Un llamado serio a una vida devota y santa
De la necesidad y el beneficio de la intercesión, considerada como ejercicio del amor universal. Cómo todas las clases de hombres han de orar e interceder ante Dios unos por otros. Con qué naturalidad tal intercesión enmienda y reforma el corazón de quienes la practican

Capítulo 21 · 33 min de lectura · 42 min de escucha

De la necesidad y el beneficio de la intercesión, considerada como ejercicio del amor universal. Cómo todas las clases de hombres han de orar e interceder ante Dios unos por otros. Con qué naturalidad tal intercesión enmienda y reforma el corazón de quienes la practican

QUE la intercesión es una parte grande y necesaria de la devoción cristiana, es muy evidente por la Escritura.

Los primeros seguidores de Cristo parecen sostener todo su amor, y mantener todo su trato y correspondencia, mediante oraciones mutuas de unos por otros.

San Pablo, ya escriba a iglesias o a personas particulares, muestra que su intercesión por ellos es perpetua, que son el tema constante de sus oraciones.

Así a los filipenses: «Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros» [Filipenses 1:3, 4]. Aquí vemos no solo una intercesión continua, sino una intercesión hecha con tanta alegría que muestra que era un ejercicio de amor en el que se gozaba grandemente.

Su devoción tenía también el mismo cuidado de las personas particulares, como se ve por los pasajes siguientes: «Doy gracias a Dios, al cual sirvo desde mis mayores con limpia conciencia, de que sin cesar me acuerdo de ti en mis oraciones noche y día» [2 Timoteo 1:3]. ¡Qué santo trato y amistad era este, qué digno de personas que habían sido elevadas por encima del mundo y estaban unidas entre sí como nuevos miembros de un reino de los cielos!

Los apóstoles y los grandes santos no solo beneficiaban y bendecían así a iglesias particulares y a personas privadas, sino que ellos mismos recibían también gracias de Dios por las oraciones de otros. Así dice san Pablo a los corintios: «Cooperando también vosotros a favor nuestro con la oración, para que por muchas personas sean dadas gracias a favor nuestro por el don concedido a nosotros por medio de muchos» [2 Corintios 1:11].

Esta era la antigua amistad de los cristianos, que unía y cimentaba sus corazones, no por consideraciones mundanas ni por pasiones humanas, sino por la comunicación mutua de bendiciones espirituales, por oraciones y acciones de gracias a Dios de unos por otros.

Fue esta santa intercesión la que elevó a los cristianos a un estado de amor mutuo que excedía con mucho todo lo que se había alabado y admirado en la amistad humana. Y cuando el mismo espíritu de intercesión vuelva a estar en el mundo, cuando el cristianismo tenga sobre el corazón de las personas el mismo poder que tenía entonces, esta santa amistad volverá a estar en boga, y los cristianos volverán a ser la admiración del mundo por el extraordinario amor que se tienen unos a otros.

Porque una frecuente intercesión ante Dios, suplicándole con fervor que perdone los pecados de todo el género humano, que lo bendiga con su providencia, lo ilumine con su Espíritu y lo conduzca a la felicidad eterna, es el ejercicio más divino en que puede ocuparse el corazón del hombre.

Ponte, pues, cada día de rodillas para cumplir de manera solemne y deliberada esta devoción, orando por los demás con las mismas formas, con la misma extensión, insistencia y fervor que empleas para ti mismo; y verás cómo se extinguen todas las pasiones mezquinas y malévolas, y cómo tu corazón se vuelve grande y generoso, deleitándose en la felicidad común de los demás como antes solo se deleitaba en la tuya.

Porque el que cada día pide a Dios que todos los hombres sean felices en el cielo toma el camino más seguro para desear su felicidad en la tierra y deleitarse en ella. Y apenas es posible que supliques y ruegues a Dios que haga a alguien feliz en los más altos goces de su gloria por toda la eternidad, y que, sin embargo, te inquiete verlo gozar de los dones de Dios, mucho menores, en este breve y bajo estado de la vida humana.

Porque ¡qué extraño y antinatural sería pedir a Dios que conceda salud y una vida más larga a un enfermo y, al mismo tiempo, envidiarle el pobre placer de unas medicinas agradables!

Y, sin embargo, esto no sería más extraño ni antinatural que pedir a Dios que tu prójimo goce de los más altos grados de su misericordia y de su favor y, al mismo tiempo, envidiarle el pequeño crédito y la posición que tiene entre sus semejantes.

Por tanto, una vez que hayas habituado tu corazón a cumplir seriamente esta santa intercesión, habrás hecho mucho para volverlo incapaz de rencor y de envidia, y para que se deleite naturalmente en la felicidad de todo el género humano.

Este es el efecto natural de una intercesión general por todo el género humano. Pero sus mayores beneficios se reciben cuando desciende a aquellos casos particulares que nuestro estado y condición en la vida nos exigen más particularmente.

Aunque hemos de tratar a todo el género humano como a prójimos y hermanos, según se presente la ocasión, como solo podemos vivir en el trato real con unos pocos, y por nuestro estado y condición estamos más particularmente unidos a unos que a otros, cuando nuestra intercesión se convierte en un ejercicio de amor y de cuidado por aquellos entre quienes nos ha caído en suerte vivir, o que nos pertenecen por una relación más cercana, entonces se vuelve el mayor beneficio para nosotros mismos y produce sus mejores efectos en nuestro propio corazón.

Por tanto, si cambiaras y variaras siempre tus intercesiones según parezcan requerirlo las necesidades y apuros de tus vecinos o conocidos, suplicando a Dios que los libre de tales o cuales males particulares, o que les conceda este o aquel don o bendición particular, tales intercesiones, además de la gran caridad que encierran, tendrían un poderoso efecto sobre tu propio corazón, pues te dispondrían a todo otro buen oficio y al ejercicio de toda otra virtud hacia aquellas personas que tienen tan a menudo un lugar en tus oraciones.

Esto te haría agradable ser cortés, atento y condescendiente con todos los que te rodean, y te incapacitaría para decir o hacer algo grosero o duro a aquellos para con quienes te habías acostumbrado a ser tan bondadoso y compasivo en tus oraciones.

Porque no hay nada que nos haga amar tanto a un hombre como orar por él; y cuando una vez puedes hacerlo sinceramente por alguien, has preparado tu alma para hacer todo lo que es bondadoso y cortés hacia él. Esto llenará tu corazón de una generosidad y una ternura que te darán un trato mejor y más dulce que todo lo que se llama fina educación y buenas maneras.

Si te consideraras abogado ante Dios de tus vecinos y conocidos, nunca te resultaría difícil vivir tú mismo en paz con ellos. Te sería fácil soportar y perdonar a aquellos para quienes implorabas particularmente la misericordia y el perdón divinos.

Oraciones como estas entre vecinos y conocidos los unirían unos a otros con los lazos más fuertes de amor y de ternura. Elevarían y ennoblecerían sus almas, y les enseñarían a considerarse unos a otros en un estado más alto, como miembros de una sociedad espiritual, creados para gozar de las bendiciones comunes de Dios, y coherederos de la misma gloria futura.

Y, deseando así que cada uno tuviera su parte cabal de los favores de Dios, no solo se conformarían, sino que se alegrarían de verse felices unos a otros en los pequeños goces de esta vida pasajera.

Estos serían los efectos naturales de una intercesión así entre personas de la misma ciudad o vecindad, o que conocieran unas el estado y la condición de otras.

Ouranius es un santo sacerdote, lleno del espíritu del Evangelio, que vela, trabaja y ora por una pobre aldea del campo. Cada alma de ella le es tan querida como él mismo; y las ama a todas como se ama a sí mismo, porque ora por todas ellas tan a menudo como ora por sí mismo.

Si toda su vida es un ejercicio continuo de gran celo y trabajo, sin quedar casi nunca satisfecho con ningún grado de cuidado y vigilancia, es porque ha aprendido el gran valor de las almas presentándose tan a menudo ante Dios como intercesor por ellas.

Nunca piensa que puede amar o hacer bastante por su rebaño, porque nunca lo considera de otro modo que como otras tantas personas que, al recibir los dones y las gracias de Dios, han de llegar a ser su esperanza, su gozo y su corona de gloria.

Recorre su parroquia y visita a todos en ella; pero visita con el mismo espíritu de piedad con que les predica: los visita para alentar sus virtudes, para ayudarlos con su aviso y su consejo, para descubrir su manera de vivir y conocer el estado de sus almas, a fin de interceder ante Dios por ellos según sus necesidades particulares.

Cuando Ouranius recibió por primera vez las órdenes sagradas, tenía altivez en su carácter y un gran desprecio y desdén por toda la gente necia e irrazonable; pero ha desterrado ese espíritu a fuerza de oración, y ahora tiene la mayor ternura por los pecadores más obstinados, porque siempre espera que Dios, tarde o temprano, oiga las oraciones que hace por su arrepentimiento.

La grosería, la mala índole o la conducta perversa de cualquiera de su rebaño solía al principio arrastrarlo a la impaciencia; pero ahora no suscita en él otra pasión que el deseo de estar de rodillas orando a Dios por ellos. Así han alterado y enmendado sus oraciones por los demás el estado de su propio corazón.

Te deleitaría extrañamente ver con qué espíritu conversa, con qué ternura reprende, con qué afecto exhorta y con qué vigor predica; y todo se debe a esto: a que reprende, exhorta y predica a aquellos por quienes primero ora a Dios.

Esta devoción ablanda su corazón, ilumina su mente, endulza su carácter y hace que todo lo que sale de él sea instructivo, amable y conmovedor.

Cuando llegó por primera vez a su pequeña aldea, le resultaba tan desagradable como una prisión, y cada día le parecía demasiado tedioso para soportarlo en un lugar tan apartado. Pensaba que su parroquia estaba demasiado llena de gente pobre y humilde, ninguna de la cual era apta para la conversación de un caballero.

Esto lo llevó a dedicarse con empeño a sus estudios. Se quedaba mucho en casa, escribía notas sobre Homero y Plauto, y a veces le parecía duro que algún pobre lo llamara para orar justo cuando estaba en medio de una de las batallas de Homero.

Esta era su disposición de ánimo refinada, o, mejor dicho, pobre e ignorante, antes de que la devoción se adueñara del gobierno de su corazón.

Pero ahora sus días están tan lejos de ser tediosos, y su parroquia tan lejos de ser un retiro excesivo, que solo le falta más tiempo para hacer esa variedad de bien de la que su alma tiene sed. La soledad de su pequeña parroquia se ha convertido para él en motivo de gran consuelo, porque espera que Dios lo haya puesto allí a él y a su rebaño para que hagan de ella su camino al cielo.

Ahora no solo puede conversar con la gente más pobre, sino atenderla y servirla con gusto. Ahora vela cada día por los débiles y los enfermos, se humilla ante la gente perversa, grosera e ignorante dondequiera que la encuentra; y está tan lejos de desear que se le considere un caballero, que desea que se le trate como siervo de todos; y, con el espíritu de su Señor y Maestro, se ciñe y se alegra de arrodillarse y lavar los pies de cualquiera de ellos.

Ahora piensa que la criatura más pobre de su parroquia es lo bastante buena y lo bastante grande para merecer los servicios más humildes, las amistades más bondadosas y los oficios más tiernos que él pueda mostrarle.

Ahora está tan lejos de echar de menos una compañía agradable, que piensa que no hay mejor conversación en el mundo que hablar con la gente pobre y humilde acerca del reino de los cielos.

Todos estos nobles pensamientos y sentimientos divinos son efectos de su gran devoción; presenta a cada uno tan a menudo ante Dios en sus oraciones, que nunca piensa que puede estimar, reverenciar o servir bastante a aquellos para quienes implora de Dios tantas misericordias.

A Ouranius le conmueve poderosamente este pasaje de la Sagrada Escritura: «La oración eficaz del justo puede mucho» [Santiago 5:16].

Esto le hace practicar todas las artes de la vida santa y aspirar a toda forma de piedad y de justicia, para que sus oraciones por su rebaño tengan toda su fuerza y puedan mucho ante Dios.

Por esta razón ha vendido una pequeña hacienda que tenía y ha fundado un asilo caritativo para ancianos pobres, para que vivan en oración y piedad, a fin de que sus oraciones, ayudadas por tales buenas obras, traspasen las nubes y hagan descender bendiciones sobre las almas confiadas a su cuidado.

Ouranius lee cómo Dios mismo dijo a Abimelec acerca de Abraham: «Es profeta, y orará por ti, y vivirás» [Génesis 20:7].

Y también cómo dijo de Job: «Y mi siervo Job orará por vosotros; porque de cierto a él atenderé» [Job 42:8].

De estos pasajes concluye Ouranius con razón que las oraciones de los hombres eminentes por la santidad de su vida tienen un poder extraordinario ante Dios; que él concede a otras personas, por medio de sus oraciones, perdones, alivios y bendiciones que no se concederían a hombres de menor piedad y perfección. Esto hace a Ouranius sumamente diligente en procurar la perfección cristiana, buscando toda gracia y toda disposición santa, purificando su corazón de todas las maneras, temeroso de todo error y defecto en su vida, no sea que sus oraciones por su rebaño tengan menos eficacia ante Dios por sus propios defectos en la santidad.

Esto le hace cuidar de cada disposición de su corazón, dar limosna de todo lo que tiene, velar, ayunar, mortificarse y vivir según las reglas más estrictas de templanza, mansedumbre y humildad, para ser en alguna medida como un Abraham o un Job en su parroquia, y hacer por sus feligreses oraciones tales que Dios oiga y acepte.

Estos son los felices efectos que una devota intercesión ha producido en la vida de Ouranius.

Y si otras personas, en sus diversas posiciones, imitaran este ejemplo de la manera que conviniera a su estado de vida particular, hallarían ciertamente en ello los mismos felices efectos.

Si los amos, por ejemplo, se acordaran así de sus criados en sus oraciones, suplicando a Dios que los bendiga y acomodando sus peticiones a las carencias y necesidades particulares de sus criados, sin dejar pasar un solo día sin cumplir plenamente esta parte de la devoción, el beneficio sería tan grande para ellos mismos como para sus criados.

No hay medio tan probable como este para inspirarles un verdadero sentido del poder que tienen en sus manos, para hacer que se deleiten en hacer el bien y que lleguen a ser ejemplares en todos los aspectos de un amo sabio y bueno.

El presentar tan a menudo a sus criados ante Dios, como igualmente unidos a Dios y con derecho a las mismas esperanzas del cielo que ellos, los inclinaría naturalmente a tratarlos no solo con la humanidad que conviene a semejantes, sino con la ternura, el cuidado y la generosidad que convienen a coherederos de la misma gloria. Esta devoción inclinaría a los amos a todo lo que fuera bueno para con sus criados; los haría vigilantes de su conducta, y tan dispuestos a exigirles una exacta observancia de los deberes del cristianismo como de los deberes de su servicio.

Esto les enseñaría a considerar a sus criados como siervos de Dios, a desear su perfección, a no hacer nada delante de ellos que pudiera corromper su mente, a no imponerles ningún trabajo que disminuyera su sentido de la religión o les impidiera tener su parte cabal de devoción, tanto pública como privada. El orar por ellos les haría alegrarse tanto de ver a sus criados eminentes en piedad como de serlo ellos mismos, y procurar que tuvieran todas las oportunidades y todos los estímulos para conocer y cumplir todos los deberes de la vida cristiana.

¡Qué natural sería para un amo así cumplir todas las partes de la devoción familiar: tener oraciones constantes; no excusar la ausencia de nadie en ellas; hacer leer a menudo entre sus criados las Escrituras y libros de piedad; aprovechar todas las ocasiones de instruirlos, de elevar su mente a Dios y de enseñarles a hacer todo su trabajo como un servicio a Dios y con la esperanza y la expectación de otra vida!

¡Qué natural sería para alguien así compadecerse de su debilidad y su ignorancia, soportar la torpeza de su entendimiento o la perversidad de su carácter, reprenderlos con ternura y exhortarlos con afecto, como quien espera que Dios oiga sus oraciones por ellos!

¡Qué imposible sería que un amo que intercediera así ante Dios por sus criados les dirigiera amenazas crueles, los maldijera y los insultara como a perros y bribones, y los tratara solo como la hez de la creación!

Esta devoción les daría otro espíritu y les haría considerar cómo corresponder debidamente con cuidado, bondad y protección a aquellos que habían gastado su fuerza y su tiempo en servirlos y atenderlos.

Ahora bien, si los caballeros piensan que es una ocupación demasiado baja para su rango y su dignidad ejercer una devoción como esta por sus criados, consideren cuán lejos están del Espíritu de Cristo, que se hizo no solo Intercesor, sino Sacrificio por toda la raza del género humano pecador.

Consideren cuán miserable sería su grandeza si el Hijo de Dios pensara que orar por ellos está tan por debajo de él como ellos piensan que lo está orar por sus semejantes.

Consideren cuán lejos están de aquel espíritu que ora por sus enemigos más injustos, si no tienen bondad suficiente para orar por aquellos de cuyo trabajo y servicio viven ellos con holgura.

Además, si los padres se hicieran así abogados e intercesores ante Dios por sus hijos, acudiendo constantemente al cielo en su favor, nada sería más probable no solo para bendecir a sus hijos, sino también para formar y disponer su propio ánimo a la práctica de todo lo que fuera excelente y digno de alabanza.

No dudo de que la generalidad de los padres se acuerdan de sus hijos en sus oraciones y piden a Dios que los bendiga. Pero lo que aquí se pretende no es un recuerdo general de ellos, sino un método regular de encomendar a Dios todas sus carencias y necesidades particulares, y de pedir para ellos cada gracia y virtud particular que su estado y condición de vida parezcan requerir.

El estado de los padres es un estado santo, en cierto grado semejante al del sacerdocio, y los llama a bendecir a sus hijos con sus oraciones y sacrificios a Dios. Así era como el santo Job velaba sobre sus hijos y los bendecía; los santificaba, y «se levantaba de mañana y ofrecía holocaustos conforme al número de todos ellos» [Job 1:5].

Por tanto, si los padres, considerándose a esta luz, invocaran cada día a Dios de manera solemne y deliberada, variando y ampliando sus intercesiones según lo requirieran el estado y el crecimiento de sus hijos, tal devoción tendría una poderosa influencia sobre el resto de su vida; los haría muy circunspectos en el gobierno de sí mismos, prudentes y cuidadosos en todo lo que dijeran o hicieran, no fuera que su ejemplo estorbara aquello mismo que tan constantemente deseaban en sus oraciones.

Si un padre hiciera cada día oraciones particulares a Dios, pidiéndole que se dignara inspirar a sus hijos verdadera piedad, gran humildad y estricta templanza, ¿qué podría hacer más probable que el padre mismo llegara a ser ejemplar en esas virtudes? ¡Con qué naturalidad se avergonzaría de carecer de unas virtudes que juzgaba necesarias para sus hijos! De modo que sus oraciones por la piedad de ellos serían un medio seguro de elevar la suya propia a su más alto grado.

Si un padre se considerara así intercesor ante Dios por sus hijos, para bendecirlos con sus oraciones, ¿qué medio más probable para hacerle aspirar a todo grado de santidad, a fin de ser con ello más apto para obtener del Cielo bendiciones para ellos? ¡Cómo le harían tales pensamientos evitar todo lo que fuera pecaminoso y desagradable a Dios, no fuera que, cuando orase por sus hijos, Dios rechazara sus oraciones!

Con qué ternura, con qué espíritu religioso trataría semejante padre a sus hijos, a quienes consideraría su pequeño rebaño espiritual, cuyas virtudes había de formar con su ejemplo, alentar con su autoridad, nutrir con su consejo y hacer prosperar con sus oraciones a Dios por ellos.

Cuánto temería todos los medios codiciosos e injustos de acrecentar su fortuna, el criarlos en el orgullo y la complacencia, o el hacerlos demasiado aficionados al mundo, no fuera que con ello los incapacitara para recibir aquellas gracias que con tanta frecuencia suplicaba a Dios que les concediera.

Siendo estos los efectos claros, naturales y dichosos de esta intercesión, espero que todos los padres que llevan en el corazón el verdadero bien de sus hijos, que desean ser sus verdaderos amigos y benefactores, y vivir entre ellos con espíritu de sabiduría y de piedad, no descuidarán un medio tan grande, tanto de elevar su propia virtud como de hacer un bien eterno a quienes les son tan cercanos y queridos por los lazos más fuertes de la naturaleza.

Por último, si todas las personas, cuando sienten los primeros asomos de resentimiento, envidia o desprecio hacia otros, o en cualquier pequeño desacuerdo o malentendido, en lugar de entregar su mente a pequeñas y bajas reflexiones, recurrieran en esos momentos a una intercesión más particular y extraordinaria ante Dios por aquellas personas que hubieran despertado su envidia, su resentimiento o su descontento, este sería un camino seguro para impedir el crecimiento de todas las disposiciones contrarias a la caridad.

Si además formaras tu oración o intercesión en ese momento en el grado más contrario posible a la disposición en que entonces te hallaras, sería un medio excelente de elevar tu corazón al más alto estado de perfección.

Por ejemplo: cuando en cualquier momento descubras en tu corazón movimientos de envidia hacia alguna persona, ya sea por sus riquezas, su poder, su reputación, su saber o su ascenso, si en ese mismo momento te entregaras de inmediato a la oración y rogaras a Dios que lo bendiga y lo prospere precisamente en aquello que despertó tu envidia; si expresaras y repitieras tus peticiones en los términos más fuertes, suplicando a Dios que le conceda toda la felicidad que pueda recibirse de su disfrute, pronto encontrarías que es el mejor antídoto del mundo para expulsar el veneno de esa pasión ponzoñosa.

Esto sería tal triunfo sobre ti mismo, humillaría y reduciría tu corazón de tal modo a la obediencia y al orden, que el diablo hasta temería volver a tentarte de la misma manera, al ver la tentación convertida en un medio tan grande de enmendar y reformar el estado de tu corazón.

Asimismo, si en cualquier pequeña diferencia o malentendido que en algún momento tuvieras con un pariente, un vecino o cualquier otra persona, oraras entonces por ellos de un modo más extraordinario que nunca antes, suplicando a Dios que les dé toda gracia, toda bendición y toda felicidad que puedas imaginar, habrías tomado el método más rápido posible para reconciliar todas las diferencias y aclarar todos los malentendidos. Entonces no te parecería nada demasiado grande para ser perdonado; no esperarías ninguna condescendencia, no necesitarías la mediación de un tercero, sino que te alegrarías de testimoniar tu amor y tu buena voluntad a aquel que ocupaba un lugar tan alto en tus oraciones secretas.

Este sería el gran poder de semejante devoción cristiana: quitaría todas las pasiones malhumoradas, ablandaría tu corazón hasta las más tiernas condescendencias y sería el mejor árbitro de todas las diferencias que surgieran entre tú y cualquiera de tus conocidos.

Los mayores resentimientos entre amigos y vecinos nacen casi siempre de pobres puntillos de etiqueta y de pequeños errores de conducta; señal segura de que su amistad es meramente humana, no fundada en consideraciones religiosas ni sostenida por una práctica de oración mutua como la que usaban los primeros cristianos.

Porque semejante devoción necesariamente ha de destruir tales disposiciones o ser destruida por ellas: es imposible que tengas mala disposición alguna, o muestres un trato poco amable, hacia un hombre por cuyo bienestar te interesas tanto que eres su abogado ante Dios en privado.

De aquí podemos aprender también la naturaleza odiosa y la culpa extrema de todo rencor, odio, desprecio y pasión airada: no han de considerarse defectos de la buena índole y de la dulzura de carácter, ni faltas contra la cortesía de los modales o la buena educación, sino disposiciones tan bajas que son enteramente incompatibles con la caridad de la intercesión.

Te parece poca cosa ser malhumorado o descortés con tal o cual hombre; pero deberías considerar si es poca cosa hacer aquello que no podrías hacer si tuvieras siquiera la caridad suficiente para poder encomendarlo a Dios en tus oraciones.

Te parece poca cosa ridiculizar a uno y despreciar a otro; pero deberías considerar si es poca cosa carecer hacia esas personas de aquella caridad de la que a los cristianos no se les permite carecer ni siquiera hacia sus enemigos más encarnizados.

Porque sé tan solo tan caritativo con esos hombres, limítate a bendecirlos y a orar por ellos como estás obligado a bendecir a tus enemigos y a orar por ellos, y entonces verás que tienes caridad suficiente para que te sea imposible tratarlos con el menor grado de burla o desprecio.

Porque no puedes en modo alguno despreciar y ridiculizar a aquel hombre a quien tus oraciones privadas encomiendan al amor y al favor de Dios.

Cuando desprecias y ridiculizas a un hombre, no lo haces con otro fin que el de volverlo ridículo y despreciable a los ojos de los demás y estorbar que lo estimen. ¿Cómo es posible, pues, que supliques sinceramente a Dios que bendiga con el honor de su amor y de su favor a ese hombre a quien deseas que los hombres traten como digno de su desprecio?

¿Podrías, por amor a un vecino, desear que tu Príncipe lo honrara con toda muestra de su estima y de su favor, y al mismo tiempo exponerlo a la burla y la irrisión de tus propios criados?

Pues esto es tan posible como exponer a la burla y al desprecio de tus semejantes a aquel hombre a quien encomiendas al favor de Dios en tus oraciones secretas.

De estas consideraciones podemos descubrir claramente la razón y la justicia de esta doctrina del Evangelio: «Cualquiera que dijere a su hermano: Raca, será culpable ante el concilio; y cualquiera que dijere: Fatuo, será culpable del infierno de fuego». [Mateo 5:22]

No hemos de creer, supongo, que cada palabra precipitada o expresión irrazonable que se nos escapa por casualidad o por sorpresa, y que es contraria a nuestra intención y a nuestras disposiciones, sea el gran pecado que aquí se señala.

Sino que el que dice «Raca» o «Fatuo» ha de significar principalmente a aquel que se permite actos deliberados y premeditados de burla y desprecio hacia su hermano, y con esa disposición le habla y habla de él en lenguaje injurioso.

Ahora bien, puesto que resulta que estas disposiciones son, en el fondo, la más grosera falta de caridad; puesto que nadie puede ser culpable de ellas sino porque no tiene caridad suficiente para orar a Dios por su hermano, no puede tenerse por justicia dura o rigurosa que tales disposiciones pongan en peligro la salvación de los cristianos. Porque ¿quién juzgaría duro que un cristiano no pueda obtener para sí el favor de Dios a menos que reverencie y estime a su hermano cristiano como a uno que lleva la imagen de Dios, como a uno por quien Cristo murió, como a un miembro del cuerpo de Cristo, como a un miembro de aquella santa sociedad en la tierra que está en unión con la Iglesia triunfante en el Cielo?

Y, sin embargo, todas estas consideraciones han de olvidarse, todos estos gloriosos privilegios han de desatenderse, antes de que un hombre pueda tratar a quien los posee como objeto de burla y desprecio.

De modo que burlarse de un hermano o despreciarlo, o, como dice nuestro bendito Señor, llamarle Raca o fatuo, ha de considerarse entre las disposiciones más odiosas, injustas y culpables que puedan sostenerse en el corazón de un cristiano, y que justamente lo excluyen de todas sus esperanzas en la salvación de Jesucristo.

Porque despreciar a uno por quien Cristo murió es ser tan contrario a Cristo como el que desprecia cualquier cosa que Cristo haya dicho o hecho.

Si un cristiano que hubiera vivido con la santa Virgen María hubiese aprovechado, después de la muerte de nuestro Señor, cualquier ocasión para tratarla con desprecio, sin duda dirías que había perdido su piedad hacia nuestro bendito Señor. Porque una verdadera reverencia hacia Cristo le habría obligado a tratar con respeto a quien estaba tan estrechamente unida a él.

Me atrevo a apelar a la mente de cualquier hombre, para que diga si no le enseña que este parentesco de la Virgen María con nuestro bendito Señor tuvo que obligar a todos los que vivían y trataban con ella a tratarla con gran respeto y estima. ¿No habría podido un hombre temer con justicia la venganza de Dios sobre sí por cualquier burla o desprecio que le hubiera mostrado?

Ahora bien, si este razonamiento es claro y evidente, si un desprecio hecho a la Virgen María había de interpretarse como un desprecio a Cristo, a causa de su estrecho parentesco con él, entonces deja que el mismo razonamiento te muestre la gran impiedad de despreciar a cualquier hermano.

No puedes despreciar a un hermano sin despreciar a quien guarda una alta relación con Dios, con su Hijo Jesucristo y con la Santísima Trinidad.

Sin duda te parecería una gran impiedad tratar con gran desprecio un escrito que hubiera sido trazado por el dedo de Dios; ¿y puedes pensar que es menor impiedad menospreciar y envilecer a un hermano, que no solo es obra de Dios, sino su imagen?

Con razón te parecería una gran profanación menospreciar y pisotear un altar, por estar dedicado a usos santos y por haberse colocado sobre él tantas veces el cuerpo de Cristo; ¿y puedes suponer que es menor profanación burlarse de un hermano y pisotearlo, cuando pertenece de tal modo a Dios que su cuerpo mismo ha de considerarse templo del Espíritu Santo? [1 Corintios 6:19]

Si hubieras despreciado y maltratado a la Virgen María, habrías sido reo de la impiedad de despreciar a aquella de quien nació Cristo. Y si te burlas de un hermano y lo desprecias, eres reo de la impiedad de despreciar a aquel por quien Cristo dio su vida.

Y ahora, si esta disposición desdeñosa se funda en un menosprecio de todas estas relaciones que cada cristiano guarda con Dios, con Cristo y con la Santísima Trinidad, ¿puedes extrañarte, o juzgar duro, que un cristiano que se permite así despreciar a un hermano esté en peligro del fuego del infierno?

En segundo lugar, ha de observarse aquí que, aunque en estas palabras, «Cualquiera que dijere: Fatuo», etc., el gran pecado allí condenado es una disposición consentida de despreciar a un hermano, hemos de creer también que todas las expresiones precipitadas y las palabras de desprecio, aunque se digan por sorpresa o por accidente, quedan condenadas por este texto como grandes pecados y notorias violaciones de la caridad cristiana.

Proceden de una gran falta de amor y de mansedumbre cristianos, y reclaman un gran arrepentimiento. Solo son pecados pequeños cuando se comparan con los hábitos y las disposiciones arraigadas de tratar a un hermano con desdén, y caen tan directamente bajo la condenación de este texto como los hábitos más groseros de falta de caridad.

Y la razón por la que siempre hemos de temer una gran culpa, y llamarnos a un estricto arrepentimiento por estas expresiones precipitadas de ira y de desprecio, es esta: que rara vez son lo que parecen ser, es decir, meros arrebatos de carácter ocasionados puramente por la sorpresa o el accidente, sino que son mucho más actos propiamente nuestros de lo que generalmente imaginamos.

Un hombre dice muchas cosas amargas; enseguida se perdona a sí mismo, porque supone que fue solo lo repentino de la ocasión, o algo accidental, lo que lo llevó tan fuera de sí.

Pero debería considerar que quizá el accidente o la sorpresa no fue la causa de sus expresiones airadas, sino tan solo la ocasión de que su disposición airada se mostrara.

Ahora bien, como este es, hablando en general, el caso; como todo lenguaje altivo y airado procede por lo general de algunos hábitos secretos de orgullo en el corazón, quienes están sujetos a él, aunque solo de vez en cuando, según se presentan los accidentes, tienen gran razón para arrepentirse de algo más que de su conducta presente, para acusarse de una culpa mayor que la de una pasión accidental, y para someterse a la penitencia y la mortificación que sean adecuadas para destruir los hábitos de un espíritu altivo.

Y esta puede ser la razón por la que el texto no mira más allá del lenguaje exterior, por la que solo dice: «Cualquiera que dijere: Fatuo»; porque pocos pueden llegar hasta el uso accidental de un lenguaje altivo y desdeñoso, sino aquellos cuyos corazones están más o menos poseídos por hábitos y disposiciones arraigadas de orgullo y altivez.

Pero, volviendo a nuestro asunto: la intercesión no solo es el mejor árbitro de todas las diferencias, el mejor promotor de la verdadera amistad, el mejor remedio y preservativo contra todas las disposiciones poco amables, contra todas las pasiones airadas y altivas, sino que es también de gran utilidad para descubrirnos el verdadero estado de nuestro propio corazón.

Hay muchas disposiciones que consideramos lícitas e inocentes, de las que nunca sospechamos daño alguno, y que, si se probaran con esta devoción, pronto nos mostrarían cómo nos hemos engañado a nosotros mismos.

Susurrus es un hombre piadoso, templado y bueno, notable por una abundancia de excelentes cualidades. Nadie es más constante en el culto de la Iglesia, ni tiene un corazón más conmovido por él. Su caridad es tan grande que casi se mata de hambre para poder dar mayores limosnas a los pobres. Y, sin embargo, Susurrus tenía, junto a estas grandes virtudes, un defecto prodigioso.

Tenía una enorme inclinación a oír y descubrir todos los defectos y flaquezas de cuantos le rodeaban. Podías contarle cualquier cosa de cualquiera, con tal de que no lo hicieras en tono de enemigo. Nunca le desagradaba un maldiciente, salvo cuando su lenguaje era áspero y apasionado. Con que susurraras cualquier cosa suavemente, por mala que fuera en sí misma, Susurrus estaba dispuesto a recibirla.

Cuando hace visitas, generalmente se le oye contar cuánto lamenta los defectos y las faltas de tal o cual vecino. Siempre te está haciendo saber cuán delicado es con la reputación de su prójimo, cuánto le repugna decir lo que se ve obligado a decir y con cuánto gusto lo ocultaría, si pudiera ocultarse.

Susurrus tenía una manera tan tierna y compasiva de contar las cosas más perjudiciales para su prójimo que hasta parecía, tanto a sí mismo como a los demás, estar ejerciendo una caridad cristiana, al mismo tiempo que daba rienda suelta a una disposición murmuradora y maldiciente.

Una vez Susurrus susurró a un amigo íntimo, con gran secreto, algo demasiado malo para decirse en público. Terminó diciendo cuánto se alegraba de que aún no se hubiera divulgado, y que tenía alguna esperanza de que no fuera cierto, aunque las sospechas eran muy fuertes. Su amigo le dio esta respuesta:

Dices, Susurrus, que te alegras de que aún no se haya divulgado, y que tienes alguna esperanza de que no resulte cierto. Vete, pues, a casa, a tu aposento, y ora a Dios por ese hombre de tal manera y con tal fervor como orarías por ti mismo en una ocasión semejante.

Suplica a Dios que intervenga en su favor, que lo libre de los falsos acusadores y que avergüence a todos aquellos que, con murmuraciones contrarias a la caridad y con historias secretas, lo hieren como quienes apuñalan en la oscuridad. Y cuando hayas hecho esta oración, entonces podrás, si quieres, ir a contar a algún otro amigo el mismo secreto que me has contado a mí.

Susurrus quedó sumamente conmovido por esta reprensión, y sintió su fuerza sobre su conciencia de un modo tan vivo como si hubiera visto abrirse los libros en el día del juicio.

A todos los demás argumentos podría haberse resistido; pero era imposible para Susurrus rechazar este consejo o seguirlo sin condenarse a sí mismo igualmente y en el más alto grado.

Desde entonces hasta hoy se ha acostumbrado constantemente a este método de intercesión, y su corazón ha cambiado tan por completo gracias a él que ahora ya no puede susurrar en privado nada en perjuicio de otro, como tampoco podría orar abiertamente a Dios para que hiciera daño a la gente.

Las murmuraciones y las maledicencias le hieren ahora los oídos como los juramentos y las maldiciones; y ha señalado un día de la semana como día de penitencia mientras viva, para humillarse delante de Dios en la dolorosa confesión de su culpa pasada.

Bien puede uno preguntarse cómo un hombre de tanta piedad como Susurrus pudo engañarse tanto tiempo acerca de sí mismo, hasta vivir en tal estado de escándalo y maledicencia sin sospechar que era culpable de ello. Pero era la ternura y la aparente compasión con que lo escuchaba y lo contaba todo lo que lo engañaba tanto a él como a los demás.

Era esta una falsedad del corazón que solo podía descubrirse por completo mediante la verdadera caridad de la intercesión.

Y si las personas virtuosas, que piensan tan poco mal de sí mismas como Susurrus, probaran a menudo su espíritu con semejante intercesión, se encontrarían muchas veces siendo aquello que menos sospechaban.

Te he expuesto las muchas y grandes ventajas de la intercesión. Has visto qué amistad divina tiene que engendrar entre los cristianos; cuán queridos haría a todos los parientes y vecinos unos para con otros; cómo tiende a hacer a los clérigos, a los amos y a los padres ejemplares y perfectos en todos los deberes de su estado; con qué certeza destruye toda envidia, todo rencor y toda pasión malévola; con qué prontitud reconcilia todas las diferencias, y con qué luz penetrante descubre a un hombre el verdadero estado de su corazón.

Estas consideraciones te persuadirán, espero, a hacer de la intercesión adecuada a tu estado la materia constante y principal de tu devoción en esta hora de oración.

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