Capítulo 17 · 9 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El camino a la unión divina
Es imposible alcanzar la unión divina por el camino de la meditación sola, ni siquiera por los afectos, ni por ninguna oración luminosa o comprendida. Hay varias razones. Estas son las principales.
Primero, según la Escritura, “Ningún hombre verá a Dios y vivirá” (Éxo. xxxiii. 20). Ahora bien, todos los ejercicios discursivos de oración, o aun de contemplación activa, considerados como un fin, y no como una preparación para la pasiva, son ejercicios de vida por los cuales no podemos ver a Dios, es decir, unirnos a Él. Todo lo que es del hombre, y de su propia industria, por noble y elevado que sea, debe morir.
San Juan nos dice que “hubo silencio en el cielo”. El cielo representa las profundidades y el centro del alma, donde todo debe estar en silencio cuando la majestad de Dios aparece. Todo lo que pertenece a nuestros propios esfuerzos, o a nosotros mismos de cualquier modo, debe ser destruido, porque nada se opone a Dios sino la apropiación, y toda la malignidad del hombre está en esta apropiación, que es la fuente de su mal; de modo que cuanto más pierde un alma su apropiación, más pura se vuelve.
En segundo lugar, para unir dos cosas tan opuestas como la pureza de Dios y la impureza de la criatura, la sencillez de Dios y la multiplicidad de la criatura, Dios debe obrar solo; porque esto nunca puede hacerse por el esfuerzo de la criatura, pues dos cosas no pueden unirse a menos que haya alguna relación o semejanza entre ellas, como un metal impuro nunca se uniría con uno que fuese puro y refinado.
¿Qué hace Dios entonces? Envía delante de Él su propia Sabiduría, como se enviará fuego sobre la tierra para consumir con su actividad toda la impureza que allí hay. El fuego consume todas las cosas, y nada resiste su actividad. Lo mismo ocurre con la Sabiduría; consume toda impureza en la criatura, para prepararla para la unión divina.
Esta impureza, tan opuesta a la unión, es la apropiación y la actividad. La apropiación, porque es la fuente de la impureza real que jamás puede unirse a la pureza esencial; como los rayos del sol pueden tocar el lodo pero no pueden unirse a él. La actividad, porque estando Dios en un reposo infinito, para que el alma pueda unirse a Él, debe participar de su reposo, sin el cual no puede haber unión, a causa de la desemejanza; y para unir dos cosas, deben estar en un reposo proporcionado.
Por esta razón el alma solo puede alcanzar la unión divina por el reposo de su voluntad; y solo puede unirse a Dios cuando está en un reposo central y en la pureza de su creación.
Para purificar el alma, Dios se sirve de la sabiduría como se usa el fuego para la purificación del oro. Es cierto que el oro solo puede purificarse por el fuego, que gradualmente consume todo lo que es terrenal y extraño, y lo separa del oro. No basta con que la tierra se cambie en oro; es necesario que el fuego lo funda y lo disuelva, para quitarle todo lo que es terrenal; y este oro se pone en el fuego tantas veces que pierde su impureza, y toda necesidad de purificación. Entonces es apto para ser empleado en la más excelente obra.
Y si este oro al fin resulta impuro, es porque ha contraído una nueva contaminación al entrar en contacto con otros cuerpos. Pero esta impureza es solo superficial, y no impide su uso; mientras que su impureza anterior estaba oculta dentro de él, y, por así decirlo, identificada con su naturaleza.
Además de esto, notarás que el oro de un grado inferior de pureza no puede mezclarse con el de una pureza superior. El uno ha de contraer la impureza del otro, o bien impartirle su propia pureza. Pon un oro refinado junto a uno sin refinar, ¿qué podrá hacer con ello el orfebre? Hará que se quite toda la impureza de la segunda pieza, para que pueda mezclarse con la primera. Esto es lo que nos dice san Pablo, que “el fuego probará la obra de cada uno, de qué clase sea”; añade que si la obra de alguno mereciese ser quemada, él será salvo “así como por fuego” (1 Cor. iii. 13, 15). Esto significa que, aunque hay algunas obras que son buenas, y que Dios recibe, sin embargo, para que quien las ha hecho sea puro, también ellas deben pasar por el fuego, a fin de que toda apropiación, es decir, todo lo que era suyo, les sea quitado. Dios juzgará nuestra justicia, porque “por las obras de la ley ninguna carne será justificada”, sino por “la justicia de Dios, que es por la fe” (Rom. iii. 20, 22).
Entendido esto, digo que, para que el hombre pueda unirse a su Dios, la sabiduría y la justicia divina, como un fuego implacable y devorador, deben quitarle toda apropiación, todo lo que es terrenal, carnal, y de su propia actividad; y habiéndole quitado todo esto, deben unirlo a Dios.
Esto nunca se logra por los trabajos de la criatura; al contrario, hasta le causa pesar, porque, como he dicho, el hombre ama tanto lo que es suyo, y teme tanto su destrucción, que si Dios no lo realizara Él mismo, y por su propia autoridad, el hombre nunca consentiría en ello.
Se objetará a esto que Dios nunca priva al hombre de su libertad, y que por tanto él siempre puede resistir a Dios; por cuya razón no debería decir que Dios obra absolutamente, sin el consentimiento del hombre. En explicación digo que basta con que el hombre dé un consentimiento pasivo, para que tenga entera y plena libertad; porque habiéndose al principio entregado a Dios, para que Él haga lo que quiera tanto con él como en él, dio desde entonces un asentimiento activo y general a todo lo que Dios pudiera hacer. Pero cuando Dios destruye, quema y purifica, el alma no ve que todo esto es para su provecho; más bien cree lo contrario: y como al principio el fuego parece empañar el oro, así esta operación parece despojar al alma de su pureza. De modo que si se requiriese un consentimiento activo y explícito, el alma hallaría dificultad en darlo, y a menudo no lo daría. Todo lo que hace es permanecer en un contentamiento pasivo, soportando esta operación lo mejor que puede, no pudiendo ni queriendo impedirla.
Dios purifica entonces a esta alma de todas las operaciones naturales, distintas y percibidas, de tal modo que al fin la hace cada vez más conforme a sí mismo, y luego uniforme, elevando la capacidad pasiva de la criatura, ampliándola y ennobleciéndola, aunque de una manera oculta e imperceptible, que se llama mística. Pero en todas estas operaciones el alma debe concurrir pasivamente, y a medida que la obra de Dios se hace más fuerte, el alma debe ceder continuamente a Él, hasta que la absorba por completo. No decimos, pues, como algunos afirman, que no deba haber acción; puesto que, al contrario, esta es la puerta; sino solamente que no debemos permanecer en ella, ya que el hombre debe tender hacia la perfección de su fin, y que nunca puede alcanzarlo sin dejar los primeros medios, los cuales, aunque fueron necesarios para introducirlo en el camino, lo estorbarían grandemente después, si se apegara obstinadamente a ellos. Esto es lo que dijo Pablo: “Olvido lo que queda atrás, y me extiendo a lo que está delante; prosigo hacia el blanco” (Fil. iii. 13, 14).
¿No consideraríamos falto de razón a quien, después de emprender un viaje, se detuviera en la primera posada, porque le aseguraron que varios habían pasado por ella, que algunos se habían alojado allí, y que el mesonero vivía allí? Lo que se le pide al alma, pues, es avanzar hacia su fin, tomar el camino más corto, no detenerse en el primer punto, y, siguiendo el consejo de san Pablo, dejarse “guiar por el Espíritu de Dios” (Rom. viii. 14), que la conducirá al fin para el cual fue creada, que es el gozo de Dios.
Es bien sabido que el bien soberano es Dios; que la bienaventuranza esencial consiste en la unión con Dios, y que esta unión no puede ser el resultado de nuestros propios esfuerzos, puesto que Dios solo se comunica al alma según su capacidad. No podemos unirnos a Dios sin pasividad y sencillez; y siendo esta unión la dicha, el camino que a ella conduce debe ser el mejor, y no puede haber riesgo en andar por él.
Este camino no es peligroso. Si lo fuera, Cristo no lo habría presentado como el más perfecto y necesario de todos los caminos. Todos pueden andar por él; y como todos son llamados a la bienaventuranza, todos son llamados al gozo de Dios, tanto en esta vida como en la venidera, puesto que el gozo de Dios es la bienaventuranza. Digo el gozo de Dios mismo, no de sus dones, que jamás pueden impartir la bienaventuranza esencial, por no poder satisfacer plenamente al alma, que está constituida de tal modo que ni aun los más ricos dones de Dios pueden contentarla del todo. El deseo de Dios es darse a nosotros, según la capacidad con que nos ha dotado; ¡y sin embargo tememos entregarnos a Dios! ¡Tememos poseerle, y estar preparados para la unión divina!
Decís: no debemos llevarnos a nosotros mismos a esta condición. Estoy de acuerdo en ello; pero digo también que nadie jamás podría llevarse a sí mismo a ella, puesto que ningún hombre podría jamás unirse a Dios por sus propios esfuerzos, y Dios mismo debe hacer la obra.
Decís que algunos pretenden haberla alcanzado. Digo que este estado no puede fingirse, como tampoco un hombre que se muere de hambre puede fingir por mucho tiempo estar satisfecho. Pronto se sabrá si los hombres han alcanzado o no este fin.
Puesto que, entonces, nadie puede llegar al fin a menos que sea llevado allí, no se trata de introducir a las personas en él, sino de mostrarles el camino que a él conduce, y de rogarles que no se detengan en aquellas prácticas que han de abandonarse cuando Dios lo mande.
¿No sería crueldad mostrar una fuente a un hombre sediento, y luego tenerlo atado, e impedirle ir a ella, dejándolo morir de sed? Eso es lo que se hace ahora. Estemos todos de acuerdo tanto en cuanto al camino como en cuanto al fin. El camino tiene su comienzo, su progreso y su término. Cuanto más avanzamos hacia el término, más nos alejamos del comienzo; y es imposible llegar al término sino alejándonos constantemente del punto de partida, no pudiendo ir de un lugar a otro sin pasar por todo lo que hay entre ellos: esto es incontestable.
¡Oh, cuán ciegos son la mayoría de los hombres, que se enorgullecen de su saber y su talento!
¡Oh Señor! ¡cuán verdad es que has escondido tus secretos de los sabios y entendidos, y los has revelado a los niños!