Capítulo 5 · 1 min de lectura
Justo y el que justifica
JUSTO Y EL QUE JUSTIFICA
HEMOS VISTO al impío justificado, y hemos considerado la gran verdad de que solo Dios puede justificar a cualquier hombre; ahora damos un paso más y hacemos la pregunta: ¿cómo puede un Dios justo justificar a hombres culpables? Aquí nos sale al encuentro una respuesta plena en las palabras de Pablo, en Romanos 3:21-26. Leeremos seis versículos del capítulo para captar el hilo del pasaje:
«Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.»
Permíteme aquí contarte un poco de experiencia personal. Cuando estaba bajo la mano del Espíritu Santo, bajo la convicción de pecado, tenía un sentido claro y agudo de la justicia de Dios. El pecado, cualquiera que fuese para otras personas, se volvió para mí una carga insoportable. No era tanto que temiera el infierno, sino que temía el pecado. Me sabía tan horriblemente culpable que recuerdo haber sentido que, si Dios no me castigaba por el pecado, debía hacerlo. Sentía que el Juez de toda la tierra debía condenar un pecado como el mío. Me senté en el tribunal, y me condené a mí mismo a perecer; porque confesé que, si yo hubiera sido Dios, no habría podido hacer otra cosa que enviar a una criatura tan culpable como yo al infierno más profundo. Y todo el tiempo llevaba en mi mente una honda preocupación por la honra del nombre de Dios y por la integridad de su gobierno moral. Sentía que no satisfaría a mi conciencia el ser perdonado injustamente. El pecado que yo había cometido debía ser castigado. Pero entonces surgía la pregunta de cómo podía Dios ser justo, y a la vez justificarme a mí, que había sido tan culpable. Preguntaba a mi corazón: «¿Cómo puede él ser justo, y a la vez el que justifica?» Estaba inquieto y agotado con esta pregunta; y no lograba ver respuesta alguna. De seguro, jamás habría podido inventar una respuesta que satisficiera a mi conciencia.
La doctrina de la expiación es, a mi parecer, una de las pruebas más seguras de la inspiración divina de la Santa Escritura. ¿Quién habría o podría haber pensado en el Gobernante justo muriendo por el rebelde injusto? Esto no es enseñanza de la mitología humana, ni sueño de la imaginación poética. Este modo de expiación solo se conoce entre los hombres porque es un hecho; la ficción no habría podido idearlo. Dios mismo lo ordenó; no es algo que hubiera podido imaginarse.
Había oído el plan de salvación por el sacrificio de Jesús desde mi juventud; pero en lo más íntimo de mi alma no sabía de él más que si hubiera nacido y me hubiera criado como un hotentote. La luz estaba allí, pero yo estaba ciego; era necesario que el Señor mismo me aclarara el asunto. Me llegó como una nueva revelación, tan fresca como si nunca hubiera leído en la Escritura que Jesús fue declarado la propiciación por los pecados, para que Dios fuese justo. Creo que ha de venir como una revelación a cada hijo de Dios recién nacido en el momento en que la ve; me refiero a esa gloriosa doctrina de la sustitución del Señor Jesús. Llegué a entender que la salvación era posible mediante el sacrificio vicario; y que se había hecho provisión, en la primera constitución y disposición de las cosas, para tal sustitución. Se me hizo ver que Aquel que es el Hijo de Dios, coigual y coeterno con el Padre, había sido desde antiguo constituido Cabeza del pacto de un pueblo escogido, para que en esa capacidad sufriera por ellos y los salvara. Por cuanto nuestra caída no fue al principio una caída personal, pues caímos en nuestro representante federal, el primer Adán, se hizo posible que fuéramos recobrados por un segundo representante, por Aquel que se ha comprometido a ser la Cabeza del pacto de su pueblo, de modo que fuese su segundo Adán. Vi que, aun antes de pecar yo de hecho, ya había caído por el pecado de mi primer padre; y me regocijé de que, por tanto, se hiciera posible en derecho que yo me levantara por una segunda Cabeza y representante. La caída por Adán dejó un resquicio de escape; otro Adán puede deshacer la ruina hecha por el primero. Cuando estaba angustiado por la posibilidad de que un Dios justo me perdonara, entendí y vi por la fe que Aquel que es el Hijo de Dios se hizo hombre, y en su propia bendita persona llevó mi pecado en su cuerpo sobre el madero. Vi que el castigo de mi paz fue puesto sobre él, y que por su llaga fui yo curado. Querido amigo, ¿lo has visto alguna vez? ¿Has entendido alguna vez cómo Dios puede ser plenamente justo, sin remitir la pena ni embotar el filo de la espada, y a la vez ser infinitamente misericordioso, y justificar al impío que se vuelve a él? Fue porque el Hijo de Dios, supremamente glorioso en su incomparable persona, se comprometió a vindicar la ley llevando la sentencia que a mí me correspondía, que Dios puede pasar por alto mi pecado. La ley de Dios quedó más vindicada por la muerte de Cristo de lo que lo habría sido si todos los transgresores hubieran sido enviados al infierno. Que el Hijo de Dios sufriera por el pecado fue un establecimiento más glorioso del gobierno de Dios que si toda la raza hubiera sufrido.
Jesús ha llevado la pena de muerte a favor nuestro. ¡Contempla la maravilla! ¡Allí pende de la cruz! Esta es la mayor vista que jamás verás. Hijo de Dios e Hijo del Hombre, allí pende, soportando dolores indecibles, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios. ¡Oh, la gloria de esa vista! ¡El inocente castigado! ¡El Santo condenado! ¡El eternamente bendito hecho maldición! ¡El infinitamente glorioso entregado a una muerte vergonzosa! Cuanto más contemplo los sufrimientos del Hijo de Dios, más seguro estoy de que deben alcanzar mi caso. ¿Por qué sufrió él, si no fue para apartar de nosotros la pena? Y si, entonces, la apartó con su muerte, apartada está, y quienes creen en él no tienen por qué temerla. Ha de ser así: que, hecha la expiación, Dios puede perdonar sin conmover el fundamento de su trono, ni manchar en lo más mínimo el libro de la ley. La conciencia recibe una respuesta plena a su tremenda pregunta. La ira de Dios contra la iniquidad, sea lo que sea, ha de ser terrible más allá de toda idea. Bien dijo Moisés: «¿Quién conoce el poder de tu ira?» Y, sin embargo, cuando oímos al Señor de la gloria clamar: «¿Por qué me has desamparado?» y lo vemos entregar el espíritu, sentimos que la justicia de Dios ha recibido abundante vindicación por una obediencia tan perfecta y una muerte tan terrible, rendidas por una persona tan divina. Si Dios mismo se inclina ante su propia ley, ¿qué más puede hacerse? Hay más en la expiación por vía de mérito que en todo el pecado humano por vía de demérito.
El gran abismo del amoroso sacrificio de Jesús puede tragarse las montañas de nuestros pecados, todos ellos. Por el bien infinito de este único hombre representativo, bien puede el Señor mirar con favor a otros hombres, por indignos que sean en sí mismos y por sí mismos. Fue un milagro de milagros que el Señor Jesucristo se pusiera en nuestro lugar y
llevara lo que nunca llevaríamos:
la justa ira de su Padre.
Pero lo ha hecho. «Consumado es.» Dios perdonará al pecador porque no perdonó a su Hijo. Dios puede pasar por alto tus transgresiones porque puso esas transgresiones sobre su Hijo unigénito hace casi dos mil años. Si crees en Jesús (ese es el punto), entonces tus pecados fueron llevados lejos por Aquel que fue el chivo expiatorio de su pueblo.
¿Qué es creer en él? No es meramente decir: «Él es Dios y el Salvador», sino confiar en él plena y enteramente, y tomarlo para toda tu salvación desde este momento y para siempre: tu Señor, tu Maestro, tu todo. Si quieres a Jesús, él ya te tiene a ti. Si crees en él, te digo que no puedes ir al infierno; porque eso sería dejar sin efecto el sacrificio de Cristo. No puede ser que un sacrificio sea aceptado, y que sin embargo muera el alma por la cual ese sacrificio ha sido recibido. Si el alma creyente pudiera ser condenada, ¿para qué el sacrificio? Si Jesús murió en mi lugar, ¿por qué habría de morir yo también? Todo creyente puede reclamar que el sacrificio fue hecho de veras por él: por la fe ha puesto sus manos sobre él, y lo ha hecho suyo, y por tanto puede descansar seguro de que jamás perecerá. El Señor no recibiría esta ofrenda a favor nuestro, y luego nos condenaría a morir. El Señor no puede leer nuestro perdón escrito en la sangre de su propio Hijo, y luego herirnos. Eso sería imposible. ¡Oh, que se te dé gracia ahora mismo para mirar a Jesús y comenzar por el principio, por Jesús mismo, que es el Manantial de misericordia para el hombre culpable!
«Él justifica al impío.» «Es Dios el que justifica», por tanto, y solo por esa razón puede hacerse, y él lo hace mediante el sacrificio expiatorio de su Hijo divino. Por tanto puede hacerse justamente —tan justamente que nadie lo cuestionará jamás—, tan cabalmente que en aquel último y tremendo día, cuando el cielo y la tierra pasen, no habrá quien niegue la validez de la justificación. «¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió. ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.»
Ahora, ¡pobre alma!, ¿entrarás en este bote salvavidas, tal como estás? ¡Aquí hay seguridad en medio del naufragio! Acepta la liberación segura. «No tengo nada conmigo», dices. No se te pide que traigas nada contigo. Los hombres que escapan con vida dejan atrás hasta sus ropas. Salta y ven, tal como estás.
Te contaré esto acerca de mí mismo para animarte. Mi única esperanza de cielo reside en la plena expiación hecha en la cruz del Calvario por los impíos. En eso me apoyo firmemente. No tengo ni la sombra de una esperanza en ningún otro lugar. Tú estás en la misma condición que yo; pues ni tú ni yo tenemos nada propio de valor como fundamento de confianza. Unamos nuestras manos y estemos juntos al pie de la cruz, y confiemos nuestras almas de una vez por todas a Aquel que derramó su sangre por los culpables. Seremos salvos por uno y el mismo Salvador. Si tú pereces confiando en él, yo he de perecer también. ¿Qué más puedo hacer para probar mi propia confianza en el evangelio que pongo delante de ti?