Capítulo 17 · 1 min de lectura
El temor a la caída final
EL TEMOR A LA CAÍDA FINAL
UN TEMOR SOMBRÍO acosa la mente de muchos que vienen a Cristo; temen no perseverar hasta el fin. He oído decir al que busca: «Si echara mi alma sobre Jesús, tal vez, después de todo, retrocedería a la perdición. Ya antes he tenido buenos sentimientos, y se han desvanecido. Mi bondad ha sido como la nube de la mañana y como el rocío de la madrugada. Vino de repente, duró una temporada, prometió mucho, y luego se esfumó.»
Creo que este temor es a menudo el padre del hecho; y que algunos que han tenido miedo de confiar en Cristo para todo tiempo y para toda la eternidad han fracasado porque tenían una fe temporal, que nunca llegó lo bastante lejos como para salvarlos. Partieron confiando en Jesús hasta cierto punto, pero mirándose a sí mismos en cuanto a la continuación y la perseverancia en el camino al cielo; y así partieron con un defecto, y, como consecuencia natural, no tardaron en volverse atrás. Si confiamos en nosotros mismos para sostenernos, no nos sostendremos. Aunque descansemos en Jesús para una parte de nuestra salvación, fracasaremos si confiamos en nosotros mismos para algo. Ninguna cadena es más fuerte que su eslabón más débil: si Jesús es nuestra esperanza para todo, salvo para una sola cosa, fracasaremos por completo, porque en ese único punto quedaremos reducidos a nada. No tengo la menor duda de que un error acerca de la perseverancia de los santos ha impedido la perseverancia de muchos que corrían bien. ¿Qué les estorbó para que no siguieran corriendo? Confiaron en sí mismos para esa carrera, y por eso se detuvieron de golpe. Guárdate de mezclar aun un poco de ti mismo con la argamasa con que edificas, o la harás argamasa mal templada, y las piedras no se mantendrán unidas. Si miras a Cristo para tus comienzos, guárdate de mirarte a ti mismo para tus finales. Él es Alfa. Cuida de hacerlo también Omega. Si comienzas en el Espíritu, no debes esperar ser perfeccionado por la carne. Comienza como quieres continuar, y continúa como comenzaste, y deja que el Señor sea todo en todo para ti. ¡Oh, que Dios, el Espíritu Santo, nos dé una idea muy clara de dónde ha de venir la fuerza por la cual seremos preservados hasta el día de la aparición de nuestro Señor!
He aquí lo que Pablo dijo una vez sobre este tema cuando escribía a los corintios:
Nuestro Señor Jesucristo, el cual también os confirmará hasta el fin, para que seáis irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor (1 Cor. 1:8, 9).
Este lenguaje admite en silencio una gran necesidad, al decirnos cómo se provee para ella. Dondequiera que el Señor hace una provisión, tenemos la plena certeza de que había necesidad de ella, pues ninguna cosa superflua carga el pacto de la gracia. En los atrios de Salomón colgaban escudos de oro que nunca se usaron, pero no hay tales cosas en la armería de Dios. Lo que Dios ha provisto, de seguro lo necesitaremos. Entre esta hora y la consumación de todas las cosas, cada promesa de Dios y cada provisión del pacto de la gracia serán puestas en requerimiento. La urgente necesidad del alma creyente es la confirmación, la continuación, la perseverancia final, la preservación hasta el fin. Esta es la gran necesidad de los creyentes más avanzados, pues Pablo escribía a los santos de Corinto, que eran hombres de alto rango, de quienes podía decir: «Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os fue dada en Cristo Jesús.» Tales hombres son precisamente los que con mayor certeza sienten que tienen necesidad diaria de nueva gracia si han de sostenerse, resistir y salir vencedores al final. Si no fuerais santos, no tendríais gracia, y no sentiríais necesidad de más gracia; pero por cuanto sois hombres de Dios, sentís las demandas diarias de la vida espiritual. La estatua de mármol no requiere alimento; pero el hombre vivo tiene hambre y sed, y se regocija de que su pan y su agua le sean asegurados, pues de lo contrario ciertamente desfallecería en el camino. Las necesidades personales del creyente hacen inevitable que cada día tenga que sacar de la gran fuente de toda provisión; porque ¿qué podría hacer si no pudiera recurrir a su Dios?
Esto es cierto respecto de los más dotados entre los santos — de aquellos hombres de Corinto que fueron enriquecidos con toda palabra y con todo conocimiento. Necesitaban ser confirmados hasta el fin, pues de otro modo sus dones y logros resultarían su ruina. Si tuviéramos las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no recibiéramos gracia fresca, ¿dónde estaríamos? Si tuviéramos toda la experiencia hasta ser padres en la iglesia — si Dios nos hubiera enseñado de modo que entendiéramos todos los misterios —, aun así no podríamos vivir un solo día sin que la vida divina fluyera hacia nosotros desde nuestra Cabeza del pacto. ¿Cómo podríamos esperar sostenernos una sola hora, por no decir toda una vida, si el Señor no nos sostuviera? Aquel que comenzó en nosotros la buena obra debe llevarla a cabo hasta el día de Cristo, o resultará un doloroso fracaso.
Esta gran necesidad brota en gran medida de nosotros mismos. En algunos hay un temor doloroso de que no perseverarán en la gracia porque conocen su propia inconstancia. Ciertas personas son por constitución inestables. Algunos hombres son por naturaleza conservadores, por no decir obstinados; pero otros son tan naturalmente variables y volubles. Como mariposas revolotean de flor en flor, hasta visitar todas las bellezas del jardín, sin posarse en ninguna. Nunca permanecen en un lugar el tiempo suficiente para hacer algún bien; ni siquiera en sus negocios ni en sus empeños intelectuales. Tales personas bien pueden temer que diez, veinte, treinta, cuarenta, quizá cincuenta años de continua vigilancia religiosa sean demasiado para ellas. Vemos hombres que se unen primero a una iglesia y luego a otra, hasta recorrer toda la rosa de los vientos. Son todo por turnos y nada por mucho tiempo. Tales tienen doble necesidad de orar para ser divinamente confirmados, y ser hechos no solo firmes sino inconmovibles, pues de lo contrario no serán hallados «siempre abundando en la obra del Señor.»
Todos nosotros, aunque no tengamos una tentación constitucional a la inconstancia, hemos de sentir nuestra propia debilidad si de veras hemos sido vivificados por Dios. Querido lector, ¿no encuentras en un solo día lo suficiente para hacerte tropezar? Tú que deseas andar en perfecta santidad, como confío que sea; tú que te has puesto por delante una norma elevada de lo que un cristiano debe ser — ¿no hallas que, antes de que se recojan de la mesa las cosas del desayuno, ya has mostrado bastante necedad como para avergonzarte de ti mismo? Si nos encerráramos en la celda solitaria de un ermitaño, la tentación nos seguiría; porque mientras no podamos escapar de nosotros mismos, no podremos escapar de los incentivos al pecado. Hay algo dentro de nuestro corazón que debiera hacernos vigilantes y humildes delante de Dios. Si Él no nos confirma, somos tan débiles que tropezaremos y caeremos; no derribados por un enemigo, sino por nuestro propio descuido. Señor, sé tú nuestra fortaleza. Nosotros somos la debilidad misma.
Además de eso, está el cansancio que viene de una larga vida. Cuando comenzamos nuestra profesión cristiana levantamos alas como las águilas; más adelante corremos sin cansarnos; pero en nuestros días mejores y más verdaderos caminamos sin fatigarnos. Nuestro paso parece más lento, pero es más útil y mejor sostenido. Ruego a Dios que la energía de nuestra juventud permanezca con nosotros en la medida en que sea la energía del Espíritu y no la mera fermentación de la carne orgullosa. El que ha estado largo tiempo en el camino al cielo descubre que había buena razón para que se le prometiera que su calzado sería de hierro y bronce, pues el camino es áspero. Ha descubierto que hay Colinas de la Dificultad y Valles de la Humillación; que hay un Valle de Sombra de Muerte, y, peor aún, una Feria de la Vanidad — y todos estos han de ser atravesados. Si hay Montes Deleitosos (y, gracias a Dios, los hay), también hay Castillos de la Desesperación, cuyo interior con demasiada frecuencia han visto los peregrinos. Considerándolo todo, los que resistan hasta el fin en el camino de la santidad serán «hombres dignos de asombro.»
«Oh mundo de maravillas, no puedo decir menos.» Los días de la vida de un cristiano son como otros tantos Koh-i-noor de misericordia enhebrados en el hilo de oro de la fidelidad divina. En el cielo contaremos a los ángeles, y a los principados, y a las potestades, las inescrutables riquezas de Cristo que fueron derramadas sobre nosotros, y de las que gozamos mientras estábamos aquí abajo. Hemos sido mantenidos vivos al borde de la muerte. Nuestra vida espiritual ha sido una llama que arde en medio del mar, una piedra que ha permanecido suspendida en el aire. Asombrará al universo vernos entrar por la puerta de perla, irreprensibles en el día de nuestro Señor Jesucristo. Deberíamos estar llenos de agradecido asombro si somos guardados una sola hora; y confío en que lo estamos.
Si esto fuera todo, habría causa suficiente de inquietud; pero hay mucho más. Hemos de pensar en qué clase de lugar vivimos. El mundo es un desierto que aúlla para muchos del pueblo de Dios. Algunos de nosotros somos muy favorecidos en la providencia de Dios, pero otros libran una dura lucha. Comenzamos el día con oración, y con frecuencia se oye la voz del canto santo en nuestras casas; pero muchas buenas personas apenas se han levantado de sus rodillas por la mañana cuando ya son saludadas con blasfemias. Salen a trabajar, y todo el día son atormentadas por conversaciones inmundas, como el justo Lot en Sodoma. ¿Puedes acaso caminar por las calles abiertas sin que tus oídos sean afligidos con lenguaje soez? El mundo no es amigo de la gracia. Lo mejor que podemos hacer con este mundo es atravesarlo tan pronto como podamos, porque habitamos en país enemigo. Un salteador acecha en cada matorral. En todas partes necesitamos viajar con una «espada desenvainada» en la mano, o al menos con esa arma que se llama toda-oración siempre a nuestro costado; porque tenemos que disputar cada palmo de nuestro camino. No te equivoques en esto, o serás sacudido rudamente de tu grato engaño. Oh Dios, ayúdanos, y confírmanos hasta el fin, ¿o dónde estaremos?
La verdadera religión es sobrenatural en su comienzo, sobrenatural en su continuación, y sobrenatural en su fin. Es la obra de Dios de principio a fin. Hay gran necesidad de que la mano del Señor siga extendida: esa necesidad la siente ahora mi lector, y me alegro de que la sienta; porque ahora buscará su propia preservación en el Señor, el único que puede guardarnos de caer, y glorificarnos con su Hijo.