experiencia de los santos lo prueba; y también mi propia experiencia lo prueba de manera rotunda. Porque cuando agradó al Señor, en agosto de 1829, llevarme de veras a las Escrituras, mi vida y mi andar llegaron a ser muy distintos. Y aunque aun desde entonces me he quedado muy por debajo de lo que podría y debería ser, por la gracia de Dios he podido vivir mucho más cerca de él que antes.

«Si algún creyente que lea esto prefiere en la práctica otros libros a las Sagradas Escrituras, y disfruta mucho más de los escritos de los hombres que de la palabra de Dios, que mi pérdida le sirva de advertencia. Consideraré que este libro ha sido el medio de hacer mucho bien si al Señor le place, por medio de él, llevar a algunos de los suyos a no descuidar más las Sagradas Escrituras, sino a darles la preferencia que hasta ahora han concedido a los escritos de los hombres. Mi aversión a aumentar el número de libros habría bastado para disuadirme de escribir estas páginas, si no hubiera estado convencido de que este es el único modo en que los hermanos en general pueden sacar provecho de mis equivocaciones y errores, y si no me hubiera movido la esperanza de que, en respuesta a mis oraciones, la lectura de mi experiencia sea el medio de llevarlos a valorar más las Escrituras y a hacer de ellas la regla de todas sus acciones. * * *

«Si alguien me preguntara cómo puede leer las Escrituras con el mayor provecho, le aconsejaría lo siguiente:

«I. —Ante todo, debe procurar tener bien asentado en su mente que solo Dios, por su Espíritu, puede enseñarle, y que, por lo tanto, puesto que Dios quiere ser buscado para conceder sus bendiciones, le conviene pedir la bendición de Dios antes de leer y también mientras lee.

«II. —Debe tener asentado en su mente, además, que aunque el Espíritu Santo es el maestro mejor y suficiente, este maestro no siempre enseña inmediatamente cuando lo deseamos, y que, por lo tanto, quizá tengamos que suplicarle una y otra vez la explicación de ciertos pasajes; pero que sin duda nos enseñará al fin, si de veras buscamos la luz con oración, con paciencia y con la mira puesta en la gloria de Dios.

«III. —Es de inmensa importancia, para entender la palabra de Dios, leerla en orden, de modo que leamos cada día una porción del Antiguo y una porción del Nuevo Testamento, continuando donde lo dejamos la vez anterior. Esto es importante: 1, porque arroja luz sobre el contexto; y un método distinto, según el cual uno escoge habitualmente capítulos determinados, hará del todo imposible llegar a entender gran parte de las Escrituras. 2, Mientras estamos en el cuerpo, necesitamos variedad aun en las cosas espirituales; y esa variedad el Señor la ha provisto con bondad en la gran diversidad que se halla en su palabra. 3, Contribuye a la gloria de Dios; porque omitir algunos capítulos aquí y allá equivale en la práctica a decir que ciertas porciones son mejores que otras, o que hay ciertas partes de la verdad revelada que son inútiles o innecesarias. 4, Puede guardarnos, con la bendición de Dios, de opiniones erróneas, pues al leer así las Escrituras con regularidad de principio a fin somos llevados a ver el sentido del conjunto, y también se nos guarda de dar demasiado peso a ciertas ideas favoritas. 5, Las Escrituras contienen toda la voluntad revelada de Dios, y por lo tanto debemos procurar leer de tiempo en tiempo toda esa voluntad revelada. Me temo que hay en nuestros días muchos creyentes que no han leído ni una sola vez las Escrituras completas; y, sin embargo, en pocos meses, leyendo solo unos cuantos capítulos cada día, podrían lograrlo.

«IV. —También es de la mayor importancia meditar en lo que leemos, de modo que quizá una pequeña porción de lo que hemos leído, o, si tenemos tiempo, todo ello, sea objeto de meditación en el curso del día. O bien puede considerarse cada día una pequeña porción de un libro, de una epístola o de un evangelio que recorremos con regularidad para meditar, sin dejarse, no obstante, esclavizar por este plan.

«He hallado que los comentarios eruditos llenan la cabeza de muchas nociones, y a menudo también de la verdad de Dios; pero cuando enseña el Espíritu, por medio de la oración y la meditación, es el corazón el que es tocado. La primera clase de conocimiento por lo general envanece, y a menudo se abandona cuando otro comentario da una opinión distinta, y muchas veces también resulta no servir para nada cuando hay que llevarlo a la práctica. La segunda clase de conocimiento por lo general humilla, da gozo, nos acerca más a Dios y no se deja desmontar fácilmente con razonamientos; y, por haberse obtenido de Dios y haber entrado así en el corazón, haciéndose nuestro, también suele ponerse por obra».


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