Capítulo 19 · 1 min de lectura

Por qué perseveran los santos

POR QUÉ PERSEVERAN LOS SANTOS

LA ESPERANZA que llenaba el corazón de Pablo respecto de los hermanos de Corinto ya hemos visto que estaba llena de consuelo para quienes temblaban en cuanto a su futuro. Pero ¿por qué creía él que los hermanos serían confirmados hasta el fin?

Quiero que observes que él da sus razones. Aquí están:

Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo (1 Cor. 1:9).

El apóstol no dice: «Vosotros sois fieles.» ¡Ay! la fidelidad del hombre es cosa muy poco fiable; es mera vanidad. No dice: «Tenéis ministros fieles que os dirijan y guíen, y por tanto confío en que estaréis a salvo.» ¡Oh, no! si somos guardados por los hombres, seremos mal guardados. Lo pone así: «Fiel es Dios.» Si somos hallados fieles, será porque Dios es fiel. Sobre la fidelidad de nuestro Dios del pacto ha de descansar todo el peso de nuestra salvación. En este glorioso atributo de Dios gira el asunto. Somos variables como el viento, frágiles como la tela de una araña, débiles como el agua. No puede ponerse ninguna confianza en nuestras cualidades naturales, ni en nuestros logros espirituales; pero Dios permanece fiel. Es fiel en su amor; en Él no hay mudanza, ni sombra de variación. Es fiel a su propósito; no comienza una obra para luego dejarla sin terminar. Es fiel a sus relaciones; como Padre no renunciará a sus hijos, como amigo no negará a su pueblo, como Creador no abandonará la obra de sus propias manos. Es fiel a sus promesas, y jamás permitirá que una sola de ellas le falle a un solo creyente. Es fiel a su pacto, que ha hecho con nosotros en Cristo Jesús, y ratificado con la sangre de su sacrificio. Es fiel a su Hijo, y no permitirá que su preciosa sangre sea derramada en vano. Es fiel a su pueblo, a quien ha prometido la vida eterna, y del cual no se apartará.

Esta fidelidad de Dios es el fundamento y la piedra angular de nuestra esperanza de perseverancia final. Los santos perseverarán en la santidad, porque Dios persevera en la gracia. Él persevera en bendecir, y por tanto los creyentes perseveran en ser bendecidos. Él continúa guardando a su pueblo, y por tanto ellos continúan guardando sus mandamientos. Este es un terreno sólido y firme sobre el cual descansar, y encaja deliciosamente con el título de este pequeño libro: «todo de gracia». Así, es el favor gratuito y la misericordia infinita lo que repica en el amanecer de la salvación, y las mismas dulces campanas suenan melodiosas a lo largo de todo el día de la gracia.

Ves que las únicas razones para esperar que seremos confirmados hasta el fin, y hallados irreprensibles al final, se encuentran en nuestro Dios; pero en Él estas razones son sumamente abundantes.

Radican, primero, en lo que Dios ha hecho. Ha llegado tan lejos al bendecirnos que no le es posible retroceder. Pablo nos recuerda que Él nos ha «llamado a la comunión con su Hijo Jesucristo». ¿Nos ha llamado? Entonces el llamamiento no puede revocarse; porque «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios». Del llamamiento eficaz de su gracia el Señor nunca se vuelve atrás. «Y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó»: esta es la regla invariable del proceder divino. Hay un llamamiento común, del cual se dice: «muchos son llamados, y pocos escogidos», pero este en el que ahora pensamos es otra clase de llamamiento, que denota un amor especial, y que trae consigo la posesión de aquello a lo que somos llamados. En tal caso, ocurre con el llamado lo mismo que con la descendencia de Abraham, de quien dijo el Señor: «Te llamé desde los confines de la tierra, y te dije: Mi siervo eres tú; te escogí, y no te deseché.»

En lo que el Señor ha hecho, vemos poderosas razones para nuestra preservación y gloria futura, porque el Señor nos ha llamado a la comunión con su Hijo Jesucristo. Significa entrar en sociedad con Jesucristo, y quisiera que consideraras con cuidado lo que esto significa. Si de veras has sido llamado por la gracia divina, has entrado en comunión con el Señor Jesucristo, de modo que eres copropietario con Él en todas las cosas. De aquí en adelante eres uno con Él ante los ojos del Altísimo. El Señor Jesús llevó tus pecados en su propio cuerpo sobre el madero, siendo hecho maldición por ti; y al mismo tiempo se ha hecho tu justicia, de modo que eres justificado en Él. Tú eres de Cristo y Cristo es tuyo. Como Adán representó a sus descendientes, así Jesús representa a todos los que están en Él. Como el esposo y la esposa son uno, así Jesús es uno con todos aquellos que están unidos a Él por la fe; uno por una unión conyugal que jamás puede romperse. Más aún, los creyentes son miembros del Cuerpo de Cristo, y así son uno con Él por una unión amorosa, viva y duradera. Dios nos ha llamado a esta unión, a esta comunión, a esta sociedad, y por este mismo hecho nos ha dado la señal y la garantía de que seremos confirmados hasta el fin. Si se nos considerara aparte de Cristo, seríamos pobres unidades perecederas, pronto disueltas y arrastradas a la destrucción; pero siendo uno con Jesús, somos hechos participantes de su naturaleza, y dotados de su vida inmortal. Nuestro destino está ligado con el de nuestro Señor, y hasta que Él pueda ser destruido no es posible que perezcamos.

Detente mucho en esta sociedad con el Hijo de Dios, a la cual has sido llamado: porque toda tu esperanza reside allí. Nunca podrás ser pobre mientras Jesús sea rico, puesto que estás en una misma firma con Él. La necesidad nunca podrá asaltarte, puesto que eres copropietario con Aquel que es Poseedor del cielo y de la tierra. Nunca podrás fracasar; porque aunque uno de los socios de la firma sea tan pobre como el ratón de una iglesia, y en sí mismo un completo insolvente, que no podría pagar ni una pequeña parte de sus pesadas deudas, sin embargo el otro socio es inconcebible e inagotablemente rico. En tal sociedad eres levantado por encima de la depresión de los tiempos, de los cambios del futuro, y del estremecimiento del fin de todas las cosas. El Señor te ha llamado a la comunión con su Hijo Jesucristo, y por ese acto y hecho te ha puesto en el lugar de la salvaguarda infalible.

Si en verdad eres creyente, eres uno con Jesús, y por tanto estás seguro. ¿No ves que así debe ser? Tienes que ser confirmado hasta el fin, hasta el día de su aparición, si de veras has sido hecho uno con Jesús por el acto irrevocable de Dios. Cristo y el pecador creyente están en la misma barca: a menos que Jesús se hunda, el creyente nunca se ahogará. Jesús ha tomado a sus redimidos en tal conexión consigo mismo, que primero tendría que ser herido, vencido y deshonrado Él, antes de que el menor de sus comprados pueda ser dañado. Su nombre está a la cabeza de la firma, y hasta que ese nombre pueda ser deshonrado estamos seguros contra todo temor de fracaso.

Así, pues, con la más plena confianza avancemos hacia el futuro desconocido, ligados eternamente con Jesús. Si los hombres del mundo llegaran a exclamar: «¿Quién es ésta que sube del desierto, recostada sobre su amado?», confesaremos con gozo que sí nos apoyamos en Jesús, y que nos proponemos apoyarnos en Él más y más. Nuestro Dios fiel es un pozo de deleite que mana sin cesar, y nuestra comunión con el Hijo de Dios es un río caudaloso de gozo. Conociendo estas cosas gloriosas no podemos desanimarnos: antes bien, clamamos con el apóstol: «¿Quién nos separará del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro?»

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