Capítulo 14 · 1 min de lectura

Yo sé que mi Redentor vive

«YO SÉ QUE MI REDENTOR VIVE»

DE CONTINUO he hablado al lector acerca de Cristo crucificado, que es la gran esperanza de los culpables; pero es sabiduría nuestra recordar que nuestro Señor ha resucitado de entre los muertos y vive eternamente.

No se te pide que confíes en un Jesús muerto, sino en Aquel que, aunque murió por nuestros pecados, ha resucitado para nuestra justificación. Puedes acudir a Jesús ahora mismo como a un amigo vivo y presente. Él no es un mero recuerdo, sino una Persona que existe de continuo, que oirá tus oraciones y las responderá. Vive con el propósito de llevar adelante la obra por la cual una vez entregó su vida. Está intercediendo por los pecadores a la diestra del Padre, y por esta razón puede salvar hasta lo sumo a los que por Él se acercan a Dios. Ven y prueba a este Salvador vivo, si nunca antes lo has hecho.

Este Jesús vivo ha sido también elevado a una eminencia de gloria y poder. Ya no se aflige como «varón humilde ante sus enemigos», ni trabaja como «el hijo del carpintero»; sino que ha sido exaltado muy por encima de todo principado y potestad y de todo nombre que se nombra. El Padre le ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, y Él ejerce esta alta prerrogativa para llevar a cabo su obra de gracia. Escucha lo que Pedro y los demás apóstoles testificaron acerca de Él ante el sumo sacerdote y el concilio:

El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándole en un madero. A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados (Hechos 5:30, 31).

La gloria que rodea al Señor ascendido debiera infundir esperanza en el pecho de todo creyente. Jesús no es persona insignificante: es «un Salvador, y grande». Es el Redentor de los hombres, coronado y entronizado. La prerrogativa soberana sobre la vida y la muerte reside en Él; el Padre ha puesto a todos los hombres bajo el gobierno mediador del Hijo, de modo que Él puede vivificar a quien quiere. Él abre, y nadie cierra. A su palabra, el alma atada por las cuerdas del pecado y de la condenación puede ser desatada en un momento. Extiende el cetro de plata, y todo aquel que lo toca vive.

Bien es para nosotros que, así como vive el pecado, y vive la carne, y vive el diablo, así también vive Jesús; y bien es también que, cualquiera que sea el poder de estos para arruinarnos, Jesús tiene todavía mayor poder para salvarnos.

Toda su exaltación y toda su capacidad son a favor nuestro. Él es «exaltado para ser», y exaltado «para dar». Es exaltado por Príncipe y Salvador, para poder dar todo lo que se necesita a fin de cumplir la salvación de todos los que se ponen bajo su dominio. Jesús no tiene nada que no vaya a usar para la salvación de un pecador, y no es nada que no vaya a desplegar en la abundancia de su gracia. Une su principado con su condición de Salvador, como si no quisiera lo uno sin lo otro; y presenta su exaltación como destinada a traer bendiciones a los hombres, como si esta fuera la flor y la corona de su gloria. ¿Podría haber algo más apto para levantar las esperanzas de los pecadores que buscan, que miran hacia Cristo?

Jesús soportó gran humillación, y por eso hubo lugar para que fuera exaltado. Por esa humillación cumplió y soportó toda la voluntad del Padre, y por eso fue recompensado siendo elevado a la gloria. Y usa esa exaltación a favor de su pueblo. Alce mi lector los ojos a estos montes de gloria, de donde ha de venir su socorro. Contemple las altas glorias del Príncipe y Salvador. ¿No es lo más esperanzador para los hombres que un Hombre esté ahora en el trono del universo? ¿No es glorioso que el Señor de todo sea el Salvador de los pecadores? Tenemos un Amigo en la corte; más aún, un Amigo en el trono. Él usará toda su influencia a favor de los que confían sus asuntos en sus manos. Bien canta uno de nuestros poetas:

Él vive siempre para interceder

ante el rostro de su Padre;

dale, alma mía, tu causa a defender,

no dudes de la gracia del Padre.

Ven, amigo, y encomienda tu causa y tu caso a aquellas manos una vez traspasadas, que ahora están glorificadas con los anillos-sello del poder y la honra reales. Jamás fracasó pleito alguno que fuera confiado a este gran Abogado.

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