Capítulo 5 · 14 min de lectura · 18 min de escucha
Las personas libres de la necesidad del trabajo y de los empleos han de considerarse consagradas a Dios en un grado más alto
UNA GRAN parte del mundo está libre de la necesidad del trabajo y de los empleos, y tiene su tiempo y su fortuna a su propia disposición.
Pero así como nadie ha de vivir en su empleo según su propio capricho, o para los fines que agradan a su fantasía, sino que ha de hacer todo su trabajo de tal manera que lo convierta en un servicio a Dios, así los que no tienen ningún empleo particular, lejos de quedar con mayor libertad para vivir para sí mismos, seguir sus propios caprichos y gastar su tiempo y su fortuna como les plazca, están bajo mayores obligaciones de vivir enteramente para Dios en todas sus acciones.
La libertad de su estado les impone una mayor necesidad de escoger y hacer siempre lo mejor.
Ellos son aquellos a quienes mucho se les demandará, porque mucho se les ha dado.
Un esclavo solo puede vivir para Dios de una manera particular, a saber, mediante una paciencia y una sumisión religiosas en su estado de esclavitud.
Pero todos los caminos de la vida santa, todas las ocasiones y todas las clases de virtud están abiertos a quienes son dueños de sí mismos, de su tiempo y de su fortuna.
Es, por tanto, tan deber de tales personas hacer un uso sabio de su libertad, consagrarse a toda clase de virtud, aspirar a todo lo que es santo y piadoso, procurar ser eminentes en toda buena obra y agradar a Dios de la manera más elevada y perfecta; es tan deber suyo ser así de sabios en su conducta y así de amplios en sus esfuerzos por la santidad, como es deber de un esclavo estar resignado ante Dios en su estado de esclavitud.
Tú no eres jornalero ni artesano, no eres ni mercader ni soldado; considérate, pues, colocado en un estado en cierto modo semejante al de los ángeles buenos, que son enviados al mundo como espíritus ministradores, para el bien general del género humano, para asistir, proteger y servir a los que serán herederos de la salvación.
Porque cuanto más libre estás de las necesidades comunes de los hombres, tanto más has de imitar las perfecciones más altas de los ángeles.
Si tú, Serena, te hubieras visto obligada por las necesidades de la vida a lavar ropa para mantenerte, o a servir a alguna señora que exigiera todo tu trabajo, entonces tu deber sería servir y glorificar a Dios con la humildad, la obediencia y la fidelidad que pudieran adornar ese estado de vida. Entonces se encomendaría a tu cuidado hacer rendir ese único talento hasta su máximo. Para que, cuando llegara el tiempo en que el género humano hubiera de ser recompensado por sus trabajos por el gran Juez de vivos y muertos, pudieras ser recibida con un «Bien, buen siervo y fiel; entra en el gozo de tu Señor» [Mateo 25:21].
Pero como Dios te ha dado cinco talentos, como te ha colocado por encima de las necesidades de la vida, como te ha dejado en tus propias manos, en la feliz libertad de escoger los caminos más elevados de la virtud; como te ha enriquecido con muchos dones de fortuna y no te ha dejado otra cosa que hacer sino aprovechar del mejor modo una variedad de bendiciones, sacar el mayor partido de una vida breve, procurar tu propia perfección, la honra de Dios y el bien de tu prójimo, así ahora es tu deber imitar a los más grandes siervos de Dios, averiguar cómo vivieron los santos más eminentes, estudiar todas las artes y métodos de la perfección y no poner límites a tu amor y gratitud hacia el generoso Autor de tantas bendiciones.
Ahora es tu deber convertir tus cinco talentos en otros cinco, y considerar cómo tu tiempo, tu ocio, tu salud y tu fortuna pueden convertirse en otros tantos medios felices de purificar tu propia alma, de hacer adelantar a tus semejantes en los caminos de la virtud y de llevarte al fin a las más altas cumbres de la gloria eterna.
Como no tienes señora a quien servir, haz que tu propia alma sea el objeto de tu cuidado y atención diarios. Duélete de sus impurezas, de sus manchas e imperfecciones, y estudia todas las santas artes de devolverle su pureza natural y primitiva.
Deléitate en su servicio y ruega a Dios que la adorne con toda gracia y perfección.
Aliméntala con buenas obras, dale paz en la soledad, procúrale fuerza en la oración, hazla sabia con la lectura, ilumínala con la meditación, hazla tierna con el amor, endúlzala con la humildad, humíllala con la penitencia, avívala con salmos e himnos y consuélala con frecuentes reflexiones sobre la gloria futura. Mantenla en la presencia de Dios y enséñale a imitar a aquellos ángeles custodios que, aunque atienden a los asuntos humanos y a los más humildes de los hombres, «ven siempre el rostro de nuestro Padre que está en los cielos» [Mateo 18:10].
Esta, Serena, es tu profesión. Porque tan cierto como que Dios es un solo Dios, así de cierto es que no tiene sino un solo mandamiento para todo el género humano, sean siervos o libres, ricos o pobres; y es este: obrar a la altura de la excelencia de la naturaleza que él les ha dado, vivir según la razón, andar a la luz de la religión, usar todas las cosas como la sabiduría indica, glorificar a Dios en todos sus dones y dedicar a su servicio toda condición de vida.
Este es el único mandamiento común de Dios a todo el género humano. Si tienes un empleo, has de ser así de razonable, piadoso y santo en su ejercicio; si tienes tiempo y fortuna en tu propio poder, estás obligado a ser así de razonable, santo y piadoso en el uso de todo tu tiempo y de toda tu fortuna.
El uso recto y religioso de toda cosa y de todo talento es el deber indispensable de todo ser capaz de conocer el bien y el mal.
Porque la razón por la que hemos de hacer alguna cosa como para Dios, y en consideración a nuestro deber y a nuestra relación con él, es la misma razón por la que hemos de hacerlo todo como para Dios, y en consideración a nuestro deber y a nuestra relación con él.
Lo que es razón para que seamos sabios y santos en el desempeño de todos nuestros negocios es la misma razón para que seamos sabios y santos en el uso de todo nuestro dinero.
Así como tenemos siempre la misma naturaleza y somos en todas partes siervos del mismo Dios, así como todo lugar está igualmente lleno de su presencia y toda cosa es igualmente don suyo, así debemos obrar siempre según la razón de nuestra naturaleza; debemos hacerlo todo como siervos de Dios; debemos vivir en todo lugar como en su presencia; debemos usar todas las cosas como debe usarse lo que pertenece a Dios.
O esta piedad, sabiduría y devoción han de recorrer todos los caminos de la vida y extenderse al uso de todas las cosas, o no han de recorrer ninguna parte de la vida.
Si pudiéramos olvidarnos de nosotros mismos u olvidarnos de Dios, si pudiéramos desatender nuestra razón y vivir según el capricho y la fantasía en alguna cosa, o en algún momento, o en algún lugar, sería igualmente lícito hacer lo mismo en todas las cosas, a capricho, en todo momento y en todo lugar.
Por tanto, si algunos se figuran que deben ser graves y solemnes en la iglesia, pero que pueden ser necios y alocados en casa; que deben vivir según alguna regla el domingo, pero que pueden pasar los demás días al azar; que deben tener algunos tiempos de oración, pero que pueden malgastar el resto de su tiempo como les plazca; que deben dar algún dinero en caridad, pero que pueden derrochar el resto como se les antoje, tales personas no han considerado bastante la naturaleza de la religión ni las verdaderas razones de la piedad. Porque el que, con principios de razón, sabe decir por qué es bueno ser sabio y de mente celestial en la iglesia, sabe decir que siempre es deseable tener las mismas disposiciones en todos los demás lugares. El que de veras sabe por qué debe emplear bien algún tiempo, sabe que nunca es lícito desperdiciar ningún tiempo. El que entiende rectamente lo razonable y excelente de la caridad sabrá que nunca puede ser excusable malgastar parte alguna de nuestro dinero en orgullo y locura, o en gastos innecesarios.
Porque todo argumento que muestra la sabiduría y la excelencia de la caridad prueba la sabiduría de emplear bien toda nuestra fortuna. Todo argumento que prueba la sabiduría y lo razonable de tener tiempos de oración muestra la sabiduría y lo razonable de no perder nada de nuestro tiempo.
Si alguien pudiera mostrar que no necesitamos obrar siempre como en la presencia divina, que no necesitamos considerar y usar todas las cosas como don de Dios, que no necesitamos vivir siempre según la razón y hacer de la religión la regla de todas nuestras acciones, los mismos argumentos mostrarían que no necesitamos obrar nunca como en la presencia de Dios, ni hacer de la religión y de la razón la medida de ninguna de nuestras acciones. Si, pues, hemos de vivir para Dios en algún momento o en algún lugar, hemos de vivir para él en todo momento y en todo lugar. Si hemos de usar alguna cosa como don de Dios, hemos de usar todas las cosas como don suyo. Si hemos de hacer alguna cosa según reglas estrictas de razón y de piedad, hemos de hacerlo todo de la misma manera. Porque la razón, la sabiduría y la piedad son lo mejor en todo momento y en todo lugar tanto como lo son en algún momento o en algún lugar.
Si es nuestra gloria y felicidad tener una naturaleza racional, dotada de sabiduría y de razón, capaz de imitar la naturaleza divina, entonces debe ser nuestra gloria y felicidad perfeccionar nuestra razón y sabiduría, obrar a la altura de la excelencia de nuestra naturaleza racional e imitar a Dios en todas nuestras acciones hasta donde alcance nuestro poder. Por tanto, los que reducen la religión a tiempos y lugares, y a unas pocas reglas de retiro; los que piensan que es demasiado estricto y riguroso introducir la religión en la vida común y hacer que dicte leyes a todas sus acciones y modos de vivir; los que así piensan no solo se equivocan, sino que se equivocan sobre toda la naturaleza de la religión. Porque ciertamente se equivocan sobre toda la naturaleza de la religión quienes pueden pensar que alguna parte de su vida se vuelve más fácil por estar libre de ella. Bien puede decirse que se equivocan sobre toda la naturaleza de la sabiduría quienes no piensan que es deseable ser siempre sabios. No ha aprendido la naturaleza de la piedad quien piensa que es demasiado ser piadoso en todas sus acciones. No entiende suficientemente qué es la razón quien no desea ardientemente vivir conforme a ella en todas las cosas.
Si tuviéramos una religión que consistiera en supersticiones absurdas, que no tuviera en cuenta la perfección de nuestra naturaleza, bien podría la gente alegrarse de tener alguna parte de su vida dispensada de ella. Pero como la religión del Evangelio no es sino el refinamiento y la exaltación de nuestras mejores facultades; como solo exige una vida de la razón más alta; como solo nos exige usar este mundo como en razón debe usarse, vivir en aquellas disposiciones que son la gloria de los seres inteligentes, andar en aquella sabiduría que exalta nuestra naturaleza y practicar aquella piedad que nos elevará hasta Dios, ¿quién puede tener por penoso vivir siempre en el espíritu de semejante religión, y tener cada parte de su vida llena de ella, sino aquel que tendría por mucho más penoso ser como los ángeles de Dios en el cielo?
Además, así como Dios es uno y el mismo Ser, que obra siempre de acuerdo consigo mismo y conforme a su propia naturaleza, así es deber de todo ser que él ha creado vivir según la naturaleza que le ha dado y obrar siempre de acuerdo consigo mismo.
Es, por tanto, una ley inmutable de Dios que todos los seres racionales obren razonablemente en todas sus acciones; no en este momento, o en aquel lugar, o en esta ocasión, o en el uso de alguna cosa particular, sino en todo momento, en todo lugar, en toda ocasión y en el uso de todas las cosas. Es esta una ley tan inmutable como Dios, y no puede dejar de existir más de lo que Dios puede dejar de ser un Dios de sabiduría y de orden.
Por tanto, cuando un ser dotado de razón hace algo irrazonable en cualquier momento, o en cualquier lugar, o en el uso de cualquier cosa, peca contra la gran ley de su naturaleza, abusa de sí mismo y peca contra Dios, el Autor de esa naturaleza.
Por tanto, los que abogan por los regalos y las vanidades, por cualesquiera modas, costumbres y caprichos necios del mundo, por el mal uso de nuestro tiempo o de nuestro dinero, abogan por una rebelión contra nuestra naturaleza, por una rebelión contra Dios, que nos ha dado la razón con ningún otro fin que el de hacerla la regla y medida de todos nuestros modos de vivir.
Así pues, cuando seas culpable de alguna locura o extravagancia, o consientas alguna disposición vana, no lo consideres cosa pequeña porque pueda parecerlo comparada con otros pecados; antes bien, considéralo en cuanto es obrar contra tu naturaleza, y entonces verás que nada que sea irrazonable es pequeño; porque todos los caminos irrazonables son contrarios a la naturaleza de todos los seres racionales, sean hombres o ángeles, ninguno de los cuales puede ser agradable a Dios sino en la medida en que obra conforme a la razón y a la excelencia de su naturaleza.
Las flaquezas de la vida humana nos hacen necesarios alimentos y vestidos que los ángeles no necesitan; pero no por eso nos es más lícito convertir estas necesidades en locuras y entregarnos al lujo en la comida o a las vanidades en el vestir, que lo que es lícito a los ángeles obrar por debajo de la dignidad de su propio estado. Porque una vida razonable y un uso sabio de nuestra propia condición son tan deber de todos los hombres como lo son de todos los ángeles y seres inteligentes. No son estos vuelos especulativos ni nociones imaginarias, sino leyes claras e innegables, fundadas en la naturaleza de los seres racionales, que, como tales, están obligados a vivir según la razón y a glorificar a Dios con un recto y continuo uso de sus diversos talentos y facultades. De modo que, aunque los hombres no son ángeles, pueden saber, considerando el estado y la perfección de los ángeles, para qué fines y según qué reglas han de vivir y obrar los hombres. Nuestro bendito Salvador ha vuelto claramente nuestros pensamientos en esta dirección, al hacer de esta petición una parte constante de todas nuestras oraciones: «Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Prueba clara de que la obediencia de los hombres ha de imitar la obediencia de los ángeles, y de que los seres racionales en la tierra han de vivir para Dios como los seres racionales en el cielo viven para él.
Por tanto, cuando quieras representarte cómo deben vivir los cristianos para Dios, y con qué grados de sabiduría y de santidad deben usar las cosas de esta vida, no debes mirar al mundo, sino alzar los ojos a Dios y a la compañía de los ángeles, y pensar qué sabiduría y santidad son adecuadas para prepararte para semejante estado de gloria. Debes mirar a todos los preceptos más altos del Evangelio, debes examinarte por el espíritu de Cristo, debes pensar cómo han vivido los hombres más sabios del mundo, debes pensar cómo vivirían las almas de los difuntos si hubieran de representar otra vez el breve papel de la vida humana; debes pensar qué grados de sabiduría y de santidad desearás tener cuando estés dejando el mundo.
Ahora bien, esto no es forzar demasiado la cuestión ni proponernos ninguna perfección innecesaria. No es sino seguir sencillamente el consejo del Apóstol cuando dice: «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo justo, todo lo puro, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si alguna alabanza, en esto pensad» [Filipenses 4:8]. Porque nadie puede acercarse a la doctrina de este pasaje sino aquel que se propone hacer todas las cosas en esta vida como siervo de Dios, vivir según la razón en todo lo que hace y hacer de la sabiduría y la santidad del Evangelio la regla y medida de su desear y usar cada don de Dios.
Capítulo 5 completado
Las personas libres de la necesidad del trabajo y de los empleos han de considerarse consagradas a Dios en un grado más alto