Capítulo 10 · 31 min de lectura · 40 min de escucha
Se muestra cómo todos los órdenes y rangos de hombres y mujeres, de todas las edades, están obligados a consagrarse a Dios
En los capítulos anteriores he recorrido los diversos grandes ejemplos de la devoción cristiana, y he mostrado que todas las partes de nuestra vida común, nuestras ocupaciones, nuestros talentos y los dones de la fortuna, han de hacerse santos y aceptables a Dios mediante un uso sabio y religioso de todas las cosas, y dirigiendo nuestras acciones y propósitos a fines tales que convengan a la honra y la gloria de Dios.
Mostraré ahora que esta regularidad de la devoción, esta santidad de la vida común, este uso religioso de todo lo que tenemos, es una devoción que constituye el deber de todos los órdenes del pueblo cristiano.
Fulvius ha recibido una educación esmerada y ha obtenido sus grados en la universidad; salió de allí para verse libre de toda regla de vida. No acepta ningún empleo ni se mete en ningún negocio, porque piensa que todo empleo o negocio llama a las personas al cuidadoso cumplimiento y justo desempeño de sus diversos deberes. Cuando se pone serio, te dirá que no recibió las órdenes sagradas porque las tiene por un estado que exige gran santidad de vida, y que no va con su carácter ser tan bueno. Te dirá que nunca piensa casarse, porque no puede obligarse a esa regularidad de vida y buena conducta que considera deber de quienes están al frente de una familia. Se negó a ser padrino de su sobrino, porque no quiere tener encomienda de ninguna clase de la que deba dar cuenta.
Fulvius cree que es escrupuloso de conciencia en esta conducta, y por eso se contenta con la vida más ociosa, impertinente y descuidada.
No tiene religión, ni devoción, ni pretensiones de piedad. No vive según regla alguna, y piensa que todo va muy bien, porque no es sacerdote, ni padre, ni tutor, ni tiene empleo ni familia de los que ocuparse.
Pero, Fulvius, tú eres una criatura racional y, como tal, estás tan obligado a vivir conforme a la razón y al orden como un sacerdote está obligado a atender al altar, o un tutor a ser fiel a su encomienda: si vives contra la razón, no cometes un crimen pequeño, no quebrantas una encomienda pequeña; sino que quebrantas la ley de tu naturaleza, te rebelas contra Dios, que te dio esa naturaleza, y te pones entre aquellos a quienes el Dios de la razón y del orden castigará como apóstatas y desertores.
Aunque no tengas empleo, sin embargo, como has sido bautizado en la profesión de la religión de Cristo, estás tan obligado a vivir conforme a la santidad del espíritu cristiano y a cumplir todas las promesas hechas en tu bautismo como cualquier hombre está obligado a ser honrado y fiel en su oficio. Si abusas de este gran llamamiento, no eres infiel en una cosa pequeña, sino que abusas de la preciosa sangre de Cristo; crucificas de nuevo al Hijo de Dios; desprecias las más altas muestras de la bondad divina; deshonras a la Iglesia de Dios; mancillas el cuerpo de Cristo; abusas de los medios de gracia y de las promesas de gloria; y en el día del juicio el castigo será más tolerable para Tiro y para Sidón que para ti.
Es, por tanto, gran necedad que alguien se crea libre de vivir como le plazca porque no está en un estado de vida como el de otros; pues si hay algo terrible en el abuso de cualquier encomienda, si hay algo que temer por el descuido de cualquier oficio, nada hay más temible que el mal uso de nuestra razón, ni nada más espantoso que el descuido de nuestro llamamiento cristiano, que no es para servir a los pequeños fines de una vida breve, sino para redimir almas para Dios, llenar el cielo de santos y completar un reino de gloria eterna para Dios.
Nadie, por tanto, debe creerse dispensado de la exactitud de la piedad y de la moral porque haya escogido ser ocioso e independiente en el mundo; pues las exigencias de una vida razonable y santa no se fundan en las diversas condiciones y ocupaciones de esta vida, sino en la naturaleza inmutable de Dios y en la naturaleza del hombre. Un hombre no ha de ser razonable y santo porque sea sacerdote o padre de familia; sino que ha de ser un sacerdote piadoso y un buen padre porque la piedad y la bondad son las leyes de la naturaleza humana. Si alguien pudiera agradar a Dios sin vivir conforme a la razón y al orden, nada habría que desagradara a Dios en un sacerdote ocioso o en un padre réprobo. Por tanto, el que abusa de su razón es como el que abusa del sacerdocio; y el que descuida la santidad de la vida cristiana es como el hombre que desatiende la encomienda más importante.
Si un hombre escogiera sacarse los ojos antes que gozar de la luz y ver las obras de Dios; si se matara voluntariamente negándose a comer y a beber, todo el mundo reconocería que tal hombre era un rebelde contra Dios que merecía justamente su más alta indignación. No dirías que esto era pecado solo en un sacerdote o en un padre de familia, sino en todo hombre como tal.
Ahora bien, ¿en qué consiste el carácter pecaminoso de esta conducta? ¿No consiste en esto: en que abusa de su naturaleza y se niega a desempeñar el papel para el cual Dios lo creó? Pero, si esto es cierto, entonces todas las personas que abusan de su razón, que desempeñan un papel distinto de aquel para el cual Dios las creó, son, como este hombre, rebeldes contra Dios, y por la misma razón están sujetas a su ira.
Supongamos que este hombre, en lugar de sacarse los ojos, solo los hubiera empleado en mirar cosas ridículas, o los hubiera cerrado en el sueño; que, en lugar de matarse de hambre no comiendo nada, convirtiera cada comida en un festín y comiera y bebiera como un epicúreo: ¿podría decirse que había vivido más para la gloria de Dios? ¿Podría decirse que desempeñaba más el papel para el cual Dios lo había creado que si se hubiera sacado los ojos y se hubiera dejado morir de hambre?
Ahora bien, supón tan solo a un hombre que obra irracionalmente; supón tan solo que apaga su razón en vez de sacarse los ojos, y que vive en un curso de necedad e impertinencia en vez de dejarse morir de hambre; y entonces habrás encontrado a un rebelde contra Dios igual de grande.
Porque el que se saca los ojos, o se quita la vida, solo tiene esta culpa: que abusa de las facultades que Dios le ha dado; que se niega a desempeñar el papel para el cual fue creado y se pone en un estado contrario a la voluntad divina. Y, ciertamente, esta es la culpa de todo el que lleva una vida irracional, impía y necia.
Así, pues, como ningún estado particular ni vida privada es excusa para el abuso de nuestro cuerpo o para el suicidio, así ningún estado particular ni vida privada es excusa para el abuso de nuestra razón o para el descuido de la santidad de la religión cristiana. Pues, ciertamente, es tan voluntad de Dios que hagamos el mejor uso de nuestras facultades racionales y que nos conformemos a la pureza y santidad del cristianismo como es voluntad de Dios que usemos los ojos, y que comamos y bebamos para la conservación de nuestra vida.
Por tanto, mientras un hombre no pueda mostrar que se esfuerza sinceramente por vivir conforme a la voluntad de Dios, por ser lo que Dios le exige que sea; mientras no pueda mostrar que lucha por vivir conforme a la santidad de la religión cristiana, sea quien sea y esté donde esté, tiene que responder de todo aquello de lo que han de responder los que se niegan a vivir, los que abusan de las mayores encomiendas y descuidan el llamamiento más alto del mundo.
Todo el mundo reconoce que todos los órdenes de hombres han de ser igual y exactamente honrados y fieles; en estos deberes no ha de hacerse excepción alguna por ningún estado de vida privado o particular. Ahora bien, si tan solo atendiéramos a la razón y a la naturaleza de las cosas, si tan solo consideráramos la naturaleza de Dios y la naturaleza del hombre, hallaríamos la misma necesidad de todo otro recto uso de nuestra razón, de toda gracia o disposición religiosa de la vida cristiana; hallaríamos tan absurdo suponer que un hombre debe ser exacto en la piedad y otro no lo necesita como suponer que un hombre debe ser exacto en la honradez y otro no lo necesita; porque la humildad cristiana, la sobriedad, la devoción y la piedad son partes tan grandes y tan necesarias de una vida razonable como la justicia y la honradez. Y, por otra parte, el orgullo, la sensualidad y la codicia son desórdenes tan grandes del alma, un abuso tan alto de nuestra razón y tan contrarios a Dios como el engaño y la falta de honradez. El robo y la falta de honradez parecen, en verdad, a los ojos del vulgo pecados mayores, porque son tan dañinos para la sociedad civil y las leyes humanas los castigan con tanta severidad. Pero si consideramos al género humano desde una perspectiva más alta, como el orden o la sociedad de Dios formada por seres racionales que han de glorificarlo mediante el recto uso de su razón y obrando conforme al orden de su naturaleza, hallaremos que toda disposición igualmente contraria a la razón y al orden, que se opone a los fines y propósitos de Dios y trastorna la belleza y la gloria del mundo racional, es igualmente pecaminosa en el hombre e igualmente odiosa para Dios.
Esto nos mostraría que el pecado de la sensualidad es como el pecado de la falta de honradez, y que nos hace objetos igualmente grandes del desagrado divino.
Además: si consideramos al género humano desde una perspectiva todavía más amplia, como un orden redimido de espíritus caídos, bautizados en la comunión con el Hijo de Dios; para ser templos del Espíritu Santo; para vivir conforme a sus santas inspiraciones; para ofrecer a Dios el sacrificio racional de una vida humilde, piadosa y agradecida; para purificarse de los desórdenes de su caída; para hacer un recto uso de los medios de gracia, a fin de ser hijos de la gloria eterna; si miramos al género humano a esta luz verdadera, hallaremos entonces que todas las disposiciones contrarias a esta santa sociedad, que son abusos de esta misericordia infinita, todas las acciones que nos hacen desemejantes a Cristo, que deshonran su cuerpo, que abusan de los medios de gracia y se oponen a nuestra esperanza de gloria, tienen en sí todo lo que puede hacernos para siempre odiosos a Dios. De modo que, aunque el orgullo y la sensualidad, y otros vicios de la misma clase, no dañen a la sociedad civil como lo hacen el engaño y la falta de honradez, dañan, sin embargo, a esa sociedad y se oponen a esos fines que son mayores y más gloriosos a los ojos de Dios que todas las sociedades que pertenecen a este mundo.
Nada, por tanto, puede ser más falso que imaginar que, porque somos personas privadas que no hemos tomado sobre nosotros ningún cargo ni empleo en la vida, podemos por eso vivir con más holgura, complacer nuestros apetitos y ser menos cuidadosos de los deberes de la piedad y de la santidad; porque eso es tan buena excusa para el engaño y la falta de honradez. Pues el que abusa de su razón, que se entrega a la lujuria y a la sensualidad, y descuida desempeñar el papel sabio y razonable de un verdadero cristiano, tiene en su vida todo lo que puede hacerlo aborrecible a Dios y que se encuentra en el engaño y la falta de honradez.
Si, por tanto, prefieres ser un epicúreo ocioso antes que ser infiel; si prefieres vivir en la lujuria y la sensualidad antes que perjudicar a tu prójimo en sus bienes, no has procurado mejor el favor de Dios que el que prefiere robar una casa antes que robar una iglesia.
Porque abusar de nuestra propia naturaleza es una desobediencia contra Dios tan grande como perjudicar a nuestro prójimo; y el que carece de piedad para con Dios ha hecho tanto para condenarse como el que carece de honradez para con los hombres. Todo argumento, por tanto, que prueba que es necesario que todos los hombres, en todas las posiciones de la vida, sean verdaderamente honrados, prueba que es igualmente necesario que todos los hombres, en todas las posiciones de la vida, sean verdaderamente santos y piadosos, y que lo hagan todo de la manera que convenga a la gloria de Dios.
Además: otro argumento para probar que todos los órdenes de hombres están obligados a ser así santos y devotos en el curso ordinario de su vida, en el uso de todo aquello de que disfrutan, puede tomarse de nuestra obligación de orar.
Se admite que la oración es un deber que corresponde a todos los estados y condiciones de los hombres; ahora bien, si indagamos la razón de esto, por qué ningún estado de vida ha de quedar dispensado de la oración, hallaremos que es una razón igualmente buena para que todo estado de vida se convierta en un estado de piedad y santidad en todas sus partes.
Porque la razón por la que hemos de orar a Dios y glorificarlo con himnos y salmos de acción de gracias es esta: que hemos de vivir enteramente para Dios y glorificarlo de todas las maneras posibles. No es porque las alabanzas de palabra o las fórmulas de acción de gracias sean de modo más particular partes de la piedad, o sean más culto a Dios que otras cosas; sino porque son maneras posibles de expresar nuestra dependencia, nuestra obediencia y nuestra devoción a Dios. Ahora bien, si esta es la razón de las alabanzas y acciones de gracias verbales a Dios, que hemos de vivir para Dios de todas las maneras posibles, entonces se sigue claramente que estamos igualmente obligados a adorar y glorificar a Dios en todas las demás acciones que puedan convertirse en actos de piedad y de obediencia a él. Y, como las acciones significan mucho más que las palabras, ha de ser un culto mucho más aceptable a Dios glorificarlo en todas las acciones de nuestra vida común que con cualquier pequeña fórmula de palabras en ciertos momentos particulares.
Así, si a Dios ha de adorársele con fórmulas de acción de gracias, el que se impone por regla estar contento y agradecido en cada parte y en cada accidente de su vida, porque viene de Dios, alaba a Dios de una manera mucho más alta que el que tiene un tiempo fijo para cantar salmos. El que no se atreve a decir una palabra malhumorada ni a hacer una cosa irrazonable, porque considera a Dios presente en todas partes, practica una devoción mejor que el que no se atreve a faltar a la iglesia. Vivir en el mundo como extranjero y peregrino, usando de todos sus goces como si no los usáramos, haciendo de todas nuestras acciones otros tantos pasos hacia una vida mejor, es ofrecer a Dios un sacrificio mejor que cualesquiera fórmulas de oraciones santas y celestiales.
Ser humildes en todas nuestras acciones, evitar toda apariencia de orgullo y de vanidad, ser mansos y humildes en nuestras palabras, acciones, vestido, conducta y propósitos, a imitación de nuestro bendito Salvador, es adorar a Dios de una manera más alta que la de quienes solo tienen momentos para postrarse de rodillas en sus devociones. El que se contenta con lo necesario para poder dar el resto a quienes lo necesitan; que no se atreve a gastar dinero alguno neciamente, porque lo considera un talento de Dios que debe usarse conforme a su voluntad, alaba a Dios con algo más glorioso que los cánticos de alabanza.
El que tiene tiempos señalados para el uso de oraciones sabias y piadosas practica un ejemplo propio de devoción; pero el que no se permite tiempos, ni lugares, ni acciones, sino los que se conforman estrictamente a la sabiduría y a la santidad, adora a la naturaleza divina con la devoción más verdadera y sustancial. Porque ¿quién no sabe que es mejor ser puro y santo que hablar de la pureza y de la santidad? Más aún, ¿quién no sabe que un hombre no ha de ser tenido por puro, ni santo, ni justo, sino en la medida en que es puro, santo y justo en el curso ordinario de su vida? Pero, si esto es claro, también es claro que es mejor ser santo que tener oraciones santas.
Las oraciones, por tanto, están tan lejos de ser una devoción suficiente que son la parte más pequeña de ella. Hemos de alabar a Dios con palabras y oraciones porque es una manera posible de glorificar a Dios, que nos ha dado facultades que pueden usarse así. Pero, como las palabras no son sino cosas pequeñas en sí mismas, y como los tiempos de oración no son sino poca cosa comparados con el resto de nuestra vida, así la devoción que consiste en tiempos y fórmulas de oración no es sino una cosa muy pequeña comparada con la devoción que ha de aparecer en todas las demás partes y circunstancias de nuestra vida.
Además: como es cosa fácil adorar a Dios con fórmulas de palabras y observar tiempos para ofrecérselas, así es la clase más pequeña de piedad. Y, por otra parte, como es más difícil adorar a Dios con nuestros bienes, honrarlo con el recto uso de nuestro tiempo, ofrecerle el sacrificio continuo de la negación de uno mismo y de la mortificación; como requiere más piedad comer y beber solo para los fines que puedan glorificar a Dios, no emprender trabajo alguno ni permitirse diversión alguna sino donde podamos obrar en el nombre de Dios; como es más difícil sacrificar todas nuestras disposiciones corrompidas, corregir todas nuestras pasiones y hacer de la piedad para con Dios la regla y la medida de todas las acciones de nuestra vida común, así la devoción de esta clase es un servicio mucho más aceptable a Dios que esas palabras de devoción que le ofrecemos ya sea en la iglesia, ya en nuestro aposento.
Todo lector sensato percibirá fácilmente que no pretendo disminuir el verdadero y gran valor de las oraciones, sean públicas o privadas; sino solo mostrarle que son, sin duda, una parte muy pequeña de la devoción comparadas con una vida devota.
Para ver esto con una luz aún más clara, supongamos que una persona tiene tiempos señalados para alabar a Dios con salmos e himnos y es estricta en su observancia; supongamos también que en su vida común está inquieta y desasosegada, llena de murmuraciones y de quejas por todo, nunca contenta sino por casualidad, según la lleve su humor, sino murmurando y lamentándose aun de las estaciones del año, y encontrando algo que le desagrada en todo lo que le sucede.
Ahora bien, ¿puedes concebir algo más absurdo e irrazonable que un carácter como este? ¿Ha de tenerse a tal persona por agradecida a Dios porque tiene fórmulas de alabanza que le ofrece? Más aún, ¿no es cierto que tales fórmulas de alabanza han de estar tan lejos de ser una devoción aceptable a Dios que deben ser aborrecidas como una abominación? Ahora bien, el absurdo que ves en este caso es el mismo en cualquier otra parte de nuestra vida; si nuestra vida común se opone en algo a nuestras oraciones, es la misma abominación que los cánticos de acción de gracias en boca de los murmuradores.
Rodillas dobladas mientras estás vestido de orgullo; peticiones celestiales mientras vas acumulando tesoros en la tierra; devociones santas mientras vives en las necedades del mundo; oraciones de mansedumbre y caridad mientras tu corazón es la sede del orgullo y del resentimiento; horas de oración mientras entregas días y años a diversiones ociosas, a visitas impertinentes y a placeres necios: todo esto son servicios tan absurdos e inaceptables a Dios como las fórmulas de acción de gracias de una persona que vive en quejas y descontento.
De modo que, a menos que el curso ordinario de nuestra vida concuerde con el espíritu ordinario de nuestras oraciones, nuestras oraciones están tan lejos de ser un grado real o suficiente de devoción que se convierten en un vacío trabajo de labios o, lo que es peor, en una hipocresía notoria.
Puesto que hemos de hacer, pues, del espíritu y la disposición de nuestras oraciones el espíritu y la disposición ordinarios de nuestra vida, esto puede servir para convencernos de que todos los órdenes de personas han de trabajar y aspirar a la misma perfección suprema de la vida cristiana. Porque, así como todos los cristianos han de usar las mismas devociones santas y celestiales, como todos han de orar con el mismo fervor por el Espíritu de Dios, así es prueba suficiente de que todos los órdenes de personas han de hacer, hasta donde alcancen sus fuerzas, que su vida concuerde con ese único Espíritu por el cual todos han de orar.
Tan cierto, pues, como que la misma santidad de las oraciones exige la misma santidad de vida, así de cierto es que todos los cristianos están llamados a la misma santidad de vida.
Un soldado o un comerciante no están llamados a ministrar en el altar ni a predicar el evangelio; pero todo soldado o comerciante está tan obligado a ser devoto, humilde, santo y de mente celestial en todas las partes de su vida común como un clérigo está obligado a ser celoso, fiel y laborioso en todas las partes de su profesión.
Y todo esto por esta sola y sencilla razón: porque todos han de orar por la misma santidad, la misma sabiduría y las mismas disposiciones divinas, y han de hacerse tan aptos como puedan para el mismo cielo.
Todos los hombres, por tanto, en cuanto hombres, tienen una sola y misma ocupación importante: vivir a la altura de la excelencia de su naturaleza racional y hacer de la razón y del orden la ley de todos sus propósitos y acciones. Todos los cristianos, en cuanto cristianos, tienen un solo y mismo llamamiento: vivir conforme a la excelencia del espíritu cristiano y hacer de los sublimes preceptos del evangelio la regla y la medida de todas sus disposiciones en la vida común. La única cosa necesaria para uno es la única cosa necesaria para todos.
El comerciante ya no ha de acumular tesoros en la tierra; el soldado ya no ha de combatir por la gloria; el gran erudito ya no ha de enorgullecerse de las profundidades de la ciencia; sino que todos, con un mismo espíritu, han de estimar «todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús». [Filipenses 3:8]
La dama elegante ha de enseñar a sus ojos a llorar y revestirse de humildad. El caballero refinado ha de cambiar los alegres pensamientos del ingenio y la fantasía por un corazón quebrantado y contrito. El hombre de alcurnia ha de renunciar a la dignidad de su nacimiento hasta el punto de considerarse miserable mientras no haya nacido de nuevo. Los criados han de considerar su servicio como hecho a Dios. Los amos han de considerar a sus criados como sus hermanos en Cristo, a quienes han de tratar como a miembros, igual que ellos, del cuerpo místico de Cristo.
Las jóvenes damas han de consagrarse a la piedad, a la oración, a la negación de sí mismas y a toda buena obra en un estado de vida virginal; o bien casarse, para ser santas, sobrias y prudentes en el cuidado de una familia, criando a sus hijos en la piedad, la humildad y la devoción, y abundando en todas las demás buenas obras hasta donde alcancen su estado y su capacidad. No tienen elección de ninguna otra cosa, sino que deben consagrarse a Dios en uno de estos estados. Pueden escoger la vida de casadas o la de solteras; pero no se deja a su elección si harán de cualquiera de los dos estados un estado de santidad, de humildad, de devoción y de todos los demás deberes de la vida cristiana. No está más en su mano, porque tengan fortuna o hayan nacido de padres ricos, repartirse entre Dios y el mundo, o tomar los placeres que su fortuna pueda proporcionarles, de lo que les está permitido ser unas veces castas y recatadas y otras no.
No han de considerar cuánto puede la religión asegurarles una buena reputación, ni cómo pueden añadir la devoción a una vida impertinente, vana y frívola; sino que deben mirar el espíritu y la disposición de sus oraciones, la naturaleza y el fin del cristianismo; y entonces hallarán que, casadas o solteras, no tienen entre manos sino una sola ocupación: ser sabias, piadosas y santas, no en pequeños modos y formas de culto, sino en toda la inclinación de su mente, en toda la forma de su conducta y en el curso diario de la vida común.
Los jóvenes caballeros han de considerar lo que nuestro bendito Salvador dijo al joven caballero del evangelio: le mandó vender todo lo que tenía y darlo a los pobres. Ahora bien, aunque este texto no obligue a todos a venderlo todo, ciertamente obliga a toda clase de personas a emplear toda su hacienda de maneras tan sabias, razonables y caritativas que muestren suficientemente que todo lo que tienen está consagrado a Dios, y que ninguna parte de ello se retiene a los pobres para gastarla en gastos innecesarios, vanos y necios.
Si, por tanto, los jóvenes caballeros se proponen una vida de placer y complacencia, si gastan su hacienda en la buena mesa, en el lujo y la intemperancia, en el boato y los carruajes, en placeres y diversiones, en deportes y juegos de azar, y en otras semejantes satisfacciones caprichosas de sus pasiones necias, tienen tanta razón para tenerse por ángeles como para tenerse por discípulos de Cristo.
Estén seguros de que la única ocupación de un caballero cristiano es distinguirse por las buenas obras, ser eminente en las virtudes más sublimes del evangelio, soportar la ignorancia y la flaqueza del vulgo, ser amigo y protector de todos los que viven a su alrededor, vivir en las más altas cumbres de la sabiduría y la santidad, y mostrar a lo largo de toda su vida una verdadera grandeza de ánimo religiosa. Han de aspirar a una nobleza tal como la que podrían haber aprendido viendo al bendito Jesús, y no mostrar otro espíritu de caballero que el que podrían haber adquirido viviendo con los santos apóstoles. Han de aprender a amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, y a su prójimo como a sí mismos; y entonces tienen toda la grandeza y distinción que pueden tener aquí, y son aptos para una felicidad eterna en el cielo en el más allá.
Así, en todos los órdenes y condiciones, ya de hombres, ya de mujeres, esta es la única santidad común que ha de ser la vida común de todos los cristianos.
El comerciante no ha de dejar la devoción al clérigo, ni el clérigo dejar la humildad al jornalero; las mujeres de fortuna no han de dejar a las pobres de su sexo el ser prudentes, castas, cuidadosas de su casa, el ataviarse con ropa decorosa, con pudor y modestia; ni las mujeres pobres han de dejar a las ricas el asistir al culto y al servicio de Dios. Los grandes han de ser eminentes por una verdadera pobreza de espíritu; y las personas de condición humilde y afligida han de gozarse grandemente en Dios.
El hombre de fuerza y de poder ha de perdonar a sus enemigos y orar por ellos, y el que sufre inocente, encadenado en la cárcel, ha de cantar a medianoche alabanzas a Dios, como Pablo y Silas. Porque Dios ha de ser glorificado, la santidad ha de ser practicada y el espíritu de la religión ha de ser el espíritu común de todo cristiano, en todo estado y condición de vida.
Porque el Hijo de Dios no vino de lo alto para añadir una forma exterior de culto a los diversos modos de vida que hay en el mundo, dejando así que la gente viviera como antes, en las disposiciones y goces que aprueban la moda y el espíritu del mundo; sino que, así como bajó del cielo enteramente divino y celestial en su propia naturaleza, así vino a llamar al género humano a una vida divina y celestial; al cambio más alto de su propia naturaleza y disposición; a nacer de nuevo del Espíritu Santo; a andar en la sabiduría, la luz y el amor de Dios, y a ser semejantes a él hasta donde alcancen sus fuerzas; a renunciar a todos los caminos más plausibles del mundo, ya sean de grandeza, de negocios o de placer; a la mortificación de todas sus pasiones más gratas; y a vivir en tal sabiduría, pureza y santidad que pudieran ser aptos para ser gloriosos en el goce de Dios por toda la eternidad.
Todo lo que hay, pues, de necio, ridículo, vano, terrenal o sensual en la vida de un cristiano es algo que no debería estar allí; es una mancha y una impureza que ha de lavarse con lágrimas de arrepentimiento. Pero si algo de esta clase recorre el curso de toda nuestra vida, si nos permitimos cosas vanas, necias o sensuales, renunciamos a nuestra profesión.
Porque, tan cierto como que Jesucristo era sabiduría y santidad, tan cierto como que vino para hacernos semejantes a él y para que fuéramos bautizados en su Espíritu, así de cierto es que de nadie puede decirse que se mantiene fiel a su profesión cristiana sino de aquellos que, hasta donde alcanzan sus fuerzas, llevan una vida sabia, santa y celestial. Esto, y solo esto, es el cristianismo: una santidad universal en cada parte de la vida, una sabiduría celestial en todas nuestras acciones, que no se conforma al espíritu y a la disposición del mundo, sino que convierte todos los goces mundanos en medios de piedad y de devoción a Dios.
Pero ahora, si este estado devoto del corazón, si estos hábitos de santidad interior son la verdadera religión, entonces la verdadera religión es igualmente el deber y la felicidad de todos los órdenes de hombres; porque no hay nada que la recomiende a uno que no sea la misma recomendación para todos los estados de personas.
Si es la felicidad y la gloria de un obispo vivir en este espíritu devoto, lleno de estas santas disposiciones, haciéndolo todo como para Dios, es igualmente la gloria y la felicidad de todos los hombres y mujeres, jóvenes o viejos, vivir en el mismo espíritu. Y quienquiera que encuentre razones por las que un anciano obispo deba estar atento a las cosas divinas, convirtiendo toda su vida en los más altos ejercicios de piedad, sabiduría y devoción, hallará en ellas otras tantas razones por las que él mismo deba hacer lo mismo hasta donde alcancen sus fuerzas.
Si dices que un obispo ha de ser un ejemplo eminente de santidad cristiana a causa de su alto y sagrado llamamiento, dices bien. Pero si dices que a él le conviene más ser ejemplar que a ti, te equivocas mucho; porque no hay nada que haga deseables para un obispo los más altos grados de santidad que no los haga igualmente deseables para cualquier joven de cualquier familia.
Porque una piedad elevada, una devoción alta y el uso religioso de todas las cosas son tanto la gloria y la felicidad de un estado de vida como lo son de otro.
Imagina tan solo en tu mente qué espíritu de piedad querrías ver en el mejor obispo del mundo, cómo querrías que amara a Dios, cómo querrías que imitara la vida de nuestro Salvador y de sus apóstoles, cómo querrías que viviera por encima del mundo, resplandeciendo en todas las muestras de una vida celestial; y entonces habrás descubierto el espíritu que debes hacer espíritu de tu propia vida.
Deseo que cada lector se detenga un rato en esta reflexión, y quizá hallará en ella más convicción de la que imagina. Todo el mundo sabe decir cuán buenas y piadosas querría que fueran algunas personas; todo el mundo sabe cuán sabia y razonable cosa es en un obispo estar enteramente por encima del mundo y ser un ejemplo eminente de perfección cristiana; en cuanto piensas en un obispo sabio y anciano, te imaginas algún grado elevado de piedad, un ejemplo vivo de todas esas santas disposiciones que encuentras descritas en el evangelio.
Ahora bien, si te preguntas: ¿Qué es lo más dichoso que puede hacer un joven clérigo?, tendrás que responder por fuerza que nada puede ser tan dichoso y glorioso para él como ser semejante a ese excelente y santo obispo.
Si sigues adelante y preguntas: ¿Qué es lo más dichoso que puede hacer cualquier joven caballero, o sus hermanas?, la respuesta ha de ser la misma: que nada puede ser tan dichoso ni tan glorioso para ellos como vivir en tales hábitos de piedad, en tales ejercicios de una vida divina, como los de este buen anciano obispo. Porque todo lo que es grande y glorioso en la religión es tanto la verdadera gloria de todo hombre o mujer como lo es la gloria de cualquier obispo. Si los altos grados de amor divino, si la caridad ferviente, si la pureza sin mancha, si el afecto celestial, si la mortificación constante, si la devoción frecuente son el mejor y más dichoso modo de vida para cualquier cristiano, lo son para todo cristiano.
Considera además: si vieras a un obispo que en todo el curso de su vida viviera por debajo de su carácter, conformándose a todas las disposiciones necias del mundo y gobernado por los mismos cuidados y temores que gobiernan a los hombres vanos y mundanos, ¿qué pensarías de él? ¿Pensarías que solo era culpable de un pequeño error? No; lo condenarías como alguien que yerra en aquello que no solo es lo más importante, sino lo único importante que le concierne. Detente un rato en esta consideración, hasta que tu mente esté plenamente convencida de cuán miserable error es en un obispo llevar una vida descuidada y mundana.
Mientras piensas de esta manera, vuelve tus pensamientos hacia alguno de tus conocidos, tu hermano o tu hermana, o cualquier joven. Ahora bien, si ves que el curso ordinario de su vida no concuerda con las doctrinas del evangelio, si ves que su modo de vivir no puede llamarse un esfuerzo sincero por entrar por la puerta estrecha, ves algo que debes condenar en el mismo grado y por las mismas razones. No cometen un pequeño error, sino que están equivocados en aquello que es su todo, y yerran en su verdadera felicidad tanto como ese obispo que descuida los altos deberes de su llamamiento. Aplícate este razonamiento a ti mismo: si te encuentras llevando una vida ociosa, regalada y vana, prefiriendo satisfacer tus pasiones antes que vivir a la altura de las doctrinas del cristianismo y practicar los claros preceptos de nuestro bendito Señor, tienes que imputarte toda la ceguera y la sinrazón que puedes imputar a cualquier obispo desordenado.
Porque todas las virtudes de la vida cristiana, su perfecta pureza, sus disposiciones celestiales, son tanto la única regla de tu vida como la única regla de la vida de un obispo. Si descuidas estas santas disposiciones, si no aspiras ardientemente a ellas, si no te muestras como ejemplo visible de ellas, estás tan caído de tu verdadera felicidad, eres tan enemigo de ti mismo y has hecho tan mala elección como ese obispo que prefiere enriquecer a su familia antes que ser semejante a un apóstol. Porque no hay razón para que tengas la más alta santidad, las disposiciones más celestiales, por el deber y la felicidad de un obispo, que no sea igualmente buena razón para que tengas las mismas disposiciones por el deber y la felicidad de todos los cristianos. Y así como el obispo más sabio del mundo es el que vive en las más altas cumbres de la santidad, el que es más ejemplar en todos los ejercicios de una vida divina, así el joven más sabio, la mujer más sabia, casada o soltera, es aquella que vive en los más altos grados de la santidad cristiana y en todos los ejercicios de una vida divina y celestial.
Capítulo 10 completado
Se muestra cómo todos los órdenes y rangos de hombres y mujeres, de todas las edades, están obligados a consagrarse a Dios