Capítulo 10 · 1 min de lectura
¿Por qué somos salvos por la fe?
¿POR QUÉ SOMOS SALVOS POR LA FE?
¿POR QUÉ SE ELIGE la fe como el canal de la salvación? Sin duda esta pregunta se hace con frecuencia. «Por gracia sois salvos por medio de la fe» es, ciertamente, la doctrina de la Sagrada Escritura, y la ordenanza de Dios; pero ¿por qué es así? ¿Por qué se elige la fe, antes que la esperanza, o el amor, o la paciencia?
Nos conviene ser modestos al responder a semejante pregunta, porque los caminos de Dios no siempre han de comprenderse; ni se nos permite cuestionarlos con presunción. Humildemente responderíamos que, por lo que alcanzamos a discernir, la fe ha sido elegida como el canal de la gracia porque hay en la fe una adaptación natural para ser usada como receptora. Supongamos que voy a dar limosna a un pobre: se la pongo en la mano — ¿por qué? Pues bien, apenas sería apropiado ponérsela en el oído, o depositarla sobre su pie; la mano parece hecha a propósito para recibir. Así, en nuestra constitución mental, la fe es creada a propósito para ser receptora: es la mano del hombre, y hay una idoneidad en recibir la gracia por su medio.
Permíteme decir esto con toda claridad. La fe que recibe a Cristo es un acto tan sencillo como cuando tu hijo recibe una manzana de tu mano, porque tú se la tiendes y le prometes darle la manzana si viene por ella. La creencia y el recibir tienen que ver solo con una manzana; pero constituyen precisamente el mismo acto que la fe que trata con la salvación eterna. Lo que la mano del niño es para la manzana, eso es tu fe para la salvación perfecta de Cristo. La mano del niño no hace la manzana, ni mejora la manzana, ni merece la manzana; solo la toma; y la fe es elegida por Dios para ser la receptora de la salvación, porque no pretende crear la salvación, ni ayudar en ella, sino que se contenta con recibirla humildemente. «La fe es la lengua que ruega el perdón, la mano que lo recibe, y el ojo que lo ve; pero no es el precio que lo compra». La fe nunca se hace a sí misma su propio alegato; funda todo su argumento sobre la sangre de Cristo. Se vuelve una buena sierva para llevar al alma las riquezas del Señor Jesús, porque reconoce de dónde las sacó, y confiesa que solo la gracia se las confió.
La fe, además, es elegida sin duda porque da toda la gloria a Dios. Es por la fe, para que sea por gracia, y es por gracia, para que no haya jactancia; porque Dios no puede soportar el orgullo. «Al altivo conoce de lejos», y no tiene deseo alguno de acercarse a ellos. No dará la salvación de un modo que sugiera o fomente el orgullo. Pablo dice: «No por obras, para que nadie se gloríe». Ahora bien, la fe excluye toda jactancia. La mano que recibe una limosna no dice: «Se me debe agradecer por aceptar el don»; eso sería absurdo. Cuando la mano lleva el pan a la boca, no le dice al cuerpo: «Agradéceme, porque yo te alimento». Es cosa muy sencilla la que hace la mano, aunque muy necesaria; y jamás se arroga gloria a sí misma por lo que hace. Así, Dios ha elegido la fe para recibir el don inefable de su gracia, porque ella no puede atribuirse mérito alguno, sino que debe adorar al Dios lleno de gracia que es el dador de todo bien. La fe pone la corona sobre la cabeza que corresponde, y por eso el Señor Jesús solía poner la corona sobre la cabeza de la fe, diciendo: «Tu fe te ha salvado; vé en paz».
En segundo lugar, Dios elige la fe como el canal de la salvación porque es un método seguro, que enlaza al hombre con Dios. Cuando el hombre confía en Dios, hay un punto de unión entre ambos, y esa unión garantiza la bendición. La fe nos salva porque nos hace aferrarnos a Dios, y así nos pone en conexión con Él. A menudo he usado la siguiente ilustración, pero he de repetirla, porque no se me ocurre otra mejor. Me han contado que hace años una barca volcó más arriba de las cataratas del Niágara, y dos hombres eran arrastrados por la corriente, cuando unas personas en la orilla lograron hacerles llegar una cuerda flotando, cuerda que ambos asieron. Uno de ellos se aferró con firmeza a ella y fue llevado sano y salvo a la ribera; pero el otro, al ver venir flotando un gran tronco, soltó imprudentemente la cuerda y se aferró al tronco, porque era lo más grande de los dos, y en apariencia mejor para asirse. ¡Ay! El tronco, con el hombre encima, cayó de lleno por el vasto abismo, porque no había unión entre el tronco y la orilla. El tamaño del tronco de nada le sirvió al que lo aferró; hacía falta una conexión con la orilla para producir la seguridad. Así, cuando un hombre confía en sus obras, o en los sacramentos, o en cualquier cosa de esa índole, no será salvo, porque no hay unión entre él y Cristo; pero la fe, aunque pueda parecer como un cordel delgado, está en las manos del gran Dios que se halla del lado de la orilla; un poder infinito recoge la cuerda que conecta, y así libra al hombre de la destrucción. ¡Oh, la bienaventuranza de la fe, porque nos une a Dios!
La fe es elegida, además, porque toca los resortes de la acción. Aun en las cosas comunes, una fe de cierta clase está en la raíz de todo. Me pregunto si me equivocaré al decir que nunca hacemos nada sino por medio de alguna clase de fe. Si atravieso caminando mi estudio, es porque creo que mis piernas me sostendrán. Un hombre come porque cree en la necesidad del alimento; va a sus negocios porque cree en el valor del dinero; acepta un cheque porque cree que el banco lo hará efectivo. Colón descubrió América porque creyó que había otro continente más allá del océano; y los Padres Peregrinos la colonizaron porque creyeron que Dios estaría con ellos en aquellas costas rocosas. La mayoría de las grandes hazañas han nacido de la fe; para bien o para mal, la fe obra maravillas por medio del hombre en quien mora. La fe, en su forma natural, es una fuerza que todo lo domina, y que entra en toda clase de acciones humanas. Es posible que quien se burla de la fe en Dios sea el hombre que, en una forma perversa, tiene más fe; en efecto, suele caer en una credulidad que sería ridícula, si no fuera vergonzosa. Dios da la salvación a la fe, porque, al crear la fe en nosotros, toca así el verdadero resorte de nuestras emociones y acciones. Se ha adueñado, por así decirlo, de la batería, y ahora puede enviar la corriente sagrada a cada parte de nuestra naturaleza. Cuando creemos en Cristo, y el corazón ha venido a ser posesión de Dios, entonces somos salvos del pecado, y somos movidos hacia el arrepentimiento, la santidad, el celo, la oración, la consagración, y toda otra cosa llena de gracia. «Lo que el aceite es para las ruedas, lo que los contrapesos son para un reloj, lo que las alas son para un ave, lo que las velas son para un barco, eso es la fe para todos los deberes y servicios santos». Ten fe, y todas las demás gracias seguirán y continuarán manteniendo su curso.
La fe, además, tiene el poder de obrar por el amor; influye en los afectos hacia Dios, y arrastra el corazón tras las mejores cosas. El que cree en Dios, sin la menor duda, amará a Dios. La fe es un acto del entendimiento; pero procede también del corazón. «Con el corazón se cree para justicia»; y de ahí que Dios dé la salvación a la fe, porque ella habita junto a los afectos, y es muy cercana pariente del amor; y el amor es el padre y la nodriza de todo sentimiento y acto santo. Amar a Dios es obediencia, amar a Dios es santidad. Amar a Dios y amar al hombre es ser conformado a la imagen de Cristo; y esto es salvación.
Además, la fe crea paz y gozo; el que la tiene reposa, y está tranquilo, alegre y gozoso, y esto es una preparación para el cielo. Dios da todos los dones celestiales a la fe, por esta razón, entre otras: que la fe obra en nosotros la vida y el espíritu que han de manifestarse eternamente en el mundo superior y mejor. La fe nos provee de armadura para esta vida, y de educación para la vida venidera. Capacita al hombre tanto para vivir como para morir sin temor; lo prepara tanto para la acción como para el sufrimiento; y de ahí que el Señor la elija como el medio más conveniente para transmitirnos la gracia, y asegurarnos así para la gloria.
Ciertamente, la fe hace por nosotros lo que ninguna otra cosa puede hacer; nos da gozo y paz, y nos hace entrar en el reposo. ¿Por qué intentan los hombres alcanzar la salvación por otros medios? Un antiguo predicador dice: «Un sirviente necio, al que se le manda abrir una puerta, apoya el hombro contra ella y empuja con todas sus fuerzas; pero la puerta no se mueve, y no puede entrar, por más fuerza que emplee. Viene otro con una llave, y sin esfuerzo abre la cerradura, y entra con toda facilidad. Los que quisieran ser salvos por obras están empujando la puerta del cielo sin resultado; pero la fe es la llave que abre la puerta al instante». Lector, ¿no usarás esa llave? El Señor te manda creer en su amado Hijo, por tanto puedes hacerlo; y al hacerlo, vivirás. ¿No es esta la promesa del evangelio: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo»? (Marcos 16:16). ¿Qué objeción puedes tener a un camino de salvación que se recomienda por la misericordia y la sabiduría de nuestro Dios lleno de gracia?