Capítulo 20 · 42 min de lectura · 54 min de escucha
Se recomienda la devoción a las doce del mediodía, llamada en la Escritura la hora sexta del día. Esta frecuencia de devoción es igualmente deseable para toda clase de personas. Se recomienda el amor universal como tema de la oración a esta hora. De la intercesión, como acto de amor universal
QUIZÁ algunos pensarán que estas horas de oración se suceden con demasiada frecuencia; que solo pueden observarlas las personas que disponen de mucho tiempo libre, y que no deberían imponerse a la generalidad de los hombres, que tienen a su cargo familias, oficios y empleos; ni a la gente distinguida, cuyo rango y posición en el mundo no admiten tanta frecuencia de devoción. Y que esto solo conviene a los monasterios y conventos, o a personas que no tienen en el mundo más que hacer que lo que tienen ellos.
A esto se responde:
Primero, que este método de devoción no se impone a ninguna clase de personas como absolutamente necesario, sino que se recomienda a todos como el mejor, el más feliz y el más perfecto modo de vida.
Y si una devoción grande y ejemplar es tanto la mayor felicidad y perfección de un comerciante, de un soldado o de un hombre de calidad, como lo es de la vida contemplativa más retirada, entonces es tan propio recomendarla sin rebaja alguna a una clase de hombres como a otra; porque la felicidad y la perfección tienen el mismo precio y valor para todas las personas.
El caballero y el comerciante pueden, y deben, emplear gran parte de su tiempo de manera distinta que el piadoso monje en el claustro o el ermitaño contemplativo en el desierto; pero, así como el monje y el ermitaño pierden los fines de su retiro si no lo hacen todo útil para la devoción, así el caballero y el comerciante no alcanzan los fines más altos de la vida en sociedad, y viven en el mundo para su propio perjuicio, si la devoción no es su disposición principal y rectora.
Es sin duda muy honrado y digno de crédito que las personas se dediquen a oficios y empleos; es razonable que los caballeros administren bien sus haciendas y familias y tomen las recreaciones que convienen a su estado. Pero todo caballero y todo comerciante pierde la mayor felicidad para la que fue creado, y se ve despojado de algo que es mayor que todos los empleos, distinciones y placeres del mundo, si no vive más para la piedad y la devoción que para cualquier otra cosa del mundo.
Por tanto, aquí no se admiten excusas para los hombres de negocios y de posición en el mundo. Primero, porque eso sería excusarlos de lo que es el fin más alto de la vida, y no sería más que buscar otras tantas razones para hacerlos menos provechosos para sí mismos y menos útiles a Dios y al mundo.
Segundo, porque la mayoría de los hombres de negocios y de posición se enredan demasiado en los asuntos mundanos; mucho más de lo que exigen las razones de la vida humana o las necesidades del mundo.
Los comerciantes y los hombres de oficio, por ejemplo, suelen estar diez veces más metidos en los negocios de lo que necesitan; lo cual, lejos de ser una excusa razonable por su falta de tiempo para la devoción, es su pecado, y debe censurarse como un caso reprobable de codicia y ambición.
La gente distinguida y de posición se entrega o bien a los empleos del Estado, o bien a la satisfacción de sus pasiones, en una vida de diversión y libertinaje; y si estas cosas pudieran admitirse como ocupaciones lícitas que aparten de la devoción, habría que tener la devoción por una pobre circunstancia de la vida.
A menos que los caballeros puedan demostrar que tienen otro Dios que el Padre de nuestro Señor Jesucristo, otra naturaleza que la que procede de Adán, otra religión que la cristiana, es inútil que aleguen su rango, su dignidad y sus placeres como razones para no preparar sus almas para Dios mediante una devoción estricta y regular.
Porque, puesto que la piedad y la devoción son los medios comunes e invariables para salvar a todas las almas del mundo que han de ser salvas, al caballero, al soldado y al comerciante no les queda otra cosa que procurar que sus diversos estados se conviertan, mediante el cuidado y la vigilancia, la meditación y la oración, en estados de una piedad exacta y sólida.
Si un comerciante, por haberse abstenido de un exceso de negocios para poder atender con sosiego al servicio de Dios, muriera con veinte mil libras en lugar de cincuenta mil, ¿podría alguien decir que se había equivocado de vocación, o que había salido perdiendo de este mundo?
Si un caballero hubiera cazado menos zorros, hubiera frecuentado menos los bailes, el juego y las reuniones alegres, porque había dedicado partes fijas de su tiempo al retiro, a la meditación y a la devoción, ¿podría pensarse que, al dejar el mundo, lamentaría la pérdida de aquellas horas que había dado al cuidado y al progreso de su alma?
Si un comerciante, por aspirar a la perfección cristiana y retirarse a menudo de sus negocios, en lugar de dejar a sus hijos fortunas que gastar en el lujo y la ociosidad, los dejara para vivir de su propio trabajo honrado, ¿podría decirse que había hecho mal uso del mundo, porque había mostrado a sus hijos que tenía más consideración por lo que es eterno que por esto que tan pronto ha de acabarse?
Puesto que la devoción no es solo la práctica mejor y más deseable en un claustro, sino la práctica mejor y más deseable de los hombres, en cuanto hombres, y en todo estado de vida, los que desean ser dispensados de ella porque son hombres de posición, de haciendas y de negocios no son más sabios que quienes desearan ser dispensados de la salud y de la felicidad porque fueran hombres de posición y de haciendas.
No veo por qué todo caballero, comerciante o soldado no habría de hacerse seriamente estas preguntas:
¿Qué es lo mejor que puedo proponerme y perseguir en todas mis acciones? ¿Cómo haré para sacar el mayor provecho de la vida humana? ¿Qué caminos desearé haber tomado cuando esté dejando el mundo?
Ahora bien, ser así de sabios y hacer este uso de nuestra razón parece ser una porción de sabiduría pequeña y necesaria. Porque ¿cómo podemos pretender tener sentido y juicio, si no nos atrevemos a considerar seriamente y a responder lo que tales preguntas nos exigen, y a gobernar nuestra vida conforme a ello?
¿Ha de pensar un noble que su cuna es una dignidad demasiado alta para rebajarse a preguntas como estas? ¿O un comerciante, que sus negocios son demasiado grandes para ocuparse un poco de sí mismo?
Pues bien, aquí no se pide en la vida de nadie más devoción que la que exige responder a estas pocas preguntas.
Toda devoción que no redunde en mayor provecho de quien la practica que cualquier otra cosa que pudiera hacer en su lugar; toda devoción que no procure un bien infinitamente mayor que el que se puede obtener descuidándola, se cede de buen grado; aquí no se exige.
Pero si las personas quieren vivir en tanta ignorancia que nunca se hagan estas preguntas, sino que empujan una vida ciega a la ventura, en busca de no saben qué ni por qué, sin considerar jamás el valor, el precio o la tendencia de sus acciones, sin considerar lo que Dios, la razón, la eternidad y su propia felicidad les exigen, redunda en honra de la devoción el que nadie pueda descuidarla sino los que son así de irreflexivos, los que no se atreven a indagar qué es lo mejor y lo más digno de su elección.
Es cierto, Claudius, que eres un hombre de posición y de hacienda, y que has de desempeñar el papel propio de esa condición en la vida humana; no estás llamado, como Elías, a ser profeta, ni, como san Pablo, a ser apóstol.
Pero ¿acaso por eso no vas a amarte a ti mismo? ¿No vas a buscar y procurar tu propia felicidad, porque no estás llamado a predicar esas mismas cosas a los demás?
Te parecería muy absurdo que un hombre no estimara su propia salud porque no es médico, ni la conservación de sus miembros porque no es componedor de huesos. Sin embargo, es más absurdo, Claudius, que tú descuides el progreso de tu alma en la piedad porque no eres apóstol ni obispo.
Considera este texto de la Escritura: «Si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios» [Romanos 8:13, 14]. ¿Crees que esta Escritura no atañe igualmente a todo el género humano? ¿Encuentras aquí alguna excepción para los hombres de posición y de hacienda? ¿No se hace aquí de una vida espiritual y devota la condición común con la que todos los hombres han de llegar a ser hijos de Dios? ¿Dejarás las horas de oración y las reglas de devoción para ciertos estados de vida particulares, cuando nada sino ese mismo espíritu de devoción puede salvarte a ti, o a cualquier hombre, de la muerte eterna?
Considera también este texto: «Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba lo hecho por medio del cuerpo, según lo que haya hecho, sea bueno o sea malo» [2 Corintios 5:10]. Ahora bien, si tu hacienda te dispensara de comparecer ante este tribunal, si tu posición pudiera librarte de recibir conforme a tus obras, habría algún pretexto para que dejaras la devoción a otros. Pero si tú, que ahora te distingues así, has de comparecer entonces desnudo entre las almas comunes, sin otra distinción respecto de los demás que la que te den tus virtudes o tus pecados, ¿no te importa a ti tanto como a cualquier profeta o apóstol hacer la mejor provisión para las mejores recompensas en aquel gran día?
Considera además esta doctrina del apóstol: «Porque ninguno de nosotros» —es decir, de nosotros los cristianos— «vive para sí, y ninguno muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Porque Cristo para esto murió y resucitó, y volvió a vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven» [Romanos 14:7, 8, 9].
Ahora bien, Claudius, ¿estás tú exceptuado de la doctrina de este texto? ¿Dejarás, a causa de tu condición, a alguna clase particular de personas el vivir y morir para Cristo? Si es así, tendrás que dejarles a ellos también el ser redimidos por la muerte y la resurrección de Cristo. Porque es la doctrina expresa del texto que para este fin murió Cristo y resucitó, para que ninguno de nosotros viva para sí. No se trata de que los sacerdotes, o los apóstoles, o los monjes, o los ermitaños dejen de vivir para sí mismos, sino de que ninguno de nosotros, es decir, ningún cristiano de cualquier estado que sea, viva para sí mismo.
Por tanto, si hay algunas prácticas de piedad, algunas reglas de devoción que puedas descuidar y aun así vivir tan verdaderamente para Cristo como si las observaras, este texto no te llama a tal devoción. Pero si abandonas aquella devoción que tú mismo sabes que se espera de ciertas clases particulares de personas; aquella devoción que sabes que conviene a quienes viven enteramente para Cristo y aspiran a una gran piedad; si descuidas tal devoción por alguna consideración mundana, para poder vivir más conforme a tu propio humor y gusto, más conforme a las modas y costumbres del mundo, abandonas las condiciones con las que todos los cristianos han de recibir el beneficio de la muerte y la resurrección de Cristo.
Observa, además, cómo enseña la misma doctrina san Pedro: «Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir» [1 Pedro 1:15].
Por tanto, Claudius, si eres uno de los que aquí son llamados, ya ves a qué eres llamado. No es a tener tanta religión como se acomode a tu humor, a tus negocios o a tus placeres; no es a una clase particular de piedad que pueda bastar a los caballeros de posición y de hacienda; sino que es, primero, a ser santo, como aquel que os llamó es santo; segundo, a ser así de santo en toda tu manera de vivir; es decir, a llevar este espíritu y este grado de santidad a cada rincón y a lo largo de toda la forma de tu vida.
Y la razón que el apóstol da en seguida de por qué este espíritu de santidad debe ser el espíritu común de los cristianos, en cuanto cristianos, es muy conmovedora, y de tal clase que interpela por igual a toda suerte de cristianos. «Sabiendo», dice, «que fuisteis rescatados, no con cosas corruptibles, como oro o plata, de vuestra vana manera de vivir . . . sino con la sangre preciosa de Cristo» [1 Pedro 1:18, 19].
Como si dijera: puesto que sabéis que fuisteis hechos capaces de este estado de santidad, introducidos en una comunión con Cristo y hechos herederos de su gloria, no por medios humanos, sino por un ejemplo de amor tan misterioso que excede infinitamente todo lo que pueda concebirse en este mundo; puesto que Dios os ha rescatado para sí y para vuestra propia felicidad a tan alto precio, ¡qué vil y vergonzoso sería que desde ahora no os consagrarais enteramente a la gloria de Dios y no llegarais a ser santos, como aquel que os llamó es santo!
Por tanto, Claudius, si consideras tu posición y tu hacienda, o si, con las palabras del texto, consideras tu oro y tu plata y las cosas corruptibles de esta vida como razón alguna para poder vivir conforme a tu propio humor y capricho, para poder descuidar una vida de piedad estricta y de gran devoción; si piensas que algo en el mundo puede excusarte de no imitar la santidad de Cristo en todo el curso y la forma de tu vida, te haces tan culpable como si descuidaras la santidad del cristianismo por andar recogiendo pajas.
Porque la grandeza de este nuevo estado de vida al que somos llamados en Cristo Jesús, el de ser para siempre como los ángeles de Dios en el cielo, y la grandeza del precio con que somos hechos capaces de este estado de gloria, han reducido todo lo mundano, temporal y corruptible a una misma pequeñez; y han hecho que sea tan grande bajeza y necedad, tan gran desprecio de la sangre de Cristo, descuidar cualquier grado de santidad porque eres un hombre de cierta hacienda y calidad, como lo sería descuidarla porque se te antojara recoger pajas.
Además, el mismo apóstol dice: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» [1 Corintios 6:19, 20].
¡Qué mal has leído, pues, la Escritura, Claudius, y qué poco sabes del cristianismo, si todavía puedes hablar de tu hacienda y de tu condición como pretexto para una vida más libre!
¿Eres tú más dueño de ti mismo que aquel que no tiene rango ni dignidad en el mundo? ¿Han de conservar las personas humildes y pequeñas sus cuerpos como templos del Espíritu Santo mediante la vigilia, el ayuno y la oración, y puedes tú consentir al tuyo la ociosidad, la lujuria y la sensualidad porque tienes tantas rentas o tal título de distinción? ¡Qué pobres e ignorantes son pensamientos como estos!
Y, sin embargo, o has de pensar así, o reconocer que la santidad de los santos, de los profetas y de los apóstoles es la santidad por la que has de esforzarte con toda la diligencia y el cuidado de que seas capaz.
Y si dejas a otros el vivir en tal piedad y devoción, en tal negación de uno mismo, humildad y templanza, que los hagan capaces de glorificar a Dios en su cuerpo y en su espíritu, tendrás que dejarles a ellos también el beneficio de la sangre de Cristo.
Además, el apóstol dice: «Sabéis de qué modo exhortábamos, consolábamos y encargábamos a cada uno de vosotros que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria» [1 Tesalonicenses 2:11, 12].
Tú quizá, Claudius, has oído muchas veces estas palabras sin pensar nunca cuánto te exigen. Y, sin embargo, no puedes considerarlas sin advertir a qué eminente estado de santidad te llaman.
Porque ¿cómo podría presentársete la santidad de la vida cristiana en términos más elevados que cuando se te representa como un andar digno de Dios? ¿Puedes pensar en alguna rebaja de la virtud, en algún descuido de la devoción, que se avengan bien con una vida que ha de hacerse digna de Dios? ¿Puedes suponer que alguien anda de este modo, sino aquel que vigila todos sus pasos y considera cómo todo lo que hace puede hacerse con espíritu de santidad? Y, sin embargo, por alto que estas expresiones eleven esta santidad, aquí se la hace claramente la santidad necesaria de todos los cristianos. Porque el apóstol no exhorta aquí a sus compañeros apóstoles y a los santos a esta santidad, sino que manda a todos los cristianos que se esfuercen por alcanzarla. «Encargábamos», dice, «a cada uno de vosotros que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria».
Además, san Pedro dice: «Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios; si alguno ministra, ministre conforme al poder que Dios da, para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo» [1 Pedro 4:11].
¿No percibes aquí claramente, Claudius, tu alta vocación? ¿Ha de tener el que habla tal cuidado de sus palabras que parezca hablar como por dirección de Dios? ¿Ha de cuidar el que da de dar de tal manera que lo que dispone parezca un don que ha recibido de Dios? ¿Y ha de hacerse todo esto para que Dios sea glorificado en todas las cosas?
¿No habrá que decir entonces: tiene alguien nobleza, dignidad de rango o posición en el mundo? Use de tal modo su nobleza o su posición en la vida que se vea que usa de ellas como dones de Dios, para manifestar más su gloria. ¿Hay ahora, Claudius, algo forzado o rebuscado en esta conclusión? ¿No es el sentido llano de las palabras que todo en la vida ha de convertirse en materia de santidad para Dios? Si es así, tu hacienda y tu dignidad, lejos de dispensarte de una gran piedad y santidad de vida, te ponen bajo una necesidad mayor de vivir más para la gloria de Dios, porque tienes más dones suyos que pueden ponerse a su servicio.
Por tanto, que las personas de posición, de negocios o de dignidad en el mundo dejen la gran piedad y la devoción eminente a ciertas clases particulares de hombres, o a los que según ellos tienen poco más que hacer en el mundo, es dejarles a ellos el reino de Dios.
Porque el fin mismo del cristianismo es redimir a todas las clases de hombres en una sola sociedad santa, para que ricos y pobres, grandes y pequeños, amos y siervos, puedan, en un mismo y único espíritu de piedad, llegar a ser «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, que han de anunciar las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable» [1 Pedro 2:9].
Dicho esto para mostrar que la gran devoción y santidad no ha de dejarse a ninguna clase particular de personas, sino que ha de ser el espíritu común de todos los que desean vivir a la altura de las condiciones del cristianismo común, paso ahora a considerar la naturaleza y la necesidad del amor universal, que aquí se recomienda como tema de tu devoción a esta hora. Aquí se te llama también a la intercesión, como el ejercicio más apropiado para suscitar y conservar ese amor.
Por intercesión se entiende orar a Dios e interceder ante él por nuestros semejantes.
Nuestro bendito Señor nos ha propuesto su amor como modelo y ejemplo de nuestro amor de unos a otros. Por tanto, así como él intercede continuamente por todos nosotros, así debemos nosotros interceder y orar unos por otros.
«Un mandamiento nuevo os doy», dice él: «Que os améis unos a otros, como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» [Juan 13:34, 35].
La novedad de este precepto no consistía en que se mandara a los hombres amarse unos a otros, porque este era un precepto antiguo, tanto de la ley de Moisés como de la naturaleza. Pero era nuevo en este sentido: que había de imitar un ejemplo de amor nuevo y hasta entonces inaudito; consistía en amarse unos a otros como Cristo nos había amado.
Y si los hombres han de conocer que somos discípulos de Cristo porque nos amamos así unos a otros, según su nuevo ejemplo de amor, entonces es cierto que, si carecemos de este amor, hacemos saber a los hombres con la misma claridad que no somos discípulos suyos.
No hay principio del corazón más agradable a Dios que un amor universal y ferviente a todo el género humano, que desea y pide en oración su felicidad; porque no hay principio del corazón que nos haga más semejantes a Dios, que es el amor y la bondad mismos, y que creó a todos los seres para que gozaran de la felicidad.
La idea más alta que podemos formarnos de Dios es concebirlo como un Ser de amor y bondad infinitos, que emplea una sabiduría y un poder infinitos para el bien común y la felicidad de todas sus criaturas.
Por tanto, la noción más alta que podemos formarnos del hombre es concebirlo tan semejante a Dios en este aspecto como pueda serlo; empleando todas sus facultades infinitas, sean de sabiduría, de poder o de oración, para el bien común de todos sus semejantes; deseando de corazón que tengan toda la felicidad de que son capaces, y tantos beneficios y ayudas de su parte como su estado y su condición en el mundo le permitan darles.
Y, por otra parte, ¡qué bajeza e iniquidad hay en todas las manifestaciones de odio, envidia, rencor y malevolencia, si consideramos que cada una de ellas es, en esa medida, obrar en oposición a Dios, y procurar daño y perjuicio a aquellas criaturas a las que Dios favorece, protege y conserva para su felicidad! Un hombre de mala índole es, entre las criaturas de Dios, la criatura más perversa del mundo, pues obra en contra de ese amor por el cual él mismo subsiste, y que es lo único que da subsistencia a toda esa variedad de seres que gozan de la vida en cualquier parte de la creación.
«Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos» [Mateo 7:12].
Ahora bien, aunque esta es una doctrina de estricta justicia, solo un amor universal puede cumplirla. Porque, así como el amor es la medida de nuestro obrar para con nosotros mismos, nunca podremos obrar del mismo modo para con los demás hasta que los miremos con el mismo amor con que nos miramos a nosotros mismos.
Así como no tenemos grado alguno de rencor, de envidia o de malevolencia para con nosotros mismos, tampoco podemos estar dispuestos para con los demás como lo estamos para con nosotros, hasta que renunciemos universalmente a toda manifestación de rencor, de envidia y de malevolencia, aun en sus grados más pequeños.
Si tuviéramos en los ojos alguna imperfección que nos hiciera ver mal una sola cosa, por la misma razón nos harían ver mal cien cosas.
Así también, si hay en nuestro corazón alguna disposición que nos hace envidiosos, rencorosos o malévolos para con un solo hombre, esa misma disposición nos hará envidiosos, rencorosos y malévolos para con muchos más.
Por tanto, si deseamos esta virtud divina del amor, debemos ejercitar y adiestrar nuestro corazón en el amor de todos, porque no es amor cristiano mientras no sea el amor de todos.
Si un hombre pudiera guardar toda esta ley del amor y, sin embargo, ofendiera en un punto, sería culpable de todos. Porque, así como un solo caso consentido de injusticia destruye la justicia de todas nuestras demás acciones, así un solo caso consentido de envidia, de rencor y de malevolencia hace que todos nuestros demás actos de benevolencia y afecto no valgan nada.
Los actos de amor que no proceden de un principio de amor universal no son sino como actos de justicia que proceden de un corazón no dispuesto a la justicia universal.
Un amor que no es universal puede tener, en efecto, ternura y afecto, pero no tiene nada de rectitud ni de piedad: no es más que humor, temperamento o interés, o un amor como el que practican los publicanos y los paganos.
Todas las envidias y los rencores particulares son apartamientos tan claros del espíritu del cristianismo como cualquier acto particular de injusticia. Porque tratar a todo el mundo como a tu prójimo, y amar a tu prójimo como a ti mismo, es tanto una ley de Cristo como es una ley del cristianismo abstenerse del robo.
Ahora bien, el motivo más noble de esta ternura y este afecto universales se funda en esta doctrina: «Dios es amor; y el que permanece en amor, permanece en Dios» [1 Juan 4:16].
¿Quién, pues, cuyo corazón tenga alguna inclinación hacia Dios, no aspiraría a esta disposición divina, que transforma y eleva así nuestra naturaleza hasta la unión con él?
¡Cómo deberíamos alegrarnos en el ejercicio y la práctica de este amor, que, cuantas veces lo sentimos, es otras tantas veces para nosotros una seguridad de que Dios está en nosotros, de que obramos conforme a su Espíritu, que es el Amor mismo! Pero debemos observar que el amor solo tiene este gran poder de unirnos a Dios cuando es tan puro y universal que imita aquel amor que Dios tiene a todas sus criaturas.
Dios quiere la felicidad de todos los seres, aunque no sea felicidad alguna para él. Por tanto, debemos desear la felicidad de todos los seres, aunque no nos venga de ella felicidad alguna.
Dios se deleita por igual en las perfecciones de todas sus criaturas; por tanto, debemos alegrarnos en esas perfecciones dondequiera que las veamos, y estar tan contentos de que los demás sean perfectos como de serlo nosotros.
Así como Dios perdona a todos y da gracia a todos, así debemos perdonar todas las injurias y afrentas que recibimos de los demás, y hacerles todo el bien que podamos.
Dios todopoderoso, además de su propio gran ejemplo de amor, que debería atraer en pos de sí a todas sus criaturas, ha provisto de tal manera para nosotros, y ha hecho nuestra felicidad tan común a todos, que no tenemos motivo para envidiarnos ni odiarnos unos a otros.
Porque no podemos estorbarnos unos a otros, ni, por gozar de algún bien particular, impedir a otro su parte cabal de él.
Así como no podemos ser felices sino en el goce de Dios, tampoco podemos rivalizar unos con otros ni robarnos unos a otros esta felicidad.
Y en cuanto a las demás cosas, los goces y las prosperidades de esta vida, son tan poca cosa en sí mismos, tan ajenos a nuestra felicidad y, hablando en general, tan contrarios a lo que parecen ser, que no son fundamento alguno para la envidia, el rencor o el odio.
¡Qué necio sería envidiar a un hombre que estuviera bebiendo veneno en una copa de oro! Y, sin embargo, ¿quién puede decir que obra con más sabiduría que esto cuando envidia cualquier forma de grandeza mundana?
¡A cuántos santos ha enviado al cielo la adversidad! ¡Y a cuántos pobres pecadores ha hundido la prosperidad en la miseria eterna! Un hombre parece estar en el estado más glorioso cuando ha vencido, deshonrado y humillado a su enemigo; aunque bien puede ser que esa misma victoria haya salvado a su adversario y lo haya perdido a él.
Este hombre quizá nunca se habría corrompido de no ser por su fortuna y su encumbramiento; aquel nunca habría sido piadoso sino por su pobreza y su deshonra.
La que es envidiada por su belleza tal vez le deba a ella toda su desdicha; y otra puede ser feliz para siempre por no haber tenido admiradores de su persona.
Un hombre tiene éxito en todo, y así lo pierde todo; otro no encuentra más que cruces y desengaños, y con ello gana más de lo que vale el mundo entero.
Este clérigo puede perderse por ser hecho obispo; y aquel puede salvarse a sí mismo y a otros por quedarse fijo en su primera y pobre vicaría.
¡Qué envidiado fue Alejandro cuando, conquistando el mundo, edificó ciudades, levantó sus estatuas y dejó señales de su gloria en tantos reinos!
¡Y qué despreciado fue el pobre predicador san Pablo cuando fue azotado con varas! Y, sin embargo, ¡qué extrañamente se equivocó el mundo en su juicio! ¡Cuán digno de envidia era san Pablo! ¡Cuán digno de lástima era Alejandro!
Estas pocas reflexiones nos muestran suficientemente que las diferentes condiciones de esta vida no tienen en sí nada que deba excitar nuestras pasiones inquietas, nada que pueda razonablemente interrumpir nuestro amor y afecto de unos a otros.
Pasemos ahora a otro motivo de este amor universal.
Nuestro poder de realizar actos externos de amor y de bondad es a menudo muy estrecho y limitado. Quizá sean pocas las personas a quienes podemos prestar algún socorro temporal.
Pero, aunque nuestros medios exteriores de hacer el bien estén a menudo así limitados, si nuestro corazón está lleno de amor y de bondad, adquirimos, por así decirlo, un poder infinito; porque Dios nos atribuirá aquellas buenas obras, aquellos actos de amor y aquellas tiernas caridades que deseamos sinceramente y que con gusto habríamos realizado si hubiera estado en nuestra mano.
No puedes sanar a todos los enfermos ni socorrer a todos los pobres; no puedes consolar a todos los afligidos ni ser padre de todos los huérfanos; quizá no puedas librar a muchos de sus desgracias ni enseñarles a hallar consuelo en Dios.
Pero si hay en tu corazón un amor y una ternura que se deleitan en estas buenas obras y te mueven a hacer todo lo que puedes; si tu amor no tiene límites, sino que continuamente desea y pide en oración el alivio y la felicidad de todos los que están en aflicción, Dios te recibirá como bienhechor de aquellos que no han tenido de ti más que tu buena voluntad y tus tiernos afectos.
No puedes construir hospitales para los incurables; no puedes erigir monasterios para la formación de personas en la santa soledad, la oración continua y la mortificación; pero si te unes de corazón a los que lo hacen y das gracias a Dios por sus piadosos propósitos; si eres amigo de estos grandes amigos del género humano y te alegras de sus eminentes virtudes, Dios te recibirá como partícipe de tales buenas obras, que, aunque no tuvieron nada de tus manos, tuvieron todo tu corazón.
Esta consideración basta, sin duda, para hacernos mirar por nuestro corazón y velar sobre él con toda diligencia; para procurar el progreso de nuestras disposiciones interiores y aspirar a toda altura y perfección de un ánimo amoroso, caritativo y benévolo.
Y, por otra parte, podemos aprender de aquí el gran mal y el daño de todas las malas inclinaciones del ánimo, de la envidia, el rencor, el odio y la malevolencia. Porque, si la bondad de nuestro corazón nos da derecho a la recompensa de buenas acciones que nunca realizamos, es cierto que la maldad de nuestro corazón, nuestra envidia, nuestra mala índole y nuestro odio nos harán culpables de acciones que nunca hemos cometido.
Así como el que codicia a una mujer será tenido por adúltero, aunque solo haya cometido el pecado en su corazón, así el hombre malicioso, rencoroso y de mala índole, que solo se alegra en secreto del mal, será tenido por homicida, aunque no haya derramado sangre.
Por tanto, puesto que nuestro corazón, que está siempre desnudo y abierto a los ojos de Dios, da tan extraordinaria extensión y aumento a nuestras virtudes o a nuestros vicios, nuestra mejor y mayor ocupación es gobernar los movimientos de nuestro corazón, vigilar, corregir y mejorar el estado y la disposición interior de nuestra alma.
Ahora bien, no hay nada que eleve tanto nuestra alma como este amor celestial: limpia y purifica como un fuego santo, y todas las malas disposiciones caen ante él. Hace sitio a todas las virtudes y las lleva a su mayor altura. Todo lo que es bueno y santo brota de él, y se convierte en fuente continua de todos los deseos santos y de todas las prácticas piadosas.
Por amor no entiendo una ternura natural, que se da en mayor o menor grado en las personas según su temperamento; sino que entiendo un principio más amplio del alma, fundado en la razón y en la piedad, que nos hace tiernos, bondadosos y benévolos con todos nuestros semejantes, como criaturas de Dios y por amor de él.
Es este amor, que ama todas las cosas en Dios, como criaturas suyas, como imágenes de su poder, como criaturas de su bondad, como partes de su familia, como miembros de su sociedad, el que se convierte en principio santo de todas las acciones grandes y buenas.
Por tanto, el amor al prójimo no es más que una rama de nuestro amor a Dios. Porque, cuando amamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas, amaremos necesariamente a aquellos seres que están tan estrechamente unidos a Dios, que lo tienen todo de él y han sido creados por él para ser objeto de su propio amor eterno. Si odio o desprecio a un solo hombre en el mundo, odio algo que Dios no puede odiar, y desprecio aquello que él ama.
¿Y puedo pensar que amo a Dios con todo mi corazón mientras odio lo que solo a Dios pertenece, lo que no tiene otro dueño que él, lo que lleva su imagen, forma parte de su familia y existe solo porque él le sigue teniendo amor?
Fue la imposibilidad de esto lo que hizo decir a san Juan: «Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso» [1 Juan 4:20].
Estas razones nos muestran suficientemente que ningún amor es santo o religioso mientras no se hace universal.
Porque, si la religión me exige amar a todas las personas como criaturas de Dios, que le pertenecen, que llevan su imagen, gozan de su protección y forman parte de su familia y de su casa; si estas son las grandes y necesarias razones por las que debo vivir en amor y amistad con un solo hombre del mundo, son las mismas grandes y necesarias razones por las que debo vivir en amor y amistad con todos los hombres del mundo; y, por consiguiente, ofendo contra todas estas razones y rompo todos estos lazos y obligaciones siempre que me falta amor hacia un solo hombre. Por tanto, el pecado de odiar o despreciar a un solo hombre es como el pecado de odiar toda la creación de Dios; y la necesidad de amar a un solo hombre es la misma necesidad de amar a todos los hombres del mundo. Y por muy pecadores, odiosos o extravagantes en su conducta que nos parezcan muchos, nunca debemos tomar eso como el menor motivo para despreciarlos o desatenderlos, sino mirarlos con tanta mayor compasión, como a quienes se hallan en la condición más digna de lástima que pueda haber.
Así como fueron los pecados del mundo los que hicieron que el Hijo de Dios se convirtiera en Abogado compasivo y sufriente de todo el género humano, así nadie tiene el Espíritu de Cristo sino el que tiene la mayor compasión por los pecadores. Ni hay mayor señal de tu propia perfección que cuando te encuentras todo amor y compasión hacia los que son muy débiles y defectuosos. Y, por otra parte, nunca tienes menos motivo para estar satisfecho de ti mismo que cuando te encuentras más enojado y ofendido por la conducta de los demás. Todo pecado ha de ser ciertamente odiado y aborrecido, dondequiera que esté; pero debemos ponernos contra el pecado como lo hacemos contra la enfermedad y las dolencias: mostrándonos tiernos y compasivos con los enfermos y los dolientes.
Todo otro odio al pecado que no llene el corazón de los afectos más suaves y tiernos hacia las personas que son desdichadas en él, es siervo del pecado al mismo tiempo que parece odiarlo.
Y no hay disposición contra la cual aun los hombres buenos deban vigilar y guardarse con más cuidado que esta. Porque es una disposición que acecha y se oculta bajo el manto de muchas virtudes y, por no despertar sospechas, hace tanto más daño.
Un hombre se imagina naturalmente que es su propio y extremado amor a la virtud lo que le impide soportar a los que carecen de ella. Y cuando aborrece a uno, desprecia a otro y no puede oír el nombre de un tercero, supone que todo ello es prueba de su elevado sentido de la virtud y de su justo odio al pecado.
Y, sin embargo, cualquiera pensaría que un hombre no necesita otro remedio para esta disposición que esta sola reflexión:
Que, si este hubiera sido el espíritu del Hijo de Dios, si él hubiera odiado el pecado de esta manera, no habría habido redención del mundo; que, si Dios hubiera odiado a los pecadores de esta manera, día y noche, el mundo mismo habría dejado de existir hace mucho tiempo.
Podemos, pues, tener por regla cierta que cuanto más participamos de la naturaleza divina, más mejorados estamos nosotros mismos; y cuanto más alto es nuestro sentido de la virtud, más compadeceremos y tendremos lástima de los que carecen de ella. La vista de tales personas, en lugar de suscitar en nosotros un desprecio altivo o una indignación malhumorada hacia ellas, nos llenará entonces de unas entrañas de compasión como las que sentimos cuando vemos las miserias de un hospital.
Por tanto, para que las necedades, los delitos y la mala conducta de nuestros semejantes no disminuyan el amor y la ternura que hemos de tener por todo el género humano, deberíamos considerar a menudo las razones en que se funda el deber del amor.
Ahora bien, hemos de amar a nuestro prójimo, es decir, a todo el género humano, no porque sean sabios, santos, virtuosos o de buena conducta; porque el género humano entero ni lo ha sido nunca ni lo será jamás; por tanto, es cierto que la razón por la cual estamos obligados a amarlos no puede fundarse en su virtud.
Además, si su virtud o su bondad fueran la razón por la que estamos obligados a amar a las personas, no tendríamos regla por la cual guiarnos; porque, aunque las virtudes o los vicios de algunas personas son muy notorios, hablando en general somos muy malos jueces de la virtud y el mérito de los demás.
Tercero, estamos seguros de que la virtud o el mérito de las personas no es la razón por la que estamos obligados a amarlas, porque se nos manda dar las mayores muestras de amor a nuestros peores enemigos: hemos de amar, bendecir y orar por los que nos tratan con mayor injusticia. Esto es, por tanto, una demostración de que el mérito de las personas no es la razón en que se funda nuestra obligación de amarlas.
Consideremos además qué es ese amor que debemos a nuestro prójimo. Es amarlo como a nosotros mismos, es decir, tener hacia él todos aquellos sentimientos que tenemos hacia nosotros mismos; desearle todo lo que lícitamente podemos desear para nosotros; alegrarnos de todo bien y entristecernos de todo mal que le suceda; y estar dispuestos a hacerle todos aquellos actos de bondad que siempre estamos dispuestos a hacernos a nosotros mismos.
Ya ves, pues, que este amor no es otra cosa que un amor de benevolencia; no nos exige nada sino los buenos deseos, los tiernos afectos y los actos de bondad que mostramos hacia nosotros mismos.
Este es todo el amor que debemos al mejor de los hombres; y nunca debe faltarnos ningún grado de este amor hacia el peor o el más irrazonable de los hombres del mundo.
Ahora bien, ¿cuál es la razón por la que hemos de amar a todo hombre de esta manera? Se responde que nuestra obligación de amar a todos los hombres de esta manera se funda en muchas razones.
Primero, en una razón de equidad; porque, si es justo amarnos a nosotros mismos de esta manera, ha de ser injusto negar cualquier grado de este amor a los demás, puesto que todo hombre es exactamente de la misma naturaleza y está en la misma condición que nosotros.
Por tanto, si tus propios delitos y necedades no disminuyen tu obligación de buscar tu propio bien y de desearte el bien, tampoco las necedades y los delitos de tu prójimo disminuyen tu obligación de desear y buscar el bien de tu prójimo.
Otra razón de este amor se funda en la autoridad de Dios, que nos ha mandado amar a todo hombre como a nosotros mismos.
Tercero, estamos obligados a este amor a imitación de la bondad de Dios, para que seamos hijos de nuestro Padre que está en los cielos, que quiere la felicidad de todas sus criaturas y hace salir su sol sobre malos y buenos.
Cuarto, nuestra redención por Jesucristo nos llama al ejercicio de este amor, pues él vino del cielo y dio su vida por amor a todo el mundo pecador.
Quinto, por el mandamiento de nuestro Señor y Salvador, que nos ha exigido amarnos unos a otros como él nos ha amado.
Estas son las grandes y perpetuas razones en que se funda nuestra obligación de amar a todo el género humano como a nosotros mismos.
Estas razones nunca varían ni cambian, siempre conservan toda su fuerza; y por eso obligan por igual en todo tiempo y respecto de todas las personas.
Dios nos ama, no porque seamos sabios, buenos y santos, sino por compasión de nosotros, porque carecemos de esta felicidad: nos ama para hacernos buenos. Por tanto, nuestro amor debe seguir este curso: no buscar ni exigir el mérito de nuestros hermanos, sino compadecerse de sus desórdenes y desearles todo el bien de que carecen y que son capaces de recibir.
De lo dicho resulta ahora claramente, primero, que el amor que debemos a nuestros hermanos no es más que un amor de benevolencia. Segundo, que este deber de benevolencia se funda en razones que nunca varían ni cambian, que no dependen de las cualidades de las personas. De donde se sigue que es el mismo gran pecado carecer de este amor hacia un hombre malo que carecer de él hacia un hombre bueno. Porque el que niega algo de esta benevolencia a un hombre malo ofende contra todas las mismas razones del amor que el que niega alguna benevolencia a un hombre bueno; y, por consiguiente, es el mismo pecado.
Por tanto, cuando des rienda suelta a alguna pasión malévola, sea de odio o de desprecio, hacia un hombre que supones malo, considera lo que pensarías de otro que hiciera lo mismo con un hombre bueno, y ten la seguridad de que estás cometiendo el mismo pecado.
Quizá digas: ¿cómo es posible amar en el mismo grado a un hombre bueno y a uno malo?
Del mismo modo que es posible ser tan justo y fiel con un hombre bueno como con un hombre malo. Ahora bien, ¿tienes alguna dificultad para practicar la justicia y la fidelidad con un hombre malo? ¿Tienes alguna duda de si necesitas ser tan justo y fiel con él como con un hombre bueno? ¿Y por qué no tienes ninguna duda al respecto? Porque sabes que la justicia y la fidelidad se fundan en razones que nunca varían ni cambian, que no dependen de los méritos de los hombres, sino que se fundan en la naturaleza de las cosas, en las leyes de Dios, y que por tanto han de observarse con igual exactitud hacia los hombres buenos y hacia los malos.
Pues bien, piensa con la misma justicia acerca de la caridad o el amor a tu prójimo: que se funda en razones que no varían, que no dependen de los méritos de los hombres; y entonces encontrarás que es tan posible practicar la misma caridad exacta como la misma justicia exacta con todos los hombres, sean buenos o malos.
Quizá preguntes además si no has de tener una estima, una veneración y una reverencia particulares por los hombres buenos. Se responde que sí. Pero esta alta estima y veneración es cosa muy distinta de aquel amor de benevolencia que debemos a nuestro prójimo.
La alta estima y veneración que tienes por un hombre de piedad eminente no es un acto de caridad hacia él —no es por lástima ni por compasión por lo que lo reverencias así—, sino más bien un acto de caridad hacia ti mismo, para que esa estima y veneración te muevan a seguir su ejemplo.
Puedes y debes amar, apreciar y aprobar la vida que lleva el hombre bueno; pero eso no es más que amar la virtud dondequiera que la veamos. Y no amamos la virtud con amor de benevolencia, como algo que necesite nuestros buenos deseos, sino como algo que es nuestro propio bien.
Todo el asunto es este: las acciones que has de amar, estimar y admirar son las acciones de los hombres buenos y piadosos; pero las personas a quienes has de hacer todo el bien que puedas, con toda clase de bondad y compasión, son todas las personas, sean buenas o malas.
Esta distinción entre el amor de benevolencia y la estima o veneración es muy clara y evidente. Y quizá veas todavía mejor su claridad y su necesidad por el ejemplo siguiente.
Ningún hombre ha de tener una alta estima u honra de sus propias cualidades o de su conducta; y, sin embargo, todo hombre ha de amarse a sí mismo, es decir, desearse el bien; por tanto, esta distinción entre amor y estima no solo es clara, sino que es muy necesario observarla.
Además, si te parece apenas posible que desagraden las acciones de los hombres irrazonables y, sin embargo, tenerles un verdadero amor, considéralo en relación contigo mismo.
Es muy posible, espero, que no solo te desagraden, sino que detestes y aborrezcas muchas de tus propias acciones pasadas, y que te acuses por ellas de gran necedad. Pero ¿pierdes entonces alguno de aquellos tiernos sentimientos hacia ti mismo que solías tener? ¿Dejas entonces de desearte el bien? ¿No es entonces el amor a ti mismo tan fuerte como en cualquier otro momento?
Ahora bien, lo que así es posible en relación con nosotros mismos es posible del mismo modo en relación con los demás. Podemos tener hacia ellos los mejores deseos, deseando para ellos todo el bien que deseamos para nosotros, y, sin embargo, al mismo tiempo, desaprobar su manera de vivir.
Prosigamos: todo el amor que con justicia podemos tenernos a nosotros mismos estamos obligados, en estricta justicia, a ejercerlo hacia todos los demás hombres; y ofendemos contra la gran ley de nuestra naturaleza y contra las más grandes leyes de Dios cuando nuestras disposiciones hacia los demás son diferentes de las que tenemos hacia nosotros mismos.
Ahora bien, el amor propio que es justo y razonable nos mantiene constantemente tiernos, compasivos y bien dispuestos hacia nosotros mismos; por tanto, si no sientes estas bondadosas disposiciones hacia todas las demás personas, puedes estar seguro de que no estás en aquel estado de caridad que es la vida y el alma misma de la piedad cristiana.
Sabes cuánto te duele ser objeto de las burlas y del escarnio de los demás; cuánto te aflige que te roben la reputación y te priven de la buena opinión de tus vecinos; por tanto, si expones a otros al escarnio y al desprecio en cualquier grado; si te agrada ver u oír sus flaquezas y debilidades; o aunque solo te resistas a ocultar sus faltas, estás tan lejos de amar a esas personas como a ti mismo que con razón puede suponerse que les tienes tanto odio como amor te tienes a ti mismo. Porque tales disposiciones son tan verdaderamente los frutos propios del odio como las disposiciones contrarias son los frutos propios del amor.
Y así como es señal cierta de que te amas a ti mismo el que seas sensible a todo lo que te concierne, así es señal igualmente cierta de que odias a tu prójimo el que te agrade cualquier cosa que le haga daño.
Pero si la falta de una caridad verdadera y exacta es una falta tan grande que, como dice san Pablo, convierte nuestras mayores virtudes en sonidos vacíos y címbalos que retiñen, ¡cuánto nos importa estudiar todo arte y practicar todo método para elevar nuestra alma a este estado de caridad! Por esta razón se te pide aquí que no dejes pasar esta hora de oración sin una plena y solemne súplica a Dios por todas las manifestaciones de un amor y una benevolencia universales hacia todo el género humano; pues esta devoción diaria y constante es el único medio probable de conservarte en aquel estado de amor que es necesario para demostrar que eres un verdadero seguidor de Jesucristo.
Capítulo 20 completado
Se recomienda la devoción a las doce del mediodía, llamada en la Escritura la hora sexta del día. Esta frecuencia de devoción es igualmente deseable para toda clase de personas. Se recomienda el amor universal como tema de la oración a esta hora. De la intercesión, como acto de amor universal