Capítulo 18 · 1 min de lectura
La confirmación
LA CONFIRMACIÓN
QUIERO QUE OBSERVES la seguridad que Pablo esperaba con confianza para todos los santos. Dice: «el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo.» Esta es la clase de confirmación que por encima de todo ha de desearse. Como ves, presupone que las personas están en lo recto, y se propone confirmarlas en lo recto. Sería algo terrible confirmar a un hombre en caminos de pecado y de error. Piensa en un borracho consumado, o en un ladrón consumado, o en un mentiroso consumado. Sería algo deplorable que un hombre fuera confirmado en la incredulidad y la impiedad. La confirmación divina solo pueden disfrutarla aquellos a quienes ya se ha manifestado la gracia de Dios. Es la obra del Espíritu Santo. El que da la fe la fortalece y la establece; el que enciende el amor en nosotros lo preserva y aumenta su llama. Lo que Él nos hace conocer por su primera enseñanza, el buen Espíritu nos lo hace conocer con mayor claridad y certeza mediante una instrucción todavía más profunda. Los actos santos se confirman hasta hacerse hábitos, y los sentimientos santos se confirman hasta hacerse condiciones permanentes. La experiencia y la práctica confirman nuestras creencias y nuestras resoluciones. Tanto nuestras alegrías como nuestras tristezas, nuestros éxitos y nuestros fracasos, son santificados para ese mismo fin: así como al árbol lo ayudan a arraigarse tanto las suaves lluvias como los ásperos vientos. La mente es instruida, y en su creciente conocimiento reúne razones para perseverar en el buen camino; el corazón es consolado, y así se le hace aferrarse más estrechamente a la verdad que consuela. El asimiento se estrecha, y el paso se afirma, y el hombre mismo se vuelve más sólido y consistente.
Esto no es un mero crecimiento natural, sino una obra del Espíritu tan definida como la conversión. El Señor ciertamente la dará a quienes descansan en Él para la vida eterna. Por su obra interior nos librará de ser «inestables como el agua», y hará que estemos arraigados y cimentados. Es parte del método por el cual nos salva: este edificarnos en Cristo Jesús y hacernos permanecer en Él. Querido lector, puedes esperar esto cada día; y no quedarás defraudado. Aquel en quien confías te hará ser como árbol plantado junto a corrientes de aguas, tan preservado que ni siquiera tu hoja se marchitará.
¡Qué fortaleza es para una iglesia un cristiano confirmado! Es consuelo para los afligidos y ayuda para los débiles. ¿No quisieras ser así? Los creyentes confirmados son columnas en la casa de nuestro Dios. Estos no son llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, ni derribados por una tentación repentina. Son un gran sostén para los demás, y sirven de anclas en los tiempos de aflicción de la iglesia. Tú que estás comenzando la vida santa apenas te atreves a esperar que llegarás a ser como ellos. Pero no temas; el buen Señor obrará en ti tanto como en ellos. Uno de estos días, tú que ahora eres un «niño» en Cristo serás un «padre» en la iglesia. Espera esta gran cosa; pero espérala como un don de gracia, y no como el salario de una obra, o como el producto de tu propia energía.
El inspirado apóstol Pablo habla de estas personas como quienes han de ser confirmadas hasta el fin. Esperaba que la gracia de Dios las preservara personalmente hasta el fin de sus vidas, o hasta que el Señor Jesús viniera. Más aún, esperaba que toda la iglesia de Dios, en todo lugar y en todo tiempo, fuera guardada hasta el fin de la dispensación, hasta que el Señor Jesús, como Esposo, viniera a celebrar el banquete de bodas con su Esposa ya perfeccionada. Todos los que están en Cristo serán confirmados en Él hasta aquel ilustre día. ¿No ha dicho: «porque yo vivo, vosotros también viviréis»? También dijo: «y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.» El que comenzó en ti la buena obra la confirmará hasta el día de Cristo. La obra de la gracia en el alma no es una reforma superficial; la vida implantada en el nuevo nacimiento procede de una simiente viva e incorruptible, que vive y permanece para siempre; y las promesas de Dios hechas a los creyentes no son de carácter pasajero, sino que para su cumplimiento requieren que el creyente prosiga su camino hasta llegar a la gloria sin fin. Somos guardados por el poder de Dios, mediante la fe, para la salvación. «Proseguirá el justo su camino.» No como resultado de nuestro propio mérito o fuerza, sino como don de favor gratuito e inmerecido, los que creen son «guardados en Cristo Jesús». De las ovejas de su redil, Jesús no perderá ninguna; ningún miembro de su Cuerpo morirá; ninguna gema de su tesoro faltará en el día en que Él reúna sus joyas. Querido lector, la salvación que se recibe por la fe no es cosa de meses y años; porque nuestro Señor Jesús ha «obtenido para nosotros eterna salvación», y lo que es eterno no puede llegar a su fin.
Pablo también declara su expectativa de que los santos de Corinto fueran «confirmados hasta el fin, irreprensibles». Esta irreprensibilidad es una parte preciosa de nuestra guarda. Ser guardados en santidad es mejor que ser meramente guardados a salvo. Es algo espantoso ver a personas religiosas tropezando de una deshonra en otra; no han creído en el poder de nuestro Señor para hacerlas irreprensibles. Las vidas de algunos que profesan ser cristianos son una serie de tropiezos; nunca están del todo caídos, y sin embargo rara vez están en pie. Esto no conviene a un creyente; él está invitado a andar con Dios, y por la fe puede alcanzar una firme perseverancia en la santidad; y así debe hacerlo. El Señor es poderoso, no solo para salvarnos del infierno, sino para guardarnos de caer. No tenemos por qué ceder a la tentación. ¿No está escrito: «el pecado no se enseñoreará de vosotros»? El Señor es poderoso para guardar los pies de sus santos; y lo hará si confiamos en que lo haga. No tenemos por qué manchar nuestras vestiduras; por su gracia podemos guardarlas sin mancha del mundo; estamos obligados a hacerlo, «porque sin santidad nadie verá al Señor.»
El apóstol profetizó para estos creyentes aquello que quisiera que nosotros buscáramos: que seamos preservados, irreprensibles hasta el día de nuestro Señor Jesucristo. La versión revisada dice «irreprochables» en lugar de «irreprensibles». Quizá una mejor traducción sería «inimpugnables». Quiera Dios que en aquel último gran día podamos comparecer libres de todo cargo, que nadie en todo el universo se atreva a disputar nuestro derecho a ser los redimidos del Señor. Tenemos pecados y flaquezas que lamentar, pero estos no son la clase de faltas que probarían que estamos fuera de Cristo; estaremos limpios de hipocresía, de engaño, de odio y de complacencia en el pecado; porque estas cosas serían cargos fatales. A pesar de nuestras faltas, el Espíritu Santo puede obrar en nosotros un carácter sin mancha delante de los hombres; de modo que, como Daniel, no daremos ocasión a las lenguas acusadoras, salvo en el asunto de nuestra religión. Multitudes de hombres y mujeres piadosos han mostrado vidas tan transparentes, tan consecuentes de principio a fin, que nadie pudo contradecirlas. El Señor podrá decir de muchos creyentes, como dijo de Job cuando Satanás se presentó ante Él: «¿No has considerado a mi siervo, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?» Esto es lo que mi lector debe esperar de las manos del Señor. Este es el triunfo de los santos: seguir al Cordero por dondequiera que va, manteniendo nuestra integridad como delante del Dios vivo. Que nunca nos desviemos a caminos torcidos, dando ocasión al adversario para blasfemar. Del verdadero creyente está escrito: «Se guarda a sí mismo, y aquel maligno no le toca.» ¡Que así sea escrito acerca de nosotros!
Amigo que apenas comienzas en la vida divina, el Señor puede darte un carácter irreprochable. Aunque en tu vida pasada hayas llegado muy lejos en el pecado, el Señor puede librarte por completo del poder de los antiguos hábitos, y hacerte un ejemplo de virtud. No solo puede hacerte moral, sino que puede hacer que aborrezcas todo camino falso y sigas tras todo lo santo. No lo dudes. El primero de los pecadores no tiene por qué quedar ni un ápice detrás del más puro de los santos. Cree para esto, y conforme a tu fe te será hecho.
¡Oh, qué gozo será ser hallados irreprensibles en el día del juicio! No cantamos mal cuando nos unimos a aquel hermoso himno:
Confiado estaré en aquel gran día,
pues ¿quién podrá acusarme de cosa alguna,
mientras por tu sangre soy absuelto
de la tremenda maldición y vergüenza del pecado?
¡Qué dicha será gozar de ese valor intrépido, cuando el cielo y la tierra huyan de delante del rostro del Juez de todos! Esta dicha será la porción de todo aquel que mira únicamente a la gracia de Dios en Cristo Jesús, y con ese poder sagrado libra guerra continua contra todo pecado.