Capítulo 6 · 17 min de lectura · 22 min de escucha
Que contiene las grandes obligaciones y las grandes ventajas de hacer un uso sabio y religioso de nuestras haciendas y fortunas
ASÍ COMO LA SANTIDAD del cristianismo consagra a Dios todos los estados y empleos de la vida, y nos exige aspirar a una obediencia universal, haciendo y usando todas las cosas como siervos de Dios, así estamos más especialmente obligados a observar esta exactitud religiosa en el uso de nuestras haciendas y fortunas.
La razón de esto se vería con toda claridad con solo considerar que nuestra hacienda es tan don de Dios como nuestros ojos o nuestras manos, y que no hemos de enterrarla ni tirarla a nuestro antojo más de lo que hemos de sacarnos los ojos o desechar nuestros miembros como nos plazca.
Pero, además de esta consideración, hay otras varias razones grandes e importantes por las que debemos ser religiosamente exactos en el uso de nuestras haciendas.
Primero, porque la manera de usar nuestro dinero o de gastar nuestra hacienda entra tanto en los asuntos de cada día, y forma una parte tan grande de nuestra vida común, que nuestra vida común ha de ser en gran medida de la misma naturaleza que nuestro modo común de gastar nuestra hacienda. Si la razón y la religión nos gobiernan en esto, entonces la razón y la religión se han apoderado firmemente de nosotros; pero si el capricho, el orgullo y la fantasía son la medida de nuestro gasto, entonces el capricho, el orgullo y la fantasía tendrán la dirección de la mayor parte de nuestra vida.
Segundo, otra gran razón para consagrar toda nuestra hacienda a usos rectos es esta: que es capaz de emplearse para los fines más excelentes, y es un medio tan grande de hacer el bien. Si la malgastamos, no malgastamos una bagatela de poca importancia, sino que malgastamos aquello que podría hacerse ojos para el ciego, esposo para la viuda, padre para el huérfano; malgastamos aquello que no solo nos permite proporcionar consuelos terrenales a los que están en aflicción, sino aquello que podría adquirir para nosotros mismos tesoros eternos en el cielo. De modo que, si nos desprendemos de nuestro dinero de maneras necias, nos desprendemos de un gran poder de consolar a nuestros semejantes y de hacernos bienaventurados para siempre.
Si no hay nada tan glorioso como hacer el bien, si no hay nada que nos haga tan semejantes a Dios, entonces nada puede ser tan glorioso en el uso de nuestro dinero como emplearlo todo en obras de amor y de bondad, haciéndonos amigos, padres y bienhechores de todos nuestros semejantes, imitando el amor divino y convirtiendo todo nuestro poder en actos de generosidad, de cuidado y de bondad hacia quienes los necesitan.
Si un hombre tuviera ojos, manos y pies que pudiera dar a quienes carecen de ellos, y los encerrara en un cofre, o se complaciera en algún uso innecesario o ridículo de ellos, en lugar de darlos a sus hermanos ciegos y cojos, ¿no lo tendríamos con justicia por un miserable inhumano? Si prefiriera entretenerse en amueblar su casa con esas cosas antes que hacerse acreedor a una recompensa eterna dándolas a quienes carecen de ojos y de manos, ¿no podríamos con justicia tenerlo por loco?
Ahora bien, el dinero tiene mucho de la naturaleza de los ojos y de los pies; si lo encerramos en cofres, o lo malgastamos en gastos innecesarios y ridículos para nosotros mismos, mientras los pobres y los afligidos lo necesitan para sus usos necesarios; si lo consumimos en los adornos ridículos del vestido, mientras otros se mueren de hambre en la desnudez, no estamos lejos de la crueldad de aquel que prefiere adornar su casa con las manos y los ojos antes que darlos a quienes los necesitan. Si preferimos entregarnos a goces costosos que no tienen ninguna utilidad real, que no satisfacen ninguna necesidad real, antes que hacernos acreedores a una recompensa eterna disponiendo bien de nuestro dinero, somos culpables de la locura de aquel que prefiere encerrar ojos y manos antes que hacerse bienaventurado para siempre dándolos a quienes los necesitan. Porque, una vez satisfechas nuestras propias necesidades sobrias y razonables, todo el resto de nuestro dinero no es sino como ojos o manos de sobra: algo que no podemos guardar para nosotros sin ser necios en su uso, algo que solo puede usarse bien dándolo a quienes lo necesitan.
Tercero, si malgastamos nuestro dinero, no solo somos culpables de malgastar un talento que Dios nos ha dado, no solo somos culpables de hacer inútil lo que es un medio tan poderoso de hacer el bien, sino que nos causamos además este otro daño: convertimos este talento útil en un poderoso medio de corrompernos a nosotros mismos; porque en la medida en que se gasta mal, en esa medida se gasta en sostener alguna disposición torcida, en satisfacer algunos deseos vanos e irrazonables, en conformarnos a aquellas modas y a aquella soberbia del mundo a las que, como cristianos y como hombres razonables, estamos obligados a renunciar.
Así como el ingenio y los grandes talentos no pueden malgastarse en bagatelas y simplemente perderse, sino que arrastrarán a quienes los poseen a mayores locuras si no están estrictamente consagrados a la piedad, así el dinero, si no se usa estrictamente conforme a la razón y a la religión, no solo puede malgastarse en bagatelas, sino que arrastrará a la gente a mayores locuras y la hará vivir una vida más necia y extravagante de la que habría podido vivir sin él. Por tanto, si no gastas tu dinero en hacer bien a otros, tendrás que gastarlo en daño de ti mismo. Obrarás como un hombre que se negara a dar como cordial a un amigo enfermo algo que él mismo no podría beber sin inflamarse la sangre. Porque este es el caso del dinero superfluo: si lo das a quienes lo necesitan, es un cordial; si lo gastas en ti mismo en algo que no necesitas, solo inflama y desordena tu mente, y te hace peor de lo que serías sin él.
Considera de nuevo la comparación antes mencionada: si el hombre que no quisiera hacer un uso recto de los ojos y las manos de sobra, a fuerza de intentar usarlos él mismo, estropeara sus propios ojos y manos, podríamos con justicia acusarlo de una locura todavía mayor.
Ahora bien, este es verdaderamente el caso de las riquezas gastadas en nosotros mismos en gastos vanos e innecesarios: al intentar usarlas donde no tienen ningún uso real ni nosotros ninguna necesidad real, solo las usamos para nuestro gran daño, creando deseos irrazonables, alimentando malas disposiciones, consintiendo nuestras pasiones y sosteniendo un espíritu mundano y vano. Porque la comida y la bebida exquisitas, los vestidos finos y las casas lujosas, el boato y los carruajes, los placeres alegres y las diversiones, todos ellos dañan y desordenan naturalmente nuestro corazón; son el alimento y el sustento de toda la locura y debilidad de nuestra naturaleza, y son medios seguros de hacernos vanos y mundanos en nuestras disposiciones. Todos ellos son el sostén de algo que no debería sostenerse; son contrarios a aquella sobriedad y piedad de corazón que saborea las cosas divinas; son como otros tantos pesos sobre nuestra mente, que nos hacen menos capaces y menos inclinados a elevar nuestros pensamientos y afectos a las cosas de arriba.
De modo que el dinero así gastado no se malgasta ni se pierde simplemente, sino que se gasta para malos fines y con efectos miserables: para la corrupción y el desorden de nuestro corazón, y para hacernos menos capaces de vivir a la altura de las sublimes doctrinas del Evangelio. Es como quitar el dinero a los pobres para comprar veneno para nosotros mismos.
Porque todo lo que se gasta en la vanidad del vestido puede contarse como otro tanto empleado en fijar la vanidad en nuestra mente. Todo lo que se emplea en la ociosidad y el regalo puede contarse como otro tanto dado para volver nuestro corazón torpe y sensual. Todo lo que se gasta en boato y carruajes puede contarse como otro tanto gastado en deslumbrar tus propios ojos y hacerte el ídolo de tu propia imaginación. Y así en todo: cuando te apartas de las necesidades razonables, solo sostienes alguna disposición irrazonable, alguna inclinación del espíritu a la que todo buen cristiano está llamado a renunciar.
De modo que, por todos los conceptos, ya consideremos nuestra fortuna como un talento y un depósito confiado por Dios, ya el gran bien que nos permite hacer, ya el gran daño que nos causa a nosotros mismos si se gasta ociosamente, por todos estos grandes conceptos resulta absolutamente necesario hacer de la razón y de la religión la regla estricta del uso de toda nuestra fortuna.
Toda exhortación de la Escritura a ser sabios y razonables, satisfaciendo solo aquellas necesidades que Dios quiere que se satisfagan; toda exhortación a ser espirituales y celestiales, aspirando a un glorioso cambio de nuestra naturaleza; toda exhortación a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, a amar a todo el género humano como Dios lo ha amado, es un mandamiento de ser estrictamente religiosos en el uso de nuestro dinero. Porque ninguna de estas disposiciones puede cumplirse a menos que seamos sabios y razonables, espirituales y celestiales, ejerciendo un amor fraternal, una caridad semejante a la de Dios, en el uso de toda nuestra fortuna. Estas disposiciones, y este uso de nuestros bienes terrenales, son hasta tal punto la doctrina de todo el Nuevo Testamento que no puedes leer un capítulo sin que se te enseñe algo de ello. Solo presentaré un pasaje notable de la Escritura, que basta para justificar todo lo que he dicho acerca de este uso religioso de toda nuestra fortuna.
«Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria; y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí… Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis. E irán estos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna» [Mateo 25:31-46].
He citado este pasaje por extenso porque, si uno mira el modo de vivir del mundo, apenas pensaría que los cristianos hubieran leído jamás esta parte de la Escritura. Porque ¿qué hay en la vida de los cristianos que parezca indicar que su salvación depende de estas buenas obras? Y sin embargo su necesidad se afirma aquí de la manera más alta, y se nos inculca mediante una viva descripción de la gloria y los terrores del día del juicio.
Algunas personas, aun de las que pueden tenerse por cristianos virtuosos, miran este texto solo como una recomendación general de obras de caridad ocasionales; mientras que muestra la necesidad, no solo de caridades ocasionales de vez en cuando, sino de una vida tan enteramente caritativa que sea un ejercicio continuo de todas aquellas obras de caridad que somos capaces de realizar.
Reconoces que no tienes ningún derecho a la salvación si has descuidado estas buenas obras, porque las personas que las han descuidado han de ser colocadas, en el último día, a la izquierda, y desterradas con un «Apartaos, malditos». No hay, pues, salvación sino en la práctica de estas buenas obras. ¿Quién es, entonces, aquel de quien puede decirse que ha practicado estas buenas obras? ¿Es el que alguna vez ha asistido a un preso, o socorrido al pobre o al enfermo? Esto sería tan absurdo como decir que ha cumplido los deberes de la devoción el que alguna vez ha rezado sus oraciones. ¿Es, entonces, el que varias veces ha hecho estas obras de caridad? Esto no puede decirse, como tampoco puede decirse que es el hombre verdaderamente justo el que ha hecho actos de justicia varias veces. ¿Cuál es, pues, la regla o medida para practicar estas buenas obras? ¿Cómo podrá un hombre confiar en que las practica como debe?
Ahora bien, la regla es muy clara y fácil, y tal que es común a toda otra virtud o buena disposición, tanto como a la caridad. ¿Quién es el hombre humilde, o manso, o devoto, o justo, o fiel? ¿Es el que varias veces ha hecho actos de humildad, de mansedumbre, de devoción, de justicia o de fidelidad? No; sino el que vive en el ejercicio habitual de estas virtudes. Del mismo modo, solo puede decirse que ha practicado estas obras de caridad aquel que vive en su ejercicio habitual hasta donde alcanza su poder. Solo ha cumplido el deber del amor divino el que ama a Dios con todo su corazón, y con toda su mente, y con todas sus fuerzas. Y solo ha cumplido el deber de estas buenas obras el que las ha hecho con todo su corazón, y con toda su mente, y con todas sus fuerzas. Porque no hay otra medida de nuestro hacer el bien que nuestro poder de hacerlo.
El apóstol san Pedro hace esta pregunta a nuestro bendito Salvador: «Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete» [Mateo 18:21, 22]. No como si, después de este número de ofensas, uno pudiera dejar de perdonar; sino que la expresión «setenta veces siete» es para mostrarnos que no hemos de limitar nuestro perdón a ningún número de ofensas, sino que hemos de seguir perdonando las ofensas más repetidas contra nosotros. Así dice nuestro Salvador en otro lugar: «Si siete veces al día peca contra ti, y siete veces al día vuelve a ti, diciendo: Me arrepiento, perdónalo» [Lucas 17:4]. Por tanto, si un hombre deja de perdonar a su hermano porque ya lo ha perdonado muchas veces; si se excusa de perdonar a este hombre porque ha perdonado a varios otros, tal hombre quebranta esta ley de Cristo acerca de perdonar al hermano.
Ahora bien, la regla del perdonar es también la regla del dar: no has de dar, o hacer el bien, siete veces, sino setenta veces siete. No has de dejar de dar porque hayas dado a menudo a la misma persona o a otras personas, sino que debes considerarte tan obligado a seguir socorriendo a los que siguen en necesidad como estuviste obligado a socorrerlos una o dos veces. Si no hubiera estado en tu poder, habrías quedado excusado de socorrer a nadie ni una sola vez; pero si está en tu poder socorrer a la gente a menudo, es tan deber tuyo hacerlo a menudo como es deber de otros hacerlo rara vez, porque solo rara vez pueden. El que no está dispuesto a perdonar a todo hermano tantas veces como necesite ser perdonado no perdona como discípulo de Cristo. Y el que no está dispuesto a dar a todo hermano que necesita que se le dé algo no da como discípulo de Cristo. Porque es tan necesario dar setenta veces siete, vivir en el continuo ejercicio de todas las buenas obras hasta donde alcanza nuestro poder, como es necesario perdonar hasta setenta veces siete y vivir en el ejercicio habitual de esta disposición a perdonar hacia todos los que la necesitan.
Y la razón de todo esto es muy clara: porque hay la misma bondad, la misma excelencia y la misma necesidad de ser así caritativos en un momento que en otro. Estar siempre haciendo el bien con nuestro dinero es tanto el mejor uso de él como lo es en cualquier momento particular; de modo que lo que es razón para una acción caritativa es igual de buena razón para una vida caritativa. Lo que es razón para perdonar una ofensa es la misma razón para perdonar todas las ofensas. Porque tal caridad no tiene hoy nada que la recomiende que no vaya a recomendarla igualmente mañana; y no puedes descuidarla en un momento sin ser culpable del mismo pecado que si la descuidaras en otro.
Por tanto, tan cierto como que estas obras de caridad son necesarias para la salvación, así de cierto es que hemos de hacerlas hasta donde alcanza nuestro poder; no hoy o mañana, sino a lo largo de todo el curso de nuestra vida. Si, pues, es nuestro deber en algún momento privarnos de cualquier gasto innecesario, ser moderados y frugales, para tener que dar a los necesitados, es igualmente nuestro deber hacerlo en todo momento, para poder hacer aún más bien. Porque si en algún momento es pecado preferir un gasto innecesario y vano a las obras de caridad, lo es en todo momento; porque la caridad aventaja a todo gasto innecesario y vano tanto en un momento como en otro. De modo que, si alguna vez es necesario para nuestra salvación cuidar de estas obras de caridad, y procurar hacernos en algún grado capaces de realizarlas, es igualmente necesario para nuestra salvación procurar hacernos tan capaces como podamos de realizarlas en todas las partes de nuestra vida.
Por tanto, o has de renunciar a tu cristianismo hasta el punto de decir que nunca necesitas realizar ninguna de estas buenas obras, o has de reconocer que has de realizarlas toda tu vida en el grado más alto que puedas. No cabe tomar un camino intermedio, como tampoco hay un camino intermedio entre el orgullo y la humildad, o entre la templanza y la intemperancia. Si no te esfuerzas por cumplir todas las obras de caridad, si descuidas alguna de las que están en tu poder y niegas ayuda a quienes necesitan lo que tú puedes dar, sea cuando fuere o dondequiera que sea, te cuentas entre los que carecen de caridad cristiana. Porque es tan deber tuyo hacer el bien con todo lo que tienes, y vivir en el ejercicio continuo de las buenas obras, como es deber tuyo ser templado en todo lo que comes y bebes.
De aquí aparece también la necesidad de renunciar a todos aquellos gastos necios e irrazonables que el orgullo y la locura del género humano han hecho tan comunes y tan de moda en el mundo. Porque si es necesario hacer buenas obras hasta donde puedas, ha de ser igualmente necesario renunciar a aquellos modos innecesarios de gastar el dinero que te incapacitan para hacer obras de caridad.
Por tanto, no debes conformarte a estos usos del mundo más de lo que debes conformarte a los vicios del mundo; no debes gastar con los que malgastan ociosamente su dinero según los lleva su capricho más de lo que debes beber con el borracho o darte gusto con el epicúreo; porque un curso de tales gastos no es más compatible con una vida de caridad que el exceso en la bebida es compatible con una vida de sobriedad. Por tanto, cuando alguien te hable de la licitud de los vestidos costosos o de la inocencia de complacerte con satisfacciones caras, imagina solamente que esa misma persona te dijera que no necesitas hacer obras de caridad; que Cristo no te exige hacer el bien a tus hermanos pobres como a él mismo; y entonces verás la maldad de semejante consejo. Porque decirte que puedes vivir con tales gastos que te hagan imposible vivir en el ejercicio de las buenas obras es lo mismo que decirte que no necesitas preocuparte en absoluto de esas mismas buenas obras.
Capítulo 6 completado
Que contiene las grandes obligaciones y las grandes ventajas de hacer un uso sabio y religioso de nuestras haciendas y fortunas