Capítulo 7 · 1 min de lectura
Por gracia por medio de la fe
POR GRACIA POR MEDIO DE LA FE
«Por gracia sois salvos, por medio de la fe» (Efesios 2:8).
ME PARECE BIEN apartarme un poco a un lado para pedir a mi lector que observe con adoración el manantial de nuestra salvación, que es la gracia de Dios. «Por gracia sois salvos.» Porque Dios es lleno de gracia, por eso los hombres pecadores son perdonados, convertidos, purificados y salvos. No es por causa de nada que haya en ellos, ni que jamás pueda haber en ellos, que son salvos; sino por el amor sin límites, la bondad, la piedad, la compasión, la misericordia y la gracia de Dios. Detente, pues, un momento junto al brocal del pozo. ¡Contempla el puro río de agua de vida, que sale del trono de Dios y del Cordero!
¡Qué abismo es la gracia de Dios! ¿Quién puede medir su anchura? ¿Quién puede sondear su hondura? Como todos los demás atributos divinos, es infinita. Dios es lleno de amor, porque «Dios es amor». Dios es lleno de bondad; el mismo nombre «Dios» es abreviatura de «bueno». La bondad y el amor ilimitados entran en la esencia misma de la Deidad. Es porque «para siempre es su misericordia» que los hombres no son destruidos; es porque «nunca decayeron sus misericordias» que los pecadores son traídos a él y perdonados.
Recuerda esto, o podrás caer en error al fijar tu mente tanto en la fe, que es el canal de la salvación, que olvides la gracia, que es la fuente y el origen incluso de la fe misma. La fe es la obra de la gracia de Dios en nosotros. Nadie puede decir que Jesús es el Cristo, sino por el Espíritu Santo. «Ninguno viene a mí», dice Jesús, «si el Padre que me envió no lo trajere.» De modo que la fe, que es venir a Cristo, es el resultado del divino atraer. La gracia es la primera y la última causa que mueve la salvación; y la fe, por esencial que sea, no es sino una parte importante de la maquinaria que la gracia emplea. Somos salvos «por medio de la fe», pero la salvación es «por gracia». Proclamen esas palabras como con la trompeta del arcángel: «Por gracia sois salvos.» ¡Qué buenas nuevas para los que nada merecen!
La fe ocupa la posición de un canal o cañería. La gracia es la fuente y la corriente; la fe es el acueducto a lo largo del cual el raudal de la misericordia desciende para refrescar a los sedientos hijos de los hombres. Es una gran lástima cuando el acueducto se rompe. Es un triste espectáculo ver en los alrededores de Roma los muchos y nobles acueductos que ya no llevan agua a la ciudad, porque los arcos están rotos y las maravillosas estructuras yacen en ruinas. El acueducto ha de conservarse entero para conducir la corriente; y, del mismo modo, la fe ha de ser verdadera y sólida, subiendo derecho hasta Dios y descendiendo derecho hasta nosotros, para que llegue a ser un canal útil de misericordia para nuestras almas.
Aun así, vuelvo a recordarte que la fe es solo el canal o acueducto, y no el manantial, y no debemos mirarla tanto como para exaltarla por encima de la divina fuente de toda bendición, que reside en la gracia de Dios. Nunca hagas un Cristo de tu fe, ni pienses en ella como si fuera la fuente independiente de tu salvación. Nuestra vida se halla en «mirar a Jesús», no en mirar a nuestra propia fe. Por la fe todas las cosas se nos hacen posibles; y sin embargo el poder no está en la fe, sino en el Dios en quien la fe se apoya. La gracia es la poderosa locomotora, y la fe es la cadena por la cual el carruaje del alma queda enganchado a la gran fuerza motriz. La justicia de la fe no es la excelencia moral de la fe, sino la justicia de Jesucristo que la fe aferra y hace suya. La paz dentro del alma no se deriva de la contemplación de nuestra propia fe; sino que nos viene de Aquel que es nuestra paz, el borde de cuyo manto la fe toca, y virtud sale de él hacia el alma.
Mira entonces, querido amigo, que la debilidad de tu fe no te destruirá. Una mano temblorosa puede recibir un don de oro. La salvación del Señor puede llegar a nosotros aunque solo tengamos fe como un grano de mostaza. El poder reside en la gracia de Dios, y no en nuestra fe. Grandes mensajes pueden enviarse por hilos delgados, y el testimonio del Espíritu Santo, que da la paz, puede alcanzar el corazón por medio de una fe fina como un hilo, que parece casi incapaz de sostener su propio peso. Piensa más en Aquel a quien miras que en la mirada misma. Debes mirar más allá incluso de tu propio mirar, y no ver nada sino a Jesús, y la gracia de Dios revelada en él.