Un llamado serio a una vida devota y santa
Del gran peligro y la necedad de no tener la intención de ser tan eminentes y ejemplares como podamos en la práctica de todas las virtudes cristianas

Capítulo 3 · 22 min de lectura · 29 min de escucha

Del gran peligro y la necedad de no tener la intención de ser tan eminentes y ejemplares como podamos en la práctica de todas las virtudes cristianas

AUNQUE la bondad de Dios y sus ricas misericordias en Cristo Jesús son para nosotros garantía suficiente de que será misericordioso con nuestras debilidades y flaquezas inevitables, es decir, con aquellas faltas que son efecto de la ignorancia o de la sorpresa, no tenemos razón alguna para esperar la misma misericordia para con aquellos pecados en que hemos vivido por falta de intención de evitarlos.

Por ejemplo: el caso de quien jura habitualmente y muere en esa culpa no parece tener derecho alguno a la misericordia divina, por esta razón: porque no puede alegar en su excusa debilidad ni flaqueza alguna, como tampoco el hombre que escondió su talento en la tierra podía alegar que le faltaron fuerzas para mantenerlo fuera de la tierra.

Pero ahora bien, si este es un razonamiento correcto en el caso del que jura habitualmente, que su pecado no ha de tenerse por una flaqueza perdonable porque no tiene debilidad alguna que alegar en su excusa, ¿por qué entonces no llevamos este modo de razonar hasta su verdadero alcance? ¿Por qué no condenamos igualmente todo otro error de vida que no tiene más debilidad que alegar en su excusa que el jurar habitual?

Porque si esto es cosa tan mala por cuanto podría evitarse con solo que sinceramente nos lo propusiéramos, ¿no han de ser entonces muy culpables todos los demás modos erróneos de vida, si vivimos en ellos no por debilidad e incapacidad, sino porque nunca tuvimos la sincera intención de evitarlos?

Por ejemplo: tú quizá no has hecho progreso alguno en las virtudes cristianas más importantes, apenas has recorrido la mitad del camino en la humildad y la caridad; ahora bien, si tu falta en estos deberes se debe puramente a que no tienes la intención de cumplirlos en algún grado verdadero, ¿no tienes entonces tan poco que alegar en tu favor, y no estás tan falto de toda excusa, como el que jura habitualmente?

¿Por qué, pues, no haces llegar estas cosas hasta el fondo de tu conciencia? ¿Por qué no consideras tan peligroso para ti vivir en aquellos defectos que está en tu poder enmendar, como lo es para el que jura habitualmente vivir quebrantando aquel deber que está en su poder observar? ¿No son la negligencia y la falta de intención sincera tan censurables en un caso como en el otro?

Tú, quizá, estás tan lejos de la perfección cristiana como el que jura habitualmente lo está de guardar el tercer mandamiento; ¿no estás, pues, tan condenado por las doctrinas del Evangelio como lo está el que jura por el tercer mandamiento?

Quizá dirás que todos se quedan cortos de la perfección del Evangelio y que, por tanto, te contentas con tus faltas. Pero eso no viene al caso. Porque la cuestión no es si la perfección evangélica puede alcanzarse plenamente, sino si llegas tan cerca de ella como pueden llevarte una intención sincera y una diligencia cuidadosa; si no estás en un estado mucho más bajo del que podrías estar si tuvieras la sincera intención de avanzar en todas las virtudes cristianas y trabajaras con cuidado en ello.

Si estás tan adelantado en la vida cristiana como pueden hacerte tus mejores esfuerzos, entonces puedes esperar con justicia que tus imperfecciones no te sean imputadas; pero si tus defectos en la piedad, la humildad y la caridad se deben a tu negligencia y a la falta de una intención sincera de ser tan eminente como puedas en estas virtudes, entonces te dejas tan falto de excusa como el que vive en el pecado de jurar por falta de una intención sincera de apartarse de él.

La salvación de nuestras almas se presenta en la Escritura como cosa difícil, que requiere toda nuestra diligencia, y en la que hemos de ocuparnos con temor y temblor [Filipenses 2:12].

Se nos dice que «estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan» [Mateo 7:14]; que «muchos son llamados, y pocos escogidos» [Mateo 22:14]; y que muchos que parecen haberse tomado algún trabajo por obtener su salvación no la alcanzarán, como en estas palabras: «Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán» [Lucas 13:24].

Aquí nuestro bendito Señor nos manda esforzarnos por entrar, porque muchos que solo procuran entrar fracasarán. Con lo cual se nos enseña claramente que la religión es un estado de trabajo y de esfuerzo, y que muchos perderán su salvación, no porque no se tomaran trabajo ni cuidado alguno por ella, sino porque no se tomaron trabajo y cuidado suficientes; solo procuraron entrar, pero no se esforzaron por entrar.

Todo cristiano, por tanto, debería examinar su vida por estas doctrinas tanto como por los mandamientos. Porque estas doctrinas son señales tan claras de nuestra condición como los mandamientos son señales claras de nuestro deber.

Porque si la salvación solo se da a los que se esfuerzan por ella, entonces es tan razonable que yo considere si mi curso de vida es un curso de esfuerzo por obtenerla, como que considere si estoy guardando alguno de los mandamientos.

Si mi religión no es más que un cumplimiento formal de aquellos modos de culto que están de moda donde vivo; si no me cuesta trabajo ni molestia alguna; si no me sujeta a reglas ni a frenos; si no tengo acerca de ella pensamientos cuidadosos ni reflexiones serias, ¿no es gran debilidad pensar que me estoy esforzando por entrar por la puerta angosta?

Si busco todo lo que puede deleitar mis sentidos y regalar mis apetitos, gastando mi tiempo y mi fortuna en placeres, en diversiones y en goces mundanos, extraño a las vigilias, los ayunos, las oraciones y la mortificación, ¿cómo puede decirse que me ocupo en mi salvación con temor y temblor?

Si no hay nada en mi vida y conducta que muestre que soy distinto de los judíos y los paganos; si uso del mundo y de los goces mundanos como lo hace ahora la generalidad de la gente, y como lo ha hecho en todas las épocas, ¿por qué habría de pensar que estoy entre aquellos pocos que andan por el camino angosto que lleva al Cielo?

Y, sin embargo, si el camino es angosto, si nadie puede andar por él sino los que se esfuerzan, ¿no me es tan necesario considerar si el camino en que estoy es lo bastante angosto, o si el trabajo que me tomo es un esfuerzo suficiente, como considerar si observo suficientemente el segundo o el tercer mandamiento?

La suma de este asunto es esta: por los pasajes de la Escritura arriba mencionados, y por muchos otros, parece claro que nuestra salvación depende de la sinceridad y la perfección de nuestros esfuerzos por obtenerla.

Los hombres débiles e imperfectos, a pesar de sus flaquezas y defectos, serán recibidos como quienes han agradado a Dios, si han hecho todo lo posible por agradarle.

Las recompensas de la caridad, la piedad y la humildad se darán a aquellos cuyas vidas han sido un trabajo cuidadoso por ejercitar estas virtudes en el grado más alto que pudieron.

No podemos ofrecer a Dios el servicio de los ángeles; no podemos obedecerle como podría hacerlo el hombre en un estado de perfección; pero los hombres caídos pueden hacer lo mejor que puedan, y esta es la perfección que se nos exige: no es sino la perfección de nuestros mejores esfuerzos, un trabajo cuidadoso por ser tan perfectos como podamos.

Pero si nos quedamos cortos de esto, por lo que sabemos, nos quedamos cortos de la misericordia de Dios y no nos dejamos nada que alegar según los términos del Evangelio. Porque Dios no ha hecho allí promesas de misericordia a los perezosos y negligentes. Su misericordia solo se ofrece a nuestros esfuerzos, frágiles e imperfectos, pero los mejores que podemos, por practicar toda clase de justicia.

Así como la ley para los ángeles es una justicia angélica, y la ley para los seres perfectos es una perfección estricta, así la ley para nuestra naturaleza imperfecta es la mejor obediencia que nuestra frágil naturaleza es capaz de rendir.

La medida de nuestro amor a Dios parece ser en justicia la medida de nuestro amor a toda virtud. Hemos de amarla y practicarla con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con toda nuestra mente y con todas nuestras fuerzas. Y cuando dejamos de vivir con esta consideración hacia la virtud, vivimos por debajo de nuestra naturaleza y, en lugar de poder alegar nuestras flaquezas, quedamos acusables de negligencia.

Por esta razón se nos exhorta a ocuparnos en nuestra salvación con temor y temblor: porque, a menos que nuestro corazón y nuestras pasiones estén ardientemente inclinados a la obra de nuestra salvación; a menos que santos temores animen nuestros esfuerzos y mantengan nuestras conciencias estrictas y sensibles en cuanto a cada parte de nuestro deber, examinando constantemente cómo vivimos y cuán preparados estamos para morir, caeremos con toda probabilidad en un estado de negligencia y nos acomodaremos a un curso de vida que nunca nos llevará a las recompensas del Cielo.

Y el que considere que un Dios justo solo puede hacer aquellas concesiones que convienen a su justicia, y que todas nuestras obras han de ser examinadas por el fuego, hallará que el temor y el temblor son las disposiciones propias de quienes se acercan a una prueba tan grande.

Y, en verdad, no hay probabilidad de que nadie cumpla todo el deber que se espera de él, o haga aquel progreso en la piedad que la santidad y la justicia de Dios requieren de él, sino aquel que teme constantemente quedarse corto.

Ahora bien, esto no pretende llenar el ánimo de la gente de una ansiedad escrupulosa y de descontento en el servicio de Dios, sino llenarlo de un justo temor de vivir en la pereza y la ociosidad, y en el descuido de aquellas virtudes que les harán falta en el día del Juicio. Pretende moverlos a un examen serio de su vida, a tanto celo, cuidado y solicitud por la perfección cristiana como los que ponen en cualquier asunto que se ha ganado su corazón y sus afectos. No es más que desear que sean tan conscientes de su estado, tan humildes en la opinión que tienen de sí mismos, tan ansiosos de grados más altos de piedad y tan temerosos de quedarse cortos de la felicidad como lo era el gran apóstol san Pablo cuando escribía así a los filipenses: «No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; . . . pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús». Y luego añade: «Así que, todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos» [Filipenses 3:12-15].

Pero ahora bien, si el apóstol juzgaba necesario que los que estaban en su estado de perfección sintieran «esto mismo», es decir, que así trabajaran, se apresuraran y aspiraran a algún grado de santidad al que todavía no habían llegado, ciertamente es mucho más necesario que nosotros, que hemos nacido en las heces de los tiempos y trabajamos bajo grandes imperfecciones, sintamos «esto mismo», es decir, que así nos afanemos y esforcemos por alcanzar aquellos grados de una vida santa y divina que todavía no hemos alcanzado.

La mejor manera de que cada uno sepa cuánto debe aspirar a la santidad es considerar, no cuánta le hará fácil la vida presente, sino preguntarse cuánta cree que le dará sosiego en la hora de la muerte.

Ahora bien, cualquier hombre que se atreva a ser tan serio como para hacerse esta pregunta se verá obligado a responder que, en la muerte, cada uno deseará haber sido tan perfecto como puede serlo la naturaleza humana.

¿No basta, pues, esto para movernos no solo a desear, sino a trabajar por alcanzar toda aquella perfección cuya falta lamentaremos entonces? ¿No es necedad excesiva contentarnos con un curso de piedad que ya sabemos que no podrá contentarnos en un momento en que tanto lo necesitaremos que no tendremos ninguna otra cosa que nos consuele? ¿Cómo podemos pronunciar contra nosotros mismos una condenación más severa que creer que en la hora de la muerte echaremos de menos las virtudes de los santos y desearemos haber estado entre los primeros siervos de Dios, y, sin embargo, no tomar ningún medio para llegar a su altura de piedad mientras vivimos?

Aunque este es un absurdo que podemos pasar por alto fácilmente ahora, mientras la salud de nuestro cuerpo, las pasiones de nuestro ánimo, el ruido y la prisa, los placeres y los negocios del mundo nos llevan adelante con ojos que no ven y oídos que no oyen, en la muerte se presentará ante nosotros en una magnitud espantosa, nos perseguirá como un fantasma lúgubre, y nuestra conciencia jamás nos dejará apartar los ojos de él.

Vemos en los asuntos mundanos qué tormento es la propia condenación y cuán difícilmente es capaz un hombre de perdonarse a sí mismo cuando se ha acarreado alguna calamidad o deshonra puramente por su propia necedad. La aflicción se hace doblemente atormentadora porque se ve obligado a cargársela toda a sí mismo, como acto y obra suya, contra la naturaleza y la razón de las cosas y contra el consejo de todos sus amigos.

Ahora bien, por esto podemos adivinar en alguna medida cuán terrible será el dolor de aquella propia condenación cuando un hombre se halle en las angustias de la muerte bajo la severidad de una conciencia que se condena a sí misma, cargando toda su aflicción a su propia necedad y locura, contra el juicio y la razón de su propio entendimiento, contra todas las doctrinas y preceptos de la religión, y contra todas las instrucciones, llamadas y advertencias, tanto de Dios como de los hombres.

Penitens era un comerciante activo y notable, muy próspero en sus negocios, pero murió a los treinta y cinco años de edad.

Poco antes de su muerte, cuando los médicos lo habían desahuciado, algunos de sus vecinos vinieron una tarde a verlo, y en esa ocasión les habló así:

Veo, amigos míos, el tierno interés que tenéis por mí, por la pena que aparece en vuestros rostros, y sé los pensamientos que ahora tenéis acerca de mí. Pensáis qué caso tan triste es ver a un hombre tan joven, y con un negocio tan floreciente, entregado a la muerte. Y quizá, si yo hubiera visitado a alguno de vosotros en mi condición, habría tenido los mismos pensamientos acerca de vosotros.

Pero ahora, amigos míos, mis pensamientos no se parecen más a los vuestros de lo que mi condición se parece a la vuestra.

Ahora no me inquieta pensar que he de morir joven, o antes de haber hecho fortuna.

Estas cosas se han hundido ahora en tal pura nada que no tengo nombre lo bastante pequeño para llamarlas. Porque si dentro de unos pocos días u horas he de dejar este cadáver para que lo entierren en la tierra, y he de hallarme o bien para siempre feliz en el favor de Dios, o bien eternamente separado de toda luz y paz, ¿pueden algunas palabras expresar suficientemente la pequeñez de todo lo demás?

¿Hay algún sueño como el sueño de la vida, que nos entretiene descuidando y desatendiendo estas cosas? ¿Hay alguna necedad como la necedad de nuestra edad adulta, que es demasiado sabia y está demasiado ocupada para tener tiempo para estas reflexiones?

Cuando consideramos la muerte como una desgracia, solo pensamos en ella como en una desdichada separación de los goces de esta vida. Rara vez lloramos a un anciano que muere rico, pero lamentamos a los jóvenes que son arrebatados en pleno progreso de su fortuna. Vosotros mismos me miráis con lástima, no porque vaya sin preparación al encuentro del Juez de vivos y muertos, sino porque he de dejar un comercio próspero en la flor de mi vida.

Esta es la sabiduría de nuestros pensamientos de hombres hechos y derechos. Y, sin embargo, ¿qué necedad de los niños más tontos es tan grande como esta?

Porque ¿qué hay de desdichado o de espantoso en la muerte, sino sus consecuencias? Cuando un hombre ha muerto, ¿qué significa para él cosa alguna, sino el estado en que entonces se halla?

Nuestro pobre amigo Lepidus murió, como sabéis, mientras se vestía para un banquete: ¿creéis que ahora forma parte de su pesar no haber vivido hasta que terminara aquella fiesta? Los banquetes y los negocios, los placeres y los goces, nos parecen grandes cosas mientras no pensamos en otra cosa; pero tan pronto como les añadimos la muerte, todos se hunden en una pequeñez igual, y el alma separada del cuerpo no lamenta la pérdida de los negocios más que la pérdida de un banquete.

Si ahora voy a entrar en los gozos de Dios, ¿podría haber alguna razón para afligirme de que esto me sucediera antes de cumplir los cuarenta años? ¿Podría ser cosa triste ir al Cielo antes de haber cerrado unos cuantos tratos más, o de haber estado un poco más de tiempo detrás de un mostrador?

Y si he de ir entre los espíritus perdidos, ¿podría haber alguna razón para contentarme de que esto no me sucediera hasta ser viejo y estar lleno de riquezas?

Si unos ángeles buenos estuvieran prontos a recibir mi alma, ¿podría causarme pesar alguno estar muriendo en una cama pobre en una buhardilla?

Y si Dios me ha entregado a los malos espíritus, para ser arrastrado por ellos a lugares de tormento, ¿podría serme de algún consuelo que me hallaran en un lecho de gala?

Cuando estéis tan cerca de la muerte como yo, sabréis que todos los diferentes estados de la vida, ya sea juventud o vejez, riqueza o pobreza, grandeza o bajeza, no significan para vosotros más que el morir en un aposento pobre o suntuoso.

La grandeza de las cosas que siguen a la muerte hace que todo lo que la precede se hunda en la nada.

Ahora que el juicio es lo próximo que aguardo, y que la felicidad o la desdicha eternas se me han acercado tanto, todos los goces y prosperidades de la vida me parecen tan vanos e insignificantes, y tan ajenos a mi felicidad, como la ropa que llevaba antes de saber hablar.

Pero, amigos míos, ¡cuánto me sorprende no haber tenido siempre estos pensamientos! Porque ¿qué hay en los terrores de la muerte, en las vanidades de la vida o en las necesidades de la piedad, que no hubiera podido ver con la misma facilidad y plenitud en cualquier momento de mi vida?

¡Qué cosa tan extraña es que un poco de salud, o los pobres negocios de una tienda, nos mantengan tan insensibles a estas grandes cosas que se nos vienen encima tan deprisa!

Justo cuando entrasteis en mi aposento, estaba pensando para mí cuántas almas hay ahora en el mundo en mi misma condición en este preciso momento, sorprendidas por una citación al otro mundo: unas arrancadas de sus tiendas y de sus granjas, otras de sus deportes y placeres; estas, en medio de pleitos; aquellas, en las mesas de juego; unas en el camino, otras junto a su propio hogar; y todas sorprendidas a una hora en que nada pensaban de ello; aterradas ante la proximidad de la muerte, confundidas ante la vanidad de todos sus trabajos, designios y proyectos, atónitas ante la necedad de su vida pasada, y sin saber hacia dónde volver sus pensamientos para hallar algún consuelo. Sus conciencias les saltan a la cara, les traen a la memoria todos sus pecados, las atormentan con las más hondas convicciones de su propia necedad y les ponen delante la vista del Juez airado, del gusano que no muere, del fuego que nunca se apaga, de las puertas del infierno, de las potestades de las tinieblas y de los amargos dolores de la muerte eterna.

¡Oh, amigos míos!, bendecid a Dios porque no sois de ese número, porque tenéis tiempo y fuerzas para ocuparos en aquellas obras de piedad que puedan traeros paz al final.

Y llevaos esto con vosotros: que no hay nada sino una vida de gran piedad, o una muerte de gran estupidez, que pueda mantener alejados estos temores.

Si ahora tuviera mil mundos, los daría todos por un año más, para poder presentar a Dios un año de tal devoción y buenas obras como nunca antes siquiera me propuse.

Vosotros, quizá, cuando consideráis que he vivido libre de escándalo y de libertinaje, y en la comunión de la Iglesia, os asombráis de verme tan lleno de remordimiento y de propia condenación ante la proximidad de la muerte.

Pero, ¡ay!, ¡qué pobre cosa es haber vivido solamente libre de homicidio, robo y adulterio, que es todo lo que puedo decir de mí mismo!

Sabéis, ciertamente, que nunca se me ha tenido por un borracho; pero sois al mismo tiempo testigos, y habéis sido frecuentes compañeros, de mi intemperancia, mi sensualidad y mi gran indulgencia conmigo mismo. Y si ahora voy a un juicio en el que no se recompensará otra cosa que las buenas obras, bien puedo inquietarme de que, aunque no soy un borracho, no tengo sobriedad cristiana alguna que alegar en mi favor.

Es verdad que he vivido en la comunión de la Iglesia, y que por lo general he frecuentado su culto y su servicio los domingos, cuando no estaba demasiado perezoso o no me tenían ocupado de otro modo mis negocios y mis placeres. Pero, con todo, mi conformidad con el culto público ha sido más bien cosa de costumbre que una verdadera intención de hacer aquello que el oficio de la Iglesia supone; de no haber sido así, habría estado más a menudo en la iglesia, habría sido más devoto estando allí y habría temido más descuidarlo alguna vez.

Pero lo que ahora me sorprende por encima de toda maravilla es esto: que nunca tuve siquiera una intención general de vivir a la altura de la piedad del Evangelio. Esto nunca me entró siquiera en la cabeza ni en el corazón. Nunca, ni una sola vez en mi vida, consideré si estaba viviendo como mandan las leyes de la religión, o si mi modo de vida era tal que me procuraría la misericordia de Dios en esta hora.

¿Y puede pensarse que he guardado las condiciones de salvación del Evangelio sin haber tenido siquiera la intención, de una manera seria y deliberada, de conocerlas ni de guardarlas? ¿Puede pensarse que he agradado a Dios con una vida como la que él exige, aunque he vivido sin considerar nunca lo que él exige, ni cuánto he cumplido? ¡Qué cosa tan fácil sería la salvación si pudiera caer en mis manos descuidadas, que nunca le he dedicado tanto pensamiento serio como a cualquier trato ordinario que haya cerrado!

En los negocios de la vida he usado la prudencia y la reflexión. Lo he hecho todo con reglas y métodos. Me he alegrado de conversar con hombres de experiencia y de juicio, para descubrir las razones por las que unos fracasan y otros prosperan en cualquier negocio. No he dado paso alguno en el comercio sino con gran cuidado y cautela, considerando cada ventaja o peligro que lo acompañaba. Siempre he tenido la vista puesta en el fin principal del negocio, y he estudiado todos los caminos y medios de salir ganando en todo lo que emprendía.

Pero ¿cuál es la razón de que no haya llevado ninguna de estas disposiciones a la religión? ¿Cuál es la razón de que yo, que tantas veces he hablado de la necesidad de reglas, métodos y diligencia en los negocios mundanos, en todo este tiempo no haya pensado ni una sola vez en reglas, métodos o administración alguna que me llevaran adelante en una vida de piedad?

¿Creéis que hay algo que pueda asombrar y confundir a un moribundo como esto? ¿Qué dolor creéis que debe sentir un hombre cuando su conciencia le imputa toda esta necedad, cuando le muestra cuán ordenado, exacto y sabio ha sido en asuntos pequeños, que han pasado como un sueño, y cuán estúpida e insensatamente ha vivido, sin reflexión alguna, sin regla alguna, en cosas de tan eterna trascendencia que ningún corazón puede concebirlas suficientemente?

Si en este momento solo tuviera que lamentar mis flaquezas e imperfecciones, estaría aquí acostado confiando humildemente en las misericordias de Dios. Pero, ¡ay!, ¿cómo puedo llamar flaqueza o imperfección a un desprecio general y a un descuido completo de todo progreso religioso, cuando estaba tanto en mi poder haber sido exacto, cuidadoso y diligente en un curso de piedad como en los negocios de mi comercio?

Podría haber recurrido a tantas ayudas, haber practicado tantas reglas y haber aprendido tantos métodos seguros de vivir santamente como de prosperar en mi tienda, con solo que me lo hubiera propuesto y lo hubiera deseado.

¡Oh, amigos míos!, una vida descuidada, despreocupada y desatenta a los deberes de la religión, está tan falta de toda excusa, es tan indigna de la misericordia de Dios, es tal vergüenza para el juicio y la razón de nuestro entendimiento, que apenas puedo concebir castigo mayor que el de un hombre arrojado al estado en que yo me encuentro, para reflexionar sobre ella.

Penitens iba a continuar, pero una convulsión le cerró la boca y nunca más le permitió hablar. Estuvo convulso unas doce horas, y luego entregó el espíritu.

Ahora bien, si cada lector se imaginara que este Penitens hubiera sido algún conocido o pariente suyo en particular, y se figurara que veía y oía todo lo que aquí se describe; que estaba junto a su cabecera cuando su pobre amigo yacía en tal aflicción y agonía, lamentando la necedad de su vida pasada, esto, con toda probabilidad, le enseñaría una sabiduría que nunca antes le había entrado en el corazón. Si a esto añadiera la consideración de cuántas veces él mismo podría haber sido sorprendido en el mismo estado de negligencia y convertido en un escarmiento para el resto del mundo, esta doble reflexión, tanto sobre la aflicción de su amigo como sobre la bondad de aquel Dios que lo había preservado de ella, con toda probabilidad ablandaría su corazón hacia santas disposiciones y le haría convertir el resto de su vida en un curso ordenado de piedad.

Siendo, pues, esta una meditación tan útil, dejaré aquí al lector, según espero, seriamente ocupado en ella.

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