Capítulo 6 · 1 min de lectura
Acerca de la liberación del pecar
ACERCA DE LA LIBERACIÓN DEL PECAR
EN ESTE LUGAR quisiera decir una palabra sencilla o dos a quienes entienden el método de la justificación por la fe que es en Cristo Jesús, pero cuya angustia es que no pueden dejar de pecar. Nunca podremos ser felices, sosegados ni espiritualmente sanos hasta que seamos santos. Debemos librarnos del pecado; pero ¿cómo se ha de obrar esa liberación? Esta es la pregunta de vida o muerte de muchos. La vieja naturaleza es muy fuerte, y han tratado de refrenarla y domarla; pero no se deja someter, y se encuentran, aunque ansiosos de ser mejores, más bien empeorando que antes. El corazón es tan duro, la voluntad tan obstinada, las pasiones tan furiosas, los pensamientos tan volubles, la imaginación tan ingobernable, los deseos tan salvajes, que el hombre siente que tiene dentro de sí una guarida de fieras que antes lo devorarán que dejarse gobernar por él. Podemos decir de nuestra naturaleza caída lo que el Señor dijo a Job acerca del leviatán: «¿Jugarás con él como con un pájaro, o lo atarás para tus niñas?» Igual podría un hombre esperar sostener el viento del norte en el hueco de su mano, que esperar dominar con su propia fuerza esas potencias tumultuosas que moran dentro de su naturaleza caída. Esta es una hazaña mayor que cualquiera de los fabulados trabajos de Hércules: aquí se necesita a Dios.
«Podría creer que Jesús perdonaría el pecado», dice alguno, «pero mi angustia es que vuelvo a pecar, y que siento dentro de mí tan terribles inclinaciones al mal. Con la misma certeza con que una piedra, si es lanzada al aire, pronto vuelve a caer al suelo, así yo, aunque soy enviado al cielo por una predicación ferviente, vuelvo de nuevo a mi estado insensible. ¡Ay! Me dejo fascinar fácilmente por los ojos de basilisco del pecado, y así quedo retenido como bajo un hechizo, de modo que no puedo escapar de mi propia insensatez.»
Querido amigo, la salvación sería un asunto tristemente incompleto si no se ocupara de esta parte de nuestra hacienda arruinada. Queremos ser purificados tanto como perdonados. La justificación sin santificación no sería salvación en absoluto. Declararía limpio al leproso, y lo dejaría morir de su enfermedad; perdonaría la rebelión y permitiría que el rebelde siguiera siendo enemigo de su rey. Quitaría las consecuencias pero pasaría por alto la causa, y esto nos dejaría por delante una tarea interminable y sin esperanza. Detendría la corriente por un tiempo, pero dejaría abierta la fuente de la contaminación, que tarde o temprano brotaría con mayor fuerza. Recuerda que el Señor Jesús vino a quitar el pecado de tres maneras; vino a quitar la pena del pecado, el poder del pecado y, al fin, la presencia del pecado. Desde ya puedes alcanzar la segunda parte —el poder del pecado puede quebrarse de inmediato—; y así estarás en camino hacia la tercera, a saber, la remoción de la presencia del pecado. «Sabemos que él apareció para quitar nuestros pecados.»
El ángel dijo de nuestro Señor: «Llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Nuestro Señor Jesús vino a destruir en nosotros las obras del diablo. Lo que se dijo en el nacimiento de nuestro Señor fue también declarado en su muerte; porque cuando el soldado le traspasó el costado, al instante salió de allí sangre y agua, para mostrar la doble cura por la cual somos librados de la culpa y de la contaminación del pecado.
Si, no obstante, estás angustiado por el poder del pecado, y por las inclinaciones de tu naturaleza, como bien puedes estarlo, aquí tienes una promesa. Ten fe en ella, pues está en aquel pacto de gracia que es ordenado en todas las cosas y seguro. Dios, que no puede mentir, ha dicho en Ezequiel 36:26:
Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.
Ya ves, todo es «yo daré» y «yo quitaré». «Yo daré» y «yo quitaré». Este es el estilo regio del Rey de reyes, que es capaz de cumplir toda su voluntad. Ninguna palabra suya caerá jamás en tierra.
El Señor sabe muy bien que tú no puedes cambiar tu propio corazón, ni limpiar tu propia naturaleza; pero también sabe que él puede hacer ambas cosas. Puede hacer que el etíope mude su piel, y el leopardo sus manchas. Oye esto, y asómbrate: puede crearte por segunda vez; puede hacer que nazcas de nuevo. Este es un milagro de gracia, pero el Espíritu Santo lo realizará. Sería algo muy maravilloso si alguien pudiera pararse al pie de las cataratas del Niágara, y pronunciar una palabra que hiciera que el río Niágara empezara a correr aguas arriba, y saltara por ese gran precipicio por el cual ahora se despeña con fuerza estupenda. Nada sino el poder de Dios podría lograr esa maravilla; pero eso sería más que un paralelo apropiado de lo que sucedería si el curso de tu naturaleza fuese enteramente invertido. Para Dios todas las cosas son posibles. Él puede invertir la dirección de tus deseos y la corriente de tu vida, y en lugar de ir hacia abajo, lejos de Dios, puede hacer que todo tu ser tienda hacia arriba, hacia Dios. Eso es, de hecho, lo que el Señor ha prometido hacer por todos los que están en el pacto; y sabemos por la Escritura que todos los creyentes están en el pacto. Permíteme leer las palabras otra vez:
Pondré espíritu nuevo dentro de vosotros, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. (Ezequiel 11:19).
¡Qué promesa tan maravillosa! Y es sí y amén en Cristo Jesús, para la gloria de Dios por medio de nosotros. Echemos mano de ella; aceptémosla como verdadera, y apropiémonosla. Entonces se cumplirá en nosotros, y tendremos, en los días y años venideros, que cantar de ese cambio portentoso que la gracia soberana de Dios ha obrado en nosotros.
Bien merece considerarse que, cuando el Señor quita el corazón de piedra, ese hecho queda consumado; y una vez hecho, ningún poder conocido puede jamás quitar ese corazón nuevo que él da, ni ese espíritu recto que pone dentro de nosotros. «Los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables»; es decir, sin arrepentimiento de su parte; él no quita lo que una vez ha dado. Deja que él te renueve, y serás renovado. Las reformas y los aseos del hombre pronto llegan a su fin, porque el perro vuelve a su vómito; pero cuando Dios pone un corazón nuevo en nosotros, el corazón nuevo está allí para siempre, y jamás se endurecerá hasta volverse piedra otra vez. Aquel que lo hizo carne lo mantendrá así. En esto podemos regocijarnos y alegrarnos para siempre, en aquello que Dios crea en el reino de su gracia.
Para expresarlo muy sencillamente: ¿oíste alguna vez la ilustración del señor Rowland Hill sobre la gata y la cerda? La contaré a mi manera, para ilustrar las expresivas palabras de nuestro Salvador: «Os es necesario nacer de nuevo.» ¿Ves esa gata? ¡Qué criatura tan aseada es! ¡Con qué destreza se lava con la lengua y las patas! ¡Es todo un lindo espectáculo! ¿Viste alguna vez a una cerda hacer eso? No, jamás lo viste. Es contrario a su naturaleza. Prefiere revolcarse en el fango. Ve y enseña a una cerda a lavarse, y verás cuán poco éxito tendrías. Sería una gran mejora sanitaria que los cerdos fueran limpios. ¡Enséñales a lavarse y asearse como lo ha estado haciendo la gata! Tarea inútil. Puedes lavar por la fuerza a esa cerda, pero se apresura al fango, y pronto está tan sucia como antes. La única manera de lograr que una cerda se lave a sí misma es transformarla en gata; entonces se lavará y estará limpia, ¡pero no antes! Supón lograda esa transformación, y entonces lo que era difícil o imposible resulta bastante fácil; el cerdo será en adelante apto para tu sala y para la alfombra de tu chimenea. Así ocurre con el hombre impío; no puedes forzarlo a hacer lo que un hombre renovado hace de la manera más voluntaria; puedes enseñarle y darle un buen ejemplo, pero no puede aprender el arte de la santidad, porque no tiene disposición para ello; su naturaleza lo lleva por otro camino. Cuando el Señor hace de él un hombre nuevo, entonces todas las cosas cobran un aspecto distinto. Tan grande es este cambio, que una vez oí decir a un converso: «O todo el mundo ha cambiado, o he cambiado yo.» La naturaleza nueva persigue lo recto con tanta naturalidad como la vieja naturaleza divaga tras lo malo. ¡Qué bendición recibir tal naturaleza! Solo el Espíritu Santo puede darla.
¿Se te ocurrió alguna vez qué cosa tan maravillosa es que el Señor dé a un hombre un corazón nuevo y un espíritu recto? Habrás visto, quizá, una langosta que ha peleado con otra langosta, y ha perdido una de sus pinzas, y le ha crecido una pinza nueva. Eso es algo notable; pero es un hecho mucho más asombroso que a un hombre le sea dado un corazón nuevo. Esto, en verdad, es un milagro más allá de los poderes de la naturaleza. Hay un árbol. Si le cortas una de sus ramas, otra puede crecer en su lugar; pero ¿puedes cambiar el árbol? ¿Puedes endulzar la savia agria? ¿Puedes hacer que el espino dé higos? Puedes injertarle algo mejor, y esa es la analogía que la naturaleza nos ofrece de la obra de la gracia; pero cambiar por completo la savia vital del árbol sería en verdad un milagro. Tal prodigio y misterio de poder obra Dios en todos los que creen en Jesús.
Si te entregas a su divina obra, el Señor alterará tu naturaleza; someterá la vieja naturaleza, y soplará vida nueva en ti. Pon tu confianza en el Señor Jesucristo, y él quitará de tu carne el corazón de piedra, y te dará un corazón de carne. Donde todo era duro, todo será tierno; donde todo era vicioso, todo será virtuoso; donde todo tendía hacia abajo, todo se elevará hacia arriba con fuerza impetuosa. El león de la ira dará lugar al cordero de la mansedumbre; el cuervo de la impureza huirá ante la paloma de la pureza; la vil serpiente del engaño será pisoteada bajo el talón de la verdad.
He visto con mis propios ojos cambios tan maravillosos de carácter moral y espiritual, que no desespero de nadie. Podría, si fuera oportuno, señalar a quienes fueron una vez mujeres impuras y que ahora son puras como la nieve recién caída, y a hombres blasfemos que ahora deleitan a todos a su alrededor por su intensa devoción. Los ladrones son hechos honrados; los borrachos, sobrios; los mentirosos, veraces; y los burladores, fervientes. Dondequiera que la gracia de Dios se ha manifestado a un hombre, lo ha enseñado a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a vivir sobria, justa y piadosamente en este presente siglo malo; y, querido lector, hará lo mismo por ti.
«Yo no puedo hacer este cambio», dice alguno. ¿Quién dijo que pudieras? La Escritura que hemos citado no habla de lo que el hombre hará, sino de lo que Dios hará. Es la promesa de Dios, y a él le toca cumplir sus propios compromisos. Confía en que él cumpla en ti su Palabra, y se hará.
«Pero ¿cómo se ha de hacer?» ¿Qué te importa eso a ti? ¿Ha de explicarte el Señor sus métodos antes de que le creas? La obra del Señor en este asunto es un gran misterio: el Espíritu Santo la realiza. Aquel que hizo la promesa tiene la responsabilidad de guardarla, y está a la altura de la ocasión. Dios, que promete este maravilloso cambio, ciertamente lo llevará a cabo en todos los que reciben a Jesús, pues a todos los tales les da potestad de ser hechos hijos de Dios. ¡Oh, que lo creyeras! ¡Oh, que le hicieras al Señor bondadoso la justicia de creer que él puede y quiere hacer esto por ti, por gran milagro que sea! ¡Oh, que creyeras que Dios no puede mentir! ¡Oh, que confiaras en él para un corazón nuevo y un espíritu recto, pues él puede dártelos! Que el Señor te dé fe en su promesa, fe en su Hijo, fe en el Espíritu Santo, y fe en él, y a él sean la alabanza, la honra y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.