Un llamado serio a una vida devota y santa
De la oración de la tarde. De la naturaleza y necesidad del examen. Cómo hemos de ser minuciosos en la confesión de todos nuestros pecados. Cómo hemos de llenar nuestra mente de un justo horror y temor de todo pecado

Capítulo 23 · 26 min de lectura · 33 min de escucha

De la oración de la tarde. De la naturaleza y necesidad del examen. Cómo hemos de ser minuciosos en la confesión de todos nuestros pecados. Cómo hemos de llenar nuestra mente de un justo horror y temor de todo pecado

HE LLEGADO ahora a las seis de la tarde, que, según el cómputo de la Escritura, se llama la hora duodécima, o última hora del día. Es este un tiempo tan propio para la devoción, que supongo que no hace falta decir nada para recomendarlo como tiempo de oración a todos los que profesan alguna estima por la piedad.

Así como a esta hora suelen terminar el trabajo y la actividad de todo estado de vida, así también es este el tiempo propio para que cada uno se pida cuentas a sí mismo y repase toda su conducta desde la primera acción del día. La necesidad de este examen se funda en la necesidad del arrepentimiento. Porque si es necesario arrepentirse de todos nuestros pecados, si la culpa de los pecados no arrepentidos sigue pesando sobre nosotros, entonces es necesario que no solo todos nuestros pecados, sino también sus circunstancias particulares y sus agravantes, sean conocidos, recordados y llevados al arrepentimiento.

La Escritura dice: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» [1 Juan 1:9]. Lo cual equivale a decir que solo entonces nos son perdonados nuestros pecados, y quedamos limpios de su culpa y de su maldad, cuando son así confesados y nos arrepentimos de ellos.

Parece, pues, que hay la mayor necesidad de que todas nuestras acciones diarias sean constantemente observadas y llevadas a cuentas, no sea que por negligencia nos carguemos con la culpa de pecados no arrepentidos.

Este examen de nosotros mismos cada tarde no ha de considerarse, por tanto, solo como una regla recomendable y digna de que la observe un hombre sabio, sino como algo tan necesario como la confesión y el arrepentimiento diarios de nuestros pecados; porque este arrepentimiento diario es de muy poca importancia, y pierde todo su principal beneficio, a menos que sea una confesión y un arrepentimiento particulares de los pecados de ese día. Este examen es necesario para el arrepentimiento del mismo modo que lo es el tiempo; no puedes arrepentirte ni expresar tu dolor si no le concedes algún tiempo; ni puedes arrepentirte sino en la medida en que sabes de qué te estás arrepintiendo. De modo que, cuando se dice que es necesario examinar tus acciones y pedirles cuentas, solo se dice que es necesario saber de qué cosas, y de cuántas, has de arrepentirte.

Quizá hasta ahora solo te hayas acostumbrado a confesarte pecador en general y a pedir perdón en bloque, sin ningún recuerdo particular ni contrición por los pecados particulares de ese día. Y con esta práctica has llegado a creer que la misma breve fórmula general de confesión del pecado en general es arrepentimiento suficiente para cada día.

Supón que otra persona sostuviera que basta una confesión general de nuestros pecados una vez, al final de cada semana, y que tanto vale confesar juntos los pecados de siete días como tener un arrepentimiento particular al final de cada día: sé que ves con suficiente claridad lo irrazonable e impío de esta opinión, y que te parece bastante fácil mostrar su peligro y su necedad.

Y, sin embargo, no puedes aducir contra semejante opinión un solo argumento que no sea igualmente bueno contra un arrepentimiento diario que no pida estricta cuenta de los pecados particulares de ese día.

Porque, así como no puedes aducir contra tal opinión ningún texto expreso de la Escritura, sino que has de tomar todos tus argumentos de la naturaleza del arrepentimiento y de la necesidad de un arrepentimiento particular por los pecados particulares, así todo argumento de esa clase ha de probar con igual plenitud la necesidad de ser muy minuciosos en nuestro arrepentimiento de los pecados de cada día; puesto que nada puede decirse con justicia contra dejar que los pecados de toda la semana se lamenten en bloque, que no pueda decirse con igual justicia contra un arrepentimiento diario que considera los pecados de ese día solo en bloque.

¿Le dirías a ese hombre que una confesión diaria es necesaria para mantener el aborrecimiento del pecado, que sin ella la mente se endurecería y se volvería insensible a la culpa del pecado? ¿Y no es esta una razón igual de buena para exigir que tu arrepentimiento diario sea muy expreso y particular respecto a tus pecados diarios? Porque si la confesión ha de despertar el aborrecimiento del pecado, sin duda aquella confesión que considera y pone al descubierto tus pecados particulares, que los saca a la luz con todas sus circunstancias y agravantes, que exige un reconocimiento particular y doloroso de cada pecado, ha de llenar la mente de aborrecimiento del pecado en un grado mucho mayor que aquella que, con una sola y misma fórmula de palabras, solo te confiesa pecador en general. Porque, como esto no es sino lo que el mayor de los santos puede decir con justicia de sí mismo, repetir a diario solo semejante confesión no tiene nada que te haga avergonzarte de veras de tu propio modo de vida.

Además, ¿no tendrías que decirle a ese hombre que, al limitarse a semejante confesión general semanal, correría gran peligro de olvidar muchísimos de sus pecados? Pero ¿tiene este argumento algún sentido o fuerza, a menos que supongas que todos nuestros pecados han de ser recordados y llevados a un arrepentimiento particular? ¿Y no es necesario que nuestros pecados particulares no se olviden, sino que se recuerden particularmente en nuestros arrepentimientos diarios, lo mismo que en un arrepentimiento en cualquier otro momento?

De modo que todo argumento en favor de una confesión y un arrepentimiento diarios es el mismo argumento en favor de la confesión y el arrepentimiento de los pecados particulares de cada día.

Porque la confesión diaria no tiene otra razón ni otra necesidad que nuestros pecados diarios; y, por tanto, no es en absoluto lo que debe ser sino en la medida en que es un arrepentimiento y un doloroso reconocimiento de los pecados del día.

Supongo que te considerarías culpable de gran impiedad si te fueras a la cama sin confesarte pecador y pedir perdón a Dios; no te parecería suficiente haberlo hecho ayer. Y, sin embargo, si sin atender en nada al día presente te limitas a repetir la misma fórmula de palabras que usaste ayer, puede considerarse con justicia que los pecados del día presente no han tenido arrepentimiento alguno. Porque si los pecados del día presente exigen una nueva confesión, ha de ser una nueva confesión que le sea propia. Pues es el estado y la condición de cada día lo que ha de determinar el estado y la manera de tu arrepentimiento por la tarde; de otro modo, la misma fórmula general de palabras es más bien una vacía formalidad que tiene la apariencia de un deber, que un verdadero cumplimiento de él como el que se requiere para que te sea realmente útil.

Supongamos que cierto día has sido culpable de estos pecados: que has dicho de ti mismo una mentira vanidosa, atribuyéndote falsamente algo por orgullo; que has incurrido en la murmuración, y que te has permitido cierto grado de intemperancia. Supongamos que al día siguiente has vivido de manera contraria: que no has descuidado ningún deber de devoción y has pasado el resto del día ocupado inocentemente en tus propios asuntos. Supongamos que en la tarde de ambos días usas solo la misma confesión general, considerándola más bien un deber que hay que cumplir cada noche que un arrepentimiento que ha de ajustarse al estado particular del día.

¿Puede decirse con alguna razón que cada día ha tenido su arrepentimiento propio? ¿No tiene tanto sentido decir que no hay diferencia en la culpa de estos días como decir que no hace falta un arrepentimiento distinto al final de ellos? ¿O cómo puede cada uno de ellos tener su arrepentimiento propio, sino teniendo un arrepentimiento tan amplio, tan extenso y tan particular como la culpa de cada día?

Además, supongamos que aquel día en que habías sido culpable de los tres notorios pecados antes mencionados, en tu arrepentimiento de la tarde solo hubieras traído a la memoria uno de ellos. ¿No es evidente que los otros dos quedan sin arrepentimiento y que, por tanto, su culpa sigue pesando sobre ti? De modo que te hallas entonces en el estado de quien se entrega a la noche sin arrepentirse de un día que lo ha arrastrado a dos pecados tan grandes.

Ahora bien, estos no son detalles innecesarios ni escrúpulos minuciosos de los que uno no deba preocuparse, sino verdades tan claras que afectan esencialmente a la vida misma de la piedad. Porque si el arrepentimiento es necesario, es igual de necesario que se haga bien y de la manera debida.

Y he entrado en todos estos detalles solo para mostrarte, de la manera más clara, que el examen y la cuidadosa revisión de todas las acciones del día no han de considerarse solo como una buena regla, sino como algo tan necesario como el arrepentimiento mismo.

Si un hombre ha de rendir cuentas de sus gastos por la noche, ¿puede considerarse una exactitud innecesaria en él tomar nota de cada gasto particular del día?

Y si un hombre ha de arrepentirse de sus pecados por la noche, ¿puede considerarse un escrúpulo excesivo en él saber y traer a la memoria de qué pecados ha de arrepentirse?

Más aún: aunque se concediera que una confesión general puede ser arrepentimiento suficiente al final de aquellos días en que solo hay que lamentar las inevitables flaquezas de nuestra naturaleza, aun esta misma concesión prueba la absoluta necesidad de este examen de sí mismo; porque sin este examen, ¿quién puede saber que ha pasado algún día de esa manera?

Además, un arrepentimiento de la tarde que de este modo pide cuentas de todas las acciones del día no solo es necesario para borrar la culpa del pecado, sino que es también el camino más seguro para enmendar y perfeccionar nuestra vida.

Porque solo un arrepentimiento como este toca el corazón, despierta la conciencia y deja en la mente un horror y una detestación del pecado.

Por ejemplo: si sucediera que en alguna tarde particular todo lo que pudieras reprocharte fuera esto, a saber, un cumplimiento apresurado y negligente de tus devociones, o demasiado tiempo gastado en una conversación impertinente; si se reflexionara plenamente sobre lo irrazonable de estas cosas y se reconociera; si entonces te condenaras por ellas delante de Dios e imploraras su perdón y su gracia auxiliadora, ¿qué medio podría ser tan apropiado para impedir que cayeras en las mismas faltas al día siguiente?

O, si volvieras a caer en ellas al día siguiente, con todo, si de nuevo se las sometiera al mismo examen y a la misma condena en la presencia de Dios, el que se repitieran sería para ti una prueba tal de tu propia necedad y flaqueza, te causaría tal dolor y remordimiento en el alma, y te llenaría de tal vergüenza y confusión ante ti mismo, que con toda probabilidad te haría desear ardientemente una mayor perfección.

Ahora bien, en el caso de los pecados repetidos, este sería el beneficio seguro que recibiríamos de este examen y confesión: la mente se haría con ello humilde, llena de dolor y de profunda compunción, y poco a poco se vería forzada a la enmienda.

En cambio, una confesión formal y general, que solo se considera un deber de la tarde, que pasa por alto las faltas particulares del día y es la misma tanto si el día se ha empleado mal como bien, tiene poco o ningún efecto sobre la mente; un hombre puede usar semejante confesión diaria y, aun así, seguir pecando y confesándose toda su vida, sin ningún remordimiento ni verdadero deseo de enmienda.

Porque si tus propios pecados particulares quedan fuera de tu confesión, el confesar el pecado en general no tiene más efecto sobre tu mente que si solo hubieras confesado que todos los hombres en general son pecadores. Y no hay nada en ninguna confesión que muestre que es tuya, sino en la medida en que es una acusación de ti mismo, no del pecado en general ni del que es común a todos los demás, sino de aquellos pecados particulares que son tu propia vergüenza y tu propio oprobio.

Ninguna otra confesión, sino la que así descubre y acusa tu propia culpa particular, puede ser un acto de verdadero dolor o de auténtica preocupación por tu propia condición. Y una confesión que carece de este dolor y compunción de corazón no tiene nada en sí, ni para expiar los pecados pasados ni para producir en nosotros ninguna verdadera reforma y enmienda de vida.

Prosigamos. Para hacer este examen aún más provechoso, cada uno debería obligarse a seguir en él un cierto método. Como cada hombre tiene algo particular en su naturaleza, inclinaciones más fuertes a unos vicios que a otros, algunas flaquezas que se le adhieren más estrechamente y son más difíciles de vencer que otras; y como a cada hombre le es tan fácil saber esto de sí mismo como saber quién le agrada o le desagrada, es sumamente necesario que estas particularidades de nuestra naturaleza y de nuestras disposiciones no escapen nunca a un severo juicio en nuestro arrepentimiento de la tarde. Digo un severo juicio, porque nada sino una rigurosa severidad contra estas disposiciones naturales basta para vencerlas.

Son ellas los ojos derechos que no han de ser perdonados, sino sacados y echados de nosotros. Porque, así como son flaquezas de la naturaleza, tienen también la fuerza de la naturaleza, y han de ser tratadas con gran oposición, o pronto serán demasiado fuertes para nosotros.

Por tanto, quien se sabe sujeto más que a nada a la ira y a la pasión debe ser muy exacto y constante en el examen de esta disposición cada tarde. Debe descubrir cada desliz que haya cometido de esa clase, ya sea de pensamiento, de palabra o de obra; debe avergonzarse, reprocharse y acusarse delante de Dios por todo lo que haya dicho o hecho en obediencia a su pasión. No debe permitirse olvidar el examen de esta disposición más de lo que se permitiría olvidar todas sus oraciones.

Además, si hallas que la vanidad es tu disposición predominante, la que siempre te empuja a adornar tu persona y a ir a la caza de todo lo que halague o lisonjee tus capacidades, no perdones ni olvides nunca esta disposición en tu examen de la tarde; antes bien, confiesa a Dios toda vanidad de pensamiento, de palabra o de obra de que hayas sido culpable, y sométete a toda la vergüenza y confusión que puedas.

De esta manera debería obrar todo el mundo respecto a su principal flaqueza, aquella a la que más le inclina su naturaleza. Y aunque no consiguiera en seguida todo lo que se desearía, con una práctica constante produciría sin duda en poco tiempo el efecto deseado.

Más aún: como todos los estados y ocupaciones de la vida tienen sus peligros y tentaciones particulares, y exponen a las personas más a unos pecados que a otros, todo aquel que desee su propio progreso debería hacer parte necesaria de su examen de la tarde el considerar cómo ha evitado, o cómo ha caído en, aquellos pecados que son más comunes a su estado de vida.

Porque, así como nuestros negocios y nuestra condición de vida tienen gran poder sobre nosotros, nada sino una vigilancia como esta puede librarnos de aquellas tentaciones a las que nos exponen cada día.

El pobre, por su condición de vida, está siempre en peligro de la queja y el descontento; el rico está sobre todo expuesto a la sensualidad y la complacencia; el comerciante, a la mentira y a las ganancias desmedidas; el erudito, al orgullo y la vanidad: de modo que en todo estado de vida un hombre debería, al examinarse a sí mismo, vigilar siempre estrechamente aquellas faltas a las que su estado de vida lo expone más que a ninguna otra.

Además, como es razonable suponer que todo hombre bueno ha adoptado, o al menos se ha propuesto, algún método de vida santa, y se ha fijado algunas reglas que observar, que no son comunes a los demás y solo él conoce, debería ser parte constante de su recogimiento nocturno examinar cómo, y en qué grado, las ha observado, y reprocharse delante de Dios toda negligencia en ellas.

Por reglas entiendo aquí las reglas que se refieren al buen ordenamiento de nuestro tiempo y a los asuntos de nuestra vida común; reglas que prescriben un cierto orden a todo lo que hemos de hacer: nuestros negocios, devoción, mortificaciones, lecturas, retiros, conversación, comidas, descansos, sueño y cosas semejantes.

Ahora bien, así como las buenas reglas relativas a todas estas cosas son medios seguros de gran progreso, y tales que todo cristiano serio ha de proponérselas necesariamente, así también difícilmente se observarán con algún fruto si no se hacen materia constante de nuestro examen de la tarde.

Por último, no has de contentarte con una revisión general y apresurada del día, sino que debes emprenderla con detenimiento: comienza por la primera acción del día y avanza, paso a paso, por cada asunto particular en que hayas intervenido, y así no dejes pasar por alto ningún tiempo, lugar ni acción.

Un examen llevado de este modo te hará en poco tiempo tan diferente de ti mismo como un sabio es diferente de un necio. Te dará tal novedad de mente, tal espíritu de sabiduría y tal deseo de perfección como antes te eran del todo desconocidos.

Baste esto acerca del examen de la tarde.

Paso ahora a presentarte aquellas consideraciones que puedan llenar tu mente de un justo temor y horror de todo pecado, y ayudarte a confesar los tuyos con la más ardiente contrición y dolor de corazón.

Considera primero cuán odioso es todo pecado para Dios, qué inmensa bajeza es y cuán abominables hace a los pecadores a los ojos de Dios. Que solo el pecado establece la gran diferencia entre un ángel y el diablo; y que todo pecador es, en la medida en que peca, amigo del diablo y colaborador de su obra contra Dios. Que el pecado es una mancha y una corrupción del alma mayor que cualquier suciedad o enfermedad lo es del cuerpo. Y que contentarse con vivir en el pecado es una bajeza mucho mayor que desear revolcarse en el fango o amar cualquier impureza corporal.

Considera cómo aborrecerías a una criatura que no se deleitara sino en la suciedad y la inmundicia, que odiara todo lo que es decente y limpio; y deja que esto te enseñe a comprender cuán odiosa ha de parecer a Dios el alma que no se deleita sino en la impureza del pecado.

Porque todos los pecados, sean de sensualidad, de orgullo, de falsedad o de cualquier otra pasión desordenada, no son otra cosa que la suciedad y las enfermedades impuras del alma racional. Y toda justicia no es otra cosa que la pureza, el decoro, la belleza y la perfección de aquel espíritu que está hecho a imagen de Dios.

Además, aprende qué horror debes tener a la culpa del pecado por la grandeza de la expiación que se ha hecho por él.

Dios hizo el mundo por el aliento de su boca, con una sola palabra; pero la redención del mundo ha sido obra de un trabajo más largo.

Con cuánta facilidad crea Dios los seres, lo aprendemos del primer capítulo del Génesis; pero cuán difícil es para la misericordia infinita perdonar los pecados, lo aprendemos de aquella costosa expiación, de aquellos sacrificios sangrientos, de aquellos dolores y penitencias, de aquellas enfermedades y muertes, que han de sufrirse todas antes de que el pecador culpable esté en condiciones de comparecer en la presencia de Dios.

Medita en estas grandes verdades: que el Hijo de Dios hubo de hacerse hombre, participar de todas nuestras flaquezas, sobrellevar una vida pobre, dolorosa, miserable y despreciada, ser perseguido, odiado y al fin clavado en una cruz, para que por tales padecimientos hiciera a Dios propicio a aquella naturaleza en la cual padeció.

Que todos los sacrificios sangrientos y las expiaciones de la ley judía tenían por fin representar la necesidad de este gran Sacrificio y el gran desagrado que Dios tenía a los pecadores.

Que el mundo está todavía bajo la maldición del pecado y bajo ciertas señales del desagrado de Dios por él, tales como hambres, pestes, tempestades, dolencias, enfermedades y la muerte.

Considera que todos los hijos de Adán han de pasar por una vida dolorosa y enfermiza, negando y mortificando sus apetitos naturales y crucificando las concupiscencias de la carne, para tener parte en la expiación de la muerte de nuestro Salvador.

Que todas sus penitencias y negaciones de sí mismos, todas sus lágrimas y su arrepentimiento, solo valen por aquella gran intercesión que todavía se hace por ellos a la diestra de Dios.

Considera estas grandes verdades: que esta misteriosa redención, todos estos sacrificios y padecimientos, tanto de Dios como del hombre, no tienen otro fin que quitar la culpa del pecado; y deja entonces que esto te enseñe con qué lágrimas y contrición debes purificarte de él.

Después de esta consideración general de la culpa del pecado, que tanto daño ha hecho a tu naturaleza, la ha expuesto a tan gran castigo y la ha hecho tan odiosa a Dios que nada menos que tan gran expiación del Hijo de Dios, y tan gran arrepentimiento nuestro, puede devolvernos al favor divino:

Considera luego tu propia parte particular en la culpa del pecado. Y si quieres saber con qué celo debes arrepentirte tú mismo, considera cómo exhortarías al arrepentimiento a otro pecador, y qué arrepentimiento y enmienda esperarías de aquel a quien juzgaras el mayor pecador del mundo.

Ahora bien, cada hombre puede con justicia considerar este caso como el suyo propio. Y tú puedes con toda razón tenerte por el mayor pecador que conoces en el mundo.

Porque, aunque conozcas a muchísimas personas culpables de algunos pecados graves de los que no puedes acusarte, puedes, sin embargo, condenarte con justicia como el mayor pecador que conoces. Y ello por las razones siguientes:

Primero, porque conoces la necedad de tu propio corazón más que la de los demás, y puedes acusarte de diversos pecados que solo conoces de ti mismo, sin poder estar seguro de que otros pecadores sean culpables de ellos. De modo que, así como conoces la necedad, la bajeza, el orgullo, el engaño y la negligencia de tu propio corazón más que los de ningún otro, tienes justa razón para considerarte el mayor pecador que conoces, porque conoces la grandeza de tus propios pecados más que la de los pecados ajenos.

Segundo, la grandeza de nuestra culpa nace principalmente de la grandeza de la bondad de Dios para con nosotros, de las gracias y bendiciones particulares, de los favores, las luces y las enseñanzas que hemos recibido de él.

Ahora bien, así como estas gracias y bendiciones, y la multitud de los favores de Dios para con nosotros, son los grandes agravantes de nuestros pecados contra Dios, así también solo nosotros los conocemos. Y por eso todo pecador conoce los agravantes de su propia culpa más que los de la culpa ajena, y en consecuencia puede con justicia tenerse por el mayor pecador que conoce.

Cuán bueno ha sido Dios con otros pecadores, qué luz y enseñanza les ha concedido, qué bendiciones y gracias han recibido de él, cuántas veces ha tocado sus corazones con santas inspiraciones, no lo puedes saber. Pero todo esto lo sabes de ti mismo; por tanto, conoces mayores agravantes de tu propia culpa y puedes acusarte de una ingratitud mayor que la que puedes imputar a los demás.

Y esta es la razón por la que los más grandes santos de todos los tiempos se han condenado a sí mismos como los mayores pecadores: porque conocían algunos agravantes de sus propios pecados que no podían conocer de los pecados ajenos.

La manera correcta, por tanto, de llenar tu corazón de verdadera contrición y de un hondo sentimiento de tus propios pecados es esta: no has de considerar ni comparar la forma exterior o el curso de tu vida con el de los demás, y creerte luego menos pecador que ellos porque el curso exterior de tu vida es menos pecaminoso que el suyo.

Sino que, para conocer tu propia culpa, debes considerar tus propias circunstancias particulares: tu salud, tu enfermedad, tu juventud o tu vejez, tu vocación particular, la dicha de tu educación, los grados de luz y enseñanza que has recibido, los hombres buenos con quienes has tratado, las amonestaciones que has tenido, los buenos libros que has leído, la innumerable multitud de bendiciones, gracias y favores divinos que has recibido, los buenos impulsos de la gracia a los que has resistido, los propósitos de enmienda que a menudo has quebrantado y los avisos de la conciencia que has desatendido.

Porque es a partir de estas circunstancias como cada uno ha de fijar la medida y la grandeza de su propia culpa. Y como solo conoces estas circunstancias de tus propios pecados, necesariamente has de saber acusarte de grados de culpa más altos que los que puedes imputar a los demás.

Dios Todopoderoso conoce quizá pecadores mayores que tú, porque ve y conoce las circunstancias de los pecados de todos los hombres; pero tu propio corazón, si te es fiel, no puede descubrir culpa tan grande como la tuya, porque solo en ti puede ver aquellas circunstancias sobre las que se funda gran parte de la culpa del pecado.

Puedes ver en otros pecados que no puedes imputarte a ti mismo; pero en cambio conoces muchas circunstancias de tu propia culpa que no puedes cargar en la cuenta de ellos.

Y quizá aquella persona que parece tan alejada de tu virtud, y tan odiosa a tus ojos, habría sido mucho mejor que tú si se hubiera hallado en todas tus circunstancias y hubiera recibido de Dios los mismos favores y gracias que tú.

Esta es una reflexión muy humillante, y muy propia para que la hagan aquellas personas que miden su virtud comparando el curso exterior de su vida con el de los demás.

Porque, mires a quien mires, por diferente que sea de ti en su modo de vida, nunca puedes saber que haya resistido tanta gracia divina como tú, ni que, en todas tus circunstancias, no habría sido mucho más fiel a su deber que tú.

Ahora bien, esta es la razón por la que te pedí que consideraras cómo exhortarías a confesar y llorar sus pecados a aquel hombre a quien tuvieras por uno de los mayores pecadores.

Porque, si quieres obrar con justicia, debes dirigir la acusación a tu propia casa y no mirar más allá de ti mismo. Pues Dios no ha dado a nadie poder para conocer la verdadera grandeza de otros pecados que los suyos; y, por tanto, el mayor pecador que cada uno conoce es él mismo.

Fácilmente puedes ver cómo tal persona, en el curso exterior de su vida, quebranta las leyes de Dios; pero nunca puedes decir que, de haberte hallado exactamente en todas sus circunstancias, no las habrías quebrantado tú más que él.

Una reflexión seria y frecuente sobre estas cosas contribuirá poderosamente a humillarnos a nuestros propios ojos, a hacernos muy conscientes de la grandeza de nuestra propia culpa y muy delicados al censurar y condenar a los demás.

Porque ¿quién se atrevería a ser severo con los demás cuando, por lo que él sabe, la severidad de Dios puede deberse más a él que a ellos? ¿Quién clamaría contra la culpa de otros, cuando considera que conoce la grandeza de su propia culpa más que la de ellos?

Cuántas veces has resistido al Espíritu Santo de Dios, cuántos motivos para el bien has desatendido, contra cuántas bendiciones particulares has pecado, cuántos buenos propósitos has quebrantado, cuántos avisos y amonestaciones de la conciencia has sofocado, lo sabes muy bien; pero cuántas veces ha sido este el caso de otros pecadores, no lo sabes. Y, por tanto, el mayor pecador que conoces has de ser tú mismo.

Por tanto, siempre que te indignes contra el pecado o los pecadores, siempre que leas o pienses en la indignación y la ira de Dios contra los malvados, deja que esto te enseñe a ser severísimo en tu censura, y humildísimo y contrito en el reconocimiento y la confesión de tus propios pecados, porque no conoces a ningún pecador igual a ti.

Por último, para concluir este capítulo: habiendo examinado y confesado así tus pecados a esta hora de la tarde, debes considerarte después todavía obligado a recogerte de nuevo en oración justo antes de acostarte.

El tema más apropiado para tus oraciones en ese momento es la muerte. Que tus oraciones, pues, versen entonces enteramente sobre ella, considerando todos los peligros, incertidumbres y terrores de la muerte; que contengan todo lo que pueda conmover y despertar tu mente a una justa comprensión de ella. Que todas tus peticiones sean para tener sentimientos rectos sobre la cercanía y la importancia de la muerte; y pide a Dios que tu mente quede poseída de tal sentimiento de su proximidad que la tengas siempre en tus pensamientos, lo hagas todo como a la vista de ella y conviertas cada día en un día de preparación para ella.

Represéntate en la imaginación que tu cama es tu sepulcro; que todo está dispuesto para tu entierro; que ya no tendrás nada más que ver con este mundo; y que será obra de la gran misericordia de Dios si alguna vez vuelves a ver la luz del sol o tienes otro día que añadir a tus obras de piedad.

Y entrégate entonces al sueño como en las manos de Dios; como quien no ha de tener más oportunidades de hacer el bien, sino que ha de despertar entre espíritus separados del cuerpo que aguardan el juicio del último y gran día.

Una entrega tan solemne de ti mismo en las manos de Dios cada noche, despidiéndote de todo el mundo como si nunca hubieras de volver a verlo, y todo ello en el silencio y la oscuridad de la noche, es una práctica que pronto producirá excelentes efectos en tu espíritu.

Porque esta hora de la noche es sumamente apropiada para tales oraciones y meditaciones; y la semejanza que el sueño y la oscuridad tienen con la muerte contribuirá mucho a hacer más hondos y conmovedores tus pensamientos acerca de ella. De modo que espero que nunca dejes pasar sin ellas un tiempo tan propio para tales oraciones.

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