Capítulo 19 · 21 min de lectura · 27 min de escucha
Sea Cliff y los primeros pensamientos sobre África
A menudo la gente me pregunta cómo se me ocurrió ir a África. Durante esta reunión campestre me hospedaba en casa de la señora Battershell. Su hermosa casita de campo era la más fina y la más grande que había allí en aquel tiempo. La señora Battershell era prima de la señora Inskip. Me había dicho, cuando llegué a Sea Cliff, que quería tener el privilegio de recibirme en su casita nueva, así que tenía una habitacioncita muy bonita para mí sola, y entraba y salía como quería.
Un día, durante la reunión campestre, tuvieron un día de misiones, y como había diferentes oradores, algunos de la India, otros de China, otros de Japón y otros de Sudamérica, creo, fui a la reunión. Escuché a todos los oradores y me interesó muchísimo la reunión.
Justo cuando iban a terminar la reunión cayó un chaparroncito, y como no tenía paraguas, salí deprisa y me fui a mi casita. La reunión me había dejado una impresión en la mente, y mientras caminaba seguía pensando en lo que había oído, y de repente caí en la cuenta de que no les había oído decir nada de África. Entonces recordé que, cuando era muy joven, había oído a mi padre y a mi madre hablar de África. Recordé también que solía ver un periódico grande, allá por los años cuarenta, llamado «The Brother Jonathan Almanac», algo así como el Frank Leslie. Tenía grandes grabados, y africanos con sus trajes y sus chozas, e indios en sus tiendas, grandes boas constrictoras, osos, leones y panteras; y algunos de los grabados eran horribles, según los recuerdo ahora.
Pues bien, todos los viejos granjeros de los alrededores de donde vivíamos solían comprar esos periódicos, y de vez en cuando mi padre traía uno a casa para que los niños lo miráramos, y mi buena madre
siempre cuidaba de que no lo hiciéramos pedazos. Así que lo teníamos para mirarlo un tiempo, y luego ella lo doblaba con cuidado y lo guardaba. Recuerdo qué fiesta era cuando nos decía que podíamos mirarlo otra vez. Lo extendíamos en el suelo, y todos los niños nos echábamos encima, y ¡qué ratos pasábamos con el «Brother Jonathan»!
Así que, mientras iba caminando, pensando en aquella reunión misionera, oí que alguien me llamaba: «¡Amanda Smith!», y me volví, y una señora me alcanzó y me dijo al llegar a mi lado:
«Bueno, Amanda Smith, ¿qué le pareció la reunión?».
«Estuvo muy bien, y me gustó. Pero no les oí decir ni una palabra de África, y me he estado preguntando si toda la gente de África está convertida. Recuerdo haber oído a mi padre y a mi madre hablar de ellos hace mucho tiempo, pero desde entonces no he oído nada de ellos, y me lo estaba preguntando».
Sonrió y dijo: «¡Oh! Ojalá lo estuvieran, quiera Dios. ¿Nunca ha oído hablar de Melville B. Cox, el primer misionero de la Iglesia Metodista Episcopal en África?».
«No», le dije, «¿qué pasa con él?».
Entonces me contó la historia mientras seguíamos caminando juntas. Al contarme la historia, y decirme cuáles fueron sus últimas palabras cuando murió en Monrovia, África —«Aunque caigan mil, que no se abandone África»—, ¡oh, qué profunda impresión me hizo en la mente y en el corazón!
Cuando llegamos a la esquina, ella dobló y se fue a su casita. Yo entré en la de la señora Battershell y subí derecho a mi cuarto, cerré la puerta con llave y me puse de rodillas. ¡Qué tiempo de consagración, qué lucha tuve! Dije: «Señor, la necesidad de África es grande, y yo no puedo ir, aunque me gustaría. Pero tú sabes que no tengo instrucción, y no entiendo la geografía, así que no sabría cómo viajar».
Porque yo pensaba que el siguiente gran requisito para la obra en África, después de una plena consagración y santificación, que yo sabía que tenía, era entender la geografía, para saber cómo viajar por África. Por supuesto, yo era ignorante e inexperta, y el Señor lo sabía, y tuvo paciencia conmigo. Así que dije: «Señor, ya soy demasiado vieja para aprender, pero si tú me ayudas, daré estudios a mi hija, Mazie, y ella podrá ir».
Entonces me vino la pregunta: ¿estaría yo dispuesta a que ella fuera? ¡Oh, qué lucha!
Me pareció ver un gran pueblo pagano. Allí estaban las grandes boas constrictoras, y allá los grandes leones y panteras, y allí estaba mi pobre niña. ¡Oh, cómo lloré! Pero dije: «Señor, alguien tiene que ir a África, y yo soy demasiado vieja para aprender, así que no puedo ir. Pero puedo consagrarte a mi hija para África, quiero hacerlo, y lo hago. Me duele el corazón, pero, Señor, ayúdame. Te la entrego. Es tuya, y tú puedes cuidar de ella».
Supongo que estuve allí una hora o dos, pero no me levanté de mis rodillas hasta que sentí que la había entregado del todo a Dios para África.
«Ahora, Señor», dije, «ábreme el camino para darle estudios, para que no tenga la dificultad que yo tengo, si tú quieres que vaya. Señor, no quiero que lea libros y se le suban los humos de ese modo, pero ayúdame a darle estudios, y luego santifícala por completo y envíala adonde tú quieras».
Cuando me levanté de mis rodillas, tenía el corazón sereno y en reposo. Y ahora mi pensamiento era darle estudios. Oré, y estuve atenta a cada indicación.
Varios días después me encontré por casualidad con aquel buen hombre, el doctor Ward, y durante nuestra conversación empecé a contarle mi experiencia, y cómo estaba mirando al Señor acerca de los estudios de mi hija, y le pregunté dónde habría una buena escuela para ella.
«¡Oh!», dijo él, «ojalá lo hubiera sabido ayer. Acabo de dar una beca a otra persona (y dijo el nombre), y si hubiera sabido de su deseo me habría alegrado tanto de dársela a usted».
Bueno, parecía que todo estaba perdido. Pero aun así seguí esperando. Esa fue la primera vez que pensé en ir a África.
Yo había trabajado tanto, y había ayudado a Mazie. Había estado un año en Oberlin, y en Xenia, y le había ido muy bien. Pero yo no podía seguir costeando los gastos. Aunque en aquel tiempo solo pensaba en prepararla para ser maestra, y egoístamente había planeado en mi mente que, si yo podía evitarlo, ella no tendría que esclavizarse ni trabajar duro día y noche como yo lo había hecho. Así que pensaba que, cuando yo fuera vieja, ella estaría en condiciones de valerse por sí misma y de ayudarme a mí, y yo podría cuidar la casa y ocuparme de todo mientras ella estaba fuera enseñando, y podríamos ser tan felices juntas, de modo que mis últimos días serían felices.
Pero, ¡ay!, qué desilusión he tenido, aun en la sombra de semejante esperanza. Todo deseo en esa dirección ha sido barrido, y he tenido que entregar aquella esperanza tan querida. Pensé que
no podría soportarlo. ¡Oh, cómo tuve que clamar a Dios por gracia para perseverar! Y Él me la ha dado, y me sostiene maravillosamente su mano todopoderosa. Su gracia es suficiente, aun cuando quedamos desilusionados en nuestras esperanzas más brillantes.
Ella está casada y establecida en su propio hogar, y yo estoy donde estaba cuando empecé, en lo que a eso se refiere. Y ahora mi oración delante del Señor es que salve su alma a su manera. Aunque su nombre está en el registro de la iglesia, como tantas almas queridas, ¡temo que tiene muy poca vida espiritual!
El tiempo pasó, y yo no veía ningún camino para dar estudios a mi hija para África.
Un verano estuvimos en Ocean Grove con la señora Sanders. Había comprado unos terrenos, y tenían una casita muy buena justo a orillas del lago. Así que nos invitó a Mazie y a mí a pasar allí el verano durante la reunión campestre. Habían levantado una tienda grande, que ocupábamos Mazie y yo, en uno de aquellos terrenos vacíos, muy bien situado, cerca del lago. Tenían muchas visitas, así que Mazie y yo solíamos entrar a servir la mesa y ayudar con el trabajo.
Una mañana yo estaba ocupada ayudando en la cocina antes de ir a la reunión; Mazie había estado sirviendo la mesa en el comedor; y la señora Sanders me dijo:
«Amanda Smith, venga al salón; quiero hablar con usted».
Así lo hice, y me dijo: «Veo que Mazie es lista como ella sola; ¿por qué no la pone usted en una escuela?».
Entonces le conté mi historia: cómo había estado orando, y cómo había estado velando y esperando que el Señor abriera algún camino. Le dije que había hecho lo mejor que había podido, y que los gastos eran tan altos que me había visto incapaz de mantener a Mazie en la escuela. Había hecho por ella lo que pude durante dos años, así que pensaba que lo siguiente tendría que hacerlo ella misma; lo había dejado. Pero mientras ella seguía hablando, me pareció ver que este era el camino por el que el Señor iba a contestar mi oración.
Era justo cuando terminaba la reunión campestre, así que la señora Sanders dijo:
«Ahora bien, si usted le encuentra una escuela adonde ir, yo le ayudaré a conseguirle todo el ajuar y a enviarla, si usted puede hacer lo demás».
Le di las gracias y le dije que haría lo que pudiera. Había oído hablar de una buena escuela en Baltimore, y como mi tía vivía allí, le escribí y le pregunté por ella; me contestó amablemente y habló muy bien
de la escuela; de modo que lo que dijo confirmó lo que yo había oído antes; y además ella estaba donde podía cuidar de mi hija; así que eso me decidió.
A la semana siguiente la señora Sanders fue a Nueva York y le compró todo el ajuar, todo, y yo me puse a trabajar y la preparé, y creo que fue hacia la tercera semana de septiembre cuando salimos para Baltimore. Estuvo un año en aquella escuela. Cosa extraña, justo antes de terminar el año recibí una carta de la directora, en la que decía que Mazie era muy lista; le iba muy bien. Si yo pudiera dejarla solo un año más, eso la haría. Era una lástima sacarla justo ahora. Y yo me preguntaba si podría aguantar otro año.
Fui al Señor y oré, y le pedí que me ayudara y me fortaleciera, y que me abriera el camino para conseguir los medios de mantenerla un año más.
Unas dos o tres semanas después de haber decidido dejarla otro año, el Señor pareció abrirme claramente el camino para ir a Inglaterra. Solo esperaba quedarme tres meses, y pensé qué bien estaría, mientras ella estaba en la escuela y no perdía el tiempo, y estaría bien cuidada, y bajo buena disciplina y control, y además mi tía podría cuidar de ella.
Todo parecía favorable. Así que en julio de 1878, después de ir a Baltimore y pasar una semana con ella, la dejé y me fui a Inglaterra. En lugar de volver a los tres meses, como había pensado y planeado, estuve fuera más de doce años.
Después de llevar unos tres meses en Inglaterra, el Señor me hizo ver muy claramente que debía quedarme más tiempo; así que pensé en tres meses más; pero cuando pasaron seis meses, el camino para volver a casa parecía cerrado, pero abierto para quedarme. Ahora bien, la gente dice: «Pero ¿cómo fue eso?». Eso mismo digo yo; porque todavía no lo entiendo, y no podría explicarlo; pero estoy tan segura de que Dios estaba en ello como de mi propia existencia. Es uno de esos tratos inexplicables de Dios. Escribí y mandé dinero a casa para mi hija, y había dejado todo arreglado para ella por dos años.
Entonces ella me escribió diciendo que pensaba que yo ya había pagado bastante dinero por ella, y que quería salir de la escuela, y que tenía la oportunidad de un puesto de maestra; así que estuve de acuerdo. Sabía que era bastante lista y muy capaz de hacerlo, si quería. Un poco más tarde me escribió que un joven le había propuesto matrimonio. Le dije que prefería que no
se casara. Tenía tiempo de sobra, y sería mucho mejor que primero viniera a Inglaterra y pasara aquí por lo menos un año o dos.
Vi que su plan de enseñar se había venido bastante abajo cuando le entraron las ganas de casarse; y era como tantos otros jóvenes: cuando se les mete en la cabeza casarse, no atienden a razones ni a nada. Si yo hubiera estado en casa, creo que se lo habría prohibido; pero estando lejos, pensé que si algo pasaba, siempre me echaría la culpa. Pero le insistí en que viniera a Inglaterra y esperara un tiempo; entonces me escribió que había decidido hacerlo. Muchos de mis amigos de Inglaterra, que se habían interesado por ella, estaban encantados. Le habían escrito, y ella estaba deseando venir a Inglaterra. Así que tuve el dinero preparado y estaba a punto de enviárselo para que viniera. Todos los arreglos estaban hechos. Pero pensé para mí: «Esperaré una carta de Mazie antes de enviarlo». Y cuando llegó la carta, me escribía con toda franqueza que el joven la había convencido de esperar hasta después de casarse, y luego venir a Inglaterra.
«No», le dije, «si vienes a Inglaterra casada, ya no me pertenecerás a mí; pertenecerás a otro; y si eres capaz de arriesgarte a perder la oportunidad que no han tenido muchas muchachas de color, y que no volverás a tener, y piensas más en ese hombre, y lo prefieres después de todo lo que te he dicho, me parece que lo más seguro es que te quedes». Y todavía lo pienso. Pero no habría podido conseguir un marido más bondadoso, ni uno que se portara mejor con ella, aunque yo hubiera estado viviendo allí mismo a su lado. Es maravilloso cómo el Señor proveyó en eso.
En respuesta a la oración, el Señor me abrió el camino para asistir a la reunión campestre de Yarmouth. Allí oí por primera vez del desembarco de los Peregrinos en la roca de Plymouth. Parecía que el Señor había destinado aquella arboleda especialmente para reuniones campestres. Allí vi por primera vez a la famosa familia Hutchinson. El señor Asa Hutchinson, su esposa, dos hijos y una hija, la señorita Abbie: ¡qué bien los recuerdo, con su noble y bondadoso corazón! Me hicieron cantar con ellos varias veces. Aunque todos han fallecido, su precioso recuerdo permanece todavía.
Gracias a la bondad del reverendo B. F. Pomeroy, de la Conferencia de Troy, tuve mi alojamiento durante la reunión campestre en una de sus tiendas pequeñas. Nunca olvidaré lo bondadosos que fueron conmigo él y su querida esposa. A menudo se sentaba a contarme cosas
maravillosas de los tratos de Dios con él, que muchas veces fortalecían mi fe y me ayudaban. ¡Alabado sea el Señor! Hay muchas luces a lo largo de la costa que nunca se apagan.
El pastor de la Iglesia Metodista de Martha's Vineyard me había pedido que fuera a la reunión campestre de Martha's Vineyard. Dijo que creía que Dios quería que yo fuera, y que tenían una tienda de la sociedad que iban a levantar en el campamento; «y», dijo, «usted puede quedarse con nosotros, y nosotros la cuidaremos».
Esto era un miércoles. Dijo que él tenía que irse el viernes, pero que yo podía ir con su esposa y sus hijos. Así que se lo conté al hermano Pomeroy. Le pareció que no era del todo conveniente que yo fuera. Dijo que años atrás aquel solía ser el gran lugar; el poder del Señor solía venir sobre aquel campamento a la manera de antes. «Hoy en día tienen muy poco del Espíritu. Van más bien como a un día de campo, no son los tiempos del Espíritu Santo de antaño».
Bueno, él siempre daba tan buenos consejos que pensé que, por supuesto, lo correcto era no ir; aun así, pensé que si eran tan ordenados y tan sin vida, más necesidad había de que yo fuera; quizá podría ayudar un poco.
Al terminar el culto de la mañana en la plataforma aquel día, el presbítero presidente avisó a todos los que tenían tienda dentro del círculo que cerraran el frente de sus tiendas, y que no se debía andar dentro del círculo desde las doce y media hasta las dos, cuando comenzaría el culto de la tarde.
Durante ese intervalo tomé mi Biblia y me fui al bosque, a cosa de media milla, completamente sola, a preguntarle a Dios acerca de ir a Martha's Vineyard; y allí oré y le conté al Señor cómo me habían pedido que fuera, que el hermano P. era un buen hombre, y que él decía que le parecía mejor que no fuera, y que yo quería que él me mostrara su voluntad.
«Señor», dije, «si quieres que lleve algún mensaje, lo haré por ti».
Entonces se me susurró que leyera, y abrí mi Biblia para ver qué me daba el Señor. Malaquías 14, versículo 1: «Y el Señor dijo: Ve, habla como yo te mando». Tuve miedo y dije: «Oh, Señor, soy una forastera y una mujer de color, y la gente es orgullosa y mala, según me han dicho», y lloré y temblé, pero él dijo: «Ve, haz como yo te mando».
Me levanté de mis rodillas y volví a la tienda, pero
no me atreví a contarle al hermano P. lo que había hecho. Así que llegó el último día, y cuando el hermano P. empezó a desmontar su tienda, querían que fuera con ellos a otra reunión campestre, pero yo dije: «No, el Señor me manda ir a Martha's Vineyard». Dijeron que les parecía que yo estaba equivocada. Pero no dije nada.
Oré para que el Señor me diera los medios. Lo tomaría como señal de que debía ir. A la mañana siguiente entré en la tienda del padre Snow. Tuvimos una reunión maravillosa. Después de clausurada la reunión regular, varias personas me pidieron que cantara, y se juntó una multitud alrededor. Algunos estaban de pie sobre los bancos. Alguien dejó caer en mi regazo un billete de dos dólares; esa fue mi primera prenda del dinero, y levanté la vista y alabé al Señor. Luego vino un billete de un dólar, luego otro, y así hasta que tuve siete dólares. Justo entonces una señora desconocida se volvió hacia mí y me dijo:
«¿Ha estado usted alguna vez en Martha's Vineyard?».
«No».
«Creo que el Señor la quiere allí, y si usted va, yo le daré un buen sitio donde dormir».
Esta señora se llamaba Jenkins. Dijo que su hija había venido de Baltimore y había alquilado una casita para el verano; que tenía una mujer de color muy buena que le hacía de niñera. Luego escribió su nombre y su dirección en una tarjeta y dijo: «Me voy hoy, y quiero que venga a nuestra casita, si va». Le di las gracias y dije: «Muy bien, señora». Cuando llegó el día salí con la señora — y los niños y la criada. El Señor parecía haberlo dispuesto todo.
Subiendo en el barco fui a pagar mi pasaje, y alguien me dijo: «Su pasaje ya está pagado».
«Alabado sea el Señor», pero dije que no conocía a las personas, para poder darles las gracias. Luego varios de nosotros nos sentamos a comer; cuando fui a pagar me dijeron: «Su cuenta está saldada»; y así hubo otro «¡alabado sea el Señor!». Hasta ahí podía ver muy claramente la mano del Señor en ello.
Cuando llegamos al campamento, Martha's Vineyard, resultó que la tienda de la sociedad de la que me había hablado el pastor había sido cambiada y habían enviado otra en su lugar, y al final no teníamos ninguna tienda; así que ¿qué íbamos a hacer? Le dije a la esposa del pastor: «¿Qué haré yo?».
«No sé», dijo, «qué haremos ahora; tendremos que ver de devolverla y conseguir la nuestra».
«Bueno», dije, «me iré a casa de la señora Jenkins, que me dio su dirección»; y, efectivamente, parecía ser justo el lugar, de modo que «de un modo u otro el Señor provee».
Llegó el domingo. ¡Oh, cómo el Señor suplía mis necesidades, un dólar, dos dólares cada vez! Yo seguía atenta al momento de entregar mi mensaje.
Por la tarde entré en una tienda grande donde tenían reuniones antes del culto que se aproximaba. Me senté tranquila, y cantaron y oraron. No recuerdo el nombre del ministro que dirigía la reunión. Justo antes de terminar me pidió que cantara. Me levanté a cantar, pero el Señor dijo: «Entrega primero el mensaje»; así que cité el pasaje de la Escritura, Malaquías, capítulo 4, versículo 1: «He aquí, viene el día ardiente como un horno», etcétera.
Había una gran multitud alrededor de la tienda además de adentro, y cuando alcé la mano y señalé con el dedo hacia la puerta, repitiendo el texto que se me había dado, la gente se quedó pasmada. Luego canté «Todo lo que quiero es un poco más de fe en Jesús». El Señor puso su sello en este mensaje, y también en el canto.
Una señora de Providence, Rhode Island, estaba en esta reunión de la tienda. Había venido con un propósito muy definido: buscar la bendición de un corazón limpio. La llamaban una dama encopetada; era de las de arriba, ¡y no se rebajaba a las cosas humildes! Así que cuando empecé a cantar «Todo lo que quiero es un poco más de fe en Jesús», salió de la tienda y se dijo a sí misma al salir: «He venido aquí a buscar la bendición de un corazón limpio, no he venido a oír una cancioncilla de negros»; y el bendito Espíritu Santo le dijo: «¿No es esa tu necesidad, “un poco más de fe en Jesús”?».
Entonces se le abrieron los ojos, y dijo: «Oh, Señor, ya veo». Luego entró en su tienda y allí oró, y el Señor envió el bautismo y le concedió el deseo de su corazón.
Algún tiempo después, cuando los hermanos Inskip y McDonald tenían su reunión en Providence, Rhode Island, una mañana entré en la reunión hacia la una (una reunión de testimonios). Yo no sabía en aquel momento de la lucha de esta señora, pero justo al llegar a la puerta oí que esta señora decía: «Amanda Smith». Estaba de espaldas a mí. Me senté tranquila a escuchar su testimonio. Siguió adelante y lo dio con las palabras de arriba.
Ahora, en cuanto al mensaje. Unos cuatro meses después de clausurada aquella reunión campestre, yo estaba dando reuniones en una de las iglesias
metodistas de Worcester, Massachusetts, y un caballero que era superintendente de una gran escuela dominical (un tal señor C.) me dijo un día: «Amanda Smith, ¿recuerda haber estado en Martha's Vineyard en tal fecha?».
«Sí», le dije.
«¿Recuerda el domingo en la tienda, cuando se levantó y citó aquel pasaje de Malaquías y cantó?».
«Sí».
«Pues bien», dijo él, «el Señor me envió ese mensaje a mí».
El señor C. era el primer dependiente de uno de los mayores almacenes de telas de Worcester, y al mismo tiempo era superintendente de una gran escuela dominical; trabajaba muchísimo y estaba muy cansado, y había ido a aquella reunión campestre de vacaciones; él y sus jóvenes habían ido allí más por vacaciones que con el propósito de asistir a la reunión. Iban a la predicación por la mañana, pero no asistían a ninguna de las reuniones de testimonio. Por la tarde solían irse a jugar al croquet, o a pasear en bote por el lago.
Cuando oyeron el canto en esta tienda, todo un grupo de ellos iba justo de camino al campo de croquet. Se detuvieron a la puerta de la tienda para ver a la mujer de color y oír lo que tenía que decir. Él llegó justo cuando yo repetía el texto, y dijo que le entró en el corazón como una flecha. Volvió a su tienda y empezó a orar, y dijo que el Señor le mostró lo cerca que estaba de apartarse, lo lejos que estaba, de modo que se alarmó de veras, y aquel texto lo salvó por la misericordia de Dios.
Alabé al Señor porque me capacitó para obedecerle. No era cosa pequeña, era una prueba, pero miren la bendición que resultó de ello para este hermano. Alabé entonces al Señor porque el mensaje lo oyó el uno, y el canto la otra. Obedecer vale la pena.
Capítulo 19 completado
Sea Cliff y los primeros pensamientos sobre África