Capítulo 12 · 1 min de lectura

El aumento de la fe

EL AUMENTO DE LA FE

¿CÓMO PODEMOS OBTENER un aumento de la fe? Esta es una pregunta muy sentida para muchos. Dicen que quieren creer, pero no pueden. Se dice mucho disparate sobre este tema. Seamos estrictamente prácticos al tratarlo. El sentido común hace tanta falta en la religión como en cualquier otra parte. «¿Qué he de hacer para creer?». A uno que le preguntaron cuál era el mejor modo de hacer cierto acto sencillo, respondió que el mejor modo de hacerlo era hacerlo de inmediato. Perdemos el tiempo discutiendo métodos cuando la acción es sencilla. El camino más corto para creer es creer. Si el Espíritu Santo te ha hecho sincero, creerás en cuanto la verdad te sea presentada. La creerás porque es verdad. El mandato del evangelio es claro: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo». Es inútil eludirlo con preguntas y sutilezas. La orden es sencilla; que sea obedecida.

Pero aun así, si tienes dificultad, llévala ante Dios en oración. Dile al gran Padre exactamente qué es lo que te confunde, y ruégale que por su Espíritu Santo resuelva la cuestión. Si no puedo creer una afirmación en un libro, con gusto pregunto al autor qué quiere decir con ella; y si es un hombre veraz, su explicación me dejará satisfecho; mucho más satisfará al corazón del que de veras busca la divina explicación de los puntos difíciles de la Escritura. El Señor está dispuesto a darse a conocer; ve a Él y verás si no es así. Retírate de inmediato a tu aposento, y clama: «¡Oh Espíritu Santo, guíame a la verdad! Lo que no sé, enséñamelo tú».

Además, si la fe parece difícil, es posible que Dios el Espíritu Santo te capacite para creer si oyes con mucha frecuencia y fervor aquello que se te manda creer. Creemos muchas cosas porque las hemos oído a menudo. ¿No lo hallas así en la vida corriente, que si oyes una cosa cincuenta veces al día, al fin llegas a creerla? Algunos hombres han llegado a creer afirmaciones muy improbables por este proceso, y por eso no me extraña que el buen Espíritu bendiga a menudo el método de oír con frecuencia la verdad, y lo use para obrar la fe respecto de aquello que se ha de creer. Está escrito: «La fe es por el oír»; oye, por tanto, a menudo. Si oigo el evangelio con fervor y atención, uno de estos días me hallaré creyendo aquello que oigo, por la bendita operación del Espíritu de Dios sobre mi mente. Solo cuida de oír el evangelio, y no distraigas tu mente oyendo o leyendo aquello que está ideado para hacerte vacilar.

Si eso, no obstante, pareciera un consejo pobre, añadiría a continuación: considera el testimonio de otros. Los samaritanos creyeron por lo que la mujer les dijo acerca de Jesús. Muchas de nuestras creencias surgen del testimonio de otros. Creo que existe un país llamado Japón; nunca lo he visto, y sin embargo creo que existe tal lugar porque otros han estado allí. Creo que he de morir; nunca he muerto, pero muchísimos lo han hecho a quienes en otro tiempo conocí, y por eso tengo la convicción de que yo también moriré. El testimonio de muchos me convence de ese hecho. Escucha, pues, a los que te cuentan cómo fueron salvos, cómo fueron perdonados, cómo fueron cambiados en su carácter. Si examinas el asunto, hallarás que alguien igual que tú ha sido salvo. Si has sido un ladrón, hallarás que un ladrón se gozó de lavar su pecado en la fuente de la sangre de Cristo. Si por desgracia has sido impuro, hallarás que hombres y mujeres que cayeron de ese modo han sido limpiados y transformados. Si estás en la desesperación, no tienes más que ponerte entre el pueblo de Dios, e indagar un poco, y descubrirás que algunos de los santos han estado por igual en la desesperación en ciertas ocasiones, y con gusto te contarán cómo el Señor los libró. A medida que escuches a uno tras otro de aquellos que han probado la palabra de Dios, y la han comprobado, el divino Espíritu te llevará a creer. ¿No has oído del africano a quien el misionero le dijo que el agua a veces se ponía tan dura que un hombre podía caminar sobre ella? Declaró que creía muchísimas cosas que el misionero le había dicho; pero que aquello jamás lo creería. Cuando vino a Inglaterra, sucedió que un día de escarcha vio el río helado, mas no quiso aventurarse sobre él. Sabía que era un río profundo, y estaba seguro de que se ahogaría si se aventuraba en él. No pudo ser persuadido a caminar sobre el agua helada hasta que su amigo y muchos otros se pusieron sobre ella; entonces se convenció, y se confió a sí mismo allí donde otros se habían aventurado con seguridad. Así, mientras ves a otros creer en el Cordero de Dios, y notas su gozo y su paz, tú mismo serás suavemente llevado a creer. La experiencia de otros es uno de los modos que Dios usa para ayudarnos a la fe. O has de creer en Jesús, o morir; no hay para ti esperanza sino en Él.

Un mejor plan es este — repara en la autoridad por la cual se te manda creer, y esto te ayudará en gran manera a la fe. La autoridad no es mía, pues bien podrías rechazarla. Pero se te manda creer sobre la autoridad de Dios mismo. Él te ordena creer en Jesucristo, y no debes rehusar obedecer a tu Hacedor. El capataz de cierta fábrica había oído a menudo el evangelio, pero lo atribulaba el temor de no poder venir a Cristo. Su buen patrón envió un día una tarjeta a la fábrica: «Ven a mi casa inmediatamente después del trabajo». El capataz se presentó a la puerta de su patrón, y el patrón salió, y dijo con cierta aspereza: «¿Qué quieres, Juan, molestándome a esta hora? El trabajo ha terminado, ¿qué derecho tienes de estar aquí?». «Señor», dijo él, «tuve una tarjeta suya que decía que había de venir después del trabajo». «¿Quieres decir que por el solo hecho de haber recibido una tarjeta mía has de subir a mi casa y llamarme fuera de las horas de trabajo?». «Pues, señor», respondió el capataz, «no le entiendo, pero me parece que, como usted mandó llamarme, tenía derecho a venir». «Entra, Juan», dijo su patrón, «tengo otro mensaje que quiero leerte», y se sentó y leyó estas palabras: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». «¿Crees que, después de semejante mensaje de Cristo, puedas equivocarte al venir a Él?». El pobre hombre lo vio todo de golpe, y creyó en el Señor Jesús para vida eterna, porque advirtió que tenía buen fundamento y autoridad para creer. ¡Y tú también, pobre alma! Tienes buena autoridad para venir a Cristo, porque el Señor mismo te ordena confiar en Él.

Si eso no engendra fe en ti, piensa bien en qué es lo que has de creer — que el Señor Jesucristo padeció en el lugar y en representación de los pecadores, y es poderoso para salvar a todos los que confían en Él. Pues bien, este es el hecho más bienaventurado que jamás se haya mandado creer a los hombres; la verdad más apropiada, la más consoladora, la más divina que jamás se haya puesto delante de mentes mortales. Te aconsejo que pienses mucho en él, y que escudriñes la gracia y el amor que contiene. Estudia a los cuatro Evangelistas, estudia las epístolas de Pablo, y luego ve si el mensaje no es tan digno de crédito que te veas forzado a creerlo.

Si eso no basta, entonces piensa en la persona de Jesucristo — piensa en quién es, y qué hizo, y dónde está, y qué es. ¿Cómo puedes dudar de Él? Es una crueldad desconfiar del siempre veraz Jesús. Él no ha hecho nada para merecer desconfianza; al contrario, debería ser fácil apoyarse en Él. ¿Por qué crucificarle de nuevo con la incredulidad? ¿No es esto coronarle otra vez de espinas, y escupirle otra vez? ¡Cómo! ¿No se ha de confiar en Él? ¿Qué peor insulto le arrojaron los soldados que este? Ellos hicieron de Él un mártir; pero tú haces de Él un mentiroso — esto es con mucho peor. No preguntes: ¿cómo puedo creer? Sino responde a otra pregunta — ¿cómo puedes no creer?

Si ninguna de estas cosas aprovecha, entonces hay algo del todo mal en ti, y mi última palabra es: ¡sométete a Dios! El prejuicio o el orgullo está en el fondo de esta incredulidad. Que el Espíritu de Dios quite tu enemistad y te haga ceder. Eres un rebelde, un rebelde orgulloso, y por eso no crees a tu Dios. Abandona tu rebelión; arroja tus armas; ríndete a discreción, entrégate a tu Rey. Creo que jamás un alma alzó las manos en la desesperación de sí misma, y clamó: «Señor, me rindo», sin que la fe le resultara fácil poco después. Es porque todavía tienes una querella con Dios, y estás resuelto a hacer tu propia voluntad y seguir tu propio camino, que por eso no puedes creer. «¿Cómo podéis vosotros creer», dijo Cristo, «pues recibís gloria los unos de los otros?». El yo orgulloso engendra la incredulidad. Sométete, oh hombre. Cede ante tu Dios, y entonces creerás dulcemente en tu Salvador. ¡Que el Espíritu Santo obre ahora, secreta pero eficazmente, contigo, y te traiga en este mismo momento a creer en el Señor Jesús! Amén.

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