Amanda Smith: una autobiografía
Cómo compré a mi hermana Frances

Capítulo 7 · 14 min de lectura · 18 min de escucha

Cómo compré a mi hermana Frances

Fue en septiembre de 1862. Los soldados de la Unión estaban apostados a lo largo de toda la línea, desde Havre de Gras y Monkton, Maryland. Mi tía, hermana de mi madre, vivía a una milla y media de Hereford, en la vieja casa familiar, donde mi abuela vivió y murió. Después de la muerte de mi madre, quedábamos seis hijos en casa con mi padre. Mi tía, que llevaba unos dos años casada, quería que mi padre dejara ir con ella a Maryland a una de mis hermanas. En aquel tiempo solo tenía un hijo propio, y quería que mi hermana le hiciera compañía a su niño y lo cuidara, porque muy a menudo ella salía a trabajar por día. Así que mi padre le dio a mi hermana Frances, que entonces tenía unos diez años. No era muy seguro para la gente de color ir y venir, pero a veces podían hacerlo sin que los molestaran en absoluto. Mi tía venía una vez al año a la reunión campestre, como hacía mucha gente de color de los alrededores. La reunión campestre se llamaba entonces el antiguo campamento de Baltimore. Se celebraba en el campamento de Lowe. Mi hermana tenía muchas ganas de irse con mi tía. Ella prometió cuidarla muy bien, así que mi padre estuvo muy dispuesto a dejarla ir. Llevaba allí unos tres años, creo; mi tía tenía entonces dos niños, y mi hermana los cuidaba mientras ella estaba fuera trabajando todos los días; claro que las cosas no siempre salían con los niños como debían, y entonces mi tía era muy dura con Frances; varias veces le pegó con tanta severidad que los vecinos intervinieron, y eso creó malos sentimientos entre los vecinos y mi tía. Le llegó la noticia a mi padre, pero él no podía ir fácilmente, ni ninguno de los demás sentíamos que pudiéramos ir; había tanta agitación por la guerra que no queríamos arriesgarnos.

Después de que comenzó la guerra, esos soldados estaban apostados, como he dicho, y yo había decidido que me arriesgaría e iría a ver qué pasaba con mi hermana. Antes de esto, mi tía le había escrito a mi padre que Frances se había vuelto muy rebelde, y que cuando le pegaba se escapaba, y que se había ido a alguna parte, y que él tenía que venir a ocuparse de ella. Yo vivía en Lancaster, Pensilvania, con la familia del coronel H. S. McGraw. Ganaba seis dólares al mes. Le conté a la señora McGraw lo de mi hermana y le dije que creía que ahora era seguro ir; que estaría más segura bajo la protección de los soldados de la Unión. Logré que me adelantara cincuenta dólares y emprendí el viaje hacia Monkton. Fui a Little York, Pensilvania, y de York a Monkton, Maryland. Llegué a casa de mi tía hacia la una de la tarde. No estaba en casa. Estaban los niños, y me dijeron que Frances vivía con el señor Hutchinson. Pues bien, yo no sabía dónde vivía el señor Hutchinson, pero preguntando di con el camino correcto. Por fin llegué a casa del hombre que había sido magistrado en aquella parte del país; quería verlo, porque entretanto había oído que habían vendido a mi hermana, así que entré a preguntar qué se podía hacer. Mi hermana había nacido libre —nacida en Pensilvania—, y mi padre y mi madre eran libres, y yo quería ver qué se podía hacer. Me dijo que Frances se había escapado de casa de mi tía y había ido a la de ellos, y que como él vio que la habían tratado muy mal, y como ella era muy buena con los niños, su esposa pensó que se la quedarían. Ella acudió a él en busca de protección. Pues bien, justo en aquel tiempo estaban vendiendo a los negros; a todos los que podían agarrar en cualquier parte que no pudieran probar que habían nacido libres, los vendían por tanto. Mi tía estaba un poco disgustada, así que no se preocupó por Frances, y mi padre no pudo ir a jurar por ella; por consiguiente, la vendieron al señor Hutchinson por un plazo de diez años. Me dijo que lo único que podía hacer era ver al señor Hutchinson y, si él consentía en entregarla, podría recuperarla pagándole lo que él había pagado por ella. Dijo que no había nadie que se presentara a jurar por ella, y que él vio que no la trataban con bondad, pero que eso era todo lo que podía hacer al respecto. No se tomó mucha molestia en darme satisfacción. ¡Ay, qué tiempos aquellos! Sin embargo, después de que me dijo lo que me dijo, me puse en camino hacia la casa del señor Hutchinson. ¡Caramba, cómo lloré! ¡Cómo pensaba en mi querida madre! Estaba completamente sola. Caminaba y oraba. No había comido nada en todo el día. Tenía mucha hambre. Había pasado junto a varias granjas y quería entrar a pedir un

vaso de agua, pero tenía miedo. Por fin llegué a una casa muy elegante, apartada del camino; unos terrenos hermosos, hierba verde y árboles, una hermosa galería blanca y una anciana con cofia blanca sentada en la galería; había una bomba de agua en el patio, con una linda taza de hojalata reluciente colgada; pero había un perro grande echado en la entrada, así que me quedé un momento en el portón; la anciana se levantó y fue hasta el extremo de la galería, y yo le grité: «Señora, tengo mucha sed; ¿me deja entrar, por favor, a beber un poco de agua?». Ella dijo: «No, no; siga, siga». Por un momento casi me desmayo, y elevé mi corazón y dije: «Ahora, Señor, ayúdame y quítame la sed»; y en un instante se me fue hasta el último resto de sed y de hambre; no me quedó nada, como si nunca hubiera tenido sed. Seguí caminando como una milla más bajo el sol; llegué a casa del señor Hutchinson y vi a mi pobre hermana. No creo haber visto nunca un pagano en África que pareciera tan pagano como ella. Apenas podía hablarle. Estaba ocupada trabajando y parecía feliz, pero yo no. Le dije que había venido a buscarla y a ver al señor Hutchinson. ¡Pobrecita, qué contenta estaba de verme!

No sé cuántos negros tenía el señor Hutchinson; estaba alterado por la guerra; y aunque se le consideraba un hombre muy bueno con sus negros, se puso áspero cuando le dije a qué venía. Cuando le dije que mi hermana había nacido libre, que no era esclava y nunca lo había sido, simplemente dijo que eso no era asunto suyo; había pagado cuarenta dólares por ella, y no la iba a soltar por menos. Pues bien, yo no sabía qué hacer. Yo lloraba, pero él vociferaba; maldecía, y decía que Frances de todos modos no había servido para nada. Al principio dijo que no la dejaría ir de ninguna manera. Luego entró en la casa. Su esposa era una mujer muy buena. ¡Qué bien la recuerdo! Yo lloraba y lloraba y no podía parar. Era una tontería, pero no podía evitarlo. Ella le dijo algo. Él entró en la casa y, al rato, volvió y dijo que no la iba a soltar por menos de cuarenta dólares. Entonces mi hermana me dijo que si iba a casa del padre de la señora Hutchinson (creo que se llamaba Matthews, y era cuáquero) y hablaba con él, quizá me ayudaría. Eran gente muy buena y siempre habían sido amables con ella. Estaba como a un cuarto de milla, a través de los campos. Así que fui allá entonces, y el anciano señor Matthews me dijo que me volviera y que a la mañana siguiente él vendría a caballo. Y, en efecto, a la mañana siguiente el

anciano vino. Me tenía lástima, lo vi, pero no podía ayudarme mucho. El señor Hutchinson se paseaba de un lado a otro y maldecía. Le dije al señor Matthews que casi no tenía dinero, y que no sabía cómo volver si pagaba los cuarenta dólares. Solo me alcanzaría para volver a York, ¿y cómo iba a llegar de York a Lancaster, donde vivía, y además llevar allí a mi hermana? Pues bien, el señor Hutchinson dijo que eso no era asunto suyo. Así que le dijo a mi hermana que podía prepararse e irse. Le pagué el dinero. Entonces ella se preparó. Fue a buscar su chal, y él le dijo que no se llevaría nada más que lo que tenía puesto. Le habían dado un chal, un vestido y un par de zapatones de cuero enormes; y le dejaron llevarse el vestido que llevaba puesto (uno de algodón a rayas azules); la señora le había dado un delantal de guinga; ese tenía que dejarlo. Así que nos pusimos en marcha; lo que llevaba encima, con un vestido de diario bajo el brazo, era todo lo que tenía. Él blandía el látigo de tal manera que yo no sabía si no íbamos a llevarnos las dos una paliza antes de salir; pero salimos sin la paliza. ¡Pero, ay, qué furioso estaba! Di gracias al Señor por el anciano caballero cuáquero. Si no hubiera sido por él, habría sido mucho peor. ¡Y cómo oré para que el Señor bendijera a la señora Hutchinson! Creo que era buena. Había por allí varios niños negros pequeños, y el señor Hutchinson era bueno con ellos, jugaba con ellos, los subía al caballo y los sujetaba para que montaran, y ellos parecían quererlo mucho. Pero, claro, eran esclavos. ¡Qué diferencia hacía eso en sus sentimientos hacia ellos! Mi hermana era libre. Él no tenía nada que ver con ella, y yo no tenía por qué pagarle ningún dinero; y si entonces hubiera tenido tanto juicio como tengo ahora, no le habría pagado ni un centavo; habría esperado sin más a que se fuera a la cama y habría tomado el camino del ferrocarril subterráneo. Pero todo eso ya pasó, y mi pobre hermana hace mucho que fue a recibir su recompensa.

Cuando volví a Lancaster, a casa de la señora McGraw, ella me permitió llevar allí a mi hermana, y ella ayudaba en las tareas hasta que la tuve algo enseñada; porque siempre había trabajado en el campo y tenía muy poca idea de las labores de la casa. Ahora trabajaba, como quien dice, para pagar lo ya gastado; porque le debía cincuenta dólares a la señora McGraw. Ella me pagaba el sueldo con regularidad, pero estaba esa deuda; y con Frances a mi cargo, no podía pagar ni un centavo de los cincuenta dólares. ¡Ay, cómo me preocupaba! Odiaba pensar en ello; odiaba tanto tener deudas. Pero no podía evitarlo,

y no tenía a nadie que me ayudara. Mis hermanas eran todas pobres y trabajaban duro para sí mismas. Mi padre no podía ayudarme. Un día el señor Robert McGraw, hermano del coronel McGraw, vino a pasar una temporada con ellos en Lancaster. Era un hombre con muchos recursos y muy generoso. Siempre me alegraba mucho cuando el señor Robert venía a verlos. Siempre podía contar con dos dólares y cincuenta centavos, o cinco dólares, cuando se iba. Comíamos a las tres de la tarde; desayunábamos a las nueve. El señor Robert había desayunado y se había ido al centro. Entró en un banco a cambiar un billete. Llevaba cuatro billetes de cien dólares enrollados juntos. Entró en el banco y cambió un billete al bajar por la mañana. Volvió a las tres a comer. Después de comer, siempre salía a la cocina a encender su cigarro. El hijo de la señora McGraw, Henry, un muchacho de unos diez años, tenía un perro muy bonito y lo apreciaba muchísimo. Yo era muy cuidadosa con mi cocina, y ellos salían a la cocina y se ponían a jugar, y a veces dejaban mi cocina bastante revuelta. Claro que yo no decía nada, porque el señor Robert era amable; pero no me gustaba. Pues bien, cuando cambió el billete y fue a volver a meterse los trescientos dólares en el bolsillo, en vez de meter el dinero en el bolsillo, se lo deslizó dentro del pantalón; y, por extraño que parezca, había hecho todo el camino a casa y no se le perdió en la calle. Pero mientras jugaba en la cocina con el pequeño Henry después de comer, se le resbaló y cayó al suelo. Parecía justo un trozo de papel que hubiera retorcido para encender el cigarro. Lo vi allí tirado, pero al principio no me molesté en recogerlo. Él se había ido calle abajo. Lloviznaba un poco. Al rato el perro entró corriendo para subir a buscar a Henry. La puerta de en medio estaba cerrada y no podía subir. Cuando volvió pasando junto a mí, fui a despacharlo con el pie, y le di una patada a aquel rollo de papel que estaba allí. Algo pareció susurrarme: «Más vale que recojas eso y lo mires. Podría ser un billete de veinte dólares». Así que lo recogí; y, ¡ay, Dios mío! En todos los días de mi vida, ¿había tenido jamás una sorpresa así? ¡Trescientos dólares! ¡Tres billetes de cien dólares del banco de Baltimore! ¡Caramba! Pero dije: «Esto es del señor Robert McGraw». La señora McGraw era muy buena, pero yo sabía que si se lo daba a ella no me tocaría más de un dólar; pero si lo guardaba y se lo daba al señor Robert, estaba segura de que me daría cinco dólares. No había nadie en la cocina más que

yo. Las otras dos criadas estaban arriba. Así que me dije: «El señor Robert estará aquí dentro de unos minutos». Eran entre las cuatro y media y las cinco de la tarde. No le dije nada a nadie. El señor Robert no vino hasta eso de las seis o las siete de la tarde. No le había dicho una palabra a nadie. Me vino la sugerencia: «Esta es una buena oportunidad para que salgas de tu deuda con la señora McGraw. Ninguno de estos billetes está marcado, y puedes llevarlo al banco y dárselo a alguien y conseguir ese dinero». Dejé que todos esos pensamientos me dieran vueltas por la mente, y luego dije: «Vamos, señor diablo, usted miente; no pienso meterme en ningún lío por ese dinero de ninguna manera». Al rato oí que venía alguien, hablando, y vi a dos o tres personas. El señor Robert no entró por la puerta principal; dio la vuelta por el patio y entró por la puerta lateral. Venían con él dos muchachos con linternas, y habían buscado este dinero a lo largo de toda la calle.

Así es como lo echó en falta. Entró en una barbería a afeitarse. Después de afeitarse, se metió la mano en el bolsillo para sacar el dinero y pagar, y vio que solo tenía el dinero que le habían cambiado. Los otros billetes habían desaparecido. Era muy jovial, y dijo: «He perdido trescientos o cuatrocientos dólares; no sé cuántos. Daré cincuenta dólares si lo encuentro». Y, claro, todos salieron a buscarlo. Así que entró en el patio.

«¿Qué pasa, señor Robert?».

«Amanda», contestó, «he perdido trescientos o cuatrocientos dólares», y luego, soltando una palabrota, dijo que no sabía cuántos, y siguió buscando por todas partes con los muchachos. Dije: «¡Caramba, señor Robert! ¿Trescientos dólares?».

«Sí, trescientos o cuatrocientos, no sé cuántos. Daré cincuenta dólares si lo encuentro».

En cuanto dijo: «Daré cincuenta dólares si lo encuentro», le dije: «Señor Robert, ¿qué ha dicho?».

«He dicho que daré cincuenta dólares si lo encuentro». Entonces me miró a través de los anteojos, y dije: «¿Y si lo encuentro yo?», y al mismo tiempo metí la mano hasta el fondo del bolsillo.

«Amanda», dijo, «¿lo has encontrado?».

«Espere; espere a que vea». Y haciendo un esfuerzo desesperado, lo saqué. Allí estaban los tres billetes de cien dólares. ¡Caramba, qué sorprendidos se quedaron los muchachos! Él se dio la vuelta allí mismo hacia el

arcón de la harina que había en la cocina y me contó cincuenta dólares en billetes de diez.

Me puse de rodillas allí mismo y di gracias al Señor, y el señor Robert dijo: «¡Oh, Amanda, está bien, está bien; te lo has ganado!».

Y así es como el Señor me sacó de aquella deuda. «De una manera u otra el Señor proveerá». Amén. Amén.

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