Capítulo 8 · 1 min de lectura
La fe, ¿qué es?
LA FE, ¿QUÉ ES?
¿QUÉ ES ESTA FE de la cual se dice: «Por gracia sois salvos, por medio de la fe»? Hay muchas descripciones de la fe; pero casi todas las definiciones con que me he topado me la han hecho entender menos de lo que la entendía antes de verlas. El negro dijo, al leer el capítulo, que lo iba a confundir; y es muy probable que así lo hiciera, aunque su intención era exponerlo. Podemos explicar la fe hasta que nadie la entienda. Espero no ser culpable de esa falta. La fe es la más sencilla de todas las cosas, y quizá, por causa de su sencillez, resulta la más difícil de explicar.
¿Qué es la fe? Se compone de tres cosas: conocimiento, creencia y confianza. El conocimiento viene primero. «¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído?» Necesito ser informado de un hecho antes de poder creerlo. «La fe es por el oír»; primero debemos oír, para que sepamos qué se ha de creer. «En ti confiarán los que conocen tu nombre.» Una medida de conocimiento es esencial para la fe; de ahí la importancia de adquirir conocimiento. «Inclinad vuestro oído, y venid a mí; oíd, y vivirá vuestra alma.» Tal fue la palabra del antiguo profeta, y sigue siendo la palabra del evangelio. Escudriña las Escrituras y aprende lo que el Espíritu Santo enseña acerca de Cristo y de su salvación. Procura conocer a Dios: «Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.» Que el Espíritu Santo te dé el espíritu de conocimiento y del temor del Señor. Conoce el evangelio: conoce cuál es la buena nueva, cómo habla del perdón gratuito y del cambio de corazón, de la adopción en la familia de Dios y de otras incontables bendiciones. Conoce especialmente a Cristo Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador de los hombres, unido a nosotros por su naturaleza humana, y sin embargo uno con Dios; y por tanto capaz de actuar como Mediador entre Dios y el hombre, capaz de poner su mano sobre ambos, y de ser el vínculo que une al pecador con el Juez de toda la tierra. Esfuérzate por conocer más y más de Cristo Jesús. Esfuérzate especialmente por conocer la doctrina del sacrificio de Cristo; porque el punto en que la fe salvadora se fija principalmente es este: «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados.» Sabe que Jesús fue «hecho por nosotros maldición, pues está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero.» Bebe hondamente de la doctrina de la obra sustitutoria de Cristo; porque en ella reside el más dulce consuelo posible para los culpables hijos de los hombres, ya que el Señor «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.» La fe comienza con el conocimiento.
La mente pasa luego a creer que estas cosas son verdaderas. El alma cree que Dios es, y que oye los clamores de los corazones sinceros; que el evangelio es de Dios; que la justificación por la fe es la gran verdad que Dios ha revelado en estos últimos días por su Espíritu con mayor claridad que antes. Entonces el corazón cree que Jesús es, verdadera y realmente, nuestro Dios y Salvador, el Redentor de los hombres, el Profeta, Sacerdote y Rey de su pueblo. Todo esto es aceptado como verdad segura, que no ha de ponerse en duda. Ruego que llegues de inmediato a esto. Llega a creer firmemente que «la sangre de Jesucristo, su Hijo amado, nos limpia de todo pecado»; que su sacrificio es completo y plenamente aceptado por Dios a favor del hombre, de modo que el que cree en Jesús no es condenado. Cree estas verdades como crees cualquier otra afirmación; porque la diferencia entre la fe común y la fe salvadora radica principalmente en los asuntos sobre los cuales se ejerce. Cree el testimonio de Dios así como crees el testimonio de tu propio padre o amigo. «Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios.»
Hasta aquí has avanzado hacia la fe; solo falta un ingrediente más para completarla, que es la confianza. Encomiéndate al Dios misericordioso; descansa tu esperanza en el evangelio de gracia; confía tu alma al Salvador que muere y vive; lava tus pecados en la sangre expiatoria; acepta su justicia perfecta, y todo está bien. La confianza es la sangre vital de la fe; no hay fe salvadora sin ella. Los puritanos solían explicar la fe con la palabra «recostamiento». Significaba apoyarse sobre algo. Apóyate con todo tu peso sobre Cristo. Sería aún mejor ilustración si dijera: déjate caer cuan largo eres, y recuéstate sobre la Roca de los siglos. Arrójate sobre Jesús; descansa en él; encomiéndate a él. Hecho eso, has ejercido la fe salvadora. La fe no es cosa ciega, porque la fe comienza con el conocimiento. No es cosa especulativa, porque la fe cree hechos de los cuales está segura. No es cosa impráctica ni soñadora, porque la fe confía, y apuesta su destino sobre la verdad de la revelación. Esa es una manera de describir qué es la fe.
Permíteme intentarlo de nuevo. La fe es creer que Cristo es lo que se dice que es, y que hará lo que ha prometido hacer, y luego esperar esto de él. Las Escrituras hablan de Jesucristo como Dios, Dios en carne humana; como perfecto en su carácter; como hecho ofrenda por el pecado a favor nuestro; como quien lleva nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero. La Escritura habla de él como quien ha terminado la transgresión, puesto fin al pecado, y traído la justicia eterna. Los registros sagrados nos dicen además que «resucitó de los muertos», que «vive siempre para interceder por nosotros», que ha subido a la gloria, y ha tomado posesión del cielo a favor de su pueblo, y que pronto vendrá otra vez «a juzgar al mundo con justicia, y a los pueblos con rectitud». Hemos de creer con la mayor firmeza que así es, en efecto; porque este es el testimonio de Dios el Padre, cuando dijo: «Este es mi Hijo amado; a él oíd.» Esto también lo testifica Dios el Espíritu Santo; porque el Espíritu ha dado testimonio de Cristo, tanto en la Palabra inspirada como por diversos milagros, y por su obra en los corazones de los hombres. Hemos de creer que este testimonio es verdadero.
La fe también cree que Cristo hará lo que ha prometido; que, puesto que ha prometido no echar fuera a ninguno de los que a él vienen, es cierto que no nos echará fuera si venimos a él. La fe cree que, puesto que Jesús dijo: «El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna», ha de ser verdad; y que si recibimos de Cristo esta Agua viva, permanecerá en nosotros, y brotará dentro de nosotros en raudales de vida santa. Todo lo que Cristo ha prometido hacer, lo hará, y hemos de creerlo, de modo que esperemos de sus manos el perdón, la justificación, la preservación y la gloria eterna, según se los ha prometido a los que creen en él.
Luego viene el siguiente paso necesario. Jesús es lo que se dice que es; Jesús hará lo que dice que hará; por tanto, cada uno de nosotros debe confiar en él, diciendo: «Él será para mí lo que dice que es, y hará por mí lo que ha prometido hacer; me dejo en las manos de Aquel que ha sido designado para salvar, para que él me salve. Descanso en su promesa de que hará tal como ha dicho.» Esta es una fe salvadora, y el que la tiene tiene vida eterna. Cualesquiera que sean sus peligros y dificultades, cualquiera que sea su tiniebla y abatimiento, cualesquiera que sean sus flaquezas y pecados, el que así cree en Cristo Jesús no es condenado, y jamás vendrá a condenación.
¡Que esa explicación sea de algún provecho! Confío en que el Espíritu de Dios la use para guiar a mi lector a una paz inmediata. «No temas; cree solamente.» Confía, y descansa.
Mi temor es que el lector se conforme con entender lo que se ha de hacer, y sin embargo nunca lo haga. Mejor es la fe real más pobre puesta de veras en obra, que el mejor ideal de ella dejado en la región de la especulación. Lo que importa grandemente es creer en el Señor Jesús de inmediato. No te detengas en distinciones ni definiciones. Un hombre hambriento come aunque no entienda la composición de su alimento, la anatomía de su boca, ni el proceso de la digestión: vive porque come. Otro, mucho más listo, entiende a fondo la ciencia de la nutrición; pero si no come, morirá, con todo su saber. Sin duda hay muchos en esta hora en el infierno que entendían la doctrina de la fe, pero no creyeron. Por otro lado, ni uno solo de los que han confiado en el Señor Jesús ha sido jamás echado fuera, aunque quizá nunca haya podido definir su fe con inteligencia. ¡Oh querido lector, recibe al Señor Jesús en tu alma, y vivirás para siempre! «El que cree en él tiene vida eterna.»