Capítulo 16 · 1 min de lectura

Cómo se da el arrepentimiento

CÓMO SE DA EL ARREPENTIMIENTO

VOLVIENDO al gran texto: «A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados». Nuestro Señor Jesucristo ha subido para que la gracia pueda descender. Su gloria está empleada en dar mayor curso a su gracia. El Señor no ha dado un solo paso hacia arriba sino con el designio de llevar consigo hacia arriba a los pecadores que creen. Es exaltado para dar arrepentimiento; y esto lo veremos si recordamos unas pocas grandes verdades.

La obra que nuestro Señor Jesús ha realizado ha hecho el arrepentimiento posible, asequible y aceptable. La ley no hace mención alguna del arrepentimiento, sino que dice sin rodeos: «El alma que pecare, esa morirá». Si el Señor Jesús no hubiera muerto y resucitado, y no hubiera ido al Padre, ¿de qué valdría tu arrepentimiento o el mío? Podríamos sentir el remordimiento con sus horrores, mas nunca el arrepentimiento con sus esperanzas. El arrepentimiento, como sentimiento natural, es un deber común que no merece gran alabanza: en verdad, va tan generalmente mezclado con un temor egoísta al castigo, que la estimación más benévola hace poco caso de él. Si Jesús no hubiera intervenido y obrado un caudal de mérito, nuestras lágrimas de arrepentimiento habrían sido como agua derramada sobre la tierra. Jesús es exaltado en lo alto para que, por virtud de su intercesión, el arrepentimiento tenga un lugar delante de Dios. En este sentido nos da el arrepentimiento, porque lo pone en una posición de aceptación que de otro modo jamás habría podido ocupar.

Cuando Jesús fue exaltado en lo alto, el Espíritu de Dios fue derramado para obrar en nosotros todas las gracias necesarias. El Espíritu Santo crea el arrepentimiento en nosotros renovando sobrenaturalmente nuestra naturaleza, y quitando de nuestra carne el corazón de piedra. ¡Oh, no te sientes forzando esos ojos tuyos para arrancar de ellos lágrimas imposibles! El arrepentimiento no viene de la naturaleza reacia, sino de la gracia libre y soberana. No te encierres en tu aposento a golpearte el pecho para arrancar de un corazón de piedra sentimientos que no están allí. Antes, ve al Calvario y mira cómo murió Jesús. Alza los ojos a los montes de donde viene tu socorro. El Espíritu Santo ha venido con el propósito mismo de cubrir con su sombra los espíritus de los hombres y engendrar en ellos el arrepentimiento, así como una vez se movió sobre el caos y sacó de él el orden. Eleva a Él tu oración: «Bendito Espíritu, mora conmigo. Hazme tierno y humilde de corazón, para que odie el pecado y me arrepienta de él sin fingimiento». Él oirá tu clamor y te responderá.

Recuerda, además, que cuando nuestro Señor Jesús fue exaltado, no solo nos dio el arrepentimiento enviando al Espíritu Santo, sino consagrando todas las obras de la naturaleza y de la providencia a los grandes fines de nuestra salvación, de modo que cualquiera de ellas puede llamarnos al arrepentimiento, ya sea que cante como el gallo de Pedro, o que sacuda la cárcel como el terremoto del carcelero. Desde la diestra de Dios, nuestro Señor Jesús gobierna todas las cosas aquí abajo, y las hace obrar juntas para la salvación de sus redimidos. Usa a la vez lo amargo y lo dulce, las pruebas y los gozos, para producir en los pecadores una mejor disposición hacia su Dios. Da gracias por la providencia que te ha hecho pobre, o enfermo, o triste; porque por todo esto obra Jesús la vida de tu espíritu y te vuelve hacia Sí. La misericordia del Señor a menudo cabalga hasta la puerta de nuestros corazones sobre el caballo negro de la aflicción. Jesús usa toda la gama de nuestra experiencia para destetarnos de la tierra y cortejarnos hacia el cielo. Cristo es exaltado al trono del cielo y de la tierra para que, por todos los procesos de su providencia, someta los corazones duros al bendito ablandamiento del arrepentimiento.

Además, Él está obrando en esta misma hora por todos sus susurros en la conciencia, por su Libro inspirado, por aquellos de nosotros que hablamos a partir de ese Libro, y por amigos que oran y corazones fervientes. Puede enviarte una palabra que hiera tu corazón de roca como con la vara de Moisés, y haga brotar corrientes de arrepentimiento. Puede traer a tu mente algún texto conmovedor de la Santa Escritura que te conquiste con toda prontitud. Puede ablandarte misteriosamente, y hacer que un santo estado de ánimo se apodere de ti cuando menos lo esperas. Ten por seguro esto: que Aquel que ha entrado en su gloria, elevado a todo el esplendor y majestad de Dios, tiene abundantes maneras de obrar el arrepentimiento en aquellos a quienes concede el perdón. Aun ahora está esperando para darte el arrepentimiento. Pídeselo de inmediato.

Observa con mucho consuelo que el Señor Jesucristo da este arrepentimiento a las personas más inverosímiles del mundo. Es exaltado para dar arrepentimiento a Israel. ¡A Israel! En los días en que los apóstoles hablaban así, Israel era la nación que más groseramente había pecado contra la luz y el amor, atreviéndose a decir: «Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos». ¡Y sin embargo Jesús es exaltado para darles arrepentimiento! ¡Qué maravilla de gracia! Si has sido criado en la más brillante luz cristiana, y aun así la has rechazado, todavía hay esperanza. Si has pecado contra la conciencia, y contra el Espíritu Santo, y contra el amor de Jesús, todavía hay lugar para el arrepentimiento. Aunque seas tan duro como el incrédulo Israel de antaño, aún puede venirte el ablandamiento, pues Jesús es exaltado, y revestido de poder sin límites. Para los que fueron más lejos en la iniquidad, y pecaron con especial agravante, el Señor Jesús es exaltado para darles arrepentimiento y perdón de pecados. ¡Dichoso soy de tener un evangelio tan pleno que proclamar! ¡Dichoso eres tú de que se te permita leerlo!

Los corazones de los hijos de Israel se habían vuelto duros como el diamante. Lutero solía creer imposible convertir a un judío. Lejos estamos de concordar con él, y sin embargo hemos de admitir que la simiente de Israel ha sido en extremo obstinada en su rechazo del Salvador durante estos muchos siglos. En verdad dijo el Señor: «Israel no me quiso». «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron». Y con todo, a favor de Israel es exaltado nuestro Señor Jesús para dar arrepentimiento y remisión. Probablemente mi lector sea gentil; pero aun así puede tener un corazón muy terco, que se ha resistido al Señor Jesús durante muchos años; y sin embargo, en él puede nuestro Señor obrar el arrepentimiento. Puede que aún llegues a sentirte obligado a escribir como escribió William Hone cuando se rindió al amor divino. Fue el autor de aquellos volúmenes tan amenos llamados el «Everyday Book», pero antes había sido un incrédulo de corazón recio. Cuando fue subyugado por la gracia soberana, escribió:

El corazón más soberbio que jamás latió

ha sido subyugado en mí;

la voluntad más indómita que jamás se alzó

para desdeñar tu causa y auxiliar a tus enemigos

está sometida, mi Señor, por ti.

Tu voluntad, y no la mía, sea hecha,

sea mi corazón por siempre tuyo;

confesándote a ti, el Verbo poderoso,

mi Salvador Cristo, mi Dios, mi Señor,

tu cruz será mi enseña.

El Señor puede dar arrepentimiento a los más inverosímiles, tornando leones en corderos, y cuervos en palomas. Miremos a Él para que este gran cambio sea obrado en nosotros. De cierto, la contemplación de la muerte de Cristo es uno de los métodos más seguros y prontos para alcanzar el arrepentimiento. No te sientes a intentar sacar arrepentimiento del pozo seco de la naturaleza corrompida. Es contrario a las leyes de la mente suponer que puedas forzar tu alma a ese estado de gracia. Lleva tu corazón en oración a Aquel que lo entiende, y di: «Señor, límpialo. Señor, renuévalo. Señor, obra el arrepentimiento en él». Cuanto más intentes producir emociones penitentes en ti mismo, más te decepcionarás; pero si piensas con fe en Jesús muriendo por ti, el arrepentimiento brotará. Medita en el Señor derramando la sangre de su corazón por amor a ti. Pon ante los ojos de tu mente la agonía y el sudor de sangre, la cruz y la pasión; y, al hacerlo, Aquel que fue portador de todo este dolor te mirará, y con esa mirada hará por ti lo que hizo por Pedro, de modo que también tú saldrás y llorarás amargamente. Aquel que murió por ti puede, por su Espíritu lleno de gracia, hacerte morir al pecado; y Aquel que ha entrado en la gloria a favor tuyo puede atraer tu alma tras de Sí, lejos del mal, y hacia la santidad.

Me daré por contento si dejo en ti este solo pensamiento: no busques fuego debajo del hielo, ni esperes hallar arrepentimiento en tu propio corazón natural. Mira al Viviente para hallar vida. Mira a Jesús para todo lo que necesitas entre la puerta del Infierno y la puerta del Cielo. Nunca busques en otra parte parte alguna de aquello que Jesús se deleita en conceder; mas recuerda,

Cristo es todo.

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