Capítulo 18 · 28 min de lectura · 36 min de escucha
Se muestra cómo la educación que los hombres reciben generalmente en su juventud hace difícil la práctica de las doctrinas de la humildad. El espíritu de una educación mejor, representado en el carácter de Paternus
OTRA dificultad en la práctica de la humildad nace de nuestra educación. Todos nosotros, en su mayor parte, somos educados de un modo corrompido, y luego se nos envía a seguir nuestro camino en un mundo corrompido; de modo que no es de extrañar que se vean tan rara vez ejemplos de gran piedad.
Gran parte del mundo se pierde por haber nacido y haberse criado en familias que no tienen religión, donde se vuelven viciosos y desordenados por parecerse a aquellos con quienes vivieron primero.
Pero no es esto lo que ahora quiero decir; la educación a la que aquí me refiero es la que los niños reciben generalmente de padres virtuosos y sobrios, y de preceptores y ayos doctos.
Si hubiéramos permanecido perfectos, como Dios creó al primer hombre, quizá la perfección de nuestra naturaleza habría bastado a cada uno como instrucción de sí mismo. Pero así como la enfermedad y los males han creado la necesidad de medicinas y de médicos, así el cambio y el desorden de nuestra naturaleza racional han introducido la necesidad de la educación y de los preceptores.
Y así como el único fin del médico es devolver la naturaleza a su propio estado, así el único fin de la educación es devolver nuestra naturaleza racional a su estado propio. La educación, por tanto, ha de considerarse como una razón tomada de segunda mano, que ha de suplir, en cuanto pueda, la pérdida de la perfección original. Y así como la medicina puede llamarse con justicia el arte de restaurar la salud, así la educación no debería considerarse bajo otra luz que como el arte de devolver al hombre el uso de su razón.
Ahora bien, así como la enseñanza de todo arte o ciencia se funda en los descubrimientos, la sabiduría, la experiencia y las máximas de los diversos grandes hombres que han trabajado en ella, así la sabiduría humana, o el recto uso de nuestra razón, al que los jóvenes deberían ser llamados por su educación, no es otra cosa que la mejor experiencia y los más finos razonamientos de los hombres que se han consagrado al estudio de la sabiduría y al perfeccionamiento de la naturaleza humana.
Todo, pues, lo que los grandes santos y los hombres moribundos, cuando estaban más llenos de luz y de convicción y después del más alto perfeccionamiento de su razón, todo lo que han dicho de la necesidad de la piedad, de la excelencia de la virtud, de su deber para con Dios, del vacío de las riquezas, de la vanidad del mundo; todas las sentencias, juicios, razonamientos y máximas de los más sabios filósofos, cuando estaban en su más alto estado de sabiduría, deberían constituir las lecciones comunes de enseñanza para las mentes juveniles.
Este es el único modo de hacer que la parte joven e ignorante del mundo saque provecho de la sabiduría y el conocimiento de los sabios y los ancianos.
Una educación que no esté enteramente dedicada a esto se aparta tanto de su fin como un arte de la medicina que tuviera poca o ninguna consideración por el restablecimiento de la salud.
Los jóvenes que acudían a Pitágoras, Sócrates, Platón y Epicteto eran educados así. Sus lecciones e instrucciones de cada día eran otras tantas lecturas sobre la naturaleza del hombre, su verdadero fin y el recto uso de sus facultades; sobre la inmortalidad del alma, su relación con Dios, la belleza de la virtud y su conformidad con la naturaleza divina; sobre la dignidad de la razón, la necesidad de la templanza, la fortaleza y la generosidad, y la vergüenza y la locura de complacer nuestras pasiones.
Ahora bien, puesto que el cristianismo ha creado de nuevo, por así decirlo, el mundo moral y religioso, y ha puesto bajo su verdadera luz todo lo que es razonable, sabio, santo y deseable, cabría esperar que la educación de la juventud hubiera sido tan mejorada y enmendada por el cristianismo como lo han sido por él la fe y las doctrinas de la religión.
Puesto que ha introducido un estado de cosas tan nuevo, y nos ha informado tan plenamente de la naturaleza del hombre, de los fines de su creación y del estado de su condición; puesto que ha fijado todos nuestros bienes y nuestros males, y nos ha enseñado los medios de purificar nuestras almas, agradar a Dios y llegar a ser eternamente felices, uno podría suponer naturalmente que todo país cristiano abundaría en escuelas destinadas a enseñar no solo unas pocas preguntas y respuestas de un catecismo, sino a formar, educar y ejercitar a la juventud en un curso exterior de vida como el que exigen los más altos preceptos, las reglas más estrictas y las doctrinas más sublimes del cristianismo.
Una educación bajo Pitágoras o Sócrates no tenía otro fin que enseñarte a pensar, juzgar, obrar y seguir las reglas de vida que seguían Pitágoras y Sócrates.
¿Y no es igual de razonable suponer que una educación cristiana no debería tener otro fin que enseñar a la juventud a pensar, juzgar, obrar y vivir según las leyes más estrictas del cristianismo?
Al menos, cabría suponer que, en todas las escuelas cristianas, enseñar a la juventud a comenzar su vida en el espíritu del cristianismo, con la severidad de conducta, la abstinencia, la sobriedad, la humildad y la devoción que el cristianismo exige, debería atenderse no solo más, sino cien veces más que cualquier otra cosa, o que todas las demás juntas.
Porque nuestra educación debería imitar a nuestros ángeles custodios: no sugerir a nuestra mente nada que no sea sabio y santo, y ayudarnos a descubrir y someter toda pasión vana de nuestro corazón y todo juicio falso de nuestra mente.
Y es tan sensato y tan razonable esperar y exigir todo este beneficio de una educación cristiana como exigir que la medicina fortalezca todo lo que está sano en nuestra naturaleza y elimine lo que está achacoso y enfermo.
Pero, ¡ay!, nuestra educación moderna no es de esta clase.
La primera disposición que tratamos de despertar en los niños es el orgullo, una pasión tan peligrosa como la lujuria. Los incitamos a tener pensamientos vanos de sí mismos, y hacemos todo lo que podemos por hinchar su mente con el sentimiento de sus propias capacidades.
Cualquiera que sea el género de vida al que los destinamos, apelamos al fuego y a la vanidad de su mente, y los exhortamos a todo por motivos corrompidos. Los movemos a la acción por principios de rivalidad y ambición, por la gloria, la envidia y el deseo de distinguirse, para que sobresalgan por encima de los demás y brillen a los ojos del mundo.
Les repetimos e inculcamos estos motivos hasta que piensan que forma parte de su deber ser orgullosos, envidiosos y vanagloriosos de sus propias dotes.
Y cuando les hemos enseñado a desdeñar que nadie los aventaje, a no soportar ningún rival, a tener sed de toda muestra de aplauso, a no contentarse con nada que no sean las más altas distinciones, entonces empezamos a sentirnos satisfechos de ellos y a prometer al mundo grandes cosas de unos jóvenes de espíritu tan glorioso.
Si los niños están destinados a las sagradas órdenes, les ponemos delante a algún orador eminente cuya hermosa predicación lo ha hecho la admiración de su tiempo y lo ha llevado a través de todas las dignidades y prebendas de la Iglesia.
Los animamos a tener estos honores a la vista y a esperar de ellos la recompensa de sus estudios.
Si el joven está destinado al comercio, le decimos que mire a todos los hombres ricos de ese mismo oficio y considere cuántos van ahora en sus suntuosos coches habiendo comenzado en la misma condición humilde en que él comienza ahora. Despertamos su ambición, y procuramos dar a su mente la orientación debida diciéndole a menudo cuán rico murió tal o cual comerciante.
Si ha de ser abogado, entonces le ponemos delante de los ojos a grandes letrados, lores, jueces y cancilleres. Le decimos qué grandes honorarios y qué gran aplauso acompañan a un alegato elocuente. Lo exhortamos a inflamarse con estas cosas, a despertar en sí un espíritu de emulación y a no contentarse con nada menos que los más altos honores de la toga.
Que esta es la naturaleza de nuestra mejor educación es demasiado evidente para necesitar prueba alguna; y creo que hay pocos padres que no se alegrarían de ver que se dieran cada día estas instrucciones a sus hijos.
Y después de todo esto, nos quejamos de los efectos del orgullo; nos asombra ver a hombres hechos y derechos movidos y gobernados por la ambición, la envidia, el desprecio y el deseo de gloria, sin considerar que durante todo el tiempo de su juventud se los llamó a toda su actividad y su diligencia sobre esos mismos principios.
Enseñas a un niño a desdeñar que lo aventajen, a tener sed de distinción y de aplauso; ¿y es de extrañar que siga obrando de la misma manera toda su vida?
Ahora bien, si un joven ha de ser alguna vez cristiano hasta el punto de gobernar su corazón por las doctrinas de la humildad, quisiera yo saber en qué momento ha de comenzar a hacerlo; o, si ha de comenzarlo alguna vez, ¿por qué lo educamos en disposiciones enteramente contrarias a ella?
¡Qué árida y pobre debe sonar la doctrina de la humildad a un joven al que se ha espoleado en toda su diligencia con la ambición, la envidia, la emulación y el deseo de gloria y distinción! Y si no ha de obrar por estos principios cuando sea hombre, ¿por qué lo llamamos a obrar por ellos en su juventud?
Todo el mundo reconoce que la envidia es la pasión más mezquina, vil y perversa que puede entrar en el corazón del hombre.
¿Y es esta una disposición que deba infundirse, alimentarse y afianzarse en la mente de los jóvenes?
Sé que se dice que no es la envidia, sino la emulación, lo que se pretende despertar en la mente de los jóvenes.
Pero eso se dice en vano. Porque cuando a los niños se les enseña a no soportar ningún rival y a desdeñar que nadie de su edad los aventaje, se les enseña clara y directamente a ser envidiosos. Porque es imposible que nadie tenga este desdén por ser aventajado y esta pugna con sus rivales sin arder de envidia contra todos aquellos que parecen superarlo u obtener alguna distinción por encima de él. De modo que lo que se enseña a los niños es pura envidia, solo encubierta con un nombre de sonido menos odioso.
En segundo lugar, si la envidia es así, por confesión de todos, mala, y lo único que se procura despertar en los niños es la emulación, sin duda debería ponerse gran cuidado en que los niños sepan distinguir la una de la otra, para que aborrezcan la una como un gran crimen mientras dan entrada en su mente a la otra.
Pero si se intentara esto, la sutileza de la distinción entre la envidia y la emulación mostraría que era más fácil dividirlas con palabras que separarlas en la acción.
Porque la emulación, cuando se define de la mejor manera, no es otra cosa que un refinamiento de la envidia, o más bien la parte más aceptable en apariencia de esa pasión negra y venenosa.
Y aunque es fácil separarlas en el concepto, el filósofo más agudo, por bien que entienda el arte de distinguir, si se entrega a la emulación se hallará ciertamente hundido en la envidia.
Porque la envidia no es una disposición original, sino el efecto natural, necesario e inevitable de la emulación, o del deseo de gloria.
De modo que el que afianza la una en la mente de las personas fija en ella necesariamente la otra. Y no hay otro modo posible de destruir la envidia sino destruyendo la emulación, o el deseo de gloria. Porque la una sube y baja siempre en proporción a la otra.
Sé que se dice en defensa de este método de educación que la ambición y el deseo de gloria son necesarios para incitar a los jóvenes a la diligencia; y que, si les inculcáramos las doctrinas de la humildad, abatiríamos su ánimo y los hundiríamos en la torpeza y la ociosidad.
Pero quienes dicen esto no consideran que esta razón, si tiene alguna fuerza, vale exactamente igual contra el inculcar las doctrinas de la humildad a los hombres hechos, no sea que abatamos su ánimo y los hundamos en la torpeza y la ociosidad.
Porque ¿quién no ve que los hombres de mediana edad necesitan tanto la ayuda del orgullo, la ambición y la vanagloria para espolearlos a la acción y a la diligencia como los niños? Y es muy cierto que los preceptos de la humildad son más contrarios a los designios de tales hombres, y más penosos para su mente cuando se les inculcan, que para la mente de los jóvenes.
Esta razón, por tanto, que se da para que los niños no sean educados en los principios de la verdadera humildad, es igual de buena para que esa misma humildad nunca se exija a los hombres hechos.
En tercer lugar, que las personas que piensan que los niños se echarían a perder si no fueran educados así consideren esto:
¿Podrían pensar que, si algunos niños hubieran sido educados por nuestro bendito Señor o por sus santos apóstoles, su mente se habría hundido en la torpeza y la ociosidad?
¿O podrían pensar que tales niños no habrían sido educados en los principios más profundos de una humildad estricta y verdadera? ¿Pueden decir que nuestro bendito Señor, que fue el Hombre más manso y humilde que jamás hubo sobre la tierra, se vio impedido por su humildad de ser el mayor ejemplo de acciones dignas y gloriosas que jamás realizó hombre alguno?
¿Pueden decir que sus apóstoles, que vivieron en el espíritu humilde de su Maestro, dejaron por ello de ser instrumentos laboriosos y activos para hacer el bien a todo el mundo?
Unas pocas reflexiones como estas bastan para poner en evidencia todos los pobres pretextos en favor de una educación en el orgullo y la ambición.
Paternus vivió hace unos doscientos años; no tenía más que un hijo, al que educó él mismo en su propia casa. Estando sentados juntos en el jardín, cuando el niño tenía diez años, Paternus comenzó a hablarle así:
El poco tiempo que llevas en el mundo, hijo mío, lo has pasado enteramente conmigo; y mi amor y mi ternura hacia ti te han hecho mirarme como a tu único amigo y bienhechor, y como la causa de todo el consuelo y el placer de que disfrutas; tu corazón, lo sé, estaría a punto de romperse de dolor si pensaras que este es el último día que he de vivir contigo.
Pero, hijo mío, aunque ahora te creas muy dichoso porque tienes asida mi mano, estás ahora en las manos y bajo el tierno cuidado de un Padre y Amigo mucho más grande que yo, cuyo amor por ti es mucho mayor que el mío y de quien recibes bendiciones tales como ningún mortal puede dar.
Ese Dios a quien me has visto adorar cada día, a quien invoco cada día para que te bendiga a ti, a mí y a toda la humanidad, cuyos actos maravillosos están registrados en esas Escrituras que lees constantemente; ese Dios que creó los cielos y la tierra, que trajo un diluvio sobre el mundo entero, que salvó a Noé en el arca, que fue el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, a quien Job bendijo y alabó en las mayores aflicciones, que libró a los israelitas de las manos de los egipcios, que fue el Protector del justo José, de Moisés, de Josué y del santo Daniel, que envió tantos profetas al mundo, que envió a su Hijo Jesucristo para redimir a la humanidad; este Dios, que ha hecho todas estas grandes cosas, que ha creado tantos millones de hombres que vivieron y murieron antes de que tú nacieras, con quien viven ahora los espíritus de los hombres buenos que han partido de esta vida, a quien adoran ahora en el cielo innumerables ángeles; este gran Dios, que es el Creador de los mundos, de los ángeles y de los hombres, es tu Padre y Amigo amoroso, tu buen Creador y Sustentador, de quien, y no de mí, recibiste tu ser hace diez años, en el tiempo en que planté aquel pequeño y tierno olmo que ves allí.
Yo mismo no tengo la mitad de los años de esta encina frondosa bajo la cual estamos sentados; muchos de nuestros padres se han sentado bajo sus ramas, y todos nosotros, cada uno a su turno, la hemos llamado nuestra, aunque ella sigue en pie y deja caer a sus dueños como deja caer sus hojas.
Ves, hijo mío, este ancho y extenso firmamento sobre nuestras cabezas, donde aparecen por turno el sol y la luna y todas las estrellas. Si fueras llevado a cualquiera de esos cuerpos, a esa enorme distancia de nosotros, aún descubrirías otros tan por encima de ti como las estrellas que ves desde aquí están por encima de la tierra. Si fueras hacia arriba o hacia abajo, al oriente o al occidente, al norte o al sur, hallarías la misma altura sin cumbre alguna y la misma profundidad sin fondo alguno.
Y sin embargo, hijo mío, tan grande es Dios que todos esos cuerpos juntos no son más que un grano de arena ante sus ojos. Y aun así tú eres tan objeto del cuidado de este gran Dios y Padre de todos los mundos y de todos los espíritus como si él no tuviera más hijo que tú, o como si no hubiera otra criatura que amar y proteger sino tú solo. Él tiene contados los cabellos de tu cabeza, vela sobre ti dormido y despierto, y te ha preservado de mil peligros de los que ni tú ni yo sabemos nada.
Cuán pobre es mi poder y cuán poco puedo hacer por ti, lo has visto muchas veces. Tu reciente enfermedad te ha mostrado cuán poco podía yo hacer por ti en aquel estado; y los frecuentes dolores de cabeza que padeces son pruebas claras de que no tengo poder para quitártelos.
Puedo traerte alimento y medicinas, pero no tengo poder para convertirlos en tu alivio y tu sustento. Solo Dios puede hacer esto por ti.
Por tanto, hijo mío, teme, adora y ama a Dios. Tus ojos, en verdad, todavía no pueden verlo. Pero todas las cosas que ves son otras tantas señales de su poder y de su presencia, y él está más cerca de ti que cualquier cosa que puedas ver.
Tómalo por tu Señor, tu Padre y tu Amigo; míralo como la fuente y la causa de todo el bien que has recibido por mis manos, y reverénciame a mí solo como portador y ministro de los bienes de Dios para contigo. Y aquel que bendijo a mi padre antes de que yo naciera te bendecirá a ti cuando yo haya muerto.
Tu juventud y tu pequeño entendimiento solo conocen todavía a mi familia, y por eso piensas que fuera de ella no hay felicidad.
Pero, hijo mío, tú perteneces a una familia mayor que la mía; eres un joven miembro de la familia de este Padre todopoderoso de todas las naciones, que ha creado infinitos órdenes de ángeles e innumerables generaciones de hombres para que sean miembros de una sola y misma sociedad en el cielo.
Haces bien en reverenciar y obedecer mi autoridad, porque Dios me ha dado poder sobre ti para criarte en su temor y para hacer por ti lo que hicieron por sus hijos los santos padres de quienes habla la Escritura, que ahora están en reposo y en paz con Dios.
Dentro de poco tiempo moriré y te dejaré a Dios y a ti mismo; y, si Dios perdona mis pecados, iré a su Hijo Jesucristo y viviré entre patriarcas y profetas, santos y mártires, donde rogaré por ti y esperaré que llegues a salvo al mismo lugar.
Por tanto, hijo mío, medita en estas grandes cosas, y tu alma pronto se hará grande y noble meditando así en ellas.
Que tus pensamientos dejen a menudo estos jardines, estos campos y granjas, para contemplar a Dios y el cielo, para considerar a los ángeles y los espíritus de los hombres buenos que viven en la luz y en la gloria.
Así como te has acostumbrado a mirarme a mí en todas tus acciones y has temido hacer cosa alguna sin conocer primero mi voluntad, que sea ahora regla de tu vida mirar a Dios en todas tus acciones, hacerlo todo en su temor y abstenerte de todo lo que no sea conforme a su voluntad.
Tenlo siempre presente en tu mente; enseña a tus pensamientos a reverenciarlo en todo lugar, porque no hay lugar donde él no esté.
Dios lleva un libro de la vida, en el que están escritas todas las acciones de todos los hombres; tu nombre está allí, hijo mío; y cuando mueras, ese libro será abierto ante los hombres y los ángeles, y, según se hallen allí tus acciones, o serás recibido en la felicidad de aquellos santos varones que murieron antes que tú, o serás desechado entre los espíritus malvados, que nunca más han de ver a Dios.
No olvides nunca este libro, hijo mío, porque está escrito, ha de ser abierto, tú has de verlo y por él has de ser juzgado. Esfuérzate, pues, por llenarlo de buenas obras, para que la escritura de la mano de Dios no aparezca contra ti.
Dios, hijo mío, es todo amor, sabiduría y bondad; y todo lo que ha hecho y toda acción que realiza es efecto de todos ellos. Por tanto, no puedes agradar a Dios sino en la medida en que te esfuerces por andar en amor, sabiduría y bondad. Como toda sabiduría, amor y bondad proceden de Dios, así nada sino el amor, la sabiduría y la bondad puede conducir a Dios.
Cuando amas lo que Dios ama, obras con él, te unes a él; y cuando amas lo que a él le desagrada, entonces te le opones y te separas de él. Este es el camino verdadero y recto: piensa en lo que Dios ama, y ámalo tú con todo tu corazón.
Ante todo, hijo mío, adora y venera a Dios, piensa en él con grandeza, habla de él con reverencia, engrandece su providencia, adora su poder, frecuenta su culto y ora a él con frecuencia y constancia.
Después de esto, ama a tu prójimo, que es todo el género humano, con la misma ternura y afecto con que te amas a ti mismo. Piensa cómo ama Dios a todos los hombres, cuán misericordioso es con ellos, cuán tierno con ellos, con cuánto cuidado los preserva; y luego esfuérzate por amar al mundo como Dios lo ama.
Dios quiere que todos los hombres sean felices; por tanto, quiere y desea tú lo mismo. Todos los hombres son grandes muestras del amor divino; que todos los hombres sean, pues, muestras de tu amor.
Pero sobre todo, hijo mío, fíjate en esto: nunca hagas nada por contienda, ni por envidia, ni por emulación, ni por vanagloria. Nunca hagas nada con el fin de sobresalir sobre los demás, sino con el fin de agradar a Dios, y porque es su voluntad que lo hagas todo de la mejor manera que puedas.
Porque, si alguna vez llega a darte placer sobresalir sobre los demás, poco a poco llegará a darte placer ver que los demás no son tan buenos como tú.
Destierra, por tanto, todo pensamiento de orgullo propio y de distinción propia, y acostúmbrate a regocijarte en todas las excelencias y perfecciones de tus semejantes, y a alegrarte tanto de ver cualquiera de sus buenas acciones como de ver las tuyas.
Porque, así como Dios se complace tanto en sus buenas obras como en las tuyas, así debes tú desear que todo lo que es sabio, santo y bueno sea hecho por los demás de una manera tan elevada como por ti mismo.
Que este sea, pues, tu único motivo y estímulo para todas las buenas acciones, para el trabajo honrado y los negocios: hacerlo todo de la manera más perfecta y excelente que puedas, por esta sola razón, porque agrada a Dios, que desea tu perfección y escribe todas tus acciones en un libro. Cuando yo haya muerto, hijo mío, serás dueño de toda mi hacienda, que será mucho más de lo que requieren las necesidades de una familia. Por tanto, así como has de ser caritativo con las almas de los hombres y desearles la misma felicidad que a ti en el cielo, sé también caritativo con sus cuerpos, y procura hacerlos tan felices como tú en la tierra.
Así como Dios ha creado todas las cosas para el bien común de todos los hombres, que la parte de ellas que te ha tocado en suerte se emplee, como Dios quiere que todo se emplee, para el bien común de todos.
Haz el bien, hijo mío, ante todo a quienes más lo merecen; pero acuérdate de hacer el bien a todos. Los mayores pecadores reciben a diario muestras de la bondad de Dios para con ellos; él los alimenta y los preserva para que se arrepientan y vuelvan a él: imita tú, pues, a Dios, y no tengas a nadie por demasiado malo para recibir tu socorro y tu bondad cuando veas que lo necesita.
Te estoy enseñando latín y griego, no para que desees ser un gran crítico, un poeta refinado o un orador elocuente; no quisiera que tu corazón sintiera ninguno de esos deseos, porque el deseo de tales talentos es una vanidad de la mente, y quienes los dominan son por lo general hombres vanos. Pues el deseo de cualquier cosa que no sea un bien verdadero disminuye la aplicación de la mente a lo que sí lo es.
Pero te enseño estas lenguas para que, a su debido tiempo, puedas indagar en la historia de las edades pasadas y aprender los caminos de la providencia de Dios sobre el mundo; para que, leyendo los escritos de los antiguos sabios, veas cómo la sabiduría y la virtud han sido la alabanza de los grandes hombres de todas las épocas, y fortalezcas tu mente con sus sabias sentencias.
Que la verdad y la llaneza sean, pues, el único adorno de tu lenguaje, y no estudies otra cosa que cómo pensar de todas las cosas según lo que merecen, escoger en todo lo mejor, vivir conforme a la razón y al orden, y obrar en cada parte de tu vida en conformidad con la voluntad de Dios.
Estudia cómo llenar tu corazón del amor de Dios y del amor de tu prójimo, y conténtate luego con no ser más docto ni más refinado caballero de lo que esas disposiciones te hagan. Como la verdadera religión no es otra cosa que la naturaleza sencilla gobernada por la recta razón, así ama y exige una gran llaneza y sencillez de vida. Evita, por tanto, toda ostentación superflua de galas y de séquito, y que tu casa esté amueblada con sencillez, con comodidades moderadas. No consideres lo que tu hacienda puede permitirse, sino lo que la recta razón requiere.
Que tu vestido sea sobrio, limpio y modesto, no para realzar la belleza de tu persona, sino para declarar la sobriedad de tu mente, de modo que tu atuendo exterior se asemeje a la llaneza y sencillez interior de tu corazón. Porque es sumamente razonable que seas un solo hombre, todo de una pieza, y que aparezcas por fuera tal como eres por dentro.
En cuanto a tu comida y bebida, observa en ellas las reglas más estrictas de la templanza y la sobriedad cristianas; considera tu cuerpo solo como el siervo y ministro de tu alma, y aliméntalo solo de modo que pueda prestarle mejor un servicio humilde y obediente.
Pero, hijo mío, observa esto como cosa principalísima, que te recordaré mientras viva contigo:
Aborrece y desprecia toda gloria humana, porque no es otra cosa que necedad humana. Es la mayor trampa y el mayor traidor que puedas admitir en tu corazón.
Ama la humildad en todas sus manifestaciones; practícala en todas sus partes, porque es el estado más noble del alma del hombre; pondrá en orden tu corazón y tus afectos para con Dios, y te llenará de toda disposición tierna y afectuosa para con los hombres.
Que cada día sea, pues, un día de humildad; condesciende con todas las debilidades y flaquezas de tus semejantes, cubre sus fragilidades, ama sus excelencias, alienta sus virtudes, socorre sus necesidades, regocíjate en sus prosperidades, compadécete de su aflicción, recibe su amistad, pasa por alto su falta de bondad, perdona su malicia, sé siervo de siervos y condesciende a hacer los oficios más bajos para los más bajos de los hombres.
No aspires a nada sino a tu propia pureza y perfección, y no tengas otra ambición que la de hacerlo todo de una manera tan razonable y religiosa que puedas alegrarte de que Dios esté presente en todas partes y vea y observe todas tus acciones. La mayor prueba de la humildad es un comportamiento humilde con tus iguales en edad, hacienda y condición de vida. Vigila, pues, todos los movimientos de tu corazón hacia esas personas. Que todo tu trato con ellas esté gobernado por un amor sincero. No tengas deseo alguno de poner por debajo de ti a ninguno de tus iguales, ni enojo alguno contra los que quisieran ponerse por encima de ti. Si son orgullosos, padecen una enfermedad muy grave; ten, pues, de ellos una tierna compasión, y quizá tu mansedumbre sea ocasión de su curación. Pero si tu humildad no les hiciera ningún bien, será, sin embargo, el mayor bien que puedas hacerte a ti mismo.
Recuerda que no hay más que un hombre en el mundo con quien has de tener una contienda perpetua, esforzándote siempre por aventajarlo, y ese eres tú mismo.
El tiempo de practicar estos preceptos, hijo mío, pronto habrá pasado para ti; el mundo pronto se te escurrirá de las manos, o más bien tú pronto te escurrirás de él; parece que fue ayer cuando recibí de mi querido padre estas mismas instrucciones que ahora te dejo a ti. Y el Dios que me dio oídos para oír y corazón para recibir lo que mi padre me dijo te dará, así lo espero, gracia para amar y seguir las mismas instrucciones.
Así educaba Paternus a su hijo.
¿Puede alguien pensar ahora que una educación como esta debilitaría y abatiría el ánimo de los jóvenes y privaría al mundo de algún trabajo digno y razonable?
Tan lejos está de ello, que no hay nada tan apto para ennoblecer y elevar el ánimo y prepararlo para el ejercicio más heroico de todas las virtudes.
Porque ¿quién dirá que el amor de Dios, el deseo de agradarle, el amor al prójimo, el amor a la verdad, a la razón y a la virtud, la contemplación de la eternidad y de las recompensas de la piedad no son motivos más poderosos para las acciones grandes y buenas que un poco de incierta alabanza popular?
Por otra parte, no hay en realidad nada que debilite más el ánimo y lo reduzca a la bajeza y a la esclavitud, nada que lo haga menos dueño de sus propias acciones o menos capaz de seguir la razón, que el amor a la alabanza y a la honra.
Porque, como la alabanza y la honra se tributan a menudo a cosas y personas a quienes no se deben, y como por lo general lo más alabado y honrado es lo que más complace los caprichos, las modas y las disposiciones viciosas del mundo, el que obra movido por el deseo de alabanza y aplauso tiene que renunciar a todo otro principio; ha de decir que lo negro es blanco, poner lo amargo por dulce y lo dulce por amargo, y hacer las cosas más bajas y viles con tal de ser aplaudido.
Porque en un mundo corrompido como este, las acciones dignas solo pueden sostenerse por su propio mérito, ya que, en lugar de ser alabadas y honradas, son las más de las veces reprochadas y perseguidas.
De modo que educar a los niños en el motivo de la emulación o en el deseo de gloria, en un mundo donde la gloria misma es falsa y por lo común se otorga equivocadamente, es destruir la integridad y la fortaleza naturales de su ánimo y darles una inclinación que con más frecuencia los llevará a acciones bajas y viles que a acciones grandes y dignas.
Capítulo 18 completado
Se muestra cómo la educación que los hombres reciben generalmente en su juventud hace difícil la práctica de las doctrinas de la humildad. El espíritu de una educación mejor, representado en el carácter de Paternus