Capítulo 15 · 1 min de lectura
El arrepentimiento ha de ir junto con el perdón
EL ARREPENTIMIENTO HA DE IR JUNTO CON EL PERDÓN
ES CLARO, por el texto que hace poco citamos, que el arrepentimiento va unido al perdón de los pecados. En Hechos 5:31 leemos que Jesús es «exaltado… para dar arrepentimiento y perdón de pecados». Estas dos bendiciones vienen de aquella mano sagrada que un día fue clavada en el madero, pero que ahora ha sido elevada a la gloria. El arrepentimiento y el perdón están remachados el uno al otro por el propósito eterno de Dios. Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.
El arrepentimiento ha de ir junto con la remisión, y verás que así es si meditas un poco en el asunto. No puede ser que el perdón del pecado se conceda a un pecador impenitente; esto sería confirmarlo en sus malos caminos y enseñarle a tener el mal en poco. Si el Señor dijera: «Amas el pecado, y vives en él, y vas de mal en peor, pero, aun así, te perdono», esto sería proclamar una horrible licencia para la iniquidad. Los cimientos del orden social quedarían removidos, y seguiría la anarquía moral. No sé decir cuántos males innumerables ocurrirían con toda certeza si se pudiera separar el arrepentimiento del perdón, y pasar por alto el pecado mientras el pecador siguiera tan aficionado a él como siempre. Por la naturaleza misma de las cosas, si creemos en la santidad de Dios, forzoso es que sea así: que si continuamos en nuestro pecado, y no queremos arrepentirnos de él, no podemos ser perdonados, sino que hemos de segar la consecuencia de nuestra obstinación. Conforme a la infinita bondad de Dios, se nos promete que si abandonamos nuestros pecados, confesándolos, y aceptamos por la fe la gracia que ha sido provista en Cristo Jesús, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Pero, mientras Dios viva, no puede haber promesa de misericordia para los que continúan en sus malos caminos y rehúsan reconocer su mal proceder. Ciertamente ningún rebelde puede esperar que el Rey perdone su traición mientras permanece en abierta revuelta. Nadie puede ser tan necio como para imaginar que el Juez de toda la tierra apartará nuestros pecados si nosotros rehusamos apartarlos de nosotros mismos.
Más aún, así ha de ser para la plenitud de la misericordia divina. Aquella misericordia que pudiera perdonar el pecado y aun así dejar al pecador vivir en él, sería una misericordia escasa y superficial. Sería una misericordia desigual y deforme, coja de uno de sus pies, y seca de una de sus manos. ¿Cuál, te parece, es el mayor privilegio: ser limpiado de la culpa del pecado, o ser librado del poder del pecado? No intentaré poner en la balanza dos misericordias tan sublimes. Ninguna de ellas pudo llegar a nosotros aparte de la sangre preciosa de Jesús. Pero me parece que ser librado del dominio del pecado, ser hecho santo, ser hecho semejante a Dios, ha de tenerse por la mayor de las dos, si hay que trazar una comparación. Ser perdonado es un favor inconmensurable. De ello hacemos una de las primeras notas de nuestro salmo de alabanza: «El es quien perdona todas tus iniquidades». Pero si pudiéramos ser perdonados, y luego se nos permitiera amar el pecado, revolcarnos en la iniquidad y hundirnos en la lascivia, ¿de qué serviría tal perdón? ¿No resultaría acaso un dulce envenenado, que nos destruiría del modo más eficaz? Ser lavado, y sin embargo yacer en el lodo; ser declarado limpio, y sin embargo tener la lepra blanca en la frente, sería la más pura burla de la misericordia. ¿De qué sirve sacar al hombre de su sepulcro si lo dejas muerto? ¿Para qué llevarlo a la luz si sigue ciego? Damos gracias a Dios de que Aquel que perdona nuestras iniquidades también sana nuestras dolencias. Aquel que nos lava de las manchas del pasado también nos levanta de los caminos inmundos del presente, y nos guarda de caer en el porvenir. Debemos aceptar con gozo tanto el arrepentimiento como la remisión; no pueden separarse. La herencia del pacto es una e indivisible, y no ha de repartirse en partes. Dividir la obra de la gracia sería cortar en dos al niño vivo, y quienes lo permitieran no tendrían parte en él.
Preguntaré a los que buscan al Señor si os contentaríais con una sola de estas misericordias. ¿Te satisfaría, lector mío, que Dios te perdonara tu pecado y luego te permitiera ser tan mundano y malvado como antes? ¡Oh, no! El espíritu vivificado teme al pecado en sí mismo más que a sus consecuencias penales. El clamor de tu corazón no es: «¿Quién me librará del castigo?», sino: «¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¿Quién me capacitará para vivir por encima de la tentación, y para llegar a ser santo, como Dios es santo?». Puesto que la unión del arrepentimiento con la remisión concuerda con el deseo lleno de gracia, y puesto que es necesaria para la plenitud de la salvación y por amor a la santidad, ten por seguro que permanece.
El arrepentimiento y el perdón van unidos en la experiencia de todos los creyentes. Jamás hubo persona que se arrepintiera sin fingimiento del pecado, con arrepentimiento que cree, que no fuera perdonada; y por otra parte, jamás hubo persona perdonada que no se hubiera arrepentido de su pecado. No vacilo en decir que bajo la bóveda del cielo nunca hubo, no hay, ni jamás habrá caso alguno de pecado borrado, sin que al mismo tiempo el corazón fuera llevado al arrepentimiento y a la fe en Cristo. El aborrecimiento del pecado y el sentir del perdón entran juntos en el alma, y permanecen juntos mientras vivimos.
Estas dos cosas actúan y reaccionan la una sobre la otra: el hombre que es perdonado, por eso se arrepiente; y el hombre que se arrepiente es también, con toda certeza, perdonado. Recuerda primero que el perdón conduce al arrepentimiento. Como cantamos en las palabras de Hart:
La ley y el terror solo endurecen,
mientras obran ellos a solas;
mas sentir el perdón comprado con sangre
pronto disuelve un corazón de piedra.
Cuando estamos seguros de que somos perdonados, entonces aborrecemos la iniquidad; y supongo que cuando la fe crece hasta la plena certidumbre, de modo que estamos seguros más allá de toda duda de que la sangre de Jesús nos ha lavado más blancos que la nieve, es entonces cuando el arrepentimiento alcanza su mayor altura. El arrepentimiento crece a medida que crece la fe. No te equivoques en esto: el arrepentimiento no es cosa de días y semanas, una penitencia pasajera que ha de terminarse cuanto antes. No; es la gracia de toda una vida, como la fe misma. Los niñitos de Dios se arrepienten, y también los jóvenes y los padres. El arrepentimiento es el compañero inseparable de la fe. Mientras andamos por fe y no por vista, la lágrima del arrepentimiento brilla en el ojo de la fe. No es verdadero arrepentimiento el que no procede de la fe en Jesús, ni es verdadera fe en Jesús la que no está teñida de arrepentimiento. La fe y el arrepentimiento, como hermanos siameses, están vitalmente unidos. En la medida en que creemos en el amor perdonador de Cristo, en esa medida nos arrepentimos; y en la medida en que nos arrepentimos del pecado y odiamos el mal, nos gozamos en la plenitud de la absolución que Jesús es exaltado a conceder. Nunca valorarás el perdón si no sientes el arrepentimiento; y nunca gustarás el trago más hondo del arrepentimiento hasta que sepas que has sido perdonado. Puede parecer cosa extraña, pero así es: la amargura del arrepentimiento y la dulzura del perdón se mezclan en el sabor de toda vida llena de gracia, y componen una felicidad incomparable.
Estos dos dones del pacto son la garantía mutua el uno del otro. Si sé que me arrepiento, sé que soy perdonado. ¿Cómo he de saber que soy perdonado, si no sé también que estoy vuelto de mi antiguo curso pecaminoso? Ser creyente es ser penitente. La fe y el arrepentimiento no son sino dos rayos de la misma rueda, dos mangos del mismo arado. El arrepentimiento ha sido bien descrito como un corazón quebrantado por el pecado, y apartado del pecado; y con igual acierto puede llamarse un volverse y regresar. Es un cambio de mente del género más completo y radical, y va acompañado de dolor por lo pasado y de un firme propósito de enmienda en lo por venir.
Arrepentirse es dejar
los pecados que antes amamos;
y mostrar que de veras nos duele,
no obrándolos ya más.
Ahora bien, cuando así sucede, podemos estar ciertos de que somos perdonados; porque el Señor nunca hizo un corazón para ser quebrantado por el pecado y apartado del pecado, sin perdonarlo. Si, por otra parte, gozamos del perdón, por la sangre de Jesús, y somos justificados por la fe, y tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, sabemos que nuestro arrepentimiento y nuestra fe son del género verdadero.
No consideres tu arrepentimiento como la causa de tu remisión, sino como su compañero. No esperes poder arrepentirte hasta que veas la gracia de nuestro Señor Jesús, y su prontitud para borrar tu pecado. Guarda estas cosas benditas en su lugar, y míralas en su relación mutua. Son el Jaquín y el Boaz de una experiencia salvadora; quiero decir que son comparables a las dos grandes columnas de Salomón que se erguían al frente de la casa del Señor, y formaban una majestuosa entrada al lugar santo. Ningún hombre viene rectamente a Dios sino pasando entre las columnas del arrepentimiento y la remisión. Sobre tu corazón se ha desplegado en toda su hermosura el arco iris de la gracia del pacto, cuando las gotas de lágrimas del arrepentimiento han sido iluminadas por la luz del pleno perdón. El arrepentimiento del pecado y la fe en el perdón divino son la urdimbre y la trama del tejido de la verdadera conversión. Por estas señales conocerás a un israelita de veras.
Volviendo a la Escritura sobre la cual meditamos: tanto el perdón como el arrepentimiento fluyen de la misma fuente, y son dados por el mismo Salvador. El Señor Jesús, en su gloria, otorga ambos a las mismas personas. No has de hallar la remisión ni el arrepentimiento en otra parte. Jesús tiene ambos dispuestos, y está pronto a concederlos ahora, y a concederlos con toda liberalidad a todos los que los reciban de sus manos. No se olvide jamás que Jesús da todo lo que es necesario para nuestra salvación. Es sumamente importante que todos los que buscan misericordia recuerden esto. La fe es tan don de Dios como lo es el Salvador en quien esa fe se apoya. El arrepentimiento del pecado es tan verdaderamente obra de la gracia como lo es la realización de una expiación por la cual el pecado es borrado. La salvación, de principio a fin, es solo de gracia. No me malinterpretarás. No es el Espíritu Santo quien se arrepiente. Él nunca ha hecho nada de lo cual debiera arrepentirse. Si pudiera arrepentirse, no serviría para el caso; nosotros mismos hemos de arrepentirnos de nuestro propio pecado, o no somos salvos de su poder. No es el Señor Jesucristo quien se arrepiente. ¿De qué habría de arrepentirse? Nosotros mismos nos arrepentimos con el pleno consentimiento de toda facultad de nuestra mente. La voluntad, los afectos, las emociones, todo obra de consuno, de todo corazón, en el bendito acto del arrepentimiento por el pecado; y sin embargo, detrás de todo lo que es nuestro acto personal, hay una secreta y santa influencia que ablanda el corazón, da contrición y produce un cambio completo. El Espíritu de Dios nos alumbra para ver lo que es el pecado, y así lo hace aborrecible a nuestros ojos. El Espíritu de Dios también nos vuelve hacia la santidad, nos hace apreciarla, amarla y desearla de corazón, y así nos da el impulso por el cual somos llevados adelante, de etapa en etapa, en la santificación. El Espíritu de Dios obra en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. A ese buen Espíritu sometámonos sin tardanza, para que Él nos guíe a Jesús, quien nos dará gratuitamente la doble bendición del arrepentimiento y la remisión, conforme a las riquezas de su gracia.
«POR GRACIA SOIS SALVOS».