Amanda Smith: una autobiografía (Para jóvenes)
El hombre escondido en la cama

Capítulo 2 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

El hombre escondido en la cama

«Libra a los que son llevados a la muerte; salva a los que están en peligro de muerte». — Proverbios 24:11

Cuando los Berry ya eran libres, se establecieron en una granja de Pensilvania, y su casa se convirtió en una de las estaciones principales del Ferrocarril Subterráneo, la red secreta que llevaba hacia el norte, rumbo a Canadá, a las personas que escapaban de la esclavitud. No era una caridad tranquila y sin riesgos. En el pueblo cercano había hombres que se ganaban la vida atrapando fugitivos para cobrar la recompensa, y vigilaban de cerca a la familia de Amanda. Su padre trabajaba todo el día, dormía dos horas y luego caminaba quince o veinte millas en la oscuridad para llevar a alguien —a veces un hombre, a veces una madre con su hijo— hasta el siguiente lugar seguro, y volvía a casa justo antes del amanecer para empezar a trabajar otra vez.

Una noche, los cazadores entraron con engaños. Un desconocido bien vestido llamó a la puerta diciendo que tenía hambre y que iba de camino a la reunión campestre, y el padre de Amanda le dio de comer. Era una trampa. Al poco rato había hombres golpeando la puerta y exigiendo al fugitivo que, según ellos, tenía escondido; cuando irrumpieron, le dieron una paliza a su padre y pasaron por encima de los niños que dormían en el suelo. La madre de Amanda corrió a defenderlo y un hombre le lanzó una cuchillada; el cuchillo dio en la puerta de hierro de la estufa en lugar de en su cuerpo. Amanda le dio gracias a Dios por esa puerta de la estufa el resto de su vida. El hombre al que buscaban saltó por una ventana del piso de arriba y echó a correr, pero un sabueso lo alcanzó. Se lo llevaron de vuelta a la esclavitud, y la familia nunca volvió a saber de él.

Otra mañana, su padre estaba afuera dando de comer a los cerdos cuando vio que se acercaban cuatro hombres a caballo, demasiado tarde para avisar bien a su esposa. Solo le gritó: «Madre, veo venir a cuatro hombres; haz lo mejor que puedas». Dentro, un hombre estaba escondido en el piso de arriba. En cuestión de segundos ella lo bajó, lo escondió bien plano en la cama, debajo del colchón de paja, acostó encima a su propio hijo pequeño y arregló la habitación. Cuando el alguacil y sus hombres registraron la casa, ella abrió la puerta con toda calma, levantó las mantas para enseñarles al niño y hasta les dijo: «Miren también debajo de la cama». Se rieron y se fueron. El hombre se salvó, y lograron hacerlo llegar a Canadá.

Fíjate en que los padres de Amanda no hacían esto porque fuera fácil ni porque alguien fuera a aplaudirlos. Lo hacían a escondidas, con un riesgo real de cárcel, violencia y muerte, por desconocidos cuyos nombres muchas veces ni llegaban a saber. Su fe no era solo algo que sentían los domingos; era una serie de decisiones peligrosas que tomaban cualquier noche de entre semana. Cuando la Biblia dice que libres a los que son arrastrados hacia la muerte, ellos lo tomaron como una instrucción con una dirección escrita: la puerta de su propia casa.

Seguramente no te van a pedir que escondas a un fugitivo. Pero vas a ver a gente a la que maltratan, excluyen o arrinconan, y vas a sentir las ganas de mirar para otro lado, porque meterte es incómodo, te cuesta y no es asunto tuyo. Los Berry te enseñan que «lo mejor que puedas» es una respuesta real. No tienes que arreglarlo todo. Tienes que hacer lo valiente y concreto que tienes delante, ahora, antes de que pase el momento.

Una cosa que hacer: la próxima vez que veas que a alguien lo señalan o lo dejan fuera —un chico nuevo, el blanco de un chat de grupo, alguien a quien empujan—, haz una cosa concreta para ponerte de su lado en menos de una hora. Siéntate con esa persona, di algo, acompáñala a la salida. No después, cuando ya no haya riesgo. En ese momento.

Preguntas para pensar

Piénsalo primero; luego toca una pregunta para ver una forma de responderla.

Cuando una mañana llegaron cuatro hombres a caballo, ¿qué hizo la madre de Amanda para proteger al hombre escondido en el piso de arriba?

Lo escondió bien plano en la cama, debajo del colchón de paja, acostó encima a su hijo pequeño y, con toda calma, les enseñó el niño a los que registraban la casa, hasta invitándolos a mirar debajo de la cama. Se fueron, y el hombre llegó a Canadá.

¿Qué llega a significar en el capítulo el aviso de Samuel: «Madre, veo venir a cuatro hombres; haz lo mejor que puedas»?

Se convierte en una imagen de la fe en acción: no tienes que arreglarlo todo, pero haces lo valiente y concreto que tienes delante, ahora, antes de que pase el momento.

Cuando ves que a alguien lo señalan o lo dejan fuera, ¿qué te frena para intervenir, y qué podrías hacer de verdad?

La idea del capítulo: los Berry actuaron con un riesgo real por desconocidos, y tomaron «libra a los que son llevados» como una instrucción con su propia dirección escrita. Propone un acto concreto en menos de una hora: sentarte con esa persona, decir algo, acompañarla a la salida.

Capítulo 2 completado

El hombre escondido en la cama

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