Capítulo 24 · 23 min de lectura · 30 min de escucha
Conclusión. De la excelencia y grandeza de un espíritu devoto
HE TERMINADO ya lo que me proponía en este tratado. He explicado la naturaleza de la devoción, tanto en cuanto significa una vida consagrada a Dios como en cuanto significa un método regular de oración diaria. Solo me queda añadir una o dos palabras en recomendación de una vida gobernada por este espíritu de devoción.
Porque, aunque es tan razonable suponer que todos los cristianos desean llegar a la perfección cristiana como suponer que todos los enfermos desean recobrar una salud perfecta, la experiencia nos muestra que nada necesita tanto ser inculcado, repetido e impuesto a nuestra mente como las reglas más claras del cristianismo.
La pobreza voluntaria, la virginidad y el retiro devoto se han recomendado aquí como cosas no necesarias, pero sumamente provechosas para quienes quieran hacer el camino de la perfección lo más fácil y seguro posible. Pero la perfección cristiana en sí misma no está ligada a ninguna forma particular de vida, sino que ha de alcanzarse, aunque no con la misma facilidad, en todo estado de vida.
Esto se ha afirmado plenamente en otro lugar, donde se ha mostrado que la perfección cristiana no llama a nadie (necesariamente) al claustro, sino al pleno cumplimiento de aquellos deberes que son necesarios para todos los cristianos y comunes a todos los estados de vida. [Perfección cristiana, p. 2]
De modo que todo el asunto es claramente este: la virginidad, la pobreza voluntaria y otras restricciones semejantes de cosas lícitas no son necesarias para la perfección cristiana, pero son muy de alabar en quienes las eligen como ayudas y medios para llegar a ella de un modo más seguro y rápido.
Solo de esta manera y en este sentido quisiera recomendar cualquier singularidad de vida; no como si la perfección consistiera en ella, sino por su gran tendencia a producir y sostener el verdadero espíritu de la perfección cristiana.
Pero lo que aquí se inculca a todos es una vida de gran y estricta devoción, de la cual creo haber mostrado suficientemente que es por igual el deber y la felicidad de todas las clases de hombres. Ni hay nada en ningún estado particular de vida que pueda alegarse con justicia como razón para rebajar en algo el espíritu devoto.
Pero como en esta culta época nuestra hemos dejado extinguirse de tal modo, con nuestra manera de vivir, el espíritu de devoción, que muchos parecen temer incluso que se los crea devotos, imaginando que la gran devoción es gran beatería; que se funda en la ignorancia y la pobreza de espíritu; y que las mentes pequeñas, débiles y abatidas son por lo general las más aventajadas en ella:
Se mostrará aquí plenamente que la gran devoción es la disposición más noble de las almas más grandes y nobles; y que quienes piensan que la ignorancia y la pobreza de espíritu le reportan alguna ventaja son ellos mismos, no un poco, sino enteramente ignorantes de la naturaleza de la devoción, de la naturaleza de Dios y de su propia naturaleza.
Las personas de gran talento y erudición, o de gran conocimiento en los asuntos mundanos, quizá tengan por duro que se atribuya su falta de devoción a su ignorancia. Pero, si se contentan con ser juzgadas por la razón y la Escritura, pronto podrá hacerse evidente que la falta de devoción, dondequiera que se halle, sea entre los doctos o entre los indoctos, se funda en una grosera ignorancia y en la mayor ceguera e insensibilidad que puede sobrevenir a una criatura racional; y que la devoción, lejos de ser efecto de una mente pequeña y abatida, ha de ser y será siempre más alta en las naturalezas más perfectas.
Y en primer lugar, ¿quién tiene por señal de una mente pobre y pequeña que un hombre esté lleno de reverencia y respeto hacia sus padres, que tenga el amor y la honra más sinceros por su amigo, o que sobresalga en las más altas muestras de gratitud hacia su bienhechor?
¿No se dan estas disposiciones en el más alto grado en las mentes más elevadas y perfectas?
¿Y qué es, sin embargo, la alta devoción sino el más alto ejercicio de estas disposiciones, de respeto, reverencia, amor, honra y gratitud hacia el amable y glorioso Padre, Amigo y Bienhechor de todo el género humano?
¿Es verdadera grandeza de alma reverenciar la autoridad de tus padres, temer el desagrado de tu amigo, sentir pavor ante los reproches de tu bienhechor? ¿Y no han de ser este temor, este pavor y esta reverencia mucho más justos, razonables y honrosos cuando se dirigen en el más alto grado a Dios?
Ahora bien, así como cuanto más altas son estas disposiciones, más se las estima entre los hombres y más se las reconoce como pruebas tanto mayores de verdadera grandeza de alma, así también, cuanto más altas y grandes son esas mismas disposiciones hacia Dios, tanto más prueban la nobleza, la excelencia y la grandeza del alma.
De modo que, mientras el respeto a los padres, el amor a los amigos y la gratitud a los bienhechores se tengan por disposiciones grandes y honrosas, la devoción, que no es otra cosa que respeto, amor y gratitud a Dios, ha de ocupar el lugar más alto entre nuestras más altas virtudes.
Si un príncipe, por pura bondad, te enviara un perdón por medio de uno de sus esclavos, ¿considerarías parte de tu deber recibir al esclavo con muestras de amor, estima y gratitud por su gran amabilidad al traerte tan gran regalo, y al mismo tiempo tendrías por bajeza y pobreza de espíritu mostrar amor, estima y gratitud al príncipe, que por su propia bondad te envió libremente el perdón?
Y, sin embargo, esto sería tan razonable como suponer que el amor, la estima, la honra y la gratitud son disposiciones nobles y muestras de un alma grande cuando se tributan a nuestros semejantes, pero efectos de una mente pobre, ignorante y abatida cuando se tributan a Dios.
Más aún: aquella parte de la devoción que se expresa en confesiones dolorosas y en lágrimas penitentes de un corazón quebrantado y contrito está muy lejos de ser señal alguna de una mente pequeña e ignorante.
Porque ¿quién no reconoce como muestra de un alma noble, generosa y valiente el reconocer una falta y pedir perdón por cualquier ofensa? ¿Y no son las mentes más finas y cultivadas las que más destacan por esta excelente disposición?
¿No se admite también que la nobleza y la excelencia del espíritu de un hombre se muestran mucho cuando su dolor y su indignación contra sí mismo crecen en proporción a la necedad de su falta y a la bondad y grandeza de la persona a quien ha ofendido?
Ahora bien, si las cosas son así, entonces, cuanto mayor es la mente de un hombre, cuanto más conoce de Dios y de sí mismo, tanto más dispuesto estará a postrarse ante Dios en todos los actos y expresiones más humildes de arrepentimiento.
Y cuanto mayores sean la nobleza, la generosidad, el juicio y la penetración de su mente, tanto más ejercitará y dejará obrar en sí un sentimiento ardiente y tierno del justo desagrado de Dios; y cuanto más conozca la grandeza, la bondad y la perfección de la naturaleza divina, tanto más lleno estará de vergüenza y confusión por sus propios pecados e ingratitud.
Y, por otra parte, cuanto más torpe e ignorante es un alma, cuanto más baja y mezquina es por naturaleza, cuanto más insensible es a la bondad y la pureza de Dios, tanto más reacia será a todos los actos de humilde confesión y arrepentimiento.
La devoción, por tanto, lejos de convenir mejor a las mentes pequeñas e ignorantes, tiene en una verdadera elevación del alma, en un vivo sentido del honor y en un gran conocimiento de Dios y de nosotros mismos las mayores ayudas naturales con que cuenta.
Y, por otra parte, se hará evidente aquí con diversos argumentos que la indevoción se funda en la más desmedida ignorancia.
Y en primer lugar, nuestro bendito Señor y sus apóstoles fueron ejemplos eminentes de una devoción grande y frecuente. Ahora bien, si concedemos (como todos los cristianos han de conceder) que su gran devoción se fundaba en un verdadero conocimiento de la naturaleza de la devoción, de la naturaleza de Dios y de la naturaleza del hombre, entonces es evidente que todos los que son insensibles al deber de la devoción se hallan en este estado de desmedida ignorancia: no conocen ni a Dios, ni a sí mismos, ni la devoción.
Porque si un recto conocimiento en estos tres aspectos produce una gran devoción, como en el caso de nuestro Salvador y sus apóstoles, entonces el descuido de la devoción ha de imputarse a la ignorancia.
Además, ¿cómo es que la mayoría de las personas recurren a la devoción cuando están enfermas, en aflicción o con temor de la muerte? ¿No es porque ese estado les muestra más su necesidad de Dios y su propia debilidad de lo que perciben en otros momentos? ¿No es porque sus flaquezas y su fin cercano los convencen de algo que antes no percibían ni a medias?
Ahora bien, si la devoción en esos momentos es efecto de un mejor conocimiento de Dios y de nosotros mismos, entonces el descuido de la devoción en otros momentos se debe siempre a una gran ignorancia de Dios y de nosotros mismos.
Más aún: así como la indevoción es ignorancia, es también la ignorancia más vergonzosa, y aquella a la que ha de imputarse la mayor necedad.
Esto se verá con toda claridad a cualquiera que considere por qué reglas hemos de juzgar la excelencia de cualquier conocimiento o lo vergonzoso de cualquier ignorancia.
Ahora bien, el conocimiento mismo no sería ninguna excelencia, ni la ignorancia ningún oprobio para nosotros, si no fuéramos criaturas racionales.
Pero, si esto es verdad, se sigue claramente que aquel conocimiento que es más conforme a nuestra naturaleza racional, y que más nos importa conocer como tales, es nuestro conocimiento más alto y más fino; y que aquella ignorancia que se refiere a las cosas más esenciales para nosotros como criaturas racionales, y que más nos importa conocer, es, de todas, la ignorancia más grosera y vergonzosa.
Si, por tanto, hay cosas que nos importan más que otras, si hay verdades que significan para nosotros más que todas las demás, aquel que tiene el conocimiento más pleno de estas cosas, que ve estas verdades con la luz más clara y más fuerte, tiene, más que nadie, como criatura racional, el entendimiento más claro y las mejores dotes.
Si, por tanto, nuestra relación con Dios es nuestra mayor relación, si nuestro progreso en su favor es nuestro más alto progreso, aquel que tiene las nociones más altas de la excelencia de esta relación, aquel que percibe con más fuerza el sumo valor y la gran estima de la santidad y la virtud, que juzga pequeña toda cosa comparada con ella, demuestra poseer el mejor y más excelente conocimiento.
Si un juez tiene gran pericia en pintura, arquitectura y música, pero al mismo tiempo tiene nociones groseras y confusas de la equidad y una comprensión pobre y torpe del valor de la justicia, ¿quién dudaría en tenerlo por un juez pobre e ignorante?
Si un obispo fuera hombre de gran desenvoltura y habilidad en las artes del ascenso, y entendido en cómo elevar y enriquecer a su familia en el mundo, pero no tuviera gusto ni sentido de las máximas y principios de los santos y padres de la Iglesia; si no comprendiera la santa naturaleza y las grandes obligaciones de su vocación, ni juzgara mejor estar crucificado al mundo que vivir ociosamente en pompa y esplendor, ¿quién dudaría en acusar a semejante obispo de falta de entendimiento?
Si no juzgamos y sentenciamos de esta manera, nuestra razón y nuestro juicio no son más que sonidos vacíos.
Pero ahora bien, si un juez ha de tenerse por ignorante cuando no siente ni percibe el valor y el mérito de la justicia; si un obispo ha de considerarse falto de entendimiento cuando tiene más experiencia en otras cosas que en las excelsas virtudes de su vocación apostólica, entonces todos los cristianos comunes han de considerarse más o menos entendidos según conozcan más o menos de aquellas grandes cosas que son el interés común y principal de todos los cristianos.
Si un caballero se figurara que la luna no es mayor de lo que parece a la vista, que brilla con luz propia, que todas las estrellas no son más que otros tantos puntos de luz; si, después de leer libros de astronomía, siguiera aún en la misma opinión, la mayoría de las personas pensaría que tiene un entendimiento bien pobre.
Pero, si la misma persona pensara que es mejor proveer para una vida breve aquí que prepararse para una gloriosa eternidad en el más allá, que es mejor ser rico que destacar en piedad, su ignorancia y su torpeza serían demasiado grandes para compararlas con ninguna otra cosa.
No hay conocimiento que merezca siquiera ese nombre sino el que llamamos juicio.
Y el entendimiento más claro y cultivado es aquel que mejor juzga del valor y el mérito de las cosas. Todo lo demás no es sino la capacidad de un animal; no es sino mero ver y oír.
Y no hay excelencia alguna en ningún conocimiento nuestro hasta que ejercitamos nuestro juicio y juzgamos bien del valor y el mérito de las cosas.
Si un hombre tuviera ojos capaces de ver más allá de las estrellas o de penetrar en el corazón de la tierra, pero no pudiera ver las cosas que tiene delante ni discernir nada que le fuera de provecho, diríamos que tiene una vista muy mala.
Si otro tuviera oídos que recibieran los sonidos del mundo de la luna, pero no pudiera oír nada de lo que se dice o se hace en la tierra, lo consideraríamos tan malo como un sordo.
Del mismo modo, si un hombre tiene una memoria capaz de retener muchísimas cosas; si tiene un ingenio agudo y penetrante en las artes y las ciencias, o una imaginación que sabe vagar agradablemente por las ficciones, pero tiene una comprensión torpe y pobre de su deber y de su relación con Dios, del valor de la piedad o del mérito de la virtud moral, con toda justicia puede considerarse que tiene un mal entendimiento. No es sino como el hombre que solo puede ver y oír cosas que no le reportan ningún provecho.
Tan cierto, pues, como que la piedad, la virtud y la felicidad eterna son lo que más importa al hombre; tan cierto como que la inmortalidad de nuestra naturaleza y nuestra relación con Dios son las circunstancias más gloriosas de nuestra naturaleza, así de cierto es que aquel que más se detiene en contemplarlas, cuyo corazón más se conmueve con ellas, que más hondo penetra en ellas, que mejor comprende su valor y su excelencia, que juzga todos los logros mundanos como meras burbujas y sombras en comparación con ellas, demuestra tener, más que nadie, el entendimiento más fino y el juicio más firme.
Y si no razonamos de esta manera, o no admitimos este método de razonar, no tenemos argumentos para probar que exista tal cosa como un hombre sabio o un necio.
Porque se demuestra que un hombre es un simple no porque le falte alguno de sus sentidos o sea incapaz de todo, sino porque no tiene juicio y es enteramente ignorante del mérito y el valor de las cosas. Quizá prefiera una casaca vistosa a una gran hacienda.
Y así como la esencia de la estupidez consiste en la total falta de juicio, en la ignorancia del valor de las cosas, así, por otra parte, la esencia de la sabiduría y del conocimiento ha de consistir en la excelencia de nuestro juicio, o en el conocimiento del mérito y el valor de las cosas.
Esta es, por tanto, una prueba innegable de que aquel que más conoce el valor de las mejores cosas, que juzga más rectamente de las cosas que más le importan, que prefiere tener su alma en un estado de perfección cristiana antes que la mayor porción de felicidad mundana, posee la más alta sabiduría y se halla a la mayor distancia de los simples a que pueda situarlo conocimiento alguno.
Por otra parte, aquel que sabe hablar las lenguas doctas y repetir mucha historia, pero prefiere el regalo de su cuerpo a la pureza y perfección de su alma, a quien más le preocupa ganarse un nombre o una hacienda aquí que vivir en la gloria eterna en el más allá, se halla en el estado más cercano al de aquel simple que prefiere una casaca pintada a una gran hacienda.
Los hombres no lo llaman simple, pero a los ojos de Dios y de los seres celestiales ha de aparecer en un estado de estupidez aún más desmedido, y tarde o temprano así se lo parecerá sin duda a sí mismo.
Pero, si es innegablemente claro que no podemos probar que un hombre es necio sino mostrando que no tiene conocimiento de las cosas que son buenas y malas para él, entonces es innegablemente claro que no podemos probar que un hombre es sabio sino mostrando que tiene el conocimiento más pleno de las cosas que son su mayor bien y su mayor mal.
Si, por tanto, Dios es nuestro mayor bien; si no puede haber bien alguno sino en su favor, ni mal alguno sino en apartarse de él, entonces es evidente que aquel que juzga que lo mejor que puede hacer es agradar a Dios con todas sus fuerzas, que lo adora y reverencia con todo su corazón y toda su alma, que prefiere tener un alma piadosa a todas las dignidades y honores del mundo, demuestra hallarse en el más alto estado de la sabiduría humana.
Prosigamos. Sabemos cómo obró nuestro bendito Señor en un cuerpo humano: su comida y su bebida eran hacer la voluntad de su Padre que está en los cielos.
Y si cierto número de espíritus celestiales dejaran sus moradas en la luz de Dios y se unieran por un tiempo a cuerpos humanos, sin duda tenderían hacia Dios en todas sus acciones y serían tan celestiales como pudieran en un estado de carne y sangre.
Sin duda obrarían de esta manera, porque sabrían que Dios es el único bien de todos los espíritus; y que, ya estuvieran en el cuerpo o fuera del cuerpo, en el cielo o en la tierra, habrían de recibir de Dios solo cada grado de su grandeza y de su felicidad.
Por tanto, todos los espíritus humanos, cuanto más elevados son, cuanto más conocen su origen divino, cuanto más se acercan a los espíritus celestiales, tanto más vivirán para Dios en todas sus acciones y harán de toda su vida un estado de devoción.
La devoción es, por tanto, la mayor señal de un genio grande y noble; supone un alma en su más alto estado de conocimiento; y solo carecen de ella las mentes pequeñas y ciegas, hundidas en la ignorancia y la vanidad.
Si un espíritu humano imaginara que algún poderoso príncipe es mayor que Dios, lo tendríamos por una criatura pobre e ignorante; todo el mundo reconocería que semejante imaginación es el colmo de la estupidez.
Pero, si este mismo espíritu humano pensara que es mejor consagrarse a algún poderoso príncipe que consagrarse a Dios, ¿no sería esto una prueba todavía mayor de una naturaleza pobre, ignorante y ciega?
Y, sin embargo, esto es lo que hacen todos los que piensan que hay algo mejor, más grande o más sabio que una vida devota.
De modo que, se considere este asunto del modo que se quiera, resulta claramente que la devoción es muestra de gran juicio y de una naturaleza elevada, y que la falta de devoción es prueba segura de falta de entendimiento.
Los más grandes espíritus del mundo pagano, como Pitágoras, Sócrates, Platón, Epicteto, Marco Antonino, etc., debieron toda su grandeza al espíritu de devoción.
Estaban llenos de Dios; su sabiduría y sus profundas contemplaciones no tendían sino a librar a los hombres de la vanidad del mundo y de la esclavitud de las pasiones corporales, para que obraran como espíritus que habían venido de Dios y que pronto habían de volver a él.
Además, para ver la dignidad y la grandeza de un espíritu devoto, basta compararlo con otras disposiciones que se eligen en su lugar.
San Juan nos dice que todo lo que hay en el mundo (es decir, todas las disposiciones de una vida mundana) es la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida.
Consideremos, pues, qué sabiduría o excelencia de mente se requiere para que un hombre esté capacitado para estos deleites.
Supongamos a un hombre entregado a los placeres del cuerpo: sin duda esto no puede ser señal de una mente fina ni de un espíritu excelente, porque, con tal que tenga la disposición de un animal, es lo bastante grande para estos goces.
Supongámoslo consagrado a los honores y los esplendores, aficionado al brillo y al boato: ahora bien, si esta disposición requiriera grandes dotes o un fino entendimiento para hacer a un hombre capaz de ella, probaría que el mundo abunda en grandes ingenios.
Supongámoslo enamorado de las riquezas y tan ansioso en su búsqueda que nunca piensa tener bastante: ahora bien, esta pasión está tan lejos de suponer un sentido excelente o un gran entendimiento, que la ceguera y la necedad son los mejores apoyos con que cuenta.
Supongámoslo, por último, bajo otra luz, no consagrado únicamente a una de estas pasiones, sino, como sucede casi siempre, gobernado por todas ellas por turno: ¿muestra esto una naturaleza más elevada que pasar sus días al servicio de una sola de ellas?
Porque tener gusto por estas cosas y estar consagrado a ellas está tan lejos de demostrar dotes o entendimiento siquiera pasables, que se ajustan a las mentes más torpes y débiles, y solo requieren mucho orgullo y necedad para ser grandemente admiradas.
Pero que los libertinos presenten ahora, si pueden, una acusación semejante contra la devoción. Igual podrían intentar acusar a la luz de todo lo que pertenece a las tinieblas.
Con que concedan que hay un Dios y una providencia, habrán concedido lo bastante para justificar la sabiduría y sostener la honra de la devoción.
Porque, si hay un Creador infinitamente sabio y bueno, en quien vivimos, y nos movemos, y somos, cuya providencia gobierna todas las cosas en todos los lugares, sin duda el acto más alto de nuestro entendimiento ha de ser concebirlo rectamente; la muestra más noble de juicio, la disposición más elevada de nuestra naturaleza, ha de ser adorar y reverenciar esta providencia universal, conformarse a sus leyes, estudiar su sabiduría, y vivir y obrar en todas partes como en la presencia de este Creador infinitamente bueno y sabio.
Ahora bien, quien vive así vive en el espíritu de devoción.
¿Y qué puede mostrar tan grandes dotes y un entendimiento tan fino como vivir en esta disposición?
Porque, si Dios es sabiduría, sin duda ha de ser el hombre más sabio del mundo aquel que más se conforma a la sabiduría de Dios, que mejor obedece a su providencia, que más hondo penetra en sus designios y hace todo lo que puede para que la voluntad de Dios se haga en la tierra como se hace en el cielo.
El hombre devoto hace verdadero uso de su razón: ve a través de la vanidad del mundo, descubre la corrupción de su naturaleza y la ceguera de su pasión. Vive según una ley que no es visible a los ojos vulgares; entra en el mundo de los espíritus; compara las cosas más grandes, pone la eternidad frente al tiempo, y prefiere ser grande para siempre en la presencia de Dios cuando muera antes que tener la mayor porción de placer mundano mientras vive.
El que es devoto está lleno de estos grandes pensamientos; vive de estas nobles reflexiones y se conduce por reglas y principios que solo la razón puede comprender, admirar y amar.
No hay nada, por tanto, que muestre un genio tan grande, nada que nos eleve tanto por encima de los espíritus vulgares, nada que declare tan claramente una heroica grandeza de alma, como una gran devoción.
Cuando supones que un hombre es un santo, o todo devoción, lo has elevado tan por encima de todas las demás condiciones de vida como un filósofo está por encima de un animal.
Por último, el valor y la bravura son palabras de gran resonancia y parecen significar un espíritu heroico; pero la humildad, que parece la parte más baja e ínfima de la devoción, es una prueba más segura de un alma noble y valerosa.
Porque la humildad lucha con enemigos mayores, está más constantemente en combate, es asaltada con más violencia, soporta más, padece más y requiere mayor valor para sostenerse que cualquier muestra de bravura mundana.
El hombre que se atreve a ser pobre y despreciable a los ojos del mundo para hacerse aprobar por Dios; que resiste y rechaza toda gloria humana, que se opone al clamor de sus pasiones, que soporta mansamente todas las injurias y agravios, y se atreve a esperar su recompensa hasta que la mano invisible de Dios dé a cada uno el lugar que le corresponde, sufre una prueba mucho mayor y ejerce una fortaleza más noble que el que es osado y atrevido en el fuego de la batalla.
Porque la osadía de un soldado, si es ajeno al espíritu de devoción, es más debilidad que fortaleza; no es, a lo sumo, sino pasión enloquecida y ánimo acalorado, y no tiene más verdadero valor que la furia de un tigre.
Porque, así como no podemos levantar una mano ni mover un pie sino por un poder que Dios nos presta, así también las acciones osadas que no están dirigidas por las leyes de Dios, como otros tantos cumplimientos de su voluntad, no son más verdadera bravura que la malicia serena es paciencia cristiana.
La razón es nuestra ley universal, que nos obliga en todos los lugares y en todos los tiempos; y ninguna acción tiene honra alguna sino en la medida en que es muestra de nuestra obediencia a la razón.
Y es tan bajo y cobarde ser osado y atrevido contra el principio de la razón y de la justicia como ser osado y atrevido en la mentira y el perjurio.
Si queremos, pues, ejercer una verdadera fortaleza, debemos hacerlo todo en el espíritu de devoción, ser valientes contra las corrupciones del mundo, las concupiscencias de la carne y las tentaciones del diablo; porque ser atrevido y valeroso contra estos enemigos es la bravura más noble de que es capaz un alma humana.
He hecho esta digresión por causa de quienes piensan que la gran devoción es beatería y pobreza de espíritu, para que con estas consideraciones vean cuán pobres y bajas son todas las demás disposiciones comparadas con ella; para que vean que todos los logros mundanos, sean de grandeza, de sabiduría o de bravura, no son más que sonidos vacíos, y que no hay nada sabio, ni grande, ni noble en un espíritu humano sino conocer rectamente y adorar y reverenciar de corazón al gran Dios, que es el sostén y la vida de todos los espíritus, ya en el cielo, ya en la tierra.
F I N
Capítulo 24 completado
Conclusión. De la excelencia y grandeza de un espíritu devoto