Amanda Smith: una autobiografía
El llamado a ir a Inglaterra

Capítulo 21 · 29 min de lectura · 37 min de escucha

El llamado a ir a Inglaterra

Estaba en Brooklyn dando reuniones en la iglesia de Fleet Street, cuyo pastor era el reverendo J. I. Simmons. Luego en la misión del señor Beecher, la «Mayflower». Tuvimos una buena obra, y también en la otra misión, en la parte alta de la ciudad. El viernes por la tarde, la reunión de señoras en la sala de conferencias de Plymouth. En aquellos días había allí varias señoras espléndidas, y sin duda todavía las hay.

Aquellas reuniones de los viernes por la tarde eran las reuniones regulares de consagración de las señoras, y los sábados por la tarde teníamos la reunión de jóvenes y de niños en la misma sala, y creo que varios de los queridos jóvenes y niños entregaron su corazón al Señor. Yo necesitaba muchísimo descanso. Había seguido sin parar todo el verano y todo el invierno. Estaba terriblemente agotada y cansada, y me había propuesto ir a Ocean Grove a descansar un poco en cuanto terminara. El querido y anciano hermano Tompkins, de Tompkins Cove, Nueva York, me había cedido el uso de un cuarto en su casita, adonde podía ir y quedarme todo el tiempo que quisiera. ¡Qué bueno fue el Señor al proveer así para mí! ¡Qué bien recuerdo a aquellos queridos amigos, aunque hace mucho que se fueron a su recompensa!

Me dejaron todo lo necesario para mi comodidad y conveniencia, así que estaba ansiosa por irme. El reverendo Lindsey J. Parker era entonces pastor de la vieja iglesia metodista de la calle Sands. Vino a buscarme para que fuera a Sands Street por diez días. Yo me alojaba con una familia de al lado de la iglesia Plymouth, cuyo nombre no recuerdo, pero sé que él era un hermano bautista, firme en la fe, y me dio buenas dosis de doctrina sobre el bautismo. ¡Vaya, cuántos libros me dio para leer! Todavía no voy ni por la mitad; no sé si alguna vez terminaré. Pero fue muy amable, y su familia también.

Bueno, hice todo lo posible por librarme del señor Parker: le dije lo cansada que estaba y cuánto necesitaba descansar. Le dije que le daría todo el mes de septiembre si me dejaba libre.

No, dijo, su junta oficial le había dicho que tenía que conseguir que yo fuera, aunque fuera por una semana; y le dije que le avisaría la semana siguiente. Oré con fervor para que el Señor me diera fuerzas y me ayudara a pasar aquella semana, y fue maravilloso cómo me ayudó, como tantas veces se lo había pedido antes. Así que el lunes por la mañana fui a ver si podía convencer al doctor Parker de que me dejara descansar, pero ninguna palabra que pude decir lo movió de lo que había dicho al principio.

Justo cuando estábamos muy enfrascados en la conversación sonó el timbre, y llamaron al doctor Parker. Estaba allí de visita una tal señorita Price, amiga de la señora Parker. Era una dama inglesa; llevaba unos cuatro años en este país, y esperaba volver a su tierra en abril. Era muy agradable, y empecé a contarles a ella y a la señora Parker cómo estaba intentando rogarle al doctor que me dejara libre para descansar. Así que por fin la señorita Price dijo: «Bueno, usted sí necesita descanso; más vale que venga conmigo a Inglaterra el mes que viene; sería justo lo que le hace falta. Está en marcha la gran Exposición de París, y yo la llevaría, y lo pasaríamos de verdad muy bien, y sé que el viaje le haría bien».

«Sí», le dije, «eso estaría bien».

«Bueno», dijo, «ore usted sobre ello; creo que el Señor quiere que vaya».

Justo entonces volvió a entrar el señor Parker. No se dijo nada más de Inglaterra. Fijó el día en que yo iría a Sands Street. Cerré mi última reunión en la «Mayflower» el sábado por la noche. Se hizo allí una obra bendita, cuyo resultado solo la eternidad lo dirá.

El domingo por la tarde tuvimos nuestra primera reunión en Sands Street. La vieja iglesia estaba llena. Nuestra primera reunión fue para los jóvenes y los niños, y empecé preguntando a las personas mayores, forasteros y todos, aquí y allá, por toda la iglesia, arriba y abajo, según los iba llamando: «Hermano, ¿qué edad tenía cuando entregó su corazón al Señor?». Luego le preguntaba a una hermana.

Hubo algunos testimonios que eran verdaderas joyas de la gracia de Dios, y esto animó y ayudó mucho a los jóvenes, así que cuando comencé nuestro servicio de altar no pasó mucho tiempo antes de que el altar estuviera lleno, y muchos de los queridos jóvenes y niños profesaron haber

hallado paz creyendo aquel día. Pasé allí una semana, abarcando dos domingos, y el Señor estuvo con nosotros y nos dio bendición todo el tiempo. ¡Alabado sea su nombre!

Al terminar esta reunión la señorita Price se me acercó, me habló y me dijo: «¿Oró usted sobre lo que le dije?».

Al principio no la reconocí, y dije: «¿Sobre qué?».

«¿No conoce usted a la señorita Price, que le habló el lunes de ir a Inglaterra?».

«Ah, sí, ya la recuerdo».

«Bueno, ¿oró usted sobre ello?».

«No», le dije. «No oré».

«Bueno», dijo, «tiene que hacerlo; creo que el Señor quiere que vaya».

Así que aquella noche, cuando llegué a casa y me preparé para acostarme, me vino el pensamiento: «Sabes que aquella señora te dijo que oraras sobre ir a Inglaterra». Dije: «Sí, es verdad».

Pensé un momento y me dije:

«¡Ir a Inglaterra! ¡Amanda Smith, la lavandera de color, ir a Inglaterra! No, no voy a orar ni pizca; tengo que pedirle al Señor tantas cosas que de verdad necesito, que no voy a molestarlo con lo que no necesito: ir a Inglaterra. Eso está bien que lo hagan los encopetados, no yo».

Así que, después de tener esta conversacioncita conmigo misma, dije mis oraciones y me acosté. El martes por la tarde me invitaron a tomar el té en casa del hermano Parker. Había varios otros también. El hermano del doctor Parker, un joven, acababa de llegar del viejo país. El doctor estaba muy contento de recibirlo sano y salvo, así que estábamos teniendo una charla agradable a la mesa del té. El joven contaba lo agradable que había sido su travesía por el mar. Luego el doctor Parker contó lo bien que lo había pasado cuando él vino. Dijo que el mar estaba hermoso y tan en calma como un estanque de molino. Contó cómo habían bailado; creo que se refería a los pasajeros; como era predicador metodista, no supongo que él se diera al baile.

Yo lo escuchaba todo con atención, porque nunca había sabido que el mar estuviera en calma. Mi idea del gran mar era que siempre estaba agitado y revuelto. Sé que solía cantar aquel buen himno antiguo:

«Como el mar embravecido que no puede estar quieto».

Así que esa era mi mejor idea del grandioso y viejo océano. He aprendido mucho sobre él desde entonces.

La señorita Price estaba sentada enfrente en la mesa, y como ella misma había cruzado varias veces, dijo: «Ahí lo tiene, señora Smith, ya ve qué bien lo podríamos pasar a bordo del vapor».

«Sí, pero ir a Inglaterra cuesta dinero, y solo pueden ir los encopetados».

«No tiene que preocuparse por eso», dijo; «si dice que irá, yo me encargo de esa parte».

Eso era una versión nueva del asunto; así que aquella noche, cuando llegué a casa, me arrodillé y dije: «Señor, si quieres que vaya a Inglaterra, házmelo muy claro y ayúdame. No sé qué haría allí, no conozco a nadie, pero si me quieres allí, Señor, lo dejo todo en tus manos»; y de algún modo —no lo puedo explicar— Dios lo hizo tan claro, y me lo puso en la conciencia de un modo tan real y profundo, que ya no podía dudar de que él quería que yo fuera a Inglaterra, como no podía dudar de mi propia existencia. No lo puedo explicar; solo sé que lo sabía, y ahora tampoco lo entiendo; pero cuanto son más altos los cielos que la tierra, así son sus caminos más altos que nuestros caminos, y sus pensamientos más que nuestros pensamientos.

Cuando terminé en Sands Street, y estaba a punto de salir para Ocean Grove, la señorita Price me dijo:

«Ahora, señora Smith, voy a Filadelfia a la boda de una amiga, y volveré tal día, y usted me puede escribir».

Me fui a la arboleda, y me alegré tanto de llegar allí y tener un poco de quietud y descanso. Barrí y quité el polvo de mi cuarto y abrí las ventanas, y era muy agradable. Era el primero de abril, y, pensándolo bien, dije: «Oh, después de todo, creo que puedo descansar más aquí que yéndome a Inglaterra».

Luego, al mirar por la ventana y ver el gran océano, y oír las grandes olas que rompían, temblé. Me vino el pensamiento: «Necesitas un buen descanso. Y luego está Mazie; no puedes dejarla aquí sola».

«Sí», dije, «es verdad; me parece que no iré». Así que hice mi lavado y mi planchado, y empecé mi costurita, remendando y zurciendo, y poniendo en orden mi ropa, y descansando un poco, porque me lo tomaba con calma y sin prisas; y así seguí varios días.

Entonces llegó una carta de la señorita Price, que decía: «Avíseme a vuelta de correo si va a ir conmigo a Inglaterra. Si va, muy bien; si no, me uniré a un grupo de señoras que van a ir».

Me vino una profunda convicción de que tenía que ir, pero dije que no había descansado ni la mitad de lo necesario, y no dormía bien de noche; me

acostaba cansada y me levantaba cansada; y luego, además, está tan lejos, a tres mil millas. «Ay, Dios mío, le escribiré y le diré que no; ella tiene a esas señoras con quienes ir, así que todo está bien».

Me senté a contestar la carta, y me vino un pavor tan profundo, como si no debiera decirle que no iría, que apenas podía escribir la carta.

«Oh», dije, «¿qué me pasa?». Me vino un susurro:

«No le escribas que no».

«Pero no puedo ir; tengo que escribir». Así que seguí adelante, y nunca en mi vida había escrito una carta con semejante pavor. La terminé, la llevé al correo y la eché en el buzón, y me alegré tanto de quitármela de las manos. Ahora, dije, estoy libre; y por un ratito me pareció que me había aligerado: ningún sentimiento triste en el corazón, ninguna carga, todo se había ido.

«Oh», dije, «cuánto me ha hecho sufrir esa carta; eso era».

Hice varias visitas antes de volver a casa, porque había estado fuera tres meses. Dondequiera que visitaba, los amigos se alegraban de verme y decían: «Amanda Smith, cuéntenos todo de dónde ha estado y de la obra»; y yo tenía mucho que contar de lo que Dios había hecho. Y luego, a cantar y orar.

No volví a casa hasta las seis y media, así que sentía: toda aquella tristeza se ha ido; tomaré un buen té y me acostaré temprano.

Llevaba en la casa como media hora, supongo, y el té estaba casi listo, cuando, de repente, como cuando se apaga un mechero de gas, una avalancha de oscuridad pareció venir sobre mí, como el pavor de una grande oscuridad que cayó sobre Abraham. Se me cayó el corazón, y un gran temor se apoderó de mí. Se me fueron todas las ganas de cenar, y no quería nada.

«Oh, Señor», dije, «¿qué me pasa? Ayúdame, te lo ruego». Luego dije: «No pienso dormir esta noche hasta saber qué me pasa». Así que cerré las puertas con llave, atranqué los postigos, bajé mucho la lámpara, me puse de rodillas y dije: «Ahora, Señor, no sé la causa de esta oscuridad, y tengo que saberla antes de dormir; estoy dispuesta a pasar en esto toda la noche, y tengo que saber qué pasa».

Lloré amargamente y oré. Luego pensé que tal vez había contristado al Espíritu de algún modo, en algo que había dicho durante mis visitas. Entonces fui, con el pensamiento, a cada lugar, y repasé toda

la conversación, pero no, allí no había condenación. Luego repasé toda mi obra, cada lugar donde había estado; no, ninguna condenación; entonces: «Señor, ¿qué es?». Me postré cuan larga era en el suelo, y lloré y oré como nunca antes. Dije: Señor, tengo que saber qué me pasa. Un susurro: «Levántate». Me incorporé de rodillas junto a la silla y dije: «Ahora, Señor, me quedaré quieta. Dime, te lo ruego, qué pasa»; y después de unos momentos de quietud, fue como si alguien estuviera a mi lado derecho y dijera claramente:

«Andas por ahí diciéndole a la gente que confíe en el Señor en la oscuridad, que confíe en él cuando no lo puede ver».

«Sí, Señor, lo he hecho».

«Pues bien, les dices a otros que hagan lo que tú misma no estás dispuesta a hacer».

«Oh, Señor», dije, «eso es mezquino, y por tu gracia no le diré a nadie que haga lo que yo misma no estoy dispuesta a hacer. Ahora, Señor, ¿qué es?». Y claras y distintas vinieron estas palabras: «Tienes miedo de confiar en el Señor e ir a Inglaterra; tienes miedo del océano».

¡Vaya! Me cortó la respiración, pero dije: «Señor, esa es la verdad, la pura verdad». Claro que lo era.

En un momento, como en un panorama, la bondad de Dios pareció pasar delante de mí, y su fidelidad al guiarme y proveer para mí de todas las maneras, y al contestar mi oración mil veces; ¡y ahora, pensar que yo tuviera miedo de confiar en él e ir a Inglaterra! ¡Oh, qué vergüenza me llenó! Me postré otra vez en el suelo; sentía que nunca más podría alzar los ojos a su querido rostro y orar. Nunca podré describir el terrible sentimiento de vergüenza que pareció llenarme, y clamé: «Señor, perdóname, por amor de Jesús, y dame otra oportunidad, e iré a Inglaterra».

Luego pensé: «Si escribo a la señorita Price diciéndole que iré, como es una desconocida, puede que piense que soy veleidosa y no sepa cómo fiarse de mí; pero si el Señor me da otra oportunidad, iré sola. Te lo prometo, Señor: puedes confiar en mí, obedeceré».

«¿Y tu hija?».

Entonces me vi en el vapor en medio de una gran tormenta, y el barco naufragando; era tan real que oí crujir las maderas, oí rodar los truenos, vi los relámpagos, vi y oí a la gente gritando. ¡Oh, era espantoso! Luego llegaba un telegrama diciendo que el barco se había perdido.

Luego mi hija recibía la noticia, ¡y luego la veía frenética y loca de dolor! Todo era tan real como la vida, y la cabeza parecía darme vueltas, y clamé: «Oh, Señor, ayúdame; te entrego a mi hija; tú puedes cuidar de ella».

Luego pensé: si ella se enfermara... bueno, lo más rápido que me podría llegar la noticia sería por telegrama, y si yo llegaba a Inglaterra y me mandaban un telegrama diciendo que estaba enferma, yo sabía lo que eso significaría: significaría que había muerto. ¡Oh, cómo me sentí!

Luego lo pensé todo bien y me dije: «¿Y si se enfermara y muriera, y yo no pudiera estar con ella para atenderla mientras estaba enferma, y orar y ayudarla? Si muriera, de nada serviría que yo volviera a casa, porque estaría enterrada antes de que yo pudiera llegar hasta ella, y entonces no habría necesidad de que yo viniera».

Lo vi todo, y dije: «Señor, ayúdame; te obedeceré».

Todos mis hermanos y hermanas que vivían entonces, seis en total, se presentaron delante de mí uno por uno, y vi a cada uno decaer y morir, y fui al entierro de cada uno de ellos, allí de rodillas, tan real como cualquier entierro al que haya ido en mi vida, y dije: «Señor, ayúdame».

«Pero», dije, «quedarme aquí y desobedecer a Dios... no puedo permitirme cargar con las consecuencias; prefiero ir y obedecer a Dios que quedarme aquí sabiendo que desobedecí». Entonces me vino este himno:


«Señor, obediente iré,
gozosa dejando todo aquí abajo;
solo sé tú mi guía,
y yo te seguiré siempre».

Entonces vino tal torrente de luz y de dulce paz que me llenó de gozo y alegría, y canté y alabé al Señor, porque sentí que me había hecho bien en abundancia, con gran misericordia.

Al cabo de una semana o algo así fui a despedir a la señorita Price. Partió en uno de los hermosos barcos de la White Star Line. Era como un palacio flotante. Nunca había visto nada igual sobre el agua; era magnífico. Pensé: qué error he cometido. «Oh, Señor, puedes confiar en mí; iré sola si me das otra oportunidad». Así que me volví a casa.

Una o dos semanas después recibí una carta de la señora Mary C. Johnson, que decía: «El señor Johnson y yo pensamos embarcar para Inglaterra tal día de mayo, y nos alegraría llevarla bajo nuestra protección».

«Bueno —pensé—, esto está muy bien. La señora Johnson es una dama tan buena, y ella y el señor Johnson siempre han sido tan amables conmigo, que no sé de nadie con quien preferiría ir más que con ellos».

Por la fecha de la carta vi que solo me quedaba poco más de una semana para prepararme, y no podía hacerlo; entonces me puse de rodillas, extendí la carta sobre una silla y dije: «Señor, tú sabes que seré fiel e iré sola, pero no puedo prepararme e ir con la señora Johnson, aunque me gustaría tanto. Quiero ir a Baltimore a ver a Mazie y contárselo»; y luego le pedí al Señor que la tranquilizara y la preparara para que no sintiera que no podía dejarme ir, ¡y él lo hizo, alabado sea su nombre!

Quería ir a ver a mi hermano, a quien no veía desde hacía treinta años; era mi hermano mayor y vivía en York, Pensilvania; a un hermano menor lo había visto unos meses antes; él vivía en Tonawanda, pero a mi hermano William Tolbert no lo había visto en treinta años; así que dije: está bien. Le escribiré a la señora Johnson para que me escriba cuando llegue a Inglaterra y me cuente cómo están las cosas.

Algún tiempo antes yo había estado en Boston, en las reuniones del señor Moody; era la última semana de sus reuniones. Allí la señora Johnson me dijo que tenía la profunda convicción de que el Señor tenía una obra para mí en Gran Bretaña, pero yo no le di importancia, de modo que el señor y la señora Johnson partieron a las pocas semanas. En cuanto llegó a Inglaterra me escribió y me habló de la Convención de Keswick, que equivale a una de nuestras reuniones campestres de santidad en este país, solo que allí cambian un poco la manera de decirlo y la llaman una convención para profundizar la vida espiritual. Esta reunión la comenzó hace años aquel buen hombre, R. P. Smith, y se celebra todos los años. Dios ciertamente lo bendijo al iniciar esta convención, aunque no se hubiera logrado ninguna otra cosa.

Muchas otras reuniones por todo el Reino Unido han producido un bien maravilloso, cuyo registro está solo en la eternidad.

Una noche triste para mí. Creo que si alguna vez Satanás tuvo algo que ver con los mosquitos, sin duda fue aquella noche. El domingo fue otro día caluroso; el calor era algo espantoso. Fui a la iglesia y volví a pie, unas cinco millas, creo, pero me pareció mucho más por el intenso calor.

«Bueno —dije—, esta noche no voy a salir». Así que subí

a mi cuarto y me acosté y traté de descansar; pero allí los mosquitos y las moscas parecían haberse puesto de acuerdo. ¡Oh, sentí que me iba a volver loca! Traté de orar, pero, ¡oh!, los mosquitos venenosos no hacían más que zumbar, primero en un oído y luego en el otro, y después un picotazo agudo.

«¡Ay, Dios mío, no lo soporto!». Así que me levanté. Dije: «Está demasiado lejos para ir esta noche hasta la iglesia Bethel; entraré en esta iglesia metodista de los blancos».

Estaba tan cansada que dije: «Señor, ayúdame, por favor». Cuando bajé la escalera, mi tía me dijo: «¿Adónde vas?».

«A la iglesia».

«Creí que habías dicho que no ibas a salir otra vez».

«Sí, pero voy a entrar en esta iglesia metodista de los blancos, en la calle Exeter».

Ella se sorprendió.

«Aquí nunca vamos a la iglesia de los blancos. Me reiría si te echaran».

«Pues bien —le dije—, esta noche tendrán que hacerlo, porque voy a ir».

Me alegré de que ella no quisiera ir, porque tenía la piel muy fina, y pensé que si había algún disgusto yo podría soportarlo mejor que ella; así que salí, media hora antes de la hora. La iglesia era hermosa; las luces ardían tenuemente y todo estaba tan fresco y tranquilo. El sacristán fue muy amable y me habló, pero no me dijo que subiera a la galería —antes era costumbre que, cuando la gente de color iba a la iglesia, se sentara en la galería—, así que, como él no dijo nada, entré y me senté tres o cuatro bancos más allá de la puerta.

«Si me echan —dije—, me daré un buen paseíto y todo el mundo podrá verme».

Pues bien, en el silencio me puse a pensar y a orar. De algún modo sentí que el Señor me había enviado allí para enseñarme alguna lección, y dije: «Señor, ¿qué es lo que quieres que aprenda?, porque seguramente quieres decirme algo con todo esto». Y allí me quedé sentada, orando con fervor.

Al rato la gente comenzó a llegar, y entonces dos damas muy bien vestidas entraron y se detuvieron junto a mi banco. Me volví y las miré de frente para que vieran que yo era de la realeza negra, pero ellas parecían amables, así que me levanté y pasaron.

Había muchos bancos vacíos al otro lado y más

adelante. ¡No sé por qué prefirieron ese, a no ser por la peculiar fascinación que parece rodear a la realeza!

Al cabo de un rato entró el ministro y subieron las luces. ¡Oh, qué bonito era! El ministro subió al púlpito y oró, y luego anunció el himno. Cantaron, después hubo una oración muy ferviente y todos los preliminares acostumbrados. Todo ese tiempo yo le pedía al Señor que me enseñara la lección que quería que aprendiera. Cuando el ministro se levantó y anunció su texto, dijo: «Mi texto se encuentra en Filipenses 4:19: “Mi Dios suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”»; y el Espíritu me dijo claramente: «Esa es la lección para ti», y el énfasis parecía estar en lo que falta, «Mi Dios suplirá todo lo que os falta», y lo vi, vi lo que todo aquello significaba.

Cuando volví de la iglesia, en Baltimore, mi tía me dijo: «Bueno, ¿cómo te fue?».

«El Señor me ha enseñado la lección que quería que aprendiera —respondí—. Me alegro tanto de haber ido».

Cuando vi lo cerca que había estado de romper mi pacto con Dios, me alarmé; aquella noche dormí muy poco.

A la mañana siguiente me levanté temprano y me fui al tren. Dijeron que el que salía de Baltimore era el de las nueve y media. Dijeron que era el expreso relámpago; su destino era York, Pensilvania. Hacía solo dos paradas, en Wilmington, Filadelfia, y York. Sentí que nunca más quería subir a aquel tren. ¡Oh, era tan veloz! Al mirar por la ventanilla me parecía que los árboles y los postes me iban a sacar los ojos; la velocidad era algo espantoso. Me agarré bien y dije: «Señor, si tú me ayudas, nunca volveré a desobedecer».

Llegué a York, pasé la noche con mi hermano, al día siguiente tuve una reunión a la una en la iglesia metodista y salí a las dos y media para Filadelfia; llegué a casa, salí a comprar mi baúl y lo llené, y a las siete de la tarde cerré la puerta con llave, dejé caer la llave en el buzón y me puse en camino hacia la calle Horton, a casa de mi amiga, la señora Kenney. Me encontré con la señora B. y le dije que me iba a Inglaterra por unos meses y que quería que cuidara de mi casa hasta que volviera.

«Muy bien», dijo.

Me despedí de ella y seguí mi camino. A la mañana siguiente, miércoles, a las ocho, subí a bordo del vapor Ohio, al mando del capitán Morris. Era un perfecto caballero y

muy amable conmigo. Por medio de mi querida amiga, la señora Kenney, había conseguido mi pasaje sin problemas: setenta dólares en primera clase, por supuesto.

Había bastantes pasajeros aristocráticos, y como yo era una mujer de color y viajaba sola, se preguntaban bastante quién era yo, a qué iba a Inglaterra, etc. Debo decir que me sentí algo incómoda. Varios pasajeros me preguntaron si había estado alguna vez en Inglaterra.

«No», dije.

«¿Va usted por negocios?».

«No, nada en particular».

«¿Espera que la reciban unos amigos?».

«Pues, no».

Entonces venía una sonrisa y un comentario de lo más críticos. Se iban y lo hablaban con dos o más, y hacían sus comentarios, y al rato venía otro y me hacía la misma pregunta de otra forma.

«Supongo que va usted a París».

«No, no pienso ir a París».

«Supongo que va a unirse a los Jubilee Singers. Sin duda este pasaje le resultará caro, señora Smith».

«Sí, pagué setenta dólares por mi pasaje».

«¿Tiene amigos que la recibirán en Inglaterra?».

«Pues no, no sé que nadie vaya a recibirme».

Entonces les hablaba de mi amiga, la señora Mary C. Johnson, y de la señorita Price, y de cómo había sucedido todo, y ellos parecían asombradísimos de que yo fuera tan tonta como para ir a Inglaterra fiándome de semejante testimonio. Un anciano caballero cuáquero era el único que de verdad parecía saber lo que es la guía del Espíritu, y salió en mi defensa en una o dos ocasiones. Algunas de las damas comentaron que yo debería haber viajado en tercera, y no me habría costado tanto.

No sabían si yo no sería algún ser sospechoso, y esto me preocupaba un poco; así que un día entré en mi camarote, me puse de rodillas y dije: «Ahora, Señor, esta gente me hace tantas preguntas. Si les digo que tú me has enviado a Inglaterra, no lo entienden; y ahora, Señor, no dejes que me pregunten nada más. Detenlos; quítales la curiosidad; haz que me dejen en paz, por amor de Jesús. Amén».

Me levanté y subí a cubierta, y desde aquella hora ni un alma me hizo más preguntas, ni una sola en todo el viaje. «Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré».


«¿Estamos débiles y cargados,
agobiados de inquietud?
Precioso Salvador, aún nuestro refugio,
llévalo al Señor en oración». Amén.

Todos estuvimos bastante mareados los dos primeros días. Al tercer día, uno de los camareros, un muchacho muy bueno y amable, me ayudó a subir a cubierta. Cuando el capitán me vio, se acercó y me dijo: «¿Cómo está usted, señora Smith?».

«Me siento mejor, capitán, gracias».

Entonces se sentó a mi lado y dijo: «Señora Smith, ¿la han tratado como es debido?».

«Sí, capitán, gracias».

Él dijo: «Si alguien en este barco le causa algún disgusto, quiero que me lo comunique».

«Se lo agradezco, señor, así lo haré».

Pero no tuve ninguna queja que dar. La camarera fue muy amable, cosa que nadie puede dejar de apreciar cuando viaja a bordo de un barco. Me traía el almuerzo o las comidas a cubierta, igual que a los demás, y tuve muchas conversaciones agradables con ella.

El primer domingo que estuvimos en el mar, casi todos los pasajeros estaban postrados por el mareo. De las veinte o más pasajeras, creo que ni una subió a cubierta hasta muy entrada la tarde, pero el domingo siguiente todos estábamos bien, levantados y afuera.

El caballero cuáquero y su hijo eran los únicos dos que de verdad parecían simpatizar conmigo, aparte de las preguntas curiosas que me hacían. Además, el caballero y la dama que se sentaban a mi lado en la mesa —eran de Filadelfia— fueron muy agradables e hicieron todo muy grato para mí, y eso lo aprecié mucho.

El caballero cuáquero y su hijo se interesaron mucho por mí cuando supieron que yo era, como dicen los Amigos, «una mujer predicadora». El anciano me contó mucho sobre las costumbres de la Sociedad de los Amigos. Dijo que los Amigos siempre habían tenido una postura clara a favor de la predicación femenina, y que él estaba muy orgulloso de ellos. Nunca me había conocido, y no sabía que las mujeres de color trabajaran alguna vez en ese terreno. Me animó y me dijo que siguiera adelante. Luego habló con el capitán acerca de celebrar un culto.

Había cinco médicos a bordo, y ningún predicador entre ellos. La mayoría de los pasajeros eran episcopales y presbiterianos,

todos muy finos, pero muy aristocráticos; así que estos caballeros vinieron a preguntarme si yo me encargaría del culto. Les dije que lo haría si al capitán le parecía bien. No quería hacer nada que no les pareciera perfectamente bien a todos. Entonces fueron preguntando por todas partes, y todos estuvieron de acuerdo. Pensaban: cualquier cosa con tal de romper la monotonía y tener un entretenimiento novedoso.

El capitán mismo vino a decirme que le alegraría mucho que yo me encargara del culto. Haría preparar el salón. Le dije que lo haría si él pensaba que era lo mejor. Me aseguró que todo estaría bien, así que se arregló todo. Se tocó la primera campana; ¡de verdad parecía cosa de iglesia! Cómo corrían las sonrisas y los cuchicheos entre los pasajeros: «La mujer de color va a predicar». A todos los invitaron a bajar al salón, y luego se tocó la segunda campana. Vinieron muchos de la segunda cabina y algunos de los pasajeros de tercera. Los de tercera eran en su mayoría católicos romanos, pero todos se comportaron con reverencia, excepto una o dos pobres personas ignorantes.

Los libros de oración y de himnos episcopales estaban colocados por todas las mesas largas, y yo no tenía la menor idea de cómo llevar aquel culto, así que me volví hacia mi amigo cuáquero, porque él y su hijo estaban a mi lado, dispuestos a ayudarme en todo menos en cantar u orar, y él habló con el capitán, quien dijo que yo siguiera a mi manera. Así que anuncié un himno conocido, y todos se unieron cuando entoné la melodía. Si me hubiera atrevido a pedirle a alguien que orara lo habría hecho, pero si lo hubiera hecho solo habría sido un apuro para cualquiera que no fuera un metodista de los de antes; así que miré a Dios para que me diera fuerzas y oré yo misma, y luego canté, de los Winnowed Hymns, aquel hermoso canto «Jesús de Nazaret pasa por aquí».

El Señor bendijo el canto y captó su atención, y antes de terminar vi que varios estaban conmovidos; ¡pero cómo oré aquella mañana pidiendo ayuda divina, y de cierto llegó!

Abrí mi Biblia en el capítulo 14 de Juan y dije: «No voy a predicar, pero quiero hablar un poco de este querido y viejo capítulo»; y hablé durante más de media hora con perfecta libertad y soltura. Luego oré, y mientras hablaba con el Señor se me presentaban los distintos pasajeros, los que estaban enfermos, y los amigos que habían quedado atrás, el capitán y los oficiales que habían sido tan amables, y así, según el Espíritu impulsaba la oración, así oraba yo. Cuando terminé cantamos la Doxología.

¡Oh, cómo cambió el espíritu de los pasajeros! Damas y caballeros que antes ni siquiera me habían dado los buenos días vinieron a darme las gracias por lo que había dicho, y sobre todo por la oración. Me estrechaban la mano, se mostraban tan interesados y decían: «El Señor la bendiga».

Había un médico muy encopetado que pertenecía a la Marina de los Estados Unidos; él, su esposa y sus dos niñas eran muy agradables, pero, por los comentarios de algunos pasajeros, parecía actuar como si creyera que los pasajeros de aquel vapor debían sentirse muy honrados de que un pasajero tan importante como él, médico de la Marina de los Estados Unidos, estuviera a bordo de aquel barco.

Las dos niñas eran unas cositas dulces, de unos nueve y seis años, diría yo; parecían haberme tomado mucho cariño. No llevaban niñera, así que yo las entretenía y lo pasábamos muy bien, pero cada vez que el doctor andaba cerca las llamaba para que se apartaran. Parecía sentirse muy incómodo de que fueran tan tontas como para hacerle caso a una mujer negra. Yo solía sonreír al ver sus maniobras.

Cuando llegué a Liverpool no sabía nada de la aduana. Todas las damas tenían caballeros que se ocupaban de su equipaje, y como siempre hay un alboroto cuando llegamos, dije: «Señor, no tengo a nadie que se ocupe de mi equipaje ni que haga nada por mí; ayúdame ahora, mantenme tranquila y ayúdame a pasar por todo».

El buen doctor parecía tomarse un empeño especial en estorbarme. Tenía mucho equipaje que revisar; yo tenía solo un baúl; él tenía a tres funcionarios. Esperé; luego vi una oportunidad, le hablé a uno de los hombres y le señalé mi baúl; justo entonces el buen doctor se me puso delante, le dio una palmada en el brazo al hombre y se lo llevó con tanta brusquedad que esperé hasta que casi todos hubieron terminado. El doctor subió a su coche y se fue. Entonces el hombre se volvió hacia mí y dijo: «Señora, ¿este es su baúl?».

«Sí, señor», le dije.

«Supongo que no trae tabaco, ni cigarros, ni libros».

«No, no», fue mi respuesta.

«Bueno, muy bien, ¿adónde quiere ir?».

«A la estación de Lime Street, señor».

Silbó para llamar un coche, cerré mi baúl con llave, y un momento después ya me iba.

Mi coche alcanzó y adelantó al buen doctor. Al pasar, me asomé, le saludé con la mano con una inclinación cortés y seguí rodando, dejando atrás al doctor; y en vez de sonreír como un buen hombre y desearme que Dios me acompañara, solo frunció el ceño y pareció morderse el labio. Nunca he vuelto a verlo, ¡pobre hombre!

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