Capítulo 3 · 1 min de lectura

Dios justifica al impío

DIOS JUSTIFICA AL IMPÍO

ESTE MENSAJE es para ti. Hallarás el texto en la Epístola a los Romanos, en el capítulo cuarto y el versículo quinto:

Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.

Llamo tu atención a estas palabras: «aquel que justifica al impío». Me parecen palabras muy admirables.

¿No te sorprende que exista en la Biblia una expresión como esta, «que justifica al impío»? He oído que los hombres que aborrecen las doctrinas de la cruz lo presentan como una acusación contra Dios: que salva a los malvados y recibe en sí mismo a los más viles de los viles. ¡Mira cómo esta Escritura acepta la acusación, y la declara sin rodeos! Por boca de su siervo Pablo, por la inspiración del Espíritu Santo, Él toma para sí el título de «aquel que justifica al impío». Hace justos a los que son injustos, perdona a los que merecen ser castigados, y favorece a los que no merecen favor alguno. Pensabas, ¿no es cierto?, que la salvación era para los buenos; que la gracia de Dios era para los puros y santos, los que están libres de pecado. Se te ha metido en la mente que, si fueras excelente, entonces Dios te recompensaría; y has pensado que, por cuanto no eres digno, no podría haber modo alguno de que gozaras de su favor. Debes de quedar algo sorprendido al leer un texto como este: «aquel que justifica al impío». No me extraña que te sorprenda; pues, con toda mi familiaridad con la gran gracia de Dios, jamás dejo de maravillarme de ella. Suena sorprendente, ¿verdad?, que sea posible que un Dios santo justifique a un hombre no santo. Nosotros, según el legalismo natural de nuestros corazones, siempre estamos hablando de nuestra propia bondad y de nuestra propia dignidad, y sostenemos con terquedad que debe de haber algo en nosotros para ganar la atención de Dios. Pero Dios, que ve a través de todos los engaños, sabe que no hay bondad alguna en nosotros. Él dice que «no hay justo, ni aun uno». Sabe que «todas nuestras justicias son como trapo de inmundicia», y por eso el Señor Jesús no vino al mundo a buscar bondad y justicia en nosotros, ni a otorgarlas a personas que no las poseen. Viene, no porque seamos justos, sino para hacernos tales: justifica al impío.

Cuando un abogado entra en la corte, si es un hombre honrado, desea defender la causa de una persona inocente y justificarla ante el tribunal de aquello que falsamente se le imputa. El objeto del abogado ha de ser justificar al inocente, y no debe intentar encubrir al culpable. No está en el derecho del hombre ni en su poder justificar verdaderamente al culpable. Este es un milagro reservado únicamente al Señor. Dios, el Soberano infinitamente justo, sabe que no hay hombre justo sobre la tierra que haga el bien y no peque, y por eso, en la infinita soberanía de su naturaleza divina y en el esplendor de su inefable amor, emprende la tarea, no tanto de justificar al justo, cuanto de justificar al impío. Dios ha ideado modos y medios para hacer que el hombre impío quede justamente aceptado delante de Él: ha establecido un sistema por el cual, con perfecta justicia, puede tratar al culpable como si toda su vida hubiera estado libre de ofensa; más aún, puede tratarlo como si estuviera enteramente libre de pecado. Justifica al impío.

Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores. Es cosa muy sorprendente, cosa que han de admirar más que nadie quienes la disfrutan. Sé que para mí, aun hasta el día de hoy, es la mayor maravilla que jamás haya oído, que Dios haya de justificarme. Me siento un montón de indignidad, una masa de corrupción, un cúmulo de pecado, aparte de su amor todopoderoso. Sé, con plena certeza, que soy justificado por la fe que es en Cristo Jesús, y tratado como si hubiera sido perfectamente justo, y hecho heredero de Dios y coheredero con Cristo; y sin embargo, por naturaleza, debo ocupar mi lugar entre los más pecadores. Yo, que soy del todo indigno, soy tratado como si hubiera sido digno. Se me ama con tanto amor como si siempre hubiera sido piadoso, cuando antes era impío. ¿Quién puede dejar de asombrarse ante esto? La gratitud por semejante favor se presenta vestida con ropajes de asombro.

Ahora bien, aunque esto es muy sorprendente, quiero que notes cuán disponible hace el evangelio para ti y para mí. Si Dios justifica al impío, entonces, querido amigo, puede justificarte a ti. ¿No es acaso esa la clase de persona que eres? Si en este momento estás sin convertir, es una descripción muy apropiada de ti; has vivido sin Dios, has sido lo contrario de piadoso; en una palabra, has sido y eres impío. Quizá ni siquiera hayas asistido a un lugar de culto en domingo, sino que has vivido despreciando el día de Dios, y su casa, y su Palabra; esto prueba que has sido impío. Más triste aún, puede ser que hasta hayas intentado dudar de la existencia de Dios, y hayas llegado al extremo de decir que lo hacías. Has vivido en esta hermosa tierra, que está llena de las señales de la presencia de Dios, y todo ese tiempo has cerrado los ojos a las claras evidencias de su poder y su deidad. Has vivido como si no hubiera Dios. En verdad, mucho te habría complacido poder demostrarte a ti mismo con certeza que no había Dios en absoluto. Posiblemente has vivido muchos años de esta manera, de modo que ahora estás bastante asentado en tus caminos, y sin embargo Dios no está en ninguno de ellos. Si te pusieran la etiqueta de

IMPÍO

te describiría tan bien como si al mar se le pusiera la etiqueta de agua salada. ¿No es así?

Posiblemente eres una persona de otra clase; has asistido con regularidad a todas las formas externas de la religión, y sin embargo no has puesto en ellas el corazón en absoluto, sino que has sido realmente impío. Aunque te reúnes con el pueblo de Dios, nunca te has encontrado con Dios por ti mismo; has estado en el coro, y sin embargo no has alabado al Señor con tu corazón. Has vivido sin amor alguno a Dios en tu corazón, ni respeto a sus mandamientos en tu vida. Pues bien, eres justamente la clase de hombre a quien este evangelio es enviado; este evangelio que dice que Dios justifica al impío. Es muy admirable, pero está felizmente disponible para ti. Te va justo a la medida. ¿No es cierto? ¡Cómo desearía que lo aceptaras! Si eres un hombre sensato, verás la notable gracia de Dios al proveer para alguien como tú, y te dirás a ti mismo: «¡Justificar al impío! ¿Por qué, entonces, no habría de ser justificado yo, y justificado ahora mismo?».

Ahora observa además que así debe ser: que la salvación de Dios es para quienes no la merecen, y no tienen preparación alguna para ella. Es razonable que la declaración se ponga en la Biblia; pues, querido amigo, no necesitan justificación sino aquellos que no tienen justificación propia. Si alguno de mis lectores es perfectamente justo, no necesita justificación alguna. Sientes que cumples bien con tu deber, y que casi pones al cielo bajo obligación contigo. ¿Para qué quieres un Salvador, o misericordia? ¿Para qué quieres justificación? A estas alturas ya estarás cansado de mi libro, pues no tendrá interés alguno para ti.

Si alguno de vosotros os dais tales aires de orgullo, escuchadme por un momento. Estaréis perdidos, tan cierto como que estáis vivos. Vosotros, hombres justos, cuya justicia es toda obra vuestra, o sois engañadores o estáis engañados; pues la Escritura no puede mentir, y dice claramente: «no hay justo, ni aun uno». En todo caso, no tengo evangelio que predicar a los que se creen justos por sí mismos, no, ni una palabra de él. El propio Jesucristo no vino a llamar a los justos, y yo no voy a hacer lo que Él no hizo. Si os llamara, no vendríais, y por eso no os llamaré, con ese carácter. No, más bien os invito a mirar esa justicia vuestra hasta que veáis qué engaño es. No es ni la mitad de sólida que una telaraña. ¡Acabad con ella! ¡Huid de ella! ¡Oh, creed que las únicas personas que pueden necesitar justificación son las que no son justas en sí mismas! Necesitan que algo se haga por ellas para hacerlas justas ante el tribunal de Dios. Ten por seguro que el Señor solo hace lo que es necesario. La sabiduría infinita nunca intenta lo que es innecesario. Jesús nunca emprende lo que es superfluo. Hacer justo al que ya es justo no es obra para Dios; eso sería labor para un necio; pero hacer justo al que es injusto, esa es obra para el amor y la misericordia infinitos. Justificar al impío: este es un milagro digno de un Dios. Y por cierto que así es.

Ahora mira. Si hubiera en algún lugar del mundo un médico que hubiera descubierto remedios seguros y preciosos, ¿a quién se envía a ese médico? ¿A los que están perfectamente sanos? Creo que no. Ponlo en un distrito donde no haya enfermos, y sentirá que no está en su sitio. No hay nada para él que hacer. «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos». ¿No está igualmente claro que los grandes remedios de la gracia y la redención son para los enfermos del alma? No pueden ser para los sanos, pues no podrían serles de utilidad. Si tú, querido amigo, sientes que estás espiritualmente enfermo, el Médico ha venido al mundo por ti. Si estás del todo arruinado a causa de tu pecado, eres justamente la persona a la que apunta el plan de salvación. Digo que el Señor de amor tenía a alguien como tú ante sus ojos cuando dispuso el sistema de la gracia. Supón que un hombre de espíritu generoso resolviera perdonar a todos los que estaban en deuda con él; es claro que esto solo puede aplicarse a los que realmente le deben. Uno le debe mil libras; otro le debe cincuenta; a cada uno le basta con que se salde su cuenta, y la deuda queda cancelada. Pero ni la persona más generosa puede perdonar las deudas de quienes no le deben nada. Está fuera del poder de la Omnipotencia perdonar donde no hay pecado. El perdón, por tanto, no puede ser para ti si no tienes pecado. El perdón ha de ser para el culpable. La remisión ha de ser para el pecador. Sería absurdo hablar de perdonar a los que no necesitan perdón, de absolver a los que jamás han ofendido.

¿Piensas que has de estar perdido por ser pecador? Esta es la razón por la que puedes ser salvo. Precisamente porque te reconoces pecador, quisiera animarte a creer que la gracia está ordenada para alguien como tú. Uno de nuestros himnólogos se atrevió incluso a decir:

Un pecador es cosa sagrada;
el Espíritu Santo lo ha hecho así.

Es verdaderamente así: que Jesús busca y salva lo que se había perdido. Murió e hizo una expiación real por pecadores reales. Cuando los hombres no están jugando con palabras, ni llamándose a sí mismos «míseros pecadores» por mero cumplido, me lleno de gozo al encontrarme con ellos. Con gusto pasaría la noche entera hablando con pecadores de verdad. La posada de la misericordia jamás cierra sus puertas a tales personas, ni en día de semana ni en domingo. Nuestro Señor Jesús no murió por pecados imaginarios, sino que la sangre de su corazón fue derramada para lavar profundas manchas carmesí, que ninguna otra cosa puede quitar.

El que es un pecador negro, ese es la clase de hombre que Jesucristo vino a hacer blanco. En cierta ocasión un predicador del evangelio predicó un sermón sobre el texto «Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles», y predicó de tal modo que uno de sus oyentes le dijo: «Cualquiera pensaría que había estado predicando a criminales. Su sermón debería haberse pronunciado en la cárcel del condado». «Oh, no —dijo el buen hombre—, si estuviera predicando en la cárcel del condado, no predicaría sobre ese texto; allí predicaría: ‹Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores›». Justamente. La ley es para los que se creen justos, para humillar su orgullo; el evangelio es para los perdidos, para quitar su desesperación.

Si no estás perdido, ¿para qué quieres un Salvador? ¿Habría de ir el pastor tras aquellas que nunca se descarriaron? ¿Por qué habría de barrer la mujer su casa por las monedas que nunca salieron de su bolsa? No, la medicina es para los enfermos; la vivificación es para los muertos; el perdón es para los culpables; la liberación es para los que están atados; la apertura de ojos es para los que están ciegos. ¿Cómo pueden explicarse el Salvador, y su muerte en la cruz, y el evangelio del perdón, si no es sobre el supuesto de que los hombres son culpables y dignos de condenación? El pecador es la razón de ser del evangelio. Tú, amigo mío, a quien ahora llega esta palabra, si eres indigno, si mereces mal, si mereces el infierno, eres la clase de hombre para quien el evangelio está ordenado, y dispuesto, y proclamado. Dios justifica al impío.

Quisiera hacer esto muy claro. Espero haberlo hecho ya; pero aun así, por claro que sea, solo el Señor puede hacer que un hombre lo vea. Al principio le parece de lo más asombroso a un hombre despertado que la salvación sea realmente para él en cuanto perdido y culpable. Piensa que ha de ser para él en cuanto hombre arrepentido, olvidando que su arrepentimiento es parte de su salvación. «Oh —dice—, pero yo debo ser esto y aquello», todo lo cual es verdad, pues será esto y aquello como resultado de la salvación; pero la salvación viene a él antes de que tenga ninguno de los resultados de la salvación. Le llega, de hecho, mientras solo merece esta descripción escueta, mísera, vil y abominable: «impío». Eso es todo lo que es cuando el evangelio de Dios viene a justificarlo.

Por tanto, ¿puedo instar a cualquiera que no tenga nada bueno en sí, que teme no tener ni siquiera un buen sentimiento, ni cosa alguna que pueda recomendarlo ante Dios, a que crea firmemente que nuestro Dios lleno de gracia puede y quiere recibirlo sin nada que lo recomiende, y perdonarlo espontáneamente, no porque él sea bueno, sino porque Él es bueno? ¿No hace acaso salir su sol sobre malos y buenos? ¿No da estaciones fecundas, y envía la lluvia y el sol a su tiempo sobre las naciones más impías? Sí, aun Sodoma tuvo su sol, y Gomorra tuvo su rocío. ¡Oh amigo, la gran gracia de Dios sobrepasa mi entendimiento y el tuyo, y quisiera que la estimaras dignamente! Como son más altos los cielos que la tierra, así son más altos los pensamientos de Dios que nuestros pensamientos. Él puede perdonar en abundancia. Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores: el perdón es para los culpables.

No intentes retocarte y hacerte algo distinto de lo que realmente eres; ven tal como estás a Aquel que justifica al impío. Hace poco tiempo un gran artista había pintado una parte del cuerpo municipal de la ciudad en que vivía, y quería, con fines históricos, incluir en su cuadro ciertos personajes bien conocidos en el pueblo. Un barrendero de esquinas, desaliñado, andrajoso, mugriento, era conocido de todos, y había un lugar apropiado para él en el cuadro. El artista dijo a este individuo harapiento y tosco: «Te pagaré bien si vienes a mi estudio y me dejas tomar tu retrato». Vino a la mañana siguiente, pero pronto lo mandó a paseo; pues se había lavado la cara, y peinado el cabello, y puesto un respetable traje de ropa. Se le necesitaba como mendigo, y no fue invitado en ninguna otra condición. Del mismo modo, el evangelio te recibirá en sus salas si vienes como pecador, y no de otra manera. No esperes a reformarte, sino ven de una vez por la salvación. Dios justifica al impío, y eso te toma donde ahora estás: te sale al encuentro en tu peor estado.

Ven con tu vestido de andar por casa. Quiero decir: ven a tu Padre celestial con todo tu pecado y tu pecaminosidad. Ven a Jesús tal como estás, leproso, mugriento, desnudo, ni apto para vivir ni apto para morir. Ven, tú que eres la mismísima escoria de la creación; ven, aunque apenas te atrevas a esperar otra cosa que la muerte. Ven, aunque la desesperación se cierna sobre ti, oprimiéndote el pecho como una horrible pesadilla. Ven y pide al Señor que justifique a otro impío. ¿Por qué no habría de hacerlo? Ven, pues esta gran misericordia de Dios está destinada a alguien como tú. Lo pongo en el lenguaje del texto, y no puedo ponerlo con mayor fuerza: el Señor Dios mismo toma para sí este título lleno de gracia, «aquel que justifica al impío». Hace justos, y hace que sean tratados como justos, a los que por naturaleza son impíos. ¿No es esa una palabra admirable para ti? Lector, no te demores hasta haber considerado bien este asunto.

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