Amanda Smith: una autobiografía
Matrimonio y conversión

Capítulo 6 · 23 min de lectura · 29 min de escucha

Matrimonio y conversión

Después de doce años en la granja de John Lowe, mi padre recibió una oferta de un hombre llamado John Bear; estaba a cinco o seis millas de donde vivíamos. Era una granja pequeña, y mi padre tenía mejor oportunidad de salir adelante. Por entonces trabajaba bastante en Strausburg. El doctor Bull y su hermano, el reverendo Wesley Bull, vivían en Strausburg. Mi hermano mayor vivió mucho tiempo con el doctor y le cuidaba los caballos. El doctor se casó con una tal señorita Jane Berry, hija del viejo coronel Berry, de Baltimore. Primero se establecieron en Strausburg. Yo viví con ellos algún tiempo. ¡Qué bien recuerdo al viejo coronel! Venía a visitarlos y era muy bueno conmigo. A menudo me hablaba de lo que convenía a mi alma, pero yo era joven y entonces no le hacía mucho caso; pero nunca lo olvidé. Al cabo de un tiempo el doctor Bull se mudó a Baltimore, y el doctor Turner, que se casó con la señorita Julia Berry, hermana de la señora Bull, vivía en Strausburg; entonces viví con el doctor Turner. ¡Qué bien recuerdo al doctor y a la señora Turner! Les gustaban muchísimo los bizcochos de Maryland y, aunque yo era joven, tenía fama de hacer los mejores bizcochos de Maryland y de freír el pollo más rico de todos los alrededores, y el doctor decía: «Amanda les gana a todos haciendo bizcochos de Maryland y friendo pollo». ¡Caramba, cómo me gustaba aquello! De algún modo anima mucho a los criados que de vez en cuando se les diga que hacen bien las cosas; a mí me hacía bien. Casi me mataba por complacerlos; y la madre del doctor Turner, la querida señora Flynn, ¡qué buena mujer era! Me dio el primer Testamento que tuve en mi vida, y a veces venía a la cocina a leerme. Vino varias veces de visita a ver al doctor y a la señora Turner. Al cabo de un tiempo el doctor Turner volvió a mudarse a Baltimore, y yo me fui con ellos. Era la primera vez que iba a Baltimore. Llegamos de noche, y recuerdo que nunca antes había visto luces tan finas brillando en las boticas, y mientras

avanzábamos en el coche pensaba que nunca en mi vida había visto casas tan bonitas. ¡Oh, quedé completamente cautivada! En aquel tiempo había un largo trecho en coche desde la estación. El coronel Berry vivía en Poplar Grove, un poco a las afueras de Baltimore. La querida anciana señora Berry, la señora Turner y el doctor, y el viejo coronel, nos esperaban en la estación. ¡Qué bien recuerdo la vieja casa en la arboleda! Era otoño; no era tarde, pero las chimeneas estaban encendidas y todo era muy acogedor. Recuerdo al señor y la señora Hurst, a los tres niños, la señorita Petty y Missie, y el pequeño Berry, y al señor Somerfield, a la señorita Emily y a la señorita Eliza. El doctor Turner tomó una casa en la ciudad, en la esquina de las calles Franklin y Pearl, en Baltimore. Me quedé hasta Navidad; entonces vino mi madre a verme y me volví a casa con ella. Algún tiempo después, el doctor Waugh se mudó a Strausburg; era hijo del obispo Waugh. Recuerdo bien al obispo y a la señora Waugh. Siempre admiré muchísimo a la señora del doctor Waugh; nunca parecía enfadarse por nada, ni en ningún momento. El doctor también era muy amable y tranquilo, pero la señora del obispo no lo era tanto, aunque era muy agradable. A la señora del doctor no le gustaba Strausburg, así que no se quedaron mucho tiempo, sino que volvieron a Baltimore. Con el tiempo, el reverendo Isaac Collis fue nombrado para la Primera Iglesia Metodista, y yo fui a vivir con ellos unos meses. Mi padre les hacía todo el trabajo del huerto. Cuando se cumplió su tiempo, se mudaron. ¡Oh, cuántos cambios ha habido desde entonces! La mayoría de ellos han ido a recibir su recompensa, pero algunos de sus hijos y nietos viven todavía. La hija de la querida señora Turner, ahora señora Wilson, cuyo esposo es pastor de la capilla Wesley de Washington, es igualita a su madre en bondad y en amabilidad de carácter. El señor Wilson, su esposo, es un noble hombre de Dios. Nunca olvidaré lo buenos que fueron conmigo el pasado octubre, en tiempos de la gran conferencia ecuménica. La señora Burres me pidió que dirigiera la reunión de santidad que se celebra en la capilla Wesley todos los miércoles a las once, y cuando terminó la reunión, ¿quiénes vinieron a hablarme sino la querida señora Wilson y su esposo? Entonces ella me dijo quién era: la hija de la señora Turner. Estaba casada y tenía dos niños preciosos. El señor Wilson y ella me invitaron a almorzar en su casa. Pues bien, pensé que era gran cosa que me invitaran a almorzar, porque había andado dos días de un lado a otro y no había en la gran capital de Washington un solo restaurante donde una señora o un caballero cristiano de color pudiera entrar, sentarse y tomar una taza de té o una comida; y ahora que me

invitaran aquí a almorzar, pensé: ¿qué significará esto de veras? Claro que acepté la invitación. Yo había pensado que Washington era como Boston o Londres. Allí no tuve ninguna dificultad así. ¡Gracias a Dios por el sentido común verdadero, práctico, sincero, franco y rotundo! Eso es todo lo que creo que la gente necesita en cuanto a la línea de color. Que el Señor nos lo dé pronto. Amén. Al querido señor y la señora Wilson no les faltaba nada en ese sentido. ¡Dios los bendiga! Cuando llegué, me hicieron pasar a la sala; me tomaron las prendas de abrigo, y al poco rato entró la señora Wilson. Tuvimos una agradable charla, luego vino su hermana; me la presentaron. Era muy agradable; luego los queridos niños. Al poco rato llegó el señor Wilson con un caballero de la conferencia, y luego una señora y un caballero que eran sus huéspedes. Me presentaron a todos con toda la sencillez, naturalidad y sentido común posibles. Luego pasamos a almorzar. La niña me tomó de la mano y ella y yo abrimos la marcha. La pequeña era tan simpática que me dijo: «¿Vas a sentarte a la mesa conmigo?».

«¿Te gustaría que lo hiciera?».

«Sí».

No creo que esto fuera algo de todos los días; no es necesario que lo sea, pero cuando se presenta la ocasión, todo lo que de verdad hace falta es un sentido común cristiano sencillo, auténtico, varonil y amplio. El señor Wilson se sentó a la cabecera de la mesa, yo a su derecha, la querida niña a mi lado, su hermanito después, y los demás por orden. Tuvimos un almuerzo elegante y un rato muy agradable y provechoso juntos. Hablamos de la India, de África, de París, de Roma, de Egipto, de Escocia, de Irlanda y de las islas del mar, y terminamos, creo, con el héroe del Congo, el obispo Taylor. Subimos al piso de arriba y, después de charlar un poco más, el señor Wilson me pidió que cantara y orara con ellos. Canté varios cantos. Uno fue: «El mismo Jesús».


«El mismo Jesús,
el mismo Jesús,
¡oh, alabad su nombre!;
él es siempre igual,
el mismo Jesús».

El otro fue:


«Dios puede librarte
aunque te oprima el pecado;
ve a él a descansar;
nuestro Dios puede librarte».

El Señor bendijo el canto para ellos, y nuestros corazones se derritieron; luego nos arrodillamos a orar. ¡Oh, cómo me ayudó el Señor a orar! Mi propio corazón rebosaba de gratitud por la bondad que me mostraron, porque reconocía la mano de Dios en todo ello, y así lo alabé. Amén.

En septiembre de 1854 me casé con mi primer esposo, C. Devine; nos casó el reverendo Nicholas Pleasant, ministro bautista de Columbia. Mi padre no se opuso a mi boda, salvo porque yo era bastante joven, y yo también lo pensaba; pero aun así, como tantos jóvenes, dije: «Bueno, sé que me las arreglaré». Además estaba el muchacho diciendo todas las cosas bonitas que haría por mí, y yo me lo creí todo, claro. Pero no pasó mucho tiempo antes de que deseara no haberme creído ni la mitad de lo que decía, aunque en muchas cosas era bueno. Creía en la religión por amor a su madre. Era una buena mujer, decía él, aunque yo nunca la conocí. Tenía dos hermanas que vivían en Columbia. A veces hablaba de religión con mucha sensatez; pero cuando la bebida fuerte lo dominaba, lo cual, siento mucho decirlo, pasaba muy a menudo, entonces era muy blasfemo e irrazonable. Tuvimos dos hijos. El primero murió; la otra, mi hija Maze, está ahora casada y vive en Baltimore.

En 1855 estuve muy enferma. Se hizo por mí todo lo que se podía hacer. Mi padre vivía en Wrightsville, Pensilvania, y estaba muy preocupado por mi alma. Pero a mí no me preocupaba ni un poquito.

Quería que me dejaran en paz. ¡Cómo deseaba que nadie me hablara! Un día mi padre me dijo: «Amanda, hija mía, sabes que los médicos dicen que vas a morir; ya no pueden hacer nada más por ti, y ahora, hija mía, tienes que orar».

¡Oh, yo no quería orar; estaba tan cansada que quería dormir! Los médicos decían que tenían que mantenerme despierta. En la tarde del día siguiente a que el médico me desahuciara, me quedé dormida hacia las dos, o pareció que entraba en una especie de trance o visión, y vi a los pies de mi cama un ángel hermosísimo. Estaba de pie sobre un pie, con las alas extendidas, mirándome a la cara y haciéndome señas con la mano; dijo «Vuelve» tres veces: «Vuelve. Vuelve. Vuelve».

Luego me pareció que iba a una gran reunión campestre, y parecía haber miles de personas, y yo tenía que predicar, y la plataforma en la que tenía que estar se alzaba muy por encima de la gente. Parecía estar levantada entre dos árboles, pero cerca de las copas. Cómo

subí a ella no lo sé, pero estaba en esa plataforma con una gran Biblia abierta y predicaba sobre estas palabras: «Y yo, si fuere levantado, a todos atraeré a mí mismo». ¡Oh, cómo prediqué, y la gente caía postrada a diestra y siniestra! Supongo que estuve en esta visión unas dos horas. Cuando salí de ella, estaba decididamente mejor. Cuando el médico pasó a verme, quedó asombrado, pero muy contento. A los pocos días pude sentarme, y en una semana o diez días, andar por la casa. Entonces me decidí a orar y a llevar una vida cristiana. Pensé que Dios me había perdonado la vida con un propósito, así que me proponía convertirme, pero a mi manera, calladamente. Pensaba que, si era de veras sincera, todo iría bien.

No recuerdo ningún momento, desde mi más tierna infancia, en que no quisiera ser cristiana, y a menudo oraba a solas. A veces me arrodillaba en el rincón de la cerca cuando iba a buscar las vacas para traerlas a casa. A veces arriba, o dondequiera que pudiera estar sola. Tenía más o menos planeado cómo iba a convertirme. Tenía una voluntad fuerte y estaba llena de orgullo. Cuando decía que no haría algo, me enorgullecía de mi palabra, y la gente decía: «Bueno, ya sabes, si Amanda dice que no hará algo, es como querer mover los collados eternos». Y eso me envanecía, y pensaba: «¡Oh, qué bonito tener una fama así!». Me mantenía firme; no cedía; el orgullo me tenía atada. Seguí por ese camino hasta 1856.

Una noche, en una vigilia de fin de año en la iglesia bautista de Columbia, Pensilvania, empezó un avivamiento. Yo vivía con la señora Morris, no muy lejos, y podía oír los cantos, pero no tenía intención de pasar adelante al altar a orar: no creía en eso de hacer mucho ruido. Decía: «Si eres sincera, el Señor te bendecirá en cualquier parte, y no pienso pasar nunca adelante al altar; eso no lo haré jamás». Así que oraba y luchaba día tras día, semana tras semana, tratando de hallar luz y paz, pero constantemente chocaba con mi voluntad. Dios me mostró que yo era una pecadora terrible, pero aun así quería salirme con la mía. Decía: «Yo no soy tan mala como Bob Loney, Meil Snievely y un montón de otros. Yo no soy como ellos; siempre he vivido en familias de primera clase y siempre me he tratado con criadas de primera clase, y no necesito ir allí a orar como hace esa gente». Todo esto pasaba por mi mente.

Por fin, una noche, cantaban tan hermosamente en esa

iglesia que me sentí atraída a entrar; fui y me senté allá atrás junto a la puerta, y estaban invitando a las personas a pasar adelante para que oraran por ellas. ¡Oh, eran tantos los que iban! El altar se llenó en poco tiempo y, aunque yo había entrado sin la menor intención de ir, mientras estaba allí sentada, de repente —no sé decir cómo, no sé cómo, nunca lo he sabido—, cuando me di cuenta estaba bajando por el pasillo, a medio camino del altar. De repente me vino el pensamiento: «Mira, siempre has dicho que nunca pasarías adelante a un altar, y ahí vas».

Pensé dar media vuelta y volverme, pero al ir a girarme, de cara a toda la congregación, era tanto el trecho para volver que me lancé adelante hacia el altar, me eché al suelo y empecé a orar con todas mis fuerzas: «¡Oh, Señor, ten misericordia de mí! ¡Oh, Señor, ten misericordia de mí! ¡Oh, Señor, sálvame!», gritaba a voz en cuello, hasta quedarme ronca. Por fin me calmé. Vino sobre mí una quietud tan callada. No la entendía. La reunión terminó. Me fui a casa.

Si hubiera sabido ejercer la fe, habría hallado la paz aquella noche, pero no nos instruían con inteligencia, así que me quedé en tinieblas. Pocos días después tomé una colocación a una milla y media de Columbia, con una familia cuáquera, la de Robert Mifflins. Esto fue en enero. Oraba sin cesar, noche y día, pidiendo luz y paz.

Después de instalarme en casa del señor Mifflins, empecé a planear mi traje de primavera; me proponía convertirme, aunque no había renunciado a nada en absoluto, pero ahora empecé a ahorrar mi dinero. Había algunas modas bonitas, y me gustaban. Una capota de paja blanca, con unas cintas rosadas anchas y muy bonitas; un vestido de muselina rosa o blanca, alforzado hasta la cintura; una mantilla de seda negra; y unos botines claros con punteras negras; lo tenía todo escogido en mi mente, mi lindo traje de primavera y verano. Todavía puedo ver la cajita donde guardaba mi dinero, ahorrando para ese fin especial. Luego oraba; ¡oh, cómo oraba! Ayunaba y oraba, leía mi Biblia y oraba, le oraba a la luna, le oraba al sol, le oraba a las estrellas. Era tan ignorante. ¡Oh, me pregunto cómo pudo Dios salvarme, después de todo! El diablo me decía que era tan pecadora que Dios no me convertiría. Cuando me arrodillaba a orar por la noche, me decía: «Más vale que lo dejes; Dios no te va a oír, eres tan pecadora».

Entonces pensé que si tan solo pudiera pensar en alguien que no hubiera pecado —y mi idea de un gran pecado era la desobediencia—, y

pensé que si tan solo pudiera pensar en alguien que siempre hubiera obedecido... Nunca pensé en Jesús en ese sentido, y sin embargo era a él a quien miraba buscando perdón y salvación.

De repente se me ocurrió: «¡Vaya, el sol siempre ha obedecido a Dios y ha guardado su lugar en los cielos, y la luna y las estrellas siempre han obedecido a Dios y han guardado su lugar en los cielos; el viento siempre ha obedecido a Dios; todos han obedecido!».

Así que empecé: «¡Oh, sol, tú nunca pecaste como yo; siempre has obedecido a Dios y has guardado tu lugar en los cielos; dile a Jesús que soy una pobre pecadora!». Luego, cuando veía los árboles mecerse con el viento, decía: «¡Oh, viento, tú nunca pecaste como yo; siempre has obedecido a Dios y has soplado a su mandato; dile a Jesús que soy una pobre pecadora!».

Cuando sentaba a mi gente a tomar el té en la casa, me escabullía, me metía bajo los árboles del patio, miraba a la luna y a las estrellas y oraba: «¡Oh, luna y estrellas, ustedes nunca pecaron como yo; siempre han obedecido a Dios y han guardado su lugar en los cielos; díganle a Jesús que soy una pobre pecadora!». Un día, mientras oraba, me desesperé, y ahí se me venía a la mente una y otra vez mi traje de primavera, así que le dije al Señor que si me quitaba la carga que tenía en el corazón, nunca me compraría ninguna de esas cosas. No me compraría la capota, no me compraría el vestido, no me compraría la mantilla, no me compraría los zapatos. ¡Oh, quería alivio de aquella carga! Y entonces, de repente, vino a mi corazón una paz tranquila, y aquel traje nunca más volvió a ponérseme delante; pero aun así había tinieblas en mi alma. El martes 17 de marzo de 1856, estaba sentada en la cocina junto a mi mesa de planchar, dándole vueltas a todo. El diablo pareció decirme (ahora sé que era él): «Has orado para convertirte».

Dije: «Sí».

«Has sido sincera».

«Sí».

«Has ido en serio».

«Sí».

«Has leído tu Biblia, y has ayunado, y de veras quieres convertirte».

«Sí, Señor, tú lo sabes; tú conoces mi corazón; de veras quiero convertirme».

Entonces Satanás dijo: «Pues bien, si Dios fuera a convertirte, lo habría hecho hace mucho; él hace su obra rápido, y con toda tu sinceridad Dios no te ha convertido».

«Sí, así es».

«Entonces más vale que lo dejes», dijo él; «no sirve de nada, no te va a oír».

«Bueno, supongo que lo dejaré. Supongo que me condenaré, y más me vale resignarme a mi suerte». En ese momento una voz me susurró claramente y dijo: «Ora una vez más». Y al instante dije: «Lo haré». Entonces otra voz, como si una persona me hablara, dijo: «No lo hagas».

«Sí, lo haré».

Y cuando dije: «Sí, lo haré», me pareció que el énfasis caía en el «haré», y lo sentí desde la coronilla de la cabeza atravesándome toda: «LO HARÉ»; y me puse de pie y dije: «Oraré una vez más, y si existe tal cosa como la salvación, estoy decidida a tenerla esta tarde o morir».

Me levanté, puse la tetera al fuego, puse la mesa, bajé al sótano y me puse de rodillas a orar y a morir, porque pensaba que había hecho un voto a Dios y que él ciertamente me mataría, y no me importaba; era tan desdichada, y estaba justo al borde de la desesperación. Había puesto todo en la mesa menos el pan y la mantequilla, y dije: «Si alguien me llama, no me levantaré, y si el pan y la mantequilla es todo lo que falta en la mesa, la señorita Sue (la hija) puede terminar la cena, y así no tendrán que llamarme, ¡y cuando bajen al sótano a buscarlos, me encontrarán muerta!».

Puse la tetera en la mesa, dejé la cajita del té junto a ella, para que todo estuviera listo, y me iba a morir; y, ¡oh, aleluya, qué morir fue aquel! Bajé al sótano y me puse de rodillas, como había hecho tantas veces antes, y empecé mi oración: «Oh, Señor, ten misericordia de mi alma; no sé orar de otra manera». Una voz me dijo: «Eso es justo lo que dijiste antes».

«¡Oh, Señor, si tan solo te dignas tener misericordia de mi alma, te serviré todos los días de mi vida!».

El diablo dijo: «Más vale que lo dejes; eso ya lo dijiste antes».

«¡Oh, Señor, si tan solo conviertes mi alma y me haces sentirlo de verdad —porque quiero saber con seguridad que estoy convertida—, te serviré todos los días de mi vida!».

«Sí», dice el diablo, «eso ya lo dijiste antes y Dios no lo ha hecho, y más vale que lo dejes».

¡Oh, qué lucha! ¡Cómo parecían cerrarse las tinieblas a mi alrededor! Y en mi desesperación miré hacia arriba y dije: «Oh, Señor, he bajado aquí a morir, y tengo que tener la salvación esta tarde, o la muerte. Si me mandas al infierno, iré, pero convierte mi alma». Luego miré hacia arriba y dije: «Oh, Señor, si tan solo te dignas ayudarme, si alguna vez me aparto, no me dejes jamás ver tu rostro en paz». Y esperé, y no oí la vieja sugerencia que me venía siguiendo: «Eso es justo lo que dijiste antes»; así que lo dije otra vez: «Oh, Señor, si tan solo te dignas convertir mi alma y hacerme sentirlo de verdad, si me aparto, no me dejes jamás ver tu rostro en paz».

Oré por tercera vez, usando estas mismas palabras. Entonces, de algún modo, parecí llegar al final de todo. No sabía qué más decir ni qué hacer. Entonces, en mi desesperación, miré hacia arriba y dije: «Oh, Señor, si tú me ayudas, te creeré», y en el acto mismo de decirle a Dios que lo haría, lo hice. ¡Oh, la paz y el gozo que inundaron mi alma! La carga se fue rodando; la sentí cuando me dejó, y un torrente de luz y de gozo recorrió mi alma como nunca lo había conocido. Dije: «¡Vaya, Señor, creo que esto es justo lo que te he estado pidiendo!», y bajó otro torrente de luz y de paz. Y volví a decir: «¡Vaya, Señor, creo que esto es lo que te he pedido!». Entonces me puse de pie de un salto; todo alrededor era luz; yo era nueva. Me miré las manos, parecían nuevas; me agarré a mí misma y dije: «¡Vaya, soy nueva, soy nueva de pies a cabeza!». Batí palmas; subí corriendo del sótano, me paseé de un lado a otro por la cocina. ¡Alabado sea el Señor! Parecía haber un halo de luz sobre mí; el cambio fue tan real y tan completo que muchas veces he dicho que, si me hubiera puesto negra como la tinta, o verde como la hierba, o blanca como la nieve, no me habría asustado. Fui al comedor; teníamos un gran espejo que iba del suelo al techo, y fui y me miré en él para ver si algo había cambiado en mi color, porque algo maravilloso había ocurrido dentro de mí, y de veras me parecía que también por fuera; y al mirarme en el espejo exclamé: «¡Aleluya, tengo religión! ¡Gloria a Dios, tengo religión!». Estaba loca de deleite y de gozo; ¡me parecía que iba a reventar! Salí a la cocina y pensé: ¿qué voy a hacer? Tengo que esperar hasta el domingo para poder contárselo a alguien. Esto era martes; el domingo era mi día en el pueblo, así que empecé a contar los días: martes, miércoles, jueves,

viernes, sábado, domingo. ¡Oh, me parecía que los días duraban semanas! ¡Caramba! ¿Podré aguantar hasta el domingo? Tengo que contárselo a alguien; y al pasar junto a la mesa de planchar, me pareció que tenía un halo de luz alrededor, y corrí a la mesa, le di un golpe con la mano y grité: «¡Gloria a Dios, tengo religión!». El Señor me mantuvo con la cabeza en su sitio y no dejó que me exaltara tanto que no supiera lo que hacía. La señora Mifflin era muy delicada; tenía asma, y yo sabía que si le decía algo que la alterara, podría matarla, y el Señor me guardó de manera que no hice ningún ruido que la alterara en absoluto. No se lo dije; no me sentí guiada a decírselo. No había nadie en la casa en ese momento, ni un alma. Ella estaba en la galería delantera, y yo tenía la cocina toda para mí. ¡Oh, qué día! Nunca lo olvidaré; fue un día de gozo y de alegría para mi alma. Cuando llevaba como una semana convertida, estaba muy feliz. Una mañana me parecía que no sabía qué hacer conmigo misma, de tan feliz que estaba. Estaba cantando un viejo himno:


«¡Oh, qué felices son los que a su Salvador obedecen
y han hecho tesoros en el cielo!
Ninguna lengua puede expresar el dulce consuelo y la paz
de un alma en su primer amor».

Cuando llegué a la estrofa:


«Cuando mi corazón creyó, ¡qué gozo recibí,
qué cielo en el nombre de Jesús!
Era un cielo aquí abajo conocer a mi Redentor,
y los ángeles no podían hacer más
que caer a sus pies, y la historia repetir,
y al Amante de los pecadores adorar».

¡Oh, cómo se llenó mi alma! En ese momento el enemigo me susurró: «Mira, estás cantando como si tuvieras religión».

«Pues la tengo. Le pedí al Señor que me convirtiera, y lo ha hecho».

«¿Cómo lo sabes?».

«Bueno, sé que lo hizo, porque era justo lo que le pedí al Señor que hiciera, y lo hizo, y sé que lo hizo, porque nunca me he sentido como me siento ahora, y sé que estoy convertida».

«Tienes una gran bendición», dijo el diablo, «pero ¿cómo sabes que eso es la conversión?».

«Bueno», dije, «eso es lo que le pedí al Señor que hiciera, y creo que lo hizo».

«Ya sabes que no quieres ser una hipócrita, ¿verdad?».

«No, y no lo seré, tampoco».

«Pero no tienes evidencia».

«¿Evidencia, evidencia? ¿Qué es eso?». Entonces pensé: me pregunto si no será eso que los viejos llamaban el testimonio del Espíritu. «Bueno», dije, «no cantaré, no oraré hasta tener el testimonio». Así que empecé, y me mantuve firme en ese punto; Dios me ayudó a mantenerme en ese punto. Dije: «Señor, creo que tú has convertido mi alma, pero el diablo dice que no tengo evidencia. Ahora, Señor, dame la evidencia», y oré toda una semana. De vez en cuando el gozo brotaba en mi corazón; la carga se había ido del todo, no tenía tristeza, no podía llorar como antes, y no lo entendía, y así seguía suplicando: «Señor, creo que tú me has convertido, pero dame la evidencia, tan clara y precisa que el diablo nunca vuelva a molestarme en ese punto».

¡Alabado sea el Señor, lo hizo! Y aunque he pasado por muchas penas, muchas pruebas, y Satanás me ha abofeteado, nunca desde aquel día he tenido una duda acerca de mi conversión. Dios me ayudó y lo dejó resuelto de una vez para siempre.

Este testimonio del Espíritu de Dios acerca de mi conversión ha sido lo que me ha sostenido en medio de todas las tormentas de tentación y de prueba por las que he pasado. ¡Oh, qué ancla ha sido en tiempo de tormenta! ¡Aleluya, porque el Señor nuestro Dios Todopoderoso reina! Conoceréis, si proseguís en conocer al Señor. Amén. Amén.

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