Capítulo 2 · 1 min de lectura
¿Qué nos proponemos?
¿QUÉ NOS PROPONEMOS?
OÍ UNA HISTORIA; creo que venía del norte del país. Un ministro fue a visitar a una mujer pobre, con la intención de socorrerla, pues sabía que era muy necesitada. Con el dinero en la mano, llamó a la puerta; pero ella no respondió. Concluyó que no estaba en casa, y siguió su camino. Poco después la encontró en la iglesia, y le dijo que había recordado su necesidad: «Pasé por tu casa y llamé varias veces, y supongo que no estabas, porque no obtuve respuesta». «¿A qué hora llamó, señor?». «Fue cerca del mediodía». «Ay de mí —dijo ella—, lo oí, señor, y cuánto siento no haber respondido; pero pensé que era el hombre que venía a cobrar el alquiler». Muchas mujeres pobres saben bien lo que esto significaba. Ahora bien, mi deseo es ser escuchado, y por eso quiero decir que no vengo en modo alguno a cobrar el alquiler; en verdad, el propósito de este libro no es pedirte nada, sino decirte que la salvación es toda de gracia, lo cual quiere decir enteramente libre, gratuita, y sin costo ni precio alguno.
A menudo, cuando estamos ansiosos por captar la atención, nuestro oyente piensa: «¡Ah! Ahora se me va a recordar mi deber. Es el hombre que viene a cobrar lo que se le debe a Dios, y bien sé que no tengo con qué pagar. Mejor haré como si no estuviera en casa». No, este libro no viene en absoluto a hacerte exigencia alguna, sino a traerte algo de gran valor. No vamos a hablar de ley, ni de deber, ni de castigo, sino de amor, y bondad, y perdón, y misericordia, y vida eterna. No obres, pues, como si no estuvieras en casa; no vuelvas hacia mí oído sordo ni corazón indiferente. No te pido nada en nombre de Dios ni de hombre. No es mi intención reclamar nada de tus manos; vengo, más bien, en el nombre de Dios, a traerte un don gratuito, cuya recepción será tu gozo presente y eterno. Abre la puerta, y deja entrar mis súplicas. «Venid luego, y estemos a cuenta». El Señor mismo te invita a un encuentro acerca de tu felicidad inmediata y sin fin, y no habría hecho esto si no tuviera buenas intenciones hacia ti. No rechaces al Señor Jesús, que llama a tu puerta; pues llama con una mano que fue clavada en el madero por gente como tú. Puesto que su único y solo propósito es tu bien, inclina tu oído y ven a Él. Escucha con toda diligencia, y deja que la buena palabra penetre hondamente en tu alma. Puede ser que haya llegado la hora en que entres en aquella vida nueva que es el comienzo del cielo. La fe viene por el oír, y el leer es también una forma de oír: la fe puede venir a ti mientras lees este libro. ¿Por qué no? ¡Oh bendito Espíritu de toda gracia, hazlo así!