Un llamado serio a una vida devota y santa
Indagación sobre la razón por la que la generalidad de los cristianos se queda tan lejos de la santidad y la devoción del cristianismo

Capítulo 2 · 15 min de lectura · 19 min de escucha

Indagación sobre la razón por la que la generalidad de los cristianos se queda tan lejos de la santidad y la devoción del cristianismo

CABE ahora preguntar razonablemente: ¿cómo sucede que la vida aun de la mejor clase de gente sea tan extrañamente contraria a los principios del cristianismo?

Pero antes de dar una respuesta directa a esto, deseo que se pregunte también: ¿cómo sucede que el jurar sea un vicio tan común entre los cristianos? Cierto es que todavía no es tan común entre las mujeres como entre los hombres. Pero entre los hombres este pecado es tan común que quizá más de dos de cada tres son culpables de él durante todo el curso de su vida, jurando más o menos, según se dé el caso, algunos constantemente, otros solo de vez en cuando, como por casualidad.

Ahora bien, pregunto: ¿cómo es que dos de cada tres hombres son culpables de un pecado tan grosero y profano como este? No hay ignorancia ni flaqueza humana que alegar en su favor; va contra un mandamiento expreso y contra las doctrinas más claras de nuestro bendito Salvador.

Basta con que halles ahora la razón por la que la generalidad de los hombres vive en este vicio notorio, y habrás hallado la razón por la que la generalidad, aun de la mejor clase de gente, vive tan contrariamente al cristianismo.

Pues bien, la razón del jurar habitual es esta: que los hombres ni siquiera tienen la intención de agradar a Dios en todas sus acciones. Porque basta que un hombre tenga la piedad suficiente para tener la intención de agradar a Dios en todas las acciones de su vida, como lo más feliz y lo mejor del mundo, y nunca más volverá a jurar. Le será tan imposible jurar mientras sienta en sí esta intención, como le es imposible a un hombre que se propone agradar a su príncipe ir a su encuentro e insultarlo en su cara.

Parece no ser sino una parte pequeña y necesaria de la piedad tener una intención tan sincera como esta, y que no tiene razón para considerarse discípulo de Cristo quien no ha avanzado al menos hasta aquí en la piedad. Y, sin embargo, es puramente por falta de este grado de piedad por lo que ves tal mezcla de pecado y necedad en la vida aun de la mejor clase de gente. Es por falta de esta intención por lo que ves a hombres que profesan religión vivir, no obstante, en el jurar y la sensualidad; por lo que ves a clérigos dados al orgullo, a la codicia y a los goces mundanos. Es por falta de esta intención por lo que ves a mujeres que profesan devoción vivir, no obstante, en toda la necedad y vanidad del vestir, malgastando su tiempo en la ociosidad y los placeres, y en todas aquellas muestras de pompa y de carruaje que su hacienda les permite. Porque basta que una mujer sienta su corazón lleno de esta intención, y le resultará tan imposible ponerse lunares postizos o afeites como maldecir o jurar; no deseará brillar en bailes o reuniones, ni hacer figura entre las más elegantemente vestidas, más de lo que deseará bailar sobre una cuerda para agradar a los espectadores: sabrá que lo uno está tan lejos de la sabiduría y excelencia del espíritu cristiano como lo otro.

Fue esta intención general la que hizo de los primeros cristianos tan eminentes ejemplos de piedad, y la que formó la buena compañía de los santos y todo el glorioso ejército de los mártires y confesores. Y si os detenéis aquí y os preguntáis por qué no sois tan piadosos como lo fueron los primeros cristianos, vuestro propio corazón os dirá que no es por ignorancia ni por incapacidad, sino puramente porque nunca tuvisteis de veras la intención de serlo. Observáis el mismo culto dominical que ellos, y sois estrictos en él porque es vuestra plena intención serlo. Y cuando os propongáis con la misma plenitud ser como ellos en su vida ordinaria y común, cuando tengáis la intención de agradar a Dios en todas vuestras acciones, lo hallaréis tan posible como ser estrictamente puntuales en el oficio de la Iglesia. Y cuando tengáis esta intención de agradar a Dios en todas vuestras acciones, como lo más feliz y lo mejor del mundo, hallaréis en vosotros tan grande aversión a todo lo que es vano e impertinente en la vida común, sea de negocio o de placer, como la que ahora tenéis a todo lo profano. Temeréis tanto vivir de cualquier manera necia, ya sea en el empleo de vuestro tiempo o de vuestra fortuna, como ahora teméis descuidar el culto público.

Ahora bien, ¿quién, careciendo de esta intención general y sincera, puede ser tenido por cristiano? Y, sin embargo, si existiera entre los cristianos, cambiaría toda la faz del mundo: la verdadera piedad y la santidad ejemplar serían tan comunes y visibles como el comprar y el vender, o cualquier oficio de la vida.

Basta que un clérigo sea así de piadoso, y conversará como si lo hubiera criado un apóstol; no pensará ni hablará de un noble ascenso más de lo que pensaría en una comida noble o en una carroza gloriosa. No se quejará de los desaires del mundo, ni de un curato pequeño, ni de la falta de un patrono, más de lo que se quejaría de la falta de una casaca galoneada o de un caballo de carreras. Basta que tenga la intención de agradar a Dios en todas sus acciones, como lo más feliz y lo mejor del mundo, y entonces sabrá que no hay nada noble en un clérigo sino un celo ardiente por la salvación de las almas, ni nada pobre en su profesión sino la ociosidad y un espíritu mundano.

Asimismo, basta que un comerciante tenga esta intención, y ella lo hará santo en su tienda; su quehacer de cada día será un curso de acciones sabias y razonables, santificadas para Dios por hacerse en obediencia a su voluntad y beneplácito. Comprará y venderá, trabajará y viajará, porque haciéndolo puede hacer algún bien a sí mismo y a otros. Pero, puesto que nada puede agradar a Dios sino lo que es sabio, razonable y santo, no comprará ni venderá ni trabajará de ninguna otra manera, ni con ningún otro fin, sino de aquellos que puedan mostrarse sabios, razonables y santos. Considerará, por tanto, no qué artes, métodos o aplicación lo harán más pronto más rico y más grande que sus hermanos, o lo sacarán de una tienda a una vida de pompa y placer, sino qué artes, qué métodos, qué aplicación pueden hacer el negocio mundano más aceptable a Dios, y convertir una vida de comercio en una vida de santidad, devoción y piedad. Esta será la disposición y el espíritu de todo comerciante; no puede quedarse corto de estos grados de piedad siempre que su intención sea agradar a Dios en todas sus acciones, como lo mejor y lo más feliz del mundo. Y, por otra parte, quienquiera que no tenga este espíritu y esta disposición en su comercio y su profesión, y no los ejerza solo en la medida en que mejor sirvan a una vida sabia, santa y celestial, es cierto que no tiene esta intención; y, sin embargo, sin ella, ¿de quién puede mostrarse que es seguidor de Jesucristo?

Asimismo, basta que el caballero de linaje y fortuna tenga esta intención, y verás cómo lo aparta de toda apariencia de mal y lo lleva a toda muestra de piedad y bondad. No puede vivir al azar, ni según lo lleven el humor y el capricho, porque sabe que nada puede agradar a Dios sino un curso de vida sabio y ordenado. No puede vivir en la ociosidad y la indulgencia, en los deportes y el juego, en los placeres y la intemperancia, en gastos vanos y en una vida opulenta, porque estas cosas no pueden convertirse en medios de piedad y santidad, ni hacerse otras tantas partes de una vida sabia y religiosa. Así como se aparta de toda apariencia de mal, así se apresura y aspira a toda muestra de bondad. No pregunta qué es permisible y perdonable, sino qué es encomiable y digno de alabanza. No pregunta si Dios perdonará la necedad de nuestras vidas, la locura de nuestros placeres, la vanidad de nuestros gastos, la riqueza de nuestros carruajes y el consumo descuidado de nuestro tiempo, sino que pregunta si Dios se complace en estas cosas, o si son estos los caminos señalados para ganar su favor. No indaga si es perdonable atesorar dinero, adornarnos con diamantes y dorar nuestras carrozas mientras la viuda y el huérfano, el enfermo y el preso, necesitan ser socorridos, sino que pregunta si Dios ha demandado estas cosas de nuestras manos, si en el día postrero se nos pedirá cuenta por haberlas descuidado; porque su intención no es vivir de aquellas maneras que, por lo que sabemos, Dios quizá perdone, sino ser diligente en aquellas que sabemos que Dios recompensará infaliblemente.

No mirará, pues, la vida de los cristianos para aprender cómo debe gastar su hacienda, sino que mirará en las Escrituras y hará de cada doctrina, parábola, precepto o instrucción que se refiere a los ricos una ley para sí mismo en el uso de su hacienda.

No querrá saber nada de vestidos costosos, porque el rico del Evangelio se vestía de púrpura y de lino fino. Se niega los placeres y las indulgencias que su hacienda podría procurarle, porque nuestro bendito Salvador dice: «¡Ay de vosotros, ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo» [Lucas 6:24]. No tendrá más que una regla para la caridad, y será gastar en ella todo lo que pueda, porque el Juez de vivos y muertos ha dicho que todo lo que así se da, a él se le da.

No tendrá mesa hospitalaria para que los ricos y acaudalados vengan a banquetear con él en el buen comer y beber, porque nuestro bendito Señor dice: «Cuando hagas comida o cena, no llames a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a vecinos ricos; no sea que ellos a su vez te vuelvan a convidar, y seas recompensado. Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos; y serás bienaventurado, porque ellos no te pueden recompensar; pues te será recompensado en la resurrección de los justos» [Lucas 14:12, 13, 14].

No malgastará dinero en techos dorados ni en muebles costosos; no se hará llevar de placer en placer con pompa y carruajes dispendiosos, porque un apóstol inspirado ha dicho que «todo lo que hay en el mundo, la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo» [1 Juan 2:16].

Que nadie considere esto una descripción imaginaria de la caridad, que luce bien en la idea pero no puede llevarse a la práctica. Porque está tan lejos de ser una forma de vida imaginaria e impracticable, que la han practicado gran número de cristianos en épocas pasadas, que se alegraban de convertir toda su hacienda en un curso constante de caridad. Y está tan lejos de ser imposible ahora, que, si podemos hallar algunos cristianos que tengan sinceramente la intención de agradar a Dios en todas sus acciones, como lo mejor y lo más feliz del mundo, sean jóvenes o viejos, solteros o casados, hombres o mujeres, con tal que tengan esta intención, les será imposible obrar de otro modo. Este solo principio los llevará infaliblemente a esta altura de caridad, y se hallarán incapaces de quedarse cortos de ella.

Porque ¿cómo es posible que un hombre que tiene la intención de agradar a Dios en el uso de su dinero, y la tiene porque juzga que es su mayor felicidad, cómo es posible que alguien así, en semejante estado de ánimo, entierre su dinero en galas innecesarias e impertinentes, cubriéndose de oro a sí mismo o a sus caballos, mientras haya obras de piedad y de caridad que hacer con él, o algún modo de gastarlo bien?

Esto es tan estrictamente imposible como que un hombre que tiene la intención de agradar a Dios en sus palabras vaya a una reunión con el propósito de jurar y mentir. Porque, así como todo derroche y todo gasto irrazonable se hacen a propósito y con deliberación, nadie cuya intención constante sea agradar a Dios en el uso de su dinero puede ser culpable de ello.

He preferido explicar este asunto apelando a esta intención porque hace el caso muy claro, y porque todo el que quiera puede verlo a la luz más clara y sentirlo de la manera más fuerte con solo mirar en su propio corazón. Porque a cada persona le es tan fácil saber si tiene la intención de agradar a Dios en todas sus acciones como a cualquier criado saber si esa es su intención para con su amo. Cada uno puede también decir con la misma facilidad cómo emplea su dinero, y si considera cómo agradar a Dios en ello, como puede decir dónde está su hacienda, y si consiste en dinero o en tierras. De modo que aquí no queda excusa alguna de ignorancia ni de flaqueza en este asunto; todos están en la luz y todos tienen el poder. Y nadie puede fallar sino el que no es tan cristiano como para tener la intención de agradar a Dios en el uso de su hacienda.

Ves a dos personas: una es regular en la oración pública y privada, la otra no. Ahora bien, la razón de esta diferencia no es que una tenga fuerza y poder para observar la oración y la otra no, sino que una tiene la intención de agradar a Dios en los deberes de la devoción y la otra no tiene intención alguna al respecto. Pues bien, el caso es el mismo en el uso recto o torcido de nuestro tiempo y nuestro dinero. Ves a una persona que tira su tiempo en el sueño y la ociosidad, en visitas y diversiones, y su dinero en los gastos más vanos e irrazonables. Ves a otra cuidadosa de cada día, que divide sus horas según reglas de razón y de religión y gasta todo su dinero en obras de caridad. Ahora bien, la diferencia no se debe a que una tenga fuerza y poder para obrar así y la otra no, sino a que una tiene la intención de agradar a Dios en el recto uso de todo su tiempo y de todo su dinero, y la otra no tiene intención alguna al respecto.

Aquí, pues, juzguémonos con sinceridad; no nos contentemos vanamente con los desórdenes comunes de nuestra vida, la vanidad de nuestros gastos, la necedad de nuestras diversiones, el orgullo de nuestros atuendos, la ociosidad de nuestra vida y el derroche de nuestro tiempo, imaginando que son imperfecciones en que caemos por la inevitable debilidad y flaqueza de nuestra naturaleza; antes bien, tengamos por seguro que estos desórdenes de nuestra vida común se deben a que no tenemos cristianismo suficiente para tener la intención de agradar a Dios en todas las acciones de nuestra vida, como lo mejor y lo más feliz del mundo. De modo que no debemos considerarnos en un estado de imperfección común y perdonable, sino en un estado al que le falta el primer y más fundamental principio del cristianismo, a saber, la intención de agradar a Dios en todas nuestras acciones.

Y si alguno se preguntara cómo sucede que haya grados de sobriedad que descuida, prácticas de humildad que le faltan, algún método de caridad que no sigue, algunas reglas para redimir el tiempo que no observa, su propio corazón le dirá que es porque nunca tuvo la intención de ser tan exacto en esos deberes. Porque siempre que nos lo proponemos plenamente, es tan posible conformarse a toda esta regularidad de vida como le es posible a un hombre observar los tiempos de oración.

De modo que la falta no está en que deseemos ser buenos y perfectos y, por la debilidad de nuestra naturaleza, nos quedemos cortos, sino en que no tenemos piedad suficiente para proponernos ser tan buenos como podamos, o agradar a Dios en todas las acciones de nuestra vida. Vemos que este es claramente el caso del que pasa su tiempo en deportes cuando debería estar en la iglesia: no es falta de poder, sino falta de intención o de deseo de estar allí.

Y el caso es claramente el mismo en cualquier otra necedad de la vida humana. La que gasta su tiempo y su dinero en los modos y modas irrazonables del mundo no lo hace porque le falte poder para ser sabia y religiosa en la administración de su tiempo y de su dinero, sino porque no tiene intención ni deseo de serlo. Cuando sienta esta intención, le resultará tan posible estar a su altura como ser estrictamente sobria y casta, porque su cuidado y su deseo es serlo.

Esta doctrina no supone que no tengamos necesidad de la gracia divina, ni que esté en nuestro propio poder hacernos perfectos. Solo supone que, por falta de una intención sincera de agradar a Dios en todas nuestras acciones, caemos en tales irregularidades de vida que, por los medios ordinarios de la gracia, tendríamos poder para evitar; y que no tenemos aquella perfección de que nuestro presente estado de gracia nos hace capaces, porque ni siquiera nos proponemos tenerla. Solo nos enseña que la razón por la que no ves verdadera mortificación ni negación de uno mismo, ni caridad eminente, ni humildad profunda, ni afecto celestial, ni verdadero desprecio del mundo, ni mansedumbre cristiana, ni celo sincero, ni piedad eminente en la vida común de los cristianos, es esta: que ni siquiera tienen la intención de ser exactos y ejemplares en estas virtudes.

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