Capítulo 4 · 1 min de lectura

«Dios es el que justifica»

«DIOS ES EL QUE JUSTIFICA»

Romanos 8:33

ES COSA MARAVILLOSA esto de ser justificado, o hecho justo. Si nunca hubiéramos quebrantado las leyes de Dios, no la habríamos necesitado, pues habríamos sido justos en nosotros mismos. Aquel que toda su vida ha hecho las cosas que debía hacer, y jamás ha hecho nada que no debía hacer, es justificado por la ley. Pero tú, querido lector, no eres de esa clase, estoy bien seguro. Tienes demasiada honradez para pretender estar sin pecado, y por eso necesitas ser justificado.

Ahora bien, si te justificas a ti mismo, no serás sino un engañador de ti mismo. Por tanto, no lo intentes. Nunca vale la pena.

Y si pides a tus semejantes mortales que te justifiquen, ¿qué pueden hacer? A algunos puedes hacer que hablen bien de ti por pequeños favores, y otros te calumniarán por menos aún. Su juicio no vale gran cosa.

Nuestro texto dice: «Dios es el que justifica», y esto va mucho más al grano. Es un hecho asombroso, uno que deberíamos considerar con cuidado. Ven y mira.

En primer lugar, nadie sino Dios habría pensado jamás en justificar a los culpables. Han vivido en abierta rebeldía; han hecho el mal con ambas manos; han ido de mal en peor; han vuelto al pecado aun después de haber padecido por él, y de haberse visto por un tiempo forzados a dejarlo. Han quebrantado la ley, y pisoteado el evangelio. Han rechazado las proclamas de misericordia, y han persistido en la impiedad. ¿Cómo pueden ser perdonados y justificados? Sus semejantes, desesperando de ellos, dicen: «Son casos sin remedio». Aun los cristianos los miran con tristeza más que con esperanza. Pero no así su Dios. Él, en el esplendor de su gracia electora, habiendo escogido a algunos de ellos antes de la fundación del mundo, no descansará hasta haberlos justificado, y hecho aceptos en el Amado. ¿No está escrito: «A los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó»? Así ves que hay algunos a quienes el Señor resuelve justificar: ¿por qué no habríamos de ser tú y yo del número?

Nadie sino Dios habría pensado jamás en justificarme a mí. Soy una maravilla para mí mismo. No dudo de que la gracia se ve por igual en otros. Mira a Saulo de Tarso, que echaba espuma por la boca contra los siervos de Dios. Como lobo hambriento, acosaba a los corderos y a las ovejas a diestra y siniestra; y sin embargo Dios lo derribó en el camino a Damasco, y le cambió el corazón, y lo justificó tan plenamente que, al poco tiempo, este hombre llegó a ser el mayor predicador de la justificación por la fe que jamás haya vivido. A menudo ha de haberse maravillado de que fuera justificado por la fe en Cristo Jesús; pues en otro tiempo fue firme defensor de la salvación por las obras de la ley. Nadie sino Dios habría pensado jamás en justificar a un hombre como Saulo el perseguidor; pero el Señor Dios es glorioso en gracia.

Pero, aun si alguien hubiera pensado en justificar al impío, nadie sino Dios habría podido hacerlo. Es del todo imposible que una persona perdone ofensas que no han sido cometidas contra ella misma. Alguien te ha causado un gran agravio; tú puedes perdonarlo, y espero que lo hagas; pero ningún tercero puede perdonarlo aparte de ti. Si el agravio se te ha hecho a ti, de ti ha de venir el perdón. Si hemos pecado contra Dios, está en el poder de Dios perdonar; pues el pecado es contra Él mismo. Por eso David dice, en el Salmo cincuenta y uno: «Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos»; pues entonces Dios, contra quien se ha cometido la ofensa, puede quitar la ofensa. Lo que debemos a Dios, nuestro gran Creador puede remitirlo, si así le place; y si Él lo remite, queda remitido. Nadie sino el gran Dios, contra quien hemos cometido el pecado, puede borrar ese pecado; procuremos, por tanto, acudir a Él y buscar misericordia de su mano. No nos dejemos desviar por quienes querrían que nos confesáramos a ellos; no tienen garantía alguna en la Palabra de Dios para sus pretensiones. Pero aun si estuvieran ordenados para pronunciar la absolución en nombre de Dios, mejor sería con todo acudir nosotros mismos al gran Señor por medio de Jesucristo, el Mediador, y buscar y hallar el perdón de su mano; pues estamos seguros de que este es el camino recto. La religión por delegación entraña un riesgo demasiado grande: mejor será que atiendas tú mismo los asuntos de tu alma, y no los dejes en manos de ningún hombre.

Solo Dios puede justificar al impío; pero puede hacerlo a la perfección. Echa nuestros pecados tras sus espaldas, los borra; dice que, aunque se busquen, no serán hallados. Sin más razón para ello que su propia bondad infinita, ha preparado un camino glorioso por el cual puede hacer que los pecados escarlata queden blancos como la nieve, y alejar de nosotros nuestras transgresiones cuanto está lejos el oriente del occidente. Dice: «No me acordaré de tus pecados». Llega al extremo de acabar con el pecado. Uno de la antigüedad clamó asombrado: «¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia» (Miqueas 7:18 ).

No hablamos ahora de justicia, ni del trato de Dios con los hombres según sus merecimientos. Si pretendes tratar con el Señor justo en términos de ley, la ira eterna te amenaza, pues eso es lo que mereces. Bendito sea su nombre, no ha hecho con nosotros conforme a nuestros pecados; sino que ahora trata con nosotros en términos de gracia gratuita e infinita compasión, y dice: «Os recibiré benignamente, y os amaré libremente». Créelo, pues es ciertamente verdad que el gran Dios es capaz de tratar a los culpables con abundante misericordia; sí, es capaz de tratar a los impíos como si siempre hubieran sido piadosos. Lee con cuidado la parábola del hijo pródigo, y ve cómo el padre perdonador recibió al vagabundo que volvía con tanto amor como si nunca se hubiera marchado, ni jamás se hubiera contaminado con rameras. Tan lejos llevó esto que el hermano mayor empezó a murmurar por ello; pero el padre nunca retiró su amor. Oh hermano mío, por culpable que seas, si tan solo vuelves a tu Dios y Padre, ¡Él te tratará como si nunca hubieras obrado mal! Te considerará justo, y obrará contigo en consecuencia. ¿Qué dices a esto?

¿No lo ves —pues quiero mostrar esto con claridad, qué cosa tan espléndida es— que, así como nadie sino Dios pensaría en justificar al impío, y nadie sino Dios podría hacerlo, el Señor sin embargo puede hacerlo? Mira cómo plantea el apóstol el desafío: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica». Si Dios ha justificado a un hombre, bien hecho está, con razón está hecho, justamente está hecho, eternamente está hecho. Leí una afirmación en una revista, que rebosa veneno contra el evangelio y contra quienes lo predican, según la cual sostenemos una especie de teoría por la que imaginamos que el pecado puede ser quitado de los hombres. No sostenemos teoría alguna; publicamos un hecho. El hecho más grandioso bajo el cielo es este: que Cristo, por su preciosa sangre, quita realmente el pecado, y que Dios, por amor de Cristo, tratando con los hombres en términos de divina misericordia, perdona a los culpables y los justifica, no según algo que Él vea en ellos, ni prevea que habrá en ellos, sino según las riquezas de su misericordia que residen en su propio corazón. Esto hemos predicado, predicamos, y predicaremos mientras vivamos. «Dios es el que justifica», que justifica al impío; Él no se avergüenza de hacerlo, ni nosotros de predicarlo.

La justificación que viene de Dios mismo ha de estar fuera de toda duda. Si el Juez me absuelve, ¿quién puede condenarme? Si el tribunal más alto del universo me ha declarado justo, ¿quién podrá acusarme de algo? La justificación que viene de Dios es respuesta suficiente para una conciencia despertada. El Espíritu Santo, por medio de ella, sopla paz sobre toda nuestra naturaleza, y ya no tenemos miedo. Con esta justificación podemos responder a todos los rugidos e injurias de Satanás y de los hombres impíos. Con ella podremos morir; con ella nos levantaremos con valentía, y afrontaremos el gran juicio final.

Firme estaré en aquel gran día,
pues ¿quién algo a mi cargo pondrá?
mientras absuelto por mi Señor estoy
de la tremenda maldición y culpa del pecado.

Amigo, el Señor puede borrar todos tus pecados. No disparo a ciegas cuando digo esto. «Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres». Aunque estés hundido hasta el cuello en el crimen, Él puede con una palabra quitar la mancha, y decir: «Quiero; sé limpio». El Señor es un gran perdonador.

«Creo en el perdón de los pecados». ¿Y tú?

Aun en esta misma hora puede pronunciar la sentencia: «Tus pecados te son perdonados; ve en paz»; y si Él lo hace, ningún poder en el Cielo, ni en la tierra, ni debajo de la tierra, podrá ponerte bajo sospecha, y mucho menos bajo ira. No dudes del poder del amor todopoderoso. Tú no podrías perdonar a tu semejante si te hubiera ofendido como tú has ofendido a Dios; pero no debes medir el trigo de Dios con tu propia medida; sus pensamientos y sus caminos están tan por encima de los tuyos como los cielos están por encima de la tierra.

«Bueno —dices—, sería un gran milagro que el Señor me perdonara». Justamente. Sería un milagro supremo, y por eso es probable que lo haga; pues Él hace «cosas grandes e inescrutables» que no esperábamos.

Yo mismo fui abatido por un horrible sentido de culpa, que hacía de mi vida una miseria; pero cuando oí el mandato: «Mirad a mí, y sed salvos, todos los términos de la tierra, porque yo soy Dios, y no hay más», miré, y en un instante el Señor me justificó. Lo que vi fue a Jesucristo, hecho pecado por mí, y esa vista me dio reposo. Cuando los que fueron mordidos por las serpientes ardientes en el desierto miraron a la serpiente de bronce, fueron sanados al instante; y así fui yo cuando miré al Salvador crucificado. El Espíritu Santo, que me capacitó para creer, me dio paz por medio del creer. Me sentí tan seguro de estar perdonado como antes me sentía seguro de estar condenado. Había estado cierto de mi condenación porque la Palabra de Dios la declaraba, y mi conciencia daba testimonio de ella; pero cuando el Señor me justificó, quedé igualmente cierto por los mismos testigos. La palabra del Señor en la Escritura dice: «El que en él cree, no es condenado», y mi conciencia da testimonio de que creí, y de que Dios, al perdonarme, es justo. Así tengo el testimonio del Espíritu Santo y de mi propia conciencia, y estos dos concuerdan en uno. ¡Oh, cómo desearía que mi lector recibiera el testimonio de Dios en este asunto, y entonces bien pronto tendría también el testimonio en sí mismo!

Me atrevo a decir que un pecador justificado por Dios se apoya sobre un fundamento aún más seguro que un hombre justo justificado por sus obras, si tal hombre existe. Nunca podríamos estar seguros de haber hecho obras suficientes; la conciencia siempre estaría inquieta, no fuera que, después de todo, nos quedáramos cortos, y solo tendríamos el trémulo veredicto de un juicio falible en que apoyarnos; pero cuando Dios mismo justifica, y el Espíritu Santo da testimonio de ello dándonos paz con Dios, entonces sentimos que el asunto está seguro y resuelto, y entramos en reposo. Ninguna lengua puede expresar la hondura de aquella calma que desciende sobre el alma que ha recibido la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento.

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