Amanda Smith: una autobiografía
La iglesia Pittman, en Filadelfia

Capítulo 20 · 31 min de lectura · 40 min de escucha

La iglesia Pittman, en Filadelfia

Fue en el 78. Estaba dando reuniones, primero en Manayunk, con el hermano Rakestraw; luego en Holmesburg, con el hermano Gillingham; luego en Camden, y luego en Norristown, con el hermano Day. Tuvimos una buena obra en todos esos lugares. Muchas almas fueron salvas y los creyentes fueron edificados.

Luego me llamaron a la calle Horton. El hermano Robinson era el pastor. Allí el Señor nos bendijo poderosamente. Hubo un avivamiento arrollador. Todas las noches, durante más de dos semanas, la iglesia estaba llena a reventar, altar y púlpito. Algunas de las buenas personas llegaron a impacientarse de veras porque la gente se apretujaba tanto. Recuerdo que un domingo por la noche los pasillos y los escalones del púlpito estaban abarrotados. El pobre y anciano hermano Tasks —ahora en el cielo— a duras penas pudo subir al púlpito, y cuando llegó tuvo que quedarse de pie. Dijo que no volvería a venir con semejante gentío.

Terminado el mensaje, procuramos hacer sitio para el servicio del altar. No pasó mucho tiempo antes de que el altar se llenara de los que buscaban, unos el perdón, otros la pureza. Me fijé en un joven que estaba sentado en una silla en el pasillo y parecía profundamente interesado. Parecía que quería pasar adelante; y luego, había una señorita con él. Lo observé. De repente se levantó, dejó el sombrero y el abrigo y pasó adelante, y justo cuando puso la mano sobre la baranda del altar y se disponía a arrodillarse, el Señor lo bendijo tan poderosamente que dio palmadas y gritó: Gloria a Dios, soy salvo. Él, como el pobre hombre del Evangelio, el leproso que vino a Jesús, dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme», y Jesús le respondió: «Quiero; sé limpio».

Al volverse hacia la congregación, su hermana, a quien no había visto en años, estaba justo detrás de él. Ella había estado orando por él, pero no sabía que él estaba allí, ni él sabía que ella estaba allí. Ella se lanzó hacia él y le echó los brazos al cuello, y tuvieron un buen rato de regocijo juntos. Esto tuvo un efecto maravilloso en la congregación. Varios pasaron adelante, y muchos profesaron ser salvos aquella noche.

Una querida mujer que conocí el otoño pasado en la reunión de santidad del sábado por la noche me contó que se había convertido en aquella reunión, y también su esposo y dos de sus hijos. Me contó cuánto me detestaba porque yo era una mujer de color; cómo fue a la iglesia llena de prejuicio, pero cuando Dios la salvó se lo quitó todo, y ahora me quiere como a una hermana y ¡piensa que tengo un color precioso! Por supuesto, a eso lo llamo yo una buena conversión para empezar.

Algunas personas no reciben bastante de la bendición como para que se les quite el prejuicio, ni siquiera después de ser santificadas.

Algún tiempo después de esto fui a la iglesia Pittman. El reverendo George McLaughlin era el pastor. La iglesia no estaba terminada. Tuvimos las reuniones en la sala de conferencias, una sala grande y hermosa que daba cabida, supongo, a más de trescientas personas, y todas las noches estaba repleta. Aquí tuvimos un tiempo grandioso desde el principio. El domingo por la tarde tuvimos una reunión maravillosa. En aquella reunión el querido hermano Alkhorn recibió la bendición de la santificación, después de buscarla durante treinta años, según dijo en su testimonio cuando se levantó. Nunca olvidaré aquella tarde de domingo. El Señor me ayudó maravillosamente a hablar por Él.

El hermano McLaughlin era un hombre grande y bueno con quien trabajar, aunque no era muy definido en la línea de la santidad; pero me dijo: «Hermana Smith, adelante; yo estoy con usted». Así que no me puso ataduras, y tuve perfecta libertad, gracias a Dios.

El hermano Alkhorn era predicador local; era un hombre convertido, y lo había sido durante años, y siempre había anhelado la bendición de la salvación plena. En sus ideas sobre la doctrina era cabalmente wesleyano, y también bíblico. Decía que la predicaba, y a veces creía que la tenía; luego se encontraba con ministros que no la veían como él, y que afirmaban que todo se hacía en la conversión. Entonces volvía a quedar a oscuras, y así fue como siguió durante años.

Tenía una panadería en la calle Lumber. Llegué a conocerlos muy bien a él y a su familia. Era miembro de la iglesia metodista

Western, y creo que el doctor Patterson era el pastor en el tiempo de su muerte.

Aquella tarde de domingo estaba sentado a unos tres bancos del altar, mientras se daban muchos testimonios —muchos de ellos muy definidos y claros— de la experiencia y el poder de esta gran salvación. Luego tuvimos un servicio de altar, e insté a los que de verdad deseaban conocer la experiencia por sí mismos a pasar adelante y arrodillarse en el altar, y resolverlo allí mismo. Varios pasaron adelante. Vi al hermano A. levantarse con calma, quitarse el sobretodo, doblarlo, y luego tomar su sombrero y su bastón, caminar adelante y entregárselos a algunos de los hermanos. Y al arrodillarse en el altar dijo: «Hermanos, quiero la bendición». Y empezó a orar como quien de verdad la quería; y al poco rato se sumió en una gran calma, y dijo: «Está hecho, alabado sea el Señor. La sangre limpia; gloria a Jesús». Se levantó y dio el testimonio que ya he contado.

Cosa de un año después, creo que fue, sufrió un triste accidente: lo arrojó su carreta, y a los pocos días murió. Pero, ¡oh, él triunfa sobre la muerte, el infierno y el sepulcro!

Perdí un amigo verdadero cuando se lo llevaron, es decir, como diría el mundo; pero tengo en Jesús un amigo que nunca muere. Alabado sea su querido nombre para siempre.

En el mismo altar, arrodillado un poco más allá de donde se había arrodillado el hermano Alkhorn, estaba un hombre enorme, un holandés. Había estado buscando al Señor durante quince años, a ratos sí y a ratos no, pero nunca había llegado a la luz clara. La gente del altar estaba recibiendo la bendición, y se levantaban uno tras otro, y se hacía tarde y era hora de cerrar la reunión. Aquel pobre hombre entró en una lucha terrible. Clamaba: «Señor, sálvame». No quería levantarse.

«¡Aguante!», le grité; «ya casi está fuera».

Sentí que las cosas estaban cediendo, y dije: «Todo lo que necesita, todo lo que le falta, es un poco más de fe en Jesús»; y su pobre esposa sintió que no podía aguantar más. Entró dentro del altar y estaba a punto de echarle los brazos al cuello. La compasión por él la abrumaba. La agarré y le dije: «¡Oh, haga lo que haga, no lo toque; lo estorbará!».

«Oh», dijo ella, «he orado tanto tiempo».

La sujeté y la mantuve atrás, mientras los hermanos animaban su fe. A los pocos minutos él se puso en pie de un salto,

gritando a voz en cuello: «¡Soy salvo, soy salvo! ¡Gloria a Jesús! ¡Gloria a Jesús!».

Solté a su esposa y él la levantó en brazos; luego la soltó y se abrazó a algunos de los hermanos. ¡Oh, cómo gritaba! Yo me quité de en medio; por supuesto, no iba a entrometerme. Así que este fue un buen comienzo para nuestra reunión de la semana.

Seguimos durante diez días, y se convirtieron decenas. En todo ese tiempo el interés no decayó ni una sola noche.

El hermano M. quería que me quedara más tiempo, pero no podía. Tenía un compromiso en Long Island, con el hermano Hollis. Fue en este tiempo cuando se planeó mi casa de Filadelfia, sin que yo lo supiera. Unas dos semanas después recibí una carta de la señora de James Orr. Decía: «Unos amigos están planeando comprarle una casa, pero no quieren que usted lo sepa, así que no deje ver que yo se lo he dicho».

Me asusté terriblemente, y en cuanto leí la carta me puse de rodillas y oré para que el Señor no les permitiera conseguir la casa que estaban planeando. Me parecía que era demasiado para mí. Dije: ¡qué idea, que a una pobre mujer como yo le regalen una casa! Algo debe de andar mal en esto. ¡Oh, cómo oré!

Varios días después recibí otra carta, en la que me decían que la casa que estaban mirando y que querían no la podían conseguir. Había algo que no era del todo satisfactorio en cuanto a la escritura; así que pensé que el Señor había contestado mi oración, y que todo estaba bien.

Al cabo de uno o dos días ya estaba otra vez de viaje, dando reuniones. Pasados diez días volví a casa. Me esperaban varias cartas, dos de ellas de Filadelfia. Las abrí y las leí. La primera era de la misma persona. Decía: «No diga que yo se lo conté, porque quieren darle una sorpresa. Han mirado otra casa y han hecho arreglos para comprarla, y pagarán tanto para cerrar el trato tal día».

Todo eso se había hecho dos días antes de que yo llegara a casa, según vi por la fecha de la carta. Entonces lo pensé todo bien. Dije: nunca le he pedido al Señor que me dé una casa, y me pregunto si de veras quiere que la tenga. Algo debe de significar, porque ¿por qué iba esta gente a empeñarse en conseguirme la casa? Yo soy una mujer de color, y ellos son todos blancos, y son desconocidos. Así que me arrodillé y le pedí al Señor que bendijera y prosperara a los que lo habían

emprendido. La señora que me escribía me había contado que todo el mundo estaba a favor, y cuánto se interesaban el capellán Gibben y su esposa, que habían dado una buena suma para empezar. Bueno, sí que parecía que el Señor estaba en ello.

Luego abrí las otras cartas. Había una del mismo caballero que había hecho la propuesta y había puesto la cosa en marcha, el hermano Andrew Marshall. Era muy conocido en Filadelfia, uno de los hombres principales de la iglesia Pittman en aquel tiempo, un hombre que llevaba un gran negocio de panadería y confitería, y un buen hombre, así que no pude menos que sentir que el Señor estaba en ello. Me lo contó todo. La casa costaba tres mil dólares, sujeta a un censo de sesenta dólares al año. Dos mil dólares de ese dinero ya se habían reunido por medio de amigos del señor Marshall, de modo que yo no tenía nada que ver con esa parte en ningún sentido; solo tenía que estar lista para ir cuando ellos dijeran. Así que me fui por otras dos semanas.

Cuando volví había cartas. La casa estaba comprada, la escritura estaba a mi nombre, y yo solo tenía que ir. Decían que no hacía falta que llevara nada si no quería. Algunas de las señoras de Pittman, con la señora Orr, se habían puesto manos a la obra y habían amueblado dos habitaciones, el dormitorio del frente en el piso de arriba y el salón del frente abajo; todo bonito y cómodo. Así que me preparé y fui.

Llevé muy pocas cosas; no tenía muchas. ¡Mis queridas planchas viejas y mi tabla de planchar, que me habían acompañado en tantos aprietos en Nueva York, no podía olvidarlas ni dejarlas atrás! Y luego la sillita vieja y baja junto a la cual me había arrodillado y había librado una batalla tan grande, cuando me acordé del motín de Nueva York, después de ser santificada. Dije: «Estas cosas me las llevo de todos modos».

Ya era tarde el sábado cuando pude salir, así que no llegué a la casa hasta eso de las siete de la tarde. Y allí estaba, efectivamente, en el 1817 de la calle Addison: una linda casita de ladrillo de tres pisos, con bonitos escalones de mármol blanco al frente, ¡toda iluminada con gas!

Era muy bonita. Además había varios amigos reunidos, y un buen fuego encendido. Yo no sabía qué hacer ni qué decir; alabé al Señor, di las gracias a la gente, y dije: «¿De veras es mía?». Entonces me entregaron la escritura. Luego dije: «Oremos».

Eso pareció fuera de lugar, porque estábamos todos demasiado contentos para orar; así que cantamos la Doxología.

«Déjenme recorrerla de arriba abajo», dije; así que subimos a todas las habitaciones; miré en todos los armarios, en todas partes; luego bajamos al sótano, ¡y después tomé el té más rico! Las señoras lo habían provisto todo.

Todo parecía muy bonito. Todo marchó bien durante cerca de un año; luego vino una prueba.

La gran Exposición del Centenario había despertado en muchos esperanzas y expectativas que nunca se cumplieron; así le pasó al hermano M. En ese aprieto consiguió que el hermano Robinson, uno de los miembros principales de la Iglesia Metodista Episcopal Salem, le ayudara a cubrir unas deudas urgentes, y así lo hizo. Luego, al parecer, el hermano M. no cumplió por su parte, lo cual causó gran descontento y malestar entre aquellos amigos.

Yo sabía muy poco del asunto. No procuré saber. Sentía que lo que habían hecho había sido por verdadera bondad hacia mí, aunque de ello resultara mala suerte, como a menudo resulta de nuestros mejores motivos. Esto me puso en una situación muy embarazosa. Los dos eran caballeros cristianos y hombres de negocios, y ¿quién era yo para darles órdenes sobre lo que tan bondadosamente estaban haciendo por mí?

Salió en los periódicos, por medio del hermano Wallace, que los amigos de Filadelfia le habían regalado a Amanda Smith una casa, y otra también en Ocean Grove. El señor M. me llamó la atención sobre ello. Le dije: «Eso es un error; todo lo que tengo en Ocean Grove es esto: el comité siempre es muy amable y no me cobra la tienda ni el terreno durante el tiempo que me quedo, pero eso es todo».

«Hermano M.», le dije, «usted puede corregir eso; vea al hermano Wallace y dígaselo», porque él era entonces el director del «Home Journal», y en ese periódico era donde se había hecho la afirmación.

«Si lo hago yo», le dije, «parecerá que estoy descontenta, o que estoy criticando de algún modo cómo ha llevado usted los asuntos».

«Sí», dijo él, «veré al hermano Wallace»; pero no sé si lo hizo o no. Desde entonces, según lo mejor que pude averiguar, se acabaron los donativos para completar el pago de la casa; pero, en lo que a eso tocaba, yo no tenía nada que ver. Tenía en mano justo ciento cincuenta dólares. Esto me lo había dado el Señor en distintas reuniones campestres durante el verano. Le había dado los cien al señor M. El resto me lo quedé. Hice empapelar y pintar toda la casa por dentro, y le pusieron un techo de hojalata; no pasó mucho tiempo antes de que todo estuviera hecho.

Siempre, antes de este tiempo, me las había arreglado y había tenido lo suficiente para

ir tirando bastante bien, y pensé que, como la casa era mía, era justo que la pusiera en buen estado, y así no tendría que hacerlo otra vez en mucho tiempo; pero aquella afirmación de los periódicos me afectó personalmente, y mucho. Seguí yendo de un lado a otro dando reuniones como de costumbre, pero recibía muy poco en comparación con lo que había recibido antes. La gente decía: «Ella está bien, tiene dos casas, una en Ocean Grove y otra en Filadelfia»; así que, por supuesto, si yo tenía dos casas era rica, ¡y no necesitaba nada de comer ni de beber!

Bueno, yo no sabía qué hacer, pero el Señor me ayudó a quedarme quieta. Volví a casa de una gira por Ohio y fui a la reunión campestre de Ocean Grove. Llevaba allí dos días cuando llegó un telegrama que decía:

«Venga a casa inmediatamente. Marshall».

«¿Pero qué pasará?», me preguntaba.

Me preparé y me fui, a eso de las diez de la mañana. Fui a la tienda y vi al hermano M. Estaba animado y contento.

«¿Qué pasa?», le pregunté.

Entonces me dijo que estaba en apuros, y que necesitaba cubrir un pagaré para tal fecha.

«Bueno», le dije, «¿qué quiere que haga yo?».

«Pensaba preguntarle si firmaría usted una hipoteca; así podríamos pedir prestado el dinero a la Asociación de Construcción hasta tal fecha, y yo me pondría al día».

«Usted sabe, hermano M.», le contesté, «que yo no sé ni pizca de la Asociación de Construcción; nunca he podido metérmelo en la cabeza; nunca he hecho otra cosa que pagar mi alquiler, eso es todo. Puedo dirigir una reunión de oración de vez en cuando, y eso es casi todo lo que sé».

«Esto estará bien», dijo.

«Bueno, si usted lo dice, lo haré».

Así que fue e hizo extender los papeles. Me había hecho responsable ante la Asociación de Construcción de quince dólares al mes. Nunca había pagado un alquiler tan alto; luego, cinco dólares al mes del censo del terreno hacían veinte dólares al mes, además de otros gastos; pero hice lo mejor que pude.

El señor Cleg, que era el secretario de la Asociación de Construcción, fue muy amable, y le dije que no sabía cómo en el mundo iba a poder sostener aquello. Me dijo que aguantara, que con el tiempo mejoraría.

Habían pasado algunos meses, no sé cuántos, cuando el hermano M. vino otra vez a pedirme que le ayudara a cumplir otro compromiso. Así que fui otra vez; se extendieron los papeles.

Cuando el señor Marshall le explicó al abogado el motivo de nuestra nueva visita, el abogado se volvió hacia mí, me miró directamente a la cara y me dijo: «¿Quiere usted firmar este papel?».

«Bueno», le dije, «supongo que tendré que hacerlo».

Entonces soltó un gruñido entre dientes, como para sí, y empezó a escribir, y me pidieron que firmara. Aquella mirada que me echó parecía tener una expresión como esta: «Bueno, usted es una tonta»; y así es más o menos como me sentía yo; pero aun así firmé los papeles y me hice responsable todavía más ante la Asociación de Construcción.

Ahora, con el censo del terreno y los impuestos, tenía que pagar cuarenta dólares al mes. Le dije al señor M. que no podía hacerlo, pero él dijo que se haría cargo y me ayudaría en cuanto se cubrieran aquellas demandas urgentes.

Tenía que seguir adelante; solo Dios sabe cómo lo hice. A veces no tenía dinero suficiente ni para comprarme una hogaza de pan. Fui al señor Cleg y le dije que tenía que quedarse con la casa, que yo no podía pagar las cuotas. Fue muy amable.

«Aguante, señora Smith, pague lo que pueda; no la vamos a apremiar», dijo; «todo está muy flojo en este momento», etcétera.

Recibía tan poco por mis servicios que no podía salir adelante, y además cargaba todo el tiempo con el pensamiento constante de que me estaba hundiendo todavía más en deudas con la Asociación de Construcción. Me daba vergüenza contárselo a nadie; a los blancos les parecería mala administración por parte de los que eran mis amigos. Y luego sabía lo que diría alguna de mi propia gente, y lo que ya había dicho: que yo era una especie de «negra de los blancos»; y sabía que dirían: «Eso es justo lo que yo te dije que pasaría al final; a mí no me vengas con los blancos». No verían a Dios en nada de esto; así que ahí estaba yo. No sabía qué hacer. No podía hablar de ello en público por la razón que ya he mencionado.

Un día volví a casa con gran angustia de ánimo. Había estado fuera, en Jersey, ayudando a un buen hermano que tenía muchísimas ganas de que le ayudara. Fui. Me dijo que la gente era muy pobre y no podría darme mucho, y, aunque yo tenía varias otras invitaciones donde podría haber esperado más, preferí ir a ese lugar y ayudar a este hermano.

Después de dos semanas de duro trabajo me dieron seis dólares; y mis gastos de ferrocarril eran tres dólares ida y vuelta. La gente era pobre, pero amable y buena, y el ministro era un buen hombre y tenía una familia numerosa, pero eran pobres. Dios los bendiga.

Me consiguieron alojamiento con una hermana, donde estuve tan cómoda como podía estar, aunque a veces hacía mucho frío.

Llegué a casa a eso de las diez de la mañana. Me metí en la casa sin hacer ruido, dejé cerradas las ventanas del frente, abrí una ventana del cuarto de atrás y me puse de rodillas. Dije: «Ahora, Señor, tienes que ayudarme, porque no puedo seguir un día más con esta carga». Todo estaba oscuro. No comí. Pensaba y hacía planes en mi mente, y pensaba. Luego volvía a orar. Cuando ya no podía más, me levantaba y me tendía en el sofá y estudiaba qué plan seguir. «Si voy al señor Marshall, me dirá lo mismo que me dijo antes. Si voy al señor C., es tan amable que me dirá lo mismo». Y luego, otra vez de rodillas. Me veía echada de la casa sin ningún sitio adonde ir. Me veía sentada con mis cosas alrededor y la gente mirando; algunos se reían y decían: «Ya te lo decía yo».

¡Oh, qué lucha fue aquella! Todo parecía tan real como la vida misma. Morí por completo en este punto, y cuando pasó la última punzada me encontré cantando el himno del hermano John Parker:


«Soy más que vencedora por su sangre,
Jesús me salva ahora.
Descanso bajo el escudo de Dios,
Jesús me salva ahora».


CORO: «Aunque los enemigos sean fuertes
y altos los muros,
gritaré: ¡Él da la victoria!,
gritaré: ¡Él da la victoria!,
Jesús me salva ahora».

Eran como las dos de la tarde. Me levanté de aquel lugar y me quité las cosas, porque solo me había quitado la capota. Abrí la casa de arriba abajo, subí las ventanas y canté todos los himnos que sabía de memoria; canté fuerte y con ganas. ¡Oh, qué victoria! Poco tiempo después, el Señor me abrió maravillosamente el camino para ir a Inglaterra; sí, digo maravillosamente, porque, bien mirado, fue de verdad maravilloso.

Cuando llevaba unos seis meses en Inglaterra, aunque yo había escrito al señor Marshall y a Robinson, y también al señor Cleg, el secretario de la Asociación de Construcción, me llegó una carta del señor Robinson diciendo que tenía que volver a casa inmediatamente, que no se habían pagado los impuestos y, supongo que para meterme prisa, decía que la casa podía venderse por los impuestos si no se pagaban para tal fecha.

No tenía a quién recurrir sino a estos dos hermanos, que ya habían tenido bastantes problemas con ello. Estaba en Mildmay, en Londres, cuando llegó esta carta. Por un momento la cabeza me dio vueltas. Estaba en la calle cuando abrí y leí la carta. Sentía como si pudiera volar. Dije: ¿qué puedo hacer?, hoy es jueves. Pensé ir a hacer el baúl y tomar el tren de la noche a Liverpool, y así embarcar en el primer vapor que saliera. El corazón me latía y tenía la mente tan confusa. Me quedé quieta, cerré los ojos y le pedí al Señor que me calmara y me dijera qué hacer. En un momento me quitó todo pensamiento y todo deseo de volver a casa. Dije: puedo escribir y decir todo lo que tengo que decir, y el mismo vapor en que yo iría llevará la carta.

Así que le escribí al hermano Robinson: «No puedo ir; pero vendan la casa o regálenla, no la quiero; saquen su dinero, yo no quiero nada».

Ahora veo que podría haber hecho las cosas de otro modo si hubiera sabido cómo, pero aun así habría sido una gran carga y una gran preocupación para mí, porque en lugar de quedarme tres meses estuve fuera doce años.

Luego, después de ir a la India, estando en Naini Tal, en la Alta India, me enviaron papeles para firmar, y me presenté ante un magistrado en Naini Tal, India, y en presencia de los testigos firmé la renuncia a todo derecho y reclamación. Así que la casa se vendió, y Amanda Smith quedó donde estaba cuando empezó, en lo que a tener casa se refiere; y ahí se acabó la casa que tanta gente piensa que todavía es mía.

Lo sentí por la buena gente que había dado el dinero, pero no lo pude evitar. Yo no tuve nada que ver con ello de principio a fin, salvo aceptarla, como ya he dicho. Después de vendida la casa, la gente que vivía en ella tuvo que mudarse. Les escribí que cuidaran mis cosas. Mandé el dinero para ayudar con la primera mudanza, pero se mudaron varias veces en doce años, así que me resultó difícil seguir costeándolo.

Todo el mundo sabe que muchas veces, en una mudanza, aun cuando uno está allí mismo para cuidar sus cosas, es difícil evitar pérdidas y salir bien parado; así que ¿qué podía esperar yo? Cuando volví de África no tenía adónde ir. La gente había guardado las cosas y se había ido a pasar el verano, y no había vuelto cuando llegué. Cuando volvieron no pudieron conseguir una casa lo bastante grande para acomodarnos a todos; pero un buen amigo de Brooklyn, el señor Tom Gibson, y su esposa, me habían escrito a

Inglaterra invitándome a venir a pasar un tiempo con ellos. El día que llegué le mandé un telegrama desde el vapor, y el señor Gibson vino a recibirme y me llevó a su casa, y me quedé con ellos dos semanas.

La señora Gibson estaba bastante enferma en aquel tiempo, y desde entonces ha fallecido. Los conocía desde hacía veinte años. La señora Titus, su madre, me dio dónde quedarme en su tienda la primera vez que estuve en la reunión campestre de Round Lake, y, después de eso, los buenos hermanos Hillman y Hartshorn siempre se ocuparon de que tuviera una tienda para mí sola. Dios los bendiga.

Pasadas las dos semanas sentí que tenía que tener un cuarto; mi baúl y mis cosas estorbaban; y por medio de una amiga de la señora Gibson conseguí un cuartito interior, por el que tenía que pagar diez dólares al mes. No podía hacerlo mejor en aquel momento, y el Señor sabía que yo no podría aguantar aquello mucho tiempo; pero, ¡oh, estaba tan débil y tan agotada, y necesitaba algún lugar!

Varios amigos de distintos lugares me invitaron amablemente a ir a quedarme con ellos, pero todos querían que diera algunas reuniones, y yo estaba a veces demasiado cansada y rendida hasta para pensar; y entonces el Señor, que es siempre nuestro pronto auxilio en las tribulaciones, se lo puso en el corazón a aquella gran mujer, la señora Mary R. Denmen, de Newark, y me escribió diciéndome que fuera a Newark, que ella me daría un cuarto en una de sus casas. La casa donde vivía su cochero era una casita bonita y cómoda, de siete habitaciones, y Joseph tenía una familia pequeña, así que podía tener allí un cuarto sin pagar alquiler. ¡Oh, cómo alabé al Señor por su maravillosa misericordia amorosa, que proveía para mí!

La señora Denmen es miembro de la Iglesia Episcopal, pero en todo el tiempo que la conozco, más de veinte años, nunca he tenido una amiga más cálida ni más fiel que ella. Su amistad es tan práctica; solo Dios mismo sabe cuántas veces me ha ayudado cuando yo sé que ningún mortal conocía mi necesidad sino el Señor mismo.

He disfrutado este invierno de mi acogedor cuartito mientras escribía mi libro, aunque gran parte del tiempo estoy fuera; pero no hay lugar como el hogar cuando uno está en él. Ciertamente, los ojos del Señor recorren toda la tierra para mostrar su poder a favor de los que tienen un corazón perfecto para con Él; y ahora no sé adónde seré llevada después, pero vaya donde vaya, nunca olvidaré el número 64 de la calle Park, en Newark, ni a mi amada

benefactora, la señora Mary R. Denmen. Que Dios la bendiga a ella y a su querida familia.

El señor Beecher tenía dos iglesias misioneras en Brooklyn: Bethany y Mayflower. Pasé una semana en cada una, en 1878. En las dos iglesias el Señor nos bendijo grandemente.

Recuerdo muy claramente un incidente especial: la reconciliación entre dos hermanos que habían sido amigos muy queridos. Habían crecido juntos de muchachos, y los dos trabajaban en la misma oficina, en Nueva York. Los dos profesaban ser cristianos y eran miembros de la iglesia. Uno era superintendente de la escuela dominical. Pero habían tenido algún disgusto y llevaban cuatro o cinco años sin dirigirse la palabra.

Los dos querían hablar, pero cada uno era demasiado orgulloso para hablar primero, y cuanto más duraba, más difícil se volvía, hasta que al final el señor B. dijo que se sentía tan desdichado que había renunciado a su puesto de superintendente, había dejado de ir a la iglesia con regularidad y estaba a punto de decidirse a retirarse de la iglesia por completo. Su esposa le suplicó, por los tres hermosos hijos que tenían y por la influencia que eso tendría en ellos, que no se fuera; así que seguía aguantando, pero sentía que se iría. ¡Oh, cómo se ríe el diablo de cosas así!

Aunque no se hablaban, se lanzaban insinuaciones y comentarios odiosos el uno sobre el otro, de modo que cada uno se enteraba de lo que decía el otro sin hablarse; y ¡qué exasperante es eso! Pero Dios, que es tan rico en misericordia, no nos dejará ser tentados más de lo que podemos llevar, sino que dará también juntamente con la tentación la salida. Al Señor le plugo que yo estuviera en la Mayflower justo en aquel tiempo.

Una noche, mientras yo hablaba sobre el perdón a nuestros enemigos, el Espíritu de Dios se apoderó de este joven. Al terminar la reunión vino y me dijo que quería hablar conmigo, y me contó su historia. Le insté a que fuera a ver a su hermano y hablara con él.

«Sé que él no me va a hablar».

«Pero», le dije, «háblele usted a él».

«Pero lo conozco tan bien», dijo, «que sé que si lo hago me va a maldecir, y no puedo soportarlo».

Le dije que Dios le ayudaría si se decidía a hacer lo correcto. Después de una larga conversación y de orar, dijo que iría a verlo. Le dije que yo oraría por él aquella noche y todo el día siguiente, y que por la noche tenía que contarme cómo le había ido.

¡Y oh, cómo oré por aquellos dos hombres! Como solo puede orar un alma cuando siente que Dios está a punto de ganar una victoria. A la mañana siguiente, no sé cómo, me sentía tan tranquila y gozosa. Y sin embargo no sabía lo que había pasado. Solo creía que Dios se había encargado de ellos.

Llegó la noche. Fui a la iglesia y vi entrar a este caballero. Tenía el rostro como un rayo de sol. Era bien parecido de todos modos. Pero, ¡oh, ahora estaba hermoso! Supe que algo había pasado. El semblante pesado, profundo y sombrío había desaparecido. Al terminar la reunión se abrió paso hasta mí y me dijo:

«¡Oh, hermana Smith, alabado sea el Señor, todo está bien!».

«Amén», le dije. «Ya se lo decía yo. Bueno, ahora cuénteme».

«Pues», dijo, «anoche me decidí a hablarle a Will de todos modos, y si no me hablaba y me maldecía, no me importaba. El Señor lo arregló tan bien. Toda la mañana fui orando por el camino. Normalmente yo soy el primero en llegar a la oficina. Pero esta mañana él ya estaba allí. Así que entré. No había nadie más que él. Fui derecho hacia él y le dije: “Mira, Will, creo que ya es hora de que tú y yo acabemos con esta tontería nuestra”; y él se puso en pie de un salto, me tomó de la mano y me dijo con lágrimas: “Sí, Charlie, hace un mes que quiero hablarte, pero temía que no me hablaras”. “Y, Will”, le dije, “yo he querido hablarte, pero pensaba que no te importaba hablarme y que me maldecirías. Pero el Señor me ha bendecido, y ahora somos otra vez viejos amigos. ¡Gracias al Señor!”».

Aunque no se hubiera hecho nada más en aquella reunión, ciertamente fue una gran victoria: sanada aquella larga ruptura entre estos dos hermanos, y hecha la reconciliación. Satanás habría preferido que se batieran en duelo. Pero la mejor manera de batirse en duelo, en mi opinión, es de rodillas, rindiéndose a Dios y recibiendo un corazón lleno de amor y de perdón. Amén.

El lunes por la noche estuve en la iglesia del doctor Cuyler, el martes en la iglesia metodista, el miércoles por la noche en la iglesia bautista, y terminamos nuestros cultos el domingo siguiente en la del doctor Buddington. Todos los ministros se unieron y cedieron sus iglesias y todas las colectas, así que las señoras fueron generosas conmigo, Dios las bendiga. No sabían nada de mi esperanza de ir a Inglaterra, así que pude ver que todo era obra del Señor, y era maravilloso. Yo le pedía al Señor directamente todo lo que necesitaba.

El verano anterior, mi buena amiga, la señora Saunders, me había regalado un vestido de seda negra muy bonito, ya hecho y todo, y yo esperaba que me durara toda la vida, así que lo guardé y no me lo había puesto. Luego, cuando estuve en Fleet Street, las señoras me habían regalado un traje gris, vestido y esclavina, así que tenía estos dos buenos vestidos y otro con el que viajaba. Alguien me regaló un par de guantes de cabritilla, luego alguien me dio un volante plisado para el cuello del vestido; me dieron unos pañuelos, y alguien me dio medias. ¡Oh, era maravilloso cómo todo parecía llegar! Así que mi guardarropa quedó completo, aunque no lujoso, y, por supuesto, no tardé mucho en acomodarlo en mi baúl.

Aquella noche, en la iglesia del doctor Cuyler, tenían reservada la sala de conferencias, toda iluminada y caldeada muy agradablemente, pero él lamentaba que se hubiera fijado una reunión para el lunes por la noche en su iglesia, porque deseaba que las señoras tuvieran una buena colecta; además, por el concierto de los ancianos que iba a celebrarse en la iglesia del doctor Sudder, aquella noche no era tan favorable. Temía que eso afectara al resultado de la reunión; pero su gran sorpresa fue que la reunión iba a empezar a las siete y media de la tarde, y yo llegué a las siete y cuarto, y la sala de conferencias estaba llena, y muchos fuera, y la gente clamaba diciendo que había que abrir la iglesia. Yo no logré entrar hasta que abrieron la iglesia y encendieron un fuego. En cuanto se abrió la iglesia, la gente salió en tropel de la sala de conferencias hacia la iglesia. El doctor Cuyler me dijo que esperara en la sala de conferencias hasta que la gente se acomodara.

Esto me inquietó un poco, pero oré aún más para que Dios bendijera a la gente y me ayudara a hablar por Él, y dije: «Ahora, Señor, no dejes que nadie se resfríe», porque la iglesia no podía calentarse en un buen rato; pero como había habido fuego todo el domingo, pensaron que se podía correr el riesgo.

El Señor sí me ayudó a hablar por Él. Fue maravilloso cómo me ayudó aquella noche. Cuando todo estuvo en orden y la gran iglesia estaba llena, y muchos en la galería, el doctor Cuyler dijo: «Señora Smith, ¿quiere entrar ahora?». ¡Qué bondadoso fue!

Yo sabía que algún tiempo antes había habido problemas por una señora que habló en su iglesia. Pensé que si armaban tanto alboroto por alguien tan gentil, dulce y refinada como la señorita Sarah Smiley, ¿qué harían conmigo? Así que me dije: «Bueno, haré exactamente lo que me digan que haga».

«No se atreverán a invitarme a entrar en el presbiterio», pensé; «así que si ponen un banco o una silla en el pasillo y me piden que me suba a ella y hable, lo haré».

La señora Johnson y la señorita Ludlow y varias otras señoras de la templanza estaban conmigo; así que el doctor Cuyler me preguntó si quería subir al púlpito.

«¡Vaya!», pensé para mí; «en fin, haré exactamente lo que me digan»; así que subí, y estaba altísimo. Después de sentarme, dijo: «Señora Smith, ¿le gustaría que una de las señoras se sentara con usted?».

«Si ellas quieren, señor, me encantaría». Así que fue y se lo preguntó, pero cada una lo rehusó. Entonces vino él mismo, se sentó a mi lado y me presentó a la gente muy bonitamente. Canté y di una charla bíblica. Tuve perfecta libertad, como si hubiera estado en una iglesia metodista. Hablé una hora y ni un alma se movió para salir, y el doctor C. habló muy bien de la reunión, ¡y la gente les dio a las señoras una colecta bien gorda, igual que hace la gente cuando de verdad ha sido bendecida!

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