Capítulo 35 · 29 min de lectura · 38 min de escucha
La emigración y las escuelas de Liberia
A menudo me preguntan si estoy a favor de que la gente de color emigre a Liberia, en África.
Mi respuesta es «Sí» y «No».
Sí, si van emigrantes de la clase debida. Porque en este país, si vienen emigrantes de la clase debida, no tenemos nada que temer. Pero es la avalancha de italianos ignorantes, sin instrucción ni preparación, y de pobres judíos polacos, e irlandeses, y alemanes, que no tienen ningún interés en América salvo lo que puedan sacar de ella, que no aman sus instituciones, ni aman su gobierno, a quienes no se les ha enseñado ninguno de sus principios, que no saben nada de ellos y no les importa saberlo: esa es la gente que no queremos en América; mujeres ignorantes, hombres ignorantes y, desde luego, manadas de niños igual de ignorantes; peores que los paganos de África, y mucho más difíciles de iluminar, porque han estado empapados de romanismo, mientras que el africano solo viene con sus supersticiones, que pronto abandona bajo las influencias civilizadas y cristianas. Ahora bien, a menos que haya habido una gran mejora desde que estuve allí, el gobierno liberiano es muy pobre, aunque de algún modo se las arregla. Y si hombres negros instruidos, trabajadores, inteligentes y con dinero fueran allá por amor a la raza, con el amor de Dios en el corazón, y fueran sin otro objeto que sacrificar su vida y su dinero por el bien de la república y de sus semejantes (y no tardarían mucho en hacerlo; pero esa es la única manera en que los hombres negros deben ir a África, y yo creo que esa es la manera correcta), entonces digo: sí, emigren.
Por otro lado, digo «No». Porque no creo que esté
bien llevar allá hombres y mujeres sin distinción, y por lo general de los más pobres que hay en el Sur o en cualquier otra parte, ignorantes de los principios, las necesidades y los deberes del gobierno liberiano, como los pobres italianos ignorantes, o los judíos polacos, u otros que no conocen el país ni sus costumbres ni lo aman de ninguna manera salvo por lo que sacan de él, a quienes no se les ha enseñado, que no tienen amor a la lealtad salvo cuando la toman prestada para fines egoístas; entonces digo: «¡No, no!».
Dios bendiga a la Sociedad de Colonización. Fue levantada en un tiempo de necesidad apremiante; y así lo fueron John Knox en Escocia y Wesley en Inglaterra. Hizo su obra. Pero desde el punto de vista en que yo la miro, propondría su disolución inmediata, y que los blancos que quieren que el negro emigre a África para hacer más sitio a la gran avalancha de extranjeros que llegan a nuestras costas sepan que hay un lugar en los Estados Unidos para el negro.
Son verdaderos ciudadanos americanos, y están en su casa. Han luchado, sangrado y muerto como hombres para hacer de este país lo que es. Y si tienen que sufrir y morir, y ser linchados, y torturados, y quemados en la hoguera, digo que están en su casa.
Como muchos de los extranjeros que llegan, no todos son trabajadores; y ser pobre, ignorante y perezoso ya es bastante malo en casa. Pero estar a siete mil millas de distancia, en un país pagano, es diez veces peor.
A primera vista parecería que todo está bien; pero uno no puede conocer África en una semana ni en un mes. Es muy fácil para un forastero ir allá y hacer una o dos visitas a algunas de las mejores familias, tener una buena cena, grandes discursos y todo eso (todo lo cual pueden ofrecerle), pero, ¡válgame Dios!, eso no es conocer a la gente, como tampoco sería conocer a la gente de Italia haber cenado con el rey. Y ahí es donde tantas veces se engaña la gente acerca de Liberia, y a menudo se tergiversa el verdadero estado de las cosas. ¡Qué lástima! ¡Qué lástima!
Creo que si los hechos reales sobre esa república se hubieran conocido hace veinte años, estaría en mejores condiciones, financiera y comercialmente, y habría tenido la simpatía, el respeto y la admiración del mundo. Pero los liberianos tienen la falsa idea de que hablar de sus fracasos o errores, del modo que sea, es desacreditarlos, porque es una república negra. Pero yo nunca lo creí así, y les dije que no lo
creía. Pero, de todos modos, mi gente a menudo me llamaba «la negra de los blancos». Así que ya estoy metida en esto, y no me importa. Lo único que me importa es mantenerme en el favor de Dios y de los hombres, en cuanto esté de mi parte.
Durante los ocho años que estuve en África no hubo en la república ni un solo edificio escolar del gobierno, ni lo había habido nunca, hasta donde pude averiguar; las escuelas se daban en iglesias o en casas particulares. Recuerdo que se habló de una escuela secundaria y se dispuso su creación durante la sesión de la legislatura de 1885 o 1886. Un tal señor James Lewis, de Sinoe, fue nombrado maestro por el gobierno. Yo estaba en Greenville, Sinoe, cuando él volvió a casa de la Legislatura con su nombramiento.
Por supuesto, se habló muchísimo de este nuevo ramo de la obra escolar. Se pensaba que el señor Lewis era el hombre indicado para el puesto. Y por lo que se decía, yo pensé que construirían un edificio para ese fin. Pero no; cuando el señor Lewis abrió su escuela, con un buen número de alumnos, fue en la galería de su propia casa particular; ¡y su asiento era una hamaca!
Muchas veces pasé por allí, o desde mi ventana podía verlo tomando la lección a sus alumnos mientras él estaba tendido en la hamaca. Era justo en la calle pública, así que no era cosa hecha en un rincón. Pasé algunas semanas con su hermana, la señora Marshall, casi enfrente de su casa; así que sé bien lo que afirmo.
Además había otras dos escuelas llamadas escuelas del gobierno; una se daba en la iglesia congregacional, y otra, que según decían era para nativos, se daba en otra parte del pueblo. Esta escuela funcionaba unas tres veces por semana, con una asistencia media de cinco o seis muchachos nativos, que por lo general vivían con las familias. La maestra era la hermana de la señora Marshall.
Por supuesto, el gobierno tenía un inspector de escuelas; pero el ser amigo del inspector, o tener un amigo que fuera amigo del inspector, tenía más que ver con que uno conservara la escuela que cualquier otra cualidad.
Luego la gente dice: «Bueno, pero tienen un colegio universitario». Sí, presumen de un colegio. Muchas veces les dije que no llegaba a la altura de una buena escuela secundaria de este país, en ningún sentido. Creo que hubo un tiempo en que estuvo en mejores condiciones que cuando yo estuve allí. Cuáles eran, no lo sé. Solo hablo de lo que era durante los ocho años de mi estancia. Llamarlo colegio universitario, me parece, es un nombre equivocado; porque hacía creer a la gente que teníamos escuelas graduadas y todo lo necesario como preparación para estudios universitarios. Pero en realidad no es así.
No había ningún libro de texto oficial en ninguna de las escuelas. Los niños usaban cualquier clase de libros que pudieran conseguir: libros de escuela dominical, libros de cuentos, o cualquier libro. Dondequiera que iba preguntaba por las escuelas, y me encontraba con lo mismo. Un día visité una escuela donde encontré un grupo muy lindo de niños, de seis a catorce años de edad. Muchos parecían muy despiertos. Venían a dar la lección de uno en uno.
«¿Por qué no los tiene en clases?», pregunté.
«Sí, eso es lo que me gustaría hacer —dijo la maestra—. Pero no tenemos los libros. No hay ni cuatro niños en la escuela con libros iguales. Sus padres los mandan con cualquier clase de libro, y yo tengo que usarlo; y algunos de los niños vienen sin ningún libro; pero vienen».
«¿Y cómo se las arregla?».
«Pido prestado un libro a alguno de los otros niños, y les tomo la lección».
«¿Entonces no pueden estudiar cuando van a casa?».
«No —dijo ella—, tienen que estudiar en la escuela».
«¿Cuánto tiempo hace que enseña en esta escuela?».
«Dos años», dijo.
«Bueno, ¿y por qué no dice algo? ¿No es esta una escuela del gobierno?».
«Sí, pero ya lo he dicho, y he ido yo misma a Monrovia, y he hecho todo lo que he podido; pero no sirve de nada».
Y más o menos así lo encontraba en todas partes, a menos que hubiera una escuela misionera.
Cuando iba rumbo a Liberia, en 1882, al llegar a Sierra Leona subió al vapor un joven liberiano, un muchacho muy agradable, de unos diecisiete años, supongo, el señor Eddie Lisles, de Bassa. Vi que era un muchacho muy agradable y de aspecto interesante, y un día, mientras estaba sentado fumando, me acerqué a él y conversamos. Le pregunté su nombre y dónde vivía, y me lo dijo. Me contó que había estado fuera, estudiando.
«¿Fuera, estudiando? —le dije—. ¿Dónde?».
«En Sierra Leona».
«¿En Sierra Leona? Pero si tienen un colegio universitario en Monrovia, ¿no?».
«Sí», dijo.
«Pues —le dije—, me sorprende. Yo pensaba que la gente de otros lugares mandaría a sus hijos a Monrovia, al colegio».
Sonrió como si pensara que yo era una ingenua. Y lo era, de verdad. Dijo: «Tengo una hermana que va a ir cuando yo vuelva a casa».
«¿Hay buenas escuelas en Sierra Leona?», le pregunté.
«Muy buenas».
«¿Y la gente de Sierra Leona no manda a sus hijos al colegio de Monrovia?».
«No», dijo.
Para mí era todo un misterio. No lo podía entender. Me sentí inclinada a pensar que no estaba diciendo la verdad. Pero aun así no dije nada más. Desde luego, lo entendí después de ocho años de experiencia y observación.
Las escuelas misioneras son las que más bien han hecho, creo yo. La misión presbiteriana de Clay-Ashland tuvo en un tiempo una escuela floreciente. Tenían una casa de ladrillo grande y hermosa, con sus dependencias. Cuando fui por primera vez a África, estos edificios estaban todos en buen estado, pero desocupados. La escuela se daba en el salón, en la otra orilla del río. El maestro era el señor Albert King, y como su casa estaba en la otra orilla, supongo que por eso se trasladó la escuela allá.
Sin embargo, la antigua casa y los edificios estaban todavía en pie cuando fui allí por primera vez. Muchas veces pasé por delante al subir por el río. ¡Qué lugar tan bonito era, y qué bien parecía estar todo a su alrededor! Pero, como el Seminario Metodista de Monrovia, y la escuela Ann Wilkins de Millsburg, y la escuela de allá arriba en White Plains, y el seminario de cabo Palmas, había sido floreciente en un tiempo, pero había decaído. Y esa es una de las cosas buenas que el obispo Taylor ha hecho por los liberianos: restaurar sus escuelas y dotarlas de personal, y fundar escuelas entre los nativos y proveerles maestros, ayudando así al gobierno a cumplir la promesa que les había hecho, y que hasta entonces no había podido cumplir.
Me dijeron que esa fue una de las causas de la guerra de los gredebos: que el gobierno había prometido fundar escuelas entre los nativos y enviarles maestros, y ellos habían esperado, y el gobierno no lo había hecho.
Me alegré cuando el obispo logró poner en marcha de nuevo estas escuelas de Monrovia y cabo Palmas. Hubo en un tiempo mucho malestar entre la gente porque el obispo empezó su obra entre los nativos. Decían que la misión episcopal había enseñado a los gredebos y que, al educarlos, estos se
habían vuelto enemigos de los liberianos. Nunca habían tenido ningún problema hasta después de la escuela de Cavalla. He olvidado el nombre del misionero blanco que estaba en la escuela episcopal de Cavalla.
Los gredebos son gente muy despierta e inteligente, y el misionero tenía organizada una pequeña compañía de los muchachos, de los alumnos, y les estaba enseñando y entrenando en táctica militar; y se decía que esta enseñanza y entrenamiento militar fue la causa de todos los problemas que después tuvieron con los nativos.
Cavalla era el gran centro escolar de la obra episcopal. Muchos de los liberianos, los hombres mayores, se educaron en Cavalla; y era una escuela floreciente. Pero, cosa extraña, sea o no cierto lo que se dice de que los nativos les dieron problemas porque se les entrenó en táctica militar en esa escuela, el hecho es que todas las amenazas de guerra que han tenido, y que todavía tienen, parecen engendrarse en Cavalla; tanto es así que, poco antes de que yo saliera de cabo Palmas, aquella gran estación misionera y su escuela fueron desmanteladas, y los alumnos que quedaban se vinieron todos a cabo Palmas, y supongo que allí siguen. Y la mayor parte de los problemas que tuvieron los misioneros del obispo Taylor, después de llegar a Cavalla, camino de sus estaciones río arriba, vinieron de la misión episcopal. Era un perfecto misterio. No lo entendíamos. Pero era un hecho.
Fue por una de estas estaciones misioneras que el obispo Taylor tuvo que gastar unos trescientos o cuatrocientos dólares cuando los misioneros trataban de subir por el río, después de que el obispo había subido y había hecho todos sus acuerdos con los reyes y los jefes.
Yo estaba con él, estuve sentada en cada consejo y oí todos los acuerdos; el hermano Pratt, su agente, también estaba con él; y no hubo ni una voz en contra entre los nativos.
No fue a ningún pueblo donde hubieran estado los misioneros episcopales; fue solo a lugares donde no había habido misioneros en absoluto, y en todos ellos lo recibieron con bondad y le rogaron que viniera y les enviara un misionero para enseñar a su gente. Aceptaron todas las propuestas del obispo sin decir palabra; y el obispo aceptó las suyas. Acordaron dar tantos acres de tierra para una misión, cortar y quemar tanto monte para una granja y luego sembrarla, y cortar la madera y construir una cocina para el misionero. Esa era su parte del acuerdo.
La parte del obispo Taylor era enviarles el misionero sin costo alguno para ellos y darle todo su equipo para seis meses.
EL OBISPO TAYLOR CELEBRANDO UN PALAVER.
Esto se acordó sin una palabra de desacuerdo de nadie. Las ancianas venían, se postraban a los pies del obispo Taylor y decían:
«¡Oh, papá, tú eres bueno! ¡Tú eres bueno demasiado!».
El señor Pratt les había dicho un año antes de que viniera el obispo que vendría; y así lo esperaban con ansiosa esperanza; y cuando vieron al obispo y al señor Pratt, las ancianas se postraban y se agarraban de los pies del obispo, y luego se volvían hacia Pratt y decían:
«¡Oh, papá, tu boca no miente esta vez! Tu boca no miente. Tú tienes boca de verdad».
En un pueblo al que fuimos, no llevábamos ni dos horas allí cuando nos trajeron dos cabras de regalo. ¡Oh, qué contentos estaban! Me dolía el corazón al ver su bondad, y lloré. ¡Pobrecitos!
Bajamos por el río. No hubo ni una palabra en contra. Cuando los misioneros del obispo Taylor llegaron a cabo Palmas, el señor Pratt tardó una semana en hacer llevar sus cosas desde cabo Palmas hasta la desembocadura del río Cavalla; luego los nativos de sus estaciones debían bajar en sus canoas y subir las cosas a las estaciones.
Después de bajar todas las cosas, llevó a los misioneros mismos. Cuando llegaron a Cavalla y empezaban a subir por el río, nueve en total, tres hombres con sus familias, los detuvieron los nativos en una de las estaciones de la misión episcopal y no les permitieron seguir río arriba. Les habían dicho a los nativos que aquello significaba guerra; que estos misioneros blancos solo venían para quitarles el país. Ese fue el pretexto.
En su porfía y con aquel espíritu tiraron al río una caja grande de herramientas que creo que nunca recuperaron; y si no hubiera sido porque las mujeres iban con ellos, lo habrían pasado peor de lo que lo pasaron. Estaban terriblemente hostiles. Hicieron volver a los nativos que habían bajado.
Cosa extraña, mucha de esta gente que vive a orillas del río no quiere que los nativos del interior sean iluminados. Así que los grupos del obispo Taylor tuvieron que dar la vuelta, y no regresaron en una semana. ¡Oh, fue terrible! ¡Pobrecitos, cuánto sufrieron! Por fin volvieron todos a cabo Palmas, y pasaron semanas antes de que llegaran a sus estaciones.
El señor Pratt tuvo que enviarlos por tierra y pagar cuatro dólares por carga a los cargadores; y durante ese tiempo muchos de ellos tuvieron la fiebre, y algunos murieron.
El día que volvieron cruzando la barra, la barra estaba picada, y llovía, y la mayoría se empapó, cosa que no debía haber pasado, y esa fue la causa de buena parte de sus fiebres y enfermedades tan tempranas. Por dos familias que se quedaron una semana con el señor Gibson, miembro de la Iglesia Episcopal, el señor Pratt tuvo que pagar noventa y nueve dólares; un hombre tenía esposa y dos hijos, y el otro esposa y tres hijos, todos niños pequeños.
En el lugar donde la señorita McNeil, la señorita Whitfield y la señorita Bowers se quedaron una semana fueron más razonables; solo cobraron cuarenta dólares. Y donde la señorita Wallace y la señorita Meeker se quedaron una semana, cobraron, creo, treinta y cinco dólares.
¡Oh, nunca en mi vida pasé por semejante asedio! El obispo Taylor no estaba allí; pero yo estuve allí durante todo aquello, y no he sacado ni una palabra de otros. Era obra de pioneros. Ahora no es así, creo, porque la señorita McNeil tiene una buena sede en cabo Palmas, y hay varios de los misioneros allí, de modo que los que van ahora tienen un hogar hasta que pueden subir por el río. En aquel tiempo era muy distinto; y todavía hay más por venir.
Así que puede verse por qué los liberianos sentían que el que el obispo Taylor fundara escuelas entre los nativos iba a traerles los mismos problemas. Pero ahora que él ha abierto las escuelas, y tiene maestros para los liberianos tanto como para los nativos, pensarán de otro modo y, confío, sentirán de otro modo.
Durante los ocho años que pasé en Liberia hubo cuatro emigraciones a la república. Tres fueron a Brewerville, y la cuarta a cabo Palmas. Fui al albergue donde los alojaron cuando desembarcaron, y los vi a todos y hablé con ellos; y luego los visité en sus estaciones después de que se establecieron.
Algunos habían ido a cabo Mount, y después de que llevaban un año allí visité a varias de las familias. Visité a otros en Brewerville, y en Mount Tubman, cabo Palmas, y en Philadelphia, a unas tres millas de Mount Tubman. Nunca en mi vida vi mayor sufrimiento y necesidad que entre aquellos pobres recién llegados. Lo único cómodo (y aun eso era incómodo) era el clima cálido; no necesitaban mucho fuego
ni ropa de abrigo; pero de todo lo demás necesario para la vida que se pueda mencionar, tenían una necesidad grave.
En Philadelphia había un asentamiento muy bonito, y en un tiempo estuvo densamente y bien poblado; buena tierra todo alrededor, algunas casas muy buenas, y las cosas iban bastante bien. El señor Allen Yancy y su hermano, que murió en la guerra de cabo Palmas, fueron los hombres principales que fundaron aquel asentamiento; y en un tiempo floreció; pero se deshizo en la época de la guerra de los gredebos, y nunca ha vuelto a ser lo que era.
Cuando en África la gente es desbaratada por la guerra, no vuelve pronto a asentarse en sus antiguas haciendas. ¡Pobrecitos! La guerra no eleva a ningún país; su efecto, moral, social y religioso, no ayuda en nada. Creo que, salvo unos cuatro de los cuarenta y tantos, no se podría haber encontrado un grupo de hombres, mujeres y niños más desvalido e ignorante que aquellos emigrantes que llegaron mientras yo estaba allí. Había varios jóvenes y muchachos, y muchachas, de edades que iban, supongo, de diez a dieciocho años.
Yo estaba en cama con fiebre cuando llegaron, así que no fui a verlos sino hasta tres días después. Había bastante distancia desde donde yo estaba hasta el albergue donde los alojaban hasta que les dieran sus tierras. Había oído mucho de unos y otros, porque la gente iba a visitarlos, desde luego, y a hablar con ellos para animarlos y hacerlos sentirse en casa lo más posible; y cuando fui, llevé un montón de periódicos, y tratados, y tarjetas para los niños; y, para mi sorpresa, al ir de cuarto en cuarto, y en el salón, cuando me encontraba con los jóvenes y les ofrecía un tratado o un periódico, me decían: «No sé leer»; y lo mismo los padres, las madres, los hermanos, las hermanas.
Había entre ellos dos ancianos que eran predicadores. Entré en un cuarto, y el anciano estaba sentado en un taburete, con la Biblia sobre un baúl viejo, leyendo en voz alta, evidentemente para que yo lo oyera; así que me acerqué, me quedé a su lado y escuché.
«Bueno, abuelo —le dije en tono familiar—, parece que está usted disfrutando de leer el buen libro».
Levantó la vista con cierto aire de dignidad, como si yo hubiera roto el encanto que lo envolvía; luego siguió leyendo.
«Siéntese», dijo una mujer.
«He venido a verlos —le dije—; supongo que han tenido muchas visitas, pero yo no había venido antes».
El anciano siguió leyendo. Pero de todos los destrozos de la lengua del rey que usted haya oído jamás, aquel anciano era culpable de todos. «Ese es mi marido. Es predicador», dijo la anciana, con una sonrisa de satisfacción. «Yo no sé leer, pero me gusta oírlo cuando lee».
Entonces le dije al anciano: «Abuelo, ¿cuánto tiempo lleva usted predicando?».
«Llevo predicando el Evangelio casi como cuarenta años», dijo él, levantando la vista.
«¿Sí? —le dije—. ¿Tanto tiempo? Bueno, solo vine a verlos un ratito. Me gustaría cantarles un cantito y orar; luego tengo que irme».
Así que empecé a cantar, y entraron varios más; y oré, y seguí hacia el siguiente lugar.
Después de pasar así unas dos horas, me fui a casa llorando todo el camino; conociendo, como conocía, la necesidad tanto de los liberianos como de los nativos, sabía que este grupo de gente no podría ayudar a ninguno de ellos, sino que seguramente ellos mismos necesitarían ayuda; porque vi que sabían bien poco de cómo arreglárselas en su propia tierra; ¿y qué harían ahora en este país extraño, entre extraños?
Desde luego, encontrarían bondad; eso ayuda mucho; pero eso no les daría de comer ni de vestir; y los que podían y querían trabajar quizá no encontrarían trabajo que hacer, al menos de la clase que harían en este país; porque aquí los hombres y las mujeres pueden poner la mano en casi cualquier cosa, y hay casi de todo en qué ponerla; pero allá no hay acarreo, ni transporte, ni labranza como aquí; ni construcción de caminos y puentes, ni cosechas, ni acarreo de ladrillos, nada parecido a lo que hay en este país y a lo que ellos estaban acostumbrados; y la mayor parte del trabajo que se hace allá lo hacen los nativos, y se paga a jornal de nativo, en especie: tela, tabaco, pescado o arroz. Y no hay en cabo Palmas un solo hombre negro, quiero decir un hombre liberiano (a no ser el obispo Ferguson, que quizá sí), que hubiera podido contratar a seis de estos nuevos emigrantes y pagarles cincuenta centavos al día en buen dinero, no en moneda liberiana, sino en buen dinero americano, y darles de comer tres veces al día durante seis meses.
Esto puede parecer extraño; pero no temo la más mínima contradicción de ningún hombre o mujer verdaderamente recto y honrado.
Pues bien, aquí estaban estos pobres hombres con sus familias. La Sociedad de Colonización les da lo que llaman «raciones» durante seis
EL ALBERGUE PARA EMIGRANTES, MONROVIA.
meses. Para entonces se supone que ya se han puesto en marcha y han construido sus casas, o chozas, porque eso es más o menos todo lo que se construye, y no importaría si al menos fueran buenas chozas; pero una buena casa nativa es mucho más deseable.
Seis meses pasan muy rápido en Liberia, y con lo hacinados que van en el barco y lo hacinados que se los aloja en el albergue mientras esperan que se les asignen sus tierras, muchos de ellos caen con fiebre. Además, como no son muy valientes para bañarse y asearse, como lo son los nativos, y, considerándolo todo, al cabo de seis meses están peor que nunca. Han cambiado la carne, o la harina, o la tela que trajeron, unos por medicinas, otros por una gallina o algo que los ayude mientras están enfermos; y algunas de las personas con quienes viven han aprendido el arte de vivir a costa de estos recién llegados e inexpertos. Pero el gobierno no tiene la culpa de eso, como tampoco los Estados Unidos tienen la culpa de que un hombre sea lo que llaman un «estafador».
Además hay muchachos y muchachas grandes que no saben leer ni deletrear; ni sus padres tampoco; así que estos muchachos y muchachas van a la escuela, y los niños se ríen de ellos, que son casi hombres y mujeres y están diciendo a, b, c; entonces les da vergüenza ir, y sus padres no insisten. Simplemente dicen:
«Bueno, yo me las arreglé sin nada de estudios, y si yo me las arreglé sin estudios, ustedes, hijos, también pueden».
En el curso de un año o dos, estos muchachos de catorce y quince años ya son casi hombres; y al poco tiempo están metidos en política. No saben leer ni escribir.
Y entre las muchachas, algunas son muy bien parecidas, y se casarán, porque de todos modos se van a casar. Ahora bien, si la Sociedad de Colonización enviara con ellos un buen maestro, con libros, para que tuvieran escuela durante la travesía, y luego les enseñara durante seis meses o un año después de llegar, estarían mejor preparados para entrar en las escuelas. Porque, pobres como son allá, tienen aires de gente fina para no haber ido nunca a la escuela.
De esa manera ayudarían; porque un gobierno que no procura por todos los medios educar, instruir e iluminar a su pueblo tiene pocas esperanzas de durar mucho. No puede seguir perpetuando la ignorancia y tener éxito.
He oído que la Sociedad de Colonización a veces envía libros con los emigrantes; pero, por lo general, son de grado superior, y los agentes los venden a un precio tan alto que solo unos pocos pueden conseguirlos.
Cuando vi esta necesidad, con gusto habría ido yo misma cada día, o habría pagado a alguien, para enseñar a estos niños durante los seis meses que estaban en el albergue. Pero no había un silabario ni una cartilla en ninguna parte. No hay librerías ni papelerías donde se pueda conseguir algo así. Y para los enfermos, ni dispensarios, ni médicos, ni hospitales, ni siquiera un asilo de pobres del condado, como los hay en este país.
He ido a ver a muchos de ellos cuando estaban enfermos y sufrían de grandes llagas causadas por un insecto pequeñito llamado nigua, y me han dicho que si tuvieran un ungüento que usaban en su tierra, y que conocían, les ayudaría. Pero allá no se conseguía. Luego había hierbas que conocían en su tierra y que eran buenas para la fiebre; pero no conocían las hierbas de África, y si las conseguían tenían que pagarlas.
Ahora bien, en casa, en su propia tierra, por pobres que fueran, podían valerse por sí mismos en estas cosas pequeñas; pero en África estaban verdaderamente desvalidos. Lloré por ellos, porque lo sabía y no podía ayudarlos.
El pasado marzo, cuando me encontré en Nueva York con una emigración de unos cuarenta y tantos que habían sacrificado sus pequeñas granjas y lo poco que tenían reunido, y se iban a África a hacerse ricos de inmediato, traté de decirles qué llevar consigo. Les dije (porque llevaban con ellos un buen grupo de muchachos y muchachas): «Procuren mandar a sus hijos a la escuela, sea la que sea la que haya allá. Si no tienen libros de escuela, asegúrense de llevar una buena provisión. Hagan que sus hijos vayan a la escuela. Si no quieren ir, denles una zurra. Si no llevan libros de aquí, no podrán conseguirlos en Liberia».
Les dije todo esto y traté de ayudarlos todo lo que pude. Los blancos fueron muy amables con ellos.
Hicimos todo lo que pudimos en la iglesia para atenderlos durante las dos semanas antes de que partieran. Pero, pobrecitos, entendieron mal lo que quise decir, y cuando llegaron a Liberia contaron allá que yo había hablado mal del país y había dicho que no había nadie en Liberia digno de que ellos se juntaran con él, y armaron un lío terrible;
cuando lo que yo les había dicho era justo lo contrario: que se pusieran en condiciones de ser lo que esperaban ser en cuanto llegaran.
Pero como había pasado ocho años en África entre la gente, y como me conocían como me conocían, y yo los conocía como los conocía, algunos de ellos estaban preparados para juzgar lo que yo realmente había dicho.
Hace muy poco oí que algunos de esos mismos, todos los que pudieron regresar, habían regresado.
Si hubiera un hospital donde pudieran atenderlos, aunque fuera por poco tiempo, no sería tan malo. Pero no hay tal cosa en ninguna parte de la república de Liberia, o no la había mientras estuve allí, ni la había habido nunca. Se habló de uno en Monrovia durante cinco años; y llegaron hasta conseguir un terreno y echar los cimientos; se habían juntado algunas de las vigas, y quedaron tiradas en el suelo durante la temporada de lluvias, lo cual las dañó mucho; de modo que, si alguna vez se construía, el trabajo que se hizo hace cinco años tendría que hacerse de nuevo. ¿Cómo se las han arreglado sin estas cosas esenciales todos estos años? El eco responde: «¿Cómo?».
No sé si la Sociedad de Colonización lo piensa o no; pero la mayoría de los blancos piensan, y también algunos de color, me temo, sobre todo los que van como emigrantes, que todos los américo-liberianos están en perfecta igualdad unos con otros en todas sus relaciones sociales; y que, por ser una república de color y un gobierno de color independiente, todos son como uno solo. Pero nunca cometieron mayor error; porque en esa república hay clases y castas entre ellos casi iguales a las que se encuentran entre la gente de color de la alta sociedad en América. De modo que el emigrante ignorante no da con la clase más alta y mejor de la sociedad cuando recién llega.
Esa clase se mantiene a distancia y espera a ver qué es él; y la clase más inteligente y mejor de los nativos, también. Así que no encuentran compañía fácilmente, ni antes de lo que el italiano, el judío, el alemán o el irlandés encuentran compañía o trato social con el americano nativo, y es un disparate que los blancos, o los negros, piensen tal cosa.
Nunca supe lo que era una verdadera aristocracia negra hasta que estuve en Lagos y en Sierra Leona. En Lagos he visto carruajes tan elegantes como los que he visto en la Quinta Avenida de Nueva York; cochero y lacayo vestidos a la inglesa; damas y caballeros negros montando
a caballo y paseando en calesas. Sus casas están amuebladas al más puro estilo inglés.
Había muchísimos comerciantes negros en Lagos y Sierra Leona; sus hijos e hijas, muchos de ellos, se educan en Inglaterra, Alemania y Francia.
He oído decir que en Sierra Leona algunos de los ministros saben más griego y hebreo que algunos de los obispos que estaban sobre ellos.
Hay una cosa en que la Iglesia Metodista de América lleva la delantera, y es que hay más espíritu de verdadera consagración a la obra misionera entre las mujeres cristianas de América que el que encontré en Inglaterra. En Lagos, en diversos lugares donde los wesleyanos tienen casas misioneras grandes y hermosas, terrenos preciosos, buenas iglesias, escuela secundaria de varones y escuela secundaria de niñas, tienen a los ministros, pero no a sus esposas.
Dicen que ellas no pueden vivir allá; así que mientras los ministros están en África —en la parte donde yo estuve—, sus esposas están en Inglaterra. Pero los episcopales tienen escuelas secundarias para varones y para niñas, y una directora blanca y maestras para la escuela de niñas, además de hombres para la de varones. El conservadurismo y las distinciones denominacionales son muy marcados. Pero todos fueron amables conmigo en Lagos, Dios los bendiga.
Antes de cerrar este capítulo daré un relato muy breve de una heroína negra que merece esta mención por la obra que ha hecho y sigue haciendo en África.
La señorita Susan Collins, la única estudiante de color que jamás ha ingresado en la Escuela de Formación de Chicago, y una de las damas más nobles que han salido de esa institución para el campo extranjero, fue a África en 1887, donde actualmente trabaja en la obra del obispo Taylor, en Angola.
Está a cargo de una pequeña subestación, sostenida por la estación de Pungo Andongo, y ha comenzado una escuela de párvulos.
No se puede encontrar en ninguna parte una misionera más fiel y abnegada que la querida Susan Collins. Quiero dar lugar a esta noticia tan interesante para mi propia gente, y también para que otros vean que hay mujeres de color que pueden competir con cualquiera de la otra raza en verdadera tenacidad, sacrificio y aguante. No ha dejado su puesto ni una vez desde que fue a África, y ha resistido bien el clima. Dios la ha preservado maravillosamente en salud y fuerzas, y ha hecho de ella una gran mujer.
La conocí con el grupo que fue al Congo. Fui con ellos hasta Old Calabar; y de todo el grupo, de dieciséis o más, percibí en Susie Collins madera que valía la pena. Era una mujer bien criada y bien formada; tenía buen sentido común, amplio, y sabía hacer un poco de casi todo; era paciente, de carácter alegre y afable; de elevada calidad moral y piedad firme.
Estas son las cualidades que por lo general resisten el duro esfuerzo en África. Que Dios la bendiga y siga haciendo de ella una bendición.
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La emigración y las escuelas de Liberia