Capítulo 13 · 1 min de lectura
La regeneración y el Espíritu Santo
LA REGENERACIÓN Y EL ESPÍRITU SANTO
«ES NECESARIO NACER DE NUEVO». Esta palabra de nuestro Señor Jesús se ha alzado como una llama en el camino de muchos, semejante a la espada desenvainada del querubín a la puerta del Paraíso. Han desesperado, porque tal cambio está más allá de su mayor esfuerzo. El nuevo nacimiento viene de lo alto, y por eso no está en poder de la criatura. Ahora bien, lejos está de mi ánimo negar, o siquiera encubrir, una verdad con el fin de crear un consuelo falso. Admito de buen grado que el nuevo nacimiento es sobrenatural, y que no puede ser obrado por el pecador mismo. De poca ayuda sería para mi lector si yo fuera tan perverso como para intentar animarlo persuadiéndolo a rechazar u olvidar lo que es indudablemente cierto.
Pero ¿no es admirable que el mismo capítulo en que nuestro Señor hace esta declaración tan amplia contenga también la afirmación más explícita sobre la salvación por la fe? Lee el tercer capítulo del Evangelio de Juan y no te detengas solamente en sus primeras frases. Es verdad que el versículo tercero dice:
Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.
Pero, luego, los versículos catorce y quince declaran:
Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
El versículo dieciocho repite la misma doctrina en los términos más amplios:
El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Es claro para todo lector que estas dos afirmaciones han de concordar, pues salieron de los mismos labios y están escritas en la misma página inspirada. ¿Por qué habríamos de hacer dificultad donde no puede haberla? Si una afirmación nos asegura de la necesidad, para la salvación, de algo que solo Dios puede dar, y si otra nos asegura que el Señor nos salvará al creer nosotros en Jesús, entonces podemos concluir con toda seguridad que el Señor dará a los que creen todo cuanto se declara necesario para la salvación. El Señor produce, en efecto, el nuevo nacimiento en todos los que creen en Jesús; y su creer es la prueba más segura de que han nacido de nuevo.
Confiamos en Jesús para lo que no podemos hacer nosotros mismos: si estuviera en nuestro propio poder, ¿qué necesidad habría de mirar a Él? A nosotros toca creer; al Señor toca crearnos de nuevo. Él no creerá por nosotros, ni hemos nosotros de hacer la obra de regeneración por Él. Nos basta obedecer el mandato lleno de gracia; al Señor corresponde obrar en nosotros el nuevo nacimiento. Aquel que pudo llegar hasta morir en la cruz por nosotros, puede y quiere darnos todo lo que es necesario para nuestra seguridad eterna.
«Pero un cambio salvador del corazón es la obra del Espíritu Santo». Esto también es certísimo, y lejos esté de nosotros ponerlo en duda u olvidarlo. Mas la obra del Espíritu Santo es secreta y misteriosa, y solo puede percibirse por sus resultados. Hay misterios en nuestro nacimiento natural que sería curiosidad impía escudriñar; y tanto más lo es en las operaciones sagradas del Espíritu de Dios. «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu». Esto, sin embargo, sí lo sabemos: la obra misteriosa del Espíritu Santo no puede ser razón para rehusar creer en Jesús, de quien ese mismo Espíritu da testimonio.
Si a un hombre se le mandara sembrar un campo, no podría excusar su descuido diciendo que sería inútil sembrar a menos que Dios hiciera crecer la semilla. No estaría justificado en descuidar la labranza porque solo la energía secreta de Dios puede crear una cosecha. A nadie le estorba en las ocupaciones ordinarias de la vida el hecho de que, si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican. Es cierto que ningún hombre que crea en Jesús hallará jamás que el Espíritu Santo se niegue a obrar en él; de hecho, su creer es la prueba de que el Espíritu ya está obrando en su corazón.
Dios obra en la providencia, pero los hombres no por eso se quedan quietos. No podrían moverse sin el poder divino que les da vida y fuerza, y sin embargo siguen su camino sin cuestionarlo; ese poder les es concedido día tras día por Aquel en cuya mano está su aliento, y de quien son todos sus caminos. Así sucede en la gracia. Nos arrepentimos y creemos, aunque no podríamos hacer ni lo uno ni lo otro si el Señor no nos capacitara. Abandonamos el pecado y confiamos en Jesús, y entonces percibimos que el Señor ha obrado en nosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad. Vano es fingir que hay verdadera dificultad en este asunto.
Algunas verdades que son difíciles de explicar con palabras resultan bastante sencillas en la experiencia real. No hay discrepancia entre la verdad de que el pecador cree, y la de que su fe es obrada en él por el Espíritu Santo. Solo la necedad puede llevar a los hombres a devanarse los sesos sobre asuntos claros mientras sus almas corren peligro. Ningún hombre rehusaría subir a un bote salvavidas porque no conociera la gravedad específica de los cuerpos; ni un hombre hambriento se negaría a comer hasta comprender todo el proceso de la nutrición. Si tú, lector mío, no crees hasta poder comprender todos los misterios, jamás serás salvo; y si permites que dificultades inventadas por ti mismo te aparten de aceptar el perdón por medio de tu Señor y Salvador, perecerás en una condenación bien merecida. No cometas suicidio espiritual por una pasión de discutir sutilezas metafísicas.