Un llamado serio a una vida devota y santa
Se muestra cómo el método con que se educa a las hijas les hace difícil entrar en el espíritu de la humildad cristiana. Cuán miserablemente son perjudicadas y maltratadas por esa educación. El espíritu de una educación mejor, representado en el carácter de Eusebia

Capítulo 19 · 37 min de lectura · 48 min de escucha

Se muestra cómo el método con que se educa a las hijas les hace difícil entrar en el espíritu de la humildad cristiana. Cuán miserablemente son perjudicadas y maltratadas por esa educación. El espíritu de una educación mejor, representado en el carácter de Eusebia

ESA disposición de ánimo que se enseña y se fomenta en la educación de las hijas les hace sumamente difícil entrar en un sentido y una práctica de la humildad como los que requiere el espíritu del cristianismo.

La recta educación de este sexo es de la mayor importancia para la vida humana. No hay nada más deseable para el bien común de todo el mundo. Porque, aunque las mujeres no llevan adelante el comercio y los negocios del mundo, sin embargo, como son madres y señoras de familia, que tienen durante algún tiempo a su cargo la educación de sus hijos de ambos sexos, se les confía aquello que es de mayor consecuencia para la vida humana. Por esta razón, las mujeres buenas o malas pueden hacer en el mundo tanto bien o tanto mal como los hombres buenos o malos en los mayores asuntos de la vida.

Porque, así como la salud y la fuerza, o la debilidad, de nuestros cuerpos se deben en gran medida a la manera en que ellas nos trataron cuando éramos pequeños, así la cordura o la necedad de nuestra mente no se deben menos a aquellas primeras disposiciones y maneras de pensar que recibimos ávidamente del amor, la ternura, la autoridad y el trato constante de nuestras madres.

Así como llamamos a nuestra primera lengua lengua materna, con igual justicia podemos llamar a nuestras primeras disposiciones disposiciones maternas; y quizá se halle más fácil olvidar la lengua que despojarse por completo de aquellas disposiciones que aprendimos en la cuna.

Es, por tanto, muy de lamentar que este sexo, del que tanto depende, y al que corresponde la primera formación tanto de nuestros cuerpos como de nuestras mentes, no solo sea educado en el orgullo, sino en la parte más necia y despreciable de él.

En verdad no se les permite disputarnos los orgullosos premios de las artes y las ciencias, del saber y la elocuencia, en los que mucho sospecho que a menudo resultarían superiores a nosotros; pero las entregamos al estudio de la belleza y del vestido, y el mundo entero conspira para que no piensen en otra cosa. Padres y madres, amigos y parientes, parecen no tener otro deseo para la niña sino que tenga una piel blanca, una figura esbelta, que vista bien y baile a la perfección.

Ahora bien, si el apego a nuestra persona, el deseo de belleza y el amor al vestido son parte del orgullo (como sin duda lo son, y la parte más despreciable), el primer paso hacia la humildad de una mujer parece requerir que se arrepienta de su educación.

Porque hay que reconocer que, hablando en general, los buenos padres nunca están más encariñados con sus hijas que cuando las ven demasiado encariñadas consigo mismas y vestidas de una manera que es un gran reproche a la gravedad y sobriedad de la vida cristiana.

Y lo que hace este asunto todavía más lamentable es que no solo se echa a perder a las mujeres con esta educación, sino que echamos a perder aquella parte del mundo que de otro modo daría los más numerosos ejemplos de una piedad eminente y elevada.

Porque creo que puede afirmarse que, por lo general, hay en ese sexo una sensibilidad más fina, una mente más clara, una comprensión más pronta y unas disposiciones más dulces que en el otro.

Todas estas disposiciones, si se cultivaran de veras con estudios adecuados y métodos sobrios de educación, las llevarían con toda probabilidad a cumbres de piedad más altas que las que se hallan en el común de los hombres.

Por esta razón hablo de este asunto con tanta franqueza y llaneza, porque es muy de lamentar que personas tan naturalmente dotadas para ser grandes ejemplos de piedad se conviertan, por una educación errónea, en pobres y vistosos espectáculos de la mayor vanidad.

La Iglesia tuvo antiguamente santas eminentes en ese sexo, y puede pensarse razonablemente que se debe únicamente a su pobre y vana educación el que esta honra de su sexo esté, por lo general, confinada a épocas pasadas.

La corrupción del mundo les consiente una gran vanidad, y los hombres parecen no considerarlas sino como otros tantos ídolos pintados destinados a atraer y satisfacer sus pasiones; de modo que, si muchas mujeres son criaturas vanas, ligeras y de oropel, tienen esto para excusarse: que no solo son tales como su educación las ha hecho, sino tales como el común del mundo les permite ser.

Pero entonces deberían considerar que los amigos de su vanidad no son amigos suyos; deberían considerar que han de vivir para sí mismas; que tienen tan gran parte en la naturaleza racional como los hombres; que tienen tanta razón para pretender, y tanta necesidad de aspirar a las más altas perfecciones de una virtud cristiana y sólida, como los más graves y sabios entre los filósofos cristianos.

Deberían considerar que se las maltrata, se las perjudica y se las aparta traicioneramente de su única perfección siempre que se les enseña que es adorno en ellas algo que no es adorno en los más sabios de entre los hombres.

Se dice generalmente que las mujeres son por naturaleza de ánimo pequeño y vano; pero esto me parece tan falso e irrazonable como decir que los carniceros son crueles por naturaleza; porque, así como su crueldad no se debe a su naturaleza, sino a su modo de vida, que ha cambiado su naturaleza, así cualquier pequeñez y vanidad que se observe en el ánimo de las mujeres es, como la crueldad de los carniceros, una disposición labrada en ellas por la vida que se les enseña a llevar y a la que se las acostumbra.

Al menos hay que decir esto: que no podemos achacar nada a su naturaleza mientras no cuidemos de que no sea pervertida por su educación.

Y, por otra parte, si fuera cierto que son así vanas y ligeras por naturaleza, ¡cuánto más censurable es entonces esa educación que parece ideada para fortalecer y aumentar esta necedad y debilidad de su ánimo!

Porque, si fuera una virtud en una mujer ser orgullosa y vana en sí misma, difícilmente podríamos emplear mejores medios para despertar en ella esa pasión que los que ahora se usan en su educación.

Matilda es una mujer distinguida, de buena crianza, gran juicio y mucha religión. Tiene tres hijas que educa ella misma. No quiere confiarlas a nadie más ni a ninguna escuela, por temor a que aprendan algo malo. Se queda con el maestro de baile todo el tiempo que está con ellas, porque quiere oír todo lo que se les dice. Las ha oído leer las Escrituras tan a menudo que pueden repetir gran parte de ellas de memoria; y apenas hay un buen libro de devoción que no se encuentre en sus gabinetes.

Si Matilda hubiera vivido en los primeros siglos del cristianismo, cuando se practicaba en la plenitud y llaneza de sus doctrinas, habría sido con toda probabilidad una de sus mayores santas. Pero como nació en tiempos corrompidos, donde le faltan ejemplos de perfección cristiana y casi nunca vio una piedad más alta que la suya, tiene muchos defectos, y se los comunica todos a sus hijas.

Matilda nunca ha ido pobremente vestida en su vida, y en el vestir nada le agrada sino lo que es muy rico y hermoso a la vista.

Sus hijas ven su gran celo por la religión, pero ven también un empeño igual por toda clase de galas. Ven que no descuida su devoción, pero ven que pone más cuidado en conservar su tez y en prevenir los cambios con que el tiempo y la edad la amenazan.

Temen encontrarse con ella si han faltado a la iglesia; pero temen todavía más que las vea si no van con el corsé tan ceñido como sea posible.

A menudo les muestra su propio retrato, que le hicieron cuando su padre se enamoró de ella. Les cuenta cuán trastornado de pasión quedó él al verla por primera vez, y que nunca habría tenido una tez tan hermosa de no ser por la diligencia de su buena madre, que la cuidó con extremo esmero.

Matilda está tan absorta en todas las artes de mejorar su atavío que casi cada día tiene una nueva ocurrencia, y no deja adorno sin probar, desde la joya más rica hasta la flor más humilde. Es tan exigente y minuciosa en su juicio, tan sensible al menor error, que la doncella se ve a menudo obligada a vestir y desvestir a sus hijas tres o cuatro veces al día antes de que ella quede satisfecha.

En cuanto a los lunares postizos, eso se lo reserva para sí, porque, según dice, si no se colocan con criterio, más bien perjudican que favorecen al rostro.

Las niñas ven tan claramente la disposición de su madre que hasta fingen que el vestir les agrada más y que les gusta cada pequeño adorno más de lo que realmente les gusta, solo para ganarse su favor.

Una vez vieron a su hermana mayor llorar y ser severamente reprendida por su terquedad por haberse atrevido a decir que le parecía mejor cubrirse el cuello que ir tan descubierta como exige la moda actual.

Les raciona las comidas, es muy escrupulosa con lo que comen y beben, y les cuenta cuántas figuras hermosas ha visto echarse a perder en su tiempo por falta de tal cuidado. Si les sale un grano en la cara, se alarma muchísimo, y ellas mismas temen tanto que las vea con él como si hubieran cometido algún gran pecado.

Cada vez que empiezan a parecer demasiado sonrosadas y saludables, llama en su ayuda al médico; y si las purgas o las sangrías impiden que la tez se vuelva basta o colorada, las da por bien empleadas.

De este modo son unas criaturas pobres, pálidas, enfermizas y débiles, abatidas por falta de ánimo, que lloran por el menor accidente, se desmayan ante cualquier cosa que las asusta y apenas pueden soportar el peso de sus mejores vestidos.

La hija mayor vivió cuanto pudo bajo esta disciplina, y murió a los veinte años de edad.

Cuando se abrió su cuerpo, se vio que las costillas se le habían metido en el hígado y que sus otras entrañas estaban muy dañadas por haber sido comprimidas por el corsé, que su madre había mandado apretar tanto que a menudo le saltaban las lágrimas mientras la doncella la vestía.

Su hija menor se ha fugado con un jugador, hombre de gran belleza que en el vestir y en el bailar no tiene quien lo supere.

Matilda dice que se moriría de pena por este accidente, si no fuera porque su conciencia le dice que ella no ha contribuido en nada. Apela a sus gabinetes y a sus libros de devoción para que den testimonio del cuidado que ha puesto en asentar a sus hijas en una vida de sólida piedad y devoción.

Ahora bien, aunque no pretendo decir que ninguna hija se críe de mejor manera que esta, pues espero que haya muchas que sí, creo que puede decirse al menos que la mayor parte de ellas no se crían tan bien, ni se acostumbran a tanta religión, como en el presente ejemplo.

Su mente se vuelve tanto como en este caso hacia el cuidado de su belleza y su vestido y la complacencia de deseos vanos, sin tener tales reglas de devoción que se opongan a ello. De modo que, si en ese sexo hace mucha falta una piedad sólida, la humildad y un sobrio conocimiento de sí mismas, ello es la consecuencia llana y natural de una educación vana y corrompida.

Y si a menudo están demasiado dispuestas a aceptar por maridos a los primeros petimetres, galanes y finos bailarines, no es de extrañar que les guste en los hombres lo que se les ha enseñado a admirar en sí mismas.

Y si a menudo se las ve perder aquella poca religión que se les enseñó en su juventud, no es más de extrañar que ver una florecilla ahogada y muerta entre malas hierbas tupidas.

Porque el orgullo personal y la afectación, el deleite en la belleza y el apego a las galas son disposiciones que o han de matar toda religión en el alma o han de ser muertas por ella; no pueden prosperar juntas más que la salud y la enfermedad.

Algunas personas que juzgan con precipitación dirán quizá aquí que ejerzo una severidad excesiva contra el sexo.

Pero las personas más razonables observarán fácilmente que perdono por completo al sexo y solo acuso a su educación; que no solo lo perdono, sino que defiendo su interés, afirmo su honra, expongo sus perfecciones, alabo sus disposiciones naturales, y solo condeno esa educación que tanto perjudica sus intereses, tanto rebaja su honra y las priva del beneficio de su excelente naturaleza y de sus excelentes disposiciones.

Confieso que su educación no puedo perdonarla; pero la única razón es que es su mayor enemiga; que priva al mundo de tantas bendiciones, y a la Iglesia de tantas santas, como podrían razonablemente esperarse de personas tan formadas por sus disposiciones naturales para toda bondad y ternura, y tan aptas, por la claridad y el brillo de su mente, para contemplar, amar y admirar todo lo que es santo, virtuoso y divino.

Si aquí se dijera que incluso cargo demasiado la culpa sobre su educación, y que no les hace tanto daño como imagino:

Puede responderse que, aunque no pretendo determinar el grado exacto del mal que causa, su tendencia llana y natural a hacer daño basta para justificar la condena más absoluta de ella.

Pero si alguien quiere saber cuán generalmente perjudica a las mujeres esta educación; si imagina que puede no haber orgullo personal ni vano apego a sí mismas en las que van con lunares postizos y ataviadas con tanto brillo de artificio y adorno, haga solamente el siguiente experimento donde le plazca.

Que se limite a hacer saber a una de esas mujeres su opinión sobre ella: no quiero decir que se lo diga a la cara ni que lo haga de un modo grosero y público, sino que idee la manera más cortés, secreta y amistosa que se le ocurra, solo para hacerle saber su opinión de que no la encuentra hermosa, ni bien vestida, ni favorecida por sus galas; y me atrevo a decir que hallará que son muy pocas las mujeres elegantemente vestidas a quienes él no les desagrade por su mera opinión, aunque nadie más que ellas la conozca, y que no tardará mucho en ver los efectos de su resentimiento.

Pero si tal experimento le mostrara que son muy pocas las mujeres de esa clase capaces de soportar su amistad después de saber que tiene tal opinión de ellas, sin duda es hora de quejarse de esa educación que tan generalmente corrompe su corazón, y de acusarla.

Porque, aunque es difícil juzgar el corazón de las personas, allí donde declaran su resentimiento y su desazón por algo, allí pronuncian sentencia sobre sí mismas. Si una mujer no puede perdonar a un hombre que piensa que ella no tiene belleza ni recibe adorno alguno de su vestido, en ello descubre infaliblemente el estado de su propio corazón, y queda condenada por su propio juicio, y no por el de otro.

Porque nunca nos enojamos con los demás sino cuando la opinión que tienen de nosotros es contraria a la que nosotros tenemos de nosotros mismos.

Un hombre que no tiene pretensiones de erudito nunca se enoja con quienes no lo tienen por erudito; así, si una mujer no tuviera ninguna opinión de su persona y de su vestido, nunca debería enojarse con quienes son de la misma opinión que ella.

De modo que los malos efectos generales de esta educación son demasiado conocidos para admitir ninguna duda razonable.

Pero cuán posible es criar a las hijas por un camino más excelente, que lo declare el carácter siguiente.

Eusebia es una viuda piadosa, de buena cuna y buena crianza, y tiene una buena hacienda para cinco hijas, a las que cría como quien ha recibido de Dios el encargo de preparar a cinco vírgenes para el reino de los cielos. Su casa tiene el mismo reglamento que una casa religiosa, y todas sus disposiciones tienden a sostener una devoción constante y ordenada.

Ella, sus hijas y sus criadas se reúnen a todas las horas de oración del día, y cantan salmos y otras devociones, y emplean el resto de su tiempo en buenas obras y en diversiones inocentes que las dejan dispuestas para volver a sus salmos y oraciones.

Ella las ama como a sus hijas espirituales, y ellas la reverencian como a su madre espiritual, con un afecto muy por encima del de los amigos más entrañables.

Ha repartido entre ellas parte de su hacienda, para que cada una pueda ser caritativa con sus propios bienes, y cada una se encarga por turno de atender a los pobres y a los enfermos de la parroquia.

Eusebia las cría en toda clase de labores propias de las mujeres, como coser, hacer punto, hilar y todas las demás partes del gobierno de la casa; no para su entretenimiento, sino para que sean útiles a sí mismas y a los demás, y se libren de las tentaciones que acompañan a una vida ociosa.

Les dice que preferiría verlas reducidas a la necesidad de mantenerse con su propio trabajo antes que tener riquezas con que excusarse del trabajo. Porque, aunque —dice ella— podáis ayudar a los pobres sin vuestro trabajo, con vuestro trabajo podréis ayudarlos más.

Si Eusebia ha vivido tan libre de pecado como es posible a la naturaleza humana, es porque siempre está vigilando y guardándose contra toda manifestación del orgullo. Y si sus virtudes son más fuertes y más altas que las de otras personas, es porque todas están fundadas en una profunda humildad.

Hijas mías —dice ella—, cuando murió vuestro padre, mis amigos me compadecieron mucho por haber caído sobre mí todo el cuidado de una familia y la administración de una hacienda.

Pero mi propio dolor se fundaba en otro principio: me afligía verme privada de un amigo tan fiel, y que un ejemplo tan eminente de virtudes cristianas fuera quitado de los ojos de sus hijas antes de que tuvieran edad para amarlo y seguirlo.

Pero en cuanto a los cuidados mundanos, que mis amigos creían tan pesados para mí, la mayor parte de ellos son obra nuestra, y desaparecen tan pronto como nos conocemos a nosotros mismos.

Si una persona se ve turbada en sueños por extrañas apariciones, su inquietud termina en cuanto despierta y ve que no era sino la locura de un sueño.

Ahora bien, cuando un recto conocimiento de nosotros mismos entra en nuestra mente, produce en todos nuestros pensamientos y aprensiones un cambio tan grande como cuando despertamos de los desvaríos de un sueño.

Reconocemos que está loco o melancólico el hombre que se imagina ser de vidrio y por eso teme moverse, o que, creyéndose de cera, no se atreve a dejar que el sol le dé.

Pero, hijas mías, hay cosas en el mundo que pasan por sabiduría, cortesía, grandeza, felicidad y fina crianza, que muestran una ignorancia de nosotros mismos igual de grande, y que con igual justicia podrían pasar por completa locura, como cuando un hombre se imagina ser de vidrio o de hielo.

Una mujer que no se atreve a presentarse en el mundo sin ropas finas, que tiene por felicidad tener un rostro de bello color y una piel delicadamente blanca, que preferiría morir antes que verse reducida a la pobreza y obligada a trabajar por un pobre sustento, es en todo tan ignorante de sí misma como el que se imagina ser de vidrio.

Por esta razón, toda mi conversación con vosotras ha tenido por objeto daros a conoceros a vosotras mismas, y acostumbraros a aquellos libros y devociones que mejor puedan instruiros en este, el mayor de todos los conocimientos.

Os parecería duro no conocer la familia en que nacisteis, de qué antepasados descendéis y qué hacienda había de llegaros. Pero, hijas mías, podéis saber todo esto con exactitud y, sin embargo, ser tan ignorantes de vosotras mismas como el que se cree hecho de cera.

Porque, aunque todas vosotras nacisteis de mi cuerpo y lleváis el nombre de vuestro padre, todas vosotras sois, sin embargo, espíritus puros. No quiero decir que no tengáis cuerpos que necesitan comida y bebida, sueño y vestido, sino que todo lo que merece llamarse vosotras no es otra cosa que espíritu; un ser de naturaleza espiritual y racional, tan contrario a todos los seres carnales o corpóreos como la vida es contraria a la muerte; que está hecho a imagen de Dios para vivir para siempre, para no dejar ya nunca de ser, sino para gozar de la vida, la razón, el conocimiento y la felicidad en la presencia de Dios y en la compañía de los ángeles y de los espíritus gloriosos por toda la eternidad.

Todo lo que llamáis vuestro, aparte de este espíritu, no es más que como vuestro vestido; algo que solo ha de usarse por un tiempo y luego acabar, morir y gastarse, y que no ha de significar para vosotras más que los vestidos y los cuerpos de otras personas.

Pero, hijas mías, no solo sois espíritus de este modo, sino que sois espíritus caídos, que comenzasteis vuestra vida en un estado de corrupción y desorden, llenas de disposiciones y pasiones que ciegan y oscurecen la razón de vuestra mente y os inclinan a lo que es dañino.

Vuestros cuerpos no solo son pobres y perecederos como vuestros vestidos, sino que son como vestidos infectados, que os llenan de malas enfermedades y destemplanzas, que oprimen el alma con apetitos enfermizos y vanos antojos.

De modo que todos nosotros somos como dos seres, que tienen, por así decirlo, dos corazones dentro: con uno vemos, gustamos y admiramos la razón, la pureza y la santidad; con el otro nos inclinamos al orgullo, a la vanidad y a los deleites sensuales.

Esta guerra interior la sentimos siempre dentro de nosotros, más o menos; y si queréis saber cuál es la única cosa necesaria para todo el mundo, es esta: conservar y perfeccionar todo lo que es racional, santo y divino en nuestra naturaleza, y mortificar, quitar y destruir toda esa vanidad, orgullo y sensualidad que brotan de la corrupción de nuestro estado.

¿Podríais pensar, hijas mías, cuando miráis al mundo y veis qué costumbres, modas, placeres, inquietudes, proyectos y disposiciones ocupan el corazón y el tiempo de los hombres, que las cosas eran así como os he dicho?

Pero no os dejéis afectar por estas cosas; el mundo está sumido en un gran sueño, y muy pocos están despiertos en él.

Imaginamos que caemos en las tinieblas cuando morimos; pero, ¡ay!, la mayoría de nosotros estamos en tinieblas hasta entonces; y los ojos de nuestras almas solo comienzan a ver cuando nuestros ojos corporales se cierran.

Veis, pues, vuestro estado, hijas mías: habéis de honrar, cultivar y perfeccionar el espíritu que está dentro de vosotras; habéis de prepararlo para el reino de los cielos, alimentarlo con el amor de Dios y de la virtud, adornarlo con buenas obras y hacerlo tan santo y celestial como podáis. Habéis de preservarlo de los errores y vanidades del mundo; librarlo de las corrupciones del cuerpo, de esos falsos deleites y disposiciones sensuales con que el cuerpo lo tienta.

Habéis de alimentar vuestro espíritu con lecturas piadosas y santas meditaciones, con vigilias, ayunos y oraciones, para que gustéis, saboreéis y deseéis aquel estado eterno que ha de comenzar cuando esta vida termine.

En cuanto a vuestros cuerpos, habéis de considerarlos como cosas pobres y perecederas, que ahora están enfermas y corrompidas y pronto caerán en el polvo común. Habéis de vigilarlos como a enemigos que siempre intentan tentaros y traicionaros, y por eso nunca seguir su consejo; habéis de considerarlos como el lugar y la morada de vuestras almas, y por eso mantenerlos puros, limpios y decorosos; habéis de considerarlos como los siervos e instrumentos de la acción, y por eso darles alimento, descanso y vestido, para que estén fuertes y sanos para cumplir los deberes de una vida caritativa, útil y piadosa.

Mientras viváis así, viviréis como quienes sois; y siempre que tengáis menos consideración por vuestras almas, o más por vuestros cuerpos, de lo que esto supone; siempre que estéis más atentas a adornar vuestras personas que a perfeccionar vuestras almas, estaréis mucho más fuera de vosotras mismas que el que prefiriera tener una casaca con galones antes que un cuerpo sano.

Por esta razón, hijas mías, no os he enseñado nada que fuera peligroso aprender; os he apartado de todo lo que pudiera arrastraros a la debilidad y a la necedad, o haceros tener por hermosa cosa alguna sino una mente hermosa; por dichosa cosa alguna sino el favor de Dios; o por deseable cosa alguna sino hacer todo el bien que podáis.

En lugar del entretenimiento vano e inmodesto de las comedias y las óperas, os he enseñado a deleitaros en visitar a los enfermos y a los pobres. Lo que la música, el baile y las diversiones son para muchos en el mundo, eso son para vosotras las oraciones, las devociones y los salmos. Vuestras manos no se han empleado en trenzar el cabello y adornar vuestras personas, sino en hacer ropa para los desnudos. No habéis malgastado vuestra fortuna en vosotras mismas, sino que le habéis añadido vuestro trabajo para hacer más bien a los demás.

En lugar de talles forzados, rostros con lunares postizos, aires refinados y movimientos afectados, os he enseñado a cubrir vuestros cuerpos con vestidos modestos y a no dejar que el mundo vea en vosotras otra cosa que la llaneza, la sinceridad y la humildad de todo vuestro comportamiento.

Sabéis, hijas mías, la alta perfección y las grandes recompensas de la virginidad; sabéis cómo libra de los cuidados y las inquietudes del mundo y proporciona medios y ocasiones de mayores adelantos en una vida divina; por tanto, amad, estimad y honrad la virginidad: bendecid a Dios por toda aquella gloriosa compañía de santas vírgenes que, desde el principio del cristianismo, en las diversas épocas de la Iglesia, renunciaron a los cuidados y placeres del matrimonio para ser ejemplos perpetuos de soledad, contemplación y oración.

Pero, como cada uno tiene su propio don de Dios, y como yo os considero a todas otras tantas grandes bendiciones del estado de casada, dejo a vuestra elección hacer como yo he hecho o aspirar a grados más altos de perfección en un estado de vida virginal.

Nada deseo, nada os impongo, sino que saquéis el mayor provecho de la vida humana y aspiréis a la perfección, cualquiera que sea el estado de vida que escojáis.

Nunca os consideréis, pues, como personas destinadas a ser vistas, admiradas y cortejadas por los hombres, sino como pobres pecadoras que han de salvarse de las vanidades y necedades de un mundo miserable por medio de la humildad, la devoción y la negación de sí mismas. Aprended a vivir por vuestro propio bien y para el servicio de Dios, y que nada en el mundo tenga valor para vosotras sino lo que podáis convertir en un servicio a Dios y en un medio de vuestra felicidad futura.

Considerad a menudo con cuánto poder sois llamadas a una vida virtuosa, y qué cosas grandes y gloriosas ha hecho Dios por vosotras para que os enamoréis de todo lo que pueda promover su gloria.

Pensad en la vanidad y la brevedad de la vida humana, y tened a menudo en la mente la muerte y la eternidad; porque estos pensamientos fortalecerán y elevarán vuestra mente, os harán sabias y juiciosas, y verdaderamente conscientes de la pequeñez de todas las cosas humanas.

Pensad en la felicidad de los profetas y apóstoles, de los santos y mártires, que ahora se regocijan en la presencia de Dios y se ven poseedores de la gloria eterna. Y pensad luego cuán deseable es velar, orar y hacer el bien, como ellos lo hicieron, para que, cuando muráis, tengáis vuestra suerte entre ellos.

Casadas o solteras, pues, consideraos madres y hermanas, amigas y parientes de todos los que necesitan vuestra ayuda; y nunca os permitáis estar ociosas mientras otros carezcan de algo que vuestras manos puedan hacer para ellos.

Este empleo útil, caritativo y humilde de vosotras mismas es lo que os recomiendo con gran empeño, como parte sustancial de una vida sabia y piadosa. Y además del bien que con ello haréis a otras personas, cada virtud de vuestro propio corazón se verá muy acrecentada por él.

Porque, después de la lectura, la meditación y la oración, no hay nada que guarde tanto nuestro corazón de las pasiones necias, nada que conserve tan santa y sabia disposición de ánimo, como algún empleo útil y humilde de nosotros mismos.

Nunca consideréis, pues, vuestro trabajo como un entretenimiento para deshaceros del tiempo, que por eso puede ser tan frívolo como os plazca, sino consideradlo como algo que ha de ser útil a vosotras mismas y a los demás, que ha de servir a algunos fines sobrios de la vida, para aprovechar y redimir vuestro tiempo y hacer que redunde en vuestro favor cuando las obras de todos sean probadas por el fuego.

Cuando erais pequeñas, os dejé con pequeños entretenimientos, para que os complacierais en cualquier cosa que estuviera libre de daño; pero, como ahora habéis crecido hasta el conocimiento de Dios y de vosotras mismas, como vuestra mente ya conoce el mérito y el valor de la virtud y se ha elevado con las grandes doctrinas de la religión, ya no habéis de hacer nada como niñas, sino despreciar todo lo que es pobre, vano o impertinente; ahora habéis de hacer que las labores de vuestras manos correspondan a la piedad de vuestro corazón, y que se empleen para los mismos fines y con el mismo espíritu con que veláis y oráis.

Porque, si hay algún bien que hacer con vuestro trabajo, si de algún modo podéis emplearos útilmente en favor de otras personas, ¡qué necedad es, qué contrario a la sabiduría de la religión, convertir en mero entretenimiento lo que con igual facilidad podría hacerse ejercicio de la mayor caridad!

¿Qué pensaríais de la sabiduría de aquel que empleara su tiempo en destilar aguas y preparar licores que nadie pudiera usar, solo para entretenerse con la variedad de su color y su transparencia, cuando con menos trabajo y gasto podría remediar la necesidad de los que no tienen nada que beber?

Y, sin embargo, estaría tan sabiamente empleado como los que se entretienen con labores tan prolijas que ni las necesitan ni apenas saben cómo usarlas una vez terminadas, cuando con menos trabajo y gasto podrían hacer tanto bien como el que viste al desnudo o visita al enfermo.

Alegraos, pues, de conocer las necesidades de la gente más pobre, y que vuestras manos se empleen en hacer para ellos las cosas humildes y ordinarias que su necesidad requiera. Al hacer así de vuestro trabajo un don y un servicio a los pobres, vuestra labor ordinaria se convertirá en un servicio santo y será tan agradable a Dios como vuestras devociones.

Y como la caridad es la mayor de todas las virtudes, como siempre fue la disposición principal de los más grandes santos, así nada puede hacer vuestra propia caridad más amable a los ojos de Dios que este método de añadirle vuestro trabajo.

La humildad de este empleo os será también tan provechosa como su caridad. Os guardará de todo pensamiento vano y orgulloso acerca de vuestra posición y distinción en la vida, y de tratar a los pobres como criaturas de una especie diferente. Al acostumbraros a este trabajo y servicio en favor de los pobres, como representantes de Jesucristo, pronto hallaréis vuestro corazón ablandado en la mayor mansedumbre y humildad hacia ellos. Reverenciaréis su estado y condición, tendréis por honra servirles, y nunca estaréis tan contentas de vosotras mismas como cuando estéis empleadas con mayor humildad en su servicio.

Esto os hará verdaderas discípulas de vuestro manso Señor y Maestro, que vino al mundo no para ser servido, sino para servir; y aunque era Señor de todo, y estaba entre las criaturas que él mismo había hecho, estuvo entre ellas como el que sirve.

El cristianismo ha producido sus efectos más gloriosos en vuestro corazón cuando ha cambiado así vuestro espíritu, ha quitado de vosotras toda la soberbia de la vida y os ha hecho deleitaros en humillaros por debajo del más bajo de todos vuestros semejantes.

Vivid, pues, hijas mías, como habéis comenzado vuestra vida, en trabajo humilde por el bien de los demás; y que las visitas de cumplido y las amistades vanas ocupen tan poco de vuestro tiempo como os sea posible. No contraigáis amistades necias ni apegos vanos a personas particulares; amad más bien a quienes más vuelven vuestro amor hacia Dios y vuestra compasión hacia todo el mundo.

Pero, sobre todo, evitad la compañía de petimetres y galanes de fina crianza, y no aborrezcáis nada tanto como la conversación ociosa, las lisonjas y los cumplidos de esa clase de hombres; porque son la vergüenza de su propio sexo y deberían ser la abominación del nuestro.

Cuando salgáis, que la humildad, la modestia y un porte decoroso sean toda la pompa de que os revistáis; y que la ternura, la compasión y la bondad sean toda la fina crianza que mostréis en cualquier lugar.

Si la maledicencia, el escándalo o la murmuración son la conversación del lugar donde os halléis, guardad para vosotras vuestro corazón y vuestra lengua: entristeceos tanto como si estuvierais entre maldiciones y juramentos, y retiraos tan pronto como podáis.

Aunque penséis casaros, que no llegue nunca ese momento hasta que halléis un hombre que tenga aquellas perfecciones por las que vosotras mismas os habéis esforzado; que probablemente sea amigo de todas vuestras virtudes, y con quien sea mejor vivir que carecer del beneficio de su ejemplo.

Amad la pobreza y reverenciad a los pobres; por muchas razones, y en particular por esta: porque nuestro bendito Salvador fue uno de ellos, y porque podéis hacer de todos ellos otros tantos amigos e intercesores vuestros ante Dios.

Visitadlos y conversad con ellos a menudo; con frecuencia hallaréis entre ellos sencillez, inocencia, paciencia, fortaleza y gran piedad; y donde no sea así, vuestro buen ejemplo podrá enmendarlos.

Regocijaos en toda ocasión de hacer una acción humilde y de ejercitar la mansedumbre de vuestro ánimo, ya sea, como lo expresa la Escritura, lavando los pies de los santos, es decir, atendiendo y sirviendo a los que están por debajo de vosotras, o soportando la altivez y los malos modales de los que son vuestros iguales o están por encima de vosotras. Porque no hay nada mejor que la humildad; es el suelo fértil de todas las virtudes, y todo lo que es bondadoso y bueno crece naturalmente de ella.

Por tanto, hijas mías, orad por la humildad y practicadla, y rechazad todo lo que, en el vestido, en el porte o en la conversación, tenga alguna apariencia de orgullo.

Esforzaos por hacer todo lo que es digno de alabanza, pero no hagáis nada para ser alabadas; ni penséis en recompensa alguna por todos vuestros trabajos de amor y vuestras virtudes hasta que Cristo venga con todos sus santos ángeles.

Y sobre todo, hijas mías, guardaos de pensamientos vanos y orgullosos acerca de vuestras propias virtudes. Porque, en cuanto las personas viven de manera diferente del camino común del mundo y desprecian sus vanidades, el diablo les pone ante la mente la altura de sus propias perfecciones; y se contenta con que sobresalgan en buenas obras, con tal de poder hacer que se enorgullezcan de ellas.

Vigilad, por tanto, vuestras virtudes con ojo celoso, y rechazad todo pensamiento vano como rechazaríais la imaginación más perversa; y pensad qué pérdida sería para vosotras que el fruto de todas vuestras buenas obras fuera devorado por la vanidad de vuestra propia mente.

Nunca os permitáis, pues, despreciar a quienes no siguen vuestras reglas de vida, sino obligad a vuestro corazón a amarlos y orad a Dios por ellos; y que la humildad os esté siempre susurrando al oído que vosotras mismas abandonaríais mañana esas reglas si Dios os dejara a vuestra propia fuerza y sabiduría.

Por tanto, cuando hayáis pasado bien días y semanas, no permitáis que vuestro corazón contemple nada como propio, sino dad toda la gloria a la bondad de Dios, que os ha llevado a través de tales reglas de vida santa como no erais capaces de observar por vuestra propia fuerza; y cuidad de comenzar el día siguiente, no como aventajadas en la virtud, capaces de grandes cosas, sino como pobres principiantes que necesitan la ayuda diaria de Dios para librarse de los pecados más groseros.

Vuestro querido padre era un hombre humilde, vigilante, piadoso y sabio. Mientras su enfermedad le permitió hablar conmigo, su conversación giró principalmente en torno a vuestra educación. Conocía los beneficios de la humildad, veía las ruinas que el orgullo causaba en nuestro sexo; y por eso me conjuró, con las expresiones más tiernas, a que renunciara a las maneras de moda de educar a las hijas en el orgullo y la molicie, en el cuidado de su belleza y de su vestido, y a que os criara a todas en las formas más llanas y sencillas de una vida humilde, santa y laboriosa.

Me enseñó una admirable regla de humildad, que practicó todos los días de su vida, y que era esta: no dejar pasar ninguna mañana sin pensar en alguna fragilidad y flaqueza nuestra que pueda llenarnos de confusión, hacernos sonrojar interiormente y llevarnos a tener una opinión humilde de nosotros mismos.

Pensad, pues, hijas mías, que el alma de vuestro buen padre, que ahora está con Dios, os habla por mi boca; y que el doble deseo de vuestro padre, que se ha ido, y de mí, que estoy con vosotras, os mueva a amar a Dios, a procurar vuestra propia perfección, a practicar la humildad y, con trabajo inocente y caridad, a hacer todo el bien que podáis a todos vuestros semejantes, hasta que Dios os llame a otra vida.

Así educaba la piadosa viuda a sus hijas.

El espíritu de esta educación habla tan claramente por sí mismo que espero no tener que decir nada para justificarlo. Si pudiéramos verlo en la vida, tanto como leerlo en los libros, el mundo hallaría pronto sus felices efectos.

Una hija educada así sería una bendición para cualquier familia a la que llegara; una compañera adecuada para un hombre sabio, a quien haría feliz en el gobierno de su familia y en la educación de sus hijos.

Y la que no se inclinara al matrimonio, o no pudiera colocarse bien en él, sabría vivir para fines grandes y excelentes en el estado de virginidad.

Un conocimiento muy común del espíritu del cristianismo parece bastar para convencernos de que ninguna educación puede ser de verdadero provecho para las jóvenes sino aquella que las forma en una laboriosidad humilde, en una gran llaneza de vida, en una modestia exacta en el vestir, en los modales y en el porte, y en una devoción estricta. Porque ¿qué debería ser una mujer cristiana sino una criatura sencilla, sin afectación, modesta y humilde, contraria a todo lo que en su vestido y en su porte pueda atraer los ojos de quienes la miran o halagar las pasiones de personas lascivas y enamoradizas?

¡Cuán extraño al evangelio ha de ser quien no sepa que este es el espíritu que exige de una mujer piadosa!

Nuestro bendito Salvador dice: «Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón». [Mateo 5:28]

¿Hace falta condenar con más fuerza que con estas palabras una educación que vuelve la mente de las mujeres hacia las artes y los adornos del vestido y de la belleza? Porque, sin duda, si el ojo es traicionado con tanta facilidad y con tanto peligro, queda suficientemente condenado todo artificio y todo adorno que por su naturaleza tiende a traicionarlo.

¿Y qué puede una mujer piadosa aborrecer y evitar con más justicia que aquello que hace de su persona un lazo y una tentación mayor para otras personas? Si la lujuria y los ojos lascivos son la muerte del alma, ¿pueden tenerse por inocentes las mujeres que, con el pecho descubierto, lunares postizos y todo adorno del vestido, invitan al ojo a pecar?

Y así como no hay pretexto de inocencia en tal conducta, tampoco pueden saber cómo poner límites a su culpa. Porque, como nunca pueden saber cuánto ni cuán a menudo han sido ocasión de pecado para otros, tampoco pueden saber nunca cuánta culpa se cargará a su propia cuenta.

Esto, pensaría uno, debería bastar para apartar a toda mujer piadosa de todo lo que pudiera convertirla en ocasión de pasiones desordenadas en otras personas.

San Pablo, hablando de una cosa enteramente inocente, razona de esta manera: «Mas mirad que esta vuestra libertad no sea tropezadero a los que son débiles . . . Y por tu ciencia se perderá el hermano débil por el cual Cristo murió. De esta manera, pues, pecando contra los hermanos, e hiriendo su débil conciencia, contra Cristo pecáis. Por lo cual, si la comida es a mi hermano ocasión de caer, jamás comeré carne, por no escandalizar a mi hermano». [1 Corintios 8:11-13]

Ahora bien, si este es el espíritu del cristianismo; si nos exige abstenernos de cosas así lícitas, inocentes y útiles cuando hay algún peligro de arrastrar con ellas a nuestros hermanos débiles a algún error, sin duda no puede tenerse por un punto de conciencia demasiado escrupuloso o innecesario que las mujeres eviten cosas que no son inocentes ni útiles, sino que por su naturaleza tienden a corromper su propio corazón y a despertar malas pasiones en otras personas.

Sin duda toda mujer de piedad cristiana debería decir, con el espíritu del apóstol: si los lunares postizos y los afeites, o cualquier adorno vano de mi persona, son un medio natural de hacer caer a ojos débiles e incautos, renunciaré a todas estas artes mientras viva, por no escandalizar a mis semejantes.

Dejaré ahora este tema de la humildad, habiendo dicho bastante, según espero, para recomendarte la necesidad de hacer de ella el tema constante y principal de tu devoción a esta hora de oración.

He considerado la naturaleza y la necesidad de la humildad y su gran importancia para una vida religiosa. Te he mostrado cuántas dificultades se levantan contra ella a partir de nuestras disposiciones naturales, del espíritu del mundo y de la educación común de ambos sexos.

Estas consideraciones te enseñarán, espero, a formular tus oraciones por ella con el mayor provecho, y te mostrarán la necesidad de no dejar pasar ningún día sin acudir a Dios con seriedad y fervor pidiéndole todo el espíritu de la humildad: suplicándole fervientemente que llene de ella cada parte de tu alma, que la haga el hábito constante y dominante de tu mente, para que no solo la sientas, sino que sientas que todas tus demás disposiciones nacen de ella; para que no tengas pensamientos, deseos ni propósitos que no sean verdaderos frutos de un corazón humilde, manso y sencillo.

Que siempre te parezcas pobre, pequeño y bajo a tus propios ojos, y estés plenamente contento de que los demás tengan de ti la misma opinión.

Que todo el curso de tu vida, tus gastos, tu casa, tu vestido, tu manera de comer, beber, conversar y hacerlo todo, sean otras tantas pruebas continuas de la verdadera y sincera humildad de tu corazón.

Que no esperes nada, no reclames nada, no te ofendas por nada; que pases por todas las acciones y accidentes de la vida con calma y sosiego, como en la presencia de Dios, mirando enteramente a él, obrando enteramente para él: sin buscar el aplauso vano ni ofenderte por el desaire o las afrentas, sino haciéndolo y recibiéndolo todo con el espíritu manso y humilde de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

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