Capítulo 4 · 29 min de lectura · 37 min de escucha
No podemos agradar a Dios en ningún estado o empleo de la vida sino teniendo la intención de consagrarlo todo a su honra y gloria
HABIENDO expuesto en el primer capítulo la naturaleza general de la devoción, y mostrado que no implica una forma determinada de oración, sino una forma determinada de vida que se ofrece a Dios, no en tiempos o lugares particulares, sino en todas partes y en todas las cosas, descenderé ahora a algunos detalles y mostraré cómo hemos de consagrar a Dios nuestro trabajo y nuestro empleo, nuestro tiempo y nuestra fortuna.
Así como un buen cristiano debe considerar santo todo lugar, porque Dios está allí, así debe mirar cada parte de su vida como asunto de santidad, porque ha de ser ofrecida a Dios.
La profesión del clérigo es una profesión santa, porque es un ministerio en cosas santas, un servicio en el altar. Pero los negocios del mundo han de hacerse santos para el Señor, realizándolos como un servicio a él y en conformidad con su divina voluntad.
Porque así como todos los hombres y todas las cosas del mundo pertenecen a Dios tan verdaderamente como cualesquiera lugares, cosas o personas consagrados al servicio divino, así todas las cosas han de usarse, y todas las personas han de obrar en sus diversos estados y empleos, para la gloria de Dios.
Por tanto, los hombres de negocios del mundo no deben considerarse en libertad de vivir para sí mismos y de sacrificar a sus propios caprichos y disposiciones, por ser su empleo de naturaleza mundana. Antes bien, deben considerar que, así como el mundo y todas las profesiones mundanas pertenecen a Dios tan verdaderamente como las personas y las cosas consagradas al altar, así es tan deber de los hombres ocupados en los negocios del mundo vivir enteramente para Dios como lo es de aquellos que están consagrados al servicio divino.
Así como el mundo entero es de Dios, así el mundo entero ha de obrar para Dios. Así como todos los hombres tienen la misma relación con Dios, y todos los hombres reciben de Dios todas sus potencias y facultades, así todos los hombres están obligados a obrar para Dios con todas sus potencias y facultades.
Así como todas las cosas son de Dios, así todas las cosas han de usarse y considerarse como cosas de Dios. Que los hombres abusen de las cosas de la tierra y vivan para sí mismos es la misma rebelión contra Dios que si los ángeles abusaran de las cosas del cielo; porque Dios es exactamente el mismo Señor de todo en la tierra que es Señor de todo en el cielo.
Las cosas pueden y deben diferir en su uso, pero aun así todas han de usarse conforme a la voluntad de Dios.
Los hombres pueden y deben diferir en sus empleos, pero aun así todos deben obrar para los mismos fines, como siervos obedientes de Dios, en el recto y piadoso desempeño de sus diversas vocaciones.
Los clérigos deben vivir enteramente para Dios de una manera particular, a saber, en el ejercicio de los oficios santos, en la ministración de las oraciones y de los sacramentos, y en una celosa distribución de los bienes espirituales.
Pero los hombres de otros empleos están, cada cual a su manera, tan obligados como ellos a obrar como siervos de Dios y a vivir enteramente para él en sus diversas vocaciones. Esta es la única diferencia entre los clérigos y las personas de otras vocaciones.
Cuando pueda demostrarse que los hombres pueden ser vanidosos, codiciosos, sensuales, mundanos u orgullosos en el ejercicio de sus negocios del mundo, entonces será lícito que los clérigos se permitan las mismas disposiciones en su sagrada profesión. Porque, aunque estas disposiciones son de lo más odioso y culpable en los clérigos, quienes, además de su voto bautismal, se han consagrado a Dios por segunda vez para ser sus siervos, no en los oficios comunes de la vida humana, sino en el servicio espiritual de las cosas más santas y sagradas, y quienes por tanto deben mantenerse tan apartados y distintos de la vida común de los demás hombres como una iglesia o un altar ha de mantenerse apartado de las casas y de las mesas de uso común; sin embargo, así como todos los cristianos están consagrados a Dios por su bautismo y hechos profesores de santidad, así todos ellos, en sus diversas vocaciones, han de vivir como personas santas y celestiales, haciendo todo en su vida común solamente de tal manera que pueda ser recibido por Dios como un servicio que se le presta. Porque las cosas espirituales y temporales, sagradas y comunes, deben todas, como los hombres y los ángeles, como el cielo y la tierra, conspirar a la gloria de Dios.
Así como no hay sino un solo Dios y Padre de todos nosotros, cuya gloria da luz y vida a todo lo que vive, cuya presencia llena todos los lugares, cuyo poder sostiene a todos los seres, cuya providencia gobierna todos los acontecimientos, así todo lo que vive, sea en el cielo o en la tierra, sean tronos o principados, hombres o ángeles, todos deben, con un mismo espíritu, vivir enteramente para la alabanza y la gloria de este único Dios y Padre de todos ellos. Los ángeles como ángeles, en sus ministerios celestiales; pero los hombres como hombres, las mujeres como mujeres, los obispos como obispos, los presbíteros como presbíteros y los diáconos como diáconos; unos con cosas espirituales y otros con cosas temporales, ofreciendo a Dios el sacrificio diario de una vida razonable, de acciones sabias, de pureza de corazón y de afectos celestiales.
Esta es la ocupación común de todas las personas en este mundo. A ninguna mujer en el mundo le está permitido malgastar su tiempo en las locuras e impertinencias de una vida a la moda, ni a ningún hombre entregarse por completo a los cuidados y asuntos del mundo; no les está permitido a los ricos satisfacer sus pasiones en los regalos y la soberbia de la vida, ni a los pobres irritar y atormentar su corazón con la pobreza de su estado; sino que hombres y mujeres, ricos y pobres, deben, junto con los obispos y los presbíteros, andar delante de Dios con el mismo espíritu sabio y santo, en la misma negación de toda disposición vana y en la misma disciplina y cuidado de sus almas; no solo porque todos tienen la misma naturaleza racional y son siervos del mismo Dios, sino porque todos necesitan la misma santidad para hacerse aptos para la misma felicidad a la que todos están llamados. Es, pues, absolutamente necesario que todos los cristianos, sean hombres o mujeres, se consideren personas consagradas a la santidad, y que así ordenen su modo común de vida por tales reglas de razón y de piedad que puedan convertirlo en un servicio continuo a Dios Todopoderoso.
Ahora bien, para hacer de nuestro trabajo o empleo un servicio aceptable a Dios, debemos llevarlo a cabo con el mismo espíritu y disposición que se requieren para dar limosna o para cualquier obra de piedad. Porque si, «ya comamos, ya bebamos, o hagamos cualquier otra cosa», hemos de «hacerlo todo para la gloria de Dios» [1 Corintios 10:31]; si «hemos de usar de este mundo como si no usáramos de él»; si hemos de «presentar» nuestros cuerpos «en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios» [Romanos 12:1]; si es verdad que «por fe andamos, no por vista», y que hemos de «tener nuestra ciudadanía en los cielos» [2 Corintios 5:7; Filipenses 3:20], entonces es necesario que el modo común de nuestra vida, en todo estado, se ordene a glorificar a Dios mediante aquellas disposiciones que hacen que nuestras oraciones y adoraciones le sean aceptables. Porque si somos mundanos o de mente terrenal en nuestros empleos, si los llevamos adelante con deseos vanos y disposiciones codiciosas, solo para satisfacernos a nosotros mismos, no puede decirse de nosotros que vivimos para la gloria de Dios, como tampoco puede decirse de los glotones y de los borrachos que comen y beben para la gloria de Dios.
Así como la gloria de Dios es una y la misma cosa, así todo lo que hagamos conforme a ella debe hacerse con uno y el mismo espíritu. El mismo estado y disposición del alma que hace aceptables nuestras limosnas y devociones debe hacer también de nuestro trabajo o empleo una ofrenda adecuada a Dios. Si un hombre trabaja para hacerse rico, y prosigue sus negocios a fin de elevarse a una posición de lucimiento y gloria en el mundo, ya no está sirviendo a Dios en su empleo; está obrando bajo otros amos, y no tiene más derecho a una recompensa de Dios que el que da limosna para ser visto, o el que ora para ser oído de los hombres. Porque los deseos vanos y terrenales no son más lícitos en nuestros empleos que en nuestras limosnas y devociones. Pues estas disposiciones de orgullo mundano y de vanagloria no solo son malas cuando se mezclan con nuestras buenas obras, sino que tienen la misma naturaleza mala, y nos hacen odiosos a Dios, cuando entran en la ocupación común de nuestro empleo. Si fuera lícito consentir pasiones codiciosas o vanas en nuestros empleos mundanos, entonces sería lícito ser vanaglorioso en nuestras devociones. Pero así como nuestras limosnas y devociones no son un servicio aceptable sino cuando proceden de un corazón verdaderamente consagrado a Dios, así nuestro empleo común no puede tenerse por un servicio a él sino cuando se desempeña con la misma disposición y piedad de corazón.
La mayoría de los empleos de la vida son lícitos por su propia naturaleza; y todos los que lo son pueden convertirse en parte sustancial de nuestro deber para con Dios, si nos ocupamos en ellos solo hasta cierto punto, y para tales fines, cuales convienen a seres que han de vivir por encima del mundo todo el tiempo que viven en el mundo. Esta es la única medida de nuestra aplicación a cualquier negocio del mundo, sea el que fuere y dondequiera que sea: no debe tener de nuestras manos, de nuestro corazón ni de nuestro tiempo más de lo que sea compatible con una preparación sincera, diaria y cuidadosa de nosotros mismos para otra vida. Porque, así como todos los cristianos, en cuanto tales, han renunciado a este mundo para prepararse, mediante la devoción diaria y la santidad universal, para un estado eterno de naturaleza enteramente distinta, deben mirar los empleos mundanos como miran las necesidades mundanas y las enfermedades del cuerpo: cosas que no han de desearse, sino solo soportarse y sufrirse, hasta que la muerte y la resurrección nos hayan llevado a un estado eterno de verdadera felicidad.
Ahora bien, el que no mira las cosas de esta vida con este grado de pequeñez no puede decirse que sienta ni que crea las mayores verdades del cristianismo. Porque si piensa que hay algo grande o importante en los asuntos humanos, ¿puede decirse que siente o cree aquellas Escrituras que representan esta vida, y las cosas más grandes de la vida, como burbujas, vapores, sueños y sombras?
Si piensa que el lucimiento, la ostentación y la gloria mundana son una felicidad propia de un cristiano, ¿cómo puede decirse que siente o cree esta doctrina: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de su compañía, y os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del Hombre» [Lucas 6:22]? Porque ciertamente, si hubiera alguna felicidad real en el lucimiento, la ostentación y la gloria mundana; si estas cosas merecieran nuestros pensamientos y cuidados, no podría ser motivo del más alto gozo que se nos arranque de ellas por medio de persecuciones y sufrimientos. Por tanto, si un hombre quiere vivir de tal modo que muestre que siente y cree las doctrinas más fundamentales del cristianismo, debe vivir por encima del mundo; esta es la disposición que ha de capacitarlo para atender los negocios de la vida y, sin embargo, vivir enteramente para Dios, y para desempeñar algún empleo mundano con una mente celestial. Y es tan necesario que las personas vivan en sus empleos con esta disposición como es necesario que el empleo mismo sea lícito.
El labrador que cultiva la tierra está ocupado en un oficio honrado, necesario para la vida y muy capaz de convertirse en un servicio aceptable a Dios. Pero si trabaja y se afana, no para servir a ningún fin razonable de la vida, sino para tener un arado de plata y sus caballos enjaezados de oro, la honradez de su empleo se pierde en lo que a él toca, y su trabajo se convierte en su locura.
Un comerciante puede pensar con justicia que es conforme a la voluntad de Dios que venda cosas inocentes y útiles para la vida, cosas que ayudan tanto a él como a otros a un sustento razonable y que les permiten socorrer a quienes necesitan ser socorridos. Pero si, en lugar de esto, comercia solo mirando a sí mismo, sin otra regla que la de su propia disposición; si su fin principal en ello es hacerse rico para vivir con lucimiento y regalo, y poder retirarse de los negocios a la ociosidad y al lujo, su comercio, en lo que a él toca, pierde toda su inocencia, y está tan lejos de ser un servicio aceptable a Dios que no es más que un camino más plausible de codicia, amor propio y ambición. Porque tal hombre convierte las necesidades del empleo en orgullo y codicia, exactamente como el beodo y el epicúreo convierten las necesidades de comer y beber en glotonería y embriaguez. Ahora bien, el que madruga y trasnocha, el que suda y trabaja para estos fines, para ser rico algún día y vivir en el placer y el regalo, no vive más para la gloria de Dios que el que juega y apuesta para los mismos fines. Porque, aunque hay una gran diferencia entre comerciar y jugar, la mayor parte de esa diferencia se pierde cuando los hombres comercian con los mismos deseos y disposiciones, y para los mismos fines, con que otros juegan. La caridad y el vestir con elegancia son cosas muy diferentes; pero si los hombres dan limosna por las mismas razones por las que otros visten con elegancia, solo para ser vistos y admirados, la caridad no es entonces sino como la vanidad de los vestidos finos. De igual manera, si los mismos motivos que hacen a algunos asiduos al juego hacen a otros afanosos y diligentes en sus oficios, tales afanes no son sino como los afanes del juego.
Calidus ha comerciado más de treinta años en la ciudad más grande del reino; durante todos esos años ha ido aumentando constantemente su comercio y su fortuna. Para él cada hora del día es una hora de negocios; y aunque come y bebe con muy buen apetito, cada comida parece hecha a toda prisa, y él bendeciría la mesa si tuviera tiempo. Calidus termina cada día en la taberna, pero no tiene tiempo de estar allí hasta cerca de las nueve. Siempre se ve obligado a beber un buen vaso, bien cargado, para sacarse de la cabeza los pensamientos del negocio y adormecer lo bastante su ánimo para el sueño. Hace negocios todo el tiempo que tarda en levantarse, y ha resuelto varios asuntos antes de llegar a su despacho. Sus oraciones son una o dos jaculatorias breves, que nunca omite cuando hace un tiempo tormentoso y borrascoso, porque siempre tiene algo en el mar. Calidus te dirá, con gran satisfacción, que lleva tantos años en este ajetreo, y que hace mucho que lo habría matado de no haber tenido por regla salir de la ciudad todos los sábados y hacer del domingo un día de quietud y de buen descanso en el campo.
Ahora es tan rico que dejaría sus negocios y entretendría su vejez construyendo y amueblando una hermosa casa en el campo, si no temiera volverse melancólico al dejar sus negocios. Te dirá, con gran gravedad, que es cosa peligrosa para un hombre acostumbrado a ganar dinero dejar alguna vez de ganarlo. Si alguna vez los pensamientos de religión se le cuelan en la cabeza, Calidus se contenta con pensar que nunca fue amigo de herejes ni de incrédulos, que siempre ha sido cortés con el ministro de su parroquia y que muy a menudo ha dado algo a las escuelas de caridad.
Ahora bien, este modo de vida está a tal distancia de toda la doctrina y disciplina del cristianismo que nadie puede vivir en él por ignorancia o por fragilidad. Calidus no puede imaginar que ha «nacido de nuevo del Espíritu» [Juan 3]; que es «en Cristo nueva criatura»; que vive aquí como extranjero y peregrino [1 Pedro 2:11], poniendo la mira en las cosas de arriba y haciéndose tesoros en el cielo [Colosenses 3:1]; no puede imaginar esto, como tampoco puede pensar que ha sido toda su vida un apóstol que obraba milagros y predicaba el Evangelio.
Hay que reconocer también que la generalidad de la gente de comercio, especialmente en las grandes ciudades, se parece demasiado a Calidus. Los ves toda la semana sepultados en los negocios, incapaces de pensar en ninguna otra cosa; y luego pasar el domingo en la ociosidad y el descanso, vagando por el campo, en visitas y reuniones joviales tales que a menudo hacen de él el peor día de la semana.
Ahora bien, no viven así porque no puedan sustentarse con menos cuidado y aplicación a los negocios, sino que viven así porque quieren enriquecerse en sus oficios y mantener a sus familias con cierto lucimiento y cierto grado de lujo que una vida cristiana razonable no necesita para nada. Quítese solo esta disposición, y la gente de todos los oficios se hallará con tiempo libre para vivir cada día como cristianos, para ser cuidadosa de todo deber del Evangelio, para vivir en un curso visible de religión y para ser cada día estricta observante de la oración, tanto privada como pública.
Ahora bien, el único modo de hacer esto es que las personas consideren su oficio como algo que están obligadas a consagrar a la gloria de Dios, algo que han de ejercer solo de tal manera que puedan hacer de ello un deber para con él. Nada puede ser recto en los negocios si no está bajo estas reglas. El Apóstol manda a los siervos que obedezcan a sus amos «con sencillez de corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que agradan a los hombres, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres» [Efesios 6:5; Colosenses 3:22, 23].
Este pasaje muestra suficientemente que todos los cristianos han de vivir enteramente para Dios en todo estado y condición, haciendo el trabajo de su vocación común de tal manera, y para tales fines, que lo conviertan en parte de su devoción o servicio a Dios. Porque ciertamente, si los pobres esclavos no han de cumplir con su trabajo como quienes agradan a los hombres, si han de mirar enteramente a Dios en todas sus acciones y servir con sencillez de corazón, como al Señor, sin duda los hombres de otros empleos y condiciones han de estar igualmente obligados a desempeñar sus negocios con la misma sencillez de corazón; no como quienes complacen la vanidad de su propia mente, no como quienes satisfacen sus propias pasiones egoístas y mundanas, sino como siervos de Dios en todo lo que tienen que hacer. Porque seguramente nadie dirá que un esclavo ha de consagrar a Dios su estado de vida y hacer de la voluntad de Dios la única regla y fin de su servicio, pero que un comerciante no necesita obrar con el mismo espíritu de devoción en sus negocios. Pues esto es tan absurdo como hacer necesario que un hombre sea más justo o más fiel que otro.
Es, por tanto, absolutamente cierto que ningún cristiano ha de adentrarse en los negocios más allá, ni para otros fines, que aquellos que pueda ofrecer a Dios con sencillez de corazón como un servicio razonable. Porque el Hijo de Dios nos ha redimido para este único fin: que, mediante una vida de razón y de piedad, vivamos para la gloria de Dios; esta es la única regla y medida para todo orden y estado de vida. Sin esta regla, el empleo más lícito se convierte en un estado de vida pecaminoso.
Quítese esto de la vida de un clérigo, y su santa profesión solo sirve para exponerlo a una condenación mayor. Quítese esto a los comerciantes, y las tiendas no son sino otras tantas casas de avidez y de ganancia deshonesta. Quítese esto a los caballeros, y el curso de su vida se convierte en un curso de sensualidad, orgullo y libertinaje. Quítese esta regla de nuestras mesas, y todo cae en la glotonería y la embriaguez. Quítese esta medida de nuestro vestido y atavío, y todo se convierte en afeites, oropeles y adornos ridículos, que son una verdadera vergüenza para quien los lleva. Quítese esto del uso de nuestras fortunas, y hallarás gente que en nada es parca sino en la caridad. Quítese esto de nuestras diversiones, y no hallarás juegos demasiado necios, ni entretenimientos demasiado vanos y corrompidos, para ser el placer de los cristianos. Si, pues, deseamos vivir para Dios, es necesario someter toda nuestra vida a esta ley: hacer de su gloria la única regla y medida de nuestro obrar en todo empleo de la vida. Porque no hay otra devoción verdadera sino esta: vivir consagrados a Dios en las ocupaciones comunes de nuestra vida.
De modo que los hombres no deben contentarse con la licitud de sus empleos, sino que deben considerar si los usan como han de usar todas las cosas: como extranjeros y peregrinos que han sido bautizados en la resurrección de Jesucristo, que han de seguirlo en un curso de vida sabio y celestial, en la mortificación de todos los deseos mundanos, y purificando y preparando sus almas para el bienaventurado goce de Dios [Colosenses 3:1; 1 Pedro 1:15, 16; Efesios 5:26, 27].
Porque ser vanidoso, u orgulloso, o codicioso, o ambicioso en el curso común de nuestros negocios es tan contrario a estas santas disposiciones del cristianismo como el engaño y la falta de honradez.
Si un glotón dijera, para excusar su glotonería, que solo come cosas que es lícito comer, se daría una excusa tan buena como la del comerciante ávido, codicioso y ambicioso que dijera que solo trata en negocios lícitos. Porque así como al cristiano no solo se le exige que sea honrado, sino que tenga un espíritu cristiano y haga de su vida un ejercicio de humildad, de arrepentimiento y de afecto celestial, así todas las disposiciones contrarias a estas son tan contrarias al cristianismo como el engaño es contrario a la honradez.
De modo que la cuestión se reduce claramente a esto: todas las disposiciones desordenadas en el comercio y en los negocios no son sino como las disposiciones desordenadas en el comer y el beber.
Las miras orgullosas y los deseos vanos en nuestros empleos mundanos son tan verdaderamente vicios y corrupciones como la hipocresía en la oración o la vanidad en la limosna. Y no puede darse razón alguna de por qué la vanidad en nuestras limosnas nos hace odiosos a Dios que no demuestre que cualquier otra clase de orgullo es igualmente odiosa. El que trabaja y se afana en una vocación para hacer figura en el mundo y atraer los ojos de la gente hacia el esplendor de su condición está tan lejos de la piadosa humildad de un cristiano como el que da limosna para ser visto de los hombres. Porque la razón por la que el orgullo y la vanidad en nuestras oraciones y limosnas las convierten en un servicio inaceptable a Dios no es que haya algo particular en las oraciones y las limosnas que no admita el orgullo, sino que el orgullo no está hecho para el hombre en ningún respecto ni en cosa alguna; destruye la piedad de nuestras oraciones y limosnas porque destruye la piedad de todo lo que toca, y hace que toda acción que gobierna sea incapaz de ser ofrecida a Dios.
De modo que, si pudiéramos dividirnos de tal manera que fuéramos humildes en algunos respectos y orgullosos en otros, tal humildad no nos serviría de nada, porque Dios nos exige ser humildes en todas nuestras acciones y propósitos tan verdaderamente como nos exige ser veraces y honrados en todas nuestras acciones y propósitos.
Y así como un hombre no es honrado y veraz porque lo sea con muchísimas personas o en varias ocasiones, sino porque la verdad y la honradez son la medida de todos sus tratos con todo el mundo, lo mismo sucede con la humildad o con cualquier otra disposición: debe ser el hábito general que gobierna nuestra mente, y extenderse a todas nuestras acciones y propósitos, antes de que pueda atribuírsenos.
A veces, en efecto, hablamos como si un hombre pudiera ser humilde en algunas cosas y orgulloso en otras: humilde en su vestido, pero orgulloso de su saber; humilde en su persona, pero orgulloso en sus miras y propósitos. Pero aunque esto pueda pasar en la conversación común, donde pocas cosas se dicen con estricta verdad, no puede admitirse cuando examinamos la naturaleza de nuestras acciones.
Es muy posible que un hombre que vive del engaño sea muy puntual en pagar lo que compra; pero entonces todos tienen la seguridad de que no lo hace por ningún principio de verdadera honradez.
Del mismo modo, es muy posible que un hombre orgulloso de su hacienda, ambicioso en sus miras o vanidoso de su saber descuide su vestido y su persona como lo haría un hombre verdaderamente humilde; pero suponer que lo hace por un verdadero principio de humildad religiosa es exactamente tan absurdo como suponer que un tramposo paga lo que compra por un principio de honradez religiosa.
Así pues, como toda clase de deshonestidad destruye nuestras pretensiones a un principio honrado del alma, así toda clase de orgullo destruye nuestras pretensiones a un espíritu humilde.
Nadie se extraña de que aquellas oraciones y limosnas que proceden del orgullo y de la ostentación sean odiosas a Dios; y sin embargo es igual de fácil mostrar que el orgullo es tan perdonable allí como en cualquier otra parte.
Si pudiéramos suponer que Dios rechaza el orgullo en nuestras oraciones y limosnas, pero tolera el orgullo en nuestro vestido, en nuestras personas o en nuestras haciendas, sería lo mismo que suponer que Dios condena la falsedad en algunas acciones, pero la permite en otras. Porque el orgullo en una cosa difiere del orgullo en otra como el robo a un hombre difiere del robo a otro.
Además, si el orgullo y la ostentación son tan odiosos que destruyen el mérito y el valor de las acciones más razonables, ciertamente deben ser igual de odiosos en aquellas acciones que solo se fundan en la debilidad y la flaqueza de nuestra naturaleza. Así, por ejemplo: las limosnas son mandadas por Dios como excelentes en sí mismas, como verdaderas muestras de una disposición divina, pero los vestidos solo se nos permiten para cubrir nuestra vergüenza; por tanto, ser vanidoso en el vestir debe ser, por lo menos, un grado de orgullo tan odioso como ser vanidoso en las limosnas.
Además, se nos manda «orar sin cesar» [1 Tesalonicenses 5:17] como medio para hacer nuestras almas más elevadas y divinas, pero se nos prohíbe hacernos tesoros en la tierra [Mateo 6:19]; ¿y podemos pensar que no es tan malo envanecerse de aquellos tesoros que se nos prohíbe acumular como envanecerse de aquellas oraciones que se nos manda hacer?
A las mujeres se les exige llevar la cabeza cubierta y adornarse con pudor [1 Corintios 11:13; 1 Timoteo 2:9]; si, pues, se envanecen de aquellas cosas que están expresamente prohibidas, si se ponen lunares postizos y afeites en aquella parte que solo puede adornarse con el pudor, ciertamente tienen tanto de qué arrepentirse por semejante orgullo como aquellos cuyo orgullo es el motivo de sus oraciones y de su caridad. Esto debe concederse, a menos que digamos que es más perdonable gloriarse en nuestra vergüenza que gloriarse en nuestra virtud.
Todos estos ejemplos solo sirven para mostrarnos la gran necesidad de una piedad tan regular y uniforme que se extienda a todas las acciones de nuestra vida común.
Que debemos comer y beber, vestir y conversar conforme a la sobriedad del espíritu cristiano; no emprender otros empleos sino aquellos que podamos consagrar verdaderamente a Dios, ni proseguirlos más allá de lo que conduce a los fines razonables de una vida santa y devota. Que debemos ser honrados, no solo en ocasiones particulares y en aquellos casos que el mundo aplaude, fáciles de cumplir y libres de peligro o de pérdida, sino por un principio vivo de justicia tal que nos haga amar la verdad y la integridad en todas sus manifestaciones, seguirlas a través de todos los peligros y contra toda oposición; sabiendo que cuanto más pagamos por una verdad, mejor es nuestro trato, y que nuestra integridad se vuelve una perla cuando lo hemos dado todo por conservarla. Que debemos ser humildes, no solo en aquellos casos que el mundo espera, o que convienen a nuestras disposiciones, o que se limitan a ocasiones particulares, sino con tal humildad de espíritu que nos haga mansos y humildes en todo el curso de nuestra vida, que se muestre en nuestro vestido, en nuestra persona, en nuestra conversación, en nuestro disfrute del mundo, en la tranquilidad de nuestra mente, en la paciencia ante las injurias, en la sumisión a los superiores y en la condescendencia con los que están por debajo de nosotros, y en todas las acciones exteriores de nuestra vida. Que no solo debemos consagrar a la oración tiempos y lugares, sino estar en todas partes en el espíritu de la devoción, con el corazón siempre vuelto hacia el cielo, alzando los ojos a Dios en todas nuestras acciones y haciéndolo todo como siervos suyos; viviendo en el mundo como en un santo templo de Dios, y adorándolo siempre, si no con los labios, sí con la gratitud de nuestro corazón, la santidad de nuestras acciones y el uso piadoso y caritativo de todos sus dones. Que no solo debemos elevar al cielo peticiones y pensamientos, sino desempeñar todos nuestros negocios mundanos con un espíritu celestial, como miembros del cuerpo místico de Cristo; para que, con corazones nuevos y mentes nuevas, convirtamos una vida terrenal en preparación para una vida de grandeza y de gloria en el reino de los cielos. Ahora bien, el único modo de llegar a esta piedad de espíritu es someter todas tus acciones a la misma regla que tus devociones y tus limosnas. Sabes muy bien qué es lo que constituye la piedad de tus limosnas o de tus devociones; pues bien, las mismas reglas, la misma consideración a Dios, deben hacer de todo lo demás que hagas un servicio apropiado y aceptable a Dios.
Espero que se haya dicho bastante para mostrarte la necesidad de introducir así la religión en todas las acciones de tu vida común, y de vivir y obrar con la misma consideración a Dios en todo lo que haces que en tus oraciones y limosnas.
Comer es una de las acciones más bajas de nuestra vida; nos es común con los meros animales; y sin embargo vemos que la piedad de todas las épocas del mundo ha convertido esta acción ordinaria de la vida animal en un acto de piedad para con Dios, haciendo que toda comida comience y termine con devoción.
Todavía vemos algunos restos de esta costumbre en la mayoría de las familias cristianas, alguna pequeña formalidad que te muestra que la gente solía invocar a Dios al principio y al fin de sus comidas. Pero, a decir verdad, hoy se practica generalmente de un modo que más parece una burla de la devoción que una solemne aplicación de la mente a Dios. En una casa verás quizá al cabeza de familia limitarse a quitarse el sombrero; en otra, a medio levantarse de su asiento; otro llegará tal vez hasta hacer como que dice algo; pero, con todo, estos pequeños intentos son los restos de alguna devoción que antiguamente se usaba en tales momentos, y son pruebas de que la religión perteneció en otro tiempo a esta parte de la vida común.
Pero a tal punto hemos llegado ahora que, aunque la costumbre todavía se conserva, apenas podemos soportar a quien parece cumplirla con algún grado de seriedad, y lo tenemos por señal de una disposición fanática si un hombre no ha terminado en cuanto empieza.
No quisiera que se pensara que abogo por la necesidad de oraciones largas en estos momentos; pero creo que puede decirse por lo menos esto: que si la oración es apropiada en estos momentos, deberíamos obligarnos a usar una forma de palabras tal que muestre que apelamos solemnemente a Dios pidiendo aquellas gracias y bendiciones que entonces son propias de la ocasión. De otro modo, la ceremonia burlesca, en vez de bendecir nuestros alimentos, no hace sino acostumbrarnos a jugar con la devoción y darnos el hábito de permanecer indiferentes a nuestras oraciones.
Si todo cabeza de familia, al volver cada comida, se obligara a hacer una solemne adoración a Dios, de una manera decorosa, como conviene a un alma devota, muy probablemente aprendería que los juramentos, la sensualidad, la glotonería y la conversación licenciosa eran muy impropios en aquellas comidas que habían de comenzar y terminar con devoción.
Y si en estos días de corrupción general esta parte de la devoción ha caído en una ceremonia burlesca, debe atribuirse a esta causa: que la sensualidad y la intemperancia han adquirido sobre nosotros un poder demasiado grande para permitirnos añadir alguna devoción a nuestras comidas. Pero esto, al menos, debe decirse: que cuando seamos tan piadosos como lo han sido los judíos y los paganos de todas las épocas, pensaremos que es apropiado orar al principio y al fin de nuestras comidas.
He apelado a esta piadosa costumbre de todas las épocas del mundo como prueba de lo razonable de la doctrina de este capítulo y de los anteriores; es decir, como prueba de que la religión ha de ser la regla y medida de todas las acciones de la vida ordinaria. Porque, ciertamente, si no hemos de comer sino bajo tales reglas de devoción, debe aparecer claramente que todo lo demás que hagamos debe, a su manera propia, hacerse con la misma consideración a la gloria de Dios y conforme a los principios de un alma devota y piadosa.
Capítulo 4 completado
No podemos agradar a Dios en ningún estado o empleo de la vida sino teniendo la intención de consagrarlo todo a su honra y gloria