Un llamado serio a una vida devota y santa
Que no solo una vida de vanidad o de sensualidad, sino aun la clase de vida más ordenada, si no está gobernada por una gran devoción, muestra suficientemente a los ojos de todo el mundo sus miserias, sus carencias y su vacío. Esto se representa en diversos caracteres

Capítulo 13 · 26 min de lectura · 34 min de escucha

Que no solo una vida de vanidad o de sensualidad, sino aun la clase de vida más ordenada, si no está gobernada por una gran devoción, muestra suficientemente a los ojos de todo el mundo sus miserias, sus carencias y su vacío. Esto se representa en diversos caracteres

ES UN dicho muy notable el de nuestro Señor y Salvador a sus discípulos, en estas palabras: «Bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros oídos, porque oyen» [Mateo 13:16]. Nos enseñan dos cosas: primero, que la torpeza y la pesadez de la mente de los hombres en lo que toca a las cosas espirituales es tan grande que con justicia puede compararse a la falta de ojos y de oídos.

Segundo, que Dios ha llenado de tal manera todas las cosas y todos los lugares de motivos y razones para una vida piadosa, que quienes tienen tan solo la bendición, la dicha de usar sus ojos y sus oídos, por fuerza han de ser movidos por ellos.

Ahora bien, aunque esto se cumplía de un modo más especial en aquellos cuyos sentidos fueron testigos de la vida, de los milagros y de las doctrinas de nuestro bendito Señor, no es menos cierto en el caso de todos los cristianos de este tiempo. Porque las razones de la religión, los llamados a la piedad, están escritos y grabados de tal modo en todas las cosas, y se presentan con tanta fuerza y tanta constancia a todos nuestros sentidos en todo lo que encontramos, que solo pueden pasar inadvertidos a ojos que no ven y a oídos que no oyen.

¿Qué motivo mayor para una vida religiosa que la vanidad, la pobreza de todos los goces mundanos? ¿Y quién puede dejar de verlo y sentirlo cada día de su vida?

¿Qué llamado mayor a volver la mirada hacia Dios que los dolores, las enfermedades, las cruces y los sinsabores de esta vida? ¿Y de quién no son testigos cada día los ojos y los oídos?

¿Qué milagros podrían apelar con más fuerza a nuestros sentidos, o qué mensaje del cielo nos hablaría más alto, que el morir y partir diario de nuestros semejantes? De modo que la única cosa necesaria, el gran fin de la vida, no se deja para que lo descubran los razonamientos sutiles y las reflexiones profundas, sino que se nos impone del modo más claro por la experiencia de todos nuestros sentidos, por todo cuanto encontramos en la vida.

Tengamos tan solo la intención de ver y de oír, y el mundo entero se convertirá para nosotros en un libro de sabiduría e instrucción; todo lo que hay de regular en el orden de la naturaleza, todo lo que hay de accidental en el curso de las cosas, todas las equivocaciones y decepciones que nos suceden a nosotros mismos, todas las miserias y errores que vemos en otras personas, se convierten para nosotros en otras tantas lecciones claras de consejo, que nos enseñan, con tanta certeza como un ángel venido del cielo, que de ningún modo podemos elevarnos a una felicidad verdadera sino volviendo todos nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestros esfuerzos hacia la felicidad de otra vida.

Es a este recto uso del mundo al que quisiera conducirte, enseñándote a volver los ojos hacia toda forma de la necedad humana, para que saques de ella nuevas razones y motivos para vivir conforme a los mejores y más grandes fines de tu creación.

Y si tan solo llevaras contigo esta intención de sacar provecho de las necedades del mundo, y de aprender la grandeza de la religión por la pequeñez y la vanidad de cualquier otro modo de vida; si, digo, tan solo llevaras esta intención en tu mente, hallarías en cada día, en cada lugar y en cada persona una prueba nueva de la sabiduría de quienes eligen vivir enteramente para Dios. Muchas veces volverías entonces a casa más sabio, mejor y más afirmado en la religión por todo lo que se hubiera cruzado en tu camino.

Octavius es un hombre docto e ingenioso, versado en la mayor parte de las letras y no extraño a ningún reino de Europa. El otro día, recién restablecido de una fiebre persistente, se puso a hablar así a sus amigos:

Mi reloj de arena, dice, casi se ha vaciado; y vuestros ojos ven cuántas señales de la vejez y de la muerte llevo encima; pero yo siento claramente que me voy hundiendo más deprisa de lo que imagina ninguno de los presentes. Creo firmemente que un año más cerrará mi cuenta.

La atención de sus amigos se avivó mucho ante semejante declaración, pues esperaban oír algo verdaderamente excelente de un hombre tan docto, al que solo le quedaba un año de vida. Entonces Octavius prosiguió de esta manera: Por estas razones, amigos míos, dice, he dejado todas las tabernas; el vino de esos lugares no es bastante bueno para mí en este decaimiento de la naturaleza. Ahora tengo que ser exigente con lo que bebo; no puedo pretender hacer lo que he hecho hasta ahora; y por eso estoy resuelto a surtir mi propia bodega con un poco de lo mejorcito, aunque me cueste lo que me cueste.

También debo deciros, amigos míos, que la edad obliga a un hombre a ser sabio en muchos otros aspectos, y nos hace cambiar muchas de nuestras opiniones y costumbres.

Sabéis cuánto me ha gustado tener un amplio círculo de conocidos; ahora lo condeno como un error. Tres o cuatro compañeros alegres y divertidos es todo lo que deseo ahora; porque encuentro que, en mis presentes achaques, si me dejan solo, o con compañía grave, no estoy tan a gusto conmigo mismo.

Pocos días después de que Octavius hiciera esta declaración a sus amigos, recayó en su antigua enfermedad y fue confiado a una enfermera, que le cerró los ojos antes de que llegara su nueva partida de vino.

El joven Eugenius, que estuvo presente en esta conversación, volvió a casa hecho un hombre nuevo, con el firme propósito de consagrarse enteramente a Dios.

Nunca, dice Eugenius, me sentí tan profundamente movido por la sabiduría y la importancia de la religión como cuando vi cuán pobre y mezquinamente iba a dejar el mundo el docto Octavius por falta de ella.

¡Cuántas veces había envidiado su gran saber, su dominio de las lenguas, su conocimiento de la antigüedad, su trato y su fina manera de expresarse sobre cualquier asunto! Pero cuando vi cuán pobremente terminaba todo aquello, qué iba a ser el último año de semejante vida, y qué neciamente se veía obligado a hablar entonces el dueño de todas esas prendas por no conocer los gozos y las esperanzas de la piedad, quedé del todo convencido de que no hay nada que envidiar ni desear sino una vida de verdadera piedad, ni nada tan pobre y desconsolado como una muerte sin ella.

Ahora bien, así como el joven Eugenius fue edificado e instruido en este caso, así también, si tienes la dicha de poseer algo de su disposición reflexiva, encontrarás gran variedad de instrucción de esta clase; hallarás que las razones a favor de la sabiduría y la felicidad de una piedad estricta se ofrecen en todos los lugares y apelan a todos tus sentidos del modo más claro.

Hallarás que el mundo entero predica a una mente atenta, y que, si tan solo tienes oídos para oír, casi todo lo que encuentras te enseña alguna lección de sabiduría.

Pero si a estas amonestaciones e instrucciones que recibimos de nuestros sentidos, de la experiencia del estado de la vida humana; si a ellas añadimos las luces de la religión, esas grandes verdades que el Hijo de Dios nos ha enseñado, entonces estará tan fuera de toda duda que no hay más que una felicidad para el hombre como que no hay más que un Dios.

Porque, puesto que la religión nos enseña que nuestras almas son inmortales, que la piedad y la devoción las llevarán a un goce eterno de Dios, y que las disposiciones carnales y mundanas las hundirán en una miseria eterna con los espíritus condenados, ¡qué grosero disparate y qué estupidez es dar el nombre de gozo o de felicidad a cualquier cosa que no sea aquello que nos lleva a este gozo y felicidad en Dios!

Si todo hubiera de morir con nuestros cuerpos, habría algún pretexto para esas diversas clases de felicidad de las que ahora tanto se habla; pero puesto que nuestro todo comienza con la muerte de nuestros cuerpos; puesto que todos los hombres han de ser inmortales, ya en la miseria, ya en la felicidad, en un mundo enteramente distinto de este; puesto que todos se apresuran a partir de aquí, en total incertidumbre, tan deprisa como la muerte puede segarlos, unos en la enfermedad, otros en la salud, unos durmiendo, otros despiertos, unos a la medianoche, otros al canto del gallo, y todos a horas que no saben, ¿no es cierto que ningún hombre puede superar a otro en gozo y felicidad sino en la medida en que lo supera en aquellas virtudes que lo preparan para una muerte dichosa?

Cognatus es un clérigo sobrio y ordenado, de buena reputación en el mundo y bien estimado en su parroquia. Todos sus feligreses dicen que es un hombre honrado y muy hábil para cerrar un trato. Los labradores lo escuchan con gran atención cuando habla del momento más oportuno para vender el grano.

Lleva veinte años observando con diligencia los mercados, y ha reunido una fortuna considerable gracias a su buena administración.

Cognatus es muy ortodoxo y está lleno de estima por nuestra liturgia inglesa; y si no tiene oraciones los miércoles y los viernes, es porque su predecesor no había acostumbrado a la parroquia a semejante uso.

Como no puede servir él mismo sus dos beneficios, se hace un caso de conciencia de mantener en uno de ellos a un coadjutor sobrio, al que paga para que cuide de todas las almas de la parroquia, al precio más barato por el que pueda conseguirse un hombre sobrio.

Cognatus ha prosperado mucho toda su vida; pero aun así ha tenido las inquietudes y los sinsabores que tienen quienes están metidos hasta el fondo en los negocios mundanos. Los impuestos, las pérdidas, los contratiempos, las malas hipotecas, los malos arrendatarios y la dureza de los tiempos son temas frecuentes de su conversación; y una buena o mala temporada influye mucho en su ánimo.

Cognatus no tiene otro fin al enriquecerse que dejar una fortuna considerable a una sobrina, a la que ha educado con distinción en costosas galas, con lo que ha ahorrado de los diezmos de dos beneficios.

Los vecinos tienen a Cognatus por un clérigo dichoso, porque lo ven (como ellos dicen) en buena posición; y algunos de ellos piensan dedicar a sus propios hijos a la Iglesia, porque ven cuán bien le ha ido a Cognatus, cuyo padre no era más que un hombre corriente.

Pero si Cognatus, cuando recibió por primera vez las sagradas órdenes, hubiera advertido qué cosa tan absurda es enriquecerse con el Evangelio; si se hubiera propuesto el ejemplo de algún cristiano primitivo; si hubiera tenido ante los ojos la piedad del gran san Agustín, que no se atrevía a enriquecer a ninguno de sus parientes con las rentas de la Iglesia; si, en lugar de veinte años de afán por hacerse tesoros en la tierra, hubiera distribuido los ingresos de cada año en los actos más cristianos de caridad y compasión; si, en lugar de tentar a su sobrina al orgullo y proveerla de aquellos adornos que el Apóstol prohíbe, hubiera vestido, consolado y socorrido a multitud de viudas, huérfanos y afligidos, que habrían de comparecer todos a su favor en el día postrero; si, en lugar de los cuidados y las ansiedades de las malas fianzas, las hipotecas enojosas y los malos tratos, hubiera tenido el consuelo constante de saber que su tesoro estaba seguramente guardado donde ni la polilla corrompe, ni los ladrones minan ni hurtan [Mateo 6:20], ¿podría decirse con alguna razón que había equivocado el espíritu y la dignidad de su orden, o que había disminuido en algo la felicidad que se encuentra en su sagrado ministerio?

Si, en lugar de alegrarse por la dicha de un segundo beneficio, hubiera pensado que es tan impropio del oficio de un clérigo traficar con las cosas santas para obtener ganancia como abrir una tienda; si hubiera creído mejor recomendar a su sobrina algún trabajo honrado que mantenerla en la ociosidad con el trabajo de un coadjutor; mejor que ella careciera de vestidos finos y de un marido rico, que no que la cura de almas se diera en arriendo y que a otros hermanos clérigos no se les permitiera vivir de aquellos altares a los que sirven; si este hubiera sido el espíritu de Cognatus, ¿podría decirse con alguna razón que estas reglas de la religión, esta rigurosidad de la piedad, le habían robado a Cognatus alguna felicidad verdadera? ¿Podría decirse que una vida gobernada así por el espíritu del Evangelio ha de ser aburrida y melancólica comparada con la de amasar una fortuna para una sobrina?

Ahora bien, así como esto no puede decirse en el caso presente, así también en cualquier otra clase de vida, si entras en sus pormenores, hallarás que, por fácil y próspera que parezca, no puedes añadir piedad a ninguna parte de ella sin añadirle otro tanto de un gozo y una felicidad mejores.

Mira ahora esa condición de vida que atrae la envidia de todas las miradas.

Negotius es un hombre templado y honrado. Hizo su aprendizaje con un maestro de gran comercio, pero con su propia administración ha convertido el negocio en algo más considerable de lo que nunca fue. Durante los últimos treinta años ha escrito cincuenta o sesenta cartas por semana, y está ocupado en mantener correspondencia con todas las partes de Europa. El bien general del comercio le parece a Negotius el bien general de la vida; a quienquiera que admira, cualquier cosa que alaba o condena, sea en la Iglesia o en el Estado, la admira, alaba o condena con alguna mira puesta en el comercio.

Como el dinero le llega a raudales continuamente, así también con frecuencia lo deja salir en diversas clases de gastos y generosidades, y a veces en obras de caridad.

Negotius siempre está dispuesto a sumarse a cualquier contribución pública. Si se hace una colecta en algún lugar donde él se encuentre, ya sea para comprar un trofeo de plata para una carrera de caballos o para rescatar a un preso de la cárcel, siempre puedes estar seguro de recibir algo de él.

Ha regalado un hermoso juego de campanas a una iglesia del campo, y hay gran expectación de que algún día levante una fachada más hermosa para el mercado de la que jamás se haya visto en ningún lugar. Porque es propio del espíritu generoso de Negotius no hacer nada de manera mezquina.

Si preguntas qué es lo que ha guardado a Negotius de todos los vicios escandalosos, es lo mismo que lo ha apartado de toda rigurosidad en la devoción: son sus grandes negocios. Siempre ha tenido demasiadas cosas importantes en la cabeza, sus pensamientos han estado demasiado ocupados para permitirle caer en una vida disoluta o sentir la necesidad de una piedad interior y sólida.

Por esta razón oye hablar de los placeres del libertinaje y de los placeres de la piedad con la misma indiferencia, y no tiene más deseo de vivir en unos que en otros, porque ninguno de ellos se aviene con ese talante y esa multiplicidad de negocios que constituyen su felicidad.

Si a Negotius le preguntaran a qué aspira en la vida, se vería tan en apuros para responder como si le preguntaran en qué está pensando cualquier otra persona. Porque, aunque siempre le parece que sabe lo que hace y tiene muchas cosas en la cabeza que son los motivos de sus acciones, no podría decirte ningún fin general de la vida que haya elegido con deliberación como verdaderamente digno de todo su trabajo y esfuerzo.

Tiene en la cabeza varias nociones confusas que llevan allí mucho tiempo, tales como estas, a saber: que es algo grande tener más negocios que otras personas; tener entre manos más tratos que cien hombres de la misma profesión; hacerse cada vez más y más rico, y reunir una fortuna inmensa antes de morir. Lo que parece dar a Negotius mayor vida y ánimo, y lo que más ocupa sus pensamientos, es la esperanza que tiene de morir más rico que ninguno de los de su oficio.

La generalidad de la gente, cuando piensa en la felicidad, piensa en Negotius, en cuya vida se supone que concurren todas las muestras de la felicidad: sobrio, prudente, rico, próspero, generoso y caritativo.

Miremos ahora, pues, esta misma condición bajo otra luz distinta, pero más verdadera.

Supongamos que este mismo Negotius fuera un hombre esforzado y laborioso, metido cada día hasta el fondo en una variedad de asuntos; que ni bebiera ni se diera al libertinaje, sino que fuera sobrio y ordenado en sus negocios. Supongamos que envejeciera en esta carrera de comercio, y que el fin y el propósito de todo este trabajo, este cuidado y esta aplicación a los negocios fuera únicamente este: morir dueño de más de cien mil pares de botas y espuelas, y de otros tantos gabanes.

Supongamos que la parte sobria del mundo dijera de él, cuando muriera, que fue un hombre grande y dichoso, un perfecto maestro en los negocios, y que había adquirido cien mil pares de botas y espuelas cuando murió.

Ahora bien, si este fuera realmente el caso, creo que se concedería de buena gana que una vida de tales negocios era tan pobre y ridícula como cualquiera que pudiera inventarse. Pero a cualquiera le costaría demostrar que un hombre que ha gastado todo su tiempo y todos sus pensamientos en negocios y prisas para morir, como suele decirse, con un caudal de cien mil libras, es en algo más sabio que quien se ha tomado el mismo trabajo para tener otros tantos pares de botas y espuelas cuando deje el mundo.

Porque si la disposición y el estado de nuestras almas son todo nuestro estado; si el único fin de la vida es morir tan libres de pecado y tan elevados en virtud como podamos; si desnudos como vinimos, así desnudos hemos de volver, y comparecer a juicio ante Cristo y sus santos ángeles para una felicidad o una miseria eternas, ¿qué puede importar en absoluto lo que un hombre tuvo o no tuvo en este mundo? ¿Qué puede importar cómo llames a las cosas que un hombre ha dejado tras de sí; si las llamas suyas o de cualquier otro; si las llamas árboles o campos, o pájaros y plumas; si las llamas cien mil libras o cien mil pares de botas y espuelas? Digo «las llamas», porque las cosas no significan para él más que los nombres.

Ahora bien, es fácil ver la necedad de una vida empleada así en proveer a un hombre de semejante número de botas y espuelas. Y, sin embargo, no hace falta mejor facultad de ver, ni entendimiento más fino, para ver la necedad de una vida empleada en hacer a un hombre poseedor de diez ciudades antes de morir.

Porque si, cuando ha conseguido todas sus ciudades o todas sus botas, su alma ha de irse a su propio lugar entre los espíritus separados, y su cuerpo ha de ser depositado en un ataúd hasta que la final trompeta lo llame a juicio, donde la pregunta será con cuánta humildad, cuánta devoción, cuánta pureza, cuánta mansedumbre, cuánta piedad, cuánta caridad, cuán celestialmente hemos hablado, pensado y obrado mientras estábamos en el cuerpo, ¿cómo podemos decir que quien ha consumido su vida en reunir cien mil libras ha obrado más sabiamente para sí que quien ha tenido el mismo cuidado de procurarse cien mil unidades de cualquier otra cosa?

Pero vayamos más lejos: supongamos ahora que Negotius, cuando entró por primera vez en los negocios, leyendo por casualidad el Evangelio con atención y con los ojos abiertos, hubiera descubierto que tenía entre manos un negocio mucho mayor que aquel en que había hecho su aprendizaje; que había cosas que pertenecen al hombre de mucha más importancia que todo lo que nuestros ojos pueden ver; tan gloriosas que merecen todos nuestros pensamientos; tan peligrosas que necesitan todo nuestro cuidado; y tan seguras que nunca engañan al obrero fiel. Supongamos que, por la lectura de este libro, hubiera descubierto que su alma valía más para él que su cuerpo; que era mejor crecer en las virtudes del alma que tener un cuerpo grande o una bolsa llena; que era mejor estar preparado para el cielo que tener una variedad de casas hermosas sobre la tierra; que era mejor asegurar una felicidad eterna que tener abundancia de cosas que no puede conservar; mejor vivir en hábitos de humildad, piedad, devoción, caridad y negación de uno mismo que morir sin estar preparado para el juicio; mejor parecerse lo más posible a nuestro Salvador o a algún santo eminente que aventajar a todos los comerciantes del mundo en negocios y en volumen de fortuna. Supongamos que Negotius, creyendo que estas cosas eran verdad, se hubiera consagrado enteramente a Dios desde su primera entrada en el mundo, resuelto a no llevar sus negocios más allá de lo que fuera compatible con una gran devoción, humildad y negación de uno mismo, y sin otros fines que proveerse de un sustento sobrio y hacer todo el bien que pudiera a las almas y a los cuerpos de sus semejantes. Supongamos, por tanto, que en lugar de la continua prisa de los negocios se retirara con frecuencia y fuera un estricto observador de todas las horas de oración; que, en lugar de deseos inquietos de más riquezas, su alma hubiera estado llena del amor de Dios y de afectos celestiales, velando constantemente contra las disposiciones mundanas y aspirando siempre a la gracia divina; que, en lugar de cuidados y artificios mundanos, estuviera ocupado en fortificar su alma contra toda asechanza del pecado; que, en lugar de la ostentación costosa y la generosidad dispendiosa de una vida espléndida, amara y practicara todas las formas de la humildad y la modestia; que, en lugar de grandes banquetes y mesas abundantes, su casa solo ofreciera un sobrio refrigerio a quienes lo necesitaban. Supongamos que su contentamiento lo mantuviera libre de toda clase de envidia; que su piedad lo hiciera agradecido a Dios en todas las cruces y decepciones; que su caridad le impidiera ser rico, por una continua distribución a todos los que eran objeto de compasión. Pues bien, si este hubiera sido el espíritu cristiano de Negotius, ¿puede alguien decir que había perdido el verdadero gozo y la felicidad de la vida al conformarse así al espíritu del Evangelio y vivir a la altura de sus esperanzas? ¿Puede decirse que una vida hecha ejemplar por virtudes como estas, que mantienen siempre el cielo a nuestra vista, que deleitan y elevan el alma aquí y la preparan para la presencia de Dios en el más allá, ha de ser pobre y aburrida comparada con la de amontonar riquezas, que ni pueden quedarse con nosotros ni nosotros con ellas?

Sería interminable multiplicar los ejemplos de esta clase para mostrarte cuán poco se pierde y cuánto se gana introduciendo una piedad estricta y exacta en toda condición de la vida humana.

Por tanto, dejaré ahora a tu propia meditación el llevar más lejos esta manera de pensar, con la esperanza de que lo dicho aquí te oriente lo suficiente para convencerte de que una piedad verdadera y elevada, lejos de hacer aburrida y fatigosa cualquier vida, es el único gozo y la única felicidad de toda condición en el mundo.

Imagina a alguna persona enferma de tisis, o de cualquier otra dolencia lenta que fuera incurable.

Si vieras a un hombre así enteramente dedicado a hacer todo con espíritu de religión, haciendo el uso más sabio de todo su tiempo, su fortuna y sus capacidades; si se empeñara en llevar cada deber de la piedad a su mayor altura, y en procurar sacar todo el provecho posible del resto de su vida; si evitara todo negocio salvo el necesario; si tuviera aversión a todas las necedades y vanidades del mundo, no tuviera gusto por las galas y la ostentación, sino que buscara todo su consuelo en las esperanzas y expectativas de la religión, ciertamente alabarías su prudencia; dirías que había elegido el método acertado para hacerse tan alegre y dichoso como cualquiera puede serlo en un estado de semejante debilidad.

Por otra parte, si vieras a ese mismo hombre, con las manos temblorosas, el aliento corto, las mejillas descarnadas y los ojos hundidos, enteramente dedicado a negocios y tratos mientras pudiera hablar; si lo vieras complacido con vestidos finos cuando apenas podía tenerse en pie para que lo vistieran, y gastando su dinero en caballos y perros antes que comprar las oraciones de los pobres por su alma, que tan pronto había de separarse de su cuerpo, ciertamente lo condenarías como un hombre débil y necio.

Ahora bien, así como es fácil ver lo razonable, la sabiduría y la felicidad de un espíritu religioso en un hombre tísico, así también, si sigues la misma manera de pensar, percibirás con la misma facilidad la misma sabiduría y felicidad de una disposición piadosa en cualquier otro estado de la vida.

Porque ¡qué pronto todo hombre que está sano se hallará en el estado del que padece tisis! ¡Qué pronto necesitará todos los mismos consuelos y satisfacciones de la religión que necesita todo moribundo!

Y si es sabio y dichoso vivir piadosamente porque no nos queda más de un año de vida, ¿no es más sabio, y no nos hace más dichosos, hacerlo porque podemos tener más años por delante? Si un año de piedad antes de morir es tan deseable, ¿no son mucho más deseables más años de piedad?

Si un hombre tuviera cinco años fijos de vida, no podría pensar en absoluto sin tener la intención de hacer el mejor uso de todos ellos. Al ver tan corta su estancia en este mundo, por fuerza pensaría que este no era un mundo para él; y al ver cuán cerca estaba de otro mundo que era eterno, sin duda pensaría que era muy necesario ser muy diligente en prepararse para él.

Ahora bien, por razonable que parezca la piedad en semejante circunstancia de la vida, es todavía más razonable en cualquier circunstancia de la vida para todo hombre que piensa.

Porque ¿quién sino un loco puede contar con tener cinco años seguros por delante?

Y si es razonable y necesario negar nuestras disposiciones mundanas y vivir enteramente para Dios porque tenemos la certeza de que hemos de morir al cabo de cinco años, sin duda ha de ser mucho más razonable y necesario que vivamos con el mismo espíritu porque no tenemos ninguna certeza de que viviremos cinco semanas.

Además, si añadiéramos veinte años a los cinco, lo cual, con toda probabilidad, es más de lo que se añadirá a la vida de muchas personas que han llegado a la edad adulta, ¡qué cosa tan pobre es esta! ¡Qué poca diferencia hay entre cinco y veinticinco años!

Se dice que un día delante de Dios es como mil años, y mil años como un día, porque, con respecto a su eternidad, esta diferencia es como nada.

Ahora bien, como todos hemos sido creados para ser eternos, para vivir en una sucesión interminable de siglos y más siglos, donde millares y millones de millares de años no guardarán proporción alguna con nuestra vida eterna en Dios, así, con respecto a este estado eterno, que es nuestro verdadero estado, veinticinco años son una porción tan mezquina como veinticinco días.

Ahora bien, nunca podemos formar un juicio verdadero del tiempo en lo que se refiere a nosotros sin considerar el verdadero estado de nuestra duración. Si somos seres temporales, entonces un poco de tiempo puede llamarse con justicia mucho en relación con nosotros; pero si somos seres eternos, entonces la diferencia de unos pocos años es como nada.

Supongamos tres clases distintas de seres racionales, todos de duración diferente pero fija: una clase que viviera con certeza solo un mes, otra un año y la tercera cien años. Si estos seres se reunieran y hablaran del tiempo, por fuerza hablarían en un lenguaje muy distinto: media hora, para los que solo habían de vivir un mes, sería una cosa muy distinta de lo que es para quienes han de vivir cien años.

Así pues, como el tiempo es una cosa tan distinta según el estado de quienes lo disfrutan, si queremos saber lo que es el tiempo con respecto a nosotros mismos, debemos considerar nuestro estado.

Ahora bien, puesto que nuestro estado eterno es tan ciertamente nuestro como nuestro estado presente; puesto que con tanta certeza hemos de vivir para siempre como ahora vivimos, es claro que no podemos juzgar el valor de ningún tiempo particular, en cuanto a nosotros, sino comparándolo con esa duración eterna para la cual hemos sido creados.

Si quisieras saber lo que significan cinco años para un ser que había de vivir cien, tendrías que comparar cinco con cien y ver qué proporción guarda con ello; y entonces juzgarías rectamente.

Así también, si quieres saber lo que significan veinte años para un hijo de Adán, debes compararlos no con un millón de siglos, sino con una duración eterna con la que ningún número de millones guarda proporción alguna; y entonces juzgarás rectamente, al hallar que no son nada.

Considera, pues, esto: ¡cómo condenarías la necedad de un hombre que perdiera su parte en la gloria futura por ser rico, o grande, o alabado, o deleitado en algún goce, un solo y pobre día antes de morir!

Pero si ha de llegar el tiempo en que un número de años le parecerá a cada uno menos de lo que ahora le parece un día, ¡qué condenación será entonces si resulta que la felicidad eterna se perdió por algo menos que el goce de un día!

¿Por qué nos parece ahora un día una nimiedad? Porque tenemos años que oponerle. Es la duración de los años lo que hace que parezca nada.

¡Qué nimiedad, pues, han de parecer los años de la vida de un hombre cuando se vean obligados a ser puestos frente a la eternidad, cuando no haya otra cosa que la eternidad con que compararlos!

Ahora bien, este será el caso de todo hombre en cuanto salga del cuerpo: se verá obligado a olvidar las distinciones de días y años, y a medir el tiempo, no por el curso del sol, sino poniéndolo frente a la eternidad.

Así como las estrellas fijas, por estar nosotros situados a tan gran distancia de ellas, no parecen más que otros tantos puntos, así, cuando nosotros, situados en la eternidad, volvamos la mirada hacia todo el tiempo, todo él no parecerá más que un momento.

Entonces un lujo, una complacencia, una prosperidad, una grandeza de cincuenta años, le parecerá a todo el que vuelva la vista hacia ella el mismo goce pobre y breve que si hubiera sido arrebatado en su primer pecado.

Estas pocas reflexiones sobre el tiempo solo pretenden mostrar cuán pobremente piensan, cuán miserablemente juzgan quienes se preocupan menos de un estado eterno porque quizá estén a algunos años de distancia de él, de lo que se preocuparían si supieran que se hallan a pocas semanas de él.

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