Capítulo 20 · 1 min de lectura
Despedida
DESPEDIDA
SI MI LECTOR no me ha seguido paso a paso mientras leía mis páginas, lo lamento de veras. La lectura de un libro es de escaso valor a menos que las verdades que pasan ante la mente sean captadas, apropiadas y llevadas a sus consecuencias prácticas. Es como si uno viera abundante alimento en una tienda y, no obstante, siguiera con hambre, por no haber comido personalmente de él. Es todo en vano, querido lector, que tú y yo nos hayamos encontrado, a menos que de veras te hayas asido de Cristo Jesús, mi Señor. Por mi parte hubo un claro deseo de hacerte bien, y he hecho cuanto he podido para ese fin. Me duele no haber logrado hacerte bien, pues he anhelado ganar ese privilegio. Pensaba en ti cuando escribí esta página, y dejé la pluma y solemnemente doblé mi rodilla en oración por todo aquel que la leyera. Es mi firme convicción que gran número de lectores recibirán una bendición, aunque tú te niegues a ser de ese número. Pero ¿por qué habrías de negarte? Si no deseas la escogida bendición que yo te habría traído, al menos hazme la justicia de admitir que la culpa de tu condenación final no recaerá sobre mí. Cuando nosotros dos nos encontremos ante el gran trono blanco, no podrás acusarme de haber usado en vano la atención que tuviste a bien concederme mientras leías mi pequeño libro. Dios sabe que escribí cada línea para tu bien eterno. Ahora, en espíritu, te tomo de la mano. Te doy un firme apretón. ¿Sientes mi fraternal estrechón? Las lágrimas asoman a mis ojos al mirarte y decir: ¿Por qué quieres morir? ¿No dedicarás a tu alma un solo pensamiento? ¿Perecerás por pura negligencia? ¡Oh, no lo hagas; sino sopesa estos solemnes asuntos, y asegura tu obra para la eternidad! No rechaces a Jesús, su amor, su sangre, su salvación. ¿Por qué habrías de hacerlo? ¿Puedes acaso hacerlo?
Te ruego,
¡No te apartes de tu Redentor!
Si, por el contrario, mis oraciones son escuchadas, y tú, lector mío, has sido llevado a confiar en el Señor Jesús y a recibir de Él la salvación por gracia, entonces mantente siempre en esta doctrina, y en esta manera de vivir. Sea Jesús tu todo en todo, y sea la gracia gratuita la única línea en la que vivas y te muevas. No hay vida como la de quien vive en el favor de Dios. Recibirlo todo como un don gratuito preserva la mente del orgullo que se cree justo, y de la desesperación que se acusa a sí misma. Hace que el corazón se caldee con amor agradecido, y así crea en el alma un sentimiento infinitamente más grato a Dios que cualquier cosa que pueda provenir del temor servil. Los que esperan salvarse tratando de hacer lo mejor que pueden nada saben de ese fervor ardiente, de esa santa calidez, de ese gozo devoto en Dios, que vienen con la salvación dada gratuitamente conforme a la gracia de Dios. El espíritu servil de la salvación propia no es rival para el gozoso espíritu de adopción. Hay más verdadera virtud en la más pequeña emoción de la fe que en todos los tirones de los esclavos de la ley, o en toda la fatigosa maquinaria de los devotos que quisieran subir al cielo por rondas de ceremonias. La fe es espiritual, y Dios, que es espíritu, se deleita en ella por esa razón. Años de recitar oraciones, y de ir a la iglesia o a la capilla, y de ceremonias y observancias, pueden no ser sino abominación ante los ojos de Jehová; pero una mirada del ojo de la verdadera fe es espiritual, y por eso le es preciosa. «También el Padre tales adoradores busca que le adoren.» Mira tú primero al hombre interior, y a lo espiritual, y lo demás seguirá luego a su debido tiempo.
Si tú mismo eres salvo, mantente vigilante por las almas de los demás. Tu propio corazón no prosperará a menos que esté lleno de un intenso anhelo de bendecir a tus semejantes. La vida de tu alma está en la fe; su salud está en el amor. El que no suspira por conducir a otros a Jesús nunca ha estado él mismo bajo el hechizo del amor. Ponte en la obra del Señor — la obra del amor. Comienza en tu casa. Visita después a tus vecinos. Alumbra la aldea o la calle en que vives. Esparce la palabra del Señor dondequiera que tu mano pueda alcanzar.
Lector, ¡encuéntrate conmigo en el cielo! No desciendas al infierno. No hay regreso posible de aquella morada de miseria. ¿Por qué deseas entrar en el camino de la muerte cuando la puerta del cielo está abierta ante ti? No rechaces el perdón gratuito, la plena salvación que Jesús concede a todos los que confían en Él. No vaciles ni te demores. Bastante has resuelto ya; pasa a la acción. Cree en Jesús ahora, con plena e inmediata decisión. Toma contigo palabras y ven a tu Señor este día, hoy mismo. Recuerda, oh alma, que puede ser
ahora o nunca
para ti. Que sea AHORA; sería horrible que fuera nunca.
De nuevo te encarezco,
encuéntrate conmigo en el cielo.