Capítulo 11 · 1 min de lectura

¡Ay! ¡No puedo hacer nada!

¡AY! ¡NO PUEDO HACER NADA!

DESPUÉS DE QUE EL corazón angustiado ha aceptado la doctrina de la expiación, y ha aprendido la gran verdad de que la salvación es por la fe en el Señor Jesús, con frecuencia queda muy atribulado por un sentimiento de incapacidad para aquello que es bueno. Muchos gimen: «No puedo hacer nada». No hacen de esto una excusa, sino que lo sienten como una carga cotidiana. Lo harían si pudieran. Cada uno de ellos puede decir con toda honradez: «El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo».

Este sentimiento parece dejar sin efecto y sin valor todo el evangelio; porque ¿de qué le sirve el alimento a un hombre hambriento si no puede alcanzarlo? ¿De qué aprovecha el río del agua de la vida si uno no puede beber? Recordamos la historia del médico y el hijo de la pobre mujer. El sabio facultativo dijo a la madre que su pequeño pronto mejoraría con el tratamiento adecuado, pero que era absolutamente necesario que el niño bebiera con regularidad el mejor vino, y que pasara una temporada en uno de los balnearios alemanes. ¡Esto, a una viuda que apenas podía conseguir pan para comer! Ahora bien, a veces le parece al corazón atribulado que el sencillo evangelio de «Cree y vive» no es, después de todo, tan sencillo; porque le pide al pobre pecador que haga lo que no puede hacer. Al que de veras ha despertado, pero está a medias instruido, le parece que falta un eslabón; allá está la salvación de Jesús, pero ¿cómo se ha de alcanzar? El alma está sin fuerzas, y no sabe qué hacer. Yace a la vista de la ciudad de refugio, y no puede entrar por su puerta.

¿Se ha previsto esta falta de fuerzas en el plan de la salvación? Sí. La obra del Señor es perfecta. Comienza donde estamos, y nada nos pide para su cumplimiento. Cuando el buen samaritano vio al viajero tendido, herido y medio muerto, no le mandó levantarse y venir a él, y montar en el asno y cabalgar hasta el mesón. No; «vino a donde él estaba», y le prestó auxilio, y lo alzó sobre la bestia y lo llevó al mesón. Así trata el Señor Jesús con nosotros en nuestro estado bajo y miserable.

Hemos visto que Dios justifica, que justifica al impío, y que lo justifica por la fe en la preciosa sangre de Jesús; nos toca ahora ver la condición en que se hallan estos impíos cuando Jesús obra su salvación. Muchas personas despertadas no solo están atribuladas por su pecado, sino por su debilidad moral. No tienen fuerza alguna con que escapar del fango en que han caído, ni con que mantenerse fuera de él en los días venideros. No solo se lamentan por lo que han hecho, sino por lo que no pueden hacer. Se sienten impotentes, desvalidos y espiritualmente sin vida. Puede sonar extraño decir que se sienten muertos, y sin embargo así es. Son, según su propio juicio, incapaces para todo bien. No pueden recorrer el camino al cielo, porque tienen los huesos quebrados. «Ninguno de los varones fuertes halló sus manos»; en efecto, están «sin fuerzas». Felizmente, está escrito, como recomendación del amor de Dios para con nosotros:

Cuando aún estábamos sin fuerzas, a su tiempo Cristo murió por los impíos (Romanos 5:6).

Aquí vemos socorrido el desvalimiento consciente — socorrido por la intervención del Señor Jesús. Nuestro desvalimiento es extremo. No está escrito: «Cuando éramos comparativamente débiles, Cristo murió por nosotros»; ni: «Cuando teníamos apenas un poco de fuerza»; sino que la descripción es absoluta e irrestricta: «Cuando aún estábamos sin fuerzas». No teníamos fuerza alguna que pudiera ayudar en nuestra salvación; las palabras de nuestro Señor eran enfáticamente ciertas: «Sin mí nada podéis hacer». Puedo ir más allá del texto, y recordarte el gran amor con que el Señor nos amó, «aun estando nosotros muertos en delitos y pecados». Estar muerto es todavía más que estar sin fuerzas.

Lo único en que el pobre pecador sin fuerzas ha de fijar su mente, y retener con firmeza, como su único fundamento de esperanza, es la divina certeza de que «a su tiempo Cristo murió por los impíos». Cree esto, y toda incapacidad se desvanecerá. Así como se fabula de Midas que convertía en oro todo lo que tocaba, así es verdad de la fe que convierte en bien todo lo que toca. Nuestras mismas necesidades y debilidades se vuelven bendiciones cuando la fe se ocupa de ellas.

Detengámonos en ciertas formas de esta falta de fuerzas. Para empezar, uno dirá: «Señor, no parece que tenga fuerza para reunir mis pensamientos y mantenerlos fijos en esos temas solemnes que atañen a mi salvación; una oración breve es ya casi demasiado para mí. Es así en parte, quizá, por debilidad natural, en parte porque me he dañado a mí mismo con la disipación, y en parte también porque me inquieto con las preocupaciones mundanas, de modo que no soy capaz de esos altos pensamientos que son necesarios antes de que un alma pueda ser salva». Esta es una forma muy común de debilidad pecaminosa. ¡Nota esto! Estás sin fuerzas en este punto; y hay muchos como tú. No podrían llevar a cabo un hilo de pensamiento seguido ni para salvar la vida. Muchos pobres hombres y mujeres son iletrados y sin instrucción, y para estos el pensamiento profundo resultaría una labor muy pesada. Otros son por naturaleza tan ligeros y frívolos que no podrían seguir un largo proceso de argumento y razonamiento, como tampoco podrían volar. Jamás alcanzarían el conocimiento de ningún misterio profundo aunque emplearan en ello toda su vida. No tienes, pues, por qué desesperar: lo que es necesario para la salvación no es el pensamiento continuo, sino un simple apoyarse en Jesús. Aférrate a este único hecho — «A su tiempo Cristo murió por los impíos». Esta verdad no te exigirá ninguna investigación profunda, ni razonamiento profundo, ni argumento convincente. Ahí está: «A su tiempo Cristo murió por los impíos». Fija tu mente en eso, y descansa allí.

Deja que este único hecho, grande, lleno de gracia y glorioso, repose en tu espíritu hasta que perfume todos tus pensamientos, y te haga regocijarte aun estando sin fuerzas, viendo que el Señor Jesús ha venido a ser tu fortaleza y tu cántico, sí, ha venido a ser tu salvación. Según las Escrituras, es un hecho revelado que a su tiempo Cristo murió por los impíos cuando aún estaban sin fuerzas. Quizá hayas oído estas palabras cientos de veces, y sin embargo nunca antes has percibido su significado. Hay en ellas un sabor que alienta, ¿no es así? Jesús no murió por nuestra justicia, sino que murió por nuestros pecados. No vino a salvarnos porque valiéramos la pena de ser salvados, sino porque éramos del todo indignos, arruinados y perdidos. No vino a la tierra por razón alguna que estuviera en nosotros, sino única y exclusivamente por razones que sacó de las profundidades de su propio amor divino. A su tiempo murió por aquellos a quienes describe, no como piadosos, sino como impíos, aplicándoles el adjetivo más desesperado que bien pudo haber escogido. Si tienes poca inteligencia, sujétala con todo a esta verdad, que está hecha a la medida de la más pequeña capacidad, y es capaz de alegrar el corazón más apesadumbrado. Deja que este texto repose bajo tu lengua como un dulce bocado, hasta que se disuelva en tu corazón y dé sabor a todos tus pensamientos; y entonces poco importará que esos pensamientos estén tan dispersos como las hojas de otoño. Personas que jamás han brillado en la ciencia, ni han mostrado la menor originalidad de mente, han sido, no obstante, plenamente capaces de aceptar la doctrina de la cruz, y por ella han sido salvadas. ¿Por qué no tú?

Oigo a otro hombre clamar: «¡Oh, señor, mi falta de fuerzas está principalmente en esto: que no puedo arrepentirme lo suficiente!». ¡Qué idea tan curiosa tienen los hombres de lo que es el arrepentimiento! Muchos imaginan que se han de derramar tantas lágrimas, y exhalar tantos gemidos, y soportar tanta desesperación. ¿De dónde viene esta noción tan irrazonable? La incredulidad y la desesperación son pecados, y por eso no veo cómo pueden ser elementos constitutivos de un arrepentimiento aceptable; y sin embargo hay muchos que los consideran partes necesarias de la verdadera experiencia cristiana. Están en gran error. Con todo, sé lo que quieren decir, porque en los días de mi tiniebla yo solía sentir del mismo modo. Deseaba arrepentirme, pero pensaba que no podía hacerlo, y sin embargo todo ese tiempo me estaba arrepintiendo. Por extraño que suene, sentía que no podía sentir. Solía meterme en un rincón y llorar, porque no podía llorar; y caía en amarga tristeza porque no podía entristecerme por el pecado. ¡Qué enredo es todo esto cuando, en nuestro estado de incredulidad, empezamos a juzgar nuestra propia condición! Es como un ciego que mira sus propios ojos. Mi corazón se derretía dentro de mí por el temor, porque pensaba que mi corazón era duro como una piedra de diamante. Mi corazón se quebrantaba al pensar que no se quebrantaría. Ahora puedo ver que yo estaba manifestando precisamente aquello que creía no poseer; pero entonces no sabía dónde estaba.

¡Oh, si pudiera ayudar a otros a entrar en la luz que ahora disfruto! De buena gana diría una palabra que pudiera acortar el tiempo de su desconcierto. Diría unas cuantas palabras sencillas, y rogaría al «Consolador» que las aplicara al corazón.

Recuerda que el hombre que de veras se arrepiente nunca está satisfecho con su propio arrepentimiento. No podemos arrepentirnos perfectamente, como tampoco podemos vivir perfectamente. Por puras que sean nuestras lágrimas, siempre habrá en ellas algo de suciedad: habrá algo de qué arrepentirse aun en nuestro mejor arrepentimiento. Pero ¡escucha! Arrepentirse es cambiar de parecer acerca del pecado, y de Cristo, y de todas las grandes cosas de Dios. Hay en esto una tristeza implícita; pero lo principal es el volverse del corazón del pecado a Cristo. Si se da este volverse, tienes la esencia del verdadero arrepentimiento, aunque ninguna alarma ni ninguna desesperación hayan proyectado jamás su sombra sobre tu mente.

Si no puedes arrepentirte como quisieras, te ayudará en gran manera a hacerlo el creer con firmeza que «a su tiempo Cristo murió por los impíos». Piensa en esto una y otra vez. ¿Cómo puedes seguir siendo de corazón duro cuando sabes que, por un amor supremo, «Cristo murió por los impíos»? Permíteme persuadirte a razonar contigo mismo de este modo: Por impío que yo sea, aunque este corazón de acero no se ablande, aunque en vano golpee mi pecho, con todo Él murió por gente como yo, puesto que murió por los impíos. ¡Oh, si yo pudiera creer esto y sentir su poder sobre mi corazón de pedernal!

Borra de tu alma toda otra reflexión, y siéntate horas enteras, y medita hondamente en esta única y resplandeciente manifestación de un amor inmerecido, inesperado y sin ejemplo: «Cristo murió por los impíos». Lee con cuidado el relato de la muerte del Señor, tal como lo hallas en los cuatro evangelistas. Si algo puede derretir tu corazón obstinado, será la vista de los sufrimientos de Jesús, y la consideración de que Él padeció todo esto por sus enemigos.

¡Oh Jesús! Dulces las lágrimas que vierto, mientras a tus pies me arrodillo,

contemplo tu cabeza herida y desfallecida, y siento todos tus dolores.

Mi corazón se deshace al verte sangrar, este corazón antes tan duro;

te oigo interceder por los culpables, y el dolor desborda aún más.

Por los pecadores fue que moriste, y yo, pecador, aquí estoy:

convencido por tu ojo que expira, herido de muerte por tu mano traspasada.

Ciertamente la cruz es aquella vara portentosa que puede hacer brotar agua de una roca. Si comprendes el pleno significado del sacrificio divino de Jesús, has de arrepentirte de haberte opuesto jamás a Uno que está tan lleno de amor. Está escrito: «Mirarán a aquel a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito». El arrepentimiento no te hará ver a Cristo; pero ver a Cristo te dará el arrepentimiento. No puedes fabricar un Cristo a partir de tu arrepentimiento, pero has de buscar el arrepentimiento en Cristo. El Espíritu Santo, al volvernos hacia Cristo, nos aparta del pecado. Aparta, pues, la mirada del efecto para ponerla en la causa, de tu propio arrepentirte para ponerla en el Señor Jesús, que es exaltado en las alturas para dar arrepentimiento.

He oído a otro decir: «Estoy atormentado por pensamientos horribles. Adondequiera que voy, se me cuelan blasfemias. Con frecuencia, en mi trabajo, una sugestión espantosa se me impone, y aun en mi cama me sobresaltan del sueño los susurros del maligno. No puedo librarme de esta horrible tentación». Amigo, sé lo que quieres decir, porque yo mismo he sido acosado por este lobo. Lo mismo daría que un hombre esperara combatir con una espada a un enjambre de moscas, que dominar sus propios pensamientos cuando el diablo los azuza. Un pobre alma tentada, asaltada por sugestiones satánicas, es como cierto viajero del que he leído, en torno a cuya cabeza y oídos y todo su cuerpo vino un enjambre de abejas furiosas. No podía apartarlas ni escapar de ellas. Lo picaban por todas partes y amenazaban con darle muerte. No me extraña que sientas que estás sin fuerzas para detener estos pensamientos odiosos y abominables que Satanás vierte en tu alma; pero aun así quisiera recordarte la Escritura que tenemos delante — «Cuando aún estábamos sin fuerzas, a su tiempo Cristo murió por los impíos». Jesús sabía dónde estábamos y dónde estaríamos; vio que no podíamos vencer al príncipe de la potestad del aire; sabía que él nos atormentaría en gran manera; pero aun entonces, cuando nos vio en esa condición, Cristo murió por los impíos. Echa el ancla de tu fe sobre esto. El diablo mismo no puede decirte que no eres impío; cree, pues, que Jesús murió aun por gente como tú. Recuerda el modo en que Martín Lutero le cortaba la cabeza al diablo con su propia espada. «Oh», le dijo el diablo a Martín Lutero, «eres un pecador». «Sí», dijo él, «Cristo murió para salvar a los pecadores». Así lo hirió con su propia espada. Escóndete en este refugio, y permanece allí: «A su tiempo Cristo murió por los impíos». Si te mantienes en esa verdad, tus pensamientos blasfemos, que no tienes fuerza para ahuyentar, se irán por sí solos; porque Satanás verá que no logra ningún propósito atormentándote con ellos.

Estos pensamientos, si los aborreces, no son tuyos, sino inyecciones del diablo, de las cuales él es responsable, y no tú. Si luchas contra ellos, no son más tuyos que las maldiciones y falsedades de los alborotadores en la calle. Es por medio de estos pensamientos que el diablo quisiera arrastrarte a la desesperación, o al menos impedirte confiar en Jesús. La pobre mujer enferma no podía llegar a Jesús a causa del gentío, y tú te hallas en condición muy parecida, por el tropel y la muchedumbre de estos pensamientos espantosos. Con todo, ella extendió su dedo, y tocó el borde del manto del Señor, y fue sanada. Haz tú lo mismo.

Jesús murió por los que son culpables de «todo pecado y blasfemia», y por eso estoy seguro de que no rechazará a los que, contra su voluntad, son cautivos de pensamientos malignos. Arrójate sobre Él, con pensamientos y todo, y verás si no es poderoso para salvar. Él puede acallar esos horribles susurros del enemigo, o puede capacitarte para verlos a su verdadera luz, de modo que no te atormenten. A su propia manera, Él puede salvarte y lo hará, y al fin te dará paz perfecta. Solo confía en Él para esto y para todo lo demás.

Tristemente desconcertante es esa forma de incapacidad que consiste en una supuesta falta de poder para creer. No nos es extraño el clamor:

¡Oh, si yo pudiera creer,
entonces todo sería fácil;
quisiera, mas no puedo; Señor, socórreme,
mi ayuda ha de venir de ti.

Muchos permanecen en la oscuridad durante años porque no tienen poder, según dicen, para hacer aquello que consiste en renunciar a todo poder y reposar en el poder de otro, a saber, el Señor Jesús. En verdad, es cosa muy curiosa todo este asunto de creer; porque la gente no recibe mucha ayuda al tratar de creer. El creer no viene por medio del intentarlo. Si una persona hiciera una declaración de algo que ocurrió el día de hoy, no le diría yo que trataría de creerle. Si yo creyera en la veracidad del hombre que me relató el suceso y dijo que lo vio, aceptaría de inmediato la declaración. Si no lo tuviera por hombre veraz, por supuesto no le creería; pero no habría en ello ningún intentarlo. Ahora bien, cuando Dios declara que hay salvación en Cristo Jesús, o he de creerle de inmediato, o he de hacerle mentiroso. Seguramente no vacilarás en cuanto a cuál es la senda recta en este caso. El testimonio de Dios ha de ser verdadero, y estamos obligados a creer de inmediato en Jesús.

Pero es posible que hayas estado tratando de creer demasiado. Ahora bien, no apuntes a grandes cosas. Conténtate con tener una fe que pueda sostener en su mano esta única verdad: «Cuando aún estábamos sin fuerzas, a su tiempo Cristo murió por los impíos». Él puso su vida por los hombres cuando estos aún no creían en Él, ni eran capaces de creer en Él. Murió por los hombres, no como creyentes, sino como pecadores. Vino a hacer de estos pecadores creyentes y santos; pero cuando murió por ellos, los consideró del todo sin fuerzas. Si te aferras a la verdad de que Cristo murió por los impíos, y la crees, tu fe te salvará, y podrás irte en paz. Si confías tu alma a Jesús, que murió por los impíos, aunque no puedas creer todas las cosas, ni mover montañas, ni hacer ninguna otra obra maravillosa, con todo eres salvo. No es la gran fe, sino la fe verdadera, la que salva; y la salvación no está en la fe, sino en el Cristo en quien la fe confía. Una fe como un grano de mostaza traerá la salvación. No es la medida de la fe, sino la sinceridad de la fe, lo que se ha de tener en cuenta. Sin duda un hombre puede creer lo que sabe que es verdad; y como sabes que Jesús es verdadero, tú, amigo mío, puedes creer en Él.

La cruz, que es el objeto de la fe, es también, por el poder del Espíritu Santo, la causa de ella. Siéntate y contempla al Salvador que muere hasta que la fe brote espontáneamente en tu corazón. No hay lugar como el Calvario para engendrar confianza. El aire de aquel monte sagrado trae salud a la fe temblorosa. Más de un contemplador ha dicho allí:

Mientras te contemplo, herido, doliente, sin aliento en el madero maldito,

Señor, siento que mi corazón cree que así padeciste tú por mí.

«¡Ay!», clama otro, «mi falta de fuerzas va por este rumbo: que no puedo dejar mi pecado, y sé que no puedo ir al cielo llevando mi pecado conmigo». Me alegra que sepas eso, porque es del todo cierto. Has de estar divorciado de tu pecado, o no podrás desposarte con Cristo. Recuerda la pregunta que cruzó como un relámpago por la mente del joven Bunyan cuando estaba en sus juegos en la campiña un domingo: «¿Quieres conservar tus pecados e ir al infierno, o quieres dejar tus pecados e ir al cielo?». Aquello lo dejó en seco. Esta es una pregunta que todo hombre habrá de responder: porque no hay seguir en el pecado y a la vez ir al cielo. Eso no puede ser. Has de dejar el pecado o dejar la esperanza. ¿Respondes: «Sí, bien dispuesto estoy. El querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. El pecado me domina, y no tengo fuerza alguna»? Ven, pues; si no tienes fuerza, este texto sigue siendo verdadero: «Cuando aún estábamos sin fuerzas, a su tiempo Cristo murió por los impíos». ¿Puedes creer todavía eso? Por más que otras cosas parezcan contradecirlo, ¿lo creerás? Dios lo ha dicho, y es un hecho; por tanto, aférrate a ello como a la vida misma, porque allí está tu única esperanza. Cree esto y confía en Jesús, y pronto hallarás poder con que dar muerte a tu pecado; pero aparte de Él, el hombre fuerte armado te tendrá para siempre por su esclavo. En lo personal, yo jamás habría podido vencer mi propia pecaminosidad. Lo intenté y fracasé. Mis malas inclinaciones eran demasiadas para mí, hasta que, en la creencia de que Cristo murió por mí, arrojé mi alma culpable sobre Él, y entonces recibí un principio vencedor por el cual superé a mi propio yo pecaminoso. La doctrina de la cruz puede usarse para dar muerte al pecado, así como los antiguos guerreros usaban sus enormes espadas de dos manos, y segaban a sus enemigos a cada golpe. No hay nada como la fe en el Amigo del pecador: vence todo mal. Si Cristo ha muerto por mí, impío como soy, sin fuerzas como estoy, entonces ya no puedo vivir en el pecado, sino que he de despertarme para amar y servir a Aquel que me ha redimido. No puedo jugar con el mal que dio muerte a mi mejor Amigo. He de ser santo por amor a Él. ¿Cómo puedo vivir en el pecado cuando Él ha muerto para salvarme de él?

Mira qué espléndida ayuda es esta para ti, que estás sin fuerzas: saber y creer que a su tiempo Cristo murió por impíos como tú. ¿Has captado ya la idea? De algún modo, es tan difícil para nuestras mentes oscurecidas, prejuiciadas e incrédulas ver la esencia del evangelio. A veces he pensado, al terminar de predicar, que había expuesto el evangelio con tanta claridad que la nariz en el rostro de uno no podría ser más evidente; y sin embargo advierto que aun oyentes inteligentes no han logrado entender lo que se quería decir con «Mirad a mí, y sed salvos». Los convertidos suelen decir que no conocieron el evangelio hasta tal o cual día; y sin embargo lo habían oído durante años. El evangelio es desconocido, no por falta de explicación, sino por ausencia de revelación personal. Esta el Espíritu Santo está listo para darla, y la dará a quienes se la pidan. Y sin embargo, cuando se da, la suma total de la verdad revelada cabe toda dentro de estas palabras: «Cristo murió por los impíos».

Oigo a otro lamentarse así: «¡Oh, señor, mi debilidad está en esto: que no parece que me mantenga mucho tiempo en un mismo parecer! Oigo la palabra un domingo, y quedo impresionado; pero durante la semana me topo con un mal compañero, y todos mis buenos sentimientos se esfuman. Mis compañeros de trabajo no creen en nada, y dicen cosas tan terribles, y no sé cómo responderles, y así me encuentro derribado». Conozco muy bien a este Flexible tan moldeable, y tiemblo por él; pero al mismo tiempo, si es de veras sincero, su debilidad puede ser socorrida por la gracia divina. El Espíritu Santo puede echar fuera el espíritu maligno del temor al hombre. Puede hacer valiente al cobarde. Recuerda, mi pobre amigo vacilante, que no debes permanecer en este estado. Nunca conviene ser vil y mezquino contigo mismo. Ponte en pie, mírate, y ve si acaso fuiste hecho para ser como un sapo bajo la grada, temeroso por tu vida ya sea de moverte o de quedarte quieto. Ten un criterio propio. Este no es solo un asunto espiritual, sino que también atañe a la simple hombría. Yo haría muchas cosas por complacer a mis amigos; pero ir al infierno por complacerlos es más de lo que me atrevería. Muy bien puede estar hacer esto y aquello por buena camaradería; pero nunca conviene perder la amistad de Dios con tal de mantenerse en buenos términos con los hombres. «Eso lo sé», dice el hombre, «pero aun así, aunque lo sé, no logro cobrar ánimo. No puedo mostrar mis colores. No puedo mantenerme firme». Pues bien, a ti también tengo el mismo texto que traerte: «Cuando aún estábamos sin fuerzas, a su tiempo Cristo murió por los impíos». Si Pedro estuviera aquí, diría: «El Señor Jesús murió por mí aun cuando yo era una criatura tan pobre y débil que la criada que atizaba el fuego me arrastró a mentir, y a jurar que no conocía al Señor». Sí, Jesús murió por los que le abandonaron y huyeron. Aférrate con firmeza a esta verdad — «Cristo murió por los impíos cuando aún estaban sin fuerzas». Esta es tu salida de la cobardía. Haz que esto se labre en tu alma: «Cristo murió por mí», y pronto estarás listo para morir por Él. Cree esto: que Él padeció en tu lugar y en tu representación, y ofreció por ti una expiación plena, verdadera y satisfactoria. Si crees ese hecho, te verás forzado a sentir: «No puedo avergonzarme de Aquel que murió por mí». Una plena convicción de que esto es verdad te armará de un valor intrépido. Mira a los santos de la era de los mártires. En los primeros días del cristianismo, cuando este gran pensamiento del sobreabundante amor de Cristo resplandecía en toda su frescura en la iglesia, los hombres no solo estaban dispuestos a morir, sino que llegaban a ambicionar el sufrimiento, y aun se presentaban por centenares ante los tribunales de los gobernantes, confesando a Cristo. No digo que fueran sabios al buscar una muerte cruel; pero ello prueba lo que sostengo: que el sentido del amor de Jesús eleva la mente por encima de todo temor de lo que el hombre pueda hacernos. ¿Por qué no habría de producir el mismo efecto en ti? ¡Oh, si ahora te inspirara una valiente resolución de ponerte del lado del Señor, y ser su seguidor hasta el fin!

¡Que el Espíritu Santo nos ayude a llegar hasta aquí por la fe en el Señor Jesús, y todo estará bien!

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