Capítulo 3 · 1 h 19 min de lectura · 1 h 42 min de escucha
Preciosas respuestas a la oración
De maneras notables ayudó Dios al señor Müller, como lo muestran los «Relatos»:—
EL PRIMER FRUTO DEL ARTISTA.
«30 de abril [1859].—Recibí la siguiente carta desde un lugar bastante lejano: “Mi querido hermano en Cristo: Soy el esposo de la señora ——, que por este correo le envía la pieza de dos soberanos. ¿Qué mejor destino podemos dar a esta reliquia de un afectuoso recuerdo que depositarla en el banco de Cristo, que siempre paga el mejor interés y nunca falla?—Ahora, mi excelente consejero espiritual, no puedo expresarle el inmenso gozo que siento al contarle lo que sigue. Soy artista, un artista pobre, pintor de paisajes. Hace unas dos semanas envié un cuadro a Bristol para una exposición, justo cuando terminaba su libro, que nos habían prestado. Con toda humildad y fervor rogué a Dios que me concediera, mediante la venta de mi cuadro de Bristol, el bendito privilegio de enviarle la mitad de lo obtenido. El precio del cuadro es de £20. Ahora, fíjese bien. En cuanto se abre la exposición, Dios, en su misericordia, atento a mi oración, me envía un comprador. Ya había expuesto antes en Bristol, pero nunca había vendido un cuadro. ¡Oh, mi querido amigo, el corazón me salta de gozo! Nunca había estado tan cerca de Dios. Por su medio he podido acercarme más a Dios, con más fervor, más fe, más santos deseos.—Este es el primer fruto con que Dios me ha bendecido por todo el trabajo de mi último año. ¡Qué bendición que me haya llegado así!—¡Oh, con qué gozo leí su libro!—El cuadro del que hablo se exhibe ahora en la academia de artes de Clifton, con el número —— del catálogo, y su título es ——. No podré pagarle hasta el cierre de la exposición, pues a mí no me pagarán hasta entonces, etc.” De cartas como esta he recibido miles durante los últimos 40 años.»
EL VIENTO DEL NORTE CAMBIADO EN VIENTO DEL SUR.
«Hacia fines de noviembre de 1857 se me informó, del modo más inesperado, que la caldera de nuestro sistema de calefacción del n.º 1 tenía una fuga muy considerable, de modo que era imposible pasar el invierno con semejante fuga.—Nuestro sistema de calefacción consiste en una gran caldera cilíndrica, dentro de la cual se mantiene el fuego, y a esta caldera están conectadas las tuberías de agua que calientan las habitaciones. También va unido a este aparato un sistema de aire caliente. Se había considerado que la caldera estaba en condiciones para el trabajo del invierno. Sospechar que estaba gastada y no hacer nada para reemplazarla por una nueva, y decir: confiaré en Dios en cuanto a esto, habría sido una presunción descuidada, pero no fe en Dios. Habría sido una falsificación de la fe.
«La caldera está enteramente rodeada de ladrillo; por tanto, su estado no podía conocerse sin derribar la obra de ladrillo, y esto, si era innecesario, más bien perjudicaría a la caldera; y como durante ocho inviernos no habíamos tenido ninguna dificultad de esta clase, no la habíamos previsto ahora. Pero de repente, y del modo más inesperado, al comienzo del invierno, surgió esta dificultad. ¿Qué había que hacer, pues? Me sentía profundamente preocupado por los niños, especialmente por los más pequeños, para que no sufrieran por falta de calor. Pero ¿cómo íbamos a conseguir calor? Instalar una caldera nueva llevaría, con toda probabilidad, muchas semanas. Reparar la caldera era algo dudoso, por la magnitud de la fuga; y aun si no lo fuera, nada podía decirse de ello hasta quitar, al menos en parte, la cámara de ladrillo en que está encerrada; pero eso, por lo que podíamos juzgar, llevaría por lo menos varios días; ¿y qué había que hacer entretanto para tener habitaciones calientes para 300 niños? Naturalmente se me ocurrió instalar estufas de gas provisionales; pero al sopesar mejor el asunto, vimos que no podríamos calentar con gas nuestras salas, que son muy grandes, a menos que tuviéramos muchas estufas, y no podíamos instalarlas porque no disponíamos de suficiente gas que restar a nuestro alumbrado. Además, cada una de esas estufas necesitaba una pequeña chimenea para sacar el aire viciado. Por lo tanto, este modo de calefacción, aunque sirviera para un vestíbulo, una escalera o una tienda, no convenía a nuestro propósito. Pensé también en instalar provisionalmente estufas de Arnott; pero no habrían sido adecuadas, pues requerían largos tubos de chimenea (al ser algo provisional) que salieran por las ventanas. Por esta razón, la incertidumbre de que sirvieran en nuestro caso y el afeamiento de las salas me llevaron a abandonar también este plan. Pero ¿qué había que hacer? Con gusto habría pagado £100 si con ello hubiera podido vencerse la dificultad y los niños no hubieran quedado expuestos a sufrir durante muchos días por estar en habitaciones frías. Por fin resolví ponerme por completo en las manos de Dios, que es muy misericordioso y piadoso, y decidí abrir la cámara de ladrillo para ver el alcance del daño y si la caldera podía repararse de modo que nos durara todo el invierno.
«Se fijó el día en que vendrían los obreros y se hicieron todos los preparativos necesarios. Por supuesto, había que dejar apagar el fuego mientras duraran las reparaciones. Pero mira ahora. Después de fijado el día de las reparaciones, se levantó un helado viento del norte. Empezó a soplar el jueves o el viernes anterior al miércoles por la tarde en que había que apagar el fuego. Llegó entonces el primer frío de verdad que tuvimos al comienzo de aquel invierno, en los primeros días de diciembre. ¿Qué había que hacer? Las reparaciones no podían aplazarse. Pedí entonces al Señor dos cosas, a saber: que tuviera a bien cambiar el viento del norte en viento del sur, y que diera a los obreros “ánimo para obrar”; porque recordaba cuánto logró Nehemías en 52 días, al edificar los muros de Jerusalén, porque “el pueblo tuvo ánimo para obrar”. Pues bien, llegó el día memorable. La tarde anterior aún soplaba el helado viento del norte; pero el miércoles sopló el viento del sur, exactamente como yo había pedido. El tiempo era tan templado que no hacía falta fuego. Se quita la obra de ladrillo, muy pronto se descubre la fuga, los caldereros se ponen a reparar con todo empeño. Hacia las ocho y media de la noche, cuando me iba a casa, me informaron en la portería de que el principal encargado de la empresa de donde venían los caldereros había llegado para ver cómo iba el trabajo y si podía de algún modo acelerarlo. Fui enseguida, por tanto, al sótano para verlo con los hombres y procurar que el asunto avanzara. Al hablarle de ello al encargado, dijo él en presencia de los hombres: “Los hombres trabajarán hasta tarde esta noche y volverán muy temprano mañana”.
«“Preferiríamos, señor”, dijo el capataz, “trabajar toda la noche”. Recordé entonces la segunda parte de mi oración: que Dios diera a los hombres “ánimo para obrar”. Así fue: por la mañana la reparación estaba hecha, la fuga se había tapado, aunque con gran dificultad, y en unas 30 horas la obra de ladrillo estaba otra vez levantada y el fuego encendido en la caldera; y durante todo ese tiempo el viento del sur sopló tan suavemente que no hubo la menor necesidad de fuego.
«Esta es, pues, una de nuestras dificultades que fue vencida por la oración y la fe.»
CONVERSIÓN DE LOS HUÉRFANOS.
«26 de mayo de 1860.—Día tras día y año tras año, con la ayuda de Dios, trabajamos en oración por el bien espiritual de los huérfanos que están a nuestro cargo. Estas súplicas nuestras, presentadas ante el Señor por ellos durante 24 años, han sido abundantemente contestadas en años anteriores con la conversión de centenares de ellos. También hemos tenido repetidas temporadas en que, en poco tiempo, o incluso de una vez, muchos de los huérfanos se convirtieron. Una temporada así tuvimos hace unos tres años, cuando, en pocos días, unos 60 fueron llevados a creer en el Señor Jesús; y temporadas así hemos tenido de nuevo dos veces durante el primer año. La primera fue en julio de 1859, cuando el Espíritu de Dios obró tan poderosamente en una escuela de 120 niñas que muchísimas, sí, más de la mitad, llegaron a sentir una honda preocupación por la salvación de su alma. Además, esta obra no fue una mera excitación pasajera; pues, transcurridos más de once meses, hay 31 de cuya conversión existe plena confianza, y 32 respecto de las cuales hay igualmente una buena medida de confianza, aunque no en el mismo grado que respecto de las 31. Hay, por tanto, 63 de las 120 huérfanas de esa sola escuela que se considera que se convirtieron en julio de 1859. Esta bendita y poderosa obra del Espíritu Santo no puede atribuirse a ninguna causa particular. Fue, sin embargo, una preciosísima respuesta a la oración. Así la consideramos, y nos anima a seguir esperando en Dios. La segunda temporada de la poderosa acción del Espíritu Santo entre los huérfanos, durante el último año, fue a fines de enero y comienzos de febrero de 1860. Sus detalles son del más profundo interés; pero debo limitarme a decir que esta gran obra del Espíritu de Dios en enero y febrero de 1860 comenzó entre los más pequeños de los niños a nuestro cargo, niñas de unos 6, 7, 8 y 9 años; se extendió luego a las niñas mayores, y después a los niños, de modo que en unos 10 días más de 200 de los huérfanos fueron movidos a inquietarse por su alma, y en muchos casos hallaron la paz inmediatamente, por la fe en nuestro Señor Jesús. Enseguida pidieron permiso para tener reuniones de oración entre ellos, y las han tenido desde entonces. Muchos de ellos manifestaron también interés por la salvación de sus compañeros y parientes, y les hablaron o escribieron acerca del camino de salvación.»
LA COLOCACIÓN DE LOS HUÉRFANOS COMO APRENDICES.
«A comienzos del verano de 1862 nos encontramos con que teníamos varios muchachos listos para entrar de aprendices; pero ningún maestro de oficio había solicitado aprendices. Como todos nuestros muchachos salen invariablemente como aprendices internos, esta no era una dificultad pequeña; porque no solo buscamos maestros cristianos, sino que consideramos su oficio y examinamos su situación para ver si son adecuados; y el maestro debe estar dispuesto, además, a recibir al aprendiz en su propia familia. En estas circunstancias, nos dimos de nuevo a la oración sobre este asunto, como lo habíamos hecho durante más de veinte años, en lugar de poner anuncios, que con toda probabilidad solo nos traerían maestros que desean aprendices por la prima que reciben. Recordamos cuán bueno había sido el Señor con nosotros, al ayudarnos centenares de veces antes en este mismo asunto. Pasaron algunas semanas, pero la dificultad continuaba. Sin embargo, perseveramos en oración, y entonces llegó una solicitud, y luego otra; y desde que empezamos a orar por este asunto, el verano pasado, hemos podido colocar en total a 18 muchachos hasta el 26 de mayo de 1863; así la dificultad fue de nuevo vencida por completo mediante la oración, pues todos los muchachos a quienes convenía colocar han sido colocados.»
ENFERMEDAD EN EL ORFANATO.
A veces la enfermedad visitaba las casas.
«Durante el verano y el otoño de 1866 tuvimos además el sarampión en las tres Casas de Huérfanos. Una vez que apareció, nuestra oración especial fue: 1. Que no hubiera demasiados niños enfermos de este mal al mismo tiempo, de modo que nuestro espacio en las salas de la enfermería, o en otros lugares, fuera suficiente. Esta oración fue contestada plenamente; porque, aunque tuvimos en la Nueva Casa de Huérfanos n.º 1 no menos de 83 casos, en la n.º 2 un total de 111 y en la n.º 3 un total de 68, Dios tuvo a bien escuchar con tanta bondad nuestras súplicas que, cuando nuestras habitaciones disponibles se llenaban de enfermos, detenía la propagación del sarampión hasta que se recuperaba un número suficiente para hacer lugar a otros que caían enfermos. 2. Oramos además para que los niños que enfermaban de sarampión salieran adelante sin peligro y no murieran. Así fue. Tuvimos la plena respuesta a nuestras oraciones; porque, aunque en total 262 niños tuvieron el sarampión, ninguno murió. 3. Por último, oramos para que no siguieran a esta enfermedad malas consecuencias físicas, como tan a menudo sucede; también esto se nos concedió. Los 262 niños no solo se recuperaron, sino que después estuvieron bien. Dejo constancia con gratitud de esta señalada misericordia y bendición de Dios, y de esta plena y preciosa respuesta a la oración, para honra de su nombre.»
AYUDA PARA HERMANOS NECESITADOS.
1863.—«Se acercaba el fin del año y, al cerrar las cuentas, era mi ferviente deseo hacer una vez más todo lo que pudiera para enviar ayuda a obreros del evangelio necesitados. Repasé, pues, la lista, anotando junto a los nombres de aquellos a quienes no había enviado nada recientemente la cantidad que parecía conveniente enviar; y al sumar estas cantidades hallé que el total era de £476, pero solo tenía en caja £280. Extendí, pues, un cheque por £280; aunque con gusto habría enviado £476, me sentía al mismo tiempo agradecido de tener esta cantidad disponible para estos hermanos. Escrito el cheque, como última ocupación del día, llegó mi acostumbrado tiempo de oración por las muchas cosas que cada día, con la ayuda de Dios, presento ante él; y entonces presenté también ante el Señor el caso de estos predicadores del evangelio, y le rogué que aun ahora tuviera a bien darme una buena suma para ellos, aunque solo faltaban tres días para el cierre de nuestro año. Hecho esto, me fui a casa hacia las nueve de la noche, y encontré que habían llegado desde muy lejos £100 para las misiones, junto con £100 dejadas a mi disposición y £5 para mí. Tomé, pues, las £200 completas para las misiones, y así tuve £480 en caja para cubrir las £476 que deseaba para este fin. Quienes conocen la dicha de confiar de veras en Dios y recibir ayuda de él, como en este caso, en respuesta a la oración, podrán comprender el gozo espiritual que tuve al recibir aquel donativo, en el que se me concedió la respuesta a la oración y, con ella, el gran gozo de alegrar el corazón de muchos siervos consagrados de Cristo.»
EL DESEO DEL CORAZÓN CONCEDIDO PARA AYUDAR A LA OBRA MISIONERA EN CHINA.
«30 de sept. [1869].—De Yorkshire, £50.—Recibí también hoy Mil Libras para la obra del Señor en China. Respecto de este donativo, conviene notar especialmente que durante meses había sido mi ferviente deseo hacer más que nunca por la obra misionera en China, y ya había dado pasos para llevar a cabo este deseo cuando llegó a mis manos este donativo de Mil Libras. Esta preciosa respuesta a la oración pidiendo medios debería ser un estímulo particular para todos los que están ocupados en la obra del Señor y que necesiten medios para ella. Demuestra una vez más que, si nuestra obra es obra suya y lo honramos esperando en él y acudiendo a él por los medios, ciertamente él los suplirá, a su tiempo y a su manera.»
EL GOZO DE LAS RESPUESTAS A LA ORACIÓN.
«El gozo que dan las respuestas a la oración no puede describirse, y el impulso que dan a la vida espiritual es grandísimo. Deseo esta dicha para todos mis lectores cristianos. Si de veras crees en el Señor Jesús para la salvación de tu alma, si andas en integridad y no miras a la iniquidad en tu corazón, si sigues esperando en Dios con paciencia y con fe, entonces ciertamente tus oraciones recibirán respuesta. Quizá no seas llamado a servir al Señor del modo en que lo hace quien esto escribe, y por eso tal vez nunca tengas respuestas a la oración acerca de cosas como las que aquí se relatan; pero en tus diversas circunstancias, en tu familia, tu negocio, tu profesión, tu lugar en la iglesia, tu trabajo para el Señor, etc., puedes tener respuestas tan claras como cualquiera de las aquí relatadas.»
LA GRAN NECESIDAD DE SER SALVO POR LA FE EN CRISTO JESÚS.
«Pero si esto lo leyeran algunos que no creen en el Señor Jesús, sino que siguen adelante en la indiferencia o la justicia propia de su corazón no renovado, quisiera rogarles con afecto y solemnidad que, ante todo, se reconcilien con Dios por la fe en el Señor Jesús. Eres pecador. Mereces castigo. Si no lo ves, pide a Dios que te lo muestre. Que esta sea ahora tu primera y especial oración. Pide también a Dios que te ilumine, no solo acerca de tu estado por naturaleza, sino sobre todo que revele al Señor Jesús a tu corazón. Dios lo envió para que llevara el castigo que nos correspondía a nosotros, pecadores culpables. Dios acepta la obediencia y los sufrimientos del Señor Jesús en lugar de los que dependen de él para la salvación de su alma; y en el momento en que un pecador cree en el Señor Jesús, obtiene el perdón de todos sus pecados. Cuando así se ha reconciliado con Dios por la fe en el Señor Jesús y ha obtenido el perdón de sus pecados, tiene libertad para entrar en la presencia de Dios y hacerle notorias sus peticiones; y cuanto más capaz es de comprender que sus pecados están perdonados, y que Dios, por amor de Cristo, se complace en los que creen en él, tanto más dispuesto estará a acudir con todas sus necesidades, temporales y espirituales, a su Padre celestial, para que él las supla. Pero mientras permanezca la conciencia de una culpa no perdonada, tanto tiempo nos mantendremos a distancia de Dios, especialmente en lo que se refiere a la oración. Por tanto, querido lector, si eres un pecador no perdonado, que tu primera y especial oración sea que Dios tenga a bien revelar a tu corazón al Señor Jesús, su Hijo amado.»
UNA DOBLE RESPUESTA.
«25 de julio [1865].—De las cercanías de Londres, £100, con la siguiente carta: “Mi querido señor: Creo que es por la acción del Señor sobre mí por lo que le adjunto un cheque contra el Banco de Inglaterra, sucursal del Oeste, por £100. Espero que sus asuntos marchen bien. Suyo en el Señor, * * * *.” Este caballero cristiano, a quien nunca he visto y que dirige un negocio muy grande en Londres, me había enviado varias veces antes una suma parecida. Uno o dos días antes de recibir este último y bondadoso donativo, yo había pedido al Señor que tuviera a bien mover el corazón de este donante para que me ayudara de nuevo, cosa que nunca antes había hecho respecto de él; y así tuve una doble respuesta a la oración, pues no solo llegó dinero, sino dinero de él. El lector verá ahora el sentido de la carta del donante, cuando escribió: “Creo que es por la acción del Señor sobre mí por lo que le adjunto un cheque, etc.” Verdaderamente fue el Señor quien obró sobre este caballero para que me enviara esta suma. Quizá el lector piense que, al acusar recibo del donativo, escribí al donante lo que aquí he contado. No lo hice. Mi razón para no hacerlo fue que no pensara que yo estaba en especial necesidad y se sintiera así movido a enviar más. Cuando se conoce de veras al Señor, cuando se confía realmente en él y solo en él, no hay necesidad de insinuar nada, ni directa ni indirectamente, para inducir a otros a seguir ayudando. Podría haber escrito al donante (como en efecto era el caso) que necesito cada día una suma considerable para los gastos corrientes de los diversos fines del Instituto, y también podría haberle dicho con verdad, en aquel momento, que aún necesitaba unas Veinte Mil Libras para hacer frente a todos los gastos relacionados con la proyectada ampliación de la obra de los huérfanos. Pero mi costumbre es no aludir nunca a ninguna de estas cosas en mi correspondencia con los donantes. Cuando se publica el Informe, todo el que desee verlo puede ver cómo están las cosas; y así dejo los asuntos en las manos de Dios, para que él hable por nosotros al corazón de sus mayordomos. Y así lo hace. ¡Verdaderamente no esperamos en Dios en vano!»
LOS CRISTIANOS EN LOS NEGOCIOS.
«1 de enero [1869].—De Escocia, £50 para las misiones, £25 para la distribución de las Sagradas Escrituras y £25 para la distribución de tratados. Recibí también desde un lugar bastante lejano £10 para estos fines, junto con £10 para los huérfanos. Acerca de este último donativo hago algunas observaciones. A comienzos del año 1868, un hombre de negocios cristiano me escribió pidiéndome consejo en sus asuntos comerciales, particularmente difíciles. Su carta mostraba que deseaba andar en los caminos del Señor y llevar su negocio para la gloria de Dios; pero sus circunstancias eran de lo más penosas. Le escribí, por tanto, que viniera a Bristol, para poder aconsejarle. En consecuencia emprendió el largo viaje, y tuve una entrevista con él, por la cual vi lo sumamente penosa que era su situación en el negocio. Después de conversar ampliamente con él, le di el siguiente consejo: 1, Que cada día se retirara con su esposa cristiana, expresamente con ese fin, para que juntos expusieran ante Dios en oración sus dificultades en el negocio, y que lo hicieran, si era posible, dos veces al día. 2, Que esperara respuestas a sus oraciones y contara con que Dios lo ayudaría. 3, Que evitara todas las artimañas comerciales, como exponer a la venta dos o tres artículos marcados por debajo del precio de costo para atraer clientes, porque no es propio de un discípulo del Señor Jesús valerse de tales artificios; y que, si lo hacía, no podría contar con la bendición de Dios. 4, Le aconsejé además que apartara de sus ganancias, semana tras semana, cierta proporción para la obra de Dios, fueran sus ingresos muchos o pocos, y que empleara fielmente esos ingresos para el Señor. 5, Por último, le pedí que me hiciera saber, mes tras mes, cómo lo trataba el Señor.—Al lector le interesará saber que desde entonces el Señor tuvo a bien prosperar el negocio de este querido hermano cristiano, de modo que sus ventas, del 1 de marzo de 1868 al 1 de marzo de 1869, fueron de £9,138 13s. 5d., mientras que en el mismo período del año anterior habían sido solo de £6,609 18s. 3d.; por tanto, £2,528 15s. 2d. más que el año anterior. Cuando me envió el donativo arriba mencionado, me escribe también que durante el año anterior había podido apartar £123 13s. 3d. para la obra de Dios o la necesidad de los pobres.—Me he detenido tanto en esto porque los cristianos que están en los negocios pueden sacar provecho de ello.»
AVIVAMIENTO EN LAS CASAS DE HUÉRFANOS.
«Al dar las estadísticas del año anterior [1871-72], me referí ya a la gran bendición espiritual que agradó al Señor conceder a la Obra de los Huérfanos al final de aquel año y al comienzo de este; pero, como se trata de un asunto tan profundamente importante, entro aquí en él con algo más de detalle y amplitud. Se dijo antes que el estado espiritual de los huérfanos en general nos causaba gran tristeza de corazón, porque eran comparativamente tan pocos entre ellos los que se tomaban en serio la salvación de su alma y descansaban en la muerte expiatoria del Señor Jesús para ser salvos. Esta tristeza nos llevó a encargar a todo el personal de ayudantes, encargadas y maestras que buscaran con fervor la bendición del Señor sobre el alma de los niños. Así se hizo en nuestras reuniones de oración conjuntas y, tengo motivos para creerlo, también en secreto; y en respuesta a estas oraciones nuestras, secretas y conjuntas, hubo en el año 1872, como fruto de ello, muchísimos más creyentes entre los huérfanos que nunca antes. El 8 de enero de 1872 el Señor comenzó a obrar entre ellos, y esta obra continuó después en mayor o menor medida. En la Nueva Casa de Huérfanos n.º 3 fue donde menos se manifestó, hasta que agradó al Señor poner pesadamente su mano sobre esa casa por medio de la viruela; y desde entonces la obra del Espíritu Santo se sintió también en ella, particularmente en uno de sus departamentos. A finales de julio de 1872 recibí los informes de todas las encargadas y maestras de las cinco casas, quienes me comunicaron que, tras una cuidadosa observación y muchas conversaciones, tenían buenas razones para creer que 729 de los huérfanos que entonces estaban a nuestro cargo eran creyentes en el Señor Jesús. Este número de huérfanos creyentes es con mucho el mayor que jamás hayamos tenido, ¡por lo cual adoramos y alabamos al Señor! ¡Mira cómo el Señor dispuso la gran prueba que ocasionó la viruela y la convirtió en una gran bendición! ¡Mira también cómo, después de un estado comparativamente tan bajo, que nos llevó a la oración, a la oración ferviente, la obra del Espíritu Santo se hizo más manifiesta que nunca!»
LAS GIRAS MISIONERAS DEL SEÑOR MÜLLER.
En el año 1875, a los setenta años de edad, el señor Müller fue guiado a emprender sus giras misioneras, y durante los veinte años siguientes predicó a más de tres millones de personas en cuarenta y dos países del mundo.
«El 8 de agosto de 1882», dice el señor Müller, «comenzamos nuestra novena gira misionera. El primer lugar en que prediqué fue Weymouth, donde hablé en público cuatro veces. De Weymouth fuimos, pasando por Calais y Bruselas, a Düsseldorf, a orillas del Rin, donde yo había predicado muchas veces seis años antes. Durante esta visita hablé allí en público ocho veces. Respecto a mi estancia en Düsseldorf, para aliento del lector, relato la siguiente circunstancia. Durante nuestra primera visita a esa ciudad, en el año 1876, un piadoso misionero de la ciudad vino a verme un día, muy probado, porque tenía seis hijos por cuya conversión había orado durante muchos años, y sin embargo seguían indiferentes respecto a su alma; y me pidió que le dijera qué hacer. Mi respuesta fue: “Siga orando por sus hijos, y espere una respuesta a su oración, y tendrá que alabar a Dios”. Ahora bien, cuando después de seis años me hallaba de nuevo en la misma ciudad, este querido hombre vino a verme y me dijo que le sorprendía no haber visto antes por sí mismo lo que debía hacer, y que había resuelto seguir mi consejo y entregarse a la oración con más fervor que nunca. Dos meses después de haberme visto, cinco de sus seis hijos se convirtieron en el plazo de ocho días, y desde hace ya seis años andan en los caminos del Señor; y él tenía la esperanza de que también el sexto hijo comenzaba a preocuparse por su estado delante de Dios. Que el lector cristiano se anime con esto si sus oraciones no reciben respuesta en seguida; y, en lugar de dejar de orar, espere en Dios con tanto más fervor y perseverancia, y aguarde respuesta a sus peticiones».
EL PLAN DIVINO PARA ENVIAR MISIONEROS AL EXTRANJERO.
La iglesia de Bristol a la que estaba unido el señor Müller ha tenido el privilegio de dar ejemplo a la Iglesia de Dios de cómo pueden enviarse misioneros al extranjero (tan necesarios hoy) en respuesta a la oración. El señor Müller escribe en la página 516 del volumen I de su «Relato»:—
«Menciono también aquí que, durante los ocho años anteriores a mi partida a Alemania para trabajar allí, se había puesto en mi corazón, y en el corazón de algunos otros hermanos de entre nosotros, pedir al Señor que tuviera a bien honrarnos, como congregación de creyentes, llamando de en medio de nosotros a hermanos que llevaran la verdad a tierras extranjeras. Pero esta oración parecía quedar sin respuesta. Ahora, sin embargo, había llegado el tiempo en que el Señor iba a responderla, y yo, en cuyo corazón se había puesto este asunto de manera particular, había de ser el primero en llevar la verdad desde nuestro medio. Por aquel mismo tiempo el Señor llamó de entre nosotros a nuestros queridos hermano y hermana Barrington, para ir a Demerara a trabajar allí en unión con nuestro estimado hermano Strong, y a nuestros queridos hermano y hermana Espenett, para ir a Suiza. Ambos matrimonios partieron muy poco después de que yo me hubiera ido a Alemania. Pero eso no fue todo. Nuestro muy apreciado hermano Mordal, que se había ganado el aprecio de los santos por su incansable y fiel servicio entre nosotros durante doce años, tuvo también, desde el 31 de agosto de 1843 (el día en que los hermanos Strong y Barrington zarparon de Bristol rumbo a Demerara), su ánimo ocupado en servir allí, y salió de entre nosotros once meses después. Él, junto conmigo, había tenido puesto en su corazón de manera particular, durante los ocho años anteriores, pedir al Señor una y otra vez que llamara obreros de entre nosotros para el servicio en el extranjero. De entre todas las personas, él, padre de una familia numerosa y de unos 50 años de edad, parecía el menos indicado para ser llamado a esa obra; pero Dios lo llamó. Fue, trabajó un poco de tiempo en Demerara, y luego, el 9 de enero de 1845, el Señor lo llevó a su descanso.—Cuando pedimos a Dios algo, como que tenga a bien levantar obreros para su mies o enviar medios para llevar adelante su obra, la pregunta honrada que deberíamos hacer a nuestro corazón es esta: ¿Estoy yo dispuesto a ir, si él me llamara a mí? ¿Estoy yo dispuesto a dar conforme a mi capacidad? Porque nosotros podemos ser precisamente las personas a quienes el Señor llame para la obra, o cuyos medios él quiera emplear».
En el Informe del Instituto de Conocimiento Bíblico correspondiente a 1896, el señor Müller muestra cuán grandemente ha honrado Dios a esta congregación de creyentes.
«De en medio de nosotros, como iglesia, sesenta hermanos y hermanas han salido a campos de trabajo en el extranjero, algunos de los cuales han terminado ya su labor en la tierra; pero todavía hay unos cuarenta ocupados en este precioso servicio».
¿Por qué no habría de satisfacerse así la grande y apremiante necesidad de obreros en Asia, África y otras partes del mundo, si miles de iglesias de Europa y América siguieran este plan divino de rogar al Señor de la mies que envíe obreros de en medio de ellas?
Sin duda pueden esperar que Dios responda a sus oraciones como respondió a las oraciones de esta iglesia de Bristol.
¡Mira lo que se ha hecho en China mediante el uso fiel del método de Dios! Citamos las palabras del señor Hudson Taylor tal como aparecen en China’s Millions de julio de 1897:—
«Para obtener colaboradores seguimos la indicación del Maestro: “Rogad al Señor de la mies”. Así como para los cinco primeros antes de que se formara la Misión, así también para los veinticuatro que pedimos al principio para la C.I.M.; para nuevos refuerzos cuando se necesitaron; para los setenta en tres años, para los cien en un año, y para nuevas incorporaciones de tiempo en tiempo, siempre nos hemos apoyado en este plan. ¿Es posible que de algún otro modo se hubiera podido reunir y mantener unido durante treinta años un grupo así de obreros de casi todas las denominaciones y de muchos países, sin otro vínculo que el que ha demostrado el llamamiento de Dios y el amor de DIOS? Un grupo que hoy cuenta más de setecientos hombres y mujeres, ayudados por más de quinientos obreros nativos».
EL COMIENZO DEL AVIVAMIENTO DE 1859.
«En noviembre de 1856, un joven irlandés, el señor James McQuilkin, fue llevado al conocimiento del Señor. Poco después de su conversión vio anunciado mi “Relato”, es decir, los dos primeros volúmenes de esta obra. Sintió un gran deseo de leerlo, y en consecuencia lo consiguió, hacia enero de 1857. Dios lo bendijo grandemente para su alma, especialmente al mostrarle lo que se podía obtener por medio de la oración. Se dijo a sí mismo algo así: “Mira lo que el señor Müller obtiene sencillamente por la oración. Así puedo yo obtener bendición por la oración”. Se puso entonces a orar para que el Señor le diera un compañero espiritual, alguien que conociera al Señor. Poco después conoció a un joven que era creyente. Estos dos comenzaron una reunión de oración en una de las escuelas dominicales de la parroquia de Connor. Habiendo recibido respuesta a su oración al obtener un compañero espiritual, el señor James McQuilkin pidió al Señor que lo guiara a conocer a algunos más de sus escondidos. Poco después el Señor le dio otros dos jóvenes que ya eran creyentes, hasta donde él podía juzgar. En el otoño de 1857, el señor James McQuilkin contó a estos tres jóvenes, que le habían sido dados en respuesta a la oración de fe, la bendición que había recibido de mi “Relato”, y cómo este libro lo había llevado a ver el poder de la oración de fe; y les propuso que se reunieran para orar y buscar la bendición del Señor sobre sus diversas labores en las escuelas dominicales, en las reuniones de oración y en la predicación del evangelio. Así pues, en el otoño de 1857, estos cuatro jóvenes se reunían cada viernes por la tarde para orar en una pequeña escuela cerca de la aldea de Kells, en la parroquia de Connor. Para entonces ya se conocía la grande y poderosa obra del Espíritu en los Estados Unidos en 1857, y el señor James McQuilkin se dijo: “¿Por qué no podemos tener nosotros una obra tan bendita aquí, si Dios hizo cosas tan grandes por el señor Müller sencillamente en respuesta a la oración?”. El 1 de enero de 1858 el Señor les dio la primera respuesta notable a la oración con la conversión de un mozo de labranza. Fue admitido en el grupo, y así fueron cinco los que se entregaron a la oración. Poco después se convirtió otro joven, de unos 20 años; ya eran seis. Esto animó en gran manera a los otros tres que se habían reunido al principio con el señor James McQuilkin. Otros se convirtieron entonces y fueron también admitidos en el grupo; pero solo los creyentes eran admitidos a estas reuniones de comunión, en las que leían, oraban y se ofrecían unos a otros algunos pensamientos de las Escrituras. Estas reuniones, y otras para la predicación del evangelio, se celebraban en la parroquia de Connor, en Antrim, Irlanda. Hasta ese momento todo transcurría con la mayor tranquilidad, aunque se convertían muchas almas. No había postraciones físicas, como las hubo después.
«Hacia la Navidad de 1858, un joven de Ahoghill que había venido a vivir a Connor, y que se había convertido por medio de este pequeño grupo de creyentes, fue a ver a sus amigos de Ahoghill y les habló de su propia alma y de la obra de Dios en Connor. Sus amigos desearon ver a algunos de estos convertidos. En consecuencia, el señor James McQuilkin, con dos de los primeros que se habían reunido para orar, fue allá el 2 de febrero de 1859 y celebró una reunión en Ahoghill en una de las iglesias presbiterianas. Algunos creyeron, otros se burlaron, y otros pensaron que había mucha presunción en estos jóvenes convertidos; aun así, muchos deseaban otra reunión. Esta la celebraron los mismos tres jóvenes el 16 de febrero de 1859; y entonces el Espíritu de Dios comenzó a obrar, y a obrar poderosamente. Se convertían almas, y desde entonces las conversiones se multiplicaron rápidamente. Algunos de estos convertidos fueron a otros lugares y llevaron consigo, por así decirlo, el fuego espiritual. La bendita obra del Espíritu de Dios se extendió en muchos lugares.—El 5 de abril de 1859 el señor James McQuilkin fue a Ballymena y celebró allí una reunión en una de las iglesias presbiterianas; y el 11 de abril celebró otra reunión en otra de las iglesias presbiterianas. Varios fueron convencidos de pecado, y la obra del Espíritu de Dios siguió adelante en Ballymena.—El 28 de mayo de 1859 fue a Belfast. Durante la primera semana se celebraron reuniones en cinco iglesias presbiterianas distintas, y desde entonces comenzó la bendita obra en Belfast. En todas estas visitas lo acompañó y ayudó el señor Jeremiah Meneely, uno de los tres jóvenes que se habían reunido con él al principio, después de la lectura de mi “Relato”. Desde entonces la obra del Espíritu Santo se extendió más y más, porque el Señor usaba a los jóvenes convertidos para llevar la verdad de un lugar a otro.
«Tal fue el comienzo de aquella poderosa obra del Espíritu Santo que ha llevado a la conversión de cientos de miles; porque algunos de mis lectores recordarán cómo en 1859 este fuego se encendió en Inglaterra, Gales y Escocia; cómo se extendió por Irlanda, Inglaterra, Gales y Escocia; cómo el continente europeo participó en mayor o menor medida de esta poderosa obra del Espíritu Santo; cómo llevó a miles a entregarse a la obra de evangelistas; y cómo hasta el año 1874 no solo se sienten los efectos de esta obra, comenzada primero en Irlanda, sino que todavía, en mayor o menor medida, esta bendita obra sigue adelante en Europa en general. Casi no hace falta añadir que el honor no se debe en ningún grado a los instrumentos, sino solo al Espíritu Santo; pero se exponen estos hechos para que se vea cuánto se deleita Dios en responder abundantemente a la oración de fe de sus hijos».
EL MATRIMONIO DEL SEÑOR MÜLLER.
En el volumen 3 del «Relato», el señor Müller muestra la dirección de Dios en su encuentro con su primera esposa, la señorita Mary Groves, y en su posterior matrimonio con ella.
«Al dármela, reconozco la mano de Dios; más aún, su mano fue muy evidente; y mi alma dice: “Bueno eres tú, y bienhechor”.
«Me refiero a unos pocos detalles para instrucción de otros. Cuando a finales del año 1829 salí de Londres para trabajar en el evangelio en Devonshire, un hermano en el Señor me dio una tarjeta con la dirección de una conocida dama cristiana, la señorita Paget, que entonces residía en Exeter, para que fuera a visitarla, ya que era una cristiana excelente. Tomé esta dirección y me la metí en el bolsillo, pero pensé poco en ir a visitarla. Durante tres semanas llevé esta tarjeta en el bolsillo sin hacer ningún esfuerzo por ver a esta dama; pero al fin fui guiado a hacerlo. Este fue el camino de Dios para darme a mi excelente esposa. La señorita Paget me pidió que predicara el último martes del mes de enero de 1830 en el salón que ella había acondicionado en Poltimore, una aldea cerca de Exeter, y donde el señor A. N. Groves, más tarde mi cuñado, había predicado una vez al mes antes de salir como misionero a Bagdad. Acepté de buena gana la invitación, pues anhelaba exponer en todas partes la preciosa verdad del regreso del Señor, y otras verdades profundamente importantes de las que no mucho antes se había llenado mi propia alma.
«Al despedirme de la señorita Paget, ella me dio la dirección de un hermano cristiano, el señor Hake, que tenía un internado de párvulos para niñas y niños en Northernhay House, antigua residencia del señor A. N. Groves, para que me alojara allí al llegar a Exeter desde Teignmouth. A ese lugar fui en el momento señalado. La señorita Groves, más tarde mi amada esposa, estaba allí; porque la señora Hake llevaba mucho tiempo gravemente enferma, y la señorita Groves ayudaba al señor Hake en su gran aflicción encargándose de los asuntos de su casa. Mi primera visita me llevó a ir de nuevo a predicar a Poltimore, al cabo de un mes, y me alojé otra vez en la casa del señor Hake; y esta segunda visita me llevó a predicar una vez por semana en una capilla de Exeter; y así fui, semana tras semana, de Teignmouth a Exeter, alojándome cada vez en la casa del señor Hake. Durante todo este tiempo mi propósito había sido no casarme en absoluto, sino permanecer libre para viajar de un lado a otro al servicio del evangelio; pero al cabo de algunos meses vi, por muchas razones, que era mejor para mí, como joven pastor de menos de 25 años, estar casado. La cuestión era ahora: ¿con quién he de unirme? La señorita Groves estaba presente en mi mente; pero la lucha en oración fue larga antes de llegar a una decisión, porque no podía soportar la idea de quitar al señor Hake esta valiosa ayudante, ya que la señora Hake seguía sin poder hacerse cargo de una casa tan grande. Pero oré una y otra vez. Al fin, esto me decidió: tenía motivos para creer que yo había despertado en el corazón de la señorita Groves afecto hacia mí, y que por tanto debía proponerle matrimonio, por muy poco amable que pudiera parecer mi proceder hacia mi querido amigo y hermano el señor Hake, y pedir a Dios que le diera una ayudante adecuada que sucediera a la señorita Groves. Por eso, el 15 de agosto de 1830, le escribí proponiéndole que fuera mi esposa, y el 19 de agosto, cuando fui como de costumbre a Exeter a predicar, me aceptó. Lo primero que hicimos, después de ser aceptado, fue ponernos de rodillas y pedir la bendición del Señor sobre nuestra futura unión. En unas dos o tres semanas el Señor, en respuesta a la oración, encontró a una persona que parecía adecuada para hacer de ama de llaves mientras la señora Hake siguiera enferma; y el 7 de octubre de 1830 nos unimos en matrimonio. Nuestra boda fue de lo más sencilla. Fuimos andando a la iglesia, no tuvimos banquete de bodas, sino que por la tarde tuvimos una reunión de amigos cristianos en la casa del señor Hake y conmemoramos la muerte del Señor; y luego partí en la diligencia con mi amada esposa hacia Teignmouth, y al día siguiente nos pusimos a trabajar para el Señor. Así como nuestro comienzo fue sencillo y distinto de las costumbres del mundo, por amor de Cristo, así ha sido nuestro piadoso propósito continuar desde entonces. Ahora mira la mano de Dios al darme a mi queridísima esposa:—1.º, aquella dirección de la señorita Paget me fue dada bajo la dirección de Dios. 2.º, Al fin tuve que ser movido a visitarla, aunque lo había demorado mucho. 3.º, Ella podría haberme buscado alojamiento con algún otro amigo cristiano, donde yo no habría visto a la señorita Groves. 4.º, Mi mente podría haber decidido al fin, después de todo, no hacerle una propuesta; pero Dios zanjó el asunto hablándome así por medio de mi conciencia: Sabes que has despertado afecto en el corazón de esta hermana cristiana por la manera en que te has comportado con ella, y por tanto, por doloroso que te resulte parecer poco amable con tu amigo y hermano, debes hacerle una propuesta. Obedecí. Escribí la carta en la que le hice la propuesta, y el resultado no ha sido otro que una corriente constante e ininterrumpida de bendición.
«Permíteme añadir aquí una palabra de consejo cristiano. Contraer matrimonio es uno de los acontecimientos más profundamente importantes de la vida. Nunca se tratará con demasiada oración. Nuestra felicidad, nuestra utilidad, el que vivamos después para Dios o para nosotros mismos, están a menudo íntimamente ligados a nuestra elección. Por eso esta elección debe hacerse con la mayor oración. Ni la belleza, ni la edad, ni el dinero, ni las capacidades intelectuales deben ser lo que motive la decisión; sino que, 1.º, se ha de esperar mucho en Dios buscando su dirección; 2.º, se ha de procurar un propósito sincero de estar dispuesto a ser guiado por él; 3.º, la verdadera piedad, sin sombra de duda, debe ser para el cristiano el primer requisito, y absolutamente necesario, en cuanto a un compañero para toda la vida. Además de esto, sin embargo, se debe sopesar al mismo tiempo, con calma y paciencia, si en otros aspectos hay idoneidad.
Por ejemplo, que un hombre instruido escoja a una mujer sin ninguna instrucción no es sabio; porque, por mucho que de su parte el amor esté dispuesto a cubrir la deficiencia, ello tendrá consecuencias muy desdichadas en lo que respecta a los hijos».
GRAVE ENFERMEDAD DE LA HIJA DEL SEÑOR MÜLLER.
«En julio de 1853 agradó al Señor probar mi fe de una manera en que antes no había sido probada. Mi amada hija, mi única hija, creyente desde el comienzo del año 1846, cayó enferma el 20 de junio.
«Esta enfermedad, al principio una fiebre lenta, se convirtió en tifus. El 3 de julio parecía no haber esperanza de que se recuperara. Ahora llegaba la prueba de la fe. Pero la fe triunfó. Mi amada esposa y yo fuimos capacitados para entregarla en las manos del Señor. Él nos sostuvo a ambos en gran manera. Pero solo hablaré de mí mismo. Aunque mi única y amada hija llegó a estar cerca de la tumba, mi alma estaba en perfecta paz, satisfecha con la voluntad de mi Padre celestial, segura de que él solo haría por ella y por sus padres aquello que al final sería lo mejor. Siguió muy enferma hasta cerca del 20 de julio, cuando comenzó su restablecimiento.
«El 18 de agosto estaba ya tan restablecida que pudo ser trasladada a Clevedon para cambiar de aires, aunque sumamente débil. Hacía entonces 59 días que había caído enferma. * * * * * *
«Los padres saben lo que es una hija única, una hija amada, y lo que para unos padres creyentes ha de ser una hija única que también es creyente. Pues bien, el Padre que está en los cielos dijo, por así decirlo, mediante esta disposición suya: “¿Estás dispuesto a entregarme a esta hija?”. Mi corazón respondió: Como bien te parezca, Padre celestial mío. Hágase tu voluntad. Pero, así como nuestro corazón fue hecho dispuesto a devolver nuestra amada hija a aquel que nos la había dado, así él estuvo dispuesto a dejárnosla, y vivió. “Deléitate asimismo en Jehová, y él te concederá los deseos de tu corazón”. Salmo 37:4. Los deseos de mi corazón eran conservar a mi amada hija, si era la voluntad de Dios; el medio para conservarla era estar satisfecho con la voluntad del Señor.
«De todas las pruebas de fe por las que hasta ahora he tenido que pasar, esta fue la mayor; y por la abundante misericordia de Dios, lo confieso para su alabanza, pude deleitarme en la voluntad de Dios; porque estaba completamente seguro de que, si el Señor se llevaba a esta amada hija, sería lo mejor para sus padres, lo mejor para ella misma, y más para la gloria de Dios que si viviera: con esta parte mejor me sentía satisfecho; y así mi corazón tenía paz, paz perfecta, y no tuve ni un momento de ansiedad. Así sería en todas las circunstancias, por dolorosas que fueran, si el creyente ejercitara la fe.»
EL PAN DE CADA DÍA.
«3 de agosto de 1844. Sábado. Comenzamos el día con 12s. Mi alma dijo: “Ahora estaré atento a la manera en que el Señor nos librará también este día; porque ciertamente nos librará. Muchos sábados, cuando estábamos en necesidad, nos ayudó, y así lo hará también hoy”. Entre las nueve y las diez de esta mañana me dediqué a orar pidiendo recursos, con tres de mis colaboradores, en mi casa. Mientras orábamos, llamaron a la puerta de mi cuarto y me avisaron que un caballero había venido a verme. Cuando terminamos de orar, resultó ser un hermano de Tetbury, que había traído de Barnstaple £1 2s. 6d. para los huérfanos. Así tenemos £1 14s. 6d., con lo cual debo devolver la bolsa de cartas a las Casas de Huérfanos, esperando en el Señor que envíe más.
«6 de agosto.—El día comenzó sin un solo penique en mis manos. El correo no trajo nada, y yo aún no había recibido nada cuando, a las diez y diez de esta mañana, trajeron de las Casas de Huérfanos la bolsa de cartas para las provisiones del día.—¡Mira ahora la liberación del Señor! En la bolsa encontré una nota de una de las colaboradoras de las Casas de Huérfanos, con dos soberanos que enviaba para los huérfanos, en la que decía que eran parte de un regalo que ella misma acababa de recibir inesperadamente.—Así tenemos provisión para hoy.
«4 de septiembre.—Esta mañana solo tenía un cuarto de penique en mis manos. ¡Detente un momento, querido lector! Solo un cuarto de penique a mano cuando comenzó el día. Piensa en esto, y piensa en casi 140 personas a las que había que sustentar. Ustedes, hermanos pobres, que tienen seis u ocho hijos y un jornal escaso, piensen en esto; y ustedes, hermanos míos, que no pertenecen a la clase trabajadora, pero tienen, como se suele decir, recursos muy limitados, ¡piensen en esto! ¿No pueden ustedes hacer lo que hacemos nosotros en sus pruebas? ¿Los ama el Señor menos de lo que nos ama a nosotros? ¿No ama él a todos sus hijos con un amor no menor que aquel con que ama a su Hijo unigénito, según Juan 17:20-23? ¿O somos nosotros mejores que ustedes? Al contrario, ¿no somos en nosotros mismos pobres y miserables pecadores como ustedes? ¿Y tiene alguno de los hijos de Dios algún derecho sobre Dios a causa de su propio mérito? ¿No es lo único que puede hacernos dignos de recibir algo de nuestro Padre celestial la justicia del Señor Jesús, que es imputada a los que creen en él? Por tanto, querido lector, así como nosotros, en toda necesidad, de cualquier índole que sea, relacionada con esta obra, oramos a nuestro Padre que está en los cielos pidiendo ayuda, y así como él nos ayuda, así también está dispuesto a ayudar a todos sus hijos que ponen en él su confianza.—Pues bien, oigamos ahora cómo ayudó Dios cuando solo quedaba un cuarto de penique en mis manos, la mañana del 4 de septiembre de 1844.
«Poco después de las nueve recibí un soberano de una hermana en el Señor que no desea que se mencione el nombre del lugar donde reside. Entre las diez y las once me enviaron la bolsa de las Casas de Huérfanos, en la que una nota decía que se necesitaban £1 2s. para hoy. Apenas había leído esto cuando un coche de alquiler se detuvo ante mi casa y se anunció a un caballero, el señor ——, de las cercanías de Mánchester. Supe que era creyente y que había venido a Bristol por negocios. Había oído hablar de las Casas de Huérfanos y expresó su sorpresa de que, sin ningún sistema regular de colectas y sin pedir personalmente a nadie, simplemente por la fe y la oración, yo obtuviera £2.000 y más cada año para la obra del Señor que tengo entre manos. Este hermano, a quien nunca antes había visto y cuyo nombre ni siquiera conocía antes de que viniera, me dio £2, como muestra palpable de lo que yo le había dicho.»
«LOS POBRES SIEMPRE CON VOSOTROS».
«12 de febrero de 1845.—Después de haber enviado esta mañana el dinero que se necesitaba para los gastos de la casa del día, me quedaban de nuevo solo 16s. 2½d., apenas una cuarta parte de lo que generalmente se necesita en un día solo para el sustento de la casa, de modo que había otra vez un nuevo llamado a confiar en el Señor. Por la mañana me reuní de nuevo, como de costumbre, con mi querida esposa y su hermana para orar, para pedir al Señor muchas bendiciones relacionadas con esta obra, y también recursos.
«Como una hora después recibí una carta de Devonshire con una orden de pago por £22, de las cuales £10 eran para los huérfanos, £2 para un hermano pobre de Bristol y £10 para mí.—Además de tener así una nueva prueba de la disposición de nuestro Padre celestial a responder nuestras peticiones a favor de los huérfanos, hay que notar esto otro. Desde hace muchos meses, las necesidades de los santos pobres entre nosotros han pesado de manera especial sobre mi corazón. La palabra de nuestro Señor: “Siempre tenéis a los pobres con vosotros” y “cuando queráis les podréis hacer bien”, me ha movido una y otra vez a orar por ellos, y así sucedió de nuevo, en particular, esta mañana. Fue la mañana más fría de todo el invierno. En mi paseo matutino de oración y meditación pensé en lo bien provisto que estaba yo de carbón, comida nutritiva y ropa de abrigo, y en cuántos de los queridos hijos de Dios podrían estar en necesidad; y elevé mi corazón a Dios para que me diera más recursos para mí mismo, a fin de poder mostrar, con hechos, una simpatía más abundante hacia los creyentes pobres en su necesidad; y apenas tres horas después recibí estas £10 para mí.»
EL SEÑOR DIRIGE LOS PASOS.
«1 de febrero de 1847.—Antes del desayuno tomé, en mi habitual paseo matutino, una dirección por la que no había ido en muchas semanas, porque me sentía atraído hacia allí, como si Dios tuviera un propósito al guiarme por ese camino. Al volver a casa me encontré con un caballero cristiano con quien antes solía cruzarme casi todas las mañanas, pero a quien no había visto en muchas semanas porque no había caminado en esa dirección. Me detuvo y me dio £2 para los huérfanos. Entonces supe por qué había sido guiado así; porque todavía no hay lo suficiente a mano para proveer mañana por la tarde a las encargadas de los medios necesarios para los gastos de la casa durante otra semana.
«4 de febrero.—Ayer no había llegado nada. Esta mañana, justo cuando iba a dedicarme a orar por los huérfanos, una hermana en el Señor envió un soberano que había recibido, según escribe, “de un amigo que se había cruzado con los niños del orfanato y había quedado particularmente complacido con su aspecto pulcro y ordenado”. Después de recibir esta libra, oré pidiendo recursos para el uso presente, aunque sin limitar mis oraciones a eso. Como un cuarto de hora después de haberme levantado de mis rodillas, recibí una carta con una orden de pago por £5. El donante escribe que es “el producto de una franja de terreno vendida a la compañía del ferrocarril”. ¡Qué medios tan diversos emplea el Señor para enviarnos ayuda en respuesta a nuestras oraciones!»
CONTINÚAN LAS PRUEBAS DE FE Y DE PACIENCIA.
Con la ampliación de la obra, por la cual había que sustentar a unas 330 personas, las pruebas de fe continuaron. El señor Müller escribe:—
«Si antes no teníamos ingresos seguros, tampoco los tenemos ahora. Tenemos que mirar a Dios para todo lo relacionado con la obra, en la cual, sin embargo, las necesidades económicas son a menudo lo de menos; pero se nos concede mirar a él, y por eso no somos defraudados.»
«7 de octubre de 1852.—Esta tarde solo quedaban £8 a mano para los gastos corrientes de los huérfanos. Hasta ahora generalmente habíamos tenido abundancia. Pero, aunque había entrado mucho desde el comienzo de este nuevo período, nuestros gastos habían sido mayores que nuestros ingresos, pues casi todos los donativos cuyo destino se dejaba a mi criterio se habían destinado al Fondo de Construcción. Así, el saldo a mano el 26 de mayo de 1852, a pesar de los grandes ingresos desde entonces, se había reducido a unas £8. Por eso me dediqué especialmente a orar pidiendo recursos, para que esta pequeña suma aumentara.
«9 de octubre.—Esta mañana, en el curso de mi lectura antes del desayuno, llegué a Lucas 7. Mientras leía el relato del centurión y de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, elevé mi corazón al Señor Jesús así: “Señor Jesús, tú tienes el mismo poder ahora. Tú puedes proveerme de recursos para tu obra que está en mis manos. Te ruego que lo hagas”. Como media hora después recibí £230 15s.
«No se puede describir el gozo que dan tales respuestas a la oración. Yo estaba decidido a esperar solo en Dios, y no a procurarme una liberación contraria a las Escrituras. Tengo miles de libras para el Fondo de Construcción; pero no quise tomar de esa suma, porque había sido apartada una vez para ese fin. Hay también un legado de £100 para los huérfanos, con dos meses de retraso, y ante la perspectiva de su pago el corazón podría inclinarse naturalmente a usar algo del dinero del Fondo de Construcción, para reponerlo con el dinero del legado cuando llegue; pero no quise salirme así del camino de Dios para obtener ayuda. En el mismo momento en que llegó este donativo, yo había empaquetado £100 que tenía a mano, recibidas para el Fondo de Construcción, para llevarlas al banco, pues estaba resuelto a no tocarlas, sino a esperar en Dios. Mi alma engrandece al Señor por su bondad.
«13 de junio de 1853.—Ahora éramos muy pobres. No estábamos endeudados, por cierto, ni siquiera se había acabado todo el dinero, pues aún quedaban unas £12 a mano; pero había que comprar harina, de la que solemos comprar 10 sacos a la vez, 300 stones de harina de avena, 4 cwt. de jabón, y se estaban haciendo muchas pequeñas reparaciones en la casa con varios obreros, además de los gastos corrientes ordinarios de unas £70 por semana. Por encima de todo esto, el sábado, anteayer, descubrí que había que reparar el aparato de calefacción, lo que costaría con toda probabilidad £25. Por eso era deseable, humanamente hablando, tener £100 para estos fuertes gastos extraordinarios, además de recursos para los gastos corrientes.
«Pero no tenía ninguna perspectiva humana de conseguir ni siquiera 100 peniques, y mucho menos £100. Además, hoy era lunes, día en que generalmente los ingresos son escasos. Pero, al ir caminando esta mañana a la Casa de Huérfanos, orando por el camino, le dije particularmente al Señor en oración que en este día, aunque fuera lunes, él podía enviarme mucho. Y así fue. Esta mañana recibí £301 para el servicio del Señor, según fuera más necesario.—El gozo que sentí no se puede describir. Caminé de un lado a otro de mi cuarto durante largo rato, con lágrimas de gozo y de gratitud al Señor corriendo en abundancia por mis mejillas, alabando y engrandeciendo al Señor por su bondad, y entregándome de nuevo, con todo mi corazón, a él para su bendito servicio. Pocas veces he sentido más la bondad del Señor al ayudarme.
«9 de noviembre.—Nuestra necesidad de recursos es ahora grande, muy grande. El Señor prueba nuestra fe y nuestra paciencia. Esta tarde, un hermano y una hermana en el Señor, de Gloucestershire, vinieron a verme a la Nueva Casa de Huérfanos antes de recorrer la casa. A los pocos minutos recibí de la hermana un soberano que le habían pedido que me trajera para el Fondo de Construcción; y ella me dio de su parte £1 para mis gastos personales y £1 para el Fondo de Construcción, y su esposo me dio £5 para los huérfanos y £5 para las misiones extranjeras.
«Así el Señor ha refrescado mucho mi espíritu; pero espero más, y necesito mucho más.
«12 de noviembre.—Esta tarde, mientras oraba pidiendo recursos, llegó un paquetito con diez soberanos, de una dama cristiana que vive no lejos de la Nueva Casa de Huérfanos. Fue un gran refrigerio para mi espíritu.
«17 de octubre de 1854.—Esta mañana, en el culto familiar, llegamos en el curso de la lectura a Éxodo 5, que muestra que, justo antes de la liberación de los israelitas de Egipto, sus pruebas fueron mayores que nunca. No solo tenían que hacer el mismo número de ladrillos que antes, sino también recoger rastrojo, pues ya no se les daba paja. Esto me llevó, al exponer el pasaje, a observar que aun ahora los hijos de Dios se encuentran a menudo en mayor prueba que nunca justo antes de que lleguen la ayuda y la liberación. Inmediatamente después del culto familiar se vio que por el correo de la mañana no había llegado ni un penique para la obra del Señor en que estoy ocupado, aunque necesitábamos mucho y aunque muy poco había llegado durante los tres días anteriores. Así que ahora tenía que recordar Éxodo 5 y poner en práctica las verdades que contiene. En el curso del día no se recibió nada. Por la tarde tuve, como de costumbre, un tiempo de oración con mi querida esposa acerca de los diversos fines del Instituto de Conocimiento Bíblico, y luego salimos de la Nueva Casa de Huérfanos hacia nuestro hogar.
«Cuando llegamos a casa, hacia las nueve, encontramos que se habían enviado de Norwich £5 y también 5s., en dos giros postales, para el Fondo de Construcción, y que habían llegado £8 3s. 11d. por Biblias, tratados e informes que se habían vendido. Esto pedía acción de gracias. Pero un poco más tarde, entre las nueve y las diez, un caballero cristiano vino y me dio £1 para los huérfanos y £200 para las misiones extranjeras. Había recibido estas sumas de una anciana cristiana cuyos ahorros como sirvienta durante toda su vida sumaban las £200, y que, habiéndosele dejado recientemente una pequeña renta anual de unas £30, se sintió constreñida por el amor de Cristo a enviar los ahorros de toda su vida para las misiones extranjeras. * * *
«Nuestra oración especial había sido, una y otra vez, que el Señor tuviera a bien enviar recursos para los hermanos misioneros, pues tenía razones para creer que estaban muy necesitados de ayuda; y apenas a las ocho de esta tarde había rogado particularmente al Señor que enviara ayuda para este fin. Con el último correo había enviado £40 a la Guayana Británica para ayudar en alguna medida a siete hermanos de allí. Esa cantidad se llevó la última libra que había a mano para este fin. ¡Con qué gusto habría enviado ayuda también a otros hermanos, pero no tenía más! Ahora estoy en cierta medida provisto para este fin.
«12 de julio de 1854.—Nuestros recursos se habían reducido otra vez a unas £30, pues desde el 15 de junio solo habían entrado unas £150. Además, teníamos por delante gastos muy fuertes. Esta mañana, leyendo el libro de Proverbios, al llegar al capítulo 22, versículo 19 —“Para que tu confianza sea en el Señor, etc.”—, le dije en oración: “Señor, yo confío en ti; pero ten a bien ayudarme ahora, porque necesito recursos para los gastos corrientes de todos los diversos fines del Instituto”. Con el primer reparto de cartas recibí una orden contra un banco de Londres por £100, para usarla en todos los diversos fines “según lo requiriera la necesidad presente”.»
¿ESTÁS PREPARADO PARA LA ETERNIDAD?
«Al revisar mis libros de cuentas me encuentro una y otra vez con el nombre de uno y otro que ha terminado su carrera. Pronto, querido lector, puede llegar tu turno y el mío. ¿Estás preparado para la eternidad? Con afecto te insisto en esta pregunta. No la apartes. Nada tiene mayor trascendencia que este punto; sí, todas las demás cosas, por importantes que sean en su lugar, tienen una importancia sumamente pequeña en comparación con este asunto. ¿Preguntas cómo puedes prepararte para la eternidad, cómo ser salvo, cómo obtener el perdón de tus pecados? La respuesta es: cree en el Señor Jesús, confía en él, depende solo de él en lo que respecta a la salvación de tu alma. Él fue castigado por Dios para que nosotros, pecadores culpables, si creemos en él, no fuéramos castigados. Él cumplió la ley de Dios y fue obediente hasta la muerte, para que nosotros, pecadores desobedientes y culpables, si creemos en él, fuéramos tenidos por justos ante Dios por causa de él. Medita en estas cosas, querido lector, si nunca lo has hecho antes. Solo por la fe en el Señor Jesús podemos obtener el perdón de nuestros pecados y estar en paz con Dios; pero, al creer en Jesús, llegamos a ser, por esa misma fe, hijos de Dios; tenemos a Dios por Padre y podemos acudir a él por todas las bendiciones temporales y espirituales que necesitamos. Así, cada uno de mis lectores puede obtener respuestas a la oración, no solo en la misma medida en que nosotros las obtenemos, sino mucho más abundantemente.
«Puede ser que, comparativamente, pocos de los hijos de Dios sean llamados a servir al Señor fundando Casas de Huérfanos, etc.; pero todos ellos pueden —más aún, están llamados a— confiar en Dios, apoyarse en él en sus diversas posiciones y circunstancias, y aplicar la palabra de Dios, la fe y la oración a sus circunstancias familiares, a su ocupación terrenal, a sus aflicciones y necesidades de toda clase, tanto temporales como espirituales; tal como nosotros, con la ayuda de Dios, procuramos en alguna pequeña medida aplicar la palabra de Dios, la fe y la oración a los diversos fines del Instituto de Conocimiento Bíblico para el País y el Extranjero. Haz la prueba, si nunca la has hecho, y verás qué vida tan feliz es. * * * *
«Verdaderamente prefiero con mucho esta vida de prueba casi constante, con tal de poder echar todas mis preocupaciones sobre mi Padre celestial, y así conocerlo cada vez más, a una vida de paz y tranquilidad exteriores sin estas pruebas constantes de su fidelidad, su sabiduría, su amor, su poder, su providencia soberana, etc.»
ESPERANDO SOLO EN DIOS.
«6 de septiembre de 1854.—Recibí de Clerkenwell £50, para usar la mitad en misiones y la otra mitad como mejor me pareciera. Tomé una mitad para el sustento de los huérfanos, y encuentro en mi diario la siguiente observación acerca de este donativo: “¡Qué preciosa respuesta a la oración!”. Desde el 26 de agosto hemos venido día tras día al Señor por nuestras provisiones diarias. Preciosa también por causa de los hermanos misioneros a quienes procuro ayudar, para quienes no había nada a mano cuando se recibió este donativo.»
El señor Müller añade algunas observaciones a esta parte del «Relato»:—
«1. Si alguien supusiera, por haberse dicho en las páginas anteriores que repetidas veces nos vimos escasos de recursos, que los huérfanos no han tenido todo lo que necesitaban, respondemos que nunca, desde que existe la obra, ha llegado una hora de comer sin que los huérfanos hayan tenido comida buena y nutritiva en cantidad suficiente; y nunca han necesitado ropa sin que yo haya tenido los medios para proveerles todo lo que requerían.
«2. Nunca, desde que existe la obra de los huérfanos, he pedido a un solo ser humano ayuda alguna para esta obra; y, sin embargo, sin que nadie los pidiera, simplemente en respuesta a la oración, han llegado los donativos desde tantas partes del mundo, como se ha dicho, y eso con mucha frecuencia en momentos de la mayor necesidad.»
El señor Müller escribe con fecha de 1859:—
«Cada miércoles por la tarde me reúno con mis colaboradores para orar juntos; y día tras día tengo tiempos fijos en que procuro presentar la obra, con su gran variedad de necesidades espirituales y temporales, delante del Señor en oración, teniendo quizá cada día 50 asuntos o más que presentarle, y así obtengo la bendición. No pido ayuda a ningún ser humano para la obra. Más aún, aunque pudiera obtener £10.000 con cada petición de ayuda, por la gracia de Dios no la pediría. ¿Y por qué no? Porque he consagrado con alegría toda mi vida al precioso servicio de dar al mundo y a la iglesia una demostración clara, precisa e innegable de que es cosa bienaventurada confiar en Dios y esperar en él; de que él es ahora, como lo fue siempre, el Dios vivo, el mismo que se revela en las Sagradas Escrituras; y de que, si lo conocemos y estamos reconciliados con él por la fe en el Señor Jesús, y le pedimos en su nombre lo que es conforme a su voluntad, ciertamente nos lo dará, a su debido tiempo, siempre que creamos que lo hará. * * * * *
«Tampoco me ha fallado Dios en ningún momento. Durante cuarenta años he comprobado su fidelidad en esta obra.»
EN EL SEÑOR DIOS ESTÁ LA FORTALEZA DE LOS SIGLOS.
Con fecha del 9 de noviembre de 1861, el señor Müller escribió:—
«9 de noviembre. Sábado por la tarde. Cuando comenzó esta semana, recibí solo £3 19s. en el primer reparto. Poco después, en el curso de mi lectura de las Sagradas Escrituras, llegué a Isaías 26:4: “Confiad en el Señor perpetuamente, porque en el Señor Dios está la fortaleza de los siglos”.—Dejé a un lado mi Biblia, caí de rodillas y oré así: Creo que en el Señor Dios está la fortaleza de los siglos, y confío en él; ayúdame, oh Señor, a confiar en ti para siempre. Ten a bien darme hoy más recursos, y mucho esta semana, aunque hasta ahora ha llegado tan poco.—Ese mismo día, 3 de noviembre, recibí £10 de Surbiton, £5 de un donante que reside en Clifton, £2 de un donante de Bristol, y en el curso de la semana llegaron en total £457; así el Señor Dios demostró una vez más que en él está la fortaleza de los siglos y que es digno de confianza.—Querido lector creyente, procura tan solo confiar en el Señor de la misma manera, si aún no tienes esa costumbre, y descubrirás, como yo lo he descubierto miles de veces, cuán bienaventurado es. Pero si el lector todavía vive descuidado de su alma, y por tanto sin el conocimiento de Dios y de su amado Hijo, entonces lo primero y más importante que tal persona tiene que hacer es confiar en el Señor Jesús para la salvación de su alma, a fin de ser reconciliada con Dios y obtener el perdón de sus pecados.»
JESUCRISTO, EL MISMO AYER, Y HOY, Y POR LOS SIGLOS.
«26 de mayo de 1861.—Al cierre del período encuentro que el gasto total de todos los diversos fines fue de £24.700 16s. 4d., o sea £67 13s. 5¾d. por día, durante todo el año. Durante el año próximo espero que los gastos sean considerablemente mayores. Pero Dios, que me ha ayudado estos muchos años, me ayudará también en el futuro, según creo.
«Ya ves, estimado lector, cómo el Señor, en su amor fiel, nos ayudó año tras año. Cada año aumentaban los gastos, porque las operaciones de las Instituciones se ampliaban aún más; pero él nunca nos falló. Sin embargo, quizá digas: “¿Y qué harías si él dejara de ayudarte?”. Mi respuesta es que eso no puede suceder mientras confiemos en él y no vivamos en pecado. Pero si lo abandonáramos a él, la fuente de agua viva, y caváramos para nosotros cisternas rotas que no retienen agua, confiando en un brazo de carne; o si viviéramos en pecado, entonces lo invocaríamos en vano, aunque siguiéramos profesando confiar en él, conforme a aquella palabra: “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me oiría”. Salmo 66:18.
«Hasta ahora, por la gracia de Dios, he podido seguir confiando solamente en él; y hasta ahora, aunque débil y falible de muchas maneras, por la gracia de Dios he podido andar rectamente, aborreciendo el pecado y amando la santidad, y anhelando una conformidad cada vez mayor con el Señor Jesús.
«21 de octubre de 1868.—Según vienen los días, le presentamos nuestras peticiones, pues desde hace ya varios años nuestros gastos ascienden a más de cien libras diarias; pero, aunque los gastos han sido tan grandes, él nunca nos ha fallado. En cuanto a la apariencia exterior, hemos sido en verdad como la “zarza ardiendo en el desierto”; sin embargo, no hemos sido consumidos. Además, estamos llenos de confianza en el Señor y, por tanto, de buen ánimo, aunque tenemos por delante la perspectiva de que, año tras año, nuestros gastos aumentarán más y más. Si todos mis amados condiscípulos que procuran trabajar para Dios conocieran la dicha de mirar verdaderamente solo a Dios y de confiar solamente en él, pronto verían cuán refrescante para el alma es este camino, y cuán completamente libre de decepción, en lo que a él respecta. Los amigos terrenales pueden cambiar de parecer respecto a la obra en que estamos ocupados; pero si de veras trabajamos para Dios, cambie quien cambie de parecer respecto a nuestro servicio, él no cambiará. Los amigos terrenales pueden perder la capacidad de ayudarnos, por mucho que deseen hacerlo; pero él sigue siendo por toda la eternidad el infinitamente Rico. Los amigos terrenales pueden, al cabo de un tiempo, volver su atención hacia otros objetos y, como no pueden ayudar en todas partes, por mucho que lo deseen, quizá tengan que dejar de ayudarnos, aunque sea a su pesar; pero él puede, en todas direcciones, aunque las necesidades se multiplicaran un millón de veces, suplir todo lo que pueda necesitarse, y lo hace con deleite allí donde se lleva adelante su obra y donde se confía en él. Los amigos terrenales pueden ser arrebatados por la muerte, y así podemos perder su ayuda; pero él vive para siempre, no puede morir. Desde este último punto de vista he visto especialmente, durante los últimos 40 años, en relación con este Instituto, la dicha de confiar solamente en el Dios vivo. No uno ni dos, ni siquiera cinco ni diez, sino muchos más, que en otro tiempo me ayudaron mucho con sus bienes, han sido arrebatados por la muerte; pero ¿se han detenido por ello las operaciones del Instituto? No. ¿Y cómo es eso? Porque confié en Dios, y solamente en Dios».
PLENAMENTE PREPARADO DE CORAZÓN PARA LAS PRUEBAS DE LA FE.
Con fecha 28 de julio de 1874, el Sr. Müller escribió:—
«Desde hace meses me ha parecido como si el Señor quisiera, por sus tratos con nosotros, devolvernos a aquel estado de cosas en que estuvimos durante más de diez años, de agosto de 1838 a abril de 1849, cuando día tras día, casi sin interrupción, teníamos que mirar a él para nuestras provisiones diarias y, durante gran parte de ese tiempo, de comida en comida. Las dificultades me parecían en verdad muy grandes, pues el Instituto es ahora veinte veces mayor que entonces, y nuestras compras han de hacerse al por mayor; pero, al mismo tiempo, me consuela saber que Dios está al tanto de todo esto; y que, si este camino es para la gloria de su nombre y para el bien de su iglesia y del mundo inconverso, estoy dispuesto, por su gracia, a seguir este camino, y a hacerlo hasta el fin de mi carrera. Así se gastaban rápidamente los fondos; pero Dios, nuestro Tesorero infinitamente rico, permanece con nosotros. Esto es lo que me da paz. Además, si le place, con una obra que requiere unas £44,000 al año, hacerme volver a hacer en el atardecer de mi vida lo que hice de agosto de 1838 a abril de 1849, no solo estoy preparado para ello, sino que con gusto pasaría de nuevo por todas esas pruebas de fe en cuanto a los medios, con tal de que él fuera glorificado y su iglesia y el mundo fueran beneficiados. Una y otra vez ha pasado últimamente este último punto por mi mente, y me he puesto en la situación de no tener ya ningún medio, con dos mil cien personas no solo a la mesa cada día, sino con todo lo demás que proveerles, y todos los fondos agotados; 189 misioneros a los que ayudar, y nada en absoluto en caja; unas cien escuelas, con unos nueve mil alumnos, que sostener por completo, y ningún medio a mano para ellas; unos cuatro millones de tratados y decenas de miles de ejemplares de las Sagradas Escrituras que enviar ahora cada año, y todo el dinero gastado. Invariablemente, sin embargo, con esta probabilidad delante, me he dicho: “Dios, que ha levantado esta obra por medio de mí; Dios, que me ha guiado en general, año tras año, a ampliarla; Dios, que ha sostenido esta obra ya por más de cuarenta años, seguirá ayudando, y no permitirá que yo sea avergonzado, porque confío en él; le encomiendo toda la obra, y él me proveerá de lo que necesite también en el futuro, aunque no sé de dónde han de venir los medios”.
«Así escribí en mi diario el 28 de julio de 1874. Al lector le interesará ahora saber cómo nos fue en estas circunstancias.
«Cuando llegué a casa anoche (27 de julio), encontré que habían llegado cartas que contenían £193, entre ellas una de un misionero en tierras extranjeras, ayudado con los fondos de este Instituto, quien, habiendo entrado en posesión de algún dinero por la muerte de un pariente, envió £153 0s. 4d. para las Misiones Extranjeras. Esta mañana, 28 de julio, entraron £24 más, de modo que, cuando me reuní esta tarde con varios de mis colaboradores para orar por medios y por otros diversos asuntos —como la bendición espiritual sobre los diversos Objetos del Instituto, más lluvia en esta estación tan seca, la salud de nuestros colaboradores, etc.—, habíamos recibido desde ayer por la tarde un total de £217. Dimos gracias a Dios por ello y le pedimos más. Terminada la reunión de oración, se me entregó una carta de Escocia que contenía £73 17s. 10d., y un papel con 13s. Esta fue la respuesta inmediata a la oración por más medios.
«12 de agosto.—Los ingresos de toda esta semana, desde el 5 de agosto, han sido de £897 15s. 6½d.
«16 de septiembre.—Justo después de haber orado de nuevo por el pago de legados que se nos han dejado, se me envió un recibo para el cobro de un legado de £1,800.
«23 de septiembre.—Ingresos de hoy, £5,365 13s. 6d., de los cuales se enviaron en un solo donativo £5,327 7s. 6d. ¡Alabado sea el Señor!»
ESFORZADO EN FE, DANDO GLORIA A DIOS.
El 27 de marzo de 1881, el Sr. Müller vio que no quedaba dinero en caja para los fondos de Escuelas, Biblias, Misiones y Tratados. Durante el mes anterior se habían gastado casi £1,400 en estos Objetos. Escribe:—
«¿Qué había que hacer ahora, querido lector, en estas circunstancias, cuando todo el dinero para los Objetos mencionados se había agotado otra vez? Respondo: hicimos lo que hemos hecho durante 47 años, es decir, esperamos continuamente en Dios. Mis queridos colaboradores en Bristol, y mi querida esposa y yo en América, presentamos una y otra vez nuestras necesidades delante del Señor.
«Aquí en los Estados Unidos, además de nuestra oración diaria habitual pidiendo ayuda, teníamos tiempos especiales, adicionalmente 4, 5 y 6 veces al día, para derramar nuestro corazón delante de nuestro Padre celestial y presentarle nuestras peticiones, seguros de que la ayuda vendría; y no hemos esperado en el Señor en vano. Este método puede ser despreciado por algunos, ridiculizado por otros y considerado insuficiente por una tercera clase de personas; pero, en toda prueba y dificultad, hallamos que la oración y la fe son nuestro remedio universal; y, después de haber experimentado su eficacia durante medio siglo, nos proponemos, con la ayuda de Dios, seguir esperando en él, a fin de mostrar a un mundo impío y a una Iglesia que duda que el Dios vivo todavía puede y quiere responder a la oración, y que es el gozo de su corazón escuchar las súplicas de sus hijos. En el Salmo 9:10, el testimonio divino acerca del Señor es: “En ti confiarán los que conocen tu nombre”. Nosotros lo conocemos, por su gracia, y por eso ponemos en él nuestra confianza.
«27 de abril.—El 27 de marzo no teníamos ningún medio en caja para estos Objetos, como se dijo en esa fecha. Ahora hemos sido ayudados durante un mes más, en respuesta a la oración, y se nos ha provisto de todo lo que necesitábamos, aunque ascendía a casi £1000, y nos quedan £23 8s. 6¼d.
«29 de abril.—Un siervo del Señor Jesús que, constreñido por el amor de Cristo, procura hacerse tesoros en el cielo, habiendo recibido un legado de £532 14s. 5d., dio £500 de él para estos Objetos.
«28 de julio de 1881.—Desde hace algún tiempo los ingresos han sido solo como la tercera parte de los gastos. En consecuencia, todo lo que tenemos para el sostenimiento de los huérfanos está casi agotado; y para los cuatro primeros Objetos del Instituto no tenemos absolutamente nada en caja. La apariencia natural ahora es que la obra no puede continuar. Pero creo que el Señor ayudará, tanto con medios para los huérfanos como para los demás Objetos del Instituto, y que no seremos avergonzados; y también que no será necesario abandonar la obra. Espero plenamente la ayuda, y he escrito esto para la gloria de Dios, a fin de que quede registrado en adelante para el ánimo de sus hijos. El resultado se verá.
«Lo anterior se escribió a las 7 de la mañana del 28 de julio de 1881. Hasta ahora tenemos los medios para hacer frente a nuestros gastos, y espero que no seremos avergonzados, aunque en siete años no hemos estado tan pobres».
El resultado, en efecto, se ha visto, y se verá. Durante más de 20 años desde que se escribieron esas palabras y el Sr. Müller dejó así constancia de su confianza en la ayuda del Señor, Dios ha sostenido la obra, y en mayo de 1902 había un saldo en caja de varios miles de libras, a pesar de que se habían recibido y gastado más de £500,000 desde que se hizo esta anotación en el diario del Sr. Müller el 28 de julio de 1881.
Durante estos 20 años, la fe y la paciencia fueron a veces muy probadas:
«15 de agosto de 1881.—El saldo para los huérfanos se ha reducido ahora a £332 12s. 7d., más bajo de lo que ha estado en más de veinticinco años. Esta suma es la que tenemos en caja para hacer frente a los gastos diarios relacionados con 2100 personas. Solo alcanza para los gastos medios de 4½ días. Pero nuestros ojos están puestos en el Señor. Miro a mi Proveedor celestial. El total de los ingresos de hoy ha sido de £28 5s. 2½d.
«22 de agosto.—Se pagó parte de un legado dejado hace años, £1,000, como respuesta a muchas oraciones.
«26 de febrero de 1882.—El saldo en caja hoy para los huérfanos es de £97 10s. 7½d., es decir, £24 más que los gastos medios de un solo día.
«2 de marzo.—Nuestra situación ahora respecto a la obra de los huérfanos es orar día tras día: “Danos hoy nuestro pan cotidiano”. Desde hace bastante tiempo hemos tenido que mirar al Señor día tras día para suplir nuestras necesidades diarias; pero Dios nos ha ayudado hasta aquí.
«20 de abril de 1882.—Estando en la mayor necesidad, recibimos de Edimburgo £100 con esta nota: “Lo adjunto estaba destinado a ser un legado, pero lo he enviado en vida”.
«3 de junio.—De Wotton-under-Edge, £500. Este donativo fue una liberación gloriosa, y unas preciosas arras de lo que Dios haría aún por nosotros.
«21 de octubre.—Recibidas de Wotton-under-Edge £1,000. * * * * * Dios, en respuesta a nuestras oraciones, habló a su querido hijo e inclinó su corazón a enviarnos más que nunca. Así da también prueba de que durante el año anterior, cuando estábamos tan bajos de fondos, fue solo para la prueba de nuestra fe y paciencia, y no por enojo; ni quiso con ello indicar que no nos ayudaría más. Por mi parte, yo esperaba más y mayor ayuda de Dios, y no he sido avergonzado.
«17 de agosto de 1883.—Nuestro saldo se redujo esta tarde a £10 2s. 7d. ¡Piénsalo, querido lector! Día tras día hay que proveer para unas 2100 personas en la Institución de Huérfanos, y £10 2s. 7d. era todo lo que había en caja para hacerlo. Ya ves que estamos exactamente en la misma situación en que estábamos hace 46 años en cuanto a fondos. Dios es nuestro banquero. En él confiamos, y contra él giramos por fe. Esto fue el sábado. Por la tarde se recibieron £30. El lunes recibimos £129 más, pero tuvimos que pagar £60. El martes recibimos £295, pero tuvimos que pagar £180. * * * * *
«A Dios le place variar continuamente su manera de tratar con nosotros, para que no seamos tentados a confiar en los donantes ni en las circunstancias, sino solamente en él, y para que mantengamos los ojos fijos en él. Esto, por su gracia, podemos hacerlo, y nuestros corazones son guardados en paz».
Unos diez meses después, cuando el saldo en caja era de solo £41 10s., poco más de la mitad de los gastos medios de un día para los huérfanos, y convenía llevar a cabo obras de saneamiento cuyo costo superaría las £2,000, el Sr. Müller recibió un legado de £11,034 6s.
«7 de junio de 1884.—Este es el mayor donativo que he recibido jamás de una sola vez. Este legado había estado más de seis años en la Cancillería, y año tras año se esperaba su pago, pero el Tribunal de la Cancillería lo dejaba sin resolver. Sin embargo, seguí orando, y durante seis años oré día tras día para que se pagara el dinero, creyendo que Dios, a su debido tiempo (que siempre es el mejor), ayudaría por fin; porque muchos legados retenidos en la Cancillería los había sacado del Tribunal por medio de la oración, y el dinero se pagó finalmente. También en este caso, después de que la fe y la paciencia se ejercitaron lo suficiente, Dios concedió asimismo esta petición».
1893.—En el Quincuagésimo Cuarto Informe del Instituto de Conocimiento Bíblico, el Sr. Müller dice:—
«Los lectores del último informe recordarán bajo qué pruebas particulares entramos en el último año económico del Instituto, del 26 de mayo de 1892 al 26 de mayo de 1893; pero confiamos en Dios; con una confianza inquebrantable miramos a él, y esperábamos ser ayudados de un modo u otro. * * Mientras seguíamos así, mi corazón estaba habitualmente en paz, seguro de que todo esto lo permitía Dios para preparar una bendición para miles que después leerían el relato de sus tratos con nosotros durante el año del 26 de mayo de 1892 al 26 de mayo de 1893. En cuanto a nuestros queridos colaboradores, el Sr. Wright y yo ya hemos visto, mientras pasábamos por la prueba, cómo Dios la ha bendecido para ellos.
«30 de agosto de 1892.—Esta noche, mientras leía los Salmos, llegué al Salmo 81:10, y recordé la obra del Espíritu Santo en mi corazón al leer este versículo el 5 de diciembre de 1835, y el efecto que esto tuvo, no solo al llevarme a fundar la mayor Institución de Huérfanos del mundo, sino que pensé también en la bendición que así se ha traído a decenas de miles de creyentes e incrédulos en todo el mundo. Dejando a un lado la Biblia, pues, caí de rodillas y pedí a Dios que tuviera a bien repetir su bondad anterior y proveerme de nuevo con más abundancia de medios. En efecto, en menos de media hora recibí £50 de un donante de Bristol y, de Redland, una gran cantidad de pescado, además de las £97 ya recibidas hoy como resultado de mucha oración. Con el último reparto del correo, a las 9 de la noche, recibí también £5 más, y tuve así en total £152 este día, como resultado de la oración.
«11 de noviembre.—Hoy entraron, con los dos primeros repartos, solo unas £8, pero el Señor aumentó los ingresos a más de £200 este día. Nunca me desanimo porque entre muy poco, sino que me digo a mí mismo, y también a mis queridos colaboradores: “Más oración, más paciencia y más ejercicio de la fe traerán mayor bendición”; porque así lo he hallado invariablemente desde octubre de 1830, hace ya 63 años, cuando comencé esta vida de entera dependencia de Dios para todo.
«1 de marzo de 1893.—Los ingresos de esta semana, que termina hoy, fueron de £92 8s. 8¾d. para los huérfanos y £9 11s. 2d. para los demás Objetos, cerca de la sexta parte de nuestros gastos semanales; pero ahora la gran prueba de nuestra fe estaba casi por terminar, como se verá en seguida.
«4 de marzo.—Este mismo día Dios comienza a responder a nuestras oraciones, pues hemos recibido una muy buena oferta por el terreno que tenemos que vender, nada menos que £1,000 por acre. El comienzo del día fue más oscuro que nunca en cuanto a las apariencias exteriores; pero confiamos en Dios para recibir ayuda. Los tres primeros repartos de cartas nos trajeron solo £4, y los tres restantes nos trajeron tan poco que los ingresos de todo el día fueron solo £8 en lugar de £90, la cantidad que necesitamos cada día para hacer frente a todos nuestros gastos. Pero Dios nos ha ayudado ahora. Esta noche hemos podido vender diez acres y dos quintos de acre de terreno a £1,000 por acre, y recibiremos £10,405 en total por todo un campo. El contrato se firmó a las 8 de esta noche».
LA PARTIDA DEL SR. MÜLLER PARA ESTAR CON CRISTO.
La noche del miércoles 9 de marzo de 1898, el Sr. Müller participó en la acostumbrada reunión de oración celebrada en la Casa de Huérfanos n.º 3; se retiró a descansar a su hora habitual y, temprano a la mañana siguiente (el 10 de marzo), solo en su dormitorio, exhaló su último aliento, haciendo realidad lo que por mucho tiempo había sido para él una gozosísima expectativa, a saber, que «partir y estar con Cristo es muchísimo mejor».
14 de marzo.—Este día los restos mortales del Sr. Müller fueron depositados en la tumba de su primera y su segunda esposa, en el cementerio de Arnos Vale. Las circunstancias que lo rodearon fueron, de principio a fin, muy notables e interesantes para la mente cristiana, sobre todo porque ilustraban el principio eterno de Dios: «Yo honraré a los que me honran». El hombre que en vida no buscó su propia gloria llegó a ser en la muerte aquel a quien todas las clases se deleitaban en mostrar respeto y honra.
Por las multitudes de espectadores conmovidos que bordeaban las calles, por los ojos llorosos y las audibles exclamaciones de oración que escapaban de los labios de los presentes (muchos de ellos, los más pobres de entre los pobres) mientras los huérfanos desfilaban detrás del coche fúnebre; por la suspensión de todo el tráfico en las calles principales, el tañido de las campanas a sordina y las banderas a media asta, y por las densas multitudes que en el cementerio aguardaban la llegada del cortejo fúnebre, parecía como si toda la ciudad hubiera resuelto espontáneamente honrar al hombre que no había vivido para sí mismo, sino para la gloria de Dios y el bien de sus semejantes.
Durante unos 21 meses antes de la muerte del Sr. Müller, las pruebas de fe y paciencia fueron grandes. El Sr. James Wright, sucesor del Sr. Müller, escribe:
«Aquel que a veces se complace en enseñar a sus siervos a “tener abundancia”, considera mejor para ellos, en otras ocasiones, que sean “enseñados a padecer necesidad”. Durante muchos de los 64 años en que se ha llevado adelante esta obra, lo primero fue nuestra experiencia: tuvimos abundancia, y rica abundancia; últimamente, y en especial durante los últimos 2 o 3 años, ha sido todo lo contrario. La necesidad apremiante ha sido la regla; un saldo en caja, por encima de nuestra necesidad, la rara excepción. Sin embargo, nunca hemos sido desamparados».
«23 de septiembre de 1897.—Remanente del legado del difunto G. J., Esq., £2,679 18s. 7d. Esta suma se recibió cuando estábamos en la más profunda necesidad, y después de que al Señor le plugo permitir una prueba muy prolongada de fe y paciencia; pero mira, amado lector: él no nos decepcionó ni nos abandonó, como nunca lo hace con quienes de verdad confían en él. El gozo de semejante liberación no puede saborearse sin la experiencia de la prueba previa.
«26 de febrero de 1898.—La siguiente anotación, bajo esta fecha, está escrita de puño y letra del Sr. Müller:
«Los ingresos de hoy, con los dos primeros repartos, fueron de £7 15s. 11d. Día tras día continúa nuestra gran prueba de fe y paciencia, y así ha sido, más o menos, ya durante 21 meses; sin embargo, por tu gracia, somos sostenidos».
1 de marzo de 1898.—Lo siguiente, de nuevo, procede de una nota escrita de puño y letra del Sr. Müller, bajo esta fecha:
«Durante unos 21 meses, casi sin la menor interrupción, ha continuado la prueba de nuestra fe y paciencia. Ahora, hoy, el Señor ha refrescado nuestro corazón. Esta tarde entraron, para la obra del Señor, £1,427 1s. 7d. como pago parcial de un legado de la difunta Sra. E. C. S. Durante 3 años y 10 meses este dinero había estado en el Tribunal de la Cancillería de Irlanda. Cientos de peticiones se habían presentado delante del Señor acerca de él, y ahora por fin se ha recibido esta porción del legado total».
Así el Señor, en amor y fidelidad, refrescó grandemente el corazón de su siervo, solo nueve días antes de llevarlo a casa para estar con él.
Apéndice A
CINCO CONDICIONES DE LA ORACIÓN QUE PREVALECE
Entera dependencia de los méritos y la mediación del Señor Jesucristo, como único fundamento de cualquier derecho a la bendición. (Véase Juan 14:13, 14; 15:16, etc.)
2.—Separación de todo pecado conocido. Si en nuestro corazón miramos a la iniquidad, el Señor no nos oirá, porque eso sería consentir el pecado. (Salmo 66:18.)
3.—Fe en la palabra de promesa de Dios, confirmada por su juramento. No creerle es hacerlo a la vez mentiroso y perjuro. (Hebreos 11:6; 6:13-20.)
4.—Pedir conforme a su voluntad. Nuestros motivos deben ser piadosos: no debemos buscar ningún don de Dios para gastarlo en nuestros deleites. (1 Juan 5:14; Santiago 4:3.)
5.—Importunidad en la súplica. Ha de haber un esperar en Dios y un aguardar a Dios, como el labrador aguarda con mucha paciencia la cosecha. (Santiago 5:7; Lucas 18:1-8.)
Capítulo 3 completado
Preciosas respuestas a la oración