Capítulo 14 · 42 min de lectura · 54 min de escucha
Sobre aquella parte de la devoción que se refiere a los tiempos y horas de oración. De la oración diaria temprano por la mañana. Cómo hemos de mejorar nuestras formas de oración y cómo acrecentar el espíritu de devoción
HABIENDO MOSTRADO en los capítulos anteriores la necesidad de un espíritu devoto, o hábito de la mente, en cada parte de nuestra vida común, en el desempeño de todos nuestros negocios, en el uso de todos los dones de Dios, paso ahora a considerar aquella parte de la devoción que se refiere a los tiempos y horas de oración.
Doy por sentado que todo cristiano que goza de salud se levanta temprano por la mañana; porque es mucho más razonable suponer que una persona se levanta temprano por ser cristiana que por ser jornalero, o comerciante, o criado, o por tener negocios que la reclaman.
Naturalmente sentimos cierta aversión hacia un hombre que está en la cama cuando debería estar en su trabajo o en su tienda. No sabemos cómo pensar nada bueno de quien es tan esclavo de la somnolencia que descuida por ella sus negocios.
Que esto nos enseñe, pues, a concebir cuán odiosos hemos de parecer a la vista del cielo si estamos en la cama, encerrados en el sueño y la oscuridad, cuando deberíamos estar alabando a Dios, y somos tan esclavos de la somnolencia que descuidamos por ella nuestras devociones.
Porque si ha de ser censurado como un zángano perezoso el que prefiere la floja complacencia del sueño a cumplir con su parte debida de los negocios del mundo, ¡cuánto más ha de ser reprendido el que prefiere quedarse arropado en una cama antes que elevar su corazón a Dios en actos de alabanza y adoración!
La oración es el acercamiento más íntimo a Dios y el más alto goce de él de que somos capaces en esta vida.
Es el ejercicio más noble del alma, el uso más elevado de nuestras mejores facultades y la más alta imitación de los bienaventurados habitantes del cielo.
Cuando nuestro corazón está lleno de Dios, enviando santos deseos al trono de la gracia, estamos entonces en nuestro estado más alto, estamos en las cumbres más altas de la grandeza humana; no estamos ante reyes y príncipes, sino en la presencia y en la audiencia del Señor de todo el mundo, y no podemos estar más alto hasta que la muerte sea sorbida en gloria.
Por otra parte, el sueño es el refrigerio más pobre y más torpe del cuerpo, que tan lejos está de haber sido pensado como un goce, que nos vemos obligados a recibirlo, o en un estado de insensibilidad, o en la necedad de los sueños.
El sueño es un estado de existencia tan torpe y tan estúpido que, aun entre los meros animales, despreciamos más a los que son más dormilones.
Por tanto, quien prefiere alargar la perezosa complacencia del sueño antes que acudir temprano a sus devociones a Dios, prefiere el refrigerio más torpe del cuerpo antes que la ocupación más alta y más noble del alma; prefiere aquel estado que es un oprobio para los meros animales antes que aquel ejercicio que es la gloria de los ángeles.
Quizá digas que, aunque te levantas tarde, siempre cuidas de tus devociones cuando ya estás levantado.
Puede ser. ¿Pero qué importa? ¿Está bien que te levantes tarde porque oras cuando ya estás levantado?
¿Es perdonable desperdiciar gran parte del día en la cama porque algún tiempo después dices tus oraciones?
Es tan deber tuyo levantarte para orar como orar cuando te has levantado. Y si llegas tarde a tus oraciones, ofreces a Dios las oraciones de un adorador ocioso y perezoso, que se levanta a la oración como los criados ociosos se levantan a su trabajo.
Más aún: si te figuras que cuidas de tus devociones cuando estás levantado, aunque tengas la costumbre de levantarte tarde, te engañas a ti mismo, porque no puedes cumplir tus devociones como debes. Porque quien no puede negarse esta complacencia soñolienta, sino que tiene que pasar en ella buena parte de la mañana, no está más preparado para la oración cuando se levanta de lo que está preparado para el ayuno, la abstinencia o cualquier otra negación de sí mismo. Es verdad que puede leer de corrido una fórmula de oración más fácilmente de lo que puede cumplir estos deberes; pero no está más dispuesto a entrar en el verdadero espíritu de la oración de lo que está dispuesto a ayunar. Porque el sueño así consentido comunica una blandura y una ociosidad a todas nuestras disposiciones, y nos incapacita para gustar de nada sino de lo que conviene a un estado ocioso de la mente y halaga nuestras disposiciones naturales, como lo hace el sueño. De modo que una persona que es esclava de esta ociosidad está en la misma disposición cuando se levanta; y aunque no esté dormida, sigue bajo sus efectos; y todo lo que es ocioso, complaciente o sensual le agrada por la misma razón por la que le agrada el sueño; y, por otra parte, todo lo que exige cuidado, o molestia, o negación de uno mismo, le resulta odioso por la misma razón por la que odia levantarse. Quien pone alguna felicidad en esta complacencia matinal quisiera que todo el día fuese dichoso de la misma manera; si no con sueño, sí con aquellos goces que halagan y regalan el cuerpo como lo hace el sueño, o al menos con los que más se le acerquen. El recuerdo de una cama caliente lo acompaña en la mente todo el día, y se alegra cuando no es de aquellos que están sentados muertos de frío en una iglesia.
Ahora bien, no te imaginas que alguien así pueda mortificar de verdad ese cuerpo al que tanto consiente; y, sin embargo, igual podrías pensar esto que pensar que puede cumplir de verdad sus devociones, o vivir en semejante estado soñoliento de complacencia y aun así gustar de los gozos de una vida espiritual.
Porque ciertamente nadie pretenderá decir que conoce y siente la verdadera felicidad de la oración si no cree que valga la pena acudir temprano a ella.
No es posible por naturaleza que un epicúreo sea verdaderamente devoto: debe renunciar a este hábito de sensualidad antes de poder gustar de la felicidad de la devoción.
Ahora bien, quien convierte el sueño en una complacencia ociosa hace tanto por corromper y desordenar su alma, por hacerla esclava de los apetitos del cuerpo y mantenerla incapaz de toda disposición devota y celestial, como quien convierte la necesidad de comer en una costumbre de complacencia.
Una persona que come y bebe demasiado no siente de ello los mismos efectos que quienes viven en casos notorios de glotonería e intemperancia; pero, aun así, su costumbre de complacencia, aunque no sea escandalosa a los ojos del mundo ni de las que atormentan su propia conciencia, es un grande y constante estorbo para su progreso en la virtud; le da ojos que no ven y oídos que no oyen; engendra una sensualidad en el alma, aumenta el poder de las pasiones del cuerpo y lo incapacita para entrar en el verdadero espíritu de la religión.
Pues bien, este es el caso de quienes malgastan su tiempo en el sueño: no desordena su vida ni hiere su conciencia como lo hacen los actos notorios de intemperancia; pero, como cualquier otra costumbre más moderada de complacencia, va desgastando en silencio y por grados más pequeños el espíritu de la religión, y hunde el alma en un estado de torpeza y sensualidad.
Si consideras la devoción solo como un tiempo dedicado a tanta o cuanta oración, quizá puedas cumplirla aunque vivas en esta complacencia diaria; pero si la consideras como un estado del corazón, como un fervor vivo del alma, profundamente movida por el sentido de su propia miseria y de sus debilidades, que desea el Espíritu de Dios más que todas las cosas del mundo, hallarás que el espíritu de complacencia y el espíritu de oración no pueden subsistir juntos. La mortificación de toda clase es la vida y el alma misma de la piedad; pero quien no tiene de ella ni siquiera el pequeño grado necesario para poder acudir temprano a sus oraciones, no puede tener razón alguna para pensar que ha tomado su cruz y está siguiendo a Cristo.
¿Qué victoria ha obtenido sobre sí mismo, qué mano derecha se ha cortado, para qué pruebas está preparado, qué sacrificio está dispuesto a ofrecer a Dios, quien no puede ser tan cruel consigo mismo como para levantarse a la oración a la hora en que la parte más afanada del mundo se contenta con levantarse a su trabajo?
Algunas personas no tendrán reparo en decirte que se entregan al sueño porque no tienen nada que hacer, y que, si tuvieran algún negocio o algún placer para el cual levantarse, no perderían tanto tiempo durmiendo. Pero a tales personas hay que decirles que se equivocan; que tienen muchísimo que hacer: tienen un corazón endurecido que cambiar; tienen que adquirir todo el espíritu de la religión. Porque ciertamente de quien piensa que la devoción es de menos importancia que los negocios o los placeres, o que no tiene nada que hacer porque nada lo reclama sino sus oraciones, puede decirse con justicia que tiene que buscar todavía todo el espíritu de la religión.
No debes, pues, considerar cuán pequeña falta es levantarse tarde, sino cuán grande miseria es carecer del espíritu de la religión, tener un corazón que no es movido rectamente por la oración, y vivir en tal blandura y ociosidad que te incapacita para los deberes más fundamentales de una vida verdaderamente cristiana y espiritual.
Esta es la manera recta de juzgar la falta de malgastar gran parte de tu tiempo en la cama.
No debes considerar la cosa simplemente en sí misma, sino de dónde procede, qué virtudes muestra que faltan, qué vicios fortalece naturalmente. Porque todo hábito de esta clase descubre el estado del alma y muestra claramente toda la inclinación de tu mente.
Si nuestro bendito Señor solía orar temprano, antes del alba; si pasaba noches enteras en oración; si la devota Ana estaba de noche y de día en el templo [Lucas 2:36, 37]; si san Pablo y Silas a medianoche cantaban himnos a Dios [Hechos 16:25]; si los cristianos primitivos, durante varios cientos de años, además de sus horas de oración durante el día, se reunían públicamente en las iglesias a medianoche para unirse en salmos y oraciones, ¿no es cierto que estas prácticas mostraban el estado de su corazón? ¿No son otras tantas pruebas claras de toda la inclinación de su mente?
Y si vives en un estado contrario, malgastando gran parte de cada día en el sueño, y pensando que cualquier hora es bastante temprano para estar en tus oraciones, ¿no es igualmente cierto que esta práctica muestra en la misma medida el estado de tu corazón y toda la inclinación de tu mente?
De modo que, si esta complacencia es tu manera de vivir, tienes tanta razón para creerte desprovisto del verdadero espíritu de devoción como la tienes para creer que los apóstoles y los santos de la Iglesia primitiva eran verdaderamente devotos. Porque así como su manera de vivir era una demostración de su devoción, así una manera de vivir contraria es una prueba igualmente fuerte de la falta de devoción.
Cuando lees las Escrituras, ves una religión que es toda vida, espíritu y gozo en Dios; que supone nuestras almas levantadas por encima de los deseos terrenales y de las complacencias del cuerpo para prepararse para otro cuerpo, otro mundo y otros goces. Ves a los cristianos representados como templos del Espíritu Santo, como hijos del día, como aspirantes a una corona eterna, como vírgenes vigilantes que tienen siempre encendidas sus lámparas en espera del esposo. ¿Pero puede pensarse que tiene este gozo en Dios, este cuidado de la eternidad, este espíritu vigilante, quien no tiene celo suficiente para levantarse a sus oraciones?
Cuando examinas los escritos y las vidas de los primeros cristianos, ves el mismo espíritu que ves en las Escrituras. Todo es realidad, vida y acción. Las vigilias y las oraciones, la negación de uno mismo y la mortificación, eran la ocupación común de su vida.
Desde aquel tiempo hasta hoy no ha habido nadie como ellos, eminente en piedad, que no haya sido, como ellos, eminente en la negación de sí mismo y en la mortificación. Este es el único camino real que conduce a un reino.
¡Pero cuán lejos estás de esta manera de vivir, o más bien cuán contrario a ella, si, en lugar de imitar su austeridad y su mortificación, ni siquiera puedes renunciar a una complacencia tan pobre como para poder levantarte a tus oraciones! Si las negaciones de uno mismo y los sufrimientos del cuerpo, si las vigilias y los ayunos, han de ser señales de gloria en el día del juicio, ¿dónde esconderemos la cabeza nosotros, que hemos dormitado nuestro tiempo en la pereza y la blandura?
Quizá encuentres ahora algunos pretextos para excusarte de aquella severidad de ayuno y negación de uno mismo que practicaban los primeros cristianos. Te figuras que la naturaleza humana se ha vuelto más débil, y que la diferencia de climas puede hacer que te sea imposible observar sus métodos de negación de uno mismo y de austeridad en estos países más fríos.
Pero todo esto no es más que pretexto: porque el cambio no está en el estado exterior de las cosas, sino en el estado interior de nuestra mente. Cuando haya en nosotros el mismo espíritu que hubo en los apóstoles y en los cristianos primitivos, cuando sintamos el peso de la religión como ellos lo sentían, cuando tengamos su fe y su esperanza, tomaremos nuestra cruz, nos negaremos a nosotros mismos y viviremos con métodos de mortificación como los suyos.
Si san Pablo hubiera vivido en un país frío, si hubiera tenido una constitución debilitada por un estómago enfermizo y frecuentes enfermedades, habría hecho lo que aconsejó a Timoteo: habría mezclado un poco de vino con su agua. Pero aun así habría vivido en un estado de negación de sí mismo y de mortificación. Habría dado de sí mismo este mismo testimonio: «Así que yo de esta manera corro, no como a cosa incierta; de esta manera peleo, no como quien hiere el aire; antes hiero mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre; no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado» [1 Corintios 9:26, 27].
Después de todo, supongamos ahora que te imaginas que no tienes ninguna necesidad de ser tan sobrio y vigilante, tan temeroso de ti mismo, tan atento a tus pasiones, tan aprensivo del peligro, tan cuidadoso de tu salvación como lo fueron los apóstoles. Supongamos que te imaginas que necesitas menos negación de ti mismo y menos mortificación que ellos para someter tu cuerpo y purificar tu alma; que no necesitas tener ceñidos los lomos y encendidas las lámparas como ellos los tenían; ¿vivirás por eso en un estado enteramente contrario? ¿Harás de tu vida una carrera tan constante de blandura y complacencia como la suya lo fue de rigor y negación de sí mismos?
Por tanto, si pensaras que tienes tiempo suficiente tanto para la oración como para otros deberes aunque te levantes tarde, déjame, sin embargo, persuadirte de que te levantes temprano como un ejercicio de negación de ti mismo. Es tan pequeño que, si no puedes cumplirlo, no tienes razón alguna para creerte capaz de ningún otro.
Si te pidiera que no buscaras los gustos de tu paladar en los refinamientos de comidas y bebidas, no insistiría mucho en la falta de malgastar tu dinero de esa manera, aunque sea grande; sino que te pediría que renunciaras a semejante manera de vivir porque te mantiene en tal estado de sensualidad y complacencia que te incapacita para gustar de las doctrinas más esenciales de la religión.
Por la misma razón, no insisto mucho en la falta de malgastar tanto de tu tiempo en el sueño, aunque sea grande; sino que te pido que renuncies a esta complacencia porque comunica blandura y ociosidad a tu alma, y es tan contraria a aquel espíritu vivo, celoso, vigilante y negador de sí mismo que no solo fue el espíritu de Cristo y de sus apóstoles, el espíritu de todos los santos y mártires que jamás ha habido entre los hombres, sino que ha de ser el espíritu de todos los que no quieran hundirse en la corrupción común del mundo.
Aquí, pues, debemos fijar nuestra acusación contra esta práctica: debemos censurarla, no por tener este o aquel mal particular, sino como un hábito general que se extiende por todo nuestro espíritu y sostiene un estado de la mente que está enteramente equivocado.
Es contrario a la piedad, no como los descuidos y equivocaciones accidentales de la vida le son contrarios, sino de la manera en que un mal hábito del cuerpo es contrario a la salud.
Por otra parte, si te levantaras temprano cada mañana como un ejercicio de negación de ti mismo, como un modo de renunciar a la complacencia, como un medio de redimir tu tiempo y de preparar tu espíritu para la oración, hallarías en ello grandes ventajas. Este método, aunque parece una circunstancia tan pequeña de la vida, sería con toda probabilidad un medio de gran piedad. Te mantendría constantemente presente que la blandura y la ociosidad han de evitarse, que la negación de uno mismo es parte del cristianismo. Te enseñaría a ejercer dominio sobre ti mismo, y te haría capaz, poco a poco, de renunciar a otros placeres y disposiciones que batallan contra el alma.
Esta sola regla te enseñaría a pensar en los demás: dispondría tu mente a la exactitud, y muy probablemente sometería el resto del día a reglas de prudencia y de devoción.
Pero, sobre todo, hay un beneficio cierto de este método que puedes estar seguro de obtener: es lo que mejor te dispondrá y preparará para recibir al Espíritu Santo. Cuando comienzas así el día con espíritu de religión, renunciando al sueño porque has de renunciar a la blandura y redimir tu tiempo, esta disposición, así como pone tu corazón en buen estado, así también te procurará la ayuda del Espíritu Santo: lo que así se planta y se riega recibirá ciertamente de Dios el crecimiento. Entonces hablarás desde el corazón, tu alma estará despierta, tus oraciones te refrescarán como la comida y la bebida, sentirás lo que dices y comenzarás a saber lo que los santos y los hombres piadosos han querido decir con los fervores de la devoción.
Quien está así preparado para la oración, quien se levanta con estas disposiciones, se encuentra en un estado muy distinto del que no tiene reglas de esta clase, del que se levanta al azar, según le dé por cansarse de la cama o ya no pueda dormir más. Si alguien así ora solo con la boca; si su corazón no siente nada de lo que dice; si sus oraciones son solo cosas de rutina; si son una fórmula de palabras sin vida que repite únicamente porque se dicen pronto, no hay en todo esto nada de qué asombrarse, porque tales disposiciones son el efecto natural de semejante estado de vida.
Esperando, pues, que estés ya bastante convencido de la necesidad de levantarte temprano para tus oraciones, pasaré a exponerte un método de oración diaria.
No pretendo prescribirte el uso de ninguna forma particular de oración, sino solo mostrarte la necesidad de orar en tales momentos y de tal manera.
Aquí encontrarás algunas ayudas para proveerte de aquellas formas de oración que te sean útiles. Y si estás tan adelantado en el espíritu de devoción que tu corazón está siempre dispuesto a orar con su propio lenguaje, en ese caso no insisto en la necesidad de formas prestadas.
Porque, aunque considero una forma de oración muy necesaria y conveniente para el culto público, si alguien puede hallar en privado una manera mejor de elevar su corazón a Dios que las formas de oración preparadas, nada tengo que objetar; pues mi propósito es solamente ayudar y dirigir a quienes necesitan ayuda.
Esto, creo, es cierto: que la generalidad de los cristianos debería usar formas de oración en todos los tiempos regulares de oración. Parece justo que cada uno comience con una forma de oración; y si, en medio de sus devociones, halla su corazón dispuesto a prorrumpir en tonos de devoción nuevos y más elevados, debería dejar por un rato su fórmula y seguir esos fervores de su corazón hasta que este vuelva a necesitar la ayuda de sus peticiones acostumbradas.
Esta parece ser la verdadera libertad de la devoción privada: debe estar bajo la dirección de alguna forma, pero no tan atada a ella que no quede libre para tomar aquellas expresiones nuevas que sus fervores presentes le proporcionen, las cuales a veces conmueven más y llevan el alma a Dios con más fuerza que cualquier expresión que se haya usado antes.
Todas las personas que alguna vez han reflexionado sobre lo que pasa en su propio corazón deben de saber que son sumamente cambiantes en lo que toca a la devoción. A veces nuestro corazón está tan despierto, tiene tan vivas aprehensiones de la presencia divina, está tan lleno de profunda compunción por nuestros pecados, que no podemos confesarlos en otro lenguaje que el de las lágrimas.
A veces la luz del rostro de Dios brilla sobre nosotros con tanto resplandor, vemos tan lejos en el mundo invisible, estamos tan conmovidos por las maravillas del amor y la bondad de Dios, que nuestro corazón rinde culto y adora en un lenguaje más alto que el de las palabras, y sentimos arrebatos de devoción que solo pueden sentirse.
Por otra parte, a veces estamos tan hundidos en nuestro cuerpo, tan torpes e insensibles a lo que concierne a nuestra alma, que nuestro corazón queda muy por debajo de nuestras oraciones; no podemos seguir el paso a nuestras fórmulas de confesión, ni sentir en el corazón la mitad de lo que tenemos en la boca; damos gracias y alabamos a Dios con fórmulas de palabras, pero nuestro corazón tiene poca o ninguna parte en ellas.
Es, pues, sumamente necesario prevenirse contra esta inconstancia de nuestro corazón teniendo a mano aquellas formas de oración que mejor nos convengan cuando nuestro corazón está en su mejor estado, y que también sean las más a propósito para levantarlo y avivarlo cuando se ha hundido en la torpeza. Porque, así como las palabras tienen poder para mover nuestro corazón en todas las ocasiones, y una misma cosa expresada de modo diferente produce efectos diferentes en nuestra mente, así es razonable que saquemos este provecho del lenguaje y nos proveamos de aquellas formas de expresión que sean más a propósito para mover y avivar nuestra alma y llenarla de los sentimientos que le convienen.
Lo primero que debes hacer cuando estés de rodillas es cerrar los ojos y, con un breve silencio, dejar que tu alma se ponga en la presencia de Dios; es decir, debes usar este u otro método mejor para apartarte de todos los pensamientos comunes y hacer tu corazón tan sensible como puedas a la presencia divina.
Ahora bien, si este recogimiento del espíritu es necesario (¿y quién puede decir que no lo es?), ¡cuán pobremente han de cumplir sus devociones quienes siempre andan con prisa, quienes las comienzan precipitadamente y apenas se conceden tiempo para repetir su propia fórmula con alguna gravedad o atención! Lo suyo es propiamente rezar oraciones en lugar de orar.
Prosigamos: si te acostumbraras (en cuanto puedas) a orar siempre en el mismo lugar; si reservaras ese lugar para la devoción y no te permitieras hacer en él nada común; si nunca estuvieras allí sino en los tiempos de devoción; si algún cuartito, o (si eso no es posible) alguna parte determinada de un cuarto, se usara de esta manera, esta especie de consagración de él como lugar santo para Dios tendría un efecto sobre tu mente y te dispondría a aquellas disposiciones que ayudarían mucho a tu devoción. Porque, teniendo así en tu cuarto un lugar sagrado, este se parecería en cierta medida a una capilla o casa de Dios. Esto te dispondría a estar siempre en espíritu de religión cuando estuvieras allí, y te llenaría de pensamientos sabios y santos cuando estuvieras a solas. Tu propia habitación despertaría en tu mente los sentimientos que tienes cuando estás cerca de un altar, y tendrías miedo de pensar o hacer nada necio cerca de aquel lugar, que es el lugar de la oración y del santo trato con Dios.
Cuando comiences tus peticiones, usa expresiones variadas de los atributos de Dios que te hagan más sensible a la grandeza y al poder de la naturaleza divina.
Comienza, pues, con palabras como estas: Oh Ser de todos los seres, Fuente de toda luz y gloria, Padre lleno de gracia de los hombres y de los ángeles, cuyo Espíritu universal está presente en todas partes, dando vida, luz y gozo a todos los ángeles del cielo y a todas las criaturas de la tierra, etc.
Porque estas representaciones de los atributos divinos, que nos muestran en algún grado la majestad y la grandeza de Dios, son un medio excelente para elevar nuestro corazón a actos vivos de culto y adoración.
¿Cuál es la razón de que la mayoría de la gente se conmueva tanto con esta petición del Oficio de Sepultura de nuestra Iglesia: Mas, oh Señor Dios santísimo, oh Señor poderosísimo, oh santo y misericordiosísimo Salvador, no nos entregues a los amargos dolores de la muerte eterna? Es porque la reunión de tantas expresiones grandiosas da tal descripción de la grandeza de la Majestad divina que conmueve naturalmente a toda mente sensible.
Por tanto, aunque la oración no consiste en palabras hermosas ni en expresiones estudiadas, sin embargo, como las palabras hablan al alma, como tienen cierto poder de despertar pensamientos en ella, así las palabras que hablan de Dios del modo más alto, que expresan más plenamente su poder y su presencia, que despiertan en el alma los pensamientos más adecuados a la grandeza y a la providencia de Dios, son las más útiles y las más edificantes en nuestras oraciones.
Cuando dirijas alguna de tus peticiones a nuestro bendito Señor, hazlo con expresiones de esta clase: Oh Salvador del mundo, Dios de Dios, Luz de Luz; tú que eres el resplandor de la gloria de tu Padre y la imagen misma de su sustancia; tú que eres el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todas las cosas; tú que has destruido el poder del diablo, que has vencido a la muerte; tú que has entrado en el Lugar Santísimo, que estás sentado a la diestra del Padre, que estás muy por encima de todos los tronos y principados, que intercedes por todo el mundo; tú que eres el Juez de los vivos y los muertos; tú que pronto has de descender en la gloria de tu Padre para pagar a cada uno conforme a sus obras: sé tú mi luz y mi paz, etc.
Porque tales representaciones, que describen tantos rasgos de la naturaleza y el poder de nuestro Salvador, no solo son actos apropiados de adoración, sino que, si se repiten con alguna atención, llenarán nuestro corazón de los más altos fervores de la verdadera devoción.
Además, si pides alguna gracia particular a nuestro bendito Señor, hazlo de alguna manera como esta: Oh santo Jesús, Hijo del Dios Altísimo, tú que fuiste azotado en una columna, extendido y clavado en una cruz por los pecados del mundo, úneme a tu cruz y llena mi alma de tu espíritu santo, humilde y sufriente. Oh Fuente de misericordia, tú que salvaste al ladrón en la cruz, sálvame de la culpa de una vida pecadora; tú que echaste siete demonios de María Magdalena, echa de mi corazón todos los malos pensamientos y las disposiciones perversas. Oh Dador de la vida, tú que resucitaste a Lázaro de entre los muertos, levanta mi alma de la muerte y las tinieblas del pecado. Tú que diste a tus apóstoles poder sobre los espíritus inmundos, dame poder sobre mi propio corazón. Tú que te apareciste a tus discípulos estando las puertas cerradas, aparécete a mí en el aposento secreto de mi corazón. Tú que limpiaste a los leprosos, sanaste a los enfermos y diste vista a los ciegos, limpia mi corazón, sana los desórdenes de mi alma y lléname de luz celestial.
Ahora bien, esta clase de invocaciones tiene una doble ventaja: primero, porque son otros tantos actos apropiados de nuestra fe, por los cuales no solo mostramos que creemos en los milagros de Cristo, sino que al mismo tiempo los convertimos en otras tantas muestras de culto y adoración.
Segundo, porque fortalecen y acrecientan la fe de nuestras oraciones, al presentar a nuestra mente tantos ejemplos de aquel poder y aquella bondad que invocamos en nuestra propia ayuda.
Porque quien acude a Cristo como el que echa fuera demonios y resucita a los muertos tiene entonces en su mente un poderoso motivo para orar con fervor y depender fielmente de su ayuda.
Además, para llenar tus oraciones de excelentes acentos de devoción, puede serte útil observar esta otra regla:
Cuando en algún momento, leyendo la Escritura o algún libro de piedad, encuentres un pasaje que mueva tu mente más de lo ordinario y parezca, por así decirlo, dar a tu corazón un nuevo impulso hacia Dios, deberías procurar convertirlo en forma de petición y darle luego un lugar en tus oraciones. De este modo irás mejorando a menudo tus oraciones y te proveerás de formas apropiadas para dar a conocer a Dios los deseos de tu corazón.
En todas las horas fijas de oración te será de gran provecho tener en tus devociones algo fijo y algo libre.
Deberías tener algún tema fijo que haya de ser constantemente la materia principal de tu oración en ese momento particular, y tener, sin embargo, libertad para añadir aquellas otras peticiones que tu situación pueda requerir entonces.
Por ejemplo: como la mañana es para ti el comienzo de una vida nueva; como Dios te ha dado entonces un nuevo goce de ti mismo y una nueva entrada en el mundo, es muy conveniente que tus primeras devociones sean una alabanza y una acción de gracias a Dios como por una nueva creación, y que ofrezcas y consagres a su servicio y a su gloria cuerpo y alma, todo lo que eres y todo lo que tienes.
Recibe, pues, cada día como una resurrección de entre los muertos, como un nuevo goce de la vida; recibe cada sol que nace con tales sentimientos de la bondad de Dios como si hubieras visto el sol, y todas las cosas, creados de nuevo por tu causa; y, bajo el sentimiento de tan grande bendición, que tu corazón gozoso alabe y engrandezca a un Creador tan bueno y glorioso.
Que la alabanza y la acción de gracias, y la ofrenda de ti mismo a Dios, sean, pues, siempre el tema fijo y cierto de tus primeras oraciones de la mañana; y toma luego la libertad de añadir aquellas otras devociones que la diferencia accidental de tu estado, o la diferencia accidental de tu corazón, hagan entonces más necesarias y convenientes para ti.
Porque uno de los mayores beneficios de la devoción privada consiste en adaptar rectamente nuestras oraciones a estas dos condiciones: la diferencia de nuestro estado y la diferencia de nuestro corazón.
Por la diferencia de nuestro estado se entiende la diferencia de nuestro estado o condición exterior, como la enfermedad, la salud, los dolores, las pérdidas, las decepciones, las aflicciones, las misericordias o los juicios particulares de Dios, y toda clase de bondades, injurias o reproches de otras personas.
Ahora bien, como estas cosas son grandes partes de nuestro estado de vida, como introducen en él grandes diferencias al cambiar continuamente, así nuestra devoción nos resultará doblemente provechosa cuando vele para recibir y santificar todos estos cambios de nuestro estado, y los convierta todos en otras tantas ocasiones de acudir a Dios de un modo más particular con aquella acción de gracias, aquella resignación y aquellas peticiones que nuestro estado presente requiere de manera más especial.
Y quien hace de cada cambio de su estado una razón para presentar a Dios algunas peticiones particulares adecuadas a ese cambio, pronto hallará que ha tomado un medio excelente no solo para orar con fervor, sino para vivir como ora.
La siguiente condición a la que siempre hemos de adaptar alguna parte de nuestras oraciones es la diferencia de nuestro corazón, por la cual se entiende el estado diverso de las disposiciones de nuestro corazón, como el amor, el gozo, la paz, la tranquilidad, la torpeza y la sequedad de espíritu, la ansiedad, el descontento, los movimientos de envidia y ambición, los pensamientos sombríos y desconsolados, los resentimientos, la irritabilidad y las disposiciones malhumoradas.
Ahora bien, como estas disposiciones, por la debilidad de nuestra naturaleza, se sucederán en mayor o menor medida aun en las mentes piadosas, así deberíamos hacer constantemente del estado presente de nuestro corazón la razón de acudir a Dios de algún modo particular.
Si nos hallamos en la deliciosa calma de pasiones dulces y apacibles, de amor y de gozo en Dios, debemos entonces ofrecer a Dios el agradecido tributo de la acción de gracias por la posesión de tanta felicidad, reconociéndolo y confesándolo con gratitud como el generoso Dador de todo ello.
Si, por el contrario, nos sentimos cargados de pasiones pesadas, de torpeza de espíritu, de ansiedad y de desasosiego, debemos entonces alzar los ojos a Dios con actos de humildad, confesando nuestra indignidad, abriéndole nuestras aflicciones, suplicándole que, a su buen tiempo, aligere el peso de nuestras flaquezas y nos libre de aquellas pasiones que se oponen a la pureza y perfección de nuestras almas.
Ahora bien, vigilando así y atendiendo al estado presente de nuestro corazón, y ajustando algunas de nuestras peticiones exactamente a sus necesidades, no solo conoceremos bien los desórdenes de nuestras almas, sino que también nos ejercitaremos bien en el método de curarlos.
Con esta prudente y sabia aplicación de nuestras oraciones obtendremos de ellas todo el alivio posible; y la misma inconstancia de nuestro corazón resultará un medio para ejercitar una mayor variedad de santas disposiciones.
Ahora bien, por todo lo que aquí se ha dicho, percibirás fácilmente que las personas que se preocupan por sacar el mayor beneficio de la oración deben tener una gran parte en la formación y composición de sus propias devociones.
En cuanto a aquella parte de sus oraciones que está siempre fijada en un mismo asunto, en ella pueden valerse de la ayuda de fórmulas compuestas por otras personas; pero en aquella parte de sus oraciones que han de ajustar siempre al estado presente de su vida y al estado presente de su corazón, ahí deben dejar que el sentimiento de su propia condición les sugiera las clases de petición, de acción de gracias o de resignación que su estado presente requiera más especialmente.
¡Dichosos los que tienen entre manos este quehacer y esta ocupación!
Y ahora, si las personas desocupadas, sean hombres o mujeres, que tanto se ven perdidas sin saber cómo disponer de su tiempo, que se ven forzadas a pobres artificios, a visitas ociosas y a diversiones ridículas, solo para librarse de unas horas que les pesan en las manos; si estas personas destinaran ciertos espacios de su tiempo al estudio de la devoción, buscando todos los medios y ayudas para alcanzar un espíritu devoto; si reunieran las mejores fórmulas de devoción y se acostumbraran a copiar los más hermosos pasajes de las oraciones de la Escritura; si recogieran las devociones, confesiones, peticiones, alabanzas, actos de resignación y acciones de gracias que se hallan esparcidos aquí y allá en los Salmos, y los ordenaran bajo los encabezamientos apropiados, como otro tanto combustible propio para la llama de su propia devoción; si sus mentes se ocuparan a menudo de este modo, unas veces meditándolos, otras aprendiéndolos de memoria y haciéndolos tan habituales como sus propios pensamientos, ¡con qué fervor orarían quienes llegaran así preparados a la oración! ¡Y cuánto mejor sería sacar este provecho del tiempo libre, que perderlo torpe y ociosamente en las pobres impertinencias de una vida de juego, de visitas y de vagabundeo!
¡Cuánto mejor sería estar así provistos de himnos y antífonas de los santos, y enseñar a sus almas a elevarse a Dios, que corromper, extraviar y confundir sus corazones con las fantasías desenfrenadas y los pensamientos lascivos de poetas licenciosos!
Ahora bien, aunque las personas desocupadas parecen llamadas más particularmente a este estudio de la devoción, las personas de muchos negocios o trabajo no deben creerse dispensadas de él, o de algún método mejor para mejorar su devoción.
Porque cuanto mayores son sus negocios, tanta más necesidad tienen de algún método como este, para impedir que aquellos dominen su corazón, para guardarse de caer en disposiciones mundanas y para conservar en su mente el sentido y el gusto de las cosas celestiales. Y un poco de tiempo empleado con regularidad y constancia en un mismo uso o fin hará grandes cosas y producirá efectos poderosos.
Y es por no considerar la devoción bajo esta luz, como algo que ha de criarse y cuidarse con esmero, como algo que ha de hacerse parte de nuestra ocupación, que ha de mejorarse con cuidado e ingenio, con arte y método, y con un uso diligente de las mejores ayudas; es por no considerarla bajo esta luz por lo que tantas personas sacan de ella tan poco provecho, y viven y mueren extrañas a ese espíritu de devoción que, con un uso prudente de los medios apropiados, habrían podido gozar en alto grado.
Porque aunque el espíritu de devoción es don de Dios, y no se alcanza por ningún mero poder nuestro, sin embargo se da casi siempre, y nunca se niega, a quienes, mediante un uso sabio y diligente de los medios apropiados, se preparan para recibirlo.
Y es asombroso ver con qué afán emplean los hombres sus talentos, su sagacidad, su tiempo, su estudio, su aplicación y su ejercicio; cómo llaman en su auxilio toda clase de ayudas cuando se proponen y desean algo en los asuntos del mundo; ¡y qué torpes, negligentes y descuidados son, qué poco usan sus talentos, su sagacidad y sus capacidades para elevar y acrecentar su devoción!
Mundanus es un hombre de excelentes talentos y de clara comprensión. Es de edad avanzada y ha hecho gran figura en los negocios. Todo ramo de comercio y de negocio que se le ha puesto por delante ha recibido de él alguna mejora; y siempre está ideando cómo llevar a su mayor altura todo método de hacer bien cualquier cosa. Mundanus aspira a la mayor perfección en todo. La solidez y fuerza de su mente, y su justa manera de pensar sobre las cosas, lo tienen siempre empeñado en eliminar toda imperfección.
Puede decirte todos los defectos y errores de todos los métodos comunes, sea en el comercio, en la construcción, en la mejora de las tierras o en las manufacturas. La claridad y fuerza de su entendimiento, que mejora constantemente con el continuo ejercicio en estos asuntos, digiriendo a menudo sus pensamientos por escrito y probándolo todo de todas las maneras, lo han hecho un gran maestro en la mayoría de los asuntos de la vida humana.
Así ha seguido adelante Mundanus, acrecentando su conocimiento y su juicio a la par que se le venían encima los años.
Lo único que no ha caído bajo su afán de mejora, ni ha recibido ningún beneficio de su juiciosa mente, es su devoción: esta se halla en el mismo pobre estado en que estaba cuando él tenía solo seis años, y el anciano reza ahora con aquella breve fórmula de palabras que su madre solía oírle repetir noche y mañana.
Este Mundanus, que casi nunca vio el utensilio más pobre, ni tomó en su mano la más insignificante bagatela, sin considerar cómo podría hacerse o usarse con mayor ventaja, ha pasado toda su vida orando del mismo modo que cuando era niño, sin considerar jamás cuánto mejor o cuánto más a menudo podría orar; sin considerar cuán susceptible de mejora es el espíritu de devoción, cuántas ayudas puede llamar en su auxilio un hombre sabio y razonable, y cuán necesario es que nuestras oraciones se amplíen, se varíen y se ajusten al estado y condición particulares de nuestra vida.
Si Mundanus ve un libro de devoción, pasa de largo, como lo hace ante una cartilla de deletrear, porque recuerda que aprendió a orar, hace tantos años, con su madre, cuando aprendió a deletrear.
¡Qué pobre y lamentable es la conducta de este hombre sensato, que tiene tanto juicio y entendimiento en todo, menos en aquello que es toda la sabiduría del hombre!
¡Y cuán miserablemente imitan muchos, en mayor o menor grado, esta conducta!
Todo lo cual parece deberse a un extraño y obcecado estado de negligencia, que impide a la gente considerar qué es la devoción. Porque si una sola vez llegaran a reflexionar sobre ella, o a hacerse alguna pregunta acerca de ella, pronto verían que el espíritu de devoción es como cualquier otro sentido o entendimiento, que solo se mejora con el estudio, el cuidado, la aplicación y el uso de los medios y ayudas que son necesarios para hacer a un hombre aventajado en cualquier arte o ciencia.
Classicus es un hombre de letras, muy versado en todos los mejores autores de la antigüedad. Los ha leído tanto que ha penetrado en su espíritu y puede imitar con mucho ingenio la manera de cualquiera de ellos. Todos los pensamientos de ellos son pensamientos suyos, y sabe expresarse en su lenguaje. Es tan amigo de este cultivo de la mente que, si topa con un joven estudiante, nunca deja de aconsejarle acerca de sus estudios.
Classicus le dice a su joven que no debe creer que ha hecho bastante cuando solo ha aprendido las lenguas, sino que debe tratar a diario con los mejores autores, leerlos una y otra vez, captar su espíritu viviendo con ellos, y que no hay otro camino para llegar a parecerse a ellos ni para hacerse un hombre de gusto y de juicio.
¡Qué sabio habría podido ser Classicus, y cuánto bien habría podido hacer en el mundo, si tan solo hubiera pensado con tanta justeza de la devoción como piensa del saber!
Nunca dice, en verdad, nada chocante ni ofensivo acerca de la devoción, porque nunca piensa ni habla de ella. Ella no sufre de su parte más que olvido y desatención.
Los dos Testamentos ni siquiera tendrían un lugar entre sus libros, si no fuera porque ambos pueden conseguirse en griego.
Classicus cree que muestra suficientemente su estima por la Santa Escritura cuando te dice que no tiene otros libros de piedad fuera de ella.
Muy bien está, Classicus, que prefieras la Biblia a todos los demás libros de piedad: no tiene juicio quien no comparte hasta aquí tu opinión.
Pero si no quieres tener otro libro de piedad fuera de la Biblia porque es el mejor, ¿cómo es, Classicus, que no te contentas con uno de los mejores libros de entre los griegos y los romanos? ¿Cómo es que eres tan ávido y tan ansioso de todos ellos? ¿Cómo es que piensas que el conocimiento de uno es una ayuda necesaria para el conocimiento del otro? ¿Cómo es que eres tan empeñoso, tan laborioso, tan pródigo de tu tiempo y de tu dinero, para restaurar períodos truncados y fragmentos de los antiguos?
¿Cómo es que lees tantos comentaristas de Cicerón, de Horacio y de Homero, y ni uno solo del Evangelio? ¿Cómo es que te gusta leer a un hombre? ¿Cómo es que tu amor por Cicerón y por Ovidio te hace amar la lectura de un autor que escribe como ellos, y sin embargo tu estima por el Evangelio no te da ningún deseo, más aún, te impide leer libros que respiran el mismo espíritu del Evangelio?
¿Cómo es que le dices a tu joven estudiante que no debe contentarse con solo entender a sus autores, sino que debe estar leyéndolos todos continuamente, como el único medio de penetrar en su espíritu y de formar su propio juicio conforme a ellos?
¿Por qué, entonces, ha de estar la Biblia sola en tu estudio? ¿No es el espíritu de los santos, la piedad de los santos seguidores de Jesús, un medio tan bueno y tan necesario para penetrar en el espíritu y el gusto del evangelio como lo es la lectura de los antiguos para penetrar en el espíritu de la antigüedad?
¿Acaso el espíritu de la poesía solo ha de adquirirse leyendo mucho a poetas y oradores? ¿Y no ha de adquirirse del mismo modo el espíritu de devoción, leyendo con frecuencia los santos pensamientos y los acentos piadosos de hombres devotos?
¿Ha de buscar tu joven poeta cada verso que pueda dar nuevas alas a su fantasía o dirigir su imaginación? ¿Y no es igualmente razonable que quien desea progresar en la vida divina, es decir, en el amor de las cosas celestiales, busque cada acento de devoción que pueda mover, encender e inflamar el santo ardor de su alma?
¿Aconsejas a tu orador que traduzca los mejores discursos, que confíe gran parte de ellos a la memoria, que ejercite con frecuencia su talento de este modo, para que se formen en su mente hábitos de pensar y de hablar con justeza? ¿Y no hay el mismo beneficio y la misma ventaja que sacar de los libros de devoción? ¿No debería un hombre usarlos del mismo modo, para que se formen bien en su alma hábitos de devoción y de aspirar a Dios con santos pensamientos?
Ahora bien, la razón por la que Classicus no piensa ni juzga así razonablemente de la devoción se debe a que nunca piensa en ella de otro modo que como la repetición de una fórmula de palabras. Jamás en su vida le pasó por la cabeza pensar en la devoción como un estado del corazón, como un talento de la mente susceptible de mejora, como una disposición que ha de crecer y aumentar como nuestra razón y nuestro juicio, y que ha de formarse en nosotros mediante un uso regular y diligente de los medios apropiados, como los que son necesarios para formar cualquier otro hábito sabio de la mente.
Y es por falta de esto por lo que se ha contentado toda su vida con la mera letra de la oración, mientras se ha empeñado con afán en penetrar en el espíritu de los poetas y oradores paganos.
Y es muy de lamentar que muchos hombres de letras sean, en mayor o menor grado, culpables de esta excesiva necedad: tan negligentes en mejorar su devoción y tan deseosos de otros pobres logros, como si pensaran que es un talento más noble saber escribir un epigrama al estilo de Marcial que vivir, pensar y orar a Dios con el espíritu de san Agustín.
Y, sin embargo, para corregir esta disposición y llenar a un hombre de un espíritu enteramente contrario, no parece requerirse más que la simple fe en la verdad del cristianismo.
Y si preguntaras a Mundanus y a Classicus, o a cualquier hombre de negocios o de letras, si la piedad no es la más alta perfección del hombre, o la devoción el mayor logro del mundo, ambos se verían forzados a responder afirmativamente, o bien a renunciar a la verdad del Evangelio.
Porque oponer cualquier logro a la devoción, o pensar que alguna cosa, o todas las cosas de este mundo, guardan alguna proporción con su excelencia, es en un cristiano el mismo absurdo que sería en un filósofo preferir un plato de comida al mayor progreso en el conocimiento.
Porque así como la filosofía profesa únicamente la búsqueda y la indagación del conocimiento, así el cristianismo no supone, ni se propone, ni desea, ni aspira a otra cosa que a elevar al hombre caído a una vida divina, a tales hábitos de santidad, a tales grados de devoción, que lo hagan apto para entrar entre los santos habitantes del reino de los cielos.
Quien no cree esto del cristianismo puede ser tenido por incrédulo; y quien cree esto tiene fe suficiente para darle un juicio recto del valor de las cosas, para sostenerlo en un espíritu sano y capacitarlo para vencer todas las tentaciones que el mundo ponga en su camino.
Para concluir este capítulo: la devoción no es otra cosa que conceptos rectos y afectos rectos hacia Dios.
Todas las prácticas, por tanto, que elevan y mejoran nuestros verdaderos conceptos de Dios, todos los modos de vida que tienden a nutrir, elevar y fijar en él nuestros afectos, han de tenerse por otras tantas ayudas y medios para llenarnos de devoción.
Así como la oración es el combustible propio de esta santa llama, así debemos poner todo nuestro cuidado e ingenio en dar a la oración toda su fuerza: por ejemplo, mediante la limosna, la negación de uno mismo, los retiros frecuentes y las santas lecturas, componiendo fórmulas para nosotros mismos o usando las mejores que podamos conseguir, añadiendo largura de tiempo y observando las horas de oración; cambiando, mejorando y ajustando nuestras devociones a la condición de nuestra vida y al estado de nuestro corazón.
Los que tienen más tiempo libre parecen llamados más especialmente a una observancia más eminente de estas santas reglas de una vida devota. Y aquellos que, por la necesidad de su estado y no por propia elección, tienen poco tiempo que emplear así, deben hacer el mejor uso de ese poco que tienen. Porque este es el camino seguro para que la devoción produzca una vida devota.
Capítulo 14 completado
Sobre aquella parte de la devoción que se refiere a los tiempos y horas de oración. De la oración diaria temprano por la mañana. Cómo hemos de mejorar nuestras formas de oración y cómo acrecentar el espíritu de devoción