Capítulo 9 · 26 min de lectura · 33 min de escucha
Que contiene algunas reflexiones sobre la vida de Miranda y muestra cómo puede y debe ser imitada por todas las de su sexo
AHORA bien, esta vida de Miranda, que recomiendo de corazón a la imitación de las de su sexo, por contraria que pueda parecer a los usos y a la moda del mundo, es, sin embargo, conforme al verdadero espíritu del cristianismo y está fundada en sus doctrinas más claras.
Vivir como ella vive es tan verdaderamente conforme al Evangelio de Cristo como ser bautizado o recibir el Sacramento.
Su espíritu es el que animó a los santos de las edades pasadas; y es porque vivieron como ella vive por lo que ahora celebramos su memoria y alabamos a Dios por su ejemplo.
No hay nada caprichoso, frívolo ni irrazonable en su carácter, sino que todo lo que allí se describe es una muestra recta y apropiada de una piedad sólida y real.
Tan fácil es mostrar que es caprichoso ir a la iglesia o decir las oraciones como mostrar que es caprichoso observar cualquiera de estas reglas de vida. Porque todas las reglas de Miranda para vivir para Dios, para gastar su tiempo y su fortuna, para comer, trabajar, vestirse y conversar, son partes tan sustanciales de una vida razonable y santa como la devoción y la oración.
Porque no hay nada que pueda decirse en favor de la sabiduría de la sobriedad, de la sabiduría de la devoción, de la sabiduría de la caridad o de la sabiduría de la humildad que no sea un argumento igualmente bueno en favor del uso sabio y razonable del vestido.
Ni puede decirse nada contra la necedad del lujo, la necedad de la sensualidad, la necedad del despilfarro, la necedad de la prodigalidad, la necedad de la ambición, de la ociosidad o de la complacencia de uno mismo, que no deba decirse contra la necedad en el vestir. Porque a la religión le atañe tan profundamente lo uno como lo otro.
Si puedes ser vanidoso en una cosa, puedes serlo en todas; porque una clase de vanidad solo se diferencia de otra como una clase de intemperancia se diferencia de otra.
Si gastas tu fortuna en las galas innecesarias y vanas del vestido, no puedes condenar la prodigalidad, ni el despilfarro, ni el lujo, sin condenarte a ti mismo.
Si te imaginas que es tu única necedad, y que por tanto no puede haber en ella gran cosa, eres como los que piensan que solo son culpables de la necedad de la avaricia o de la necedad de la ambición. Ahora bien, aunque algunas personas puedan llevar una vida tan aparentemente intachable que parezcan no tener otra falta que la avaricia o la ambición, la realidad no es como parece; porque la avaricia o la ambición no pueden subsistir en un corazón que, en los demás respectos, esté rectamente consagrado a Dios.
Del mismo modo, aunque algunas personas puedan gastar la mayor parte de lo que tienen en adornos del vestido innecesarios y costosos y, sin embargo, parecer verdaderamente piadosas en todo lo demás, eso es ciertamente falso; porque es tan imposible que un alma que está en un verdadero estado de religión sea vanidosa en el uso de la ropa como que sea vanidosa en el uso de las limosnas o de las devociones. Ahora bien, para convencerte de esto por tus propias reflexiones, supongamos que algún santo eminente, como por ejemplo la santa Virgen María, fuera enviado al mundo para estar de nuevo unos pocos años en estado de prueba, y que tú fueras a verla para edificarte con su gran piedad: ¿esperarías encontrarla engalanada y adornada con vestidos finos y costosos? No. Sabrías en tu propia mente que eso sería tan imposible como encontrarla aprendiendo a bailar. Basta con que añadas «santo» o «santa» a cualquier persona, sea hombre o mujer, y tu propia mente te dice inmediatamente que semejante carácter no puede admitir la vanidad de las galas. Un santo vestido con elegancia es un disparate tan grande como un apóstol con un traje bordado; el sentido natural de cada uno lo convence de la incongruencia de estas cosas.
Ahora bien, ¿cuál es la razón de que, cuando piensas en un santo o en un siervo eminente de Dios, no puedas admitir la vanidad en el vestir? ¿No es porque es incompatible con un estado tan recto del corazón, con una piedad tan verdadera y elevada? ¿Y no es, por tanto, una demostración de que, donde se admite tal vanidad, allí necesariamente falta un estado recto del corazón, una piedad verdadera y elevada? Porque tan cierto como que la santa Virgen María no podía complacerse a sí misma ni conformarse a la vanidad del mundo en el vestir y en la apariencia, así de cierto es que nadie puede complacerse en esta vanidad sino los que carecen de su piedad de corazón; y, por consiguiente, hay que reconocer que toda gala innecesaria y costosa del vestido es efecto de un corazón desordenado, que no está gobernado por el verdadero espíritu de la religión.
La avaricia no es un delito porque haya algún mal en el oro o en la plata, sino porque supone un estado del alma necio e irrazonable, que ha caído de su verdadero bien y se ha hundido en una satisfacción tan pobre y miserable.
Del mismo modo, las galas costosas del vestido no son un delito porque haya algo bueno o malo en la ropa, sino porque los adornos costosos del vestido muestran un estado del corazón necio e irrazonable, que ha caído de las nociones rectas acerca de la naturaleza humana, que abusa del fin del vestido y convierte las necesidades de la vida en otras tantas muestras de orgullo y necedad.
Todo el mundo está de acuerdo en condenar a los petimetres notorios. Ahora bien, ¿cuál es la razón de esto? ¿Es porque haya algo pecaminoso en su vestido particular o en sus modales afectados? No; sino porque todo el mundo sabe que eso muestra el estado del alma de un hombre, y que es imposible que un exterior tan ridículo tenga dentro algo sabio, razonable o bueno. Y, en verdad, suponer un petimetre de gran piedad es tan disparatado como suponer un cobarde de gran valor. De modo que todo el mundo está de acuerdo en reconocer que el uso y la manera de vestir son una señal del estado del alma de un hombre y, por consiguiente, una cosa sumamente esencial para la religión. Pero entonces debe considerarse bien que, así como no solo el borracho es culpable de intemperancia, sino todo aquel que traspasa la medida recta y religiosa en el comer y el beber, así también debe considerarse que no solo el petimetre es culpable de la vanidad y el abuso del vestido, sino todo aquel que se aparta de los fines razonables y religiosos del vestir.
Por tanto, así como todo argumento contra la embriaguez es un argumento igualmente bueno contra toda clase de intemperancia, así todo argumento contra la vanidad de los petimetres es un argumento igualmente bueno contra toda vanidad y abuso del vestido. Porque todas son de la misma especie, y solo se diferencian como un grado de intemperancia puede diferenciarse de otro. La que solo se pinta un poco puede acusar con la misma justicia a otra porque se pinta mucho, que la que usa solo las galas comunes del vestido puede acusar a otra que se excede en sus galas.
Porque, así como en materia de templanza no hay más regla que la sobriedad conforme a las doctrinas y al espíritu de nuestra religión, así en materia de vestido no hay más regla que observar sino un uso recto de la ropa estrictamente conforme a las doctrinas y al espíritu de nuestra religión. Pretender hacer de los usos del mundo nuestra medida en estas cosas es tan débil y absurdo como hacer de los usos del mundo la medida de nuestra sobriedad, abstinencia o humildad. Es una pretensión sumamente absurda en boca de cristianos, que deben estar tan lejos de conformarse a las modas de esta vida que el haber vencido al mundo se ha hecho una señal esencial del cristianismo.
Este es, por tanto, el modo en que has de juzgar el delito del vestido vano: has de considerarlo como una ofensa contra el uso apropiado de la ropa, como la avaricia es una ofensa contra el uso apropiado del dinero; has de considerarlo como una complacencia en disposiciones orgullosas e irrazonables, como una ofensa contra la humildad y la sobriedad del espíritu cristiano; has de considerarlo como una ofensa contra todas aquellas doctrinas que te exigen hacerlo todo para la gloria de Dios, que te exigen hacer un uso recto de tus talentos; has de considerarlo como una ofensa contra todos aquellos textos de la Escritura que te mandan amar a tu prójimo como a ti mismo, dar de comer al hambriento, vestir al desnudo y hacer todas las obras de caridad que puedas; de modo que no debes engañarte diciendo: ¿Qué mal puede haber en la ropa?, pues el avaro podría igualmente decir: ¿Qué mal puede haber en el oro o en la plata?; sino que has de considerar que es un mal muy grande carecer de ese estado del corazón sabio, razonable y humilde que es conforme al espíritu de la religión, y que nadie puede tener como debe tenerlo si se complace en la vanidad del vestido o en el deseo de las riquezas.
Por tanto, no hay nada recto en el uso de la ropa, ni en el uso de ninguna otra cosa del mundo, sino la llaneza y la sencillez del Evangelio. Cualquier otro uso de las cosas (por distinguido y elegante que sea en el mundo) distrae y desordena el corazón, y es incompatible con ese estado interior de piedad, esa pureza de corazón, esa sabiduría de la mente y ese orden de los afectos que exige el cristianismo.
Si quieres ser un buen cristiano, no hay más que un camino: debes vivir enteramente para Dios; y si quieres vivir enteramente para Dios, debes vivir conforme a la sabiduría que viene de Dios; debes obrar conforme a juicios rectos sobre la naturaleza y el valor de las cosas; debes vivir en el ejercicio de afectos santos y celestiales, y usar todos los dones de Dios para su alabanza y gloria.
Algunas personas, quizá, que admiran la pureza y la perfección de esta vida de Miranda, dirán: ¿Cómo puede proponerse como ejemplo común? ¿Cómo podemos nosotras, que estamos casadas, o nosotras, que estamos bajo la dirección de nuestros padres, imitar semejante vida?
Se responde: Del mismo modo que puedes imitar la vida de nuestro bendito Salvador y de sus apóstoles. Las circunstancias de la vida de nuestro Salvador, y el estado y la condición de sus apóstoles, eran más diferentes de los tuyos que los de Miranda; y, sin embargo, su vida, la pureza y la perfección de su conducta, es el ejemplo común que se propone a todos los cristianos.
Es, pues, su espíritu, su piedad, su amor de Dios lo que has de imitar, y no la forma particular de su vida.
Obra ante Dios como ellos obraron, dirige tus acciones comunes al mismo fin al que ellos dirigían las suyas, glorifica tu propio estado con un amor de Dios, una caridad hacia tu prójimo, una humildad y una negación de ti mismo como las suyas; y entonces, aunque tú solo estés enseñando a tus propios hijos y san Pablo esté convirtiendo naciones enteras, estarás siguiendo sus pisadas y obrando según su ejemplo.
No pienses, pues, que no puedes ser como Miranda, o que no necesitas serlo, porque no te encuentras en su estado de vida; porque, así como el mismo espíritu y la misma disposición habrían hecho de Miranda una santa aunque se hubiera visto obligada a trabajar para ganarse el sustento, así, si tan solo aspiras a su espíritu y a su disposición, toda forma y condición de vida te proporcionará medios suficientes para ejercitarlos.
Miranda es lo que es porque lo hace todo en el Nombre de Dios y con la mira puesta en su deber hacia él; y cuando tú hagas lo mismo, serás exactamente como ella, por muy diferente que seas de ella en el estado exterior de tu vida.
Estás casada, dices; por tanto, no tienes tu tiempo y tu fortuna a tu disposición como los tiene ella.
Es muy cierto; y por eso no puedes gastar tanto tiempo ni tanto dinero de la manera en que ella lo hace.
Pero la perfección de Miranda no consiste en esto, en que gaste tanto tiempo o tanto dinero de esa manera, sino en que tiene cuidado de hacer el mejor uso de todo ese tiempo y de toda esa fortuna que Dios ha puesto en sus manos. Haz tú, pues, el mejor uso de todo el tiempo y el dinero que están a tu disposición, y entonces serás como Miranda.
Si ella tiene doscientas libras al año y tú solo tienes dos blancas, ¿no tienes tanta más razón para ser sumamente exacta en el uso más sabio de ellas? Si ella tiene mucho tiempo y tú solo un poco, ¿no deberías ser tanto más vigilante y circunspecta, no sea que ese poco se pierda?
Decís que, si imitarais la limpia sencillez y la baratura de su vestido, ofenderíais a vuestros maridos.
Primero, aseguraos muy bien de que esto es verdad antes de convertirlo en excusa.
En segundo lugar, si vuestros maridos os exigen de verdad que os pongáis lunares postizos en la cara, que mostréis el pecho desnudo y que seáis vistosas y costosas en todo vuestro vestido, entonces tomad estas dos resoluciones:
Primera: absteneros de todo esto en cuanto vuestros maridos os lo permitan.
Segunda: poner vuestro máximo empeño en ganaros su afecto con virtudes tan sólidas que puedan corregir la vanidad de su mente, y enseñarles a amaros por cualidades que os hagan amables a los ojos de Dios y de sus santos ángeles.
En cuanto a esta doctrina sobre la sencillez y la modestia del vestido, quizá algunos piensen que queda suficientemente refutada con preguntar si todas las personas han de vestirse de la misma manera.
Estas preguntas suelen hacerlas quienes prefieren enredar las verdades más claras antes que verse obligados a seguirlas.
Supongamos que yo hubiera recomendado una sencillez universal en la comida. ¿No es cosa bastante razonable para recomendarse universalmente? Pero ¿se seguiría de ahí que el noble y el jornalero hubieran de vivir del mismo alimento?
Supongamos que yo hubiera insistido en una templanza universal: ¿no justifica bastante la religión semejante doctrina? Pero ¿se seguiría por eso que todos hubieran de beber los mismos licores y en la misma cantidad?
Del mismo modo, aunque se recomiende a todos la sencillez y la sobriedad en el vestir, de ningún modo se sigue que todos hayan de vestirse de la misma manera.
Ahora bien, ¿cuál es la regla particular respecto de la templanza? ¿Cómo conservarán su templanza las personas particulares que usan licores diferentes y en cantidades diferentes?
¿No es esta la regla? ¿No han de guardarse de la complacencia, hacer de su uso de las bebidas un asunto de conciencia y no permitirse más refrigerio que el que sea compatible con las reglas más estrictas de la sobriedad cristiana?
Ahora traslada esta regla al asunto del vestido, y todas las preguntas sobre él quedan respondidas.
Que cada uno se guarde tan solo de la vanidad en el vestir, que haga tan solo de su uso de la ropa un asunto de conciencia, que desee tan solo hacer el mejor uso de su dinero; y entonces cada uno tiene una regla suficiente para dirigirlo en cualquier estado de la vida. Esta regla no permitirá a los grandes ser vanidosos en su vestido más de lo que les permitirá ser intemperantes en sus bebidas; y, sin embargo, dejará que sea tan lícito tener alguna diferencia en el vestido como tener alguna diferencia en la bebida.
Pero ¿dirás ahora que puedes usar los vinos más finos y más ricos cuando y como te plazca; que puedes gastar en ellos cuanto se te antoje, porque están permitidas bebidas diferentes? Si no, ¿cómo puede decirse que puedes usar la ropa como te plazca y llevar las cosas más ricas que puedas conseguir, porque la mera diferencia de vestidos es lícita?
Pues así como la licitud de bebidas diferentes no deja lugar, ni excusa alguna, para el más pequeño grado de intemperancia en el beber, así la licitud de vestidos diferentes no deja lugar, ni excusa alguna, para los más pequeños grados de vanidad en el vestir.
Preguntar qué es la vanidad en el vestir no es una pregunta más desconcertante que preguntar qué es la intemperancia en el beber. Y aunque la religión no fija aquí la medida particular para cada individuo, da, sin embargo, reglas generales tales que son dirección suficiente en cualquier estado de la vida.
El que deja que la religión le enseñe que el fin de la bebida es solo refrescar nuestros ánimos lo necesario para conservarnos en buena salud y hacer el alma y el cuerpo más aptos para todos los oficios de una vida santa y piadosa, y que ha de desear glorificar a Dios mediante el recto uso de esta libertad, sabrá siempre qué es la intemperancia en su estado particular.
Así también, el que deja que la religión le enseñe que el fin del vestido es solo cubrir nuestra vergüenza y desnudez y proteger nuestro cuerpo de las inclemencias del tiempo, y que ha de desear glorificar a Dios mediante un uso sobrio y sabio de esta necesidad, sabrá siempre qué es la vanidad en el vestir en su estado particular.
Y el que considera un remilgo innecesario hablar del uso religioso del vestido tiene tanta razón para considerar un remilgo innecesario hablar del uso religioso de las bebidas. Porque el lujo y la complacencia en el vestir son un abuso tan grande como el lujo y la complacencia en el comer y el beber. Y no hay modo de evitar ni lo uno ni lo otro sino haciendo de la religión la medida estricta de lo que nos permitimos en ambos casos. Y no hay nada en la religión que mueva a un hombre a esta piadosa exactitud en un caso que no sea un motivo igualmente bueno para la misma exactitud en el otro.
Además, así como no todas las cosas lícitas son por eso convenientes, así también hay algunas cosas lícitas en el uso de las bebidas y del vestido que, absteniéndose de ellas con fines piadosos, pueden convertirse en medios de gran perfección.
Así, por ejemplo, si un hombre se negara un uso de las bebidas que es lícito; si se abstuviera de un gasto en su bebida que podría permitirse sin pecado; si hiciera esto no solo por causa de una negación de sí mismo más piadosa, sino para poder socorrer y aliviar a los desvalidos, a los pobres y a los enfermos; si otro se abstuviera del uso de lo que es lícito en el vestir, si fuera más frugal y humilde en su atuendo de lo que las necesidades de la religión absolutamente exigen; si hiciera esto no solo como medio de una humildad mejor, sino para estar más en condiciones de vestir a otros; de estas personas podría decirse que hacen lo que es sumamente conforme al verdadero espíritu de la ley de Cristo, aunque no sea absolutamente exigido por su letra.
Pues si los que dan un vaso de agua fría a un discípulo de Cristo no perderán su recompensa [Mateo 10:42], ¡cuán queridos deben de ser para Cristo los que a menudo se dan a sí mismos agua para poder dar vino a los miembros enfermos y desfallecidos del cuerpo de Cristo!
Pero volvamos. Todo lo que aquí se ha dicho a las mujeres casadas puede servir de igual instrucción a las que todavía están bajo la dirección de sus padres.
Ahora bien, aunque la obediencia que se debe a los padres no las obliga a no llevar sus virtudes más alto de lo que sus padres les piden, su obediencia, sin embargo, les exige someterse a su dirección en todas las cosas que no sean contrarias a las leyes de Dios.
Si, por tanto, tus padres te exigen vivir más conforme a la moda y al trato del mundo, o gastar más en tu vestido y en tu persona, o disponer de tu tiempo de otro modo que el que conviene a tus deseos de mayor perfección, debes someterte y llevarlo como tu cruz, hasta que tengas libertad para seguir los consejos más altos de Cristo y esté en tu mano escoger los mejores caminos para elevar tu virtud a su mayor altura.
Ahora bien, aunque mientras estés en este estado puedas verte obligada a renunciar a algunos medios de mejorar tu virtud, hay sin embargo otros que se encuentran en él y que no se tienen en una vida de mayor libertad.
Porque si en este estado, en que la obediencia es una virtud tan grande, accedes en todas las cosas lícitas por un sentido piadoso y tierno del deber, entonces las cosas que así haces, en vez de ser estorbos para tu virtud, se convierten en medios de mejorarla.
Lo que pierdes al verte impedida de las cosas que escogerías observar lo ganas por esa excelente virtud de la obediencia, al acceder humildemente en contra de tu inclinación.
Ahora bien, lo que aquí se concede es solo en las cosas lícitas, y por eso se exceptúa aquí la diversión de nuestro teatro inglés, del que en otro lugar se ha probado, según creo, que es absolutamente ilícito.
Baste esto para mostrar cómo las personas que están bajo la dirección de otros pueden imitar la vida sabia y piadosa de Miranda.
Pero en cuanto a los que son enteramente dueños de sí mismos, si la libertad de su estado los lleva a procurar los mejores dones, si los conduce a escoger los caminos más excelentes, si, teniéndolo todo en su poder, convirtieran toda la forma de su vida en un ejercicio ordenado de las más altas virtudes, ¡dichosos los que así han aprendido a Cristo!
No todos pueden recibir esta palabra. Los que son capaces de recibirla, recíbanla, y bendigan a ese Espíritu de Dios que ha puesto tan buenos impulsos en sus corazones.
Dios puede ser servido y glorificado en cualquier estado de la vida. Pero así como hay algunos estados de la vida más deseables que otros, que purifican más nuestra naturaleza, que mejoran más nuestras virtudes y nos consagran a Dios de una manera más alta, así los que tienen libertad para escoger por sí mismos parecen llamados por Dios a estar más eminentemente consagrados a su servicio.
Desde el comienzo mismo del cristianismo ha habido dos órdenes, o rangos de personas, entre los buenos cristianos.
El uno, que temía y servía a Dios en los oficios y quehaceres comunes de una vida seglar y mundana.
El otro, que, renunciando a los quehaceres comunes y a los goces comunes de la vida, como las riquezas, el matrimonio, los honores y los placeres, se consagraba a la pobreza voluntaria, la virginidad, la devoción y el retiro, para vivir de este modo enteramente para Dios en el ejercicio diario de una vida divina y celestial.
Este testimonio lo tengo del famoso historiador eclesiástico Eusebio, que vivió en tiempos del primer Concilio General, cuando se estableció la fe de nuestro Credo Niceno, cuando la Iglesia estaba en su mayor gloria y pureza, cuando sus obispos eran otros tantos santos padres y santos eminentes.
«Por eso —dice— se han instituido en la Iglesia de Cristo dos caminos, o maneras, de vivir. El uno, elevado por encima del estado ordinario de la naturaleza y de los modos comunes de vivir, rechaza el matrimonio, las posesiones y los bienes mundanos y, enteramente separado y apartado del trato ordinario de la vida común, se dedica y consagra solo al culto y al servicio de Dios, por un grado extraordinario de amor celestial.
«Los que pertenecen a este orden de personas parecen muertos a la vida de este mundo y, teniendo solo el cuerpo sobre la tierra, moran en el cielo con la mente y la contemplación. Desde allí, como otros tantos habitantes del cielo, contemplan desde lo alto la vida humana, haciendo intercesiones y ofrendas a Dios todopoderoso por todo el linaje humano. Y esto no con sangre de animales, ni con grasa, ni con humo y quema de cuerpos, sino con los más altos ejercicios de la verdadera piedad, con corazones limpios y purificados y con toda una forma de vida estrictamente consagrada a la virtud. Estos son sus sacrificios, que ofrecen continuamente a Dios, implorando su misericordia y su favor para sí mismos y para sus semejantes.
«El cristianismo acoge este como el modo perfecto de vida.
«El otro es de una forma inferior y, acomodándose más a la condición de la naturaleza humana, admite el casto matrimonio, el cuidado de los hijos y de la familia, el comercio y los negocios, y recorre todas las ocupaciones de la vida con un sentido de piedad y de temor de Dios.
«Ahora bien, los que han escogido esta manera de vivir tienen sus tiempos fijos para el retiro y los ejercicios espirituales, y se apartan días particulares para que oigan y aprendan la palabra de Dios. Y este orden de personas se considera como en el segundo estado de la piedad». [Eusebio, Dem. Evan. l. i. c. 8]
Así habla este docto historiador.
Si, por tanto, personas de uno u otro sexo, movidas por la vida de Miranda y deseosas de perfección, se unieran en pequeñas sociedades, profesando la pobreza voluntaria, la virginidad, el retiro y la devoción, viviendo de lo estrictamente necesario, para que algunos fueran socorridos por sus caridades y todos fueran bendecidos por sus oraciones y beneficiados por su ejemplo; o si, a falta de esto, practicaran la misma manera de vivir en el grado más alto que pudieran por sí solas, tales personas estarían tan lejos de poder ser acusadas de superstición alguna o de devoción ciega, que con justicia podría decirse de ellas que restauran aquella piedad que fue el orgullo y la gloria de la Iglesia cuando vivían sus más grandes santos.
Ahora bien, así como este docto historiador observa que era un grado extraordinario de amor celestial el que elevaba a estas personas tan por encima de los modos comunes de vivir hasta un estado tan eminente de santidad, así no ha de causar asombro que la religión de Jesucristo llene los corazones de muchos cristianos de este alto grado de amor.
Porque una religión que abre tal escenario de gloria, que descubre cosas tan infinitamente por encima de todo el mundo, que triunfa así sobre la muerte, que nos asegura tales moradas de dicha, donde tan pronto seremos como los ángeles de Dios en el cielo; ¿qué tiene de extraño que tal religión, tales verdades y tales esperanzas destruyan en algunas almas santas todos los deseos terrenales y hagan del amor ardiente a las cosas celestiales la única pasión continua de sus corazones?
Si la religión de los cristianos se funda en la humillación infinita, en las crueles burlas y azotes, en los prodigiosos sufrimientos, en la vida pobre y perseguida y en la muerte dolorosa de un Hijo de Dios crucificado, ¿qué tiene de extraño que muchos humildes adoradores de este profundo misterio, muchos amantes afectuosos de un Señor crucificado, renuncien a su parte de los placeres mundanos y se entreguen a un curso continuo de mortificación y de negación de sí mismos, para que, padeciendo así con Cristo aquí, reinen con él en el más allá?
Si la verdad misma nos ha asegurado que solo una cosa es necesaria, ¿qué tiene de extraño que haya entre los cristianos algunos tan llenos de fe que crean esto en el sentido más alto de las palabras y deseen tal separación del mundo que su cuidado y su atención a la única cosa necesaria no se vean interrumpidos?
Si nuestro bendito Señor ha dicho: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme» [Mateo 19:21], ¿qué tiene de extraño que haya entre los cristianos algunos seguidores de Cristo tan celosos, tan atentos al tesoro celestial, tan deseosos de perfección, que renuncien al disfrute de sus haciendas, escojan una pobreza voluntaria y socorran a todos los pobres que puedan?
Si el instrumento escogido, san Pablo, ha dicho: «El soltero tiene cuidado de las cosas que son del Señor, de cómo agradar al Señor», y que «hay asimismo diferencia entre la casada y la doncella: la doncella tiene cuidado de las cosas del Señor, para ser santa así en el cuerpo como en el espíritu» [1 Corintios 7:32-34], ¿qué tiene de extraño que la pureza y la perfección del estado virginal hayan sido la alabanza y la gloria de la Iglesia en sus primeras y más puras edades? ¿Que siempre haya habido algunos tan deseosos de agradar a Dios, tan celosos de todo grado de pureza y perfección, tan contentos con cualquier medio de mejorar su virtud, que hayan renunciado a los consuelos y goces del matrimonio para aderezar sus lámparas, purificar sus almas y esperar en Dios en un estado de virginidad perpetua?
Y si en estos días nuestros nos faltan ejemplos de estos diversos grados de perfección, si ni el clero ni los laicos tienen bastante de este espíritu; si nos hemos apartado tanto de él que un hombre parece, como san Pablo en Atenas, predicador de doctrinas extrañas [Hechos 17:18] cuando recomienda la negación de uno mismo, la renuncia al mundo, la devoción ordenada, el retiro, la virginidad y la pobreza voluntaria, es porque hemos caído en una época en que el amor no solo de muchos, sino de la mayoría, se ha enfriado.
He hecho esta pequeña apelación a la antigüedad, y he citado estos pocos pasajes de la Escritura, para apoyar algunas prácticas poco comunes de la vida de Miranda; y para mostrar que sus más altas reglas de vida santa, su devoción, su negación de sí misma, su renuncia al mundo, su caridad, su virginidad, su pobreza voluntaria, se fundan en los consejos más sublimes de Cristo y de sus apóstoles, convienen a las altas esperanzas de otra vida, son muestras propias de un amor celestial, y todas fueron seguidas por los más grandes santos de las mejores y más puras edades de la Iglesia.
«El que tiene oídos para oír, oiga». [Mateo 11:15]
Capítulo 9 completado
Que contiene algunas reflexiones sobre la vida de Miranda y muestra cómo puede y debe ser imitada por todas las de su sexo