Capítulo 4 · 4 min de lectura · 5 min de escucha
Un corazón nuevo
«Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne». — Ezequiel 36:26
Algunas personas entienden lo del perdón, dice Spurgeon, y su problema es otro: no pueden dejar de pecar. Intentan domar su propia naturaleza y no hay manera de domarla. Sus pensamientos se escapan, sus deseos son salvajes, su mal genio estalla, y sienten como si llevaran dentro «una guarida de fieras». Como una piedra lanzada al aire, un buen sermón los eleva y luego caen de golpe otra vez. Si ese eres tú, dice él, entonces qué bueno, porque una salvación que no se ocupara de esto no sería salvación en absoluto. «Queremos ser purificados tanto como perdonados». Un perdón sin cambio sería como declarar limpio a un leproso y dejarlo morir de su enfermedad.
Jesús vino a ocuparse del pecado de tres maneras, explica: su pena, su poder y, algún día, su presencia. La pena quedó resuelta en la cruz. El poder puede quebrarse ahora. Y para eso, Dios hace una promesa en Ezequiel; fíjate en que todo es un «yo haré»: Os daré corazón nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra. Tú no puedes cambiar tu propio corazón. Dios lo sabe. También sabe que él sí puede. Spurgeon lo compara con pararse al pie de las cataratas del Niágara y decir una palabra que haga que todo el río vuelva a subir por el precipicio. De ese tamaño es el cambio cuando Dios invierte la dirección de una vida humana.
Luego viene una imagen sencilla que tomó prestada de otro predicador. Observa a una gata: se lava con cuidado con las patas y la lengua. ¿Alguna vez has visto a un cerdo hacer eso? Puedes restregar a un cerdo, pero va a volver corriendo directo al lodo; quedarse limpio va contra su naturaleza. «La única manera de lograr que una cerda se lave a sí misma es transformarla en gata». Lo mismo pasa con nosotros. Puedes enseñarle a alguien buenos hábitos y darle un buen ejemplo, pero hasta que no tenga una naturaleza nueva, la santidad se siente como nadar contra la corriente. Una vez que Dios cambia el corazón, este empieza a ir en la otra dirección de forma natural. Un converso le dijo a Spurgeon: «O todo el mundo ha cambiado, o he cambiado yo». Él mismo lo había visto: ladrones vueltos honrados, borrachos sobrios, mentirosos veraces.
Describe el cambio con imágenes: «El león de la ira dará lugar al cordero de la mansedumbre». Donde todo era duro, las cosas se vuelven tiernas. «Yo no puedo hacer este cambio», dice alguno. La respuesta de Spurgeon: «¿Quién dijo que pudieras?». La promesa no trata de lo que tú harás. Trata de lo que Dios hará. Y si preguntas exactamente cómo lo hará Dios, vuelve a ser directo: «¿Qué te importa eso a ti?». El que hizo la promesa es el responsable de cumplirla.
Ahora bien, ¿de qué se trata esto en realidad? El cristianismo no es un plan de superación personal; es Dios dándote un corazón nuevo. La mayoría enfrentamos nuestros peores hábitos a pura fuerza de voluntad: una regla nueva, una promesa, una app, empezar de cero el lunes. A veces eso ayuda por un tiempo. Pero Spurgeon es honesto: no puedes llegar a tener otra naturaleza apretando los dientes. Al cerdo lo puedes lavar con manguera; sigue siendo un cerdo.
Eso no es una excusa para dejar de pelear. Es un cambio en dónde pones tu esperanza. En lugar de «Tengo que convertirme en otra persona antes de que Dios me acepte», es «Dios me acepta en Cristo y ha prometido hacerme alguien nuevo». El cambio puede sentirse lento. Pero si el corazón es nuevo, la dirección es nueva; y un corazón que Dios ha ablandado, dice él, no lo dejará volver a endurecerse como piedra.
Una cosa para hacer esta semana: elige ese pecado contra el que más te cansa perder. En lugar de solo hacerte otra promesa a ti mismo, ora con Ezequiel 36:26 por ese pecado, llamándolo por su nombre, todos los días de esta semana: «Tú dijiste que me darías un corazón nuevo. Hazlo aquí». Luego fíjate en los pequeños cambios en lo que de verdad quieres, no solo en lo que haces.
Preguntas para pensar
Piénsalo primero; luego toca una pregunta para ver una forma de responderla.
¿Qué quiere decir Spurgeon con la imagen de la gata y el cerdo?
A un cerdo lo puedes lavar, pero vuelve corriendo al lodo porque quedarse limpio va contra su naturaleza. La única manera de que se lave a sí mismo sería convertirlo en gata; así como una persona necesita una naturaleza nueva, no solo mejores hábitos.
Según Spurgeon, ¿cuáles son las tres cosas que Jesús vino a quitar?
La pena del pecado, el poder del pecado y, al fin, la presencia del pecado. El poder puede quebrarse ahora, cuando Dios da un corazón nuevo.
¿En qué áreas has estado confiando solo en tu fuerza de voluntad para cambiar? ¿Cómo sería confiar más bien en el «yo haré» de Dios?
La idea del capítulo: tú no puedes cambiar tu propio corazón, pero Dios ha prometido hacerlo. Sigue peleando contra el pecado, pero pon tu esperanza en lo que él ha dicho que hará, no en tu propia fuerza.
Capítulo 4 completado
Un corazón nuevo